viernes, 4 de noviembre de 2011

HANS URS VON BALTHASAR: TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Sb 6, 12-16 (13-17); 1Ts 4, 13-18 (12-17); Mt 25, 1-13

Cuando el Año Litúrgico está a punto de llegar a su fin, la mirada se vuelve hacia la conclusión de la historia y el retorno de Cristo.

Ante todo se trata de mantener despierta esta fe en nosotros. Pablo la despierta (segunda lectura) en aquellos que se afligen por sus difuntos como los hombres sin esperanza, y les hace ver que no se trata de una aniquilación ni de una transmigración de las almas, sino de la participación en la resurrección de Cristo, que ha superado la aparente definitividad de la muerte. Y esta resurrección de los muertos es para el apóstol tan cierta y apremiante que tendrá lugar según él antes incluso de que lleguen al cielo los que aún están vivos. Lo más importante no es, desde luego, esta indicación cronológica, sino la certeza de que todos los que pertenecen a Cristo estarán siempre con el Señor; se trata, por tanto (como se recomienda incansablemente en todo el Nuevo Testamento), de velar y de estar preparado para el día y la hora en que vuelva el Señor.

En este estado de vela permanente consiste precisamente para los cristianos la sabiduría de la que se habla en la primera lectura. El hombre no tiene necesidad de buscar lejos esta sabiduría o prudencia: la hallará sentada a su puerta, no tiene más que dejarla entrar. Pero debe velar por ella (Sb 6,15), y al velar por ella pronto se verá sin afanes, sobre todo se verá libre de la preocupación por lo que le espera después de la muerte. La sabiduría o prudencia dada por Dios es, en todo el libro de la Sabiduría, lo que consuela, lo que reanima, lo que transmite la bondad de Dios. Ella promete que los justos vivirán eternamente (5, 15), que obtendrán la incorruptibilidad al lado de Dios y reinarán eternamente junto a él (6,18.21). Esperan de lleno la inmortalidad (3,4).

Con lo dicho se ha introducido ya la enseñanza fundamental de la parábola de las diez vírgenes, cinco de las cuales eran necias y cinco prudentes. Velar y perseverar en la esperanza, aunque sea de noche, es prudencia; no estar dispuesto para cuando llegue la hora, es necedad. A la hora de la muerte el hombre debe tener consigo, en su alcuza, el aceite de su disponibilidad, y esta vez ya no se puede volver atrás para procurarse en algún sitio la disponibilidad necesaria. En el evangelio se reconoce expresamente que las horas de la noche y de la incertidumbre pueden ser largas, que en el tiempo de la vida puede haber algo así como una cierta flexibilidad incluso para los prudentes, pero en el Cantar de los Cantares se dice: Estaba durmiendo, pero mi corazón vela (5,2). La disponibilidad para Dios puede estar viva en todo momento, incluso en medio de los asuntos mundanos. La imposibilidad de repartir entre diez el aceite de las cinco vírgenes prudentes no tiene nada que ver con la comunión de los santos, donde cada uno de los santos está dispuesto a compartir con los demás todo lo suyo. Se trata de la obtención de la santidad misma, que como tal no se puede compartir; con las santidades a medias, el Esposo no puede hacer nada: sólo la santidad total es por su esencia comunicable. Sólo el Hijo de Dios totalmente santo podía llevar sobre sí el pecado del mundo. Pero la parábola de las vírgenes necias, que llegan tarde y son rechazadas por el Esposo como desconocidas, no indica que Dios tenga el corazón duro como el pedernal y no quiera perdonar a los pecadores; simplemente indica que debido a nuestra tibieza e indiferencia podría ocurrir que llegáramos tarde a nuestra cita con él. Se nos sugiere esta posibilidad para que tomemos en serio la advertencia final: Velad, porque no sabéis el día ni la hora