sábado, 19 de octubre de 2019

DIÁCONO JORGE NOVOA: EL ENVIADO DEL PADRE


La gran enseñanza dada por el Señor, que debe impulsar los pasos de nuestra peregrinación en esta tierra, y que domina la escena final de la parábola del Padre misericordioso, es el abrazo del Padre. La humanidad es conducida por Jesús hacia la casa del Padre. El  Evangelio según san Juan presenta este doble movimiento, el  descendente del Verbo que estaba (apud) en Dios y se hizo carne (v.14), y el ascendente, por medio del cual Cristo, el primogénito de muchos hermanos, abre las puertas del cielo y   les da a los hombres que creen en su nombre, la posibilidad de "llegar a  ser hijos de Dios".


"Juan es el que nos ha abierto el interior de Jesús. El interior de su alma y aquella profundidad que deja atrás todo lo creado"[1].Podríamos perfectamente expresar que  en el cuarto evangelio lo medular es "revelar al Padre", para ello ha sido enviado, para dar a conocer el misterio de la Paternidad de Dios.  El Verbo "que estaba en el principio con Dios"(Jn 1,2), tiene como fuente que desconocen los hombres, el ser "engendrado no creado". El Hijo vive por el Padre ante todo porque ha sido engendrado por Él.



Da abundante cuenta de ello el evangelio según san Juan: los guardias del templo que fueron enviados para apresarlo, escuchan su palabra con gran admiración, y vuelven sin él, diciendo, :"Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre."(Jn 7,46).  Otros se preguntaban: "¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?"(Jn 7,15). Jesús  declara no tener una doctrina propia, dirá: "Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado.."(Jn 7,16). Las incompresiones  de los jefes religiosos y muchos fariseos, se suceden una y otra vez, tratando de conjugar la sabiduría de su palabra con su origen galileo. Él anuncia en reiteradas ocasiones, que ha sido enviado por el Padre, de ese modo, se accede a la comprensión de su misterio, no por la búsqueda intrincada del mundo racional, sino por la fe, " esto no te  lo enseña la carne, ni la sangre", sino que se abre como revelación del Padre a la luz de la fe.



Orientada en esta misma dirección se encuentra la oración al Padre que aparece en Mt 11,25-27, Jesús dice:

"Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y se las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, porque ésa fue tu voluntad. Todo me fue entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo".



Dios se conoce sólo a través de Dios mismo. "Nadie puede conocer a Dios, si no es Dios a sí mismo. Este conocimiento, en el que Dios se conoce a sí mismo, es la donación de Dios en cuanto Padre, y el recibimiento y devolución de Dios en cuento Hijo, intercambio de eterno amor, eterna y simultánea donación y devolución. Más porque es así, también puede conocer aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"[2]. Jesucristo es el que revela al Padre, al tiempo que el Padre conduce a los hombres hacia Él, porque verdaderamente es el Hijo Único. "Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él y él es el que me ha enviado."(Jn 7,28-29)



Las incompresiones, traiciones y abandonos, incluso de los más cercanos, contrastan con la cercanía permanente del Padre. Así lo explicita Jesús:"Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8,29).Esta es la fuente secreta que impulsa y sostiene la misión de Jesús. Meditando sobre este aspecto de la vida de Jesús,  comenta R. Guardini."Al preguntar dónde halló sostén, nos salió al paso la profunda e íntima palabra de los discursos de despedida:"Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo (Jn 16,32). La soledad de Jesús se convierte en algo terriblemente incomprensible, si no lo entendemos justamente con la cercanía del Padre"[3].  En el monte de la Transfiguración se escucha la voz del Padre, que dice desde el cielo abierto: "Este es mi Hijo, muy querido, escúchenlo"(Mc 9,7). Y san Pedro  nos advierte en su  segunda carta que esta manifestación del Padre, no debe ser comprendida al modo de una fábula: "Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo" ( 2 Pe 1,16-18).



La fe será  siempre la respuesta adecuada a la Revelación de Dios en Jesucristo, sin la cual,  permanecemos en la superficie de su misterio. Muchos lo reconocen como hijo de José y María, esta afirmación contrasta con su pretendida palabra que anuncia tener un origen distinto, y al mismo tiempo, la conciencia que tiene de ser portador de una palabra del todo singular sobre Dios. Esta singularidad consiste justamente en poder comunicar las cosas que conoce, pues viene de Dios y al Él vuelve. "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1,18), pues" la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo" (Jn 1,17).



Como enviado del Padre, vive para cumplir su voluntad, que la presenta como su único alimento: "he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 6,38). Esta apelación permanente que realiza, a manifestarse como "el Enviado", devela su conciencia mesiánica,  sería un error, ubicar esta persistente afirmación en el ámbito de la reflexión de la comunidad primitiva, al margen de la pretensión de Jesús. Si así fuera, los discípulos desvirtuarían su pretensión, que resultaría impensable, si no brotara de los labios del Verbo Encarnado.



