
Obligaciones en el matrimonio
El objetivo principal de la carta es consolar a cristianos probados por los sufrimientos y exhortarlos infundiéndoles ánimo.
(1-7) Pedro da dos consejos a las mujeres. Uno sobre la obediencia al propio esposo, y otro sobre el adorno femenino. La mujer con su conducta terminará ganado a su esposo para la Palabra, la fe y para el Señor (Col 3,18; Ef 5,22; Tit 2,5).
En cuanto al verdadero adorno de la mujer, éste no debe ser algo exterior, sino una disposición íntima del corazón, es decir: el adorno incorruptible de un espíritu dulce y sereno. Este es de gran valor delante de Dios (Is 3,16; I Tim 2,9-15). Esta actitud de las mujeres, tiene sus modelos de vida familiar en mujeres del AT como Sara, quien sin ningún temor, obedeció a Abrahám (Gén 18,12; Gál 4,28).
Pedro a los maridos les recomienda convivir con sabiduría y comprensión, teniendo en cuenta la naturaleza propia de la mujer; rodearla de honor, ya que ambos han sido llamados a la misma gracia de la vida (Gál 3,28;Col 3,19;Ef 5,33). La armonía en el matrimonio será la garantía para que la oración común no encuentre obstáculo alguno. Hay que descubrir en este texto la importancia de la oración en un hogar cristiano.
Obligaciones con los hermanos
(8-12) Como conclusión a esta sección exhortativa, Pedro hace siete recomendaciones para vivir como hermanos en Cristo: ante todo, tener unidad de sentimientos (Ro 12,14-18); luego, ejercitar tres virtudes en el ámbito de la caridad mutua: compasión, amor fraterno y misericordia; y tres actitudes más: sentir con humildad[1], evitar la venganza y bendecir a los demás (Mt 5,44; I Tes 5,15; I Pe 2,23). Una amplia cita del salmo 34,12-16 pone fin a la exhortación.
El extenso texto dedicado al tema de la persecución manifiesta el estado delicado de la situación histórica y los padecimientos por la fe a que estaban sujetos los fieles a lo largo y ancho del Imperio. El ejemplo de Cristo paciente permanece en el fondo de toda la exhortación.
(13-17) Siguiendo las instrucciones de Jesús, el cristiano perseguido por vivir una vida "justa" o santa debe sentirse "dichoso" (Mt 5,10); más aún, debe llegar hasta amar a sus enemigos y rogar por ellos (Mt 5,44). Debe conservar su confianza en la protección de Dios, sin caer jamás en el miedo y la turbación ( Jn 14,1; 14,31; I Pe 2,20; 4,14).
El título de "Señor", dado a Dios en Is 8,13, es aplicado a Cristo en el v.15. A él hay que rendirle el culto auténtico y verdadero que brota del corazón.
El cristiano siempre debe estar preparado para dar razón de su fe y de la esperanza a que constantemente aspira. Para ello es necesario tener la suficiente ciencia y la convicción necesaria. Sin embargo, hay que hacerlo con modestia, dulzura y respeto; en la verdad y en la humildad. El discípulo de Jesús debe esforzarse por llevar una vida según la voluntad de Dios.
(15) "DAR RAZÓN DE VUESTRA ESPERANZA" Pedro nos exhorta a estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a cuantos pregunten por ella. Al vecino curioso y al amigo interesado, al enemigo que nos persigue y a los jueces que nos condenan ..., a todos. Pues somos responsables de la esperanza que Dios comunicó al mundo y somos sus testigos. Pero ¿qué debemos entender por "dar razón de nuestra esperanza"? Dar razón de la esperanza es esperar en realidad de verdad y esperar contra toda esperanza humana, es mostrar que nosotros esperamos con paciencia en situaciones difíciles e incluso ante la amenaza contra la propia vida. Es poner en cuestión al mundo con el hecho de la esperanza y no con palabras sobre la esperanza. Es, por tanto, vivir de tal manera en el amor que nuestra esperanza tenga fundamento y no aparezca como presunción, pues creemos y confesamos que el que no ama no tiene nada que esperar. Sólo así la esperanza cristiana es buena noticia para todos cuantos preguntan.
