
Después de haber nacido a una vida nueva y divina por la Palabra del Evangelio, que nos ha sido proclamada (a la que ha seguido la fe, la conversión y el bautismo), se plantea la siguiente pregunta: ¿qué hacer?.
1) Rechazar la antigua manera de vivir, cuando se cedía a toda clase de vicios y se obedecía a las inclinaciones del hombre carnal. Es impresionante el número frecuente de exhortaciones que el NT presenta sobre el tema de la vida pasada a la que hay que renunciar necesariamente (Ro 13,12; Col 3,8-9;Ef 4,22.29.31; 5,4;Heb 12,1;St 1,21).
2) Crecer para la salvación. "Como niños recién nacidos" Esta frase alude generalmente a los neófitos o recién bautizados. Pues, bien, después de haber gustado cuán bueno es el Señor (Sal 34,9), es decir, de haber experimentado el amor, el gozo y la paz que comunica el Espíritu Santo al abrazar la fe (Gál 5,22), es necesario crecer. El crecimiento en la fe es un crecimiento espiritual en orden a seguir trabajando por la salvación (Fil 2,12). Ahora bien, si la Palabra ha sido la semilla que ha producido el nacimiento a la vida nueva, también será por la Palabra como el pequeño en la fe podrá alimentarse para fortalecerse y crecer. La expresión griega puede traducirse: "La leche pura de la Palabra".
La imagen de la leche ha sido empleada también en I Cor 3,2 y Hb 5,12-14, pero en un contexto diferente. Allí la leche es tomada como imagen de los rudimentos de la doctrina cristiana. "Habéis gustado que el Señor es bueno". El ingreso a la vida cristiana mediante el encuentro con Dios y el abandono de la vida en pecado hace tener una experiencia del gran amor, misericordia y bondad del Señor.
(4-8) Este pasaje central de la epístola labra su teología a partir de numerosas alusiones bíblicas. La mención del Señor en el salmo 34,9 sirve al autor para dirigir su reflexión hacia Cristo, "Roca viviente" o "Piedra viva": "Acercándoos a él, piedra viva…".
En el fondo continúa presente el acontecimiento fundacional del Pueblo de Dios en el desierto: Éx 19,5-6.12.23. En el Sinaí, Israel nació como pueblo de Dios mediante la Alianza, pero a la gente no se le permitió acercarse a la montaña santa (Ex 19,12; 20,21).
Ahora, en los tiempos de la Nueva Alianza, el nuevo Pueblo de Dios se constituye también en torno a otra roca: Cristo, nuevo Sinaí, al que sí podemos y debemos acercarnos (cfr. Hb 4,16). Comenta Cirilo de Jerusalén «Decimos que uno solo es el Señor Jesucristo pues su filiación es única; uno solo para que tú no creas que hay otro... De hecho, es llamado piedra, pero no una piedra tallada por manos humanas, sino una piedra angular, para que quien crea en él no quede decepcionado»
1) Él es la Roca o piedra viva. Con frecuencia el NT aplica a Jesús textos del AT relativos a la "piedra de fundamento", "piedra de bóveda" o "piedra angular". Con esto se quiere significar que Cristo desempeña un papel fundamental en la construcción del edificio o nuevo Templo. Es la piedra angular en la base de la edificación, de la que dependen la dirección de los muros, la cohesión y la resistencia. El adjetivo "vivo o viviente" se refiera a la condición de Cristo resucitado, de quien brota la vida. Hacia esa piedra viva deben peregrinar ellos, que vienen del tenebrosos Egipto. En la imagen de la piedra viva se asocian dos contrastes extremos: la dureza de una roca y la vida palpitante, la verdad de Dios, eternamente fiel a sí misma, y el amor de Dios.
2) Esa "piedra" es por una parte desechada por los hombres. Alusión clara al rechazo que las autoridades judías y el mundo pagano hicieron de Jesús, condenándolo a muerte. Los autores del NT han visto anunciado este acontecimiento en el Sal.118,22. Ya el mismo Jesús se había servido de este texto para predecir el misterio fecundo de su pasión y resurrección (Mc 12,10). El Salmo hace alusión a Zac 3,9 y 4,7, lo mismo que a Isaías 8,14 y 28,16, pasajes interpretados en sentido mesiánico; en esa forma fueron fácilmente aplicados a Cristo (Mt 21,42; Hch 4,11; I Cor 3,11; Ro 9,33; Ef 2,20).
