martes, 21 de marzo de 2017

DIÁCONO JORGE NOVOA: EL ENVIADO DEL PADRE


La gran enseñanza dada por el Señor, que debe impulsar los pasos de nuestra peregrinación en esta tierra, y que domina la escena final de la parábola del Padre misericordioso, es el abrazo del Padre. La humanidad es conducida por Jesús hacia la casa del Padre. El  Evangelio según san Juan presenta este doble movimiento, el  descendente del Verbo que estaba (apud) en Dios y se hizo carne (v.14), y el ascendente, por medio del cual Cristo, el primogénito de muchos hermanos, abre las puertas del cielo y   les da a los hombres que creen en su nombre, la posibilidad de "llegar a  ser hijos de Dios".


"Juan es el que nos ha abierto el interior de Jesús. El interior de su alma y aquella profundidad que deja atrás todo lo creado"[1].Podríamos perfectamente expresar que  en el cuarto evangelio lo medular es "revelar al Padre", para ello ha sido enviado, para dar a conocer el misterio de la Paternidad de Dios.  El Verbo "que estaba en el principio con Dios"(Jn 1,2), tiene como fuente que desconocen los hombres, el ser "engendrado no creado". El Hijo vive por el Padre ante todo porque ha sido engendrado por Él.



Da abundante cuenta de ello el evangelio según san Juan: los guardias del templo que fueron enviados para apresarlo, escuchan su palabra con gran admiración, y vuelven sin él, diciendo, :"Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre."(Jn 7,46).  Otros se preguntaban: "¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?"(Jn 7,15). Jesús  declara no tener una doctrina propia, dirá: "Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado.."(Jn 7,16). Las incompresiones  de los jefes religiosos y muchos fariseos, se suceden una y otra vez, tratando de conjugar la sabiduría de su palabra con su origen galileo. Él anuncia en reiteradas ocasiones, que ha sido enviado por el Padre, de ese modo, se accede a la comprensión de su misterio, no por la búsqueda intrincada del mundo racional, sino por la fe, " esto no te  lo enseña la carne, ni la sangre", sino que se abre como revelación del Padre a la luz de la fe.



Orientada en esta misma dirección se encuentra la oración al Padre que aparece en Mt 11,25-27, Jesús dice:

"Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y se las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque ésa fue tu voluntad. Todo me fue entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo".



Dios se conoce sólo a través de Dios mismo. "Nadie puede conocer a Dios, si no es Dios a sí mismo. Este conocimiento, en el que Dios se conoce a sí mismo, es la donación de Dios en cuanto Padre, y el recibimiento y devolución de Dios en cuento Hijo, intercambio de eterno amor, eterna y simultánea donación y devolución. Más porque es así, también puede conocer aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"[2]. Jesucristo es el que revela al Padre, al tiempo que el Padre conduce a los hombres hacia Él, porque verdaderamente es el Hijo Único. "Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él y él es el que me ha enviado."(Jn 7,28-29)



Las incompresiones, traiciones y abandonos, incluso de los más cercanos, contrastan con la cercanía permanente del Padre. Así lo explicita Jesús:"Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8,29).Esta es la fuente secreta que impulsa y sostiene la misión de Jesús. Meditando sobre este aspecto de la vida de Jesús,  comenta R. Guardini."Al preguntar dónde halló sostén, nos salió al paso la profunda e íntima palabra de los discursos de despedida:"Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo (Jn 16,32). La soledad de Jesús se convierte en algo terriblemente incomprensible, si no lo entendemos justamente con la cercanía del Padre"[3].  En el monte de la Transfiguración se escucha la voz del Padre, que dice desde el cielo abierto: "Este es mi Hijo, muy querido, escúchenlo"(Mc 9,7). Y san Pedro  nos advierte en su  segunda carta que esta manifestación del Padre, no debe ser comprendida al modo de una fábula: "Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo" ( 2 Pe 1,16-18).



La fe será  siempre la respuesta adecuada a la Revelación de Dios en Jesucristo, sin la cual,  permanecemos en la superficie de su misterio. Muchos lo reconocen como hijo de José y María, esta afirmación contrasta con su pretendida palabra que anuncia tener un origen distinto, y al mismo tiempo, la conciencia que tiene de ser portador de una palabra del todo singular sobre Dios. Esta singularidad consiste justamente en poder comunicar las cosas que conoce, pues viene de Dios y al Él vuelve. "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1,18), pues" la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Jn 1,17).



