miércoles, 27 de diciembre de 2017

BENEDICTO XVI: SAN JUAN EVANGELISTA


Queridos hermanos y hermanas:
Dedicamos el encuentro de hoy a recordar a otro miembro muy importante del Colegio apostólico: Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Su nombre, típicamente hebreo, significa "el Señor ha dado su gracia". Estaba arreglando las redes a orillas del lago de Tiberíades, cuando Jesús lo llamó junto a su hermano (cf. Mt 4, 21; Mc 1, 19).
Juan siempre forma parte del grupo restringido que Jesús lleva consigo en determinadas ocasiones. Está junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, entra en casa de Pedro para curar a su suegra (cf. Mc 1, 29); con los otros dos sigue al Maestro a la casa del jefe de la sinagoga, Jairo, a cuya hija resucitará (cf. Mc 5, 37); lo sigue cuando sube a la montaña para transfigurarse (cf. Mc 9, 2); está a su lado en el Monte de los Olivos cuando, ante el imponente templo de Jerusalén, pronuncia el discurso sobre el fin de la ciudad y del mundo (cf. Mc 13, 3); y, por último, está cerca de él cuando en el Huerto de Getsemaní se retira para orar al Padre, antes de la Pasión (cf. Mc 14, 33). Poco antes de Pascua, cuando Jesús escoge a dos discípulos para enviarles a preparar la sala para la Cena, les encomienda a él y a Pedro esta misión (cf. Lc 22, 8).
Esta posición de relieve en el grupo de los Doce hace, en cierto sentido, comprensible la iniciativa que un día tomó su madre: se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos, Juan y Santiago, se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en el Reino (cf. Mt 20, 20-21). Como sabemos, Jesús respondió preguntándoles si estaban dispuestos a beber el cáliz que él mismo estaba a punto de beber (cf. Mt 20, 22). Con estas palabras quería abrirles los ojos a los dos discípulos, introducirlos en el conocimiento del misterio de su persona y anticiparles la futura llamada a ser sus testigos hasta la prueba suprema de la sangre. De hecho, poco después Jesús precisó que no había venido a ser servido sino a servir y a dar la vida como rescate por muchos (cf. Mt 20, 28). En los días sucesivos a la resurrección, encontramos a los "hijos de Zebedeo" pescando junto a Pedro y a otros discípulos en una noche sin resultados, a la que sigue, tras la intervención del Resucitado, la pesca milagrosa: "El discípulo a quien Jesús amaba" fue el primero en reconocer al "Señor" y en indicárselo a Pedro (cf. Jn 21, 1-13).
Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan ocupó un puesto importante en la dirección del primer grupo de cristianos. De hecho, Pablo lo incluye entre los que llama las "columnas" de esa comunidad (cf. Ga 2, 9). En realidad, Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, lo presenta junto a Pedro mientras van a rezar al templo (cf. Hch 3, 1-4. 11) o cuando comparecen ante el Sanedrín para testimoniar su fe en Jesucristo (cf. Hch 4, 13. 19). Junto con Pedro es enviado por la Iglesia de Jerusalén a confirmar a los que habían aceptado el Evangelio en Samaria, orando por ellos para que recibieran el Espíritu Santo (cf. Hch 8, 14-15). En particular, conviene recordar lo que dice, junto con Pedro, ante el Sanedrín, que los está procesando: "No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Precisamente esta valentía al confesar su fe queda para todos nosotros como un ejemplo y un estímulo para que siempre estemos dispuestos a declarar con decisión nuestra adhesión inquebrantable a Cristo, anteponiendo la fe a todo cálculo o interés humano.
Según la tradición, Juan es "el discípulo predilecto", que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena (cf. Jn 13, 25), se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25) y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado (cf. Jn 20, 2; 21, 7).
Sabemos que los expertos discuten hoy esta identificación, pues algunos de ellos sólo ven en él al prototipo del discípulo de Jesús. Dejando que los exegetas aclaren la cuestión, nosotros nos contentamos ahora con sacar una lección importante para nuestra vida: el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos: por esto, Jesús dijo un día: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. (...) No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 13. 15).
En el libro apócrifo titulado "Hechos de Juan", al Apóstol no se le presenta como fundador de Iglesias, ni siquiera como guía de comunidades ya constituidas, sino como un comunicador itinerante de la fe en el encuentro con "almas capaces de esperar y de ser salvadas" (18, 10; 23, 8).
Todo lo hace con el paradójico deseo de hacer ver lo invisible. De hecho, la Iglesia oriental lo llama simplemente "el Teólogo", es decir, el que es capaz de hablar de las cosas divinas en términos accesibles, desvelando un arcano acceso a Dios a través de la adhesión a Jesús.
El culto del apóstol san Juan se consolidó comenzando por la ciudad de Éfeso, donde, según una antigua tradición, vivió durante mucho tiempo; allí murió a una edad extraordinariamente avanzada, en tiempos del emperador Trajano. En Éfeso el emperador Justiniano, en el siglo VI, mandó construir en su honor una gran basílica, de la que todavía quedan imponentes ruinas. Precisamente en Oriente gozó y sigue gozando de gran veneración. En la iconografía bizantina se le representa muy anciano y en intensa contemplación, con la actitud de quien invita al silencio.
En efecto, sin un adecuado recogimiento no es posible acercarse al misterio supremo de Dios y a su revelación. Esto explica por qué, hace años, el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, a quien el Papa Pablo VI abrazó en un memorable encuentro, afirmó: "Juan se halla en el origen de nuestra más elevada espiritualidad. Como él, los "silenciosos" conocen ese misterioso intercambio de corazones, invocan la presencia de Juan y su corazón se enciende" (O. Clément, Dialoghi con Atenagora, Turín 1972, p. 159). Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de san Juan para aprender la gran lección del amor, de manera que nos sintamos amados por Cristo "hasta el extremo" (Jn 13, 1) y gastemos nuestra vida por él.
*  *  *
Juan, hijo de Zebedeo
Audiencia General
Miércoles 5 de julio de 2006

martes, 26 de diciembre de 2017

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO: NAVIDAD ES ALEGRÍA SIN NOSTALGIAS...

Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que viene.

Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.

Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de clausura que estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente locas.

Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.

¡Alegría, alegría para todos!

Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros.

Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.

Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar.

Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.

La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.

Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes, pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, al pequeño Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a los pequeños.

Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios que los hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo hubiera revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a los otros.

Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.

Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría que redescubrir juntos la fraternidad?

Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que necesita su amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en sus corazones será Navidad.

DIÁCONO JORGE NOVOA: HAY QUE VOLVERSE HIJOS (NIÑOS) ( Mt 18,1-5.10.12-14)

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
-«¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
-«Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mi. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»


La pregunta inicial, dirige la temática abordada por Jesús para instruir a sus discípulos, sobre algo central: quién es  el más "importante" o el más "grande" en el Reino  de los cielos?

Cómo se mide esta supuesta grandeza o importancia? Sirven de algo los parámetros que utiliza la cultura contemporánea? Quienes son "importantes" o "grandes" según el "mundo"?

La soberbia y vanidad que anidan en el corazón humano reclaman reconocimientos y puestos de destaque, este pecado se encuentra presente en el mundo religioso, Jesús lo ha denunciado en los escribas y fariseos, decía que ellos,  apreciaban ser reconocidos y  saludados con deferencia. El corazón de los creyentes, de modo desordenado, crece en los reclamos de reconocimientos y distinciones, juzga de las cosas de Dios según las categorías que impone la cultura de la vanidad.

Jesús responde, poniendo ante ellos a un niño e invitando a volverse como él. Si de algo estamos seguros,  es que esta presencia, la del niño, hace comprender la respuesta a la pregunta, el niño no vive movido por los reconocimientos humanos.