"El hecho innegable de la elección de Jesús por parte de Dios no esconde el misterio del mal, a causa del cual el hombre es capaz de rechazar a Aquel que lo ha amado hasta el extremo. Este rechazo de Jesús por parte de los hombres, mencionado por san Pedro, se prolonga en la historia de la humanidad y llega también a nuestros días. No se necesita una gran agudeza para descubrir las múltiples manifestaciones del rechazo de Jesús, incluso donde Dios nos ha concedido crecer. Muchas veces Jesús es ignorado, es escarnecido, es proclamado rey del pasado, pero no del hoy y mucho menos del mañana; es arrumbado en el armario de cuestiones y de personas de las que no se debería hablar en voz alta y en público. Si en la construcción de la casa de vuestra vida os encontráis con los que desprecian el fundamento sobre el que estáis construyendo, no os desaniméis. Una fe fuerte debe superar las pruebas. Una fe viva debe crecer siempre. Nuestra fe en Jesucristo, para seguir siendo tal, debe confrontarse a menudo con la falta de fe de los demás"[1].
3) Pero, "por otra parte, Piedra elegida, de gran precio, ante Dios". Es la aplicación cristológica del pasaje de Is 28,16, interpretado mesianicamente.
Y por lo que a los cristianos toca, ellos son también "piedras vivas", no sólo por ser seres vivientes y humanos, sino sobre todo por vivir la vida divina, recibida de Cristo resucitado. Siendo piedras vivas son utilizadas (como instrumentos) por Dios para construir "una casa espiritual como sacerdocio santo". A la piedra fundamental viva y verdadera deben asemejarse las otras piedras. Quizás sean también estas rechazadas por los hombres.
El texto original griego es muy expresivo: "casa espiritual para o como sacerdocio santo". La casa espiritual edificada con piedras vivas es un sacerdocio santo. El adjetivo espiritual dado a casa no indica un edificio invisible o simbólico, sino construido y habitado por el Espíritu Santo. Al participar de la vida del Señor resucitado, los cristianos se transforman juntamente con él en una casa construida con el Espíritu Santo (4,17). La imagen del Pueblo cristiano como "Santuario de Dios, habitado por el Espíritu", aparece en la teología de Pablo (I Cor 3,16-17;II Cor 6,16; Ef 2,20-22).
La finalidad de ese nuevo templo es constituir un "sacerdocio santo", es decir, una comunidad sacerdotal que dé culto al Dios- santo, ofreciendo "sacrificios espirituales" agradables a Dios, por medio de Jesucristo. La expresión se debe más a la función comunitaria de toda la Iglesia que al ofrecimiento particular a cada cristiano, que de ninguna manera se excluye, antes bien se supone. Las víctimas animales del AT son sustituidas en la Nueva Alianza por sacrificios ofrecidos al impulso del Espíritu Santo (Ro 1,9;12,1;15,16; Hb 13,15; Col 3,17). Los cristianos, considerados comunitariamente como un cuerpo de sacerdotes, presentan sus vidas de fe y de amor a Dios como un sacrificio (Ro 12,1;Fil 4,18;Ef 5,2).
Por medio de Jesucristo. Cristo Jesús es el sacerdote de la NA, que presenta al Padre los sacrificios del Pueblo, realizados bajo la moción del Espíritu Santo (Col 3,17; I Cor 10,31).
Los versículos 6-8 reproducen los dos textos del AT sobre los que Pedro ha basado su reflexión: Is 28,16 y el Salmo 118,22. ¿Cuál será el resultado de aceptar o rechazar a Cristo, Piedra viva, escogida y preciosa? Para quienes lo acepten por la fe recibirán "la luz "que ilumina la vida de fe y para los incrédulos, Jesús mismo se convertirá en piedra de tropiezo , "que los hará caer" (Is 8,14;Lc 2,34;20,17-18). Ante Cristo nadie puede permanecer indiferente ni neutral.
El pensamiento de la frase final del v.8 parece designar a los paganos que persiguen a los cristianos, pero también podría aplicar a la incredulidad como respuesta a Cristo.
(VV.9-10) "Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos". No es sólo un privilegio para un pueblo; es sobre todo una responsabilidad a la que el pueblo debe responder: "si de veras escuchan mi voz y guardan mi Alianza". Así pues, la elección por parte de Dios sitúa a los hombres ante un nuevo compromiso, el compromiso de la respuesta.
