viernes, 26 de diciembre de 2014

MEDJUGORJE 25 DE DICIEMBRE 2014



     Queridos hijos! También hoy, les traigo en mis brazos a mi Hijo Jesús, y a Él le pido la paz para ustedes y la paz entre ustedes. Oren y adoren a mi Hijo, para que en vuestros corazones entre su paz y su alegría. Oro por ustedes para que cada vez estén más abiertos a la oración. Gracias por haber respondido a mi llamado.”

martes, 23 de diciembre de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: UNA NOCHE EN BELÉN...


La gente agolpada de forma poco habitual, en la tranquila Belén, intentaba ubicarse en algún sitio. El censo decretado por el Emperador, había congregado a los descendientes de David, que venidos desde los más inescrutables rincones de Israel, buscaban un lugar para descansar.

Eran tantos y estaban tan apresurados, que en medio del día que moría lentamente, llegaba la noche amenazante para los visitantes circunstanciales que buscaban alojamiento. En esa persistente búsqueda, el NO había caído una y otra vez, sobre el matrimonio de María y José.

Era un NO que se asociaba a la noche. Un NO de puertas cerradas para los visitantes, pues, "en la posada no había lugar para ellos", y en medio de tantos NO, con la sensación de abandono y orfandad que producen. Surge la pregunta; ¿quién velará por nosotros? Pues, este inhóspito recibimiento presagiaba un rechazo. Ante el multiforme NO del hombre a Dios, se aproxima el eterno SI de Dios que avanza presuroso entre las situaciones humanas que obstaculizan su realización. El SI eterno desembarcó en el si temporal de María y José, encontrando un hueco con forma de hogar, en donde recalar para quedarse con nosotros. Cálidamente preparado por Dios desde la eternidad en María.

La noche, lentamente y en forma imperceptible, comenzó a ser invadida por una luz peculiar, que no tiene su origen en la que refleja la luna. Los pastores que cuidaban "por turnos el rebaño" se pusieron en camino, atraídos por aquel espectáculo maravilloso, pudiendo comprobar con sorpresa, que la luz venía de un establo. Y era tan potente, que la estrella que se había posado sobre él, parecía una vela mortecina a punto de extinguirse.
A mediada que los intrigados pastores se aproximaban, crecían los interrogantes sobre lo que estaban presenciando, ¿qué habrá dentro de la cueva que produce esa luz potente?
Los pastores al entrar en aquel recinto sagrado sintieron, como Moisés, que la tierra que pisaban era santa. La luz misteriosa la irradiaba el Niño. Era una luz tan amable, con un fulgor comparable al del sol, en el que la pobreza del establo había cobrado un brillo sin igual. Su Madre era en aquel establo la Luna, invadida por la acción de su Hijo, irradiaba una luz tan dulce como su rostro. En medio del silencio sagrado, María y José recordaban lo anunciado por el profeta Isaías: "En medio de la noche brilló una gran Luz…".
Los rostros en torno al Niño se llenaron de asombro y admiración. Las voces endebles de los hombres fueron socorridas por los coros angélicos que glorificaban a Dios. A medida que los pastores iban llegando, se arrodillaban, y se decían suavemente uno a otro, "venid adoremos al Niño".
La noche no pudo contener tanta Luz, de esta Gloria da testimonio la Iglesia. En medio de la noche de todos los tiempos, " brilla una gran luz ". Adoremos al Señor con un silencio lleno de esperanza que embargue nuestro corazón. Venid amigos, adoremos al Señor.
Para todo peregrino que no entra en el establo, la pregunta que éste suscita permanece sin respuesta. Los que observan desde fuera Belén, no comprenden su Belleza Eterna. Tal vez, podamos acercarnos humildemente a su Verdad, y adorar al Niño con los magos y pastores, contemplando el rostro dulce de su Madre y la nobleza sutil que se desliza en la mirada de José su custodio. Al encontrarlo en el pesebre podemos intentar inclinarnos ante él, para beber de su secreto gozo, de su verdad inefable y de su silencioso encanto.
"La noche no interrumpe tu historia con el hombre, la noche es tiempo de salvación"

MONSEÑOR JAIME FUENTES: QUÉ LE DIRÉ A MI DIOS EN ESTA NAVIDAD?