Como enviado del Padre, vive para cumplir su voluntad, que la presenta como su único alimento: "he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 6,38). Esta apelación permanente que realiza, a manifestarse como "el Enviado", devela su conciencia mesiánica,  sería un error, ubicar esta persistente afirmación en el ámbito de la reflexión de la comunidad primitiva, al margen de la pretensión de Jesús. Si así fuera, los discípulos desvirtuarían su pretensión, que resultaría impensable, si no brotara de los labios del Verbo Encarnado.



Hay un claro contraste que se  manifiesta, entre los que dicen conocer su origen terrenal y su categórica afirmación, sobre el desconocimiento que tienen de su "verdadero origen". "Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52). Frente a esta incomprensión  de los fariseos, puesta de  manifiesto en diversas oportunidades, Jesús responde: "Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado" (Jn 8,42).



Este contraste, que está presente en todo el evangelio según san Juan, tiene su origen en la real oposición que recibió Jesús por parte de los jefes religiosos, cuando les reveló su pretensión de ser  como "Enviado", el portador de la palabra definitiva  de Dios. "Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.(Jn 8,23)". Jesús como revelador definitivo del Padre, anuncia la posibilidad que tienen los hombres de vivir en comunión con Él, y vincula esta posibilidad a su venida, al tiempo que se presenta como la única puerta que conduce a ese encuentro. Es portador de un conocimiento del todo singular al que únicamente se accede por Él.   Sería impensable atribuir estas afirmaciones a la comunidad primitiva, resulta sorprendente pensar que aquellos  sencillos galileos, en su mayoría con escasa instrucción, fueran el origen de esta pretensión al margen de Jesús.



"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.(Jn 14,6)"

Esta pretensión escandalosa es la que se nos manifiesta en el trasfondo de todas controversias y enfrentamientos con los jefes religiosos, narrados en el evangelio según san Juan: "No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios"(Jn 10,33).



Encontramos un  comentario iluminador que hace  Sigfrido Huber,  sobre la doctrina que aparece en  las cartas de San Ignacio de Antioquía, para quien  "la adoración filial, la piedad entrañable hacia el Padre, herencia del Evangelio, en particular de San pablo y de Juan, es el "leitmotiv", el lema fundamental de la  teología ignaciana"[4].



"El Padre, de majestad y ternura infinitas a la vez, es principio y fin del Evangelio. En este sentido también hemos de interpretar el dicho de Jesucristo. "Yo soy el camino, la verdad y la vida…"Lo dice en un momento en que está hablando de su retorno al Padre, y explica su pensamiento añadiendo: "Nadie viene al Padre sino por mí".Cristo es el Camino ¿Hacia dónde? ¡Hacia el Padre! Es la Verdad ¿Verdad de quién? ¡La verdad del Padre! Revelada por el Verbo, que, dice San Ignacio, es "la boca por la cual el Padre habla en verdad". Es la Vida ¿Vida de quién? La Vida del Padre, único manantial de vida divina, que engendra eternamente a su Hijo unigénito, y es comunicada por el Hijo a los hombres, "para que tengan la vida, y la tengan en abundancia"[5].



En el diálogo con Nicodemo, se descubre como fuente de toda la misión  de Jesús,  el amor del Padre: "Tanto amó Dios al mundo que dio (envió) a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"(Jn 3,16). Jesús es portador de este amor misericordioso del Padre,  y nos introduce en  el, porque el Padre ha puesto todas las cosas en sus manos. El Hijo en la Pascua  realiza y hace posible la comunicación de este amor a los hombres. Ya no vivimos para nosotros, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó (2 Cor 5, 15). El Padre en el Hijo y por él, nos dona la filiación. Jesús  al revelarnos al Padre, nos da a conocer la sublime vocación  a que nos ha llamado,   la de ser sus hijos. Por el santo Bautismo somos engendrados a una vida nueva, por el agua y el Espíritu, vida que Cristo nos ha manifestado y que tiene su origen en el Padre. Participamos análogamente y al modo humano, de ese  ser engendrado que sustenta la misión del Hijo, somos engendrados por Él en la fe. "Jesús nos revela al Padre no solamente como el que nos engendra, el que nos da las palabras y las obras, sino también como aquél que "nos poda para que demos más fruto" (Jn 15, 1-10). Es decir, el Padre nos enseña el camino del sufrimiento que fructifica en frutos de amor, amor filial y fraterno. Por eso, la parábola de la vid y los sarmientos, del Padre viñador que poda los sarmientos unidos al Hijo, concluye con el mandamiento del amor fraterno hasta el sacrificio de sí mismo, a imitación del Hijo: "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 12-13)"[6].



