martes, 28 de marzo de 2017

DIÁCONO JORGE NOVOA: CUARESMA; LA PUREZA DEL CORAZÓN PREÁMBULO DE LA VISIÓN


La Cuaresma es un tiempo de gracia, que podemos sintetizarlo maravillosamente con la palabra conversión. Dios tomando la iniciativa, sale al encuentro del hombre y lo invita a penetrar en el recinto sagrado de su propio corazón. Esta invitación que Dios dirige amablemente al hombre, lo dispone para recibir la luz de su presencia, que quiere sanarlo y consolarlo.

Aquella invitación que Dios dirigió a Moisés se expresa nuevamente en cada corazón que Dios visita: quítate las sandalias, pues la tierra que pisas es santa. Este tiempo de gracia, queda invadido por la acción del Espíritu Santo que nos conduce al desierto de nuestro corazón para vivir un encuentro con Dios. Un encuentro de intimidad amorosa en el que Dios purifica nuestro corazón cumpliendo lo anunciado por el profeta Oseas: "La atraeré y la llevaré al desierto, y allí le hablaré a su corazón" (Os 2,14).

Dejémonos en este tiempo conducir por el Espíritu de Señor «al desierto», para experimentar la fragilidad de la criatura, pero también, la cercanía del Dios que nos salva. Recorramos el itinerario que va desde nuestro corazón humano hasta el Corazón de Cristo, y hagamos nuestro, el deseo de S.Agustín: "para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen"(1).


San Agustín presenta la obediencia de la fe como luz para la vida creyente, Dios por esta acción va purificando la comprensión de lo que se cree. En este sentido la fe purifica el corazón. “Por lo tanto el primer principio de la purificación del corazón es la fe por la que se purifica la impureza del error, fe que, si se perfecciona por la caridad formada, causa la purificación perfecta(2) Porque la pureza del corazón es el preámbulo de la visión(3).

Desierto y corazón (4)
“En el desierto, el Señor tu Dios te llevaba como un padre lleva a su hijo, a lo largo de todo el camino que han recorrido hasta llegar a este lugar” (Dt 1,31). "En efecto, el desierto es un lugar de aridez y de muerte, sinónimo de soledad, pero también de dependencia de Dios, de recogimiento y retorno a lo esencial. La experiencia de desierto significa para el cristiano sentir en primera persona la propia pequeñez ante Dios"(5).

En la Sagrada Escritura cuando se habla del corazón, se va revelando un rico y profundo significado, y en este sentido, la puerta de acceso a la comprensión de este valioso contenido se encuentra en el libro de los salmos. La afirmación de que el hombre de corazón puro será admitido a la visón de Dios se consolida a lo largo de toda la Antigua Alianza, alcanzando con Jesús su cumbre en el llamado "Sermón del monte"(6) . Dios responde al interrogante que expresa el salmista: ¿Quién puede entrar en la visión de Dios? El hombre de manos inocentes y puro corazón. De allí que brote la exclamación; "dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación" (Sl 83).

La cuaresma es conciencia de nuestra condición de peregrinos, con su consiguiente experiencia de finitud y fragilidad. El hombre debe preparar el corazón para la peregrinación y para ello, debe apoyarse totalmente en Dios. Esto le exige vivir una actitud de humildad, para reconocerse frágil e implorar de Dios el auxilio necesario, para no tomar equivocadamente otro camino, ni dejarse vencer por el abatimiento que trae el desaliento; " enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre" (Sl 85). "¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme;"(Sl 50).

La obstinación del corazón empecatado
La actitud obstinada del Pueblo que abandona a Dios y permanece en el pecado, ha sido descrita como dureza del corazón (cardioesclerosis). Ella se consolida en el hombre, cuando éste, no escucha la voz de Señor. "Pero mi pueblo no escucho mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos" (Sl 80). La dureza del corazón, produce una ceguera tan cruel, que impide reconocer la presencia de Dios y su acción. Esta ceguera para el bien que Dios obra, va sumiendo el alma en una acidez(7)letal.

