viernes, 28 de octubre de 2011

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)


Ml 1,14b-2,2b.8-10; 1Ts 2,7b-9.13; Mt 23, 1-12

Todos los textos de la liturgia de hoy se refieren a la posición del clero en el pueblo de Dios. En el evangelio se critica ante todo el ejemplo falso y pernicioso que dan los letrados y fariseos, que ciertamente enseñan la ley de Dios, pero no la cumplen, cargan sobre las espaldas de los hombres fardos pesados e insoportables, pero ellos no mueven un dedo para empujar, y su ambición y vanagloria les llevan a buscar los primeros puestos y los lugares de honor en todo tiempo y lugar. La Iglesia de Dios, por el contrario, es un pueblo de hermanos, una comunión en Dios, el único Padre y Señor, en Cristo, el único Maestro. Y cuando Jesús funda su Iglesia sobre Pedro y los demás apóstoles, y les confiere unos poderes del todo extraordinarios, unos poderes que no todo el mundo tiene –como Jesús inculca constantemente y demuestra con su propio ejemplo (Lc 22,26-27)-, es para ponerlos al servicio de sus hermanos. El misterio instituido por Cristo es por su más íntima esencia servicio, servicio de mesa. Se puede decir que el clero es hoy más consciente de esto que en tiempos pretéritos, y que los reproches que se esgrimen contra él de servirse del ministerio para dominar proceden de un democratismo nada cristiano. Pero también hoy hay algunos que acceden al ministerio sacerdotal con ansia de poder y codicia de mando, como los fariseos, como si el ministerio les garantizara una posición superior, privilegiada, algo que ciertamente no se corresponde ni con el evangelio ni con la conciencia de la mayoría del clero.

En la primera lectura se censura un falso clericalismo en Israel, y esto no sólo en los tiempos de Jesús, sino 450 años antes. Lo que Dios reprocha aquí a los sacerdotes está lejos de haberse superado hoy. También aquí se aduce como fundamento que todos tenemos el mismo Padre, y por lo tanto todos somos hermanos. Y como esto no se tiene en cuenta, se reprochan tres cosas al clero: 1. No os proponéis dar la gloria a mi nombre. No se pone la mayor gloria de Dios en primer lugar, sino que se predica una ética psicológica y sociológica puramente intramundana, al gusto del pueblo. 2. Con semejante enseñanza han hecho tropezar a muchos en la ley; no comprenden la religión de la alianza, se distancian de ella o reniegan abiertamente de Dios. Los Salmos tardíos muestran claramente esta situación. 3. Hay favoritismo en la instrucción del pueblo: se prefiere a ciertos individuos, se trabaja con pequeños grupos y cosas por el estilo, y se olvida al resto del pueblo de Dios. Las amenazas de Dios contra tales métodos son severas: estos sacerdotes profanan la alianza, Dios lanza su maldición contra ellos.

Pablo, por el contrario, nos da en la segunda lectura una imagen ideal del ministerio cristiano; el apóstol trata a la comunidad que le ha sido confiada con tanto cariño y delicadeza como una madre cuida al hijo de sus entrañas, y se comporta en ella no como un funcionario, sino de una manera personal: hace participar a los hermanos en su vida, como hizo Cristo. Además no quiere ser gravoso para la comunidad, su servicio no debe ser una carga material para ella, y por eso trabaja. Y su mayor alegría consiste en que la gente le reconozca realmente como un servidor: en que comprendan su predicación como una pura transmisión de la palabra de Dios, cual es en verdad, y no como la palabra de un hombre, aunque sea un santo. El no quiere conseguir una mayor influencia en la comunidad, sino que únicamente busca que la palabra de Dios permanezca operante en vosotros los creyentes. También él será objeto de calumnias: será acusado de ambición, de presunción etc. Pero sabe que tales cosas forman parte de su servicio sacerdotal. Nos difaman y respondemos con buenos modos; se diría que somos basura del mundo, desecho de la humanidad (1 Co 4,13).

Hans Urs von Balthasar