¿QUÉ LE DIRÉ A MI DIOS EN NAVIDAD?
+ Mons. Jaime Fuentes
Obispo de Minas

¿Qué le diré a mi Dios el único que existe
que nació justamente en Navidad
(como me dijo una nena con cara de sabihonda)
para perdonar los pecados de los hombres
y enseñarnos el camino del cielo?
¿Qué le diré a Jesús dormido en los brazos de su Madre bendita entre las mujeres como duermen todos los niños acunados por sus benditas madres?
Además de otras cosas que no vienen a cuento
siento que tengo que pedirle un poquito de luz
de la UTE del cielo para ver con ojos nuevos el misterio del amor
del matrimonio inseparable hasta la sepultura.
Jesús Niño duerme en los brazos de María
Jesús Hombre enseña a los hombres con amor de hermano
Jesús Dios nos juzgará por supuesto
nada da lo mismo nada es igual
porque somos criaturas y vamos al muere
porque sólo Él es Dios y vida eterna.
Jesús Niño Jesús Hombre
vivió en familia y aprendió lo elemental
a decir mamá y papá
a comer y a rezar y a agradecer
a trabajar y a servir y a descansar.
Santa vida ordinaria colmada de besos
y de algunas lágrimas
de menudos servicios ocultos
que los hace cualquiera
y los hizo Dios-con-nosotros.
Un niño su padre y su mamá
una familia más
son ellas las que salvarán
la cordura de este mundo loco.
Le pediré a Jesús un borrador
para limpiar de raros pensamientos
las intenciones de algunos ideólogos
que corrompen las almas de los niños.
Dicen que nadie nace sexuado dicen;
que tenemos el derecho de elegir lo que seremos dicen;
que es lo mismo la mujer que hace de hombre dicen.
Y al revés.
Dicen que no hay que discriminar
y estoy de acuerdo faltaría más
entonces que no rechacen al que piensa distinto
viva la diversidad.
Le pediré a mi Dios en Nochebuena
que les dé sabiduría a los que mandan
y un poco de coraje ¡caramba!
a los padres de los niños.
Los reciben de Dios
papá y mamá
una obra de arte serán por arte de ellos
¿y dejarán que algunos la deshagan
sin decir ni pío?
Porque Jesús Dios es un niño eterno
que nace cada día
¡Feliz Navidad!

PAPA FRANCISCO A LA CURIA ROMANA

domingo, 21 de diciembre de 2014

HANS URS VON BALTHASAR: CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO


2 S 7,1-5.8b-12,14a.16 ; Rm 16, 25-27 ; Lc 1,26-38

La casa de David. En la primera lectura, el rey David, que habita en su palacio, tiene mala con ciencia de que, mientras él vive en casa de cedro, Dios tenga que conformarse con una simple tienda. Por eso decide, como hacen casi todos los reyes de los pueblos, construir una morada digna para Dios. Pero entonces el propio Dios interviene, y sus palabras son tanto una reprensión como una promesa. David olvida que es Dios el que ha construido todo su reino, desde el mismo instante en que, siendo David un simple pastor de ovejas, le ungió rey, acompañándole desde entonces en todas sus empresas. Pero la gracia llega aún más lejos: la casa de Dios ha comenzado, el mismo Dios la construirá hasta el final: en la descendencia de David y finalmente en el gran descendiente suyo con el que culminará la obra. Dios no habita en la soledad de los palacios, sino en la compañía los hombres que creen y aman; éstos son sus templos y sus iglesias, y nunca conocerán la rutina. La casa de David se consolidará y durará por siempre en su hijo. Esto se cumple en el evangelio.

La Virgen desposada con un varón de la casa de David es elegida por Dios para ser un templo sin igual. Su hijo, concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo, establecerá su morada en ella, y todo el ser de la Madre contribuirá a la formación del Hijo hasta convertirlo en un hombre perfecto. También aquí el trabajo de Dios no comienza sólo desde el instante de la Anunciación, sino desde el primer momento de la existencia de María. En su Inmaculada Concepción, Dios ha comenzado ya a actuar en su templo: sólo porque Dios la hace capaz de responderle con un sí incondicional, sin reservas, puede establecer su morada en ella y garantizarle, como a David, que esta casa se consolidará y durará por siempre. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. El Hijo de María es mucho más que el hijo de David: Es más que Salomón. (Mt 12,42). El propio David lo llama Señor (Mt 22,45). Pero aunque Jesucristo edificará el templo definitivo de Dios con piedras vivas (1 P 2,5) sobre sí mismo como piedra angular, nunca olvidará que se debe a la morada santa que es su Madre, al igual que procede de la estirpe de David por José. La maternidad de María es tan imperecedera que Jesús desde la cruz la nombrará Madre de su Iglesia: ésta procede ciertamente de su carne y sangre, pero su Cuerpo místico, la Iglesia, al ser el propio cuerpo de Jesús, no puede existir sin la misma Madre, a la que él mismo debe su existencia. Y a los que participan, dentro de la Iglesia, en la fecundidad de María, él les da también una participación en su maternidad (Metodio, Banquete III, 8).