La tarea es "volverse niños",dependientes del Padre celestial que ve en lo secreto y recompensa dándose él mismo, aceptando el auxilio de la Providencia, que cuida de las aves del cielo y los lirios del campo. Esto es lo que vuelve "grandes"  a los discípulos, la confianza en el Padre y el abandono confiado en sus brazos. Aquí sí hay grandeza , evangelicamente hablando, cuando los corazones  se filializan en el amor del Padre y viven de cara a Él.

Atenta contra esto la autosuficiencia y soberbia que muchas veces anidan en nuestros corazones, y que es necesario con la gracia de Dios extirpar. El que cree que todo lo puede o que no necesita nada ,ni de nadie, se excluye de la obra de filialización del corazón. Ser grande es vivir recibiéndose  como don del Padre,  sirviendo a los hermanos con generosidad, siendo evangélicamente pobres, es decir, colmados por la superabundancia de amor de Dios.

El niño tiene tiempo, tiempo gratuito no acaparado avaramente, sin agendas en las que de antemano se ha vendido cada minuto a lo importante, en donde nunca aparece Dios. En el niño aparece siempre la capacidad de asombro, esa que Jesús expresa con oraciones al Padre: te doy gracias Padre...

Los rasgos del niño-hijo hay que buscarlos en Jesús. Resaltan su humildad y mansedumbre, su existencia eucarística, vivida en una permanente acción de gracias, consciente de recibirse del Padre y de ser don para la humanidad.

Ser niños, es vivir  a ejemplo de Jesús las bienaventuranzas ,lo que tenemos, lo hemos recibido, aquí está nuestra seguridad, no en que buscamos reconocimientos , buscamos la Gloria de Dios. Qué paz podemos experimentar!!! Sabemos que podemos correr a los brazos del Señor si estamos atemorizados, que podemos elevarnos por la acción del Espíritu y clamar, Padre.

Finalmente la maravillosa paradoja divina, en el Reino los pequeños son grandes. El Señor nos enseña a ver en ese niño, lo que significa, lo que supone ser grandes para el Reino, y nos enseña a valorar e imitar,  a los "grandes" a los ojos de Dios.

lunes, 25 de diciembre de 2017

HANS URS VON BALTHASAR: NAVIDAD

ls 52,7-10; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18
La Palabra se hace carne. En el grandioso  prólogo de Juan se despliega ante nosotros toda la plenitud del plan divino de la salvación. Ciertamente dentro de la historia surge el testigo que como testimonio del precursor del más grande es la entrada en nuestro mundo de aquel que en el principio, antes de la creación de todo mundo, estaba junto a Dios y como Dios ha creado, vivificado e iluminado todo en el mundo. Navidad no es un acontecimiento intrahistórico, sino la irrupción de la eternidad en el tiempo.  Por eso Pascua tampoco será un mero evento intrahistórico, sino el retorno del Resucitado desde la historia de la eternidad.La ley dada por Moisès era intrahistórica, pero toda ella remitìa prolèpticamente al verdadero intèrprete de Dios, el “único que es Dios y està al lado del Padre,, el que nos ha mostrado a Dios tal cual es, como gracia y verdad. Verdad quiere decir: Dios es asì; y gracia quiere decir: Dios es amor puro y gratuito. Este primero de todos ha venido hoy al mundo, al mundo que èl ha creado y que le pertenece. Hay muchos hombres que no  le conocen y no le aceptan, pero a nosotros, que creemos y le amamos, se nos ha dado la gracia de poder acogerlo en nosotros , y por èlmcon èl llegar a ser hijos de Dios. Navidad no es sòlo su nacimiento, debe ser también nuestro nacimiento de Dios junto con èl.

Hoy  te he engendrado. La segunda lectura,de la carta a los Hebreos , habla igualmente  de la divinidad del Verbo encarnado. Mientras que Juan acentúa más el alfa, ahora se pone el acento sobre la omega: en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente. Ahora, en esta etapa final, al final de la historia en  la omega, el Padre ha resumido todo en una única Palabra. Pero este orien y este final de todas las cosas es un acontecimiento en el hoy. En Dios no hay ni pasado ni futuro, sino eterno presente, eterno hoy se hace presente  en lo temporal. Esto significa no solamente que todo lo precedente, lo veterotestamentario, era desde siempre el alba de este hoy , sino también que el hoy de la irrupción del acontecimiento eterno en Dios jamás podrá convertirse en un pasado temporal. En cada fiesta de Navidad, el ahora de la venida de Dios al mundo no solamente se hace de nuevo actual, sino que no puede, en ningún momento de la vida cotidiana, no ser presente. Las fiestas nos recuerdan solamente, a nosotros, hombres olvidadizos, que la entrada de Dios en la historia se realiza siempre ahora. El Señor que viene cada vez, está siempre por venir de nuevo; él nunca se aleja para poder venir de nuevo. Esto es precisamente lo que hay que tener presente para su venida eucarística.
Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios. En la primera lectura el profeta introduce otros dos elementos: en primer lugar la existencia de los mensajeros del gozo que anuncian la venida del Señor. Sin esta llamada permanente y este regocijo de los mensajeros, tal vez olvidáramos la venida del Señor. Mensajeros eran los profetas, mensajero es la Sagrada Escritura; mensajeros son en la Iglesia los santos y todos aquellos que están animados por el Espíritu Santo. Y el segundo elemento es que el mensaje gozoso de la Iglesia no es una doctrina secreta sólo conocida en algunos círculos esotéricos, sino que es un mensaje abierto al mundo: el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. En la revelación de Cristo no hay nada oculto. Jesús dirá ante Pilato: Yo he hablado públicamente a todo el mundo, siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen los judíos. La profundidad de su revelación es desde el principio un misterio sagrado, pero públicamente revelado.

sábado, 23 de diciembre de 2017

HANS URS VON BALTHASAR: NOCHE BUENA

Is 9,1-3.5-6 ; Tt 2,11-14 ; Lc 2, 1-14
 
El signo del Niño. La providencia de Dios crea la constelación perfecta que se requiere para el acto central de la historia de mundo. El Mesías, en el evangelio, debe no solamente descender de la estirpe de David, por medio de José, sino también nacer en la ciudad de David. El decreto del emperador romano debe contribuir a ello. El Mesías debe nacer como niño porque así lo quiere la profecía: Un niño nos ha nacido. Y sólo porque es un niño su reino será grande. El Niño debe nacer en la pobreza del mundo (no es casual que no haya sitio en la posada), para participar así desde el principio en su pobreza. Y si sobre esta amarga pobreza (de un establo y un pesebre) se manifiesta todo el esplendor del cielo, es sólo para, desde el gran canto de alabanza, remitir a la gente sencilla al signo más pobre todavía: en la hora suprema del cumplimiento de Israel, ésta es la señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Es como una universalidad vertical: entre la gloria más esplendente de arriba y la pobreza más extrema de abajo, reina una perfecta correspondencia y unidad.

Termina la guerra. La gran alegría mesiánica resuena en la primera lectura –la profecía de Isaías- en la luz que resplandece sobre la humanidad que caminaba en tinieblas; con motivo del nacimiento del niño, su júbilo aumenta como en una donación festiva. Nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado. Todo lo que el niño será y hará, lo será y lo hará por nosotros. La profecía cumplida del Mesías sobre el trono de David nos dice que la paz hasta ahora inimaginable y la plena justicia de la alianza han comenzado definitivamente desde ahora y por siempre. Esta paz era inconcebible hasta el presente porque tiene el poder de acabar con la guerra; por este motivo, el nuevo soberano debe llamarse a la vez Dios guerrero y Príncipe de la paz. Jesús dirá las dos cosas: él ha venido para traer la paz y la espada; pero una espada que puede y debe destruir la guerra y traer una paz sin límites. Se trata de una nueva universalidad sobre todas las fuerzas y posibilidades del hombre: la guerra que supone tomar partido por el niño y comprometerse con su causa será el camino hacia su reino de paz. La muerte ha sido absorbida en la victoria (1 Co 15,54) y la guerra en la paz.

