domingo, 13 de enero de 2019

BENEDICTO XVI: DIOS ES PADRE (Catequesis sobre el Credo-2)


En la catequesis del miércoles pasado nos centramos en las palabras iniciales del Credo: "Creo en Dios". Sin embargo, la profesión de fe especifica esta afirmación: Dios es el Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.
Quisiera reflexionar con ustedes esta vez sobre la primera y fundamental definición de Dios que el Credo nos presenta: Él es Padre.
No siempre es fácil hablar hoy en día de la paternidad. Especialmente en Occidente: las familias rotas, los compromisos de trabajo cada vez más absorbentes, las preocupaciones, y muchas veces el esfuerzo por equilibrar el presupuesto familiar o la invasión distractiva de los medios de comunicación en la vida diaria, son algunos de los muchos factores que pueden impedir una serena y constructiva relación entre padres e hijos.
La comunicación a veces se hace difícil, se pierde la confianza, y la relación con la figura del padre puede llegar a ser problemática; también es difícil imaginar a Dios como un padre, sin tener modelos adecuados de referencia. Para aquellos que han tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o peor aún ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y entregarse a Él con confianza.
Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra lo que verdaderamente significa ser "padre"; y es sobre todo el evangelio el que nos revela el rostro de Dios como Padre que ama hasta entregar a su propio Hijo para la salvación de la humanidad. La referencia a la figura paterna ayuda por lo tanto a comprender algo del amor de Dios, que sin embargo permanece aún infinitamente más grande, más fiel, más completo que el de cualquier hombre. "¿Quién de ustedes --dice Jesús para mostrar a los discípulos el rostro del Padre--, al hijo que le pide pan, le dará una piedra? ¿Y si le pide un pescado, le dará una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo pidan?" (Mt. 7,9-11;. cf. Lc. 11,11-13). Dios es nuestro Padre porque nos ha bendecido y escogido antes de la fundación del mundo (cf. Ef. 1,3-6), nos hizo realmente sus hijos en Jesús (cf. 1 Jn. 3,1). Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra vida, dándonos su Palabra, sus enseñanzas, su gracia, su Espíritu.
Él --como lo revela Jesús--, es el Padre que alimenta a las aves del cielo sin que deban sembrar ni cosechar, y reviste de magníficos colores las flores del campo, con vestidos más bellos que los del rey Salomón (cf. Mt. 6, 26-32; Lc. 12, 24-28); y nosotros --añade Jesús--, ¡valemos más que las flores y las aves del cielo! Y si Él es lo suficientemente bueno para hacer "salir el sol sobre malos y buenos, y... llover sobre justos e injustos" (Mt. 5,45), podremos siempre, sin temor y con total confianza, confiarnos a su perdón de Padre cuando nos equivocamos de camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido (cf. Lc. 15,11 ss), se entrega gratuitamente a aquellos que se lo piden (cf. Mt. 18,19; Mc. 11,24, Jn. 16,23) y ofrece el pan del cielo y el agua viva que da vida para siempre (cf. Jn. 6,32.51.58).
Por lo tanto, el orante del salmo 27, rodeado de enemigos, asediado por malvados y calumniadores, mientras busca la ayuda del Señor y lo invoca, puede dar su testimonio lleno de fe, diciendo: "Mi padre y mi madre me han abandonado, pero el Señor me ha acogido" (v. 10). Dios es un Padre que nunca abandona a sus hijos, un Padre amoroso que apoya, ayuda, acoge, perdona y salva, con una fidelidad que supera inmensamente a la de los hombres, para abrirse a dimensiones de eternidad. "Porque su amor es para siempre", como sigue repitiendo como una letanía, en cada verso, el salmo 136 a través de la historia de la salvación. El amor de Dios nunca falla, no se cansa de nosotros; es el amor el que da hasta el extremo, hasta el sacrificio de su Hijo. La fe nos da una certeza, que se convierte en una roca para la construcción de nuestras vidas: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de lo oscuro de la crisis y del tiempo del dolor, apoyados por la fe de que Dios no nos deja solos y siempre está cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna.
