miércoles, 7 de septiembre de 2011

HANS URS VON BALTHASAR: XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)




Perdona nuestras ofensas.Pocas parábolas hay en el evangelio con una fuerza tan impresionante como la de hoy: no se la puede poner la menor objeción. Y ninguna como ésta pone ante nuestros ojos de una manera más drástica las auténticas dimensiones de nuestra falta de amor, de la culpabilidad de nuestro desamor:continuamente exigimos a nuestros semejantes que nos paguen lo que en nuestra opinión nos deben, sin pensar ni por un instante en la enorme culpa que Dios nos ha perdonado a nosotros totalmente.Con frecuencia rezamos distraídos las palabras del Padrenuestro: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros",sin pararnos a pensar cuán poco renunciamos a nuestra justicia terrestre, aunque Dios ha renunciado a la justicia celeste por nosotros.


La lectura de la Antigua Alianza sabe ya exactamente todo esto, hasta el más pequeño detalle: " No tiene compasión de su semejante,¿y pide perdón de su pecado?. Para el sabio veterotestamentario esto es ya una imposibilidad que salta a la vista. Y para demostrarlo remite no solamente a un sentimiento humanista general, si no también a la alianza de Dios, que era una oferta de gracia a la vez que una remisión de la culpa para el pueblo de Israel: "recuerda la alianza del Señor y perdona el error".


Libre para perdonarme.La segunda lectura profundiza esta fundamentación cristológicamente. Nosotros, que juzgamos sobre lo que es justo e injusto, no nos pertenecemos en absoluto a nosotros mismos. En toda nuestra existencia somos ya deudores de la bondad misericordiosa del que nos ha perdonado y ha llevado por nosotros ya desde siempre nuestra culpa.Cuando se dice: "Ninguno de nosotros vive para sí mismo", se quieren decir dos cosas: nadie debe su existencia a sí mismo, sino que cada uno de nosotros como existente se debe a Dios; pero se dice aún más: se debe más profundamente al que ha pagado ya por su culpa y del que sigue siendo deudor en lo más profundo. Esto no significa en modo alguno que él sería siervo o esclavo de un amigo, al contrario: el rey deja marchar en libertad ala empleado al que ha perdonado la deuda.Si nosotros nos debemos enteramente a Cristo, entonces nos debemos al amor divino que llegó por nosotros hasta el extremo (Jn 13,1); y deberse al amor significa poder y deber amar. Y esto es precisamente la suprema libertad para el hombre.


Juzgarse y condenarse a sí mismo."El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee",dice Jesús Ben sirá. El evangelio, sin embargo, habla de la cólera del rey, que mete en la carcel al "siervo malvado", es decir, la entrega a la justicia que él reclama para sí mismo. Pero entonces ¿qué es la cólera de Dios?Es el efecto que el hombre que actúa sin amor produce en el amor infinito de Dios. O lo que es lo mismo: el efecto que el amor de Dios produce en el hombre que obra sin amor. El hombre sin amor, el que no practica el amor, el que no deja entrar en él la misericordia divina porque entiende de un modo puramente egoísta la remisión de l alfalta, se condena claramente a sí mismo.El amor de Dios no condena a nadie, el juicio, dice Juan, consiste en que el hombre no acepta el amor de Dios (Jn 3,18-20; 12,47-48). santiago resume muy bien todo esto en pocas palabras: "El juicio será sin corazón para el que no tuvo corazón: el buen corazón se rie del juicio "(St 2,13). Y el propio Señor también: "La medida que uséis la usarán con vosotros" (Lc 6,38).