sábado, 29 de diciembre de 2012

TERESITA DE LISIEUX :ORACIÓN AL NIÑO JESÚS


¡Oh niñito Jesús, mi único tesoro!, me abandono a tus divinos caprichos. No quiero otra alegría que la de hacerte sonreir. Imprime en mí tu gracia y tus virtudes infantiles, a fin de que el día de mi nacimiento en el cielo los ángeles y los santos reconozcan en mí a tu pequeña esposa: Teresa del niño Jesús". 

viernes, 28 de diciembre de 2012

MARÍA VALLEJO EN URUGUAY

ALBERTO JUSTO: MÁS HONDO...

Es un otoño..., muy peculiar. Los senderos están cubiertos por alfombras de hojas muertas, caídas de los árboles del bosque... La tierra no se ve. 

Está oculta debajo. Sólo pisamos sobre las hojas que crujen bajo nuestros pies... Pero esas hojas no nos sostienen. No nos podemos afirmar sobre ellas. Tampoco son ellas la tierra, que nos queda escondida. Pero es claro que caminamos.


Así es nuestra peregrinación. La vida está escondida. Es más profunda siempre. ¿Qué nos ocupa ahora? ¿Las hojas muertas o la tierra viva?


Entra, pues, en tu corazón -oculto- y gózate en la realidad que no puedes medir... Eso sí, no te fatigues pretendiendo que la débil alfombra sea un fuerte camino. Reposa en la Verdad escondida y sigue sin temor. El Señor está contigo.

FUENTE: ERMITAÑO URBANO

ANTIGUA BENDICIÓN IRLANDESA

ANTIGUA BENDICIÓN IRLANDESA
Que el camino venga a tu encuentro,
que el viento sople siempre a tu espalda, que el sol te de siempre en la cara, que la lluvia caiga lentamente en tu campo y hasta, que volvamos a vernos... 

Que Dios te tenga en la palma de su mano. Amén

jueves, 27 de diciembre de 2012

LO QUE VENDRÁ EN 2013 SOBRE BENEDICTO...

HANS URS VON BALTHASAR: SAGRADA FAMILIA

SAGRADA FAMILIA:  JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Gn 15,1-6 ;  21,1-3  ;  Hb 11,8.11-12.17-19 ;  Lc 2,22-40

La fe de Abrahán. Es muy significativo que toda la liturgia de esta fiesta esté bajo el signo de la fe. La familia, que se funda tanto en la Antigua como en la Nueva Alianza, es en las dos lecturas una nueva obra de Dios; el cuerpo de Abrahán está ya viejo, Sara, su mujer, es estéril y Abrahán ha designado ya como heredero a un criado de casa, al hijo de su esclava. Pero Dios cambia el destino: los padres se vuelven fecundos milagrosamente y el hijo de la promesa será un puro don de Dios. Este episodio constituye por así decirlo el distintivo de todos los matrimonios de Israel: su fecundidad, orientada hacia el Mesías, recibirá siempre algo de la gracia sobrenatural de Dios: el hijo es un don de Dios, en el fondo está permitido cerrarse en sí misma, sino que, al igual que Dios la ha abierto en el origen, así también debe permanecer abierta a los designios de Dios.

El sacrificio de Abrahán. Esto llega hasta lo incomprensible, raya en lo intolerable humanamente hablando, con la prueba a que se somete a Abrahán, cuando Dios le exige que le sacrifique al hijo de la promesa, a cuya existencia el propio Dios había vinculado sus promesas (descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo). Israel ha considerado siempre este episodio como uno de los más importantes de su historia. Dios entra en la familia que él mismo ha fundado milagrosamente y la destruye. Humanamente hablando, Dios se contradice claramente a sí mismo; pero como se trata de Dios, Abrahán obedece y se dispone a devolver a Dios lo más precioso para él, lo que el mismo Dios le ha dado. La segunda lectura hace también participar a Sara en este acontecimiento; la familia, que se debe a Dios, se convierte ahora no solamente en una familia abierta sino también en una familia sangrante.

La espada en el alma de María. El acontecimiento sobre el que se funda Israel encuentra su pleno cumplimiento en la Sagrada Familia, que en el evangelio de hoy aparece en el templo. A José, el último patriarca, Dios no le hace carnalmente fecundo, sino que debe -¡suprema plenitud de la fecundidad humana!- retirarse para dejar su sitio a la única fuerza generadora de Dios. El sacrificio personal que José ofrece, lo oculta en lo litúrgico, en lo aparentemente insignificante: en el par de palomas, el sacrificio de los pobres. Y la Madre oculta el sacrificio de su entrega total a Dios con el tupido velo de la ceremonia de purificación prevista por la ley. Se produce entonces la profecía que determinará la forma interna de esta familia: por un lado la suprema significación del Niño ofrecido, donde ya se puede ver que esta familia se dilatará mucho más allá de sus dimensiones terrenales; por otro lado la espada que traspasará el alma de la Madre, que será así introducida en una realidad más grande, en el destino de su Hijo: no solamente dejará que el Hijo se marche, con lo que esto supondrá de sacrificio para ella, sino que será incluida en el sacrificio del Hijo cuando llegue el momento, con lo que la antigua familia carnal se consumará en una familia espiritual en la que María –traspasada por la espada- se convertirá de nuevo en Madre de muchos.

La Sagrada Familia de Nazaret es todo menos un idilio: está entre el sacrificio del monte Moria y el sacrificio del Gólgota.

MONSEÑOR JAIME FUENTES: LO QUE ESTÁ EN JUEGO EN EL SENADO


 Yo no sabía quién es Gilles Bernheim, gran rabino de Francia. Lo supe cuando Benedicto XVI habló de él, hace cuatro días, en el discurso que dirigió a sus colaboradores más inmediatos.


El hecho de que el Papa citara a alguien en su discurso fue un motivo de sorpresa, pero más lo fue cuando conocí el texto y el contexto de la intervención de este filósofo de 60 años, que tiene cuatro hijos y es Caballero en la Legión de Honor.

 Ante la pretensión de incorporar a la legislación francesa el llamado “matrimonio igualitario”, el gran rabino ha escrito “un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor”, en palabras de Benedicto XVI, que entiendo deberían leer nuestros senadores antes de aprobar con su voto el proyecto similar que ahora está en sus manos. Son sólo 25 páginas que se encuentran en Internet apenas teclear el nombre del autor.
       El trabajo se titula Matrimonio homosexual, homoparentalidad y adopción: lo que a menudo se olvida decir. (Homoparentalidad, según un diccionario francés, es el  ejercicio de los derechos paternos por dos personas del mismo sexo que viven en pareja).

En la primera parte de su estudio, Bernheim analiza, en forma de preguntas, los argumentos invocados por los partidarios de la ley. ¿El matrimonio homosexual en nombre de la igualdad? ¿El matrimonio homosexual en nombre de la protección del conjunto? ¿La homoparentalidad en nombre del amor? ¿La homoparentalidad en nombre de la protección del niño? ¿La adopción en nombre del derecho al hijo? ¿La adopción en nombre de los niños que esperan ser adoptados? ¿Nuevas formas de homoparentalidad en nombre de la igualdad?

       La segunda parte del trabajo va al fondo del problema y explica que, detrás de los argumentos a favor de la ley, lo que hay es la confrontación de dos visiones del mundo: una, basada en la complementariedad natural entre el hombre y la mujer; y otra, en la que la libertad ha sido llevada al paroxismo, hasta la pretensión de decidir ser hombre, mujer, transexual, bisexual…. Es elocuente que Bernheim diga que el “proyecto político de reemplazar la identidad sexual por la orientación sexual” desemboca en “el proyecto político de destruir el matrimonio”.