Dios por medio del salmista indica a su pueblo el camino que debe recorrer: "pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón, que Dios es nuestro refugio" (Sl 61).

Jesús(8)en los relatos evangélicos, aparece juzgando severamente la situación en que se encuentra la mayoría de los miembros de su pueblo, duramente increpado con las palabras del Bautista, llamándolos "sepulcros blanqueados". Reconoce que este pueblo lo honra con sus labios, pero su corazón se encuentra muy lejos de él. La parábola de los viñadores homicidas, refleja claramente la incapacidad para reconocer la obra de Dios, expresada en esa respuesta negativa que se convierte en una interminable cadena de mal, que se va formando y trasmitiendo de generación en generación.

Del corazón que se aleja de Dios vienen "las intenciones malas, asesinatos, adulterios (y) fornicaciones" (Mt 15,19). Quien no percibe la presencia y acción de Dios, esta imposibilitado de conocer la verdad sobre el hombre y la obra redentora de Dios. La ceguera para con Dios, se convierte en ceguera con el hermano, y el corazón endurecido se convierte en amo de su hermano en lugar de ser su servidor.

El faraón(9)en las Escrituras Santas es un ejemplo arquetípico del “endurecimiento del corazón”. Una y otra vez, el Señor nos dirige esta Palabra "ojalá escuchéis hoy mi voz no endurezcáis el corazón" (Sl 94).
La pureza de corazón es el preámbulo de la visión

El Maestro divino proclama "bienaventurados" los limpios de corazón, canonizando a quienes tienen una gran rectitud interior, libre de prejuicios y condicionamientos socioculturales imperantes y, por tanto, dispuestos a cumplir en todo la voluntad divina. Quién es el puro de corazón? Cristo es el puro de corazón, y nos enseña de palabra y obra a vivir esta realidad. Obedeciéndole aprendemos a filializar nuestro corazón, por este camino se alcanza la pureza del corazón. Un corazón puro es un corazón de hijo.

Él proclama bienaventurados a los que no se contentan con la pureza exterior o ritual, sino que buscan la absoluta rectitud interior que excluye la mentira y la doble intención. “Muy insensatos son los que buscan a Dios con los ojos del cuerpo, sabiendo que sólo se le puede ver con el corazón. Así está escrito en otro lugar: Buscad al Señor con sencillez de corazón. Porque corazón limpio es lo mismo que corazón sencillo, y como es necesario tener sanos los ojos para ver la luz natural, así no puede verse a Dios si no está purificado aquello con que podemos percibirle>>(10)

"A los "limpios de corazón" se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a él (cf 1 Co 13,12; 1 Jn 3,2).. Ya desde ahora, esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como "prójimo"; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina"(11). Dios bendice a los "sinceros de corazón "( Sl 124) revelándoles su rostro en medio de las situaciones de la vida, manifestándose como luz que testifica la Verdad. "Amanece la luz pare el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre" (Sl 96)

“Aquel cuyo oído del corazón es ya puro, más agudo y sensible, percibe el sonido (de la voz del Señor). Me refiero a la contemplación del universo por la cual alcanzamos a conocer el poder de Dios. Guiado por esto, el alma penetra allí donde Dios mora. La escritura lo llama tiniebla. Significa como queda dicho, lo incognoscible, lo invisible. Una vez allí, contempla el tabernáculo, no hecho por mano del hombre...”(12). La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (cf. Rm 5,5), para hacer de todos nosotros “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32)(13).


1- S. Agustín, fid. et symb. 10,25.
2-Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica IIa IIe c VII a.2.

3-Catecismo de la Iglesia Católica n 2519.