"La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (I Jn 1,2-3).











[1] Romano Guardini; Jesucristo, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1960.

[2] J. Ratzinger; El Dios de Jesucristo, Ediciones Sígueme, Salamanca,1980 p. 85.

[3] Ibidem p.95.

[4] las Cartas  de San Ignacio de Antioquia y San Policarpo de Esmirna, Cartas y comentarios. Discurso sistemático sobre al doctrina de San Ignacio de Antioquia por  Sigfrido Huber, Ediciones Desclée, de Brouwer, Bs As, 1945 pp 142-143.

[5] Ibidem.


[6] Aporte a esta reflexión del P. Horacio Bojorge SJ.

lunes, 20 de marzo de 2017

RETIRO ESPIRITUAL 25 DE MARZO 2017



PARROQUIA MARÍA REINA DE LA PAZ
(Montevideo-Uruguay)

RETIRO ESPIRITUAL
25 DE MARZO 16 HS


“LA PAZ LES DEJO, MI PAZ LES DOY; NO LA DOY COMO EL MUNDO”.


Los retiros mensuales de los cuartos sábados de mes son una oportunidad para orar, escuchar la Palabra de Dios y adorar al Señor con los hermanos. Comenzamos con el don de la Paz, obra de la Pascua del Señor. 

Con María, instrumentos de su Paz, así reza el lema del año jubilar de nuestra parroquia. Pidámosle a Ella, nuestra Reina de la Paz, que nos ayude a transitar los senderos del Amor, para ser dóciles instrumentos al servicio de la Paz que viene de Dios y quiere alcanzar los corazones de los hombres. Los miembros del grupo de adoradores participarán de retiro como una instancia de formación. 


Maestro ayúdame a nunca buscar querer ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender y ser amado como amar. Hazme un instrumento de tu Paz

16 hs- Adoración y Santo Rosario.
Bendición de la Paz con la imagen de la Virgen.

17 hs- Predicación La paz les dejo, Mi paz les doy..
Diácono Jorge Novoa

18 hs- Paseo con el Santísimo Sacramento

18.30- Oración con imposición de manos
( confesiones pbro Marcelo Marciano)

19 hs- Santa Misa (apertura del Año Jubilar parroquial)
Preside Pbro Sebastián Pinazzo

 (RETIRO ABIERTO Y GRATUITO)

domingo, 19 de marzo de 2017

SAN JUAN PABLO II: SAN JOSÉ Y SU MISIÓN


Desde el momento en que José recibió su misión de tomar por esposa a la Madre de Dios, hizo lo que el ángel le mandó. Este fue el comienzo de una larga vida de permanecer fiel a la llamada de Dios hasta el final. Aunque el evangelio no cita sus palabras, su propio silencio habla con elocuencia la verdad que hay en llamarle el justo. Tiene todas las características humanas necesarias para ser buen esposo de María.

Antes del anuncio del ángel ya habían realizado la primera de las dos etapas del matrimonio hebreo, la ceremonia legal. Ya eran esposos, pero estaban en el período de preparar la segunda etapa de empezar a convivir en la misma casa, cuando intervino la anunciación que también llamaba a María a permanecer virgen. Sigue el mensaje dirigido a José como esposo de la Virgen. El hombre justo recibe su propia vocación de seguir con su compromiso de amarla como esposa pero de forma virginal.