Para salvar a todos los hombres
. La última universalidad, por así decirlo horizontal, es proclamada en la segunda lectura, de la carta a Tito, que extiende la mesianidad del Niño más allá de Israel, a toda la humanidad. El pueblo purificado, que es propiedad particular de Dios, no será ya un pueblo separado del resto de los pueblos, sino que todos los que en el mundo entero se decidan a pasar del ateísmo al seguimiento de Cristo, pertenecerán en lo sucesivo a él. Por eso aquí, desde la Navidad, se mira prolépticamente a la cruz: a la entrega de Jesús por nosotros (pro nobis) para rescatarnos de toda impiedad (v.14). Navidad, como descenso de Dios en la pobreza, no es más que el preludio de lo que se consumará después en la cruz y en Pascua: la redención no sólo de Israel, sino la salvación de toda la humanidad. Como dicen los Padres de la Iglesia: Se hizo hombre para poder morir.

jueves, 21 de diciembre de 2017

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y LA NAVIDAD


Relato de Tomás de Celano (1 Cel 84-87)


Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.

DIÁCONO JORGEN NOVOA: TODA HISTORIA TIENE UN COMIENZO...



El Padre Eterno, en una de esas mañanas eternas, sin principio ni fin, presentaba un gozo sumamente especial. En ese momento de eternidad, y apoyado en una de las tantas nubes con forma de mesa, comenzó a escribir una carta a modo de invitación eterna. En el cielo, los coros angélicos comprendieron que la decisión era importante, y por ello guardaron un silencio solemne: ¿quién sería el destinatario de esa invitación tan importante que produce tal alegría en  el Padre Eterno? Porque alegrías, siempre las hay en el cielo, pero que ellas desborden   así al Padre Eterno, que se manifiesta hasta en su caminar, eso es menos frecuente.

El  Padre escribía lleno de gozo la invitación, para una persona muy singular y tal era la misión, que encomendó a uno de sus mensajeros más eficientes, que la entregará en mano propia. Entre otros consejos, el Padre le recomendó, debido a la solemnidad del anuncio, que lo leyera  pausadamente él mismo, y con mucha reverencia. Así se lo comunicó a Gabriel, uno de los arcángeles que recibió de Dios este maravilloso encargo. Gabriel como todo emisario responsable, y máxime cuando se tiene a un jefe tan poderoso, se preparó para la misión.

El  Padre con los recaudos propios de su amor, había escrito la invitación en un papel invisible, como era tan importante,  prefirió que  Gabriel únicamente pudiera leerla. Ciertamente que la carta estaba lacrada, y a modo de cerradura, contenía dos letras separadas por un guión: ellas eran S-I. Como iba dirigida a una persona concreta y el Padre respeta y posibilita la libertad de cada uno, nuestro valioso mensajero podría únicamente abrirla cuando se encontrara delante de su destinatario. También recibió los datos necesarios para encontrar a su destinatario, Gabriel mientras oía  las indicaciones  del Padre, utilizó la misma lapicera del Padre Eterno para anotar la dirección. Era una pequeña hoja de ruta, que le indicaría la dirección correcta. Gabriel el día de la partida estaba nervioso por la misión encomendada, saludó eternamente a las huestes angélicas y con especial reverencia a Dios. Esa mañana eterna, sin principio ni fin, en el momento de la partida sonaron en la casa del Padre Eterno las trompetas. Aunque desconocían el contenido de la invitación, todos se alegraban con la alegría del Padre Eterno.

Gabriel desde la eternidad viajó con destino a la tierra, y aunque fue un instante, ya se sentía el peso del tiempo. Gabriel buscó su hoja de ruta, y desolado constató que la letra había desaparecido, inmediatamente recordó que había utilizado la lapicera que el Padre Eterno tiene para los mensajes reservados. Qué tremenda situación!!! ¿Cómo podía cumplir con la misión encomendada? Apenas pudo, constató que se encontraba en lo que llamaban Imperio Romano, pensó en lo importante del mensaje que portaba, y sin otra cavilación, averiguó que la ciudad   en que se encontraba estaba en Grecia,  sin ser percibido presenció la conversación de dos hombres de esa tierra  que platicaban sobre el Bien y la Verdad, esto lo alegró grandemente. Uno de ellos habló del Ágora, lugar público, al que acuden los más importantes y prestigiosos oradores, Gabriel pensó que tal vez allí podría encontrar a su destinatario. Y así se consumió el día, Gabriel  una y otra vez, se detenía delante  de las distintas personalidades portando en su mano  la invitación, él sabía que las letras  aparecerían al estar frente al destinatario. Pero todo fue en vano.

Allí mismo oyó hablar de emperadores y senadores romanos. Nuestro mensajero recorrió una y otra vez sus palacios, deteniéndose frente a ellos, pero todo fue infructuoso.

En ese mismo instante, regresaba del Medio Oriente, el hijo del Emperador que en medio de burlas y desprecios, contó sobre un pueblo que decía  aguardar la llegada del Mesías y adorar al Dios verdadero. Gabriel afinó el oído, algo le hacía reconocer las huellas del Creador. Narraba este pichón de Emperador, para ejemplificar la fe de ese pueblo, que un tal Simeón, hombre mayor y sabio, había sido investigado por el servicio secreto, debido a la extraña ruta que recorría cada día, a lo largo de su vida. Iba de su casa al Templo.  Había declarado, en el interrogatorio, ser portador de una promesa de Dios que le permitía esperar con confianza su cumplimento. Jerusalén, escuchó Gabriel, y en un abrir y cerrar de ojos se encontraba en el Templo. Allí se respiraba cierto perfume del Padre Eterno, por lo cual, comenzó nuevamente su recorrida, pero lamentablemente no halló en el Templo la posibilidad de entregar el mensaje.

A la hora señalada, llegó Simeón, su rostro parecía iluminado, su paso firme y decidido expresaban su fe y amor. Conversó con otros judíos piadosos, sobre las promesas de Dios y su fiel cumplimiento. Gabriel recordaba las letras claves, que la invitación  tenía a modo de contraseña; S-I. Simeón…, balbuceó Gabriel, lleno de felicidad. Pensando que había encontrado a su  destinatario, presuroso se detuvo frente a él con la misiva del Padre, pero ésta se mantuvo oculta. Y sin mucho tiempo que perder, se apostó en el pórtico del Templo para decidir la nueva ruta. El bullicio era grande, y los peregrinos entraban y salían del Templo. De pronto, lo sorprendió el grito de uno de ellos: Nazaret,  a los habitantes de Nazaret, está a punto de partir  la caravana de los peregrinos que regresan en dirección de Nazaret. El nombre le resultó conocido. Algunos hombres de Jerusalén, al escuchar Nazaret, comentaban en voz baja: " ¿acaso puede ocurrir algo importante en Nazaret?". Uno de los hombres que se abría paso presurosamente, y por las herramientas que llevaba parecía carpintero, fue llamado desde lejos por su nombre; José. Al pasar frente a nuestro mensajero, las letras del mensaje por un instante destellaron.