La llamada y la elección por parte de Dios está dirigida inmediatamente a una misión. En medio de las demás naciones, el pueblo de Israel debe anunciar la salvación y la Alianza de su Dios. Si por una parte él ha sido llamado a vivir en la intimidad del Dios que se le ha manifestado como Salvador, por otra parte la misión implica la necesidad de una apertura hacia todas las demás naciones, con el fin de dar a conocer la voluntad de salvación de Dios. Eso es lo que significan aquellas palabras: "serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa", palabras que luego recogería san Pedro, en una catequesis bautismal, recordando a los cristianos cuál era su misión en medio del mundo.
Cuatro títulos que fueron el privilegio de Israel son aplicados ahora a la comunidad cristiana, nueva "casa espiritual destinada para un sacerdocio santo" (v.5), subrayando así su dignidad única.
1) "Raza escogida"
La elección divina es la gracia fundamental. Israel fue el pueblo elegido, la raza escogida por Dios ( Dt 7,6-7;10,15;Is 43,20). Pues bien, la gracia de la "elección" de Israel también ha pasado a ser privilegio del nuevo linaje de la humanidad redimida. Se proclama el verdadero cumplimiento de todas las antiguas esperanzas de Israel. A las comunidades cristianas se aplican los grandes títulos honoríficos del pueblo de Dios. Se trata de las mismas personas a las que al principio se interpelaba ya como peregrinos elegidos (1,1). Vistos con los ojos de la fe constituyen el resto santo del último tiempo mesiánico, ese rebaño que guiado por un pastor avanza por el desierto y es objeto del amor y de la solicitud del Padre celestial.
2) "Sacerdocio regio"
Este título tiene su origen en la expresión fuerte del Ex 19,6: "Serás para mí un reino de sacerdotes", que significa que todos los hijos de Israel, escogidos por Dios como su pueblo, deben consagrar su vida a darle culto, como es la misión de todo sacerdote. Isaías los confirma en 61,6.
La expresión griega "sacerdocio regio" viene de la traducción griega de los LXX (Ex 16,6; 23,22) y connota la idea de un sacerdocio real o al servicio del rey.
En todo caso, a la luz de Ex 19,6; Is 61,6 y los textos de I Pe 2,9 y Ap 1,6; 5,19; 20,6, toda la vida cristiana, vivida en unión con Cristo sacerdote y Víctima, Cordero Pascual Resucitado (Ro 8,34; Heb 7,25; 9,24; I Jn 2,1; Ap 5,9), debe ser un acto permanente de culto, ofrecido a Dios en continuo sacrificio de alabanza, de acción de gracias, de expiación e intercesión.
3) "Nación santa"
Este título viene igualmente de Ex 19,6. Israel es un "pueblo santo", como santo es su Dios (Lv 11,44;19,2; 20,7-26). "Santo" entendido como consagrado, y lo consagrado tiene relación inmediata con el culto. Así, la expresión nación santa se vincula con "reino de sacerdotes" o "sacerdocio regio". Aplicando este título a la Iglesia, los fieles tienen el deber de ser santos como santo es Dios y santo es Jesús : "el santo de Dios" (Jn 6,69).
4) "Pueblo adquirido"
Esta cuarta característica aparece también en Ex 19,5, donde dice Yahvéh a Israel: "Serás mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra". "Propiedad personal" corresponde a un vocablo hebreo traducido al griego como "pueblo peculiar" (Dt 4,20;7,6; 14,2). En definitiva, somos "propiedad de Dios", comprados por la sangre de Cristo: "No os pertenecéis, pues ¡ habéis sido bien comprados!" (I Cor 6,19-20; cfr. I Pe 1,18-19; Ap 5,9-10).
La elección, consagración, santificación y adquisición del nuevo pueblo de Dios tienen un objetivo: "anunciar los prodigios de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz " (Is 43,21).
Dios -Padre es de quien viene el llamamiento. El paso de las tinieblas a la luz se comprende mejor tratándose de gentiles. Los "prodigios" u "obras de poder" aluden a los acontecimientos de la muerte y la resurrección de Jesús, mediante los cuales se llevó a cabo el plan divino de la salvación.