4- Diccionario del Nuevo Testamento, Cristiandad, Madrid 1977,p.153-154.Gr. Kardia, heb. leb. En el NT, el término designa a veces la sede de las fuerzas vitales; tiene generalmente un sentido metafórico. No significa exclusivamente la sede afectiva, sino que se refiere a la fuente de diversas manifestaciones del hombre: el lugar escondido, por oposición al rostro o a los labios, la fuente de los pensamientos intelectuales, de la fe, de la comprensión, del endurecimiento; es el centro de las opciones decisivas, de la conciencia moral, de la ley no escrita y del encuentro Dios, que es el único que puede llegar hasta el fondo.

El corazón se anima a la voz de Cristo (Lc 24,32); el Espíritu del Hijo que habita en él (II Cor 1,22; Ef 3,17) revela al hombre el amor de Dios (Rom 5,5; Gál 4,6) y le hace gritar:”Abbà, Padre”.El corazón del creyente no teme está purificado por la sangre de Cristo, por la que se hace un corazón puro, fuerte y en paz. X. Léon Dufour,

5- Juan Pablo II, Mensaje de cuaresma 1988.

6-El Sermón del Monte presenta una síntesis acabada del esbozo iniciado en los Salmos (ver Catecismo Nros 2518-2519.

7- Para penetrar en un diagnóstico espiritual claro y preciso, ver los dos libros del P. Horacio Bojorge sobre la acedia. Se lo puede encontrar en www.multimedios.org.

8- Jesús reconoce la presencia de esta enfermedad espiritual en la historia de Israel: :"... Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle y le preguntaron:' ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causa?' El respondió: '¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra?' Y dijo: 'Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre'. Ellos le replicaron: 'Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar?' Díjoles El:'Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así'"(Mt. 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).

9- “También está escrito que “Dios endureció el corazón del faraón” (Ex 9,12) y ¿ cómo le podríamos condenar, si es por fuerza divina como se obstinó y endureció su corazón? Por lo demás, el apóstol se expresa casi en los mismos términos cuando dice:”Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios a su mente réproba” (Rom 1,28)... Pero si es cierto lo que dice la escritura, y que Dios abandona a sus pasiones ala que libremente se esclaviza en ellas, no se endureció el Faraón porque Dios así lo quisiera, ni la vida indecente s producto de la virtud. San Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, p.82.

10- San Agustín, Obras de San agustín XII, BAC Nª 121.

11-CIC n 2519.

12- San Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, Sígueme, Salamanca,1993, p. 106
13- NMI, 42.

martes, 21 de marzo de 2017

DIÁCONO JORGE NOVOA: EL ENVIADO DEL PADRE


La gran enseñanza dada por el Señor, que debe impulsar los pasos de nuestra peregrinación en esta tierra, y que domina la escena final de la parábola del Padre misericordioso, es el abrazo del Padre. La humanidad es conducida por Jesús hacia la casa del Padre. El  Evangelio según san Juan presenta este doble movimiento, el  descendente del Verbo que estaba (apud) en Dios y se hizo carne (v.14), y el ascendente, por medio del cual Cristo, el primogénito de muchos hermanos, abre las puertas del cielo y   les da a los hombres que creen en su nombre, la posibilidad de "llegar a  ser hijos de Dios".


"Juan es el que nos ha abierto el interior de Jesús. El interior de su alma y aquella profundidad que deja atrás todo lo creado"[1].Podríamos perfectamente expresar que  en el cuarto evangelio lo medular es "revelar al Padre", para ello ha sido enviado, para dar a conocer el misterio de la Paternidad de Dios.  El Verbo "que estaba en el principio con Dios"(Jn 1,2), tiene como fuente que desconocen los hombres, el ser "engendrado no creado". El Hijo vive por el Padre ante todo porque ha sido engendrado por Él.



Da abundante cuenta de ello el evangelio según san Juan: los guardias del templo que fueron enviados para apresarlo, escuchan su palabra con gran admiración, y vuelven sin él, diciendo, :"Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre."(Jn 7,46).  Otros se preguntaban: "¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?"(Jn 7,15). Jesús  declara no tener una doctrina propia, dirá: "Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado.."(Jn 7,16). Las incompresiones  de los jefes religiosos y muchos fariseos, se suceden una y otra vez, tratando de conjugar la sabiduría de su palabra con su origen galileo. Él anuncia en reiteradas ocasiones, que ha sido enviado por el Padre, de ese modo, se accede a la comprensión de su misterio, no por la búsqueda intrincada del mundo racional, sino por la fe, " esto no te  lo enseña la carne, ni la sangre", sino que se abre como revelación del Padre a la luz de la fe.