El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre[2], pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Y lo ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él. Pues todo el evangelio es motivo de esperanza para el creyente. Pedro nos amonesta igualmente para que demos razón de nuestra esperanza con buena conciencia; esto es, que hablemos de la esperanza sin doblez ni segundas intenciones, que proclamemos la esperanza que vivimos y vivamos la esperanza que proclamamos, que seamos sinceros con nosotros mismos y con los demás, que seamos honestos delante de Dios y de los hombres. Desgraciadamente, se habla muchas veces de la esperanza que no se tiene y, lo que es peor, se habla de ella para camuflar los intereses inconfesables que se tienen.
La esperanza en la Primera carta de Pedro
En este escrito que tiene sorprendentes puntos en común con la teología paulina, se da un lugar prominente a la esperanza de los cristianos. El Autor se propone animar a los cristianos que se encuentran ante el comienzo de una persecución (4, 12-16). Por medio de este texto en el que resuenan los temas bautismales, les propone lo que Dios ha prometido y tiene reservado en el cielo para aquellos que perseveran hasta el fin.
En el mismo comienzo de la obra, da gracias a Dios porque en su gran misericordia, por la fuerza de la resurrección de Cristo, ha reengendrado (ànagennaō) a los creyentes en orden a una “esperanza viva” (1, 3). El Autor establece ciertas precisiones que es importante tener en cuenta: cuando el lector esperaría que por la resurrección de Cristo los creyentes alcanzan la participación en la resurrección, él dice que por la resurrección han sido reengendrados. Igualmente, cuando dice esto último, el lector esperaría encontrar que han sido reengendrados para la vida, pero él dice que ha sido para una esperanza. De esta forma pone cierta distancia entre la situación actual de los cristianos y la resurrección futura.
Más adelante dirá que fueron reengendrados por el semen (spora) incorruptible que es la Palabra del Dios viviente (1, 23). Los seres humanos son engendrados para que participen de esta vida terrenal, pero los que nacen de nuevo por la fuerza del misterio pascual de Cristo ingresan en una vida que está en esperanza. La esperanza se explica con otras palabras: “es una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, que está custodiada en el cielo” (1, 4), está en Dios (1, 21). Los adjetivos que le aplica el Autor pertenecen al vocabulario del libro de la Sabiduría,[3][16] que los aplica a las cosas divinas. Al proponer una promesa de tanto valor para los hombres, concluye diciendo que está “custodiada en el cielo”, indicando de esta manera que se trata de un depósito seguro que no se puede perder porque su custodio es el mismo Dios, y la reserva para los que han tenido el nuevo nacimiento.
Finalmente el Autor dice que lo que se espera para el futuro es participar de la vida gloriosa de Cristo (5, 10). En consonancia con la tradición paulina dice que los creyentes “han sido llamados” a esa gloria (ibid.).
Los creyentes tienen seguridad de alcanzar esta herencia porque el poder de Dios los protege para que puedan llegar a la salvación que se revelará en el último día (1, 5). Teniendo una esperanza tan firmemente asentada, los cristianos están llenos de alegría aun en medio de las dificultades y tribulaciones propias del tiempo de persecución (1, 6; 4, 13; ver 3, 14). Para mantener esta alegría, el Autor les trae a la memoria el ejemplo de Cristo, que padeció para entrar luego en la gloria (1, 11).
La esperanza se alcanzará plenamente en el futuro, pero los cristianos adoptan desde el presente una nueva forma de vivir. No deben adoptar las formas de vida que caracterizan a este mundo, sino deben sentirse como “gente de paso y extranjeros” (2, 11) que van orientados hacia la vida gloriosa.
Los que fueron reengendrados para una esperanza viva (1, 3), han quedado “purificados para un sincero amor fraternal” (1, 22). El que los llamó a la gloria “es Santo”, por esa razón ellos también deben ser santos en toda la conducta (1, 15-16). Al ser ‘reengendrados’, los cristianos tienen ahora a Dios como Padre (1, 17), por eso deben ‘honrar a este Padre’ conduciéndose de una manera digna (ibid.).