El templo que Dios se construye no se concluirá hasta que todas las naciones hayan sido traídas a la obediencia de la fe. Eso es precisamente lo que se anuncia al final de la carta a los Romanos. Esta construcción definitiva es operada por los cristianos ya creyentes, que no se encierran dentro de su Iglesia, sino que están abiertos al misterio que les ha sido revelado por Dios y, en razón de la profecía de los Escritos proféticos, en los que se habla de David y de la Virgen, creen que el evangelio no se limita exclusivamente a la Iglesia, sino que afecta al mundo en su totalidad. El templo construido por Dios remite siempre, más allá de sí mismo, a una construcción mayor que ha sido proyectada por Dios y que no concluirá hasta que haga de los enemigos de Cristo estrado de sus pies y Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza (1 Co 15,24s).

miércoles, 17 de diciembre de 2014

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y LA NAVIDAD


Relato de Tomás de Celano (1 Cel 84-87)


Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.

martes, 16 de diciembre de 2014

RANIERO CANTALAMESSA: PAZ A LOS HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR


 Una antigua costumbre prevé para la fiesta de Navidad tres misas, llamadas respectivamente «de medianoche», «de la aurora» y «del día». En cada una, a través de las lecturas que varían, se presenta un aspecto distinto del misterio de forma que se tenga de él una visión por así decirlo tridimensional. El evangelio de la Misa de medianoche se concentra en el evento, en el hecho histórico. Se describe con una desconcertante sencillez, sin ostentación alguna. Tres o cuatro líneas de palabras humildes y corrientes para describir el acontecimiento, en absoluto, más importante en la historia del mundo: la llegada de Dios a la tierra.

La tarea de mostrar el significado y el alcance de este acontecimiento lo confía, el evangelista, al canto que los ángeles entonan después de haber dado el anuncio a los pastores: «Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor». En el pasado esta última expresión se traducía de manera distinta: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». Con este significado la expresión entró en el canto del «Gloria» y se hizo habitual en el lenguaje cristiano. Tras el Concilio Vaticano II se suele indicar con ella a todos los hombres honestos, que buscan la verdad y el bien común, sean o no creyentes.

Pero se trata de una interpretación inexacta y por ello actualmente en desuso. En el texto bíblico original se trata de los hombres a los que ama Dios, que son objeto de la buena voluntad divina, no que ellos tengan buena voluntad. De este modo, el anuncio resulta todavía más consolador. Si la paz se otorgara a los hombres por su buena voluntad, entonces se limitaría a pocos, a los que la merecen; pero como se otorga por la buena voluntad de Dios, por gracia, se ofrece a todos. La Navidad no apela a la buena voluntad de los hombres, sino que es anuncio luminoso de la buena voluntad de Dios hacia los hombres.

La palabra clave para entender el sentido de la proclamación angélica es por lo tanto la última, la que habla del «querer», del «amor» de Dios hacia los hombres, como fuente y origen de todo lo que Dios ha comenzado a realizar en Navidad. Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos «según el beneplácito de su voluntad», escribe el Apóstol; nos ha dado a conocer el misterio de su querer, según cuanto había establecido «en su benevolencia» (Ef 1,5.9). Navidad es la suprema epifanía de aquello que la Escritura llama la filantropía de Dios, o sea, su amor por los hombres: «Se ha manifestado la bondad de Dios y su amor por los hombres» (Tito 3, 4).