Esto es, ni más ni menos, lo que se juega con la ley que, asombrosamente, nuestros diputados aprobaron 81 en 87 votos.  Benedicto XVI argumentaba: si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo”.

Al día siguiente de celebrar la fiesta de la Familia por antonomasia, ¡qué macabra ironía!, ¿nuestros senadores votarán destruir el matrimonio? Si lo hacen, creo que le voy a dar la razón a mi amigo Jota O., a quien casé hace más de quince años. Aprobado el proyecto en diputados, me llamó para decirme totalmente en serio: - Varios amigos estamos pensando en ir al Registro Civil para divorciarnos, ¿sabe?... Porque tenemos todo el derecho de no querer estar casados según ese matrimonio mamarracho que quieren imponernos, ¿no le parece?  

lunes, 17 de diciembre de 2012

CARDENAL G.DANNELS: EL ICONO DE LA ESPERANZA: EL MÁRTIR


La imagen por excelencia de una persona con esperanza es el mártir.El mártir ya no tiene nada en que apoyarse humanamente: sólo Dios es "su roca y su alcázar". Cara a cara con la muerte, se desvanece toda confianza en sí. El mártir ya no puede hacer nada por sí mismo. debe renunciar completamente a sí.

La única cosa de la que puede seguir viviendo es la esperanza: la esperanza divina que se apoya únicamente en Dios, este Dios "que llama incluso a los muertos fuera de sus tumbas".Sin esta esperanza pura y radical el mártir no puede hacer nada, aunque sea fruto de la gracia divina que un héroe poderoso.Ser mártir no es algo que uno hace, se recibe.

Pero si el mártir se abandona esperanzado en Dios,se vuelve perfectamente libre, libre de todo aquello a lo que puede estar apegado: riquezas, prestigios, nombre y reputación,familia, la vida misma.Es el mártir quien hace progresar realmente la historia, porque encarna la esperanza y la conduce hasta sus últimas consecuencias.

No todos llegan a ser mártires o iconos de la esperanza en la Iglesia.Pero cada uno de nosotros puede hacer algo en este sentido. La esperanza viene a este mundo cada vez que nos atrevemos a hablar en el gulag de nuestra sociedad, cada vez que seguimos creyendo a pesar de las burlas, que resistimos a las veleidades del racismo, marginación y exclusión en nuestro corazón, cada vez que nos reconciliamos con alguien que nos ha ofendido, cada vez que respondemos con una buena acción a una mala; cada vez que, en definitiva, creemos que el bien es más fuerte que el mal. Entonces también nosotros nos hacemos testigos.El significado de la palabra mártir en griego es testigo. Aunque solo hay un número limitado de iconos originales, existen empero muchas copias, y muy buenas, de ellos.

ANTONIO ROYO MARiN : LA VIRTUD DE LA PIEDAD

La palabra piedad se puede emplear en diversos sentidos:

a) como sinónimo de devoción, religiosidad, entrega de las cosas al culto de Dios; y así hablamos de personas piadosas o devotas b) como equivalente a compasión o misericordia; y así decimos: "Señor, ten piedad de nosotros"; c) para designar una virtud especial derivada de la justicia: la virtud de la piedad...y d) aludiendo a uno de los siete dones del Espíritu Santo: el don de la piedad.

Como virtud especial derivada de la justicia, puede definirse: Un hábito sobrenatural que nos inclina a tributar a los padres, a la patria y a todos los que se relacionan con ellos el honor y servicio debidos.

domingo, 16 de diciembre de 2012

HANS URS VON BALTHASAR: TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


 “Entonces qué hacemos?” El evangelio presenta la enseñanza de Bautista a los que quieren comenzar una nueva vida (dos versículos antes Juan llama “raza de víboras” a los que se creen justos y han venido a verle por pura curiosidad). En las respuestas que Juan da a los que están realmente dispuestos a hacer penitencia – entre otros, los publicanos y los militares, despreciados por los judíos-, se muestra que el mandamiento radical del amor de Jesús estaba ya perfectamente preparado en la antigua Alianza y podía ser algo evidente para toda conciencia no corrompida. Se trata de compartir solidariamente los propios bienes con el prójimo que no tienen lo suficiente para vestirse y alimentarse; de practicar la justicia en la recaudación de los impuestos y otras tasas; de ser moderado- algo que para los militares puede resultar difícil- en el ejercicio del poder (ni robo, ni corrupción, ni extorsión, ni exigencias desorbitadas). Lo que Juan exige a sus oyentes se puede justificar a partir de los profetas, por eso él no debe ser confundido con el Mesías que ha de venir. Este Mesías, ante el que el Bautista se humilla, trae un instrumento de purificación totalmente distinto: el Espíritu Santo, que nos mostrará nuestros pecados desde Dios y que puede quemarlos con su fuego. Es el mismo Espíritu que nos colocará también ante la decisión definitiva entre el sí y el no, el trigo y la paja. Con estas advertencias el Bautista se sitúa, como “el más grande de los nacidos de mujer” (Lc 7,28), al final del período de preparación, contemplando ya plenamente el nuevo comienzo; y quizá es precisamente su profunda humildad lo que le permite cruzar la frontera como “amigo del esposo” (Jn 3,29), quien recibe y asume su bautismo dotándole de un contenido nuevo.



El Señor está cerca: En la segunda lectura, ya en el Nuevo Testamento, esta gozosa esperanza se acrecienta y se llega incluso a decir: Nada os preocupe. Ciertamente aquí no se recomienda la pura despreocupación, sino la alegría en el Señor, la única que proporciona esa paz, que sobrepasa todo juicio y nos impide pensar que nuestra esperanza pudiera ser vana. Pro la visión anticipada del Señor, que está a punto de llegar, exige también su verificación en el amor fraterno de la comunidad, cuya mesura y bondad debe darse a conocer a todo el mundo, también a los que no son cristianos. La alegría por la venida del Señor debe ser apostólica. Este abandono plenamente confiado de las preocupaciones mundanas para ponerse en manos de Dios (como exige el sermón de la montaña), es cristiano solo si va unido a la oración que implora el pan cotidiano y da gracias a Dios por los dones recibidos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

DIÁCONO JORGE NOVOA: DIOS VIENE EN NUESTRO AUXILIO

Luego de ser liberados, los iraelitas se enfrenta a las exigencias de la libertad, Moisés es el conductor del pueblo elegido por Dios, pero la ruta que llevan desemboca en el Mar Rojo..Qué debemos hacer? En qué dirección debemos tomar? De esta decisión depende nuestro futuro: huir, volvernos atrás, luchar o adentrarnos en el mar...

DIÁCONO JORGE NOVOA: CON QUIÉN COMPARARÉ A ESTA GENERACIÓN?

 «¿Pero, con quién compararé a esta generación?Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo:
“Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado.”
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Demonio tiene.”
Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras.»

El juicio negativo contra el rechazo de la generación que vivió en tiempos de Cristo, es concluyente, el texto continuará con una maldición del Señor contra las ciudades en donde se realizaron la mayoría de los milagros ( Mt 11, 20-21).

Aquí se invocan dos presencias, que dieron testimonio de la verdad, Juan  Bautista y Jesús, aunque por caminos diversos, llevaban el único mensaje.Como anota san Juan Crisóstomo:  "Juan y yo hemos venido por caminos diferentes y hemos hecho lo mismo, del mismo modo que unos cazadores que para caer sobre un solo animal lo persiguieran por caminos diferentes".