Es en el Señor Jesús, donde se muestra plenamente el rostro benevolente del Padre que está en los cielos. Y es conociéndolo a Él que podemos conocer al Padre (cf. Jn. 8,19; 14,7); y viéndolo a Él podemos ver al Padre, porque Él está en el Padre y el Padre está en Él (cf. Jn. 14, 9.11). Él es la "imagen del Dios invisible", como lo define el himno de la Carta a los Colosenses, "primogénito de toda la creación... el primogénito de los que resucitan de entre los muertos", "por quien hemos recibido la redención, el perdón de los pecados" y la reconciliación de todas las cosas, "habiendo pacificado con la sangre de su cruz, tanto las cosas que están en la tierra, como las que están en los cielos" (cf. Col. 1,13-20).
La fe en Dios Padre nos pide creer en el Hijo, bajo la acción del Espíritu, reconociendo en la Cruz que salva, la revelación definitiva del amor divino. Dios es nuestro Padre al darnos a su Hijo; Dios es Padre perdonando nuestros pecados y llevándonos a la alegría de la vida que resucita; Dios es el Padre que nos da el Espíritu que nos hace hijos y nos permite llamarlo, en verdad, "Abbà, ¡Padre!" (cf. Rom. 8,15). Por lo tanto Jesús, al enseñarnos a orar, nos invita a decir "Padre Nuestro" (Mt. 6,9-13; cf. Lc. 11,2-4).
La paternidad de Dios es, pues, infinito amor, ternura que se inclina sobre nosotros, hijos débiles, necesitados de todo. El salmo 103, el gran himno de la misericordia divina, proclama: "Como un padre es tierno con sus hijos, así el Señor es tierno para con los que le temen, porque sabe bien cómo están formados, se acuerda de que somos polvo" (vv. 13-14). Es nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad que se convierte en un llamado a la misericordia del Señor, para que se manifieste la grandeza y ternura de un Padre que nos ayuda, nos perdona y nos salva.
Y Dios responde a nuestro llamado, enviando a su Hijo, que murió y resucitó por nosotros; entra en nuestra fragilidad y hace lo que el hombre solo nunca podría haber hecho: él toma sobre sí el pecado del mundo, como cordero inocente y abre el camino a la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Está allí, en el Misterio pascual, que revela en todo su esplendor, el rostro definitivo del Padre. Y está allí, en la Cruz gloriosa, que viene a ser la plena manifestación de la grandeza de Dios como "Padre Todopoderoso".
Pero podemos preguntarnos: ¿cómo es posible imaginar a un Dios todopoderoso, al mirar la cruz de Cristo? ¿En este poder del mal, que llega a matar al Hijo de Dios? Sin duda que quisiéramos una omnipotencia divina según nuestros esquemas mentales y nuestros deseos: un Dios "todopoderoso" que resuelva los problemas, que intervenga para evitarnos los problemas, que le gane al adversario, y que cambie el curso de los acontecimientos y anule el dolor. Por lo tanto, hoy en día muchos teólogos dicen que Dios no puede ser omnipotente, de lo contrario no podría haber tanto sufrimiento, tanta maldad en el mundo. De hecho, ante el mal y el sufrimiento, para muchos, para nosotros, es problemático, es difícil creer en Dios Padre y creer que es todopoderoso; algunos buscan refugio en los ídolos, cediendo a la tentación de encontrar una respuesta en una supuesta omnipotencia "mágica" y en sus promesas ilusorias.