Hay un claro contraste que se  manifiesta, entre los que dicen conocer su origen terrenal y su categórica afirmación, sobre el desconocimiento que tienen de su "verdadero origen". "Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52). Frente a esta incomprensión  de los fariseos, puesta de  manifiesto en diversas oportunidades, Jesús responde: "Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado" (Jn 8,42).



Este contraste, que está presente en todo el evangelio según san Juan, tiene su origen en la real oposición que recibió Jesús por parte de los jefes religiosos, cuando les reveló su pretensión de ser  como "Enviado", el portador de la palabra definitiva  de Dios. "Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.(Jn 8,23)". Jesús como revelador definitivo del Padre, anuncia la posibilidad que tienen los hombres de vivir en comunión con Él, y vincula esta posibilidad a su venida, al tiempo que se presenta como la única puerta que conduce a ese encuentro. Es portador de un conocimiento del todo singular al que únicamente se accede por Él.   Sería impensable atribuir estas afirmaciones a la comunidad primitiva, resulta sorprendente pensar que aquellos  sencillos galileos, en su mayoría con escasa instrucción, fueran el origen de esta pretensión al margen de Jesús.



"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.(Jn 14,6)"

Esta pretensión escandalosa es la que se nos manifiesta en el trasfondo de todas controversias y enfrentamientos con los jefes religiosos, narrados en el evangelio según san Juan: "No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios"(Jn 10,33).



Encontramos un  comentario iluminador que hace  Sigfrido Huber,  sobre la doctrina que aparece en  las cartas de San Ignacio de Antioquía, para quien  "la adoración filial, la piedad entrañable hacia el Padre, herencia del Evangelio, en particular de San pablo y de Juan, es el "leitmotiv", el lema fundamental de la  teología ignaciana"[4].



"El Padre, de majestad y ternura infinitas a la vez, es principio y fin del Evangelio. En este sentido también hemos de interpretar el dicho de Jesucristo. "Yo soy el camino, la verdad y la vida…"Lo dice en un momento en que está hablando de su retorno al Padre, y explica su pensamiento añadiendo: "Nadie viene al Padre sino por mí".Cristo es el Camino ¿Hacia dónde? ¡Hacia el Padre! Es la Verdad ¿Verdad de quién? ¡La verdad del Padre! Revelada por el Verbo, que, dice San Ignacio, es "la boca por la cual el Padre habla en verdad". Es la Vida ¿Vida de quién? La Vida del Padre, único manantial de vida divina, que engendra eternamente a su Hijo unigénito, y es comunicada por el Hijo a los hombres, "para que tengan la vida, y la tengan en abundancia"[5].



En el diálogo con Nicodemo, se descubre como fuente de toda la misión  de Jesús,  el amor del Padre: "Tanto amó Dios al mundo que dio (envió) a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"(Jn 3,16). Jesús es portador de este amor misericordioso del Padre,  y nos introduce en  el, porque el Padre ha puesto todas las cosas en sus manos. El Hijo en la Pascua  realiza y hace posible la comunicación de este amor a los hombres. Ya no vivimos para nosotros, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó (2 Cor 5, 15). El Padre en el Hijo y por él, nos dona la filiación. Jesús  al revelarnos al Padre, nos da a conocer la sublime vocación  a que nos ha llamado,   la de ser sus hijos. Por el santo Bautismo somos engendrados a una vida nueva, por el agua y el Espíritu, vida que Cristo nos ha manifestado y que tiene su origen en el Padre. Participamos análogamente y al modo humano, de ese  ser engendrado que sustenta la misión del Hijo, somos engendrados por Él en la fe. "Jesús nos revela al Padre no solamente como el que nos engendra, el que nos da las palabras y las obras, sino también como aquél que "nos poda para que demos más fruto" (Jn 15, 1-10). Es decir, el Padre nos enseña el camino del sufrimiento que fructifica en frutos de amor, amor filial y fraterno. Por eso, la parábola de la vid y los sarmientos, del Padre viñador que poda los sarmientos unidos al Hijo, concluye con el mandamiento del amor fraterno hasta el sacrificio de sí mismo, a imitación del Hijo: "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 12-13)"[6].



"La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (I Jn 1,2-3).











[1] Romano Guardini; Jesucristo, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1960.

[2] J. Ratzinger; El Dios de Jesucristo, Ediciones Sígueme, Salamanca,1980 p. 85.

[3] Ibidem p.95.

[4] las Cartas  de San Ignacio de Antioquia y San Policarpo de Esmirna, Cartas y comentarios. Discurso sistemático sobre al doctrina de San Ignacio de Antioquia por  Sigfrido Huber, Ediciones Desclée, de Brouwer, Bs As, 1945 pp 142-143.

[5] Ibidem.


[6] Aporte a esta reflexión del P. Horacio Bojorge SJ.

jueves, 17 de octubre de 2019

BENEDICTO XVI: SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA


Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquia, del año 70 al 107, fecha de su martirio.En aquel tiempo, Roma, Alejandría y Antioquia eran las tres grandes metrópolis del Imperio Romano. El Concilio de Nicea habla de los tres «primados»: el de Roma, pero también el de Alejandría y Antioquia participan, en cierto sentido, en un «primado».