Vino Juan con  austeridad, comía langostas y miel silvestre, anunciaba el inminente juicio de Dios y vivía en el desierto, convocando a los hombres a cambiar de vida,y  bautizándolos en el Jordán. Su voz templada en el desierto irrumpía en los corazones empecatados llamándolos a la conversión. Luego llegó el Señor, que vivía en medio de ellos, salió a buscar a los pecadores como un pastor busca a las ovejas perdidas, les habló en el monte sobre la verdadera felicidad, anunciándoles las bienaventuranzas, y manifestó la voluntad del Padre en palabras y obras. Su Palabra cálida y amable derretía el hielo de los corazones  templándolos en el fuego del Espíritu divino. Obraba poderosamente con una autoridad absolutamente desconocida, sus milagros atestiguaban su origen divino.

Uno por austero y el otro por amable. Pregunta san Jerónimo :"Si os agrada el ayuno, ¿por qué os desagradó Juan? Si os agrada la vida ordinaria, ¿por qué os desagradó el Hijo del hombre? ¿Por qué decís que el uno tiene el demonio y el otro es comilón y borracho?". Ni el mensaje de penitencia, y conversión de Juan, ni el anuncio gozoso del perdón y la misericordia del Señor, fue aceptado por esa generación. Ambos al servicio de la Salvación, uno anunciándola, el otro realizándola, uno siendo " la voz, el otro la Palabra".  Rechazaron al amigo del novio por austero, y al novio por amable, no reconocieron al precursor ni tampoco al Mesías.

La pregunta inicial se mantiene con todo vigor, ¿ con qué compararé a esta generación?No hablo de la de los tiempos de Jesús, sino la nuestra, con qué la comparará? Ha pasado mucha agua bajo el puente, pero el juicio parece mantenerse sin demasiados cambios. Incluso me pregunto, hoy les interesa el juicio de Jesús?

La situación resulta compleja, porque la indiferencia religiosa se ha extendido considerablemente. El padre Bojorge estudiando el fenómeno, desde mi punto de vista, aplicable a  Europa y algunas capitales Latinoamericanas, sobre todo las que presentan un alto índice de secularización, indica algunas pistas, para enfrentar la situación. Expongo  las conclusiones, es recomendable leer todo el trabajo titulado: "Es indiferente el indiferente".

1) El Nuevo Testamento ofrece un sistema de coordenadas para situar el fenómeno de la indiferencia religiosa, el desinterés por Cristo, en las múltiples formas de que puede revestirse, como una situa­ción significativa desde el punto de vista espiritual, o sea desde el punto de vista de su calificación como espíritu impuro, no santo, opuesto al Espíritu Santo, del cual es propio obrar la fe y el amor a Cristo.

2) Este espíritu es el primero que, según Marcos, le sale al paso a Jesús en su vida pública, manifestándose como adverso. Presumi­blemente es también el primero que saldrá al paso de sus discípulos.

3) Jesús nos enseñó con su ejemplo, a reconocer este espíritu como distinto de] hombre en el cual se encuentra y a través del cual se expresa. Pero además dio a sus discípulos instrucciones acerca de lo que debían hacer ante la indiferencia que no recibe a los enviados. Rechazo y acogida deben ser los indicios orientadores del agente evangelizador.

4) El espíritu de indiferencia es, paradójicamente, un espíritu que agi­ta al hombre apenas se confronta con Jesús. Esta es una primera mentira: finge indiferencia y es agitación. La causa de esta agita­ción parece ser el miedo a Cristo, considerado por lo tanto como alguien malo. Las formas que va adoptando posteriormente la opo­sición a Cristo parecen estar ya larvadas desde el comienzo en este espíritu de indiferencia inicial.

5) El espíritu de indiferencia, finge ser lo que no es, no sólo cualitati­va sino también cuantitativamente. Esta es una segunda forma de su mentira. Dice ser muchos cuando es uno y finge ser uno cuando son muchos. Unas veces se arroga una falsa representatividad. Otras veces esconde sus solidaridades de facción.

6) Aunque el espíritu impuro puede imprimir su influjo en el alma y el cuerpo del hombre, su esfera propia es la del espíritu, o sea la misma en que se decide la actitud religiosa frente al Dios que se revela en Cristo. No hay que pensar ni imaginar que este espíritu se encuentre sólo en casos excepcionales, en los que pudiera re­conocerse o sospecharse a través de los signos llamativos, lo que se entiende comúnmente por "posesión diabólica". Su realidad y su apariencia son mucho más modestas. Es lícito señalar su presencia dondequiera se encuentran actitudes de desinterés o indiferencia respecto de Cristo. Aún en personas totalmente normales, y en al­gunos aspectos hasta ejemplares.

Finalmente el texto apela a la sabiduría divina, manifestada en Juan y presente personalmente en Jesús, Él es personalmente la sabiduría divina, que manifestó  en palabras y obras la verdad. De estas obras han sido testigos los hombres, y las han rechazado. San Juan habla de lo que han visto  y oído,  y esa generación dice que ven al demonio y a un borracho, comilón...

Dios nos libre de esta ceguera que nos hace llamar bien al mal y mal al bien...


jueves, 13 de diciembre de 2012

BLEST: SUBLIME GRACIA




Sublime gracia del Señor
 Que a mí, pecador salvó
 Fui ciego mas hoy veo yo
 Perdido y El me halló

 Su gracia me enseñó a temer
 Mis dudas ahuyentó !
Oh cuán precioso fue a mi ser
 Cuando El me transformó!

 En los peligros o aflicción
 Que yo he tenido aquí
 Su gracia siempre me libró
 Y me guiará feliz

 Y cuando en Sión por siglos mil
 Brillando este cual sol
 Yo cantare por siempre allí
 Su amor que me salvó//

lunes, 10 de diciembre de 2012

RANIERO CANTALAMESSA: ENDEREZAD UN SENDERO PARA EL SEÑOR...

El corazón de la predicación del Bautista se contiene en esa frase de Isaías que repite a sus contemporáneos con gran fuerza: «Voz del que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas». Isaías, a decir verdad, expresaba: «Una voz clama: en el desierto abrid camino al Señor» (Is 40, 3). No es por lo tanto una voz en el desierto, sino un camino en el desierto. Los evangelistas, aplicando el texto al Bautista que predicaba en el desierto de Judea, han modificado la puntuación, pero sin cambiar el sentido del mensaje.

Jerusalén era una ciudad rodeada por el desierto: a Oriente los caminos de acceso, en cuanto se trazaban, fácilmente desaparecían por la arena que mueve el viento, mientras que a Occidente se perdían entre las asperezas del terreno hacia el mar. Cuando una comitiva o un personaje importante debía llegar a la ciudad, era necesario salir y caminar por el desierto para abrir una vía menos provisional; se cortaban las zarzas, se colmaban las hondonadas, se allanaban los obstáculos, se reparaba un puente o un paso. Así se hacía, por ejemplo, con ocasión de la Pascua para acoger a los peregrinos que llegaban de la Diáspora. En este dato de hecho se inspira Juan el Bautista. Está a punto de llegar, clama, uno que está por encima de todos, «el que debe venir», el que esperan las gentes: es necesario trazar una senda en el desierto para que pueda llegar.

Pero he aquí el salto de la metáfora a la realidad: este sendero no se traza sobre el terreno, sino en el corazón de cada hombre; no se traza en el desierto, sino en la propia vida. Para hacerlo, no es necesario ponerse materialmente al trabajo, sino convertirse: «Enderezad las sendas del Señor»: este mandato presupone una amarga realidad: el hombre es como una ciudad invadida por el desierto; está cerrado en sí mismo, en su egoísmo; es como un castillo con un foso alrededor y los puentes alzados. Peor: el hombre ha complicado sus sendas con el pecado y ahí se ha quedado, seducido, como en un laberinto. Isaías y Juan el Bautista hablan metafóricamente de precipicios, de montes, de pasos tortuosos, de lugares impracticables. Basta con llamar estas cosas por sus verdaderos nombres, que son orgullo, acidia, vejaciones, violencias, codicias, mentiras, hipocresía, impudicias, superficialidades, ebriedades de todo tipo (se puede estar ebrio no sólo de vino o de drogas, sino también de la propia belleza, de la propia inteligencia, o de uno mismo ¡que es la peor ebriedad!). Entonces se percibe inmediatamente que el discurso también es para nosotros; es para cada hombre que en esta situación desea y espera la salvación de Dios.