La vida futura esperada configura ya la vida presente. Tiene su consumación en el cielo, pero comienza en la tierra. La moral cristiana llamaba la atención de los paganos (2, 12; 3, 1), que se admiraban porque los creyentes ya no participaban en la vida corrupta y disipada que caracterizaba la moral decadente de esa época del imperio (4, 3-4; ver 1, 14). Por eso se preguntaban cuál era la razón de ese cambio. También las autoridades interrogaban a los cristianos en los tribunales sobre la razón por la que introducían nuevas formas de vida en la sociedad. Este era el momento en el que los creyentes debían dar “razón de su esperanza” (3, 15).[4][17] Los paganos preguntarían por la forma de vida de los cristianos, pero el Autor va a la raíz de la cuestión: esa forma de vida se explica por la esperanza que ellos tienen. Es necesario que los cristianos expliquen cuál era la motivación que tienen para obrar de una manera diferente a los que sólo tienen motivaciones terrenales. Son dos formas de existencia que sólo se explican por la esperanza que tienen como perspectiva.
(18-22) Este pasaje es de difícil interpretación. Es, al parecer, una amalgama de elementos diversos, tomados de confesiones de fe (3,18.22), de especulaciones judías (3, 19-20ª) y de catequesis bautismales (3,20b-21). La historia de la exégesis muestra que no ha habido una línea constante y homogénea de interpretación.
Acaba de decir el autor que "es preferible padecer por obrar el bien, si ésta es la voluntad de Dios, que por obrar el mal" (v. 17). Verdad que ilustra seguidamente con el ejemplo de Jesús, que ha de inspirar siempre la conducta de los fieles.
Cristo murió y fue resucitado por el poder del Espíritu. Jesucristo, siendo inocente, murió por los pecadores de una sola vez y para siempre; es decir, que su muerte fue de tal manera eficaz para reconciliarnos con Dios que ya no tuvo necesidad de morir otra vez (cf. Hb 7. 27; 9. 26-28). Jesús ofreció en su muerte un sacrificio de perenne actualidad y de valor infinito.
v. 18b: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, en Él habitaba la plenitud del Espíritu que da la vida y lo resucitó de entre los muertos (Ro 1,4). La expresión muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu hace referencia: a la existencia terrestre "carne" y a la existencia celeste "en el Espíritu", resucitado por la acción soberana del Espíritu Santo (Ro 1,4;I cor 15,45;I Tim 3,16).
vv.19-20: La bajada de Cristo a los infiernos requiere una explicación hermenéutica. Según la cultura de entonces, la muerte del hombre se describe como una bajada al mundo subterráneo. Así se afirma su muerte real. La actividad de Cristo en este mundo subterráneo es la afirmación de que su poder redentor y soberano se extiende a todas las partes y a todos los hombres de todos los tiempos.
Este versículo es, sin duda uno de los más oscuros de todo el NT; pero sea lo que fuere de su interpretación exacta, parece cierto que aquí se afirma la eficacia salvífica universal de la muerte y la resurrección de Xto; que éste es el verdadero sentido del "descenso a los infiernos" (cf. Ro 10. 7; Ef 4. 8-10). Muriendo por los pecadores, Jesús desciende hasta el corazón del mundo, hasta las raíces, y lo renueva todo desde los cimientos. Así Xto se constituye como un nuevo principio universal que beneficia incluso a los que ya fueron y a los que serán. Se advertirá que estos versículos están agrupados de dos en dos. Los dos primeros cantan la soberanía de Cristo sobre el tiempo: es el alfa y la omega. Los dos siguientes cantan su vida sobre la tierra y su paso de la muerte a la vida y su misterio de hombre de carne vivificada por el Espíritu. Los dos últimos cantan su soberanía sobre el cosmos, puesto que se extiende desde la morada de los muertos hasta el cielo.