Cuando José aceptó la invitación del ángel, su amor de hombre justo fue regenerado por el Espíritu Santo. El amor de Dios obraba en la íntima comunión espiritual de alianza entre estos esposos. Mediante el sacrificio total de sí mismo, José junto con María simboliza el misterio de la Iglesia, virgen y esposa. Por el lazo conyugal José se acerca más que ningún otro a la sublime dignidad sin par de la Virgen. El vínculo de caridad que constituyó la vida de la Sagrada Familia la hace digna de profunda veneración. 
                                                                                     JUAN  PABLO II

DEVOCIÓN A SAN JOSÉ DEL PADRE PÍO


El Padre Pío admiró siempre la altura espiritual de san José. Imitó sus  virtudes y recurrió a él en los momentos más difíciles de su vida obteniendo siempre gracias y
favores celestiales.

Él, como san José, aún sin serlo en el orden natural, se sentía padre y era consciente de los derechos y deberes de su paternidad espiritual. Por este motivo, se dirigía con confianza a este santo, para suplicarle por sus hijos e hijas espirituales. «Ruego a san José que, con aquel amor y con la generosidad con que cuidó de Jesús, custodie tu alma, y, como lo defendió de Herodes, así proteja tu alma de un Herodes más feroz: ¡el demonio!». «El patriarca san José cuide de ti con el mismo cuidado que tuvo de Jesús: te asista siempre con su benévolo patrocinio y te libre de la persecución del impío y soberbio Herodes, y no permita jamás que Jesús se aleje de tu corazón».

Y san José correspondió al Padre Pío con una asistencia singular y con visiones extraordinarias. En efecto, el Siervo de Dios, en enero de 1912, confió al padre Agustín de San Marco in Lamis: «Barbazul no se quiere dar por vencido. Se ha disfrazado de casi todas las formas. Hace ya días que viene a visitarme con otros de sus satélites, armados con bastones e instrumentos de hierro, y lo que es peor bajo su propia forma. ¡Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama arrastrándome por la habitación! Pero, ¡paciencia! Casi siempre están conmigo Jesús, la Mamita, el Angelito, san José y el padre san Francisco» (Ep I,252).

Al mismo padre Agustín escribe el Padre Pío, el 20 de marzo de 1921: «Ayer, festividad de san José, sólo Dios sabe las dulzuras que experimenté, sobre todo después de la misa, tan intensas que las siento todavía en mí. La cabeza y el corazón me ardían, pero era un fuego que me hacía bien» (Ep I,265).

El padre Honorato Marcucci, uno de los asistentes del Padre Pío en los últimos años de su existencia terrena, contaba este episodio.

Una tarde del mes anterior al de la muerte del venerado Padre, se encontraba con él en la terraza contigua a la celda n. 1, esperando para acompañarle a la sacristía para la función vespertina. Era un miércoles, día consagrado a san José, y el Padre Pío no se decidía a moverse. De pie ante un cuadro del glorioso Patriarca, apoyado en la pared, el venerado Padre parecía en éxtasis. Pasado un poco de tiempo, el padre Honorato le dijo: Padre, ¿debo esperar todavía?; ¿nos hemos de ir?; vamos con retraso». Pero sus preguntas quedaron sin respuesta. El Padre Pío seguía contemplando al glorioso Patriarca.

Al fin, después de que el padre Honorato le arrastrara del brazo y le repitiera por enésima vez la pregunta, el Padre Pío exclamó: «Mira, mira, ¡qué bello es san José!».

Se dirigieron a la sacristía.
En la sala «San Francisco» encontraron al padre sacristán, que les preguntó: «¿Cómo con tanto retraso?».
El padre Honorato respondió: «Hoy el Padre Pío no quería separarse del cuadro de san José».
El Padre Pío no dejaba pasar una sola oportunidad sin invitar a sus hijos espirituales a cultivar una sincera y profunda devoción a san José, fuente siempre rica de enseñanzas, de consuelo y de favores.

Parece escucharse todavía hoy su voz: «Ite ad Joseph! (Gn 41,55). Id a José con confianza absoluta, porque también yo, como santa Teresa de Ávila, “no recuerdo haber pedido cosa alguna a san José, sin haberla obtenido de inmediato”».

(Autor: Padre Gerardo Di Flumeri; traducción del italiano: Hno. Elías Cabodevilla) 

sábado, 18 de marzo de 2017

JUAN PABLO II: LA FE DE SAN JOSÉ

Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de
José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: «Feliz la que ha creído», en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al «anuncio» del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa.Lo que él hizo es genuina "obediencia de la fe" (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5-6).

Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al respecto: «Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él». [7]

La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de Nazaret. 5. El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio «escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama «la plenitud de los tiempos», cuando «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» para «rescatar a los que se hallaban bajo la ley», «para que recibieran la filiación adoptiva» (cf. Gál 4, 4-5). «Dispuso Dios —afirma el Concilio— en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe1, 4)». [8]

De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María —y también en relación con María— él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la «peregrinación de la fe», a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular. [9]

7] Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 5
[8] Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 2.
[9] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 63. (Tomado de le exhortación apostólica "REDEMPTORIS CUSTOS")

NOVENA A SAN JOSÉ (NOVENO DÍA)

Hacer la señal de la cruz.


Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José, y ayúdanos con tus oraciones y por tú intercesión, junto a Aquel que quiso ser considerado tu hijo, y con tu esposa bienaventurada, María Santísima, la Madre del Redentor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Meditación del día correspondiente
 El padre Honorato Marcucci, uno de los asistentes del Padre Pío en los últimos años de su existencia terrena, contaba este episodio.


Una tarde del mes anterior al de la muerte del venerado Padre, se encontraba con él en la terraza contigua a la celda n. 1, esperando para acompañarle a la sacristía para la función vespertina. 

Era un miércoles, día consagrado a san José, y el Padre Pío no se decidía a moverse. De pie ante un cuadro del glorioso Patriarca, apoyado en la pared, el venerado Padre parecía en éxtasis. Pasado un poco de tiempo, el padre Honorato le dijo: Padre, ¿debo esperar todavía?; ¿nos hemos de ir?; vamos con retraso». Pero sus preguntas quedaron sin respuesta. El Padre Pío seguía contemplando al glorioso Patriarca. 

Al fin, después de que el padre Honorato le arrastrara del brazo y le repitiera por enésima vez la pregunta, el Padre Pío exclamó: «Mira, mira, ¡qué bello es san José!».


Se dirigieron a la sacristía.
En la sala «San Francisco» encontraron al padre sacristán, que les preguntó: «¿Cómo con tanto retraso?».
El padre Honorato respondió: «Hoy el Padre Pío no quería separarse 
del cuadro de san José».

El Padre Pío no dejaba pasar una sola oportunidad sin invitar a sus hijos espirituales a cultivar una sincera y profunda devoción a san José, fuente siempre rica de enseñanzas, de consuelo y de favores.

Parece escucharse todavía hoy su voz: «Ite ad Joseph! (Gn 41,55). Id a José con confianza absoluta, porque también yo, como santa Teresa de Ávila, “no recuerdo haber pedido cosa alguna a san José, sin haberla obtenido de inmediato”».

Hacer Petición por la cual se ofrece la Novena

Querido San José quiero pedir tu intercesión, te encomiendo esta súplica ................................ la pongo en tus santas manos, para que la lleves a tu esposa y con Ella, a Jesús nuestro Señor.

Oración Final 

Oh Dios,  que en tu inefable providencia elegiste a san José como esposo de la santísima Madre de tu Hijo, concé denos tener como intercesor en el cielo a quien veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

SAN JOSÉ


Dios, en su providente sabiduría, para realizar el plan de la salvación, asignó a José de Nazaret, "hombre justo" (cfr. Mt 1,19), esposo de la Virgen María (cfr. ibid.; Lc 1,27), una misión particularmente importante: introducir legalmente a Jesús en la estirpe de David de la cual, según la promesa (2 Sam 7,5-16; 1 Cro 17,11-14), debía nacer el Mesías Salvador, y hacer de padre y protector para Él.