San Ignacio era obispo de Antioquia, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquia, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente: el primer obispo fue el apóstol Pedro, como dice la tradición, y allí «fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”» (Hechos 11, 26).

Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica todo un capítulo de su «Historia Eclesiástica» a la vida y a la obra de Ignacio (3,36). «De Siria», escribe, «Ignacio fue enviado a Roma para ser pasto de fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Viajando por Asia, bajo la custodia severa de los guardias» (que él llama «diez leopardos» en su Carta a los Romanos 5,1), «en las ciudades en las que se detenía, reforzaba a las Iglesias con predicaciones y exhortaciones; sobre todo les alentaba, de todo corazón, a no caer en las herejías, que entonces comenzaban a pulular, y recomendaba no separarse de la tradición apostólica».

La primera etapa del viaje de Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí, Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente a las Iglesias de Éfeso, e Magnesia, de Tralles y de Roma.

«Al dejar Esmirna», sigue diciendo Eusebio, «Ignacio llegó a Troade, y allí envió nuevas cartas»: dos a las Iglesias de Filadelfia y de Esmirne, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que nos han llegado de la Iglesia del primer siglo como un tesoro precioso.
 
Al leer estos textos se siente la frescura de la fe de la generación que todavía había conocido a los apóstoles. Se siente también en estas cartas el amor ardiente de un santo. Finalmente, de Troade el mártir llegó a Roma, donde en el Anfiteatro Flavio, fue dado en pasto a las fieras feroces.

Ningún Padre de la Iglesia ha expresado con la intensidad de Ignacio el anhelo por la «unión» con Cristo y por la «vida» en Él. Por este motivo, hemos leído el pasaje del Evangelio sobre la viña, que según el Evangelio de Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en Ignacio dos «corrientes» espirituales: la de Pablo, totalmente orientada a la «unión» con Cristo, y la de Juan, concentrada en la «vida» en Él.

A su vez, estas dos corrientes desembocan en la «imitación» de Cristo, proclamado en varias ocasiones por Ignacio como «mi Dios» o «nuestro Dios». De este modo, Ignacio implora a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, pues tiene impaciencia por «unirse con Jesucristo».

Y explica: «Para mí es bello morir caminando hacia («eis») Jesucristo, en vez de poseer un reino que llegue hasta los confines de la tierra. Le busco a Él, que murió por mí, le quiero a Él, que resucitó por nosotros. ¡Dejad que imite la Pasión de mi Dios!» (Romanos 5-6). Se puede percibir en estas expresiones ardientes de amor el agudo «realismo» cristológico típico de la Iglesia de Antioquia, atento más que nunca a la encarnación del Hijo de Dios y a su auténtica y concreta humanidad: Jesucristo, escribe Ignacio a los habitantes de Esmirna, «es realmente de la estirpe de David», «realmente nació de una virgen», «fue clavado realmente por nosotros» (1,1).

La irresistible tensión de Ignacio hacia la unión con Cristo sirve de fundamento para una auténtica «mística de la unidad». Él mismo se define como «un hombre al que se le ha confiado la tarea de la unidad» (A los fieles de Filadelfia 8, 1). Para Ignacio, la unidad es ante todo una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en una absoluta unidad.

Repite con frecuencia que Dios es unidad y que sólo en Dios ésta se encuentra en el estado puro y originario. La unidad que tienen que realizar sobre esta tierra los cristianos no es más que una imitación lo más conforme posible con el modelo divino. De esta manera, Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que recuerda mucho a algunas expresiones de la Carta a los Corintios de Clemente Romano. «Conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis –escribe a los cristianos de Éfeso–. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta. Que cada uno de vosotros también se convierta en coro a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad y cantéis a una sola voz» (4,1-2).

Y después de recomendar a los fieles de Esmirna que no hagan nada «que afecte a la Iglesia sin el obispo» (8,1), confía a Policarpo: «Ofrezco mi vida por los que están sometidos al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Que junto a ellos pueda tener parte con Dios. Trabajad unidos los unos por los otros, luchad juntos, corred juntos, sufrid juntos, dormid y velad juntos como administradores de Dios, asesores y siervos suyos. Buscad agradarle a Él por quien militáis y de quien recibís la merced. Que nadie de vosotros deserte. Que vuestro bautismo sea como un escudo, la fe como un casco, la caridad como una lanza, la paciencia como una armadura» (6,1-2).

En su conjunto, se puede percibir en las Cartas de Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte la estructura jerárquica de la comunidad eclesial, y por otra la unidad fundamental que liga entre sí a todos los fieles en Cristo. Por lo tanto, los papeles no se pueden contraponer. Al contrario, la insistencia de la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, se refuerza constantemente mediante imágenes elocuentes y analogías: la cítara, los instrumentos de cuerda, la entonación, el concierto, la sinfonía.