(creo en Cristo)que ha muerto (1 Pe. 3, 18a),(muerte)
que ha resucitado (1 Pe. 3, 21 b), (resurrección)
que está a la diestra de Dios (1 Pe. 3, 22).(ascensión)
Fue a predicar a los espíritus encarcelados
Incuestionablemente este texto es muy difícil, uno de los más oscuros de la escritura, según decía ya Belarmino. En el v. 19 se encuentra la palabra griega «kérussein», que es generalmente traducida por «predicar»; valdría mejor traducirla por «hacer una proclamación», ya que se trata de la «proclamación que Cristo hace de su victoria en su bajada a los infiernos» (·DANIELOU-J, Sacramentum futuri).
COSMOLOGÍA JUDÍA:
La cosmología hebrea distinguía tres planos en la creación: el cielo, la tierra, el sheol o hades (lugar de los muertos). Cristo, entronizado como Señor merced a su Pascua, extiende simultáneamente su imperio a esos tres planos.
Otras tradiciones ven en ello el eco de la solidaridad de la humanidad en la salvación de Dios, de la que participan incluso los antiguos, muertos antes de Cristo (Mt. 27, 52-53; Heb. 11, 39-40). En este último caso, el argumento del autor sería este: la antigua economía de la salvación era completamente ineficaz, puesto que tan sólo ocho personas se pudieron salvar (v. 20) cuando el diluvio y fue necesaria la venida de Cristo a la tierra para reparar ese desastre descendiendo para salvar a los justos. El bautismo, por el contrario, participa a la vez del poder salvífico de Cristo resucitado y puede salvar a la multitud.
Ahora bien: para que el Credo cristiano mencione esta bajada a los infiernos, es necesario que el acontecimiento tenga un sentido e ilustre la situación del hombre delante de Dios según Jesucristo.
Que Jesús haya estado en los infiernos significa en primer lugar que ha muerto realmente, puesto que esta era la morada de los muertos. Cristo ha experimentado la condición humana en su integridad; y sin embargo, es el vivo que "retorna" de esa morada de los muertos.
Pero la fe profundizó aún más su investigación. Si el Señor de la vida desciende a lugar de los muertos, lo hace activamente y su estancia allí presenta la forma de una victoria: proclama su fracaso definitivo, y materializa esa proclamación liberando a los hombres justos cautivos de esos poderes (muerte). La fe no se pliega a una localización cualquiera del llamado lugar de los muertos: se trata más de un estado que de un lugar.
San Pedro establece una relación directa entre la salvación operada por el diluvio y la salvación realizada en el bautismo. Cada uno de nosotros es introducido, mediante su bautismo, en el tiempo del juicio y de la salvación inaugurados por Cristo. El paralelismo entre el diluvio y el bautismo es un tema predilecto de los Padres de la Iglesia. También ellos conceden una especial significación a la paloma que interviene al final del diluvio. También se encuentra, efectivamente, una paloma en el momento del bautismo del Señor cuando el Espíritu de Dios toma plena posesión del Mesías al inicio de su ministerio público. La paloma del diluvio lleva un ramo de olivo, símbolo de paz, de esa paz que es obra del Espíritu; en cuanto al olivo, es de él de donde se extrae el óleo, el óleo de las unciones. Muchos de los detalles del relato del diluvio orientan también hacia las realidades de la vida cristiana. Así se explica la abundante utilización que del diluvio hacen los Padres y la explicación que dan de todos sus detalles.
San Pedro advierte que el diluvio acredita la significación salvífica de la cifra ocho; es la misma significación que aparece en la forma octogonal de todos los antiguos baptisterios, aquellos que fueron construidos en los tiempos en que nuestros padres gustaban de plasmar la doctrina en la arquitectura de sus iglesias.«La cifra ocho significa el octavo día, que es aquel en el que Cristo resucitó, puesto que es el día siguiente al sábado, y del cual el domingo cristiano era el sacramento perpetuo. Según esto, el cristiano entra en la Iglesia precisamente por el bautismo administrado el domingo de Pascua, que es el octavo día por excelencia. Así encontramos con mucha frecuencia el simbólico bautismo-ogdoade (octavo. F. J. DOLGER ha demostrado que la forma octogonal de los baptisterios estaba en relación con este simbolismo (Antike und Christentum, IV, 3, pág. 82).