Sin embargo la fe en Dios Todopoderoso nos lleva por caminos muy diferentes: tales como aprender a conocer que el pensamiento de Dios es diferente al nuestro, que los caminos de Dios son diferentes de los nuestros (cf. Is. 55,8), e incluso su omnipotencia es diferente: no se expresa como una fuerza automática o arbitraria, sino que se caracteriza por una libertad amorosa y paternal. En realidad, Dios, al crear criaturas libres, dándoles libertad, renunció a una parte de su poder, dejando el poder en nuestra libertad. Así, Él ama y respeta la respuesta libre de amor a su llamado. Como Padre, Dios quiere que seamos sus hijos y que vivamos como tales en su Hijo, en comunión, en plena intimidad con Él. Su omnipotencia no se expresa en la violencia, no se expresa en la destrucción de todo poder adverso como quisiéramos, sino que se expresa en el amor, en la misericordia, en el perdón, en la aceptación de nuestra libertad y en la incansable llamada a la conversión del corazón; en una actitud aparentemente débil --Dios parece débil si pensamos en Jesucristo orando, que se deja matar. ¡Una actitud aparentemente débil, hecha de paciencia, de mansedumbre y de amor, muestra que este es el camino correcto para ser poderoso! ¡Esta es la potencia de Dios! ¡Y este poder vencerá! El sabio del libro de la Sabiduría se dirige así a Dios: "Tú eres misericordioso con todos, porque todo lo puedes; cierras los ojos ante los pecados de los hombres, esperando su arrepentimiento. Amas a todos los seres que existen... ¡Eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amante de la vida!" (11,23-24a.26).
Solo quien es realmente poderoso puede soportar el mal y mostrarse compasivo; solo quien es verdaderamente poderoso puede ejercer plenamente el poder del amor. Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas, porque todas las cosas fueron hechas por Él, revela su fuerza amando todo y a todos, en una paciente espera de la conversión de nosotros los hombres, que quiere tener como hijos. Dios espera nuestra conversión. El amor todopoderoso de Dios no tiene límites, hasta el punto de que "no retuvo a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rm. 8,32). La omnipotencia del amor no es la del poder del mundo, sino es aquella del don total, y Jesús, el Hijo de Dios, revela al mundo la verdadera omnipotencia del Padre dando su vida por nosotros pecadores. Este es el verdadero, auténtico y perfecto poder divino: Entonces el mal es en verdad vencido porque es lavado por el amor de Dios; entonces la muerte es definitivamente derrotada porque es transformada en don de la vida. Dios Padre resucita al Hijo: la muerte, el gran enemigo (cf. 1 Cor. 15,26), es engullida y privada de su veneno (cf. 1 Cor. 15, 54-55), y nosotros, liberados del pecado, podemos acceder a nuestra realidad de hijos de Dios.
Es así que cuando decimos "Creo en Dios Padre Todopoderoso," expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios, que en su Hijo muerto y resucitado vence el odio, la maldad, el pecado y nos da vida eterna: aquella de los hijos que quieren estar siempre en la "Casa del Padre". Decir "Creo en Dios Padre Todopoderoso", en su poder, en su modo de ser Padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestros pensamientos, de todo nuestro amor, de todo nuestro modo de vida.
Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que sostenga nuestra fe, que nos ayude a encontrar verdaderamente la fe y que nos de la fuerza para anunciar a Cristo crucificado y resucitado y de testimoniarlo en el amor a Dios y al prójimo. Y que Dios nos conceda acoger el don de nuestra filiación, para vivir plenamente la realidad del Credo, en el abandono confiado al amor del Padre y a su omnipotencia misericordiosa, que es la verdadera omnipotencia y que salva.
Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.