Sólo después de haber contemplado la «buena voluntad» de Dios hacia nosotros podemos ocuparnos también de la «buena voluntad» de los hombres: de nuestra respuesta al misterio de la Navidad. Esta buena voluntad se debe expresar mediante la imitación de la acción de Dios. Imitar el misterio que celebramos significa abandonar todo pensamiento de hacer justicia solos, todo recuerdo de ofensas recibidas, suprimir del corazón todo resentimiento aún justo, y ello respecto a todos. No admitir voluntariamente ningún pensamiento hostil contra nadie; ni contra los cercanos ni contra los lejanos, ni contra los débiles ni contra los fuertes, ni contra los pequeños ni contra los grandes de la tierra, ni contra criatura alguna que existe en el mundo. Y esto para honrar la Navidad del Señor, porque Dios no ha guardado rencor, no ha mirado la ofensa recibida, no ha esperado a que otro diera el primer paso hacia Él. Si esto no es posible siempre, durante todo el año, por lo menos hagámoslo en tiempo de Navidad. Así ésta será de verdad la fiesta de la bondad.

lunes, 15 de diciembre de 2014

CARLO MARÍA MARTINI: LA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS


Si hay una expresión que puede ayudarnos a comprender lo que está a punto de suceder en medio de nosotros, es ésta del evangelio de Juan: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no lo han extinguido" (Jn 1,5).

Habla de tinieblas, de noche y de luz. Parece que estamos ante uno de nuestros nacimientos populares, en el que sólo la cueva está iluminada con una tenue luz, mientras que el entorno está en penumbra.

Las tinieblas simbolizan todo lo que está en el mundo es confusión, falta de sentido, autosuficiencia, esfuerzo por construirnos sólo con nuestras pobres y escasas fuerzas. Este empeño desemboca frecuentemente en amargura y desesperación o,como poco, en resignación ante las muchas cosas que no podemos hacer ni conseguir. Tinieblas son, en nosotros y fuera de nosotros, la falta de razones para esperar y vivir, nos afanamos día tras día con la esperanza de algo mejor que nunca llega, intentamos aturdirnos con las pequeñas cosas de cada día, sin reflexionar nunca a fondo sobre lo que proporciona su sentido a nuestro vivir.

A menudo esta confusión es muy extensa. está en cada uno de nosotros, y está a gran escala en la sociedad, en muchas realidades que nos rodean, en muchas cosas absurdas que no deberían existir, cerca o lejos de nosotros.

Por todo esto, sentimos profundamente el sufrimiento ante estas tinieblas del mundo.

sábado, 13 de diciembre de 2014

HANS URS VON BALTHASAR: TERCER DOMINGO DE ADVIENTO



Is 61,1-2a. 10-11 ; 1 Ts 5,16-24 ; Jn 1,6-8.19-28


Domingo de Gaudete: esperamos a Dios no con temor y temblor, sino con alegría. El profeta anuncia su llegada en la primera lectura e indica la razón de esta alegría: la venida del enviado del Señor significará la curación y la liberación para todos los pobres, atribulados, cautivos y prisioneros. Este año de gracia del Señor nos concierne a todos, porque en el fondo todos nosotros estamos encerrados en nosotros mismos, encadenados por nosotros mismos; no somos incólumes, sino que somos tan pobres y estamos tan atribulados que no podemos curarnos a nosotros mismos. Pero Dios no nos traerá esta curación desde fuera, por un milagro externo, sino desde dentro de nosotros mismos, al igual que el organismo sólo se cura desde su interior. Y como Dios ha derramado su Espíritu en nuestros corazones, éste puede transformarnos desde dentro: Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas. El Dios que nos ha creado no está lejos de nuestro fondo más íntimo, ni es ajeno a él; Dios tiene la llave de nuestra intimidad más secreta. Quizá sólo con el paso del tiempo nos demos cuenta de que Dios trabaja ya en nosotros desde hace mucho tiempo.


Crecimiento de la vida interior. Y así crecemos en los sentimientos o actitudes que la segunda lectura exige de nosotros: porque pertenecemos a Cristo, debe prevalecer en nosotros la alegría; porque no podemos curarnos a nosotros mismos ni realizarnos plenamente desde nosotros mismos, debemos rezar, dar gracias a Dios y hacer sitio al Espíritu que actúa en nosotros, no debemos menospreciar la enseñanza que viene de Dios -¡cuántas veces la dejamos de lado porque creemos que ya no tenemos nada que aprender!-; hemos de aprender a distinguir el bien del mal y, dejando hacer a Dios, no pasivamente sino activamente, dar al Espíritu que habita en nosotros la oportunidad de actuar. Como contrapartida, se nos promete la paz de Dios en todo nuestros ser, que aquí aparece dividido en tres aspectos: nuestro cuerpo, nuestra alma y, más allá de ellos, nuestro espíritu, es decir, precisamente esa profundidad secreta de nuestro yo donde actúa el Espíritu Santo y donde, en lo más profundo de nuestra intimidad, se abre una puerta hacia Dios, a través de la cual él puede entrar en su propiedad.