Gabriel comprendió que José tenía algo que ver en esta historia y a paso cansino, para un ángel, emprendió detrás de la caravana la ruta en dirección de Nazaret. Al llegar, José se despidió de sus paisanos y en su camino, se encontró con un hombre mayor, llamado Joaquín. Intercambiaron el característico Shalom, y conversaron amablemente sobre una joven, ¡qué sorpresa fue para Gabriel, constatar que con solo mencionar su nombre, las letras aparecían! Se llamaba María. La posta había cambiado nuevamente, ahora Gabriel caminaba en dirección de la casa de Joaquín, allí estaban Ana y María. Al llegar, Ana le comentó a Joaquín que María estaba en su habitación…Gabriel con el mensaje en sus manos iba en dirección de la habitación de María, las letras, a media que se aproximaba,  iban creciendo en intensidad hasta mostrase claramente. Gabriel, abrió el mensaje, había encontrado  a su destinatario, por lo cual comenzó diciendo…"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…

Luego de cerrar la misiva descubrió que la clave se había modificado, entre la S y la I, ya no se encontraba el guión, ahora brillaba luminosamente un SI.  Gabriel sonrió frente a la más dulce de todas las criaturas y comprendió el caminar gozoso del Padre Eterno. Intuyó  que ahora era portador de la respuesta, Él conocía perfectamente el camino, y también a su destinatario. Y como dicen los cuentos; colorín, colorado, esta historia ha comenzado…

PD: Dios siempre se las ingenia, si extraviamos nuestra hoja de ruta, Él pone luces en el camino para que lleguemos a nuestra meta. Si buscamos donde no debemos, Él siempre nos dará una nueva oportunidad, pero recuerda, Dios tiene unos caminos maravillosos, no te desanimes, emprende tu búsqueda, tal vez Él, como Gabriel, está detrás de ti llamándote…Anímate a retirar el guión que separa las letras de tu Si. Toda historia tiene un comienzo…tal vez hoy sea tu oportunidad.

BENEDICTO XVI: LA ORACIÓN Y LA ESPERANZA

Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo.


De sus trece años de prisión, nueve de los cuales en aislamiento, el inolvidable Cardenal Nguyen Van Thuan nos ha dejado un precioso opúsculo: Oraciones de esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad.

HANS URS VON BALTHASAR: CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (B)


2 S 7,1-5.8b-12,14a.16 ; Rm 16, 25-27 ; Lc 1,26-38

La casa de David. En la primera lectura, el rey David, que habita en su palacio, tiene mala con ciencia de que, mientras él vive en casa de cedro, Dios tenga que conformarse con una simple tienda. Por eso decide, como hacen casi todos los reyes de los pueblos, construir una morada digna para Dios. Pero entonces el propio Dios interviene, y sus palabras son tanto una reprensión como una promesa. David olvida que es Dios el que ha construido todo su reino, desde el mismo instante en que, siendo David un simple pastor de ovejas, le ungió rey, acompañándole desde entonces en todas sus empresas. Pero la gracia llega aún más lejos: la casa de Dios ha comenzado, el mismo Dios la construirá hasta el final: en la descendencia de David y finalmente en el gran descendiente suyo con el que culminará la obra. Dios no habita en la soledad de los palacios, sino en la compañía los hombres que creen y aman; éstos son sus templos y sus iglesias, y nunca conocerán la rutina. La casa de David se consolidará y durará por siempre en su hijo. Esto se cumple en el evangelio.

La Virgen desposada con un varón de la casa de David es elegida por Dios para ser un templo sin igual. Su hijo, concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo, establecerá su morada en ella, y todo el ser de la Madre contribuirá a la formación del Hijo hasta convertirlo en un hombre perfecto. También aquí el trabajo de Dios no comienza sólo desde el instante de la Anunciación, sino desde el primer momento de la existencia de María. En su Inmaculada Concepción, Dios ha comenzado ya a actuar en su templo: sólo porque Dios la hace capaz de responderle con un sí incondicional, sin reservas, puede establecer su morada en ella y garantizarle, como a David, que esta casa se consolidará y durará por siempre. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. El Hijo de María es mucho más que el hijo de David: Es más que Salomón. (Mt 12,42). El propio David lo llama Señor (Mt 22,45). Pero aunque Jesucristo edificará el templo definitivo de Dios con piedras vivas (1 P 2,5) sobre sí mismo como piedra angular, nunca olvidará que se debe a la morada santa que es su Madre, al igual que procede de la estirpe de David por José. La maternidad de María es tan imperecedera que Jesús desde la cruz la nombrará Madre de su Iglesia: ésta procede ciertamente de su carne y sangre, pero su Cuerpo místico, la Iglesia, al ser el propio cuerpo de Jesús, no puede existir sin la misma Madre, a la que él mismo debe su existencia. Y a los que participan, dentro de la Iglesia, en la fecundidad de María, él les da también una participación en su maternidad (Metodio, Banquete III, 8).

El templo que Dios se construye no se concluirá hasta que todas las naciones hayan sido traídas a la obediencia de la fe. Eso es precisamente lo que se anuncia al final de la carta a los Romanos. Esta construcción definitiva es operada por los cristianos ya creyentes, que no se encierran dentro de su Iglesia, sino que están abiertos al misterio que les ha sido revelado por Dios y, en razón de la profecía de los Escritos proféticos, en los que se habla de David y de la Virgen, creen que el evangelio no se limita exclusivamente a la Iglesia, sino que afecta al mundo en su totalidad. El templo construido por Dios remite siempre, más allá de sí mismo, a una construcción mayor que ha sido proyectada por Dios y que no concluirá hasta que haga de los enemigos de Cristo estrado de sus pies y Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza (1 Co 15,24s).

miércoles, 20 de diciembre de 2017

DIÁCONO JORGE NOVOA: UNA NOCHE EN BELÉN


La gente agolpada de forma poco habitual, en la tranquila Belén, intentaba ubicarse en algún sitio. El censo decretado por el Emperador, había congregado a los descendientes de David, que venidos desde  los más inescrutables rincones de Israel, buscaban un lugar para descansar. Eran tantos y estaban tan apresurados, que en medio del día que moría lentamente, llegaba la noche amenazante para los visitantes circunstanciales que buscaban alojamiento. En esa persistente búsqueda, el NO había caído una y otra vez, sobre el matrimonio de María y José.

Era un NO que se asociaba a la noche. Un NO de puertas cerradas para los visitantes, pues, "en la posada no había lugar para ellos", y en medio de tantos NO, con la sensación de abandono, y  orfandad que producen. Surge la pregunta;  ¿quién velará por nosotros? Pues, este inhóspito recibimiento presagiaba un rechazo. Ante el multiforme NO del hombre a Dios, se aproxima el eterno SI de Dios que avanza presuroso entre las situaciones humanas que obstaculizan su realización. El SI eterno desembarcó en el si temporal de María y José, encontrando un hueco con forma de hogar, en donde recalar para quedarse con nosotros. Cálidamente preparado por Dios desde la eternidad en María.

La noche, lentamente y en forma imperceptible, comenzó a ser invadida por una luz peculiar, que no tiene su origen en la que refleja  la luna. Los pastores que cuidaban "por turnos el rebaño" se pusieron en camino, atraídos por aquel espectáculo maravilloso, pudiendo comprobar con sorpresa, que  la luz venía de un establo. Y era tan potente, que la estrella que se había posado sobre el, parecía una vela mortecina a punto de extinguirse.

A mediada que los intrigados pastores se aproximaban, crecían  los interrogantes sobre lo que estaban presenciando, ¿qué habrá dentro de la cueva que produce esa luz potente?

Los pastores al entrar en aquel recinto sagrado, sintieron  como Moisés, que la tierra que pisaban era santa. La luz misteriosa la irradiaba el  Niño. Era una luz tan amable, con un fulgor  comparable al del sol, en el que  la pobreza del establo había cobrado un brillo sin igual. Su Madre era en aquel establo la Luna, invadida por la acción de su Hijo, irradiaba una luz tan dulce como su rostro. En medio del silencio sagrado, María y José recordaban lo anunciado por el profeta Isaías: "En medio de la noche brilló una gran Luz…".