Enderezar un sendero para el Señor tiene por lo tanto un significado concretísimo: significa emprender la reforma de nuestra vida, convertirse. En sentido moral lo que hay que allanar y los obstáculos que hay que retirar son el orgullo -que lleva a ser despiadado, sin amor hacia los demás--, la injusticia -que engaña al prójimo, tal vez aduciendo pretextos de resarcimiento y de compensación para acallar la conciencia--, por no hablar de rencores, venganzas, traiciones en el amor. Son hondonadas a colmar la pereza, la acidia, la incapacidad de imponerse un mínimo esfuerzo, todo pecado de omisión.

sábado, 8 de diciembre de 2012

JUAN PABLO II: CATEQUESIS INMACULADA CONCEPCIÓN (2)


1. La doctrina de la santidad perfecta de María desde el primer instante de su concepción encontró cierta resistencia en Occidente, y eso se debió a la consideración de las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado original y sobre la universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor por san Agustín.

El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la condición de María, madre de un Hijo completamente santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria. Por esto, en la controversia con Pelagio, declaraba que la santidad de María constituye un don excepcional de gracia, y afirmaba a este respecto: «Exceptuando a la santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor debido a nuestro Señor, cuando se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión, porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno» (De natura et gratia, 42). San Agustín reafirmó la santidad perfecta de María y la ausencia en ella de todo pecado personal a causa de la excelsa dignidad de Madre del Señor. Con todo, no logró entender cómo la afirmación de una ausencia total de pecado en el momento de la concepción podía conciliarse con la doctrina de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la redención para todos los descendientes de Adán. A esa consecuencia llegó, luego, la inteligencia cada vez más penetrante de la fe de la Iglesia, aclarando cómo se benefició María de la gracia redentora de Cristo ya desde su concepción. 

 2. En el siglo IX se introdujo también en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en el sur de Italia, en Nápoles, y luego en Inglaterra.>Hacia el año 1128, un monje de Cantorbery, Eadmero, escribiendo el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, lamentaba que la relativa celebración litúrgica, grata sobre todo a aquellos «en los que se encontraba una pura sencillez y una devoción más humilde a Dios» (Tract. de conc. B.M.V., 1-2), había sido olvidada o suprimida. Deseando promover la restauración de la fiesta, el piadoso monje rechaza la objeción de san Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. Recurre oportunamente a la imagen de la castaña «que es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos» (ib., 10). Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original -argumenta Eadmero-, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo» (ib.)  

A pesar de Eadmero, los grandes teólogos del siglo XIII hicieron suyas las dificultades de san Agustín, argumentando así: la redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Y si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado.

3. Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII, brindó la clave para superar estas objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso, preservándola del pecado original.

De ese modo, introdujo en la teología el concepto de redención preservadora, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado.

La intuición del beato Juan Duns Escoto, llamado a continuación el «doctor de la Inmaculada», obtuvo, ya desde el inicio del siglo XIV, una buena acogida por parte de los teólogos, sobre todo franciscanos. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas.

Ese providencial desarrollo de la liturgia y de la doctrina preparó la definición del privilegio mariano por parte del Magisterio supremo. Ésta tuvo lugar sólo después de muchos siglos, bajo el impulso de una intuición de fe fundamental: la Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde el origen de su vida.

4. La afirmación del excepcional privilegio concedido a María pone claramente de manifiesto que la acción redentora de Cristo no sólo libera, sino también preserva del pecado. Esa dimensión de preservación, que es total en María, se halla presente en la intervención redentora a través de la cual Cristo, liberando del pecado, da al hombre también la gracia y la fuerza para vencer su influjo en su existencia.

De ese modo, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien contribuye admirablemente a poner mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana.

A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad, 65) que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.
[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 7-VI-96]

viernes, 7 de diciembre de 2012

HANS URS VON BALTHASAR: PREPAREN EL CAMINO DEL SEÑOR

II Domingo de Adviento (ciclo C)

Preparad el camino del Señor.
El evangelio de hoy, con sus detallados datos históricos y cronológicos sobre el mmento en que, con la aparición del Bautista, ha comenzado el acontecimiento decisivo de la salvación, se muestra seriamente decidido a situar este acontecimiento en el marco de la historia del mundo. No se trata de imágenes, de símbolos, de arquetípos, sino de hechos que se pueden datar con exactitud. El primer hecho es que la Palabra de Dios vino sobre Juan: el Bautista es llamado y enviado como el último de los profetas, cerrando con ello la serie de misiones proféticas anteriores tanto mediante su existencia como mediante su tarea, que corresponde a la gran promeas de Isaías y, según se nos dice, la cumple. Su misión personal, que no es mera repitición de palabras antiguas, se distingue por su bautismo. Los simples llamamientos de los profetas anteriores quedan aquí, al final del tiempo de la promesa, superados mediante su acción que afecta a todo el pueblo. Cuando se sumrge en el agua del bautismo, el que se convierte testimona, con su inmersión-emersión, que en lo sucesivo quiere ser otro, vivir como un ser purificado, convertir su camino torcido en camino recto. En Juan Bautista toda la Antigua Alianza reconoce que ella no es más que un preludio de lo decisivo, que viene ahora.


Ponte en pie Jerusalén. La primera lectura muestra que las antiguas promesas de un nuevo tiempo de salvación (a la vuelta del exilio) anuncian ciertamente algo glorioso, pero que esto no se realiza inmediatamente. El retorno de Babilonia fue todo menos una marcha triunfal. La gloria prometida era una promesa que debía cumplrise más tarde y de un modo totalmente distinto a como las imágenes proféticas permitían esperar.La verdadera gloria que aquí se anuncia a Jerusalén es la venida de Cristo proclamada por el Bautista; pero esta gloria tampoco será un esplendor terreno, sino exactamente lo que el evangelio de Juan designará como la gloria visible para el que cree: la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Este es en el fondo el camino recto -yo soy el camino- por el que Dios viene a nosotros, el Dios que ciertamente, como se dice al final de la alectura, en su "misericordia" (que se consumará en la Cruz) trae consigo su justicia de la alianza.El profeta baruc invita a Jerusalén a ponerse en pie y a mirar hacia Oriente para ver venir esta gloria sobre sí.

Que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante. La segunda lectura nos traslada a la Nueva Alianza. No se puede decir sin más que con la venida de Jesús hayamos llegado ala meta, pues él es "el camino nuevo y vivo" (Hb 10,20). Él sigue siendo también para la Iglesia peregrina el "pre-cursor", el que precede (Hb 6,20), y ningún cristiano puede permitirse el lujo de descansar prematuramente:" Temamos, nos sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso (de Dios), algunos de vosotros crea que ha perdido la oportunidad" (Hb 4,1). La carta de Pablo a los Filipenses habla constantemente de este "estar en camino", ciertamente ahora ya con una mayor confianza que en la antigua alianza: porque Cristo ha inaugurado una empresa buena y si nosotros permanecemos en su camino, creciendo en penetración y sensibilidad, él la llevará adelante hasta el día de su venida última y definitiva. El camino del Señor prometido en Isaías, el camino que es necesario preparar y que fue anunciado con tanta seriedad como apremio por el Bautista, se ha converido ahora en el Camino que es el Señor mismo, que está siempre dispuesto a llevarnos consigo a través de él.