Por todo ello la Carta de San Pedro toma la imagen de la «octava» de Noé. «El octavo día representa la resurrección de Cristo, que tuvo lugar el día siguiente al sábado; representa al bautismo que es el comienzo de una época nueva y el primer día de la nueva semana; él es, finalmente, la figura del octavo día eterno, que sucederá al tiempo total del mundo. El día del Señor, octavo y primero, inscribe en la liturgia cristiana de la semana este simbolismo que aparece como uno de los más importantes de la Escritura, en tanto que él se relaciona con las instituciones más santas... Él está asociado al tema «thelos-arché» (fin-principio) en un texto litúrgico del siglo III: «Tú que hiciste venir sobre el mundo el gran diluvio por causa de la multitud de los impíos, y que salvaste al gran Noé, con ocho personas en el arca, como fin («thelos») de las cosas pasadas y principio («arché») de las futuras (BRIGHTMANN, Liturgies eastern western, I, p. 17).
San Ireneo (siglo III) escribió de los agnósticos en su Adversus haereses: «Ellos afirman que la economía del arca en el diluvio, en la cual se salvaron ocho hombres, significa claramente la octava saludable» (I, 18; 645, B).
San Agustín escribió hacia el año 400 en su Contra Faustum: «Si Noé forma el número ocho con su familia es porque la esperanza de nuestra resurrección se manifestó en Cristo, que resucitó de entre los muertos el octavo día, es decir, el primer día después del séptimo que era el sábado; día que era el tercero después de su pasión, pero que vino a ser, al mismo tiempo, el octavo y el primero en el número de los días que forman la sucesión de los tiempos» (cap. XV).
«El descanso del séptimo día se confunde con la Resurrección del octavo día; este es el sublime y profundo misterio que se realiza en el sacramento de nuestra regeneración, es decir, en el bautismo» (cap. XIX).
En el Antiguo Testamento, la circuncisión tenía una eficacia mucho menor que la de los sacramentos; sin embargo, bajo ciertos aspectos, ella representaba un papel comparable al del bautismo: incorporación al pueblo de Dios, remisión de los pecados por razón de la Alianza y de la fe, de las cuales ella es el signo, ruptura con el mal por la vida. Es significativo que la circuncisión fuese administrada el octavo día.
San Justino escribió hacia el 155 en su Diálogo con Trifón (41 4): «El precepto de la circuncisión, que ordena circuncidar sin excepción a todos los niños el octavo día, era el tipo de la circuncisión verdadera que nos circuncida del error, de la maldad, por medio de Aquel que resucitó de entre los muertos el primer día de la semana, Jesucristo nuestro Señor: porque el primer día de la semana, siendo el primero de todos los días, contando de nuevo después de él todos los días de la semana, es llamado el octavo sin dejar por ello de ser el primero».
Santo Tomás afirma que Cristo debía tomar sobre sí todos los estados del castigo proveniente del pecado. «De la misma manera que El murió para librarnos de la muerte, así también descendió a los infiernos para librarnos del infierno» (III, q. 52, ad 1). «De la misma manera que el cuerpo de Cristo, estando todo él localmente bajo la tierra, no conoció la corrupción que es el destino común de todos los demás cuerpos, así también el alma de Cristo descendió localmente a los infiernos no para soportar allí un castigo, sino más bien para librar a los demás del castigo» (Compendium theologicum, 225).
«Cristo descendió a los infiernos. Su estado de «viviente» en cuanto al Espíritu (I Pe. III, 18) no le permitió permanecer allí. El anuncia su victoria de «viviente» sobre la muerte, y comunica su vida a los que son dignos de recibirla. Como primicias de los que duermen (Col. I, 18), El resucita de entre los muertos, sale el primero de la estancia tenebrosa que El vino a inundar de luz, y arrastra en su seguimiento a los que conmovió. A algunos de éstos les permite ascender a la ciudad santa (Mt. XXVII, 52-53: «Se abrieron los monumentos y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de El, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos»), reforzando así con su testimonio el de Cristo que se aparecía El mismo glorioso y resucitado».
