viernes, 2 de marzo de 2012

MONSEÑOR JOSEFINO RAMIREZ: SAN DAMIÁN DE MOLOKAI Y SU AMOR EUCARÍSTICO...


Querido padre Tomás

Hoy todo el mundo sabe que el padre Damián será beatificado por su labor con los leprosos. Lo que el mundo desconoce es la devoción que él tenía al Santísimo Sacramento, de donde obtenía la fuerza para trabajar con los leprosos.


El padre Damián se ofreció para ir a la isla de Molokai, donde los leprosos eran condenados al destierro tanto por sus familias como por sus amigos, ya que la enfermedad es contagiosa y, en esa época, incurable. Después de cierto tiempo de estar ahí, un amigo del padre Damián le escribió una carta preguntándole como era capaz de quedarse tanto tiempo entre los leprosos. Él le contestó: “Sin mi hora santa diaria en presencia del Santísimo Sacramento, no hubiera sido capaz de quedarme ni un solo día en este lugar”.


Cuando el padre Damián llegó, los leprosos no se percataron de su llegada. Ellos vivían en una continua intoxicación alcohólica y orgía sexual, para tratar de olvidarse de la descomposición de sus cuerpos por la lepra que los condenaba a una vida relegada y a la muerte sin consuelo.


Lo primero que hizo el padre Damián fue construir una Capilla hacia donde llevó a cada uno de los leprosos, repitiéndoles una y otra vez la escena del evangelio: “Se le acerca un leproso suplicándole y puesto de rodillas le dice: si quieres puedes limpiarme. Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio (Mc 1,40-42).


Jesús extendió su mano y tocó a cada uno haciéndolo sanos con su amor y devolviéndoles su inocencia con su sangre. Una inocencia recuperada es más festiva a los ojos de Dios que la inocencia nunca perdida.


Todavía tenían sus cuerpos enfermos, pero ya no tenía importancia. Sus almas habían quedado limpias con la inocencia de su sangre. Ellos ya no necesitaban emborracharse porque se embriagaron con su Amor. El sexo no era más una necesidad imperiosa porque ellos tenían la amistad de su Corazón.


San Francisco de Asís besó a un leproso. Por la gracia de Dios también curó a uno que lleno de dolor insultaba a todos los que trataban de ayudarlo. Insultó también a San Francisco que fue ante el Santísimo Sacramento para orar. Cuando volvió le dijo: “Haré lo que me pidas”. El leprosos le contestó: “quiero que me laves todo, porque huelo tan mal que ni yo mismo lo puedo soportar”.


Sin vacilar, San Francisco pidió que le trajeran agua caliente con hierbas aromáticas. A medida que iba lavando al hombre su carne podrida iba recobrando su color natural y finalmente el leproso quedó curado.


A San Francisco le llaman el tonto de Dios porque todo lo que hizo fue por amor a Dios. Pero mucho más tonta es la locura de amor del Santísimo Sacramento que Jesús hace por nosotros. Allí el Señor lava nuestras almas, no con agua, sino con su preciosísima sangre. Allí quedamos limpios de la podredumbre del pecado y del amor propio.


En cada Hora Santa que hacemos, él extiende su mano y nos toca. Cuanto más enfermos estamos, más compasión nos tiene. Cuanto más sucios nos sentimos, más es su deseo de limpiar nuestra impureza.


El padre Damián organizó la adoración perpetua en la Capilla que construyó. Algunas de las meditaciones jamás escritas salieron de los labios de estos leprosos cuando estaban en adoración. El padre Damián las escribía y las mandaba a sus amigos en Bélgica y Holanda. La inspiración radica en la pureza de su simplicidad.


Un leproso pasaba la Hora Santa entera describiéndole a Jesús lo que más le gustaba, como el sonido de las olas, el azul del océano y la puesta del sol. Solo un hombre se ofreció como voluntario para ayudar al padre Damián, se llamaba Dutton que era agnóstico y veía al padre Damián solo desde el punto de vista humanitario.


Un día Dutton necesitaba hablar con el padre y no lo encontraba por ninguna parte. Por último llegó a la Capilla donde lo encontró transfigurado, haciendo su Hora Santa diaria. Dutton llegó a la conclusión de que Jesús mismo debía estar presente en el Santísimo Sacramento para que un hombre tan ocupado y dedicado, como el padre Damián reservara una hora todos los días para pasarla en la Capilla. Dutton se convirtió al catolicismo y está abierta su causa de beatificación.


Así como la gota de agua es purificada y transformada por el vino que se convierte en la preciosísima sangre de Cristo, cuando se pronuncian las palabras de la consagración en la Misa, así también cada uno de nosotros cada vez que nos acercamos a su Divina Presencia, quedamos purificados y transformados por el contacto de su Amor y el poder de su Gracia.
Fraternalmente tuyo en su Amor Eucarístico.
                                                                                                           Mons. Josefino Ramirez