MONSEÑOR NICOLÁS COTUGNO: RESPETO A LA OBJECIÓN DE IDEARIO DE LAS INSTITUCIONES



ARQUIDIÓCESIS DE MONTEVIDEO

COMUNICADO DE PRENSA
POR EL RESPETO A LA OBJECIÓN DE IDEARIO 

DE LAS INSTITUCIONES

El Arzobispo de Montevideo y sus Obispos Auxiliares  a la opinión pública:

En el día de hoy la prensa informa de las dificultades que están teniendo las instituciones médicas que, por su propia identidad, se oponen a la  realización de abortos,  para que sea respetado su legítimo derecho a la objeción de ideario que establece la ley llamada  de “interrupción voluntaria del embarazo”.

Queremos recordar lo dicho en la declaración de la Conferencia Episcopal Uruguaya de noviembre pasado: “Debe considerarse atentamente el artículo 10 de la ley y ser respetuosos de la objeción de ideario de aquellas instituciones que por su propia identidad, no admiten realizar abortos.”

Nos resulta emblemática en este sentido la resolución 1763 del Parlamento Europeo del 7 de octubre de 2010: “Ninguna persona, hospital o institución será coaccionada, considerada civilmente responsable o discriminada debido a su rechazo a realizar, autorizar, participar o asistir a la práctica de un aborto, eutanasia, o cualquier otro acto que cause la muerte de un ser humano o un embrión por cualquier razón.”

Apoyamos decididamente la posición expresada en la prensa por autoridades del Círculo Católico y otras instituciones para que se respete su identidad. Esto no sucede cuando se obliga a las instituciones a ser responsables directa o indirectamente de la realización de  abortos. 

Manteniendo nuestra oposición a esta ley,  creemos que se está yendo más allá de la misma cuando se deja de hablar de despenalización y se habla del derecho de la mujer a la interrupción del embarazo, es decir del “derecho al aborto”.

Como integrantes de esta sociedad pluralista y democrática apelamos a las autoridades competentes a buscar modos de efectivo respeto de la objeción de ideario de estas instituciones.

   Nicolás Cotugno  sdb      Milton Tróccoli  - Daniel Sturla sdb
Arzobispo de Montevideo   Obispos Auxiliares de Montevideo

Montevideo, 6 de diciembre de 2012

jueves, 6 de diciembre de 2012

MONSEÑOR NICOLÁS COTUGÑO: INDULGENCIAS CON OCASIÓN DEL AÑO DE LA FE

Nicolás Cotugno Fanizzi, sdb.

ARZOBISPO DE MONTEVIDEO INDULGENCIAS CON OCASIÓN DEL AÑO DE LA FE

 Decreto Visto: Que el Santo Padre Benedicto XVI ha convocado un Año de la Fe con ocasión del 50 aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II, que se extiende en el período del 11 de octubre de 2012 hasta todo el 24 de noviembre de 2013, concediendo durante el mismo, el don de indulgencias especiales, según Decreto de fecha 14 de setiembre de 2012 comunicado por la Penitenciaría Apostólica.

 Considerando: Que en el mencionado decreto se lee: “Durante el Año de la fe entero, convocado desde el 11 de octubre de 2012 hasta todo el 24 de noviembre de2013, podrán lucrar la Indulgencia plenaria de la pena temporal por los propios pecados impartida por la misericordia de Dios, aplicable en sufragio de las almas de los fieles difuntos, todos los fieles verdaderamente arrepentidos, que se hayan confesado debidamente, que hayan comulgado sacramentalmente y que oren según las intenciones del Sumo Pontífice: 
Item b: cada vez que visiten en peregrinación una Basílica Papal, una catacumba cristiana, una Iglesia Catedral, un lugar sagrado designado por el Ordinario del lugar para el Año de la fe (por ejemplo las Basílicas Menores y los Santuarios dedicados a la Santísima Virgen María, a los Santos Apóstoles y a los Santos Patronos) y allí participen en alguna celebración sagrada, al menos, se detengan en un tiempo de recogimiento con piadosas meditaciones, concluyendo con el rezo del Padre Nuestro, la Profesión de Fe en cualquier forma legítima, las invocaciones a la Santísima Virgen María y, según el caso, a los Santos Apóstoles o Patronos;”
  
Por las presentes decretamos: Que además de los días y lugares ya establecidos en el mencionado decreto con carácter universal, en la Arquidiócesis de Montevideo pueden obtener la indulgencia plenaria, quienes con las mismas condiciones concurran a los siguientes lugares sagrados: 
 1. Parroquia de la Inmaculada Concepción y San Felipe y Santiago – Iglesia Matriz – Catedral de Montevideo 
2. Parroquia – Santuario Nacional del Corazón de Jesús (Cerrito de la Victoria) 
3. Parroquia – Santuario El Salvador (Gruta de Lourdes)
 4. Parroquia - Santuario de la Medalla Milagrosa y san Agustín (Unión) 

 Dado en Montevideo, a los diecinueve días del mes de noviembre del año del Señor dos mil doce. + 

  Nicolás Cotugno, sdb. 
 ARZOBISPO DE MONTEVIDEO

miércoles, 5 de diciembre de 2012

BENEDICTO XVI: TODOS DECIMOS "NOS FALTA TIEMPO"


Este hecho nos invita a reflexionar sobre la dimensión del tiempo, que siempre ejerce en nosotros una gran fascinación. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de lo que solía hacer Jesús, deseo partir de una constatación muy concreta: todos decimos que "nos falta tiempo", porque el ritmo de la vida diaria se ha vuelto frenético para todos.

También a este respecto, la Iglesia tiene una "buena nueva" que anunciar: Dios nos da su tiempo. Nosotros tenemos siempre poco tiempo; especialmente para el Señor no sabemos, o a veces no queremos, encontrarlo. Pues bien, Dios tiene tiempo para nosotros. Esto es lo primero que el inicio de un año litúrgico nos hace redescubrir con una admiración siempre nueva. Sí, Dios nos da su tiempo, pues ha entrado en la historia con su palabra y con sus obras de salvación, para abrirla a lo eterno, para convertirla en historia de alianza. Desde esta perspectiva, el tiempo ya es en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un don que el hombre puede valorar, como cualquier otra cosa, o por el contrario desaprovechar; captar su significado o descuidarlo con necia superficialidad.

Además, el tiempo de la historia de la salvación se articula en tres grandes "momentos": al inicio, la creación; en el centro, la encarnación-redención; y al final, la "parusía", la venida final, que comprende también el juicio universal. Pero estos tres momentos no deben entenderse simplemente en sucesión cronológica. Ciertamente, la creación está en el origen de todo, pero también es continua y se realiza a lo largo de todo el arco del devenir cósmico, hasta el final de los tiempos. Del mismo modo, la encarnación-redención, aunque tuvo lugar en un momento histórico determinado —el período del paso de Jesús por la tierra—, extiende su radio de acción a todo el tiempo precedente y a todo el siguiente. A su vez, la última venida y el juicio final, que precisamente tuvieron una anticipación decisiva en la cruz de Cristo, influyen en la conducta de los hombres de todas las épocas.
El tiempo litúrgico de Adviento celebra la venida de Dios en sus dos momentos: primero, nos invita a esperar la vuelta gloriosa de Cristo; después, al acercarse la Navidad, nos llama a acoger al Verbo encarnado por nuestra salvación. Pero el Señor viene continuamente a nuestra vida.
Por tanto, es muy oportuna la exhortación de Jesús, que en este primer domingo se nos vuelve a proponer con fuerza: "Velad" (Mc 13, 33.35.37). Se dirige a los discípulos, pero también "a todos", porque cada uno, en la hora que sólo Dios conoce, será llamado a rendir cuentas de su existencia. Esto implica un justo desapego de los bienes terrenos, un sincero arrepentimiento de los propios errores, una caridad activa con el prójimo y, sobre todo, un abandono humilde y confiado en las manos de Dios, nuestro Padre tierno y misericordioso. La Virgen María, Madre de Jesús, es icono del Adviento. Invoquémosla para que también a nosotros nos ayude a convertirnos en prolongación de la humanidad para el Señor que viene.