Al morir en la Cruz, el alma de Jesús se separó de su cuerpo, pero ni del alma ni del cuerpo se separó la divinidad. El cuerpo fue llevado al sepulcro donde permaneció todo el Sábado. El alma fue a la morada donde estaban los justos del Antiguo Testamento. Se encaminó justamente a ese lugar para buscarlos, para anunciarles la Redención, para consolarlos. Por eso pudo decir al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Decimos, pues, que descendió a los infiernos.
Aquí «infiernos» se entiende del lugar llamado también «seno de Abraham» o «limbo de los justos», de ninguna manera del infierno de los condenados. «La Escritura llama sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica (como se expresa en la parábola del pobre Lázaro en el “seno de Abraham”). “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos”. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación sino para liberar a los justos que le habían precedido».
Cristo manifestó allí su eterno poder y su gloria como antes lo había hecho en el Cielo y en la tierra «para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en las regiones subterráneas» (Flp 2, 10).
vv. 21-22: La mirada retrospectiva hasta los días de Noé para mostrarnos de alguna manera la extensión universal de la gracia de Cristo, le sirve al autor para hablarnos del Bautismo cristiano; pues de la misma manera que Noé fue salvado de la muerte, emergiendo con su arca sobre las aguas, así somos nosotros salvados por el Bautismo, en el que nacemos a la nueva vida. El Bautismo es el símbolo eficaz que nos vincula en la muerte y resurrección de Cristo. Por esta participación en la muerte de Xto somos recreados, regenerados y adquirimos una conciencia pura. Lo cual no sucede sin la fe, sin la interpelación a Dios.
Qué nos dice el Catecismo
632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co 15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos (cf. Hb 13, 20). Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos (cf. 1 P 3,18-19).
633 La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham" (cf. Lc 16, 22-26). "Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos" (Catech. R. 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (cf. Cc. de Roma del año 745; DS 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. DS 1011; 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Cc de Toledo IV en el año 625; DS 485; cf. también Mt 27, 52-53).
634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva ..." (1 P 4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.
635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la vida" (Hch 3, 15) aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud "(Hb 2, 14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2, 10).
Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos ... Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo...'Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho tu Hijo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos (Antigua homilía para el Sábado Santo).
Resumen
636 En la expresión "Jesús descendió a los infiernos", el símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al Diablo "Señor de la muerte" (Hb 2, 14).
637 Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido.
[1] Etim.: del latín humilitas, abajarse; de humus (tierra)
"La humildad es la verdad" -Santa Teresa de Avila.
Los grados de la humildad: conocerse, aceptarse, olvido de si, darse.
Conocerse: conocer la verdad de uno mismo. Ya los griegos antiguos ponían como una gran meta el aforismo: "Conócete a ti mismo". La Biblia dice a este respecto que es necesaria la humildad para ser sabios: Donde hay humildad hay sabiduría . Sin humildad no hay conocimiento de sí mismo y, por tanto, falta la sabiduría.
Es difícil conocerse. La soberbia, que siempre está presente dentro del hombre, ensombrece la conciencia, embellece los defectos propios, busca justificaciones a los fallos y a los pecados. No es infrecuente que, ante un hecho, claramente malo, el orgullo se niegue a aceptar que aquella acción haya sido real, y se llega a pensar: "no puedo haberlo hecho", o bien "no es malo lo que hice", o incluso "la culpa es de los demás".
Para superar: examen de conciencia honesto. Para ello: primero pedir luz al Espíritu Santo, y después mirar ordenadamente los hechos vividos, los hábitos o costumbres que se han enraizado más en la propia vida - pereza o laboriosidad, sensualidad o sobriedad, envidia...
Aceptarse. Una vez se ha conseguido un conocimiento propio más o menos profundo viene el segundo escalón de la humildad: aceptar la propia realidad. Resulta difícil porque la soberbia se rebela cuando la realidad es fea o defectuosa.