Orientada en esta misma dirección se encuentra la oración al Padre que aparece en Mt 11,25-27, Jesús dice:

"Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y se las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque ésa fue tu voluntad. Todo me fue entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo".



Dios se conoce sólo a través de Dios mismo. "Nadie puede conocer a Dios, si no es Dios a sí mismo. Este conocimiento, en el que Dios se conoce a sí mismo, es la donación de Dios en cuanto Padre, y el recibimiento y devolución de Dios en cuento Hijo, intercambio de eterno amor, eterna y simultánea donación y devolución. Más porque es así, también puede conocer aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"[2]. Jesucristo es el que revela al Padre, al tiempo que el Padre conduce a los hombres hacia Él, porque verdaderamente es el Hijo Único. "Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él y él es el que me ha enviado."(Jn 7,28-29)



Las incompresiones, traiciones y abandonos, incluso de los más cercanos, contrastan con la cercanía permanente del Padre. Así lo explicita Jesús:"Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8,29).Esta es la fuente secreta que impulsa y sostiene la misión de Jesús. Meditando sobre este aspecto de la vida de Jesús,  comenta R. Guardini."Al preguntar dónde halló sostén, nos salió al paso la profunda e íntima palabra de los discursos de despedida:"Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo (Jn 16,32). La soledad de Jesús se convierte en algo terriblemente incomprensible, si no lo entendemos justamente con la cercanía del Padre"[3].  En el monte de la Transfiguración se escucha la voz del Padre, que dice desde el cielo abierto: "Este es mi Hijo, muy querido, escúchenlo"(Mc 9,7). Y san Pedro  nos advierte en su  segunda carta que esta manifestación del Padre, no debe ser comprendida al modo de una fábula: "Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo" ( 2 Pe 1,16-18).



La fe será  siempre la respuesta adecuada a la Revelación de Dios en Jesucristo, sin la cual,  permanecemos en la superficie de su misterio. Muchos lo reconocen como hijo de José y María, esta afirmación contrasta con su pretendida palabra que anuncia tener un origen distinto, y al mismo tiempo, la conciencia que tiene de ser portador de una palabra del todo singular sobre Dios. Esta singularidad consiste justamente en poder comunicar las cosas que conoce, pues viene de Dios y al Él vuelve. "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1,18), pues" la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Jn 1,17).



Como enviado del Padre, vive para cumplir su voluntad, que la presenta como su único alimento: "he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 6,38). Esta apelación permanente que realiza, a manifestarse como "el Enviado", devela su conciencia mesiánica,  sería un error, ubicar esta persistente afirmación en el ámbito de la reflexión de la comunidad primitiva, al margen de la pretensión de Jesús. Si así fuera, los discípulos desvirtuarían su pretensión, que resultaría impensable, si no brotara de los labios del Verbo Encarnado.



Hay un claro contraste que se  manifiesta, entre los que dicen conocer su origen terrenal y su categórica afirmación, sobre el desconocimiento que tienen de su "verdadero origen". "Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52). Frente a esta incomprensión  de los fariseos, puesta de  manifiesto en diversas oportunidades, Jesús responde: "Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado" (Jn 8,42).



Este contraste, que está presente en todo el evangelio según san Juan, tiene su origen en la real oposición que recibió Jesús por parte de los jefes religiosos, cuando les reveló su pretensión de ser  como "Enviado", el portador de la palabra definitiva  de Dios. "Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.(Jn 8,23)". Jesús como revelador definitivo del Padre, anuncia la posibilidad que tienen los hombres de vivir en comunión con Él, y vincula esta posibilidad a su venida, al tiempo que se presenta como la única puerta que conduce a ese encuentro. Es portador de un conocimiento del todo singular al que únicamente se accede por Él.   Sería impensable atribuir estas afirmaciones a la comunidad primitiva, resulta sorprendente pensar que aquellos  sencillos galileos, en su mayoría con escasa instrucción, fueran el origen de esta pretensión al margen de Jesús.