lunes, 3 de diciembre de 2012

MEDJUGOJE 2 DE DICIEMBRE


Mensaje del 2 de diciembre de 2012 en Medjugorje, Bosnia-Herzegovina


Mirjana
“Queridos hijos, con amor materno y paciencia materna, de nuevo los invito a vivir según mi Hijo, a vivir Su paz y Su amor. Que como mis apóstoles acepten, con todo el corazón, la verdad de Dios, y que oren al Espíritu Santo para que los guíe. Entonces podrán servir fielmente a mi Hijo y con vuestra vida, mostrar Su amor a los demás. Por medio del amor de mi Hijo y de mi amor, yo como Madre, me propongo llevar a mi abrazo maternal, a todos los hijos extraviados y mostrarles el camino de la fe. Hijos míos, ayúdenme en mi lucha materna y oren conmigo para que los pecadores conozcan sus pecados y se arrepientan sinceramente. Oren también por quienes mi Hijo ha elegido y en Su Nombre ha consagrado. ¡Les agradezco!

Message December 2, 2012
“Dear children; With motherly love and motherly patience anew I call you to live according to my Son – to spread His peace and His love – so that as my apostles you may accept God’s truth with all your heart and pray for the Holy Spirit to guide you. Then you will be able to faithfully serve my Son and show His love to others with your life. According to the love of my Son and my love, as a mother, I strive to bring all of my stray children into my motherly embrace and to show them the way of faith. My children, help me in my motherly battle and pray with me that sinners may become aware of their sins and repent sincerely. Pray also for those whom my Son has chosen and consecrated in His name. Thank you.”
Messaggio del 2 dicembre 2012
"Cari figli, con materno amore e materna pazienza vi invito di nuovo a vivere secondo mio Figlio, a diffondere la sua pace ed il suo amore, ad accogliere con tutto il cuore, come miei apostoli, la verità di Dio ed a pregare lo Spirito Santo affinché vi guidi. Allora potrete servire fedelmente mio Figlio e, con la vostra vita, mostrare agli altri il suo amore. Per mezzo dell'amore di mio Figlio e del mio amore, io, come Madre, cerco di portare nel mio abbraccio materno tutti i figli smarriti e di mostrare loro la via della fede. Figli miei, aiutatemi nella mia lotta materna e pregate con me affinché i peccatori conoscano i loro peccati e si pentano sinceramente. Pregate anche per coloro che mio Figlio ha scelto e consacrato nel suo Nome. Vi ringrazio".

viernes, 30 de noviembre de 2012

TESTIMONIO DE CARLOTA RUIZ

Carlota Ruiz de Dulanto sufrió un accidente grave que la dejó parapléjica con apenas 25 años. Estaba trabajando en Michigan (EEUU) y durante un tornado le cayó un árbol en la espalda y le rompió la columna vertebral a nivel de las lumbares. Ella asegura que “no hago ningún esfuerzo extra. Hago lo que buenamente puedo. Yo tengo la suerte de que el Señor me mantiene. Tengo al Padre del Cielo que me quiere, me cuida, me ayuda y en los momentos duros me lleva en sus brazos. Es lo único que puedo decir”. FUENTE: http://bloggoyaproducciones.com/2012/09/18/la-historia-de-carlota-ruiz-paraplejica-su-marido-murio-y-descubre-a-dios/

PBRO. MIGUEL PASTORINO, EL AMOR DE DIOS

El Pbro Miguel Pastorino nos invita a meditar sobre el amor de Dios...
 SI TÚ SUPIERAS- 770 AM- RADIO ORIENTAL- 18 A 19 hs

MONSEÑOR JOSÉ IGNACIO MUNILLAS: ESPERANZA Y ESPERANZAS

El 24 de abril tuvimos entre nosotros la visita del Obispo de San Sebastián, Mons. Uriarte, invitado a nuestra Diócesis para hacer una presentación de la encíclica “Spe Salvi” (Salvados en la Esperanza). Sus reflexiones nos ayudaron a comprender hasta qué punto la felicidad del hombre está condicionada a la vivencia intensa de esta virtud, a pesar de que, al decir de algunos, la esperanza parece haber sido relegada a la condición de “cenicienta” de las virtudes teologales.

La primera constatación es que nuestra sociedad occidental padece una notable crisis de esperanza. Afirmaba Mons. Uriarte que “nuestro mundo occidental es muy rico en medios y muy pobre en fines”, hasta el punto de que “la depresión se ha convertido en la dolencia psíquica característica de nuestro tiempo”. Paradójicamente, los países desarrollados padecen con especial intensidad la desesperanza. Es un contraste que el hombre haya alcanzado cotas tan altas en el dominio del mundo, y que al mismo tiempo no tengamos claro adónde nos dirigimos y cuál es el sentido de la existencia.

No cabe duda de que hoy muchas personas construyen sus vidas persiguiendo solamente metas “parciales”, tales como abrirse paso en la profesión, sacar la familia adelante, ganar en calidad de vida, etc. Incluso parecen no necesitar de un sentido profundo y trascendente que dé una unidad a su vida. Pero, sin embargo, también los hay que se hacen la pregunta por el sentido definitivo de la vida: “¿es esto todo lo que da de sí la vida y todo lo que puedo hacer en ella?”.

El drama del hombre consiste en comprobar amargamente que, si no hay una “esperanza” definitiva, nuestras “esperanzas” están abocadas, tarde o temprano, a la frustración. Con fina ironía, Mons. Uriarte citaba en su conferencia las palabras del cómico Groucho Marx: “Vamos de victoria en victoria, hasta la derrota absoluta”. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ilusionarse en las metas parciales, si al final todo queda reducido a la nada? El hombre que no piensa en el sentido último de la existencia, es como un empresario al que no le preocupara el balance de su negocio.

El verdadero opio del pueblo

La teoría marxista acusó a la religión en general, y al cristianismo en particular, de ser el “opio del pueblo”. La esperanza en el más allá sería una manipulación de las clases dominantes a los pobres, de manera que pospongan su deseo de justicia en esta vida, a un destino eterno. La acusación de Karl Marx a la religión se resume en que ésta pretende que el hombre se evada de sus “esperanzas humanas”, para consolarlo con la “esperanza teologal”.

Sin embargo, han pasado muchos años desde que el marxismo formulase aquella ideología y, entre tanto, hemos sido testigos –por poner un ejemplo emblemático- de cómo los obreros católicos de Polonia comunista se apoyaban en la esperanza teologal, para ver realizadas sus esperanzas de un mundo más justo. Su testimonio, así como el de otros muchísimos cristianos, nos demostró que -como afirma el mismo Benedicto XVI en “Spe Salvi”- la esperanza en Dios no es sólo “informativa” sino “preformativa”; o dicho de otro modo, nuestra fe fundamenta y sostiene todos y cada una de las esperanzas de la vida en curso. En otras palabras, la experiencia cristiana ha superado la sospecha hacia una esperanza alienante: el presente carece de futuro, si el futuro no transforma el presente.