Los rostros en torno al Niño se llenaron de asombro y admiración.  Las voces endebles de los hombres fueron socorridas por los coros angélicos que glorificaban a Dios. A medida que los pastores iban llegando, se arrodillaban, y se decían suavemente unos a otros, "venid adoremos al niño".

La noche no pudo contener tanta Luz, de esta Gloria da testimonio la Iglesia. En medio de la noche de todos los tiempos, "  brilla una gran luz ". Adoremos al Señor con un silencio lleno de esperanza que embargue nuestro corazón.  Venid amigos, adoremos al Señor.

Para todo peregrino que no entra en el establo, la pregunta que éste suscita permanece sin respuesta.  Los que observan, Belén desde fuera, no comprenden su  belleza eterna.

Tal vez podamos acercarnos humildemente a su Verdad, y adorar al Niño con los magos y pastores, contemplando el rostro dulce de su Madre y la nobleza sutil que se desliza en la mirada de  José su custodio. Al encontrarlo en el pesebre podemos intentar inclinarnos ante él, para beber de su secreto gozo, de su verdad inefable, y de su silencioso encanto.

"La noche no interrumpe tu historia con el hombre, la noche es tiempo de salvación"

JOSEPH RATZINGER: EL BUEY Y EL ASNO JUNTO AL PESEBRE



En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría, contacto con la bondad de nuestro Dios y, de ese modo, ánimos renovados para seguir adelante. Al empezar esta pequeña reflexión sobre lo que esta fiesta puede decirnos hoy, tal vez resulte útil una breve mirada al origen de la celebración de la Navidad.

El año litúrgico de la Iglesia se ha desarrollado ante todo, no desde la consideración del nacimiento de Cristo, sino desde la fe en su resurrección. Por tanto, la fiesta originaria de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua. Pues de hecho, sólo la resurrección ha fundamentado la fe cristiana y ha hecho existir a la Iglesia. Por eso, ya Ignacio de Antioquia 8muerto como muy tarde el 117 d.C) llama a los cristianos aquellos que "ya no guardan el sábado, sino que viven según el día del señor": ser cristiano significa vivir pascualmente, desde la resurrección, que se conmemora en la semanal celebración del domingo. Seguramente el primero en afirmar que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204 d.C.;el antiguo exegeta de Basilea Bo Reicke remitía además al calendario de fiestas, según el cual en el evangelio de Lucas los relatos del nacimiento del Bautista y del nacimiento de Jesús están referidos uno al otro. De esto se seguiría que ya Lucas en su evangelio presupone el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. En este día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del Templo introducida en el año 164 a.C por Judas Macabeo; de ese modo la fecha del nacimiento de Jesús simbolizaría al mismo tiempo que con él, apareció la luz de Dios en la noche invernal, tenía lugar la verdadera dedicación del templo: la llegada de Dios en medio de esta tierra.

Sea como fuere, la fiesta de Navidad no adquirió en la cristiandad una forma clara hasta el siglo IV, cuando desplazó la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; sin embargo, por las anotaciones de Bo Reicke ha quedado patente que, en esta refundición de una fiesta pagana en una solemne festividad cristiana, se asumió una ya antigua tradición judeo cristiana.

El especial calor de la fiesta de Navidad nos afecta tanto, que en corazón de la cristiandad ha sobrepujado con mucho a la pascua. Pues bien, en realidad ese calor se desarrolló por vez primera en la Edad Media, y fue Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al Dios con nosotros, ayudó a materializar esta novedad. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, cuenta en la segunda descripción que hace de su vida lo siguiente." Más que ninguna otra fiesta celebraba la navidad con una alegría indescriptible. Decía que esta era la fiesta de las fiestas, pues en este día Dios se hizo niño pequeño, y mamó leche como todos los niños. Francisco abrazaba -¡con tanta ternura y devoción!- las imágenes que representaban al niño Jesús, y balbuceaba lleno de piedad, como los niños, palabras tiernas. El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel.

De tales sentimientos surgió, pues, la famosa fiesta de Navidad de Greccio, a la que podría haberle animado su visita a Tierra Santa y al pesebre de Santa María la Mayor en Roma; lo que le movía era el anhelo de cercanía, de realidad; era el deseo de vivir en Belén de forma totalmente presencial, de experimentar inmediatamente la alegría del nacimiento del niño Jesús y de compartirla con todos sus amigos.

De esta noche junto al pesebre habla Celano, en la primera biografía, de un manera que continuamente ha conmovido a los hombres y, al mismo tiempo, ha contribuido decisivamente a que pudiera desarrollarse la más bella tradición navideña: el pesebre. Por eso podemos decir con razón que la noche de Greccio regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de forma totalmente nueva, de manera que su propio mensaje, su especial calor y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una nueva dimensión. La festividad de la resurrección había centrado la mirada en el poder de Dios, que supera la muerte y nos enseña a esperar en el mundo venidero. Pero ahora se hacía visible el indefenso amor de Dios, su humildad y bondad, que se nos ofrece en medio de este mundo y con ello nos quiere enseñar un género nuevo de vida y de amor.

Quizá sea útil detenernos aquí un momento y preguntar:¿Dónde se encuentra exactamente ese lugar, Greccio, de que modo ha llegado ha tener para la historia de la fe un significado totalmente propio? Es una pequeña localidad situada en el valle Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma en dirección nordeste. Lagos y montañas dan a la comarca su encanto especial y su belleza callada, que todavía hoy nos sigue conmoviendo, especialmente porque apenas se ha visto afectada por la agitación del turismo. El convento de Greccio, situado a 638 metros de altitud, ha conservado algo de la simplicidad de los orígenes; ha permanecido sencillo, como la pequeña aldea que está a sus pies; el bosque lo circunda como en tiempos del Poverello e invita a la estancia contemplativa. Celano dice que Francisco amaba especialmente a los habitantes de este lugar por su pobreza y simplicidad; venía hasta aquí a menudo a descansar, atraído por una celda de extrema pobreza y soledad en la que podía entregarse sin ser molestado a la contemplación de las cosas celestiales. Pobreza-simplicidad-silencio de los hombres y hablar de la creación: ésas eran, al parecer, las impresiones que para el Santo de Asís se conectaban con este lugar. Por eso pudo convertirse en su Belén e inscribir de nuevo el secreto de Belén en la geografía de las almas.

Pero volvamos a la Navidad de 1223. Las tierras de Greccio habían sido puestas a disposición del pobre de Asís por un noble señor de nombre Juan, del que Celano cuenta que, pese a su alto linaje y su importante posición, "no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre y deseaba más bien alcanzar la del alma". Por eso lo amaba Francisco.

De este Juan dice Celano que aquella noche se le concedió una gracia de una visión milagrosa. Vio yacer inmóvil sobre el comedero a un niño pequeño, que era sacado de su sueño por la cercanía de san Francisco. El autor añade:"Esta visión correspondía en realidad a lo que sucedió, pues de hecho hasta aquella hora el Niño Jesús estaba hundido en el sueño del olvido en muchos corazones. Gracias a su siervo Francisco fue reavivado su recuerdo, en indeleblemente impreso en la memoria".

En esta imagen se describe muy exactamente la nueva dimensión que Francisco con su fe, que impregna alma y corazón, regaló a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de la revelación de Dios, que precisamente se encuentra en el niño Jesús. Precisamente así Dios ha llegado a ser verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros, alguien de quien no nos separa ninguna barrera de sublimidad ni de distancia: en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros, que le decimos sin temor tú, podemos tutearle en la inmediatez del acceso al corazón infantil.

En el niño Jesús se manifiesta de forma suprema la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde fuera, sino ganar desde dentro, transformar desde el interior. Si algo puede vencer la arbitrariedad del hombre, su violencia, su codicia, es el desamparo del niño. Dios lo ha aceptado para vencernos y conducirnos a nosotros mismos.