El v.10 es una referencia a la profecía de Oseas (Os 1,6.9.10; 2,25). Los hijos de Oseas fueron anuncio y presagio de los hijos de la futura Iglesia. Aquellos fueron llamados primeramente Lo-Ammí= "No mi Pueblo" y Lo- Rujamáh= "No Misericordia", pero luego se le cambió de nombre y pasaron a ser "Mi Pueblo" y "Misericordia" de Yahvéh. Así también les ha sucedido a los cristianos venidos del paganismo, mencionados en la epístola de Pedro (1,1). De no ser hijos, ni sujetos de misericordia, han pasado, gracias a la fe y al bautismo, a la condición de "hijos" y a ser objetos de la "misericordia de Dios".
Los versículos que siguen (11-21) casi no necesitan comentario. Es todo él una exhortación sobre aspectos prácticos de la vida del cristiano: hay que comportarse bien entre los paganos; hay que respetar las instituciones humanas; los esclavos deben servir a sus amos, aunque no les resulte fácil. Al final del fragmento aparece el motivo esencial de la exhortación: el seguimiento de Cristo: «Os dejó un modelo para que sigáis sus huellas» (v 21). El seguimiento de Jesús hasta la cruz da sentido a la existencia del cristiano en cada momento de su vida.
(11-12) El cristiano es en el mundo como extranjero y forastero (Sal 39,12), pues su verdadera y definitiva patria es el cielo (Fil 3,20). Durante su peregrinación en esta vida sufrirá el embate de sus deseos carnales que lo impulsan a pecar, lo que redundaría en su perjuicio personal. Debe mantenerse firme, auxiliado por el Espíritu (Gál 5,17.24;Stgo 4,1).
En cambio una buena conducta entre los gentiles puede terminar llevando a los paganos a creer en Dios (Mt 5,16) En el AT "el día de la visita del Señor" podía ser de castigo o de gracia (Is 10,32; Jer 6,15); en el NT esa visita del Señor es un acontecimiento salvífico (Lc 1,68; 7,16;19,44).
(13-17) Tras la exhortación general a luchar contra el amor propio y contra el egoísmo y a llevar incluso exteriormente una vida santa, comienzan ahora las exhortaciones particulares a la sumisión a la autoridad del Estado.
La autoridad civil cuando es legal, tiene su razón de ser e interviene misteriosamente en el plan de Dios. En ese momento histórico, los cristianos ante la persecución, podían volverse contra toda autoridad legítimamente establecida.
Narra el Evangelio, un texto que nos ilumina, que se acercaron unos fariseos a Jesús para sorprenderle en alguna palabra, algo con qué poder acusarle. Con este fin, le preguntan maliciosamente si es lícito pagar el tributo al César. Se trataba del impuesto que todos los judíos debían pagar a Roma, y que les recordaba su dependencia de un poder extranjero. No era muy gravoso, pero planteaba un problema político y moral; los mismos judíos estaban divididos acerca de su obligatoriedad. Y quieren ahora que Jesús tome partido a favor o en contra de este impuesto romano. Maestro -le dicen-, ¿nos es lícito dar el tributo al César, o no? Si el Señor dice que sí, podrán acusarle de que colabora con el poder romano, que los judíos odiaban puesto que era el invasor; si contesta que no, podrán acusarle de rebelión ante Pilato, la autoridad romana. Tomar partido a favor o en contra del impuesto significaba, en el fondo, manifestarse a favor o en contra de la legalidad de la situación político-social por la que pasaba el pueblo judío: colaborar con el poder ocupante o alentar la rebelión latente en el seno del pueblo. Más tarde le acusarán, diciendo con falsedad manifiesta: Hemos encontrado a éste pervirtiendo al pueblo; prohíbe pagar el tributo al César.
En esta ocasión, Jesús, conociendo la malicia de su pregunta, les dice: Mostradme un denario. ¿De quién es la imagen y la inscripción que tiene? Ellos contestaron: Del César. Y Jesús les dejó desconcertados por la sencillez y la hondura de la respuesta: Pues bien, dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Jesús no elude la cuestión, sino que la sitúa en sus verdaderos términos. Se trata de que el Estado no se eleve al plano de lo divino. De este modo, se opone igualmente al error difundido entre los fariseos de un mesianismo político y al error de la injerencia del Estado romano -de cualquier Estado- en el terreno religioso. Con su respuesta, el Señor establece con claridad dos esferas de competencia. «Cada una en su ámbito propio, son mutuamente independientes y autónomas. Sin embargo, ambas, aunque por título diverso, están al servicio de la vocación personal y social de unos mismos hombres».