En realidad, lo que hoy estamos comprobando es que, el verdadero opio del pueblo es el materialismo –“pan y circo”-, ya que conduce al hombre a la renuncia de sus ideales más nobles en servicio a los demás, para encerrarlo en un egoísmo feroz. La falta de una “ESPERANZA” con mayúsculas, ha motivado que las esperanzas terrenas se hayan diluido en el bazar de nuestros egoísmos. Como apuntaba Mons. Uriarte en su conferencia, “muchos idealistas de ayer son los escépticos vividores de hoy, porque les ha faltado la esperanza teologal para sustentar sus esperanzas”.

Nuestras “esperanzas” abiertas a la “esperanza”

Esperar es inherente al ser humano. Es imposible vivir sin esperanzas. Pero el gran reto está en integrar “esperanzas” y “esperanza”. Es cierto que no tendría sentido una esperanza teologal que no se tradujera en esperanzas concretas. Pero también es verdad que el mundo presente corre el grave riesgo de devaluar tantas “esperanzas”, si no las abre a la trascendencia.

Para que nuestras esperanzas sean verdaderamente “humanas”, han de estar abiertas al infinito… Así lo afirmaba Mons. Uriarte: “El hombre es insaciable, y permanentemente insatisfecho. Cuando logramos una meta esperada, al poco surge espontáneamente en nosotros una inquietud por una meta más elevada. En realidad, el corazón humano es un ser limitado con un ansia ilimitada (…) Esta desproporción entre su ser limitado y su aspiración ilimitada, este “desajuste”, ¿no será signo de una llamada de Dios, portadora de una promesa en plenitud?” (…) El análisis del deseo humano puede ayudar a descubrir la radical vocación trascendente del hombre”.

Por todo ello, a pesar de que hayamos comenzado diciendo que nuestra sociedad occidental padece una crisis de esperanza, en realidad, debemos rechazar tanto la tentación del pesimismo, como la del optimismo ingenuo. Ninguno de los dos son cristianos. La esperanza cristiana consiste en vivir el presente con intensidad de “amor”, desde la “fe” en el futuro que nos ha sido regalado en Cristo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

JOSÉ LUIS IRABURU: CRECIMIENTO EN LAS VIRTUDES

El crecimiento en las virtudes -que es crecimiento en Cristo- consiste en que el cristiano asume en sí mismo cada vez más profundamente esos hábitos sobrenaturales, inherentes y operativos (STh I-II, 52,1-2; II-II, 24,5). Conocer bien los principios que rigen tal crecimiento tiene una gran importancia para la vida espiritual.

1.-Las virtudes crecen por actos intensos, y no por actos remisos. Por eso las situaciones de prueba que la Providencia dispone no deben ser temidas, sino agradecidas, y en cierto modo buscadas: las necesitamos para crecer en Cristo. Sólo el cristiano perfecto, en fuerza de su amor, realiza actos intensos por necesidad interior. Pero el principiante sólo actúa intensamente cuando se ve forzado a ello por la necesidad -enfermedades, ofensas, tentaciones-.


No basta la mera repetición de actos para formar un hábito. Un campesino que en el pueblo fue siempre a misa los domingos, sin casi saber por qué ni para qué, cuando emigró a la ciudad dejó totalmente de ir a misa sin mayores problemas de conciencia. Un seminarista que durante ocho años hizo meditación por la mañana temprano, ya de cura ni madrugó ni continuó haciendo la meditación diaria. Una cosa es el hábito-costumbre, que se adquiere por mera repetición de actos, que se contrae sin claras motivaciones conscientes, que se pierde fácilmente cuando cambian las circunstancias, y que incluso puede restringir la libertad de la persona (necesito leer un rato antes de dormir; necesito fumar tantos cigarrillos al día; etc.), y otra muy distinta el hábito-virtud. Esos hábitos-costumbres, que más que adquirirse, se contraen, apenas perfeccionan la persona, facilitan sí la ejecución automática de ciertas acciones, sin necesidad de pensarlas, lo que simplifica no poco la vida; pero a veces, si no son buenos, estropean la persona, y cuando la atan, disminuyen la libertad en una materia, y a veces, aunque se quiera, no se quitan fácilmente.

Mucho más precioso y excelente es el hábito-virtud. Este no se contrae sin empeño de la persona, o casi inadvertidamente, sino que sólamente puede adquirirse por actos intensos, conscientes y voluntarios. Creciendo en la virtud, el hombre es cada vez más libre, más dueño de sus actos. La virtud nunca ata la libertad del hombre a la posición automática de ciertos actos (si hoy no conviene que haga la oración a primera hora, la haré a otra, o no la haré; si no conviene que esta noche lea, me dormiré igual). Por otra parte, el hábito de la virtud tiene raíces tan profundas en la persona que no se pierde con las dificultades, sino que con ellas se arraiga más (sigo yendo a misa donde apenas va nadie).

Hablando del hábito de la caridad, dice Santo Tomás: «No por cualquier acto de caridad aumenta la misma caridad. Si bien es cierto que cualquier acto de caridad dispone para el aumento de la misma, en cuanto que por un acto de caridad el hombre se hace más pronto a seguir obrando por caridad; y, creciendo esta habilidad y prontitud, el hombre produce un acto más ferviente de amor por el que se esfuerza a crecer en caridad: y entonces aumenta de hecho la caridad» (STh II- II,24,6; I-II,52,3).

Los actos intensos son personales y conscientemente motivados. Estos son los actos que forman y acrecientan virtudes, y desarraigan vicios. Una persona que quiere afirmar en sí misma el hábito de la oración, y que para ello repite sólamente en su conciencia el decreto volitivo de orar (mañana no fallaré, me levantaré antes; aunque donde voy de vacaciones nadie ore, yo seguiré con mi hora de oración), no adelantará mucho, e incluso defenderá con dificultad la conservación de su oración. Pero el que activa una y otra vez su fe y su caridad para hacer oración (Cristo me llama, no le puedo faltar; no debo entristecer al Espíritu Santo; mi Padre celestial quiere estar conmigo, y en él yo he de hallar mi fuerza y mi paz), ése afirmará en sí mismo el hábito de orar, y crecerá en él aunque sea en un medio adverso.

2.-Un solo acto puede acrecentar una virtud, si es suficientemente intenso. Es cierto que, normalmente, la virtud se elabora en repetición de actos buenos, algunos de los cuales, al menos, son intensos. Pero a veces un solo acto intenso puede vencer un vicio y desarraigarlo, formar una virtud o acrecentarla notablemente. Esta posibilidad está en la naturaleza humana; actualizarla no requiere de suyo necesariamente un milagro de Dios, sino la asistencia ordinaria de su gracia. Como decía San Ignacio, «vale más un acto intenso que mil remisos, y lo que no alcanza un flojo en muchos años, un diligente suele alcanzar en breve tiempo» (Cta. 7-V-1547, 2). Un hombre, por ejemplo, que trabajaba en exceso, se corrige para siempre de su excesiva laboriosidad después de que ve a su hermano morir de un infarto. Un solo acto intenso, de convicción y decisión, ha tenido la fuerza precisa para constituir un hábito nuevo, virtuoso y duradero: trabajar moderadamente.

Esto nos muestra, entre otras cosas, la inmensa importancia que ciertas gracias actuales pueden tener en la vida espiritual de un cristiano: un sacramento, un retiro, una lectura, un encuentro, una peregrinación... Y de ahí también la necesidad depedir a Dios esas gracias que son capaces de arrancar bruscamente un vicio, instaurando prontamente la virtud deseada.

((Muchos piensan que sólo se puede crecer en la virtud muy poco a poco, y con su vida concreta confirman día a día tal convicción. Se dicen, «genio y figura, hasta la sepultura», y siguen siempre en las mismas, o adelantan muy lentamente. Quienes así piensan, andan por el camino de la perfección a paso de buey, y rechazan cualquier otra invitación como antinatural e ilusa. Pero sin algunos cambios rápidos -no siempre y en todo, pero sí a veces y en tal cosa-, sin crecimientos decisivos, la vida cristiana no va adelante, e incluso difícilmente puede siquiera mantenerse. El crecimiento en la virtud requiere una gran fe en el poder de la gracia de Dios -pensemos concretamente en la eficacia de las gracias actuales- y una gran fe en las posibilidades reales del hombre, bajo el auxilio de la gracia.