No olvidemos además, que el título supremos de Jesucristo es el de Hijo - Hijo de Dios-; la dignidad divina se designa con una palabra que muestra a Jesús como niño perpetuo. Su condición de niño se encuentra en una correspondencia sin para con su divinidad, que es la divinidad del Hijo. Así, su condición de niño nos indica cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde aquí se han de entender sus palabras: "Si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos" (Mt 18,3).

Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos: esto es lo que Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores.

En la cueva de Greccio se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de san Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho:"Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del niño, tal y como nació en belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos, corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre el buey y el asno".

Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de donde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con unos hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares.

El buey y el asno no son precisamente productos de la fantasía piadosa; gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño.. De hecho, en Is 1,3 se dice." Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

Los Padres de la Iglesia vieron en esta palabra una profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de los judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero en Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.

En las representaciones navideñas medievales sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos: cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia -nuestro misterio, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos-,bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor.

Pero,¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a la mente la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva -promesa de conocimiento verdadero-, sino también juicio sobre la presente ceguera. El buey y el asno conocen, pero "Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

¿Quién es hoy el buey y el asno, quien es "mi pueblo", que no discierne?¿En qué se conoce el buey y el asno, en qué a mi pueblo?¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?

Para encontrara una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad.¿Quién no conoció?¿Quién conoció?¿Por qué fue así?

Quien no conoció fue Herodes: no solo no entendió nada, cuando le hablaron del niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que le acompañaba (Mt 2,3). Quien no conoció fue, "con él, toda Jerusalén". Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada (Mt 11,8). Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada (Mt 2,6).

Quienes conocieron fueron -comparados con estas personas de renombre-"bueyes y asnos": los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno.

Ahora bien,¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos?¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en prueba de la inautenticidad u autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y nos enteramos nada de él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir adorar?

De esta manera el rostro del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende,¿comprendes tú la voz del señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el niño descubre al Señor -como una vez Francisco en Greccio-. Entonces podría sucedernos también lo que Celano- de forma muy semejante a san Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena (Lc 2,20)- cuenta de quienes participaron en los maitines de Greccio: todos volvieron a casa llenos de alegría.

martes, 19 de diciembre de 2017

TOMMASO FEDERICI: 25 DE DICIEMBRE, UNA FECHA HISTÓRICA

Un preámbulo


Comúnmente se acepta la noticia, antigua, según la cual la celebración de la Navidad del Señor fue introducida en la primera mitad del siglo IV por la iglesia de Roma por motivos ideológicos. Se habría colocado el 25 de diciembre para contraponerse a una peligrosa fiesta pagana, el Natale Solis invicti (quizá Mitra, como es probable, o quizá el título de un emperador romano). Se habría fijado esta fiesta en el solsticio de invierno (21-22 de diciembre), cuando el sol reanudaba su marcha triunfal hacia su máximo resplandor. Por tanto, en ámbito cristiano, remontando nueve meses, se habría fijado en el 25 de marzo la celebración de la anunciación del Ángel a la Virgen María de Nazaret, y su inmaculada Concepción del Hijo y Salvador. Por consiguiente, seis meses antes de la natividad del Señor se habría colocado también la fiesta de la natividad de su precursor y profeta Juan Bautista.

Por otra parte, Occidente no celebraba el anuncio de la natividad de Juan a su padre, el sacerdote Zacarías, que, en cambio, desde fechas muy lejanas, se conmemora en el Oriente sirio el primer domingo del "Tiempo del Anuncio" (Sûbarâ), que comprende en otros cinco domingos la anunciación a la Virgen María, la visitación, la natividad del Bautista, el anuncio a José, la genealogía del Señor según Mateo.

El Oriente Bizantino, igualmente desde fechas inmemoriales, celebra el 23 de septiembre también el anuncio a Zacarías.

Tenemos, pues, cuatro fechas evangélicas consecutivas que siguiéndose se entrelazan, a saber: I) el anuncio a Zacarías y II) seis meses después la anunciación a María, III) respectivamente nueve y tres meses de las primeras dos fechas, la natividad del Bautista, y IV) respectivamente seis meses de esta última fecha, y naturalmente nueve meses después de la anunciación, la Natividad del Señor y Salvador.

La referencia, digamos, litúrgica de todo esto sería, pues, la Natividad del Señor establecida el 25 de diciembre, y basándose en esta fecha se disponen las fiestas de la anunciación nueve meses antes, y de la natividad del Bautista seis meses antes. Los historiadores y liturgistas plantean al respecto varias hipótesis que unas más y otras menos son aceptadas. El problema es que ya en los siglos II-IV fueron planteadas distintas fechas que tenían en cuenta cálculos astronómicos o ideas teológicas.

Una fecha "histórica" externa, es decir, que no fuera bíblica, patrística ni litúrgica, y que confirmase las opiniones de los estudiosos no se conocía aún.

Una referencia: el anuncio a Zacarías

Lucas está atento a la hora de situar la historia. Por ejemplo, cita un edicto de Cesar Augusto (para el censo de Quirino en torno al 6-7 a.C) durante el cual nace el Señor (Lc 2,1-2). Además coloca en el año decimoquinto del imperio de Tiberio Cesar (27-28 d.C) el comienzo de la predicación preparatoria del Señor por parte de Juan Bautista (Lc 3,1). Y escribe: "Y era el mismo Jesús, al comenzar (su ministerio después del Bautismo, Lc 3,21-22) como de treinta años” (Lc 3,23) de hecho tenía 33 o 34 años.

Según su sugestiva narración evangélica, el Ángel Gabriel, el mismo de la anunciación a María (Lc 1,26-38), al terminar Zacarías la ofrenda del incienso en el Santuario había anunciado al anciano sacerdote que su mujer Isabel, estéril y anciana, daría a luz un hijo, destinado a preparar un pueblo para Aquel que iba a venir (Lc 1,5-25). Lucas se preocupa de colocar este hecho con precisión gracias a un dato conocido por todos. Refiere que Zacarías pertenecía a la “clase (sacerdotal, ephêmería) de Abías” (Lc 1,5), y cuando se le aparece a Gabriel “ejercía su ministerio sacerdotal en el turno (táxis) de su orden (ephemería)” (Lc 1,8).

Así remite a un hecho general que no presenta dificultades, y a otro específico y puntual que presenta un problema. El primer hecho, conocido por todos, era que en el santuario de Jerusalén, según la narración del cronista, el mismo David había dispuesto que los “hijos de Aarón” estuvieran distribuidos en 24 táxeis, hebreo sebaot, los turnos perennes (1 Cr 24,1-7.19). Dichas clases, alternándose en un orden inmutable, debían prestar servicio litúrgico durante una semana, de “sábado a sábado”, dos veces al año. La lista de las clases sacerdotales hasta la destrucción del Templo (año 70 d.C) según el texto de los Setenta era establecido por sorteo de la siguiente manera: I) Yehoyarib, II) Yedayas, III) Jarín, IV) Seorín, V) Malquías, VI) Miyamín, VII) Hacós, VIII) Abías, IX) Jesús, X) Secanías, XI) Eliasib, XII) Yaquín, XIII) Jupá, XIV) Yesebab, XV) Bilgá, XVI) Imer, XVII) Jezir, XVIII) Hapisés, XIX) Petajías, XX) Ezequiel, XXI) Yaquín, XXII) Gamul, XXIII) Delayas, XXIV) Maazías (la lista de 1 Cr 24, 7-18).

