miércoles, 19 de octubre de 2011

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Ex 22,20-26 (21-27) ; 1 Ts 1,5c-10 ; Mt 22,34-40

Los judíos, que tenían que observar 615 leyes, dividían los mandamientos en grandes y pequeños. A Jesús le preguntan en el evangelio cuál es el más grande, el primero, el principal mandamiento de la Ley. En realidad los judíos sabían muy bien que el mandamiento del amor a Dios era el primero de todos, y sabían también que el mandamiento del amor al prójimo había sido inculcado insistentemente por la Ley. Pero como habían perdido el norte en el inmenso laberinto de sus innumerables mandamientos, Jesús establece de nuevo el orden de la manera más clara: ante todo está el amor a Dios como respuesta del hombre entero –pensamiento, pero más profundamente aún: corazón, y englobando a ambos: toda el alma- a la entrega total de Dios en la alianza. Y porque Dios es Dios y Hombre a la vez, puede unir definitiva e inseparablemente amor a Dios y amor al prójimo, y puede también –y esto es lo más significativo de su respuesta- hacer depender todas las demás leyes, y la interpretación de las mismas mediante los profetas, de este doble mandamiento como norma y regla de toda moralidad. De este modo Jesús, retomando el saber anterior de los hombres, pero ordenándolo y clarificándolo, establece el fundamento de toda ética cristiana.

Si desde aquí se mira a Pablo (segunda lectura), se ve que la fe en Dios como volver a Dios abandonado los ídolos se encuentra también en el centro de su discurso a la comunidad de Tesalónica. Pero con ello la comunidad se ha convertido inmediatamente en un modelo moral para todos los creyentes; ha seguido el ejemplo de Pablo; que ha acentuado la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo más que ningún otro apóstol. En su himno a la caridad (1 Co 13), Pablo describe la caridad cristiana de tal forma que se ve en cada frase que el amor a Dios y a Cristo se traduce en el comportamiento con respecto al prójimo: como Dios en Cristo con respecto a los hombres, así también el amor del cristiano es indulgente, benévolo, desinteresado, disculpa y soporta todo. Es cristiano en un doble sentido: por una parte Cristo nos revela el amor del Padre y por otra nosotros podemos regular todo nuestro comportamiento moral a ejemplo de Cristo. Ninguna ética es más simple y transparente que la cristiana.

Pero ahora es el Antiguo Testamento el que nos inculca, en la primera lectura, el peso del amor al prójimo, y lo hace recordando no que Israel ha cumplido su mandamiento primero y principal, el de amar a Dios por encima de todo, sino recordando que Israel se debe enteramente a Dios, que le sacó de Egipto. Dios les ha tratado, a ellos que eran extranjeros, con un amor como el que se dispensa a los propios hijos, y haciendo memoria de este hecho, Israel debe ahora tratar también a los extranjeros, a los pobres, a los huérfanos y a las viudas con el mismo amor y la misma indulgencia. Este antiguo texto, sacado del libro de la alianza de Israel, nos hace pensar por adelantado en el texto que cierra la Nueva Alianza: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El primer amor que Dios me ha demostrado: la gracia de haber sido creado por él, de ser hijo suyo, me obliga no sólo a proclamar esta prueba del amor divino, no solamente a decir este amor al más humilde de mis hermanos, sino también, en la medida de lo posible, a demostrárselo.

Hans Urs von Balthasar, Comentario a las lecturas dominicales; Encuentro