Es evidente la peculiar responsabilidad de los obispos, de los presbíteros y los diáconos en la edificación de la comunidad. A ellos se dirige ante todo el llamamiento al amor y la unidad. «Sed una sola cosa», escribe Ignacio a los Magnesios, retomando la oración de Jesús en la Última Cena:

«Una sola súplica, una sola mente, una sola esperanza en el amor… Acudid todos a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar: él es uno, y al proceder del único Padre, ha permanecido unido a Él, y a Él ha regresado en la unidad» (7, 1-2). Ignacio es el primero que en la literatura cristiana atribuye a la Iglesia el adjetivo «católica», es decir, «universal»: «Donde está Jesucristo», afirma, «allí está la Iglesia católica» (A los fieles de Esmirna 8, 2). Precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica, la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor: «En Roma, ésta preside, digna de Dios, venerable, digna de ser llamada bienaventurada… Preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo, y lleva el nombre del Padre» (A los Romanos, «Prólogo»).

Como se puede ver, Ignacio es verdaderamente el «doctor de la unidad»: unidad de Dios y unidad de Cristo (en oposición a las diferentes herejías que comenzaban a circular y que dividían al hombre y a Dios en Cristo), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles, «en la fe y en la caridad, pues no hay nada más excelente que ella» (A los fieles de Esmirna 6,1).

En definitiva, el «realismo» de Ignacio es una invitación para los fieles de ayer y de hoy, es una invitación para todos nosotros a lograr una síntesis progresiva entre «configuración con Cristo» (unión con Él, vida en Él) y «entrega a su Iglesia» (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo).

En definitiva, es necesario lograr una síntesis entre «comunión» de la Iglesia en su interior y «misión», proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes tengan cada vez más «ese espíritu sin divisiones, que es el mismo Jesucristo» (Magnesios 15).

Al implorar del Señor esta «gracia de unidad», y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (Cf. A los Romanos, «Prólogo»), os dirijo a vosotros el mismo auspicio que cierra la carta de Ignacio a los cristianos de Tralles: «Amaos los unos a los otros con un corazón sin divisiones. 

Mi espíritu se entrega en sacrificio por vosotros no sólo ahora, sino también cuando alcance a Dios… Que en Cristo podáis vivir sin mancha» (13). Y recemos para que el Señor nos ayude a alcanzar esta unidad y vivamos sin mancha, pues el amor purifica las almas.

miércoles, 16 de octubre de 2019

SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE: PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

He aquí las promesas de Jesús que aparecen dispersas en los escritos de Santa Margarita, y por medio de ella a todos los devotos de su Sagrado Corazón:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

2. Pondré paz en sus familias.

3. Les consolaré en sus penas.

4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.

5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.

6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.

8. Las almas tibias se volverán fervorosas.

9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.

10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.

12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.

FRASES ESCOGIDAS DE SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE

"Dios es mi todo, y todo, fuera de El, es nada para mí".

"El Corazón de Jesús tanto cuidado tendrá de vosotros cuanto os confiéis y abandonéis a El".

"Cuando no miramos más que a Dios, ni buscamos otra cosa que su divina gloria, no hay nada que temer".

"En la voluntad de Dios encuentra su paz nuestro corazón y el alma su alegría y su descanso".

"Todas las más amargas amarguras no son más que dulzura en este adorable Corazón, donde todo se trueca en amor".

"Es preciso darlo todo para tenerlo todo; el amor divino no sufre mezcla de cosa alguna".

"Es bueno caminar por la fuerza de su Amor en sentido contrario a nuestras inclinaciones, sin Otro placer ni contento sino el de no tener ninguno".

"Las cruces, desprecios, dolores y aflicciones son los verdaderos tesoros de los amantes de Jesucristo crucificado".

"El mayor bien que podemos tener en esta vida es la conformidad con Jesucristo en sus padecimientos".


"El Corazón de Jesús es un tesoro oculto e infinito que no desea más que manifestarse a nosotros".

jueves, 10 de octubre de 2019

DIACONO JORGE NOVOA : MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE (Mt 15,21-28)

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón.Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
-Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
-Atiéndela, que viene detrás gritando.
El les contestó:
-Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas:
-Señor, socórreme.
El le contestó:
-No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
-Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
-Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.



Una mujer cananea, es decir pagana, le presenta al Señor, que va de camino con sus discípulos, una súplica insistente. Jesús reconoce y bendice la fe que encontró en esta mujer.

Es una madre que pide por su hija, según su propio testimonio : " tiene un demonio muy malo", el problema que enfrenta, en lugar de paralizarla, la impulsa  una y otra vez a superar los obstáculos que aparecen en su camino. La fe, que Jesús reconoce y alaba , permite enfrentar y superar los ostáculos.

Veamos las actitudes que están presentes en esta intrépida mujer cananea. La forma como se dirige a Jesús describe lo desesperada que se encuentra , se acerca gritándole, lo manifiesta el texto, y también los apóstoles se lo dicen a Jesús. Ella confía que la situación desgarradora que vive puede encontrar una respuesta en Jesús.

La  súplica de la mujer cananea es presentada con todo su dramatismo por un corazón movido por la fe. La súplica no mide, ni calcula posibilidades, solamente pide, como enseña Jesús: "pidan y se les dará", no dice calculen, o realicen un diagnóstico antes de pedir, dice pidan. Incluso la enseñanza del inoportuno vecino que viene a pedir un poco de comida para atender a su huésped inesperado, nos invita a hacerlo con insistencia.