jueves, 27 de diciembre de 2018

BENEDICTO XVI: SAN JUAN EVANGELISTA


Queridos hermanos y hermanas:
Dedicamos el encuentro de hoy a recordar a otro miembro muy importante del Colegio apostólico: Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Su nombre, típicamente hebreo, significa "el Señor ha dado su gracia". Estaba arreglando las redes a orillas del lago de Tiberíades, cuando Jesús lo llamó junto a su hermano (cf. Mt 4, 21; Mc 1, 19).
Juan siempre forma parte del grupo restringido que Jesús lleva consigo en determinadas ocasiones. Está junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, entra en casa de Pedro para curar a su suegra (cf. Mc 1, 29); con los otros dos sigue al Maestro a la casa del jefe de la sinagoga, Jairo, a cuya hija resucitará (cf. Mc 5, 37); lo sigue cuando sube a la montaña para transfigurarse (cf. Mc 9, 2); está a su lado en el Monte de los Olivos cuando, ante el imponente templo de Jerusalén, pronuncia el discurso sobre el fin de la ciudad y del mundo (cf. Mc 13, 3); y, por último, está cerca de él cuando en el Huerto de Getsemaní se retira para orar al Padre, antes de la Pasión (cf. Mc 14, 33). Poco antes de Pascua, cuando Jesús escoge a dos discípulos para enviarles a preparar la sala para la Cena, les encomienda a él y a Pedro esta misión (cf. Lc 22, 8).
Esta posición de relieve en el grupo de los Doce hace, en cierto sentido, comprensible la iniciativa que un día tomó su madre: se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos, Juan y Santiago, se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en el Reino (cf. Mt 20, 20-21). Como sabemos, Jesús respondió preguntándoles si estaban dispuestos a beber el cáliz que él mismo estaba a punto de beber (cf. Mt 20, 22). Con estas palabras quería abrirles los ojos a los dos discípulos, introducirlos en el conocimiento del misterio de su persona y anticiparles la futura llamada a ser sus testigos hasta la prueba suprema de la sangre. De hecho, poco después Jesús precisó que no había venido a ser servido sino a servir y a dar la vida como rescate por muchos (cf. Mt 20, 28). En los días sucesivos a la resurrección, encontramos a los "hijos de Zebedeo" pescando junto a Pedro y a otros discípulos en una noche sin resultados, a la que sigue, tras la intervención del Resucitado, la pesca milagrosa: "El discípulo a quien Jesús amaba" fue el primero en reconocer al "Señor" y en indicárselo a Pedro (cf. Jn 21, 1-13).
Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan ocupó un puesto importante en la dirección del primer grupo de cristianos. De hecho, Pablo lo incluye entre los que llama las "columnas" de esa comunidad (cf. Ga 2, 9). En realidad, Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, lo presenta junto a Pedro mientras van a rezar al templo (cf. Hch 3, 1-4. 11) o cuando comparecen ante el Sanedrín para testimoniar su fe en Jesucristo (cf. Hch 4, 13. 19). Junto con Pedro es enviado por la Iglesia de Jerusalén a confirmar a los que habían aceptado el Evangelio en Samaria, orando por ellos para que recibieran el Espíritu Santo (cf. Hch 8, 14-15). En particular, conviene recordar lo que dice, junto con Pedro, ante el Sanedrín, que los está procesando: "No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Precisamente esta valentía al confesar su fe queda para todos nosotros como un ejemplo y un estímulo para que siempre estemos dispuestos a declarar con decisión nuestra adhesión inquebrantable a Cristo, anteponiendo la fe a todo cálculo o interés humano.
Según la tradición, Juan es "el discípulo predilecto", que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena (cf. Jn 13, 25), se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25) y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado (cf. Jn 20, 2; 21, 7).
Sabemos que los expertos discuten hoy esta identificación, pues algunos de ellos sólo ven en él al prototipo del discípulo de Jesús. Dejando que los exegetas aclaren la cuestión, nosotros nos contentamos ahora con sacar una lección importante para nuestra vida: el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos: por esto, Jesús dijo un día: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. (...) No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 13. 15).
En el libro apócrifo titulado "Hechos de Juan", al Apóstol no se le presenta como fundador de Iglesias, ni siquiera como guía de comunidades ya constituidas, sino como un comunicador itinerante de la fe en el encuentro con "almas capaces de esperar y de ser salvadas" (18, 10; 23, 8).
Todo lo hace con el paradójico deseo de hacer ver lo invisible. De hecho, la Iglesia oriental lo llama simplemente "el Teólogo", es decir, el que es capaz de hablar de las cosas divinas en términos accesibles, desvelando un arcano acceso a Dios a través de la adhesión a Jesús.
El culto del apóstol san Juan se consolidó comenzando por la ciudad de Éfeso, donde, según una antigua tradición, vivió durante mucho tiempo; allí murió a una edad extraordinariamente avanzada, en tiempos del emperador Trajano. En Éfeso el emperador Justiniano, en el siglo VI, mandó construir en su honor una gran basílica, de la que todavía quedan imponentes ruinas. Precisamente en Oriente gozó y sigue gozando de gran veneración. En la iconografía bizantina se le representa muy anciano y en intensa contemplación, con la actitud de quien invita al silencio.
En efecto, sin un adecuado recogimiento no es posible acercarse al misterio supremo de Dios y a su revelación. Esto explica por qué, hace años, el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, a quien el Papa Pablo VI abrazó en un memorable encuentro, afirmó: "Juan se halla en el origen de nuestra más elevada espiritualidad. Como él, los "silenciosos" conocen ese misterioso intercambio de corazones, invocan la presencia de Juan y su corazón se enciende" (O. Clément, Dialoghi con Atenagora, Turín 1972, p. 159). Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de san Juan para aprender la gran lección del amor, de manera que nos sintamos amados por Cristo "hasta el extremo" (Jn 13, 1) y gastemos nuestra vida por él.
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Juan, hijo de Zebedeo
Audiencia General
Miércoles 5 de julio de 2006