Distancia como proximidad. El que es consciente de esto puede, como el Bautista en el evangelio, ser testigo de la luz de Dios y a la vez negar tenaz y rotundamente que él sea la luz. Está muy lejos de querer decir que él sea la luz en lo más profundo de sí mismo, no es la luz ni siquiera en la chispa más íntima de sí mismo, donde su espíritu está en contacto con el Espíritu de Dios. Cuanto más se acerca el hombre a Dios para dar testimonio de él, tanto más claramente ve la distancia que existe entre Dios y la criatura. Cuanto más espacio deja a Dios dentro de sí, tanto más se convierte en un puro instrumento de Dios: una voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor. Cuanto más trata Dios a la Madre de su Hijo como su morada, más se siente ella como la humilde esclava. El Bautista, al que se pregunta en el evangelio con qué autoridad bautiza, distingue finalmente: Yo bautizo con agua, pero aquel de que yo doy testimonio bautizará con el Espíritu Santo; y aunque Jesús le considerará como el mayor de los profetas, él se siente indigno de desatar la correa de su sandalia. Tu puedes llamare amigo, pero yo me considero siervo (san Agustín).

miércoles, 10 de diciembre de 2014

JUAN PABLO II: VIRGEN DEL ADVIENTO



Ruega por nosotros, 
Madre de la Iglesia.

Virgen del Adviento,

esperanza nuestra, 
de Jesús la aurora,
del cielo la puerta.


Madre de los hombres, 
de la mar estrella,
llévanos a Cristo, 
danos sus promesas.

Eres, Virgen Madre, 
la de gracia llena,
del Señor la esclava, 
del mundo la Reina.
Alza nuestros ojos, 
hacia tu belleza,
¡Amen!

jueves, 4 de diciembre de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: VENDRÁ COMO LADRÓN POR LA NOCHE...








En este archivo de audio, meditamos sobre  la segunda carta de Pedro,en ella  los falsos maestros preguntan burlonamente, ¿dónde quedó su Venida? El apóstol  enseña a su comunidad lo que Dios ha revelado por su Hijo Jesucristo...

El vendrá, y por ello, hay que prepararse.. Cómo debo prepararme?

SI TÚ SUPIERAS- 770 AM- RADIO ORIENTAL- 18 A 19 HS

HANS URS VON BALTHASAR: II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Is 40,1-5.9-11 ; 2P 3,8-14 ; Mc 1,1-8

 El Bautista aparece en el evangelio como una voz en el desierto. Nuestro mundo es un desierto hoy más que nunca; el desierto crece: materialmente, por la deforestación de los bosques, contra la que todos lo planes de cultivo, conservación y repoblación forestal parecen impotentes, y espiritualmente, por la desertización  del paisaje religioso, pues la humanidad apenas puede oír ya la voz que clama preparadle el camino al Señor. La voz se va extinguiendo en el griterío confuso y turbulento de los medios de comunicación, de las primicias informativas, de las noticias sensacionalistas que se pisan y devoran unas a otras. Y si el profeta aparece con unos hábitos sorprendentemente anti-culturales vestido de piel de camello; saltamontes y miel silvestre como alimento, nosotros hoy estamos bastante habituados a n comportamiento similar por parte de la juventud inconformista; pero estos jóvenes que ahora protestan, a menos que quieran explícitamente convertirse en seres marginales, terminarán entrando por el aro y participarán en el gran juego de los adultos. Hoy sólo es noticia, a lo sumo, la teología que se inmiscuye en los asuntos políticos o promueve cambios sociales. El Bautista lo tendría hoy más difícil que entonces, cuando la gente acudía a oírle, confesaba sus pecados y le concedía al menos un cierto crédito, creyendo que alguien más grande, al que había que preparar el camino, vendría después de él.