Qué grita la mujer cananea?Clama compasión, sabemos por la Escritura, que un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia. Qué supone la compasión? La unión con el otro en su padecimiento, es no pasar indiferentemente ante el sufrimiento, es "padecer (pasión)=con.  El Señor se compadece ( padece con) se hace uno con el que sufre, se inclina para atenderlo, recordemos la parábola del buen samaritano.

Los discípulos interceden por ella, como María en Caná por los novios y la fiesta, la intercesión es inherente a todo discípulo de Cristo,  es expresión y vivencia  de la fe. A veces nuestras posibilidades son  inexistentes, pero siempre podemos interceder, abandonar las posibilidades de la intercesión denota que  el cálculo ha invalidado la verdad de fe. Nosotros le hemos puesto límites a la acción de Dios. La fe en la potencialidad de la intercesión manifiesta su lozanía y vigor.

Si lo vivido por la mujer es suficiente, que decir de las palabras de Jesús, cuando ella logra ponerse delante de Él, es decir, cuando se postra y de rodillas le suplica : "ayúdame, socórreme". Sus gestos están en consonancia con la verdad de la situación, aquí no hay súplicas distraídas, presentadas evaluando todas las posibilidades, o al modo en que uno se presenta ante una ventanilla pública para hacer un trámite. Su oración está visiblemente presente en todos su gestos, suplica con la palabra, el corazón, y con su postura corporal. Acepta recibir, si viene de Jesús, las migajas que caen de la mesa de los amos.

No puede darse un mejor final, la admiración del Señor por la fe de esta mujer "pagana": "que grande es tu fe!!! Qué maravilla lo que puede la fe! Qué gozo le produce al Señor encontrar hombres con fe! Cuánto necesita el mundo de estos hombres ! Tú y yo podemos ser uno de ellos. Todo es posible para el que cree!


lunes, 7 de octubre de 2019

BENEDICTO XVI: EL DECÁLOGO DEL SANTO ROSARIO

EL PAPA BENEDICTO XVI EN LES COMBES

1.- “El santo rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos en los que se podría pensar con nostalgia. Al contrario, el rosario está experimentado una nueva primavera”.

2.- “El rosario es uno de los signos más elocuentes del amor que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre, María”.

3.- “En el mundo actual tan dispersivo, esta oración -el rosario- ayuda a poner a Cristo en el centro como hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo, y también lo que El hacía y decía”.

4.- “Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos más importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo”.

5.- “Con María, el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús. Se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación y la meditación de sus santos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria”.

6.- “Que María nos ayude a acoger en nosotros la gracia que procede de los misterios del rosario para que, a través de nosotros, pueda difundirse en la sociedad, a partir de las relaciones diarias, y purificarla de las numerosas fuerzas negativas, abriéndola a la novedad de Dios”.

7.- “Cuando se reza el rosario de modo auténtico, no mecánico o superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Encierra en sí la fuerza sanadora del Nombre Santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada Avemaría”.

8.- “El rosario, cuando no es mecánica repetición de formas tradicionales, es una meditación bíblica que nos hace recorrer los acontecimientos de la vida de la Señor en compañía de la Santísima Virgen María, conservándolos, como Ella, en nuestro corazón”.

9.- “Ahora, que finaliza el mes de mayo, no debe cesar esta buena costumbre, es más debe proseguir todavía más con mayor compromiso de manera que, en la escuela de María, la lámpara de la fe brille cada vez más en el corazón de los cristianos y en sus casas”.

10.- “(En el rezo del rosario), os encomiendo las intenciones más urgentes de mi ministerio, las necesidades de la Iglesia, los grandes problemas de la humanidad: la paz en el mundo, la unidad de los cristianos, el diálogo entre las culturas”.

PROMESAS DE LA VIRGEN SOBRE EL SANTO ROSARIO


1. Los que fielmente me sirven mediante el rezo del Santo Rosario, recibirán insignes gracias.

2. Yo prometo mi protección especial, y las más notables gracias, a todos los que recitasen el Santo Rosario.

3. El Rosario será la defensa más poderosa contra las fuerzas del infierno. Se destruirá el vicio; se disminuirá el pecado; y se vencerá a todas las herejías.

4. Por el rezo del Santo Rosario florecerán las virtudes; y también las buenas obras. Las almas obtendrán la misericordia de Dios en abundancia. Se apartarán los corazones del amor al mundo y sus vanidades; y serán elevados a desear los bienes eternos. Ojalá que las almas hiciesen el propósito de santificarse por este medio.

5. El alma que se recomienda a mí por el rezo del Santo Rosario, no perecerá jamás.

6. El que recitase el Santo Rosario devotamente, aplicándose a meditar los Sagrados misterios, no será vencido por la mala fortuna. En su justo juicio, Dios no lo castigará. No sufrirá la muerte improvisa. Y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios; y será digno de alcanzar la vida eterna.