DIÁCONO JORGE NOVOA: LOS CAMINOS DE DIOS

Todos los medios de comunicación están pendientes de la decisión que tomará el senado romano en
estos días. El emperador reunido con sus más cercanos asesores está evaluando la conveniencia de las leyes promulgadas. El mundo está expectante, todos miran a Roma; se han hecho presentes los más importantes y destacados medios de prensa del orbe entero.

Ciertamente, si congeláramos esta escena, que ha intentado recrear la atención del mundo para con la capital del imperio, y entrando en ella, le preguntáramos a un hombre cualquiera de ese tiempo, ¿dónde se está gestando el futuro de la humanidad? ¿quién lo está decidiendo?

Nuestra pregunta suscitaría en él, un asombro similar al que experimentaron los discípulos camino de Emaús ante la demanda de Jesús: “¿qué ha ocurrido?” La respuesta claramente apuntaría hacia el Imperio Romano: allí se están resolviendo los destinos de la humanidad. Allí está el poder que regirá al mundo. Los destinos de todos los hombres están en las manos del emperador romano y su senado que bosqueja cómo disponer del mundo según su proyecto.

Al mismo tiempo, en una parte alejada de ese mismo imperio, dos mujeres se encuentran en uno de los tantos pueblitos polvorientos de Israel. Una, llamada María; la otra, su prima Isabel. Las dos llevan en sus vientres a dos personajes de la historia grande: Isabel, a Juan Bautista; María, a Jesús. La lectura de la realidad aparece harto distinta para quien se coloque desde esta perspectiva. El mundo no ha quedado en manos del azar, no depende en su destino último de la prepotencia de quien ejerce el poder arbitrariamente. No está bajo la amenaza del capricho; no es un hijo abandonado de un padre prófugo. El Creador “no olvida la obra de sus manos.” Y en virtud de su Amor, cumple plenamente con la promesa que había realizado desde el momento de la caída del hombre en el paraíso.

Dios está confundiendo los proyectos de los fuertes con la disponibilidad y el amor de los débiles. Dos mujeres a la vera del camino son las portadoras de los destinos de la humanidad de todos los tiempos. En sus conversaciones sencillas, Dios está tejiendo la historia de la salvación. Su acción está en medio de ellas, se torna palpable, es motivo de gozo para el niño que lleva en el vientre Isabel. Ante la “Madre del Señor”, Juan Bautista salta de gozo. Así como David viene danzando delante del Arca de la presencia que vuelve a estar en medio de su Pueblo, Juan Bautista salta de gozo delante del Arca de la Nueva y Eterna Alianza que deposita al Señor Dios en medio de su Pueblo. María es saludada por ser la portadora, como el Arca, de la presencia de Dios, para convertirse en el primer sagrario, que custodia con la valentía de la fe, el proyecto de Dios que se está realizando.

¿Quiénes son los débiles desde la perspectiva del mundo? María, José, Isabel, Zacarías, Juan Bautista, los pastores fieles, Ana, Simeón; eran llamados despectivamente “anawin”, es decir, los pobres del Señor. Para vivir confiadamente, es necesario pedir la gracia de la mirada de estos “limpios de corazón”: ¡así es como se ve a Dios y su proyecto!

“No tengan miedo” nos dice el Señor. “Dios está con nosotros” cumpliendo su proyecto según su promesa. Si el futuro se abre lleno de incertidumbres busquemos purificar nuestro corazón para mirar desde la esperanza: ¡desde los ojos de Dios!
Diác. Jorge Novoa

miércoles, 26 de diciembre de 2018

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO: NAVIDAD ES ALEGRÍA SIN NOSTALGIAS...

Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que viene.

Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.

Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de clausura que estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente locas.

Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.

¡Alegría, alegría para todos!

Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros.

Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.

Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar.

Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.

La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.

Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes, pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, al pequeño Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a los pequeños.

Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios que los hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo hubiera revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a los otros.

Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.

Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría que redescubrir juntos la fraternidad?

Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que necesita su amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en sus corazones será Navidad.

martes, 25 de diciembre de 2018

SAN FRANCISCO DE ASÍS Y LA NAVIDAD


Relato de Tomás de Celano (1 Cel 84-87)


Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.

BENEDICTO XVI: SAN ESTEBAN MÁRTIR

Queridos hermanos y hermanas:
Después de las fiestas, volvemos a nuestras catequesis. Había meditado con vosotros en las figuras de los doce apóstoles y de san Pablo. Después habíamos comenzado a reflexionar en otras figuras de la Iglesia naciente. De este modo, hoy queremos detenernos en la persona de san Esteban, festejado por la Iglesia el día después de Navidad. San Esteban es el más representativo de un grupo de siete compañeros. La tradición ve en este grupo el germen del futuro ministerio de los «diáconos», si bien hay que destacar que esta denominación no está presente en el libro de los «Hechos de los Apóstoles». La importancia de Esteban, en todo caso, queda clara por el hecho de que Lucas, en este importante libro, le dedica dos capítulos enteros.

La narración de Lucas comienza constatando una subdivisión que tenía lugar dentro de la Iglesia primitiva de Jerusalén: estaba formada totalmente por cristianos de origen judío, pero entre éstos algunos eran originarios de la tierra de Israel, y eran llamados «hebreos», mientras que otros procedían de la de fe judía en el Antiguo Testamento de la diáspora de lengua griega, y eran llamados «helenistas». De este modo, comenzaba a perfilarse el problema: los más necesitados entre los helenistas, especialmente las viudas desprovistas de todo apoyo social, corrían el riesgo de ser descuidas en la asistencia de su sustento cotidiano. Para superar estas dificultades, los apóstoles, reservándose para sí mismos la oración y el ministerio de la Palabra como su tarea central, decidieron encargar a «a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría» para que cumplieran con el encargo de la asistencia (Hechos 6, 2-4), es decir, del servicio social caritativo. Con este objetivo, como escribe Lucas, por invitación de los apóstoles, los discípulos eligieron siete hombres. Tenemos sus nombres. Son: «Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquia. Los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos» (Hechos 6,5-6).

El gesto de la imposición de las manos puede tener varios significados. En el Antiguo Testamento, el gesto tiene sobre todo el significado de transmitir un encargo importante, como hizo Moisés con Josué (Cf. Números 27, 18-23), designando así a su sucesor. Siguiendo esta línea, también la Iglesia de Antioquía utilizará este gesto para enviar a Pablo y Bernabé en misión a los pueblos del mundo (Cf. Hechos 13, 3). A una análoga imposición de las manos sobre Timoteo para transmitir un encargo oficial hacen referencia las dos cartas que San Pablo le dirigió (Cf. 1 Timoteo 4, 14; 2 Timoteo 1, 6). El hecho de que se tratara de una acción importante, que había que realizar después de un discernimiento, se deduce de lo que se lee en la primera carta a Timoteo: «No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos» (5, 22). Por tanto, vemos que el gesto de la imposición de las manos se desarrolla en la línea de un signo sacramental. En el caso de Esteban y sus compañeros se trata ciertamente de la transmisión oficial, por parte de los apóstoles, de un encargo y al mismo tiempo de la imploración de una gracia para ejercerlo.

Lo más importante es que, además de los servicios caritativos, Esteban desempeña también una tarea de evangelización entre sus compatriotas, los así llamados «helenistas». Lucas, de hecho, insiste en el hecho de que él, «lleno de gracia y de poder» (Hechos 6, 8), presenta en el nombre de Jesús una nueva interpretación de Moisés y de la misma Ley de Dios, relee el Antiguo Testamento a la luz del anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Esta relectura del Antiguo Testamento, relectura cristológica, provoca las reacciones de los judíos que interpretan sus palabras como una blasfemia (Cf. Hechos 6, 11-14). Por este motivo, es condenado a la lapidación. Y san Lucas nos transmite el último discurso del santo, una síntesis de su predicación. 