La Iglesia, en cuanto tal, no tiene por misión dar soluciones concretas a los asuntos temporales. Sigue así a Cristo, quien, afirmando que su reino no es de este mundo, se negó expresamente a ser constituido juez en cuestiones terrenas. Así no caeremos nunca los cristianos en lo que Jesucristo evitaba con todo cuidado: unir el mensaje evangélico, que es universal, a un sistema, a un César. Es decir, debemos evitar que cuantos no pertenecen al sistema, al partido o al César, se sientan con dificultades comprensibles para aceptar un mensaje que tiene como fin último la vida eterna. La misión de la Iglesia, que continúa en el tiempo la obra redentora de Jesucristo, es la de llevar a los hombres a ese destino sobrenatural y eterno: la justa y debida preocupación por los problemas de la sociedad deriva de su misión espiritual y se mantiene en los límites de esa misión.
Nos toca a los cristianos, metidos en la entraña de la sociedad, con plenitud de derechos y de deberes, dar solución a los problemas temporales, formar a nuestro alrededor un mundo cada vez más humano y más cristiano, siendo ciudadanos ejemplares que exigen sus derechos y saben cumplir todos los deberes con la sociedad. Es más, en muchas ocasiones, la manera de actuar de los cristianos en la vida pública no puede limitarse al mero cumplimiento de las normas legales, de lo que está dispuesto. La diferencia entre el orden legal y los criterios morales de la propia conducta obliga a veces a adoptar comportamientos más exigentes o distintos de los criterios estrictamente jurídicos: sueldos excesivamente bajos, situaciones injustas no contempladas en la ley, dedicación del médico a los enfermos que lo necesitan por encima de un horario estrictamente exigido por el reglamento o las disposiciones del hospital, etc. ¿Se nos conoce en nuestro trabajo -cualquiera que éste sea- por ser personas que se exceden, por amor a Dios y a los hombres, en aquello que señala la obligación estricta: horario, dedicación, interés, preocupación sincera por las personas y por sus problemas...?
1) Dad al César lo que es del César... El Señor distingue los deberes relacionados con la sociedad y los que se refieren a Dios, pero de ninguna manera quiso imponer a sus discípulos como una doble existencia. El hombre es uno, con un solo corazón y una sola alma, con sus virtudes y sus defectos que influyen en todo su actuar, y «tanto en la vida pública como en la privada, el cristiano debe inspirarse en la doctrina y seguimiento de Jesucristo», que tornará siempre más humano y noble su actuar. La Iglesia ha proclamado siempre la justa autonomía de las realidades temporales, pero entendida, claro está, en el sentido de que «las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores (... ). Pero si "autonomía de lo temporal" quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura, sin el Creador, desaparece»; y la misma sociedad se vuelve inhumana y difícilmente habitable, como se puede comprobar.
El cristiano elige sus opciones políticas, sociales, profesionales, desde sus convicciones más íntimas. Y lo que aporta a la sociedad en la que vive es una visión recta del hombre y de la sociedad, porque sólo la doctrina cristiana le ofrece la verdad completa sobre el hombre, sobre su dignidad y el destino eterno para el que fue creado. Sin embargo, son muchos los que en ocasiones querrían que los cristianos tuvieran como una doble vida: una en sus actuaciones temporales y públicas, y otra en su vida de fe; incluso afirman, con palabras o hechos sectarios y discriminatorios, la incompatibilidad entre los deberes civiles y las obligaciones que comporta el seguimiento de Cristo. Nosotros los cristianos debemos proclamar, con palabras y con el testimonio de una vida coherente, que «no es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad civil. Como no tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado, en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios les ha confiado.
Mienten los que afirman lo contrario. Son los mismos que, en aras de una falsa libertad, querrían "amablemente" que los católicos volviéramos a las catacumbas, al silencio.
Nuestro testimonio en medio del mundo se ha de manifestar en una profunda unidad de vida. El amor a Dios ha de llevarnos a cumplir con fidelidad nuestras obligaciones como ciudadanos: pagar los tributos justos, votar en conciencia buscando el bien común, etc. Desentenderse de manifestar, a todos los niveles, la propia opinión -por pereza o falsas excusas- a través del voto o del medio equivalente, es una falta contra la justicia, pues supone la renuncia a unos derechos que, por sus consecuencias de cara a los demás, son también deberes. Esa renuncia puede ser grave en la medida en que con esa inhibición se contribuya al triunfo -en el colegio profesional, en la agrupación de padres de la institución donde estudian los hijos, en la vida política nacional- de una candidatura cuyo ideario está en contraste con los principios cristianos.