El segundo hecho es que Zacarías, pertenecía al turno de Abías el VIII. El problema que plantea esto es que Lucas escribe cuando el Templo sigue en actividad y, por tanto, todos podían conocer sus funciones, y no anota cuándo estaba en ejercicio el turno de Abías. Tampoco dice en cuál de los dos ciclos anuales Zacarías recibió el anuncio del Ángel en el santuario. Y parece que a lo largo de los siglos nadie se ha interesado en recordarlo o investigarlo. La misma Comunidad madre, la Iglesia de Jerusalén, judeocristiana de idioma arameo, que tradicionalmente (al menos durante dos siglos) fue gobernada por lo parientes de Jesús, Santiago y sus sucesores, no parece que se preocupase de este detalle, que para los contemporáneos era obvio.

EL TURNO DE ABÍAS CON FECHA SEGURA
En 1953, la gran especialista francesa Annie Jaubert, en su artículo “Le calendrier des Jubilèes et de la secte de Qumrán, Ses origines bibliques” en Vetus Tetsamentum Suplemento 3 (1953) pgs 250-264, había estudiado el calendario del libro de los Jubileos,un apócrifo judío muy importante de finales del siglo II aC. Pues bien, numerosos fragmentos del texto de dicho calendario, hallados en las cuevas de Qumrán, demostraban no sólo que habían sido hecho por los Esenio que allí vivían (desde el siglo II a.C hasta el siglo I d.C) sino que seguía en uso. Este calendario es solar, y no da nombre a los meses, los llama con números consecutivos. La estudiosa había publicado además sobre este tema numeroso artículos importantes; véase también el título “calendario de Qumrán”, en Enciclopedia de la Biblia. Y en una célebre monografía, La date de la Cène, Calendrier biblique et liturgie chrètiene, Etudes Bibliques, Paris, 1957, había reconstruido la sucesión de los acontecimientos de la Semana Santa, situando de manera convincente (salvo para algunos) en martes y no en jueves.

Por su parte, también el especialista Shemarjahu Talmon, de la Universidad Hebraica de Jerusalén, había tratado sobre los documentos de Qumrán y el calendarios de los Jubileos, y había logrado establecer con precisión el desarrollo semanal del orden de los 24 turnos sacerdotales en el templo, entonces aún en función. Publicó sus resultados en el artículo “The Calendar Reckoning of the Sect from the Judean Desert. Aspects of the Dead Sea Scroll, e Scripta Hierosolymitana, vol IV, Jerusalén, 1958, pgs 162-199; se trata de un estudio esmerado e importante, pero que, hay que decirlo, pasó casi inadvertido en el gran circuito pero no para Annie Jaubert. La lista que el profesor Talmon reconstruye indica que el “turno de Abías (Al- Jah) prescrito por dos veces al año, tenía lugar: I) la primera vez, del 8 al 14 del tercer mes del calendario,y II) la segunda vez del 24 al 30 del octavo mes del calendario. Ahora bien según el calendario solar ( no lunar como es el actual calendario judío), esta segunda vez corresponde en torno a la última década de septiembre.

Como señala también Ammassari, “Alle origini del calendario natalizio”,en Euntes Docete 45 (1992), pgs 11-16, con la indicación sobre el “turno de Abías”,Lucas se remonta a una preciosa tradición judeo-cristiana jerosolimitana, que ha encontrado como narrador esmerado de historia (Lc 1,1-4), y ofrece la posibilidad de reconstruir algunas fechas históricas.

Así el rito bizantino recuerda el 23 de septiembre el anuncio a Zacarías, y conserva una fecha histórica segura, y casi precisa (quizás con un desfase de uno o dos días).

FECHAS HISTÓRICAS DEL NUEVO TESTAMENTO
La principal datación histórica sobre la vida del Señor versa sobre el acontecimiento principal: su resurrección en la narración unánime de los cuatro Evangelios (y del resto de la Tradición apostólica del Nuevo Testamento,véase 1 Cor 15,3-7) ocurrió durante el amanecer del domingo 9 de abril del año 30 d.C, fecha astronómica segura, la fecha de su muerte, por tanto, fue hacia las 15 horas del viernes 7 de abril del mismo año 30.

Según los datos establecidos por la reciente investigación, antes mencionada, hay una trama impresionante de otras fechas históricas. El ciclo de Juan Bautista tiene establecida (aproximadamente) la fecha histórica del 24 de septiembre de nuestro calendario gregoriano del año 7-6 a.C para el anuncio divino a su padre Zacarías. En el cómputo actual sería en el otoño del año 1 a.C, pero sabemos que desde el siglo VI hay un error de unos seis o cinco años sobre la fecha real del año de la natividad del Señor.

La natividad de Juan Bautista nueve meses después (lc 1,57-66), aproximadamente 24 de junio, es una fecha histórica. Por tanto, en el ciclo de Cristo Señor, que Lucas coloca en forma de díptico especular con el del Bautista, la anunciación a la Virgen María de Nazaret “en el sexto mes” después de la concepción Isabel (Lc 1,28) resulta otra fecha histórica.

Por consiguiente, y por fin, la natividad del Señor el 25 de diciembre es una fecha histórica, es decir, 15 meses después del anuncio a Zacarías, nueve meses después de la anunciación a su Madre, la Virgen María, seis meses después del nacimiento de Juan Bautista.

La santa circuncisión ocho días después del nacimiento, según la ley de Moisés (Lev 12,1-3), es una fecha histórica.

PROBLEMAS LITÚRGICOS

La fecha de la Natividad está rodeada de una serie de problemas. En primer lugar, se da el hecho de que en algunas iglesias se unió y a veces se confundió el 25 de diciembre con el 6 de enero, día que reunía la memoria de todos los acontecimientos que rodeaban la natividad del Salvador.

Luego, la distinción aproximada entre memoria de un hecho, que puede durar generaciones, la devoción en torno a este hecho, que puede manifestarse con un culto no litúrgico, y la institución de una fiesta litúrgica con fecha y oficio propios, que comprende la liturgia de las horas santas, y la de los misterios divinos.

Aquí hay que tener en cuenta, cosa que generalmente no se hace, la increíble memoria de las comunidades cristianas respecto a los acontecimientos evangélicos y los lugares donde sucedieron.

La Anunciación, por ejemplo, había entrado en las formulaciones de algunos de los “Símbolos bautismales” más antiguos ya en el siglo II. En la misma época fue representada en el arte cristiano primitivo, como en las catacumbas de Priscila. En el mismo Nazaret, como ha demostrado espléndidamente la arqueología, la comunidad local conservó y veneró sin interrupción alguna el lugar de la Anunciación, y fue visitada por un constante flujo de peregrinos a lo largo de los siglos dejaron grafitos y frases conmovedoras, hasta nuestros días. Cuando comenzó el culto litúrgico de la Madre de Dios, ya entrado en el siglo V,se creó la fiesta litúrgica del Euaggelismós, la anunciación a María. Esta adquirió una resonancia tan extraordinaria que en Occidente los Padre la incluyeron entre “los orígenes de nuestra redención” (con la Navidad, los Reyes Magos y las bodas de Caná), y en Oriente fue considerada tan solemne y casi dominante, que su fecha en el rito bizantino anula el domingo e incluso el jueves santo, cede sólo ante el viernes santo, y cae en el domingo de Resurrección divide la celebración de modo que se celebra mitad del Canon pascual y mitad del canon de la Anunciación.

Antes de la construcción de la Basílica constatiniana de Belén (tercera d{ecada del siglo IV), la comunidad cristiana había conservado ininterrumpidamente la memoria y la veneración del lugar del nacimiento del Señor. En Egipto,la Iglesia Copta conserva con constante devoción la memoria de los lugares donde la Sagrada Familia estuvo durante su huida (Mt 2,13-18), sobre los que fueron construidas iglesias que aún ofician. Podemos mencionar tambi{en los lugares santos de Palestina, sobre todo los de Jerusalén: el Anostasis , la resurrección (reducidamente llamado santo sepulcro), el Golgota,el Cenáculo,el “Monte de Galilea” que es el de la Ascensión, el Getsemaní, Betania,la piscina probática (Jn 5,1-9), donde fue construida una iglesia, el lugar de la Dormición de la Madre de Dios en Cedrón, etc. De todos estos lugares existe una documentación priciosa, impresionante e ininterrumpida, que llega hasta nuestros días, de los peregrinos que los visitaron siempre con grandes sacrificios y peligros, y dejaron descripciones y relatos escritos de la veneración que recibían, y de los usos de la devoción de los habitantes y de otros visitantes.