Como Jesús había explicado a los discípulos de Emaús que todo el Antiguo Testamento habla de Él, de su cruz y de su resurrección, de este modo, san Esteban, siguiendo la enseñanza de Jesús, lee todo el Antiguo Testamento en clave cristológica. Demuestra que el misterio de la Cruz se encuentra en el centro de la historia de la salvación narrada en el Antiguo Testamento, muestra realmente que Jesús, el crucificado y resucitado, es el punto de llegada de toda esta historia. Y demuestra, por tanto, que el culto del templo también ha concluido y que Jesús, el resucitado, es el nuevo y auténtico «templo». Precisamente este «no» al templo y a su culto provoca la condena de san Esteban, quien, en ese momento --nos dice san Lucas--, al poner la mirada en el cielo vio la gloria de Dios y a Jesús a su derecha. Y mirando al cielo, a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios» (Hechos 7, 56). Le siguió su martirio, que de hecho se conforma con la pasión del mismo Jesús, pues entrega al «Señor Jesús» su propio espíritu y reza para que el pecado de sus asesinos no les sea tenido en cuenta (Cf. Hechos 7,59-60).

El lugar del martirio de Esteban, en Jerusalén, se sitúa tradicionalmente algo más afuera de la Puerta de Damasco, en el norte, donde ahora se encuentra precisamente la iglesia de Saint- Étienne, junto a la conocida «École Biblique» de los dominicos. Al asesinato de Esteban, primer mártir de Cristo, le siguió una persecución local contra los discípulos de Jesús (Cf. Hechos 8, 1), la primera que se verificó en la historia de la Iglesia. Constituyó la oportunidad concreta que llevó al grupo de cristianos hebreo-helenistas a huir de Jerusalén y a dispersarse. Expulsados de Jerusalén, se transformaron en misioneros itinerantes. «Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hechos 8, 4). La persecución y la consiguiente dispersión se convierten en misión. El Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en Fenicia, y e Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos (Cf. Hechos 11, 19-20) y donde resonó por primera vez el nombre de «cristianos» (Hechos 11,26).

En particular, Lucas especifica que los que lapidaron a Esteban «pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo» (Hechos 7, 58), el mismo que de perseguidor se convertiría en apóstol insigne del Evangelio. Esto significa que el joven Saulo tenía que haber escuchado la predicación de Esteban, y conocer los contenidos principales. Y San Pablo se encontraba con probabilidad entre quienes, siguiendo y escuchando este discurso, «tenían los corazones consumidos de rabia y rechinaban sus dientes contra él» (Hechos 7, 54). Podemos ver así las maravillas de la Providencia divina: Saulo, adversario empedernido de la visión de Esteban, después del encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco, reanuda la interpretación cristológica del Antiguo Testamento hecha por el primer mártir, la profundiza y completa, y de este modo se convierte en el «apóstol de las gentes». La ley se cumple, enseña él, en la cruz de Cristo. Y la fe en Cristo, la comunión con el amor de Cristo, es el verdadero cumplimiento de toda la Ley. Este es el contenido de la predicación de Pablo. Él demuestra así que el Dios de Abraham se convierte en el Dios de todos. Y todos los creyentes en Cristo Jesús, como hijos de Abraham, se convierten en partícipes de las promesas. En la misión de san Pablo se cumple la visión de Esteban.

La historia de Esteban nos dice mucho. Por ejemplo, nos enseña que no hay que disociar nunca el compromiso social de la caridad del anuncio valiente de la fe. Era uno de los siete que estaban encargados sobre todo de la caridad. Pero no era posible disociar caridad de anuncio. De este modo, con la caridad, anuncia a Cristo crucificado, hasta el punto de aceptar incluso el martirio. Esta es la primera lección que podemos aprender de la figura de san Esteban: caridad y anuncio van siempre juntos.

San Esteban nos habla sobre todo de Cristo, de Cristo crucificado y resucitado como centro de la historia y de nuestra vida. Podemos comprender que la Cruz ocupa siempre un lugar central en la vida de la Iglesia y también en nuestra vida personal. En la historia de la Iglesia no faltará nunca la pasión, la persecución. Y precisamente la persecución se convierte, según la famosa fase de Tertuliano, fuente de misión para los nuevos cristianos. Cito sus palabras: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologetico» 50,13: «Plures efficimur quoties metimur a vobis: semen est sanguis christianorum»). Pero también en nuestra vida la cruz, que no faltará nunca, se convierte en bendición. Y aceptando la cruz, sabiendo que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva hacia él y de él se alimenta la Iglesia. San Esteban nos enseña a aprender estas lecciones, nos enseña a amar la Cruz, pues es el camino por el que Cristo se hace siempre presente de nuevo entre nosotros.