«Vivid vosotros -exhortaba Juan Pablo II- e infundid en las realidades temporales la savia de la fe de Cristo, conscientes de que esa fe no destruye nada auténticamente humano, sino que lo refuerza, lo purifica, lo eleva.» Demostrad ese espíritu en la atención prestada a los problemas cruciales. En el ámbito de la familia, viviendo y defendiendo la indisolubilidad y los demás valores del matrimonio, promoviendo el respeto a toda vida desde el momento de la concepción. En el mundo de la cultura, de la educación y de la enseñanza, eligiendo para vuestros hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana.
»Sed también fuertes y generosos a la hora de contribuir a que desaparezcan las injusticias y las discriminaciones sociales y económicas; a la hora de participar en una tarea positiva de incremento y justa distribución de los bienes. Esforzaos por que las leyes y costumbres no vuelvan la espalda al sentido trascendente del hombre ni a los aspectos morales de la vida».
2)... y a Dios lo que es de Dios. También insiste el Señor en esto, aunque no se lo preguntaron. «El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros», comenta San Agustín. Y de Dios es toda nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías... Todo lo nuestro es suyo. De modo particular esos momentos -como este rato de oración- que dedicamos exclusivamente a Él. Ser buenos cristianos nos impulsará a ser buenos ciudadanos, pues nuestra fe nos mueve constantemente a ser buenos estudiantes, madres de familia abnegadas que sacan fuerzas de su fe y de su amor para llevar la familia adelante, empresarios justos, etc.; el ejemplo de Cristo a todos nos lleva a ser laboriosos, cordiales, alegres, optimistas, a excedernos en nuestras obligaciones, a ser leales con la empresa, en el matrimonio, con el partido o la agrupación a la que pertenecemos. El amor a Dios, si es verdadero, es garantía del amor a los hombres, y se manifiesta en hechos.
(16) "Obrad como seres libres". Algunas palabras adquieren un significado paradójico: debéis ser libres, pero como esclavos de Dios. La libertad cristiana no será tal si no se tiene la experiencia de la dependencia total con respecto a Dios. La libertad de los cristianos se funda en el hecho de pertenecer a un Señor más grande, para el que fueron rescatados por la sangre de Cristo. Cuanto más atado a Dios se sienta el cristiano, más libre será. San Pablo nos decía: "A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad... que el amor os tenga al servicio de los demás" (Gal 5,13). La libertad del cristiano pasa por la experiencia del seguimiento de Cristo: así aprende el creyente que la verdadera libertad pasa por el servicio a los demás. El cristiano, está de modo absoluto, únicamente subordinado a Dios, su autoridad está muy por encima de la del estado romano, omnipotente en apariencia. De allí, que si alguna vez las ordenes de alguna instancia pública se oponen a las leyes de Dios, ellas automáticamente no obligan a los creyentes.
Hay que tener en cuenta que en el NT las palabras, imágenes y expresiones tienen un contenido diferente del que les damos en la vida cotidiana. La palabra libertad, por ejemplo, sugiere ordinariamente la experiencia de la autonomía. La libertad cristiana no está interesada en la autonomía, sino en el bien de los demás. Así lo enseña Pablo cuando dice: «Gracias a Dios, aunque erais esclavos del pecado, seguisteis de corazón las normas que os transmitieron y, emancipados del pecado, habéis entrado al servicio de la justicia» (Ro 6,17-18).
La verdadera libertad no consiste en hacer lo al hombre se le antoje, sino en practicar el bien y evitar el mal, como servidores del Dios. Si alguno en nombre de la libertad, escoge el mal, ése no es libre de verdad, sino más bien un libertino que se ha hecho esclavo del pecado (Jn 8,32; Ro 8,2;II Cor 3,17; Gál 5,13).
En cuatro breves consejos resume Pedro la conducta del cristiano: hacia Dios, el santo temor; para los hermanos el amor; para el rey el respeto; y en general para todos el honor. Esta sección, relativa la comportamiento de los cristianos en la vida pública se cierra con un principio general: respetad a todos.
(18-25) El autor invita a las personas de servicio doméstico al ejercicio de una virtud superior, "por consideración a Dios". Pedro insistirá en el valor del sufrimiento soportado, no por haber faltado, sino por haber obrado bien, siguiendo así el ejemplo de Cristo Jesús (I Pe 3,14.17;4,14).