Aceptarse no es lo mismo que resignarse. Si se acepta con humildad un defecto, error, limitación, o pecado, se sabe contra qué luchar y se hace posible la victoria. Ya no se camina a ciegas sino que se conoce al enemigo. Pero si no se acepta la realidad, ocurre como en el caso del enfermo que no quiere reconocer su enfermedad: no podrá curarse. Pero si se sabe que hay cura, se puede cooperar con los médicos para mejorar. Hay defectos que podemos superar y hay límites naturales que debemos saber aceptar.
Dentro de los hábitos o costumbres, a los buenos se les llama virtudes por la fuerza que dan a los buenos deseos; a los malos los llamamos vicios, e inclinan al mal con más o menos fuerza según la profundidad de sus raíces en el actuar humano. Es útil buscar el defecto dominante para poder evitar las peores inclinaciones con más eficacia. También conviene conocer las cualidades mejores que se poseen, no para envanecerse, sino para dar gracias a Dios, ser optimista y desarrollar las buenas tendencias y virtudes.
Es distinto un pecado, de un error o una limitación, y conviene distinguirlos. Un pecado es un acto libre contra la ley de Dios. Si es habitual se convierte en vicio, requiriendo su desarraigo, un tratamiento fuerte y constante. Para borrar un pecado basta con el arrepiento y el propósito de enmienda unidos a la absolución sacramental si es un pecado mortal y con acto de contrición si es venial. El vicio en cambio necesita mucha constancia en aplicar el remedio pues tiende a reproducir nuevos pecados.
Los errores son más fáciles de superar porque suelen ser involuntarios. Una vez descubiertos se pone el remedio y las cosas vuelven al cauce de la verdad. Si el defecto es una limitación, no es pecado, como no lo es ser poco inteligente o poco dotado para el arte. Pero sin humildad no se aceptan las propias limitaciones. El que no acepta las propias limitaciones se expone a hacer el ridículo, por ejemplo, hablando de lo que no sabe o alardeando de lo que no tiene.
Vive según tu conciencia o acabarás pensando como vives. Es decir, si tu vida no es fiel a tu propia conciencia, acabarás cegando tu conciencia con teorías justificadoras.
Olvido de sí. El orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en torno al propio yo. Muy pocos llegan a este nivel. La mayoría de la gente vive pensando en si mismo, "dándole vuelta" a sus problemas. El pensar demasiado en uno mismo es compatible con saberse poca cosa, ya que el problema consiste en que se encuentra un cierto gusto incluso en la lamentación de los propios problemas. Parece imposible pero se puede dar un goce en estar tristes, pero no es por la tristeza misma sino por pensar en sí mismo, en llamar la atención.
El olvido de sí no es lo mismo que indiferencia ante los problemas. Se trata más bien de superar el pensar demasiado en uno mismo. En la medida en que se consigue el olvido de sí, se consigue también la paz y alegría. Es lógico que sea así, pues la mayoría de las preocupaciones provienen de conceder demasiada importancia a los problemas, tanto cuando son reales como cuando son imaginarios. El que consigue el olvido de sí está en el polo opuesto del egoísta, que continuamente esta pendiente de lo que le gusta o le disgusta. Se puede decir que ha conseguido un grado aceptable de humildad. El olvido de sí conduce a un santo abandono que consiste en una despreocupación responsable. Las cosas que ocurren -tristes o alegres- ya no preocupan, solo ocupan.
Darse. Este es el grado más alto de la humildad, porque más que superar cosas malas se trata de vivir la caridad, es decir, vivir de amor. Si se han ido subiendo los escalones anteriores, ha mejorado el conocimiento propio, la aceptación de la realidad y la superación del yo como eje de todos los pensamientos e imaginaciones. Si se mata el egoísmo se puede vivir el amor, porque o el amor mata al egoísmo o el egoísmo mata al amor.
En este nivel la humildad y la caridad llevan una a la otra. Una persona humilde al librarse de las alucinaciones de la soberbia ya es capaz de querer a los demás por sí mismos, y no sólo por el provecho que pueda extraer del trato con ellos.
