
Los pobres del mundo entero carecen de un padre. Al hombre no le interesan mucho los pobres, salvo raras excepciones. Cuando se dedican a ellos lo hacen por tendencia natural, durante un detrminado tiempo, que no suele ser excesivo. A pesar de todo, los pobres tienen un padre, cuyo amor es generoso y eterno. Es el Espíritu Santo. Esto nos lo ha revelado Dios mismo.
Son pobres los hombres que carecen de las cosas indispensables para vivir. También son pobres los hombres marginados y abandonados. Igualmente son pobres los hombres que han dado su corazón a las riquezas y se han quedado sin sentimientos. La pobreza no es sólo falta de lo necesario sino carencia interior de lo que se tiene exteriormente.Esto se manifiesta en la vaciedad del corazón: tristeza, amargura, sin sentido. Es una pobreza muy dolorosa.
El Espíritu Santo es el padre de los pobres y el dador de los dones. Cuando él lo quiere, es capaz de colmar la pobreza de nuestra vida exterior y de hacer florecer el desierto de nuestro corazón. Hay razón en llamarlo "luz del corazón". Es una luz de muy alto precio porque permite al corazón confuso y sin sentimientos la iluminación y el calor de su luz. Entre todas las luces existentes ésta es la más misteriosa. Ella se origina en el corazón de Dios y se mete hasta las raíces más profundas de la vida de los hombres.
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