"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.(Jn 14,6)"

Esta pretensión escandalosa es la que se nos manifiesta en el trasfondo de todas controversias y enfrentamientos con los jefes religiosos, narrados en el evangelio según san Juan: "No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios"(Jn 10,33).



Encontramos un  comentario iluminador que hace  Sigfrido Huber,  sobre la doctrina que aparece en  las cartas de San Ignacio de Antioquía, para quien  "la adoración filial, la piedad entrañable hacia el Padre, herencia del Evangelio, en particular de San pablo y de Juan, es el "leitmotiv", el lema fundamental de la  teología ignaciana"[4].



"El Padre, de majestad y ternura infinitas a la vez, es principio y fin del Evangelio. En este sentido también hemos de interpretar el dicho de Jesucristo. "Yo soy el camino, la verdad y la vida…"Lo dice en un momento en que está hablando de su retorno al Padre, y explica su pensamiento añadiendo: "Nadie viene al Padre sino por mí".Cristo es el Camino ¿Hacia dónde? ¡Hacia el Padre! Es la Verdad ¿Verdad de quién? ¡La verdad del Padre! Revelada por el Verbo, que, dice San Ignacio, es "la boca por la cual el Padre habla en verdad". Es la Vida ¿Vida de quién? La Vida del Padre, único manantial de vida divina, que engendra eternamente a su Hijo unigénito, y es comunicada por el Hijo a los hombres, "para que tengan la vida, y la tengan en abundancia"[5].



En el diálogo con Nicodemo, se descubre como fuente de toda la misión  de Jesús,  el amor del Padre: "Tanto amó Dios al mundo que dio (envió) a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"(Jn 3,16). Jesús es portador de este amor misericordioso del Padre,  y nos introduce en  el, porque el Padre ha puesto todas las cosas en sus manos. El Hijo en la Pascua  realiza y hace posible la comunicación de este amor a los hombres. Ya no vivimos para nosotros, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó (2 Cor 5, 15). El Padre en el Hijo y por él, nos dona la filiación. Jesús  al revelarnos al Padre, nos da a conocer la sublime vocación  a que nos ha llamado,   la de ser sus hijos. Por el santo Bautismo somos engendrados a una vida nueva, por el agua y el Espíritu, vida que Cristo nos ha manifestado y que tiene su origen en el Padre. Participamos análogamente y al modo humano, de ese  ser engendrado que sustenta la misión del Hijo, somos engendrados por Él en la fe. "Jesús nos revela al Padre no solamente como el que nos engendra, el que nos da las palabras y las obras, sino también como aquél que "nos poda para que demos más fruto" (Jn 15, 1-10). Es decir, el Padre nos enseña el camino del sufrimiento que fructifica en frutos de amor, amor filial y fraterno. Por eso, la parábola de la vid y los sarmientos, del Padre viñador que poda los sarmientos unidos al Hijo, concluye con el mandamiento del amor fraterno hasta el sacrificio de sí mismo, a imitación del Hijo: "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 12-13)"[6].



"La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (I Jn 1,2-3).











[1] Romano Guardini; Jesucristo, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1960.

[2] J. Ratzinger; El Dios de Jesucristo, Ediciones Sígueme, Salamanca,1980 p. 85.

[3] Ibidem p.95.

[4] las Cartas  de San Ignacio de Antioquia y San Policarpo de Esmirna, Cartas y comentarios. Discurso sistemático sobre al doctrina de San Ignacio de Antioquia por  Sigfrido Huber, Ediciones Desclée, de Brouwer, Bs As, 1945 pp 142-143.