Cuando la humildad llega al nivel de darse se experimenta más alegría que cuando se busca el placer egoístamente. La única vez que se citan palabras de Nuestro Señor del Evangelio en los Hechos de los Apóstoles dice que se es mas feliz en dar que en recibir . La persona generosa experimenta una felicidad interior desconocida para el egoísta y el orgulloso.
La caridad es amor que recibimos de Dios y damos a Dios. Dios se convierte en el interlocutor de un diálogo diáfano y limpio que sería imposible para el orgulloso ya que no sabe querer y además no sabe dejarse querer. Al crecer la humildad la mirada es más clara y se advierte más en toda su riqueza la Bondad y la Belleza divinas.
Dios se deleita en los humildes y derrama en ellos sus gracias y dones con abundancia bien recibida. El humilde se convierte en la buena tierra que da fruto al recibir la semilla divina.
La falta de humildad se muestra en la susceptibilidad, quiere ser el centro de la atención en las conversaciones, le molesta en extremo que a otra la aprecien más que a ella, se siente desplazada si no la atienden. La falta de humildad hace hablar mucho por el gusto de oirse y que los demás le oigan, siempre tiene algo que decir, que corregir, Todo esto es creerse el centro del universo. La imaginación anda a mil por hora, evitan que su alma crezca.
-Que me conozca; que te conozca. Así jamás perderé de vista mi nada”. Solo así podré seguirte como Tú quieres y como yo quiero: con una fe grande, con un amor hondo, sin condición alguna.
Se cuenta en la vida de San Antonio Abad que Dios le hizo ver el mundo sembrado de los lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres. El santo, después de esta visión, quedó lleno de espanto, y preguntó: “Señor, ¿Quién podrá escapar de tantos lazos?”. Y oyó una voz que le contestaba: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria, mientras los soberbios van cayendo en todas las trampas que el demonio les tiende"
Nos ayudará a desearla de verdad el tener siempre presente que el pecado capital opuesto, la soberbia, es lo más contrario a la vocación que hemos recibido del Señor, lo que más daño hace a la vida familiar, a la amistad, lo que más se opone a la verdadera felicidad... Es el principal apoyo con que cuenta el demonio en nuestra alma para intentar destruir la obra que el Espíritu Santo trata incesantemente de edificar.
Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. De hecho, ni Jesús ni su Santísima Madre experimentaron movimiento alguno de soberbia y, sin embargo, tuvieron la virtud de la humildad en grado sumo. La palabra humildad tiene su origen en la latina humus, tierra; humilde, en su etimología, significa inclinado hacia la tierra; la virtud de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas (6). En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra pequeñez e indigencia ante Dios. Los santos sienten una alegría muy grande en anonadarse delante de Dios y en reconocer que sólo Él es grande, y que en comparación con la suya, todas las grandezas humanas están vacías y no son sino mentira.
¿Cómo he de llegar a la humildad? Por la gracia de Dios. Solamente la gracia de Dios puede darnos la visión clara de nuestra propia condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad. Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente, convencidos de que con esta virtud amaremos a Dios y seremos capaces de grandes empresas a pesar de nuestras flaquezas...
Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas porque su vida esta en Dios; y si llegan procura enderezarlos a la gloria de Dios, Autor de todo bien. La humildad se manifiesta en el olvido de sí mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos recibido, y nos lleva a sentirnos hijos pequeños de Dios que encuentran toda la firmeza en la mano fuerte de su Padre.
[2] Virtud que tiene por objeto moderar la ira según la recta razón.
[3] Ver Sab 3, 13; 4, 2; 6, 12; 8, 20; 12, 1; 18, 4.
[4] El texto de 1 Pe no explicita si esta “razón” se debe dar en el ambiente de los tribunales durante los interrogatorios judiciales, o si se exigía en medio de las polémicas de carácter privado con los paganos. Los comentaristas disienten en este punto. La solución de este problema no es de importancia para este trabajo. Ver: N. Brox, La Primera Carta de Pedro, Sígueme – Salamanca – 1994; 214-216.
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