La mención del sufrimiento injusto le brinda ocasión al autor para una catequesis sobre la pasión de Cristo. El sufrimiento voluntario a favor de los demás -y a veces sufrido injustamente-, dimana de una vocación divina. Jesús fue un ejemplo, cuyas huellas debe seguir el cristiano (Jn 13,15; Mt 16,24). El autor aduce cuatro notas características que aparecen presentes en la vida de Jesús.
1) Él no cometió pecado ni en su boca hubo engaño, y sin embargo sufrió (Is 53,9; Jn 8,46; II Cor 5,21; I Jn 3,5)
2) Al ser insultado, no respondió con insultos (Is 53,7; I Pe 3,9)
3) Al padecer, no respondió con amenazas sino que se puso en manos de Dios, justo juez.
4) Sobre la cruz, él cargó nuestros pecados en su cuerpo (Is 53,4.12; Heb 9,28)
La finalidad de ese sufrimiento vicario, en lugar nuestro, fue doble; que fuéramos liberados de nuestros pecados, y que viviéramos para una vida santa (Ro 6,2.11) y con sus heridas hemos sido curados! (Is 53,5).
A la correspondiente exhortación añade Pedro el incomparable cuadro de los sufrimientos del Señor (21b-24), que suena como un retazo del relato evangélico de la pasión.
Los esclavos, que sólo han de considerarse tales en relación con Dios, deben someterse a los amos, y no sólo a los buenos sino también a los malos, pues es meritorio ante el Señor soportar por él los sufrimientos injustamente infligidos. Esa actitud, a la que nos llama nuestra vocación cristiana, tiene como guía y modelo el ejemplo de Cristo.
Las palabras que siguen (2,21b) muestran que nos hallamos aquí ante una aserción de vigencia universal. Con esto no se quiere decir que todos los cristianos estén llamados sin excepción y constantemente al sufrimiento. Pero la carta muestra que la participación voluntaria, alegre y jubilosa (1,6) «en los padecimientos de Cristo» (4,13), es lo más grande a que un cristiano puede ser llamado por Dios.
Cristo padeció por vosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (v. 21b). Con sus sufrimientos vicarios, nos mostró el camino a seguir. Todo lo que a continuación (2,22-24) se dirá de la pasión de Jesús hemos de entenderlo como ejemplo que debemos imitar. Ahora bien, si todo ha de ser ejemplo, también lo serán sus sufrimientos vicarios por nosotros. También nosotros debemos, soportando calladamente las dificultades, preceder animosos a otros hombres que se sienten desanimar, y dejando huellas, quizá sangrientas, mostrarles el único camino posible.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca (v. 22). La imagen del Señor que sufre no sólo surge aquí como un ejemplo estimulante, sino que además brilla en su grandeza divina exenta de todo pecado:
-- Los esclavos, son reprendidos por faltas presuntas que en realidad no han cometido (2,19), pero Cristo estaba totalmente libre de cualquier culpa. Pueden incluso recibir golpes (2,20) como si hubiesen hablado descomedidamente, pero en boca de él no hubo nunca una sola palabra fuera de lugar, falsa o tendenciosa. Ustedes luchan todavía contra sus faltas (2,11s), mientras que él pudo decir a sus discípulos, que estaban con él día y noche: «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?» (Jn 8,46). Y a pesar de esta absoluta inocencia le envió su Padre por el camino del sufrimiento tan incomprensible para vosotros, por el camino del servidor de Dios, al que Isaías había descrito anticipadamente de forma tan impresionante (cf. Is 53).
Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas (v. 23a). Tenemos ante los ojos una imagen de Cristo que sufre, tal como no la había trazado todavía ningún escritor del Nuevo Testamento: un hombre que es insultado, que es reprendido como un criado que se ha mezclado en cosas que no le importan, que se ve abrumado de críticas y reprimendas, y él se calla. Salta a la vista la entrañable solicitud de Pedro por aquellos a quienes quiere exhortar. Y se desborda todo el amor del amigo de Jesús, que con su temperamento violento, dispuesto a devolver inmediatamente el golpe, deduce las tentaciones que experimentaría el Señor en aquellas horas de dolor. Más aún: va todavía más lejos y pinta cuán natural habría sido al Maestro amenazar a sus enemigos con un castigo de Dios. También para nosotros es de lo más natural esta tentación de invocar la venganza de Dios por ofensas personales.