[5] Ibidem.


[6] Aporte a esta reflexión del P. Horacio Bojorge SJ.

lunes, 20 de marzo de 2017

RETIRO ESPIRITUAL 25 DE MARZO 2017



PARROQUIA MARÍA REINA DE LA PAZ
(Montevideo-Uruguay)

RETIRO ESPIRITUAL
25 DE MARZO 16 HS


“LA PAZ LES DEJO, MI PAZ LES DOY; NO LA DOY COMO EL MUNDO”.


Los retiros mensuales de los cuartos sábados de mes son una oportunidad para orar, escuchar la Palabra de Dios y adorar al Señor con los hermanos. Comenzamos con el don de la Paz, obra de la Pascua del Señor. 

Con María, instrumentos de su Paz, así reza el lema del año jubilar de nuestra parroquia. Pidámosle a Ella, nuestra Reina de la Paz, que nos ayude a transitar los senderos del Amor, para ser dóciles instrumentos al servicio de la Paz que viene de Dios y quiere alcanzar los corazones de los hombres. Los miembros del grupo de adoradores participarán de retiro como una instancia de formación. 


Maestro ayúdame a nunca buscar querer ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender y ser amado como amar. Hazme un instrumento de tu Paz

16 hs- Adoración y Santo Rosario.
Bendición de la Paz con la imagen de la Virgen.

17 hs- Predicación La paz les dejo, Mi paz les doy..
Diácono Jorge Novoa

18 hs- Paseo con el Santísimo Sacramento

18.30- Oración con imposición de manos
( confesiones pbro Marcelo Marciano)

19 hs- Santa Misa (apertura del Año Jubilar parroquial)
Preside Pbro Sebastián Pinazzo

 (RETIRO ABIERTO Y GRATUITO)

domingo, 19 de marzo de 2017

SAN JUAN PABLO II: SAN JOSÉ Y SU MISIÓN


Desde el momento en que José recibió su misión de tomar por esposa a la Madre de Dios, hizo lo que el ángel le mandó. Este fue el comienzo de una larga vida de permanecer fiel a la llamada de Dios hasta el final. Aunque el evangelio no cita sus palabras, su propio silencio habla con elocuencia la verdad que hay en llamarle el justo. Tiene todas las características humanas necesarias para ser buen esposo de María.

Antes del anuncio del ángel ya habían realizado la primera de las dos etapas del matrimonio hebreo, la ceremonia legal. Ya eran esposos, pero estaban en el período de preparar la segunda etapa de empezar a convivir en la misma casa, cuando intervino la anunciación que también llamaba a María a permanecer virgen. Sigue el mensaje dirigido a José como esposo de la Virgen. El hombre justo recibe su propia vocación de seguir con su compromiso de amarla como esposa pero de forma virginal.

Cuando José aceptó la invitación del ángel, su amor de hombre justo fue regenerado por el Espíritu Santo. El amor de Dios obraba en la íntima comunión espiritual de alianza entre estos esposos. Mediante el sacrificio total de sí mismo, José junto con María simboliza el misterio de la Iglesia, virgen y esposa. Por el lazo conyugal José se acerca más que ningún otro a la sublime dignidad sin par de la Virgen. El vínculo de caridad que constituyó la vida de la Sagrada Familia la hace digna de profunda veneración. 
                                                                                     JUAN  PABLO II

DEVOCIÓN A SAN JOSÉ DEL PADRE PÍO


El Padre Pío admiró siempre la altura espiritual de san José. Imitó sus  virtudes y recurrió a él en los momentos más difíciles de su vida obteniendo siempre gracias y
favores celestiales.

Él, como san José, aún sin serlo en el orden natural, se sentía padre y era consciente de los derechos y deberes de su paternidad espiritual. Por este motivo, se dirigía con confianza a este santo, para suplicarle por sus hijos e hijas espirituales. «Ruego a san José que, con aquel amor y con la generosidad con que cuidó de Jesús, custodie tu alma, y, como lo defendió de Herodes, así proteja tu alma de un Herodes más feroz: ¡el demonio!». «El patriarca san José cuide de ti con el mismo cuidado que tuvo de Jesús: te asista siempre con su benévolo patrocinio y te libre de la persecución del impío y soberbio Herodes, y no permita jamás que Jesús se aleje de tu corazón».