Otro error, que suele estar relacionado con el anterior, y que igualmente implica una visión pesimista acerca de lo que verdaderamente una virtud puede y debe dar de sí, es el de aquellos que no creen que la virtud produzca una inclinación real para obrar el bien. La virtud de la castidad, por ejemplo, ha de dar una positiva inclinación hacia los actos honestos que le son propios, y ha de producir una repugnancia creciente hacia los actos que le son contrarios. Por tanto, el que cae en pecados contra la castidad, no piense que sólamente muy poco a poco, y al paso de mucho tiempo, podrá ir venciendo tales pecados: si así piensa, corre el peligro de que su vida confirme en la práctica tal errónea convicción. Virtus en latín significa fuerza, y es propio y natural de la virtud de la castidad vencer el pecado con una prontitud y facilidad cada vez mayor, y dar una inclinación cada vez más fuerte y eficaz hacia la vida honesta. Muy mala señal sería -a no ser que medien deficiencias psicosomáticas notables- que una persona llevara en el campo de la castidad un combate inacabable. ¿Qué clase de virtud es aquélla que no tiene fuerza para vencer en la tentación; que no crea una verdadera repugnancia hacia el pecado y una fuerte inclinación hacia el bien honesto propio; que no desarraiga del corazón humano la atracción hacia lo abyecto?...))

3.-Las virtudes crecen todas juntamente, como los dedos de una mano, puesto que, radicadas en la gracia, y formadas e imperadas por la caridad, cuando una crece por el ejercicio más intenso de su acto propio, aumenta gracia y caridad, y a su vez este crecimiento redunda necesariamente en aumento de los hábitos de virtudes y dones. Pero, advirtámoslo bien, lo que necesariamente aumentan son los hábitos en cuanto tales, y no siempre, como en seguida veremos, la facilidad para que ejercitarlos en sus actos propios.

Por tanto, no es necesario ejercitarse en cada una de las virtudes para que todas crezcan como hábitos. Así por ejemplo, un hombre próspero, que nunca ha tenido que ejercitar su confianza en Dios por la escasez de medios económicos, pero que ha practicado fielmente la oración, la caridad, la prudencia y las otras virtudes, sabrá acomodarse a una situación de ruina, sobrevenida bruscamente, pues las virtudes para ella precisas ya las tenía crecidas como hábitos, aunque nunca hubiera tenido ocasión de ejercitarlas en actos.

Por eso precisamente puede aprovecharnos leer la vida de cualquier santo -ermitaño, misionero, madre de familia, es igual-, por distante que su situación vital esté de la nuestra, y aunque las virtudes por él más ejercitadas, apenas puedan ser actuadas por nosotros. Un casado y padre de familia, administrativo contable, mejora su vida cuando lee y admira la fidelidad claustral de San Bernardo o la entrega misionera de San Francisco Javier. En el fondo -en los hábitos- él estáviviendo lo mismo. «Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere», y todos hemos «bebido del mismo Espíritu» (1 Cor 12,11. 13).

Según esto, la riqueza del Espíritu de Jesús que vive en nosotros es mucho mayor y más variada de lo que puede apreciarse por el ejercicio concreto de nuestras virtudes. Viven en nosotros San Bernardo, San Francisco de Javier y todos los santos. Si estamos viviendo en Cristo, tenemos muchas más virtudes de las que ejercitamos, conocemos y mostramos.

4.-No se identifica el grado de una virtud como hábito y el grado de su capacidad de ejercitarse en actos. Es importante tener esto claro. Puede fortalecerse una virtud sin que necesariamente aumente la facilidad para ejercitarla en actos. Un hombre que acrecentó mucho la virtud de la paciencia estando enfermo durante años en un hospital, habrá fortalecido necesariamente también el hábito de la prudencia, pero quizá, después de tantos años de vida reclusa, no tenga expedita esta virtud para ejercitarla en actos, por falta de información y de experiencia.

Enseña Santo Tomás: «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito encuentra dificultad en el obrar y, por consiguiente, no siente deleite ni complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco -como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad-. De modo semejante, los hábitos de las virtudes morales infusas experimentan a veces dificultades en ejercitarse en obras, debido a las disposiciones contrarias que quedan de los actos precedentes. Esta es una dificultad que no se da en las virtudes morales adquiridas, porque el ejercicio de los actos por el cual se adquirieron, hace desaparecer también las disposiciones contrarias» (STh I-II, 65,3 ad 2m). Por eso en la vida espiritual tiene tanta importancia la fuerza expiatoria y sanante de la penitencia, pues ella hace desaparecer lastres procedentes del pecado, que traban el ejercicio y crecimiento de las virtudes. Sin quitar por la penitencia las consecuencias del pecado, muchas virtudes quedan trabadas en su ejercicio.

((Identificar sin más grado de virtud y grado de ejercicio en obras trae grandes perturbaciones en la vida espiritual, trae muchos discernimientos erróneos, muchas exhortaciones vanas, muchas correcciones inoportunas, muchos esfuerzos inútiles, y no pocos sufrimientos. Así, por ejemplo, un hombre con gran espíritu de oración (virtud como hábito), que por lo que sea tiene muy poca capacidad para ejercitarla en actos concretos (ratos largos de oración), puede, como dice Santa Teresa, «atormentar el alma a lo que no puede» (Vida 11,16), y ser también atormentado por su director. Estas cosas «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos, no sirve de más que para inquietar el alma; y si había de estar inhábil para aprovechar una hora, lo está cuatro» (ib.), o en vez de un año, diez. Con razón dice San Juan de la Cruz que «hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).))

5.-Las virtudes infusas no pueden alcanzar la perfección sino en los dones del Espíritu Santo. Esta doctrina teológica, enseñada principalmente por Santo Tomás, es confirmada por los grandes místicos, como un San Juan de la Cruz, para el cual «por más que el principiante en mortificar en sí ejercite todas estas sus acciones y pasiones [al modo humano], nunca del todo ni con mucho puede [llegar a la unión perfecta con Dios], hasta que Dios lo hace en él [al modo divino], habiéndose él pasivamente» (1 Noche 7,5; +3,3).

Por lo demás, esta doctrina va siendo tan comúnmente recibida, que la Iglesia la integra hoy en su Catecismo. En él enseña, en efecto, que los dones del Espíritu Santo «completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben» (n.1831).

Royo Marín lo explica así: «No es que las virtudes infusas sean imperfectas en sí mismas. Al contrario, de suyo son realidades perfectísimas, estrictamente sobrenaturales y divinas. Las virtudes teologales son incluso más perfectas que los dones mismos del Espíritu Santo, como dice Santo Tomás (STh I-II,68,8). Pero las poseemos imperfectamente todas ellas-como dice también el mismo Angélico Doctror (I-II,68,2)- a causa precisamente de la modalidad humana, que se les pega inevitablemente por su acomodación al funcionamiento psicológico natural del hombre, cuando son regidas por la simple razón iluminada por la fe... De ahí la necesidad de que los dones del Espíritu Santo vengan en ayuda de las virtudes infusas, disponiendo las potencias de nuestra alma para ser movidas por un agente superior, el Espíritu Santo mismo, que las hará actuar de un modo divino, esto es, de un modo totalmente proporcionado al objeto perfectísimo de las virtudes infusas» (Teología de la perfección cristiana n. 131).