7. El que conserva una verdadera Devoción al Rosario, no morirá sin los Sacramentos de la Iglesia.

8. Los que fielmente rezan el Santo Rosario tendrán en la vida y en la muerte, la luz de Dios; y la plenitud de su gracia. En la hora de la muerte, participarán de los méritos de los Santos en el Paraíso.

9. Yo libraré del Purgatorio a los que han acostumbrado el rezo del Santo Rosario.
10. Los que permanecen como fieles hijos del Santo Rosario merecerán un grado elevado de gloria en el Cielo.
11. Se obtendrá todo lo que se me pidiere mediante la recitación del Santo Rosario.
12. Todos los que propagan el Santo Rosario recibirán mi auxilio en sus necesidades.
13. Para los devotos del Santo Rosario, he obtenido de mi Divino Hijo, la intercesión de toda la Corte Celestial, durante la vida y en la hora de la muerte.
14. Todos los que rezan Santo Rosario son hijos míos y hermanos de mi Único Hijo Jesucristo.
15. La Devoción al Santo Rosario es gran señal de la predestinación.

OTRAS PROMESAS DE LA VIRGEN

- Dijo la Virgen a Santa Gertrudis que “A todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

- Santa Brígida escuchó de la Virgen decir: “Yo, su Madre y Señora amantísima, saldré al encuentro de mis devotos a la hora de su muerte, para consolarlos y fortalecerlos”.

- La Virgen le dijo a Santa Matilde: “Yo a todos los que me sirven devota y santamente los quiero favorecer fidelísimamente en la hora de la muerte como madre piadosísima, y consolarlos y defenderlos”.

- La Virgen también le dijo a Santa Brígida: “Quiero, pues, que todas las Vísperas os reunáis tú y tu familia para cantar el himno AVE MARIS STELLA, y yo os auxiliaré en todas vuestras necesidades”. Y, hablando del Purgatorio le dijo: “Yo soy madre de Dios, y madre de todos los que están en el purgatorio; porque todas las penas que se han de dar a los que allí se purgan por los pecados, por mi intercesión se mitigan de alguna manera cada hora”.

- La Virgen le dijo a Santa Verónica Giuliani: “La fuente de las gracias es mi corazón, y éste será para ti voz ante Dios. No pidas nunca tú, haz pedir a mi corazón”.

- La Virgen le dijo a Don Bosco: “¡Yo amo a los Salesianos porque ellos me aman”. Apoyado en estas celestiales palabras Don Bosco dirá a sus hijos: “Cuando escribáis a vuestros padres y parientes decidles que todos los que tienen Salesianos e Hijas de María Auxiliadora se salvarán todos hasta la tercera y cuarta generación”.