Y san José correspondió al Padre Pío con una asistencia singular y con visiones extraordinarias. En efecto, el Siervo de Dios, en enero de 1912, confió al padre Agustín de San Marco in Lamis: «Barbazul no se quiere dar por vencido. Se ha disfrazado de casi todas las formas. Hace ya días que viene a visitarme con otros de sus satélites, armados con bastones e instrumentos de hierro, y lo que es peor bajo su propia forma. ¡Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama arrastrándome por la habitación! Pero, ¡paciencia! Casi siempre están conmigo Jesús, la Mamita, el Angelito, san José y el padre san Francisco» (Ep I,252).

Al mismo padre Agustín escribe el Padre Pío, el 20 de marzo de 1921: «Ayer, festividad de san José, sólo Dios sabe las dulzuras que experimenté, sobre todo después de la misa, tan intensas que las siento todavía en mí. La cabeza y el corazón me ardían, pero era un fuego que me hacía bien» (Ep I,265).

El padre Honorato Marcucci, uno de los asistentes del Padre Pío en los últimos años de su existencia terrena, contaba este episodio.

Una tarde del mes anterior al de la muerte del venerado Padre, se encontraba con él en la terraza contigua a la celda n. 1, esperando para acompañarle a la sacristía para la función vespertina. Era un miércoles, día consagrado a san José, y el Padre Pío no se decidía a moverse. De pie ante un cuadro del glorioso Patriarca, apoyado en la pared, el venerado Padre parecía en éxtasis. Pasado un poco de tiempo, el padre Honorato le dijo: Padre, ¿debo esperar todavía?; ¿nos hemos de ir?; vamos con retraso». Pero sus preguntas quedaron sin respuesta. El Padre Pío seguía contemplando al glorioso Patriarca.

Al fin, después de que el padre Honorato le arrastrara del brazo y le repitiera por enésima vez la pregunta, el Padre Pío exclamó: «Mira, mira, ¡qué bello es san José!».

Se dirigieron a la sacristía.
En la sala «San Francisco» encontraron al padre sacristán, que les preguntó: «¿Cómo con tanto retraso?».
El padre Honorato respondió: «Hoy el Padre Pío no quería separarse del cuadro de san José».
El Padre Pío no dejaba pasar una sola oportunidad sin invitar a sus hijos espirituales a cultivar una sincera y profunda devoción a san José, fuente siempre rica de enseñanzas, de consuelo y de favores.

Parece escucharse todavía hoy su voz: «Ite ad Joseph! (Gn 41,55). Id a José con confianza absoluta, porque también yo, como santa Teresa de Ávila, “no recuerdo haber pedido cosa alguna a san José, sin haberla obtenido de inmediato”».

(Autor: Padre Gerardo Di Flumeri; traducción del italiano: Hno. Elías Cabodevilla) 

sábado, 18 de marzo de 2017

JUAN PABLO II: LA FE DE SAN JOSÉ

Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de
José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: «Feliz la que ha creído», en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al «anuncio» del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa.Lo que él hizo es genuina "obediencia de la fe" (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5-6).

Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al respecto: «Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él». [7]

La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret. 5. El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio «escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama «la plenitud de los tiempos», cuando «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» para «rescatar a los que se hallaban bajo la ley», «para que recibieran la filiación adoptiva» (cf. Gál 4, 4-5). «Dispuso Dios —afirma el Concilio— en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe1, 4)». [8]

De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María —y también en relación con María— él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la «peregrinación de la fe», a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular. [9]

7] Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 5
[8] Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 2.
[9] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 63. (Tomado de le exhortación apostólica "REDEMPTORIS CUSTOS")