Aquí el problema interesante es la elección de las fechas para las celebraciones litúrgicas. Respecto a la celebración litúrgica, en el sentido que hemos visto arriba, del Señor, de su Madre y de Juan Bautista,¿se trató de decisiones arbitrarias dictadas por ideologías o cálculos ingeniosos? No creo. El 23 de septiembre y el 24 de junio para el anuncio y la natividad de Juan Bautista, y el 25 de marzo y el 25 de diciembre para la anunciación de Señor y su natividad, no fueron fechas arbitrarias ni se copiaron de ideologías de la época. Las iglesias habían conservado memorias ininterrumpidas, y cuando decidieron rendirles celebraciones litúrgicas lo único que hicieron fue sancionar el uso inmemorial de la devoción popular.

Hay que tener en cuenta también, el hecho poco señalado de que las iglesias se comunicaban las “fechas” de sus celebraciones, y así mismo, por ejemplo, las de los testimonios de los mártires a la gloria del cielo. Para los grandes aniversarios, como las fiestas del Señor, de los apóstoles, de los mártires, de los santos obispos de las iglesias locales, y, desde el siglo V, también la de la Madre de Dios las iglesias aceptaron con gusto las propuestas de las iglesias hermanas. En la práctica, casi todas las grandes fiesta del Señor y de la Madre del Señor y de la Madre de Dios proceden del Oriente palestino y fueron aceptadas con gran entusiasmo por las iglesias del imperio y, de grandes cismas del siglo V, también por la inmensa cristiandad del imperio parto. La Navidad, como aparece, procede de Roma y fue aceptada con vacilaciones, por todas las Iglesias.

Con esto queremos decir que las Iglesias tenían la posibilidad de controlar y verificar, y hay que decir .que nuestros antiguos padres no eran unos inocentes que se lo creían todo, sino que justamente desconfiaban y rechazaban todo intento ilícito me ilegítimo de culto no comprobado.

En todo esto el evangelista Lucas tiene un papel destacado, cuando con oportunas y hábiles menciones remite a lugares y acontecimientos, a fechas y personas.

EL CLAN DE CAÍN

La Iglesia madre judeo-cristiana había conservado otras muchas memorias sobre su Señor, el judío Jesús, el “Diácono de la circuncisión” (Rom 15,8), que la investigación moderna con paciencia y trabajo está sacando a la luz después de siglos de oscuridad. Algunas son intensas y resplandecientes. Una se refiere a la elección de la madre de Dios. Después de la caída de Adán, los tres se reunieron urgentemente en consejo. El padre informó que para comenzar de nuevo había elegido a María, la Virgen de Nazaret, y había decidido hacer de ella la Madre del Hijo, dotándola con la Virginidad permanente a imitación de su Virginidad paterna, informó que él también había elegido a María por madre, y había decidido que asistiera a los tres terribles Misterios, de la natividad virginal, de la Cruz y de la Resurrección gloriosa. El Espíritu Santo informó que había elegido también a la misma María, para darle como dote nupcial su divina suavidad, para entregarle su Paráklesis, la abogacía poderosa contra el Enemigo, y su consuelo irresistible. Así vino a los hombres “del Espíritu Santo y de la Virgen María”(Lc 1,32; y el símbolo apostólico)Cristo Señor, que, engendrado en la divina eternidad por el Padre sin Madre, el Mismo nació en el tiempo de los hombres de la Madre sin padre (los Padres).Así que el Hijo de Dios e Hijo de María tuvo como término humano la Virgen Madre, mediante la cual es consubstancial a todos los hombres.
Todos los hombres no ya que salvar, término que en la edad moderna se ha vuelto equívoco, sino redimir del pecado. El pecado de Adán, que se configura también con el pecado de Caín (Gn 4,1-12).Después del fratricidio consumado contra el inocente Abel, Caín tuvo miedo del castigo, pero no tanto del de su Señor misericordioso le concedió una señal, una señal de Caín, que le sirviera de salvación de la muerte.

Entonces el Señor después del diluvio, entre todos los descendiente es de Noé, actuó con sabiduría y paciencia, según las dos irresistibles leyes de la redención, la selección regresiva o concentración, que es elección de uno, un resto asumido a favor de todos los demás, y es eliminación de los demás de esta operación, y por subsunción progresiva, que es agregación universal de todos en la salvación obtenida por el resto. Por eso el Señor de todos lo pueblos de la tierra (Gen 10) eligió a Sem y a sus descendientes (Gen 10,21-31).De la descendencia de Sem eligió a la familia de Teraj, padre de Abraham (Gn 11,27-32). De los hijos de Teraj eligió a Abraham (Gen 12,1-3) y a sus descendientes Isaac y Jacob. De los doce hijos de Jacob eligió a la tribu de Judá (Gen 49,8-12). De la tribu de Judá eligió a la semitribu de los Cainitas (o Queniceos) con Caleb, y por capital Hebrón (Job 14,6-15). De esta semitribu (o clan) eligió a la familia de Jesé, y de los ocho hijos de Jesé eligió a David (1 Sam 16,1-12) sobre el que posó su Espíritu Divino omnipotente y mesiánico (1 sam 16,13).

De David por fin e irreversiblemente descendió en la carne (Mt 1,1; Ro 1,3) mediante la virgen María, sin la participación de ningún hombre (Mt 1,16), el Hijo de Dios, Hijo de Abraham, Jesucristo el Redentor.

La señal que Caín recibió es su confluencia y la de todos los pecadores en su posteridad pecadora, resumida por los Cainitas, el clan de Caín, cuyo jefe divino y humano es el Hijo de Dios, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María. Por eso el Hijo de Dios, el Impecable “se hizo pecado por nosotros” (2 Cor 5,21), haciéndose maldito por nosotros según la ley, porque cuelga de un madero (Gál 3,13 que cita Dt 21,23) para obtener la Bendición y la Promesa de Abraham que es el Espíritu Santo (Gál 3,14), asumió la carne de pecado cargada, por tanto, de muerte (Rom 8,3) que siendo y permaneciendo Dios se hizo también esclavo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,6-8), llevando a la cruz a Caín y a su descendencia, el Hijo de Dios destruyó la incapacidad de Adán y Eva de dar hijos a Dios y abrió en “subsunción progresiva” ilimitada las puertas de entrada al Padre en el Espíritu Santo.

Es también el contenido de las liturgias de Oriente y Occidente para el domingo de Resurrección y el Viernes Santo, aunque también de la Navidad, la Anunciación y natividad de la Virgen.
La Navidad del Señor en la carne es una fuente inagotable, que no conoce la trivialidad del frío “árbol” material, sino la sorpresa renovada, la maravilla jamás saciada, el estupor adorante frente a Aquel que desde el Océano infinito de la divinidad bienaventurada quiso arribar a la orilla triste y dolorosa de la historia de los hombres con un único objetivo: “Dios permaneciendo lo que era quiso hacerse también lo que no era, Hombre creado, verdadero, limitado, mortal, para que los hombres creados, limitados, mortales, permaneciendo lo que eran se convirtieran en dioses por gracia del Espíritu Santo. Esta es la fórmula de intercambio o fórmula de la divinización, que procede de la Sagrada Escritura, está codificada fielmente por los Padres y se vive con eficacia infinita en la santa liturgia de la Iglesia.