viernes, 4 de octubre de 2019

BENEDICTO XVI: SAN FRANCISCO, UN GIGANTE DE LA SANTIDAD


Queridos hermanos y hermanas,
Hoy quisiera presentaros la figura de Francisco, un auténtico “gigante” de la santidad, que sigue fascinando a muchísimas personas de toda edad y toda religión.
"Nació al mundo un sol". Con estas palabras, en la Divina Commedia (Paraíso, Canto XI), el máximo poeta italiano Dante Alighieri alude al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Perteneciente a una rica familia – el padre era comerciante de telas –, Francisco transcurrió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de la época. A los veinte años tomó parte en una campaña militar, y fue hecho prisionero. Se puso enfermo y fue liberado. Tras su vuelta a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual, que le llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había llevado hasta entonces. A este periodo corresponden los célebres episodios del encuentro con el leproso, al que Francisco, bajando del caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucificado en la pequeña iglesia de San Damián. En tres ocasiones el Cristo en la cruz cobró vida, y le dijo “Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas”. Este sencillo acontecimiento de la palabra del Señor oída en la iglesia de San Damián esconde un simbolismo profundo. Inmediatamente san Francisco es llamado a reparar esta pequeña iglesia, pero el estado ruinoso de este edificio es el símbolo de la situación dramática e inquietante de la misma Iglesia en esa época, con una fe superficial que no forma y no transforma la vida, con un clero poco celoso, con el enfriamiento del amor; una destrucción interior de la Iglesia que comporta también una descomposición de la unidad, con el nacimiento de movimientos herejes. Con todo, en esta Iglesia en ruinas está en el centro el Crucifijo y haba: llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la pequeña iglesia de san Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar a la misma Iglesia de Cristo, con su radicalidad de fe y con su entusiasmo de amor por Cristo. Este acontecimiento, sucedido probablemente en 1205, hace pensar en otro acontecimiento similar, sucedido en 1207: el sueño del papa Inocencio III. Éste vio en sueños que la Basílica de San Juan de Letrán, la iglesia madre de todas las iglesias, está derrumbándose y que un religioso pequeño e insignificante apuntala con sus hombros a la iglesia para que no caiga. Es interesante notar, por una parte, que no es el Papa el que ayuda para que la Iglesia no caiga, sino un religioso pequeño e insignificante, que el Papa reconoce en Francisco cuando éste le visita. Inocencio III era un papa poderoso, de gran cultura teológica, como también de gran poder político, y sin embargo no es él el que renueva a la Iglesia, sino un pequeño e insignificante religioso: es san Francisco, llamado por Dios. Por otra parte, sin embargo, es importante observar que san Francisco no renueva la Iglesia sin o contra el Papa, sino en comunión con él. Las dos realidades van juntas: el Sucesor de Pedro, los Obispos, la Iglesia fundada sobre la sucesión de los Apóstoles, y el carisma nuevo que el Espíritu Santo crea en este momento para renovar la Iglesia. Juntos crece la verdadera renovación.
Volvamos a la vida de san Francisco. Dado que su padre Bernardone le reprochaba su demasiada generosidad hacia los pobres, Francisco, ante el obispo de Asís, con un gesto simbólico se despojó de todas sus ropas, pretendiendo así renunciar a la herencia paterna: como en el momento de la creación, Francisco no tiene nada, sino sólo la vida que Dios le ha dado, a cuyas manos se entrega. Después vivió como un eremita, hasta cuando, en 1208, tuvo lugar otro acontecimiento fundamental en el itinerario de su conversión. Escuchando un pasaje del Evangelio de Mateo – el discurso de Jesús a los apóstoles enviados a la misión – Francisco se sintió llamado a vivir en la pobreza y a dedicarse a la predicación. Otros compañeros se unieron a él, y en 1209 se dirigió a Roma, para someter al Papa Inocencio III el proyecto de una nueva forma de vida cristiana. Recibió una acogida paternal por parte de aquel gran Pontífice que, iluminado por el Señor, intuyó el origen divino del movimiento suscitado por Francisco. El Pobrecillo de Asís había comprendido que todo carisma dado por el Espíritu Santo debe ser puesto al servicio del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia; por tanto actuó siempre en comunión plena con la autoridad eclesiástica. En la vida de los santos no hay contraposición entre carisma profético y carisma de gobierno y, si se crea alguna tensión, éstos saben esperar con paciencia los tiempos del Espíritu Santo.
En realidad, algunos historiadores del siglo XIX y también del siglo pasado han intentado crear detrás del Francisco de la tradición, un 'Francisco histórico', así como se trata de crear tras el Jesús de los Evangelios un 'Jesús histórico'. Este Francisco histórico no habría sido un hombre de Iglesia, sino un hombre unido inmediatamente solo a Cristo, un hombre que quería crear una renovación del pueblo de Dios, sin formas canónicas y sin jerarquía. La verdad es que san Francisco tuvo realmente una relación inmediatísima con Jesús y con la Palabra de Dios, a la cual quería seguir sine glossa, tal como es, en toda su radicalidad y verdad. Es también verdad que inicialmente no tenía intención de crear una Orden con las formas canónicas necesarias, sino que simplemente, con la palabra de Dios y la presencia del Señor, el quería renovar al pueblo de Dios, convocarlo de nuevo a la escucha de la palabra y a la obediencia verbal con Cristo. Además, sabía que Cristo no es nunca “mío”, sino siempre “nuestro”, que a Cristo no puedo tenerlo “yo” y reconstruir “yo” contra la Iglesia, su voluntad y su enseñanza, sino sólo en la comunión de la Iglesia construida sobre la sucesión de los Apóstoles se renueva también la obediencia a la palabra de Dios.
Es también verdad que no tenía intención de crear una nueva orden, sino solamente renovar al pueblo de Dios para el Señor que viene. Pero comprendió con sufrimiento y con dolor que todo debe tener su orden, que también el derecho de la Iglesia es necesario para dar forma a la renovación y así realmente se insertó de modo total, con el corazón, en la comunión de la Iglesia, con el Papa y con los Obispos. Sabía siempre que el centro de la Iglesia es la Eucaristía, donde el Cuerpo de Cristo y su Sangre se hacen presentes. A través del Sacerdocio, la Eucaristía es la Iglesia. Donde el Sacerdocio y Cristo y comunión de la Iglesia van unidos, sólo aquí habita también la palabra de Dios. El verdadero Francisco histórico es el Francisco de la Iglesia y precisamente de esta forma nos habla también a nosotros los creyentes, a los creyentes de otras confesiones y religiones.