 La primera lectura aporta todo el contexto de su mensaje. El contenido de éste es mucho más grande que lo que se puede realizar mañana y pasado mañana: que los israelitas desterrados en Babilonia podrán volver a su patria y reconstruir su templo. El mensaje habla de un futuro, un futuro que está ciertamente próximo y en el que todos los hombres juntos verán la gloria del Señor, en el que Dios mismo, como un pastor, reunirá a toda la humanidad para conducirla finalmente a casa. Este acontecimiento escatológico debe ser proclamado desde lo alto de un monte, pues es un mensaje de gozo. La turbulenta historia del mundo, con sus hondonadas y sus colinas, es decir, con sus caminos escabrosos y tortuosos, se manifestará finalmente como el camino recto y llano por el que Dios ha transitado desde siempre. La historia, que desde el punto de vista intramundano parece encaminarse hacia catástrofes imprevisibles, es, vista desde el final, una vuelta a casa segura y entrañable.
 El tiempo de Dios. La segunda lectura nos dice que no tenemos una visión panorámica del tiempo; calculamos los día y los años, pero nuestros cálculos resultan siempre falsos. En todos los siglos se ha pronosticado el día de la venida de Dios, pero éste nunca ha llegado. Esto ocurre porque el tiempo de Dios no es como el de los hombres: para Dios mil años son como un día. Por eso algunos hablan con un tono de superioridad y de sarcasmo de retraso, de una espera ingenua del fin. Pero el Señor no tarda en cumplir su promesa. Está viniendo constantemente y saca como un pescador la gigantesca red de la historia del mundo sobre la playa. Que el fin del mundo, visto de una forma puramente intramundana, deba ser catastrófico, no turba ni el plan de Dios ni la confianza de los cristianos. Estos simplemente deben procurar que Dios los encuentre inmaculados y en paz con él cuando vuelva. El Adviento prepara esta paz.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

CARDENAL G.DANNELS: ESPERANZA Y CARIDAD


El que confía y espera en Dios debe entregarse enteramente a los hombres como Él. La esperanza se vuelca en la caridad. Esto supone un delicado equilibrio entre dos actitudes: esperar en la confianza y remangarse para entrar en acción. El cristiano se parece al que está sentado en el borde de una silla. Está sentado sobre aquello que dispone de un apoyo seguro: la esperanza. Y en el borde de la silla, porque está dispuesto a levantarse y pagar personalmente. La "poltrona del holgazán" no forma parte del mobiliario.

No se otorga una confianza plena a Dios si no se le ama. Y no se puede amar a Dios si no se ama al prójimo. Así la fe conduce a la esperanza y la esperanza conduce al amor.

Por otra parte nunca esperamos para nosotros mismos. La esperanza no alcanza su término mientras no se extiende a todos los hombres dentro del universo ¿Cómo puedo esperar el cielo con alegría si sé que allí me encontraré completamente solo?

Fe, esperanza y caridad son las tres grandes virtudes que no pueden prescindir una de otra. La fe ve lo que ya existe, la esperanza nos propone lo que vendrá; la caridad ama lo que existe, la esperanza se ocupa ya de lo que será. En nuestro tiempo,¿la esperanza seguirá siendo la virtud más grande?Como quiera que sea, las tres se mantienen recíprocamente en equilibrio y las tres son necesarias.

martes, 2 de diciembre de 2014

SAN JUAN PABLO II: VIENE EL SEÑOR

Adviento quiere decir Dios que viene, porque quiere que «todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Viene porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con él ha establecido el orden de la gracia. Pero viene «por causa del pecado», viene «a pesar del pecado», viene para quitar el pecado.
 
Por eso no nos extrañamos de que, en la noche de Navidad, no encuentre sitio en las casas de Belén y deba nacer en un establo (en la cueva que servía de refugio a los animales).

Pero lo más importante es el hecho de que Él viene.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al hombre, es más poderosa que el pecado.

CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS: EL ADVIENTO

El Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza:


- espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal; espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal;

- conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo, mediante la voz de los profetas y sobre todo de Juan Bautista: "Convertios, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 3,2);
- esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo (cfr. Rom 8,24-25) y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y "nosotros seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2)

La piedad popular es sensible al tiempo de Adviento, sobre todo en cuanto memoria de la preparación a la venida del Mesías. Está sólidamente enraizada en el pueblo cristiano la conciencia de la larga espera que precedió a la venida del Salvador. Los fieles saben que Dios mantenía, mediante las profecías, la esperanza de Israel en la venida del Mesías.

lunes, 1 de diciembre de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: ESPERAR Y CONFIAR EN EL SEÑOR

Este archivo de audio, propio del tiempo del Adviento nos introduce en la vigilancia del corazón, fundamento de la vida del creyente, velar y orar nos ayudarán a prepararnos adecuadamente...


Ñ SI TÚ SUPIERAS, 770am, RADIO ORIENTAL, 18 a 19 HS.


DIÁC. JORGE NOVOA: EL ECLIPSE DE LA ANTROPOLOGÍA CRISTIANA


Leyes contrarias a la dignidad de la persona humana se suceden en nuestros parlamentos. Incremento de la violencia en las calles. Desenfreno en la utilización de bebidas alcohólicas y drogas. Proliferación de “centros de reclusión para ancianos”, y podríamos, a este recetario que presenta la cultura actual en muchas de nuestras ciudades, con diversos matices según los países, seguirle agregando otros males que la aquejan.