En virtud de esta misión, san José interviene activamente en los misterios de la infancia del Salvador: recibió de Dios la revelación del origen divino de la maternidad de María (cfr. Mt 1,20-21) y fue testigo privilegiado del nacimiento de Cristo en Belén (cfr. Lc 2,6-7), de la adoración de los pastores (cfr. Lc 2,15-16) y del homenaje de los Magos venidos de Oriente (cfr. Mt 2,11); cumplió con su deber religioso respecto al Niño, al introducirlo mediante la circuncisión en la alianza de Abraham (cfr. Lc 2,21) y al imponerle el nombre de Jesús (cfr. Mt 1,21); según lo prescrito en la Ley, presentó al Niño en el Templo, lo rescató con la ofrenda de los pobres (cfr. Lc 2,22-24; Ex 13,2.12-13) y, lleno de asombro, escuchó el cántico profético de Simeón (cfr. Lc 2,25-33); protegió a la Madre y al Hijo durante la persecución de Herodes, refugiándose en Egipto (cfr. Mt 2,13-23); se dirigía todos los años a Jerusalén con la Madre y el Niño, para la fiesta de Pascua, y sufrió, turbado, la pérdida de Jesús, a sus doce años, en el Templo (cfr. Lc 2,43-50); vivió en la casa de Nazaret, ejerciendo su autoridad paterna sobre Jesús, que le estaba sometido (cfr. Lc 2,51), instruyéndolo en la Ley y en la profesión de carpintero.

219. A lo largo de los siglos, especialmente en los tiempos más recientes, la reflexión eclesial ha puesto de manifiesto las virtudes de san José, entre las que destacan: la fe, que en él se traduce en adhesión plena y valerosa al designio salvífico de Dios; obediencia solícita y silenciosa ante las manifestaciones de su voluntad; amor y observancia fiel de la Ley, piedad sincera, fortaleza en las pruebas; el amor virginal a María, el debido ejercicio de la paternidad, el trabajo escondido.

220. La piedad popular comprende la validez y la universalidad del patrocinio de san José, "a cuya atenta custodia Dios quiso confiar los comienzos de nuestra redención" y "sus tesoros más preciados". Al patrocinio de san José se confían: toda la Iglesia, que el beato Pío IX quiso poner bajo la especial protección del santo Patriarca; los que se consagran a Dios eligiendo el celibato por el Reino de los cielos (cfr. Mt 19,12): estos "en san José tienen...un modelo y un defensor de la integridad virginal"; los obreros y los artesanos, de los cuales el humilde carpintero de Nazaret se considera un especial modelo; los moribundos, porque, según una piadosa tradición, san José fue asistido por Jesús y María, en la hora de su tránsito .

221. La Liturgia, al celebrar los misterios de la vida del Salvador, sobre todo los de su nacimiento e infancia, recuerda con frecuencia la figura y el papel de san José: en el tiempo de Adviento; en el tiempo de Navidad, especialmente en la fiesta de la Sagrada Familia; en la solemnidad del 19 de Marzo; en la memoria del 1º de Mayo.

El nombre de san José aparece en el Communicantes del Canon Romano y en las Letanías de los Santos. En la Recomendación de los moribundos se sugiere la invocación al santo Patriarca y, en la misma circunstancia, la comunidad ora para que el alma del difunto, que ha partido ya de este mundo, encuentre su morada "en la paz de la santa Jerusalén, con la Virgen María, Madre de Dios, con san José, con todos los Ángeles y los Santos".

222. También en la piedad popular la veneración de san José tiene un amplio espacio: en numerosas expresiones de genuino folclore; en la costumbre, establecida al menos desde el siglo XVII, de dedicar los miércoles al culto de san José, costumbre sobre la que se desarrollan algunos ejercicios de piedad como los Siete miércoles en su honor; en las jaculatorias que brotan de los labios de los fieles;en oraciones, como la compuesta por el Papa León XIII, Ad te, beate Ioseph, que no pocos fieles recitan diariamente; en las Letanías de san José, aprobadas por san Pío X; en el ejercicio de piedad de la corona de los Siete dolores y los siete gozos de san José.

223. El hecho de que la solemnidad de san José (19 de Marzo) caiga en Cuaresma, en la que la Iglesia se dedica totalmente a la preparación bautismal y a la memoria de la Pasión del Señor, provoca ciertas dificultades de armonización entre la Liturgia y la piedad popular. Por lo tanto, las prácticas tradicionales del "mes de San José" se deben poner en sintonía con el tiempo litúrgico. La renovación litúrgica ha conseguido que el significado del periodo cuaresmal sea más profundo en los fieles. Con las debidas adaptaciones en las expresiones de la piedad popular, se debe favorecer y difundir la devoción a san José, teniendo siempre presente "el insigne ejemplo... que va más allá de los diversos estados de vida y se propone a toda la comunidad cristiana, sea cual sea la condición y tareas de cada fiel".


viernes, 17 de marzo de 2017

NOVENA A SAN JOSÉ (OCTAVO DÍA)

 Hacer la señal de la cruz.



Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José,

y ayúdanos con tus oraciones y por tú intercesión, junto a aquel que quiso ser considerado tu hijo, y con tu esposa bienaventurada, María Santísima, la Madre del Redentor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Meditación del día correspondiente

  “No podría haber mejor protector para ayudarnos a hacer penetrar en vuestras vidas el espíritu del Evangelio... Es claro que ningún trabajador estuvo jamás tan per­fecta y profundamente penetrado de él como san José,  que vivió con él en la más estrecha intimidad y comunidad de familia y de trabajo. De igual modo, si quieren estar junto a Jesús, les repetimos: vayan a  san José... 



Hacer Petición por la cual se ofrece la Novena



Querido San José quiero pedir tu intercesión, te encomiendo esta súplica ................................ la pongo en tus santas manos, para que la lleves a tu esposa y con Ella, a Jesús nuestro Señor.

Oración Final 

Oh Dios,  que en tu inefable providencia elegiste a san José como esposo de la santísima Madre de tu Hijo, concé denos tener como intercesor en el cielo a quien veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


jueves, 16 de marzo de 2017

NOVENA A SAN JOSÉ (SÉPTIMO DÍA)

 Hacer la señal de la cruz.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José,
y ayúdanos con tus oraciones y por tú intercesión,
junto a aquel que quiso ser considerado tu hijo, y con tu esposa bienaventurada, María Santísima, la Madre del Redentor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Meditación del día correspondiente

 
Decía la Madre Teresa de Calcuta: Confiamos en el poder del nombre de Jesús y también en el poder intercesor de san José. En los comienzos de nuestra Congregación, había momentos en los que no teníamos nada. Un día, en uno de esos momentos de gran necesidad, tomamos un cuadro de san José y lo pusimos boca abajo. Esto nos recordaba que debíamos pedir su intercesión. Cuando recibíamos alguna ayuda, lo volvíamos a poner en la posición correcta.

Un día, un sacerdote quería imprimir unas imágenes para estimular y acrecentar la devoción a san José. Vino a verme para pedirme dinero, pero yo tenía solamente una rupia en toda la casa. Dudé un momento en dársela o no, pero finalmente se la di. Esa misma noche, volvió y me entregó un sobre lleno de dinero: cien rupias. Alguien lo había parado en la calle y le había dado ese dinero para la Madre Teresa.

Hacer Petición por la cual se ofrece la Novena

Querido San José quiero pedir tu intercesión, te encomiendo esta súplica ................................ la pongo en tus santas manos, para que la lleves a tu esposa y con Ella, a Jesús nuestro Señor.

Oración Final 

Oh Dios,  que en tu inefable providencia elegiste a san José como esposo de la santísima Madre de tu Hijo, concé denos tener como intercesor en el cielo a quien veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


NOVENA A SAN JOSÉ ( SEXTO DÍA)

Hacer la señal de la cruz.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José,
y ayúdanos con tus oraciones y por tú intercesión,
junto a aquel que quiso ser considerado tu hijo, y con tu esposa bienaventurada, María Santísima, la Madre del Redentor, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Meditación del día correspondiente


Por la puerta misma que entró la muerte, ha vuelto la vida. Por la desobediencia de Adán nos perdimos todos, por la obediencia de José empezamos a volver a nuestro estado primigenio. Por eso se nos recomienda la gran virtud de la obediencia por estas palabras: "Y despertando José del sueño, hizo como el Angel del Señor le había mandado".
 
Hacer Petición por la cual se ofrece la Novena

Querido San José quiero pedir tu intercesión, te encomiendo esta súplica ................................ la pongo en tus santas manos, para que la lleves a tu esposa y con Ella, a Jesús nuestro Señor.


 ORACIÓN FINAL

Oh Dios,  que en tu inefable providencia elegiste a san José como esposo de la santísima Madre de tu Hijo, concé denos tener como intercesor en el cielo a quien veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.