Francisco y sus frailes, cada vez más numerosos, se establecieron en la Porciúncula, o iglesia de Santa María de los Ángeles, lugar sagrado por excelencia de la espiritualidad franciscana. También Clara, una joven mujer de Asís, de familia noble, se puso a la escuela de Francisco. Tuvo así origen la Segunda Orden franciscana, la de las Clarisas, otra experiencia destinada a producir frutos insignes de santidad en la Iglesia.
También el sucesor de Inocencio III, el papa Honorio III, con su bula Cum dilecti de 1218 apoyó el singular desarrollo de los primeros Frailes Menores, que iban abriendo sus misiones en diversos países de Europa, e incluso en Marruecos. En 1219 Francisco obtuvo el permiso de dirigirse a hablar, en Egipto, al sultán musulmán Melek-el-Kâmel, para predicar también allí el Evangelio de Jesús. Deseo subrayar este episodio de la vida de san Francisco, que tiene una gran actualidad. En una época en la que estaba en curso un enfrentamiento entre el Cristianismo y el Islam, Francisco, armado voluntariamente solo con su fe y su mansedumbre personal, recorrió con eficacia el camino del diálogo. Las crónicas nos hablan de una acogida benevolente y cordial recibida del sultán. Es un modelo en el cual también hoy deberían inspirarse las relaciones entre cristianos y musulmanes: promover un diálogo en la verdad, en el respeto recíproco y en la mutua comprensión (cfr Nostra Aetate, 3). Parece además que en 1220 Francisco visitó Tierra Santa, echando así una semilla, que traería mucho fruto: sus hijos espirituales, de hecho, hicieron de los Lugares en los que vivió Jesús en un un ámbito privilegiado de su misión. Con gratitud pienso hoy en los grandes méritos de la Custodia Franciscana de Tierra Santa.
Vuelto a Italia, Francisco entregó el gobierno de la Orden a su vicario, fray Pedro Cattani, mientras que el papa confió a la protección del cardenal Ugolino, el futuro Sumo Pontífice Gregorio IX, a la Orden, que recogía cada vez más adhesiones. Por su parte el Fundador, dedicado completamente a la predicación que llevaba a cabo con gran éxito, redactó una Regla, después aprobada por el Papa.
En 1224, en el eremitorio de Verna, Francisco vio el Crucifijo en forma de un serafín, y del encuentro con el serafín crucificado, recibió los estigmas; se convirtió así en uno con Cristo crucificado: un don, por tanto, que expresa su identificación con el Señor.
La muerte de Francisco – su transitus – sucedió la noche del 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula. Tras haber bendecido a sus hijos espirituales, murió, acostado sobre la tierra desnuda. Dos años más tarde el Papa Gregorio IX lo inscribió en el elenco de los santos. Poco tiempo después se erigía en Asís una gran basílica en su honor, meta aún hoy de muchísimos peregrinos, que pueden venerar la tumba del santo y disfrutar la visión de los frescos de Giotto, pintor que ha ilustrado de modo magnífico la vida de Francisco.
Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. Fue también llamado el “hermano de Jesús”. En efecto, éste era su ideal: ser como Jesús, contemplar al Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera bienaventuranza del Discurso de la Montaña – Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3) – encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Verdaderamente, queridos amigos, los santos son los mejores intérpretes de la Biblia; éstos, encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atrayente que nunca, de modo que habla realmente con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con dedicación y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo también un estilo de vida sobrio y un desapego de los bienes materiales.
En Francisco el amor por Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: “Tema toda la humanidad, tiemble el universo entero y exulte el cielo, cuando sobre el altar, en la mano del sacerdote, está Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¡Oh favor estupendo! Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille tanto para esconderse para nuestra salvación, bajo una modesta forma de pan” (Francisco de Asís,Escritos, Ediciones Franciscanas, Padua 2002, 401).
En este año sacerdotal, quiero también recordar la recomendación dirigida por Francisco a los sacerdotes: “Cuando quieran celebrar la Misa, puros de forma pura, hagan con reverencia el verdadero sacrificio del santísimo Cuerpo y Sangre del Señor nuestro Jesucristo” (Francisco de Asís, Escritos, 399). Francisco mostraba siempre una gran deferencia hacia los sacerdotes, y recomendaba respetarlos siempre, incluso en el caso de que personalmente fueran poco dignos. La motivación de su profundo respeto era el hecho de que éstos han recibido el don de consagrar la Eucaristía. Queridos hermanos en el sacerdocio, no olvidemos nunca esta enseñanza: la santidad de la Eucaristía nos pide ser puros, vivir de modo coherente con el Misterio que celebramos.
Del amor de Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de fraternidad universal y de amor por la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. Como recordé en mi reciente encíclica Caritas in veritate, es sostenible solo un desarrollo que respete a la creación y que no dañe el medio ambiente (cfr nn. 48-52), y en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año he subrayado que también la constitución de una paz sólida está unida al respeto de la creación. Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. La naturaleza es entendida por él precisamente como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad divina se hace transparente y podemos nosotros hablar de Dios y con Dios.
Queridos amigos, Francisco fue un gran santo y un hombre alegre. Su sencillez, su humildad, su fe, su amor por Cristo, su bondad hacia cada hombre y cada mujer le hicieron alegre en toda situación. De hecho, entre la santidad y la alegría subsiste una relación íntima e indisoluble. Un escritor francés dijo que en el mundo hay una sola tristeza: la de no ser santos, es decir, la de no estar cerca de Dios. Mirando el testimonio de Francisco, comprendemos que éste es el secreto de la verdadera felicidad: ¡ser santos, cercanos a Dios!
Que la Virgen, tiernamente amada por Francisco, nos obtenga este don. Nos confiamos a Ella con las palabras mismas del Pobrecillo de Asís: “Santa María Virgen, no hay ninguna como tu nacida en el mundo entre las mujeres, hija y sierva del altísimo Rey y Padre celestial, Madre del santísimo Señor nuestro Jesucristo, esposa del Espíritu Santo, reza por nosotros... ante tu santísimo Hijo querido, Señor y Maestro” (Francisco de Asís, Escritos, 163).