El individualismo, el consumismo, los estados erigidos en dios, y los líderes políticos como si fueran semi-dioses a los que hay que prestar una adhesión cuasi-religiosa, son algunos de los condimentos actuales de nuestra América Latina. La economía es el nombre clave para la felicidad que se denomina bienestar, y los encargados de guiarla son los profetas modernos. Los centros de poder económicos dan las directivas a gobiernos de derecha e izquierda, que las cumplen celosamente.

Está desapareciendo progresivamente la antropología cristiana que sustentaba nuestras culturas, con diversa cooperación desde los mismos centros de estudio cristiano. La secularización imperante ha marcado de modo diverso a los países latinoamericanos, sin prisa pero sin pausa, con nuevos modelos antropológicos. Esos, que ya presagiaban los obispos en el documento final de Puebla.

Esta visión inmanente imperante se torna sofocante. Nos hemos habituado a conversar sobre divorcios, suicidios, drogas, relaciones sexuales entre jovencitos adolescentes, malos tratos, depresión y pánico. Babilonia está instalada o en vías de instalación, ella es la prefiguración de la ciudad pagana de todos los tiempos, en donde todo se compra y todo se vende…(Ap 17-18)

Ante este panorama, cabe leer la Escritura y recordar el consejo del libro del Apocalipsis: son necesarias, “la paciencia y la fe de los santos”(13,10). Resistiendo activamente a los modelos antropológicos propuestos en programas educativos, leyes y medios. Con comunidades valientes, dispuestas a dar testimonio de la Verdad. Generando espacios de verdadera libertad para servir al bien común. Sería lamentable, que la caída de la Babilonia actual, cosa que el Señor nos ha prometido(14,8), nos encuentre entre los que la lloran a distancia...

miércoles, 26 de noviembre de 2014

HANS URS VON BALTHASAR: PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)




Is 63,16b-17.19b ; 64, 3-7 ; 1 Co 1,3-9 ; Mc 13, 33-37


El Año Litúrgico comienza con esta exigencia del evangelio: velad, permaneced despiertos, pues no se sabe cuándo vendrá el Señor. Navidad, es una fecha fija, pero no lo es la venida del Señor a nuestra vida y a nuestra muerte, a la vida y al final de la Iglesia. Tenemos plenos poderes sobre los bienes que Dios ha puesto sobre la tierra, a cada uno se le ha encomendado su tarea. Al portero, que debe estar pendiente de la venida del dueño y además debe velar para que los criados de la casa no abandonen su trabajo –en este portero se puede ver tanto la imagen de la Iglesia como la de cada cristiano-, se le ha encomendado la tarea especial de la vigilancia. Mediante este personaje se interpela en realidad a todos los cristianos: Lo digo a todos: ¡Velad!. La tarea que se nos ha encomendado debe llevarse a cabo; pero no se trata de nuestros propios bienes, sino de los bienes del Señor. Hagamos lo que hagamos, ya estemos realizando un trabajo espiritual o un trabajo temporal, no trabajamos para nosotros mismos, sino para él: no construimos nuestro reino, sino su reino.


En la segunda lectura se dice que hemos sido perfectamente equipados para ese trabajo por el Señor, con los dones de la gracia que Dios nos ha dado para que podamos llevarlo a cabo en ese tiempo intermedio durante el que aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Pero nosotros no esperamos esa manifestación del Señor en la ociosidad, sino que trabajamos activamente, pues el don que se nos ha dado no es para esperar ociosamente sino para actuar, para traducirlo en obras. El don se nos ha dado gratuitamente, en Cristo Jesús hemos sido enriquecidos en todo: el don del saber, el del testimonio, el don de la palabra (el hablar) se nos ha dado para que produzcan fruto que de ellos se espera. Pero Dios tampoco se limita a mirar ociosamente cómo trabajamos, sino que colabora activamente en nuestro trabajo manteniéndonos firmes en los momentos de inseguridad y de cansancio. Su ayuda nunca nos falta cuando nos aplicamos diligentemente al trabajo que nos ha sido encomendado. ¿Pero es éste nuestro caso? ¿Empleamos realmente nuestro tiempo, lleno de ocupaciones y de negocios, en trabajar en pro de la causa que Dios nos ha confiado o tenemos que entonar una mea culpa (como el profeta en la primera lectura), un lamento que debe resonar muy especialmente ahora, al comienzo del Año Litúrgico?