Al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente (v. 23b). Pedro no se refiere a la condenación de Cristo ante Pilato, sino que quiere decir: Cristo se entregó, puso su «caso», la entera solicitud de salir por sus derechos ante la injusticia de que era víctima, en manos de su Padre celestial, y con ello nos dio un ejemplo a nosotros, que tenemos muchas más razones para dejar la venganza en manos de Dios (Rm 12,19). El versículo que sigue muestra que se trata todavía de mucho más que eso. Cristo no sólo dejó su «caso» en manos del Juez eterno, sino que él mismo se entregó a la cólera divina como víctima por los pecados. Dio un ejemplo todavía mucho mayor cuando con humildad dejó caer sobre sí un castigo sangriento que propiamente correspondía a otros.
Así viene a ser para nosotros «palabra» de Dios que da la pauta. También nosotros, sin preguntar si lo hemos merecido, debemos estar dispuestos a soportar el sufrimiento, sabiendo que ha llegado el tiempo «de que comience el juicio por la casa de Dios» (4,17), ese juicio en el que «el justo a duras penas se salva» (4,18).
Cargado con nuestros pecados subió al leño (v. 24a). Cristo no sólo llevó al Calvario la carga de nuestros pecados como un sacrificador lleva su víctima al altar, sino que él mismo, en su encarnación, por medio de su cuerpo humano, como Dios hecho hombre, se constituyó a sí mismo en esta víctima por el pecado, en el cordero que tomó sobre sí «el pecado del mundo» (Jn 1,29). Se apropió de tal manera esta carga del pecado que llegó hasta a hacerse por nosotros «maldición» (Gal 3,13). También cargó los de los esclavos a quienes ahora se dirige Pedro, los tomó sobre sí y los llevó a este madero -que se convierte en altar- hasta las últimas horas de su más extremo desamparo.
Pedro no se siente ya capaz de seguir hablando de «sus pecados» en segunda persona, como acababa de decir: Cristo «les» dejó un ejemplo. Habla de nuestros pecados, porque él mismo se siente afectado.
Para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia (v. 24b). Aquí se carga el acento sobre el fin positivo del que es condición previa la muerte al pecado: para que vivamos para la justicia. También en esto es Cristo nuestro modelo. Vivió para la justicia, dispuesto como estaba a sufrir por los pecados de otros y restablecer así el orden perturbado. Su amor le impelía a renovar la recta y justa relación entre el Creador y la criatura. Tampoco para nosotros significa el vivir para la justicia otra cosa que vivir para el amor, porque el amor cristiano tiene muy poco que ver con los sentimentalismos, teniendo más bien estrecha afinidad con la voluntad de practicar la justicia. Dada la manera sobria de pensar de Pedro -que no obstante va siempre hasta lo último- es significativo el hecho de que para él una vida por el prójimo, una vida que no se retrae ni siquiera de llevar la cruz por los otros, no significa sino una vida para la justicia. Se trata del justo cumplimiento del único gran mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27).
Sus heridas los han curado (v. 24). Estas heridas son las señales que la vara o el azote dejan en las espaldas desnudas. En el capítulo 53 del profeta Isaías, del que están tomadas también estas palabras (Is 53,5), al hablar de estas heridas se usa una palabra hebrea que contiene la idea de «pintarrajear con líneas». Pedro indica a los esclavos la espalda de Cristo, que tal vez, fuera semejante a la suya. Con tales heridas han sido ellos sanados como con amarga medicina. Es posible que los destinatarios de la carta se acuerden de que también ellos fueron sanados en su bautismo y en adelante estarán más bien dispuestos a soportar por amor, en lugar de otros, los azotes injustos de un capataz.
Para concluir su exhortación, les dice Pedro: «Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas» (v. 25). Antes de recibir el Evangelio y aceptar la fe, los gentiles andaban como ovejas fuera del camino, pero ahora lo han encontrado. "Han vuelto al Pastor"; la conversión es un volver al verdadero Dueño de todo hombre, a Dios. Jesús el buen Pastor, anunciado por los profetas Isaías y Ezequiel. Él se ocupa de sus ovejas; él es nuestro pastor y nuestro guardián (Is 53,6;Ez 34,5-6;Mt 9,36;Jn 10,1-18).
[1] Papa Juan Pablo II.
1 comentario:
Muchas gracisa, muy edificante.
Bendiciones
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