¿Por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema?. Se trata claramente de un lamento dirigido a Dios, no de una acusación contra Dios; porque ciertamente por Dios no queda, ya que es nuestro redentor desde siempre. Todos nosotros somos los que desde siempre éramos impuros. Estamos tan perdidos en nuestros intereses mundanos que se puede culpar a Dios de habernos entregado al poder de la lógica, al poder de nuestra culpa. Somos conscientes de nuestras propias culpas, toda nuestra justicia y todo nuestro maravilloso y peligroso progreso es como un paño manchado, el presunto florecimiento de nuestra cultura es como follaje marchito, arrebatado por el viento. Por eso a los que aún conocen a Dios y son sabedores de su fidelidad sólo les queda gritar: ¡Ojalá rasgases los cielos y bajases!. Piensa que a pesar de nuestra ingratitud somos todos obra de tus manos, la arcilla que Tú como alfarero siempre puedes remodelar.

MEDJUGORJE 25 DE NOVIEMBRE

Queridos hijos! De modo especial hoy los invito a la oración. Oren, hijitos, para que comprendan quiénes son y a dónde deben ir. Sean portadores de la Buena Nueva y gente de esperanza. Sean amor para todos aquellos que están sin amor. Hijitos, podrán ser y realizar todo solamente si oran y están abiertos a la voluntad de Dios, a Dios, que desea conducirlos a la vida eterna. Yo estoy con ustedes e intercedo día tras día por ustedes ante mi Hijo Jesús. Gracias por haber respondido a mi llamado.

viernes, 21 de noviembre de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: VER Y OIR AL SEÑOR QUE VIENE


Para comprender interiormente este tiempo litúrgico debemos pedir al Espíritu Santo la gracia de poder ver y oír al Señor que viene en medio del barullo imperante. Únicamente puede Él, permitirnos sintonizar con esta Verdad enseñada por la Iglesia, y que guarda tantas implicancias para nuestra vida de fe. Necesitamos sabiduría para poder percibirlo, y rastrear sus huellas.

“La sabiduría consiste en saber el tiempo de cada cosa. Muchos hombres no lo aprenden nunca y otros lo aprenden sólo en la vejez. De modo perfecto casi nadie lo aprende, por una simple razón: el hombre vive en continuo estado de desorden que nace de la impaciencia”[1].

Vaya si hay barullo en nuestro mundo! Nos hemos consolidado como dueños de todo, el mundo científico-técnico nos ha entronizado en ese lugar, pero, lo que nos resulta cada día más complejo, es ser dueños de nosotros mismos, de nuestras vidas y nuestro tiempo. Por otra parte, cada vez más, sentimos que el tiempo se escapa, como el agua entre los dedos, volatilizándose en una infinita gama de actividades, que para lo único que no dejan tiempo es para Dios.

Nuestra reflexión tendrá como telón de fondo, dos realidades: la Esperanza teologal y el tiempo. La Liturgia del Adviento bebe incesantemente de la virtud teologal de la Esperanza[2]. Dios al comunicar al hombre la Esperanza, lo orienta firmemente hacia el bien. “Esta firmeza en la dirección hacia el bien le sobreviene a la Esperanza, esto es claro, sólo cuando es obra de Dios y se dirige hacia Él, es decir, cuando es virtud teologal”[3]. Ella hace referencia en el hombre, a su ser “status viatoris”, es decir, a la dimensión de caminante. “Este estado expresa más bien la constitución más íntima del ser de la criatura. Es el intrínseco y entitativo “aún no” de la criatura”[4].

El Adviento nos llama la atención sobre la utilización de nuestro tiempo, sobre las opciones que hemos hecho y que consumen nuestros días y horas. En especial, debemos preguntarnos por el domingo, el " día del Señor". El primer día de la semana, el día de la Resurrección de Cristo, la “fiesta primordial de los cristianos”. La “cultura del fin de semana” es anti-litúrgica, propiciatora del ocio y el entretenimiento, desplazando a la celebración dominical del centro de la vida del hombre actual.

“En nuestra vida cronometrada al minuto, la belleza de la Eucaristía sólo puede brillar en el estuche de la moderación del ritmo. La Eucaristía trasciende el tiempo. Ello supone que nos preparamos para la misma por medio de un dominio real del tiempo”[5].