DIÁCONO JORGE NOVOA: UNA NOCHE EN BELÉN


La gente agolpada de forma poco habitual, en la tranquila Belén, intentaba ubicarse en algún sitio. El censo decretado por el Emperador, había congregado a los descendientes de David, que venidos desde  los más inescrutables rincones de Israel, buscaban un lugar para descansar. Eran tantos y estaban tan apresurados, que en medio del día que moría lentamente, llegaba la noche amenazante para los visitantes circunstanciales que buscaban alojamiento. En esa persistente búsqueda, el NO había caído una y otra vez, sobre el matrimonio de María y José.

Era un NO que se asociaba a la noche. Un NO de puertas cerradas para los visitantes, pues, "en la posada no había lugar para ellos", y en medio de tantos NO, con la sensación de abandono, y  orfandad que producen. Surge la pregunta;  ¿quién velará por nosotros? Pues, este inhóspito recibimiento presagiaba un rechazo. Ante el multiforme NO del hombre a Dios, se aproxima el eterno SI de Dios que avanza presuroso entre las situaciones humanas que obstaculizan su realización. El SI eterno desembarcó en el si temporal de María y José, encontrando un hueco con forma de hogar, en donde recalar para quedarse con nosotros. Cálidamente preparado por Dios desde la eternidad en María.

La noche, lentamente y en forma imperceptible, comenzó a ser invadida por una luz peculiar, que no tiene su origen en la que refleja  la luna. Los pastores que cuidaban "por turnos el rebaño" se pusieron en camino, atraídos por aquel espectáculo maravilloso, pudiendo comprobar con sorpresa, que  la luz venía de un establo. Y era tan potente, que la estrella que se había posado sobre el, parecía una vela mortecina a punto de extinguirse.

A mediada que los intrigados pastores se aproximaban, crecían  los interrogantes sobre lo que estaban presenciando, ¿qué habrá dentro de la cueva que produce esa luz potente?

Los pastores al entrar en aquel recinto sagrado, sintieron  como Moisés, que la tierra que pisaban era santa. La luz misteriosa la irradiaba el  Niño. Era una luz tan amable, con un fulgor  comparable al del sol, en el que  la pobreza del establo había cobrado un brillo sin igual. Su Madre era en aquel establo la Luna, invadida por la acción de su Hijo, irradiaba una luz tan dulce como su rostro. En medio del silencio sagrado, María y José recordaban lo anunciado por el profeta Isaías: "En medio de la noche brilló una gran Luz…".

Los rostros en torno al Niño se llenaron de asombro y admiración.  Las voces endebles de los hombres fueron socorridas por los coros angélicos que glorificaban a Dios. A medida que los pastores iban llegando, se arrodillaban, y se decían suavemente unos a otros, "venid adoremos al niño".

La noche no pudo contener tanta Luz, de esta Gloria da testimonio la Iglesia. En medio de la noche de todos los tiempos, "  brilla una gran luz ". Adoremos al Señor con un silencio lleno de esperanza que embargue nuestro corazón.  Venid amigos, adoremos al Señor.

Para todo peregrino que no entra en el establo, la pregunta que éste suscita permanece sin respuesta.  Los que observan, Belén desde fuera, no comprenden su  belleza eterna.

Tal vez podamos acercarnos humildemente a su Verdad, y adorar al Niño con los magos y pastores, contemplando el rostro dulce de su Madre y la nobleza sutil que se desliza en la mirada de  José su custodio. Al encontrarlo en el pesebre podemos intentar inclinarnos ante él, para beber de su secreto gozo, de su verdad inefable, y de su silencioso encanto.

"La noche no interrumpe tu historia con el hombre, la noche es tiempo de salvación"

miércoles, 19 de diciembre de 2018

TOMMASO FEDERICI: 25 DE DICIEMBRE, UNA FECHA HISTÓRICA

Un preámbulo


Comúnmente se acepta la noticia, antigua, según la cual la celebración de la Navidad del Señor fue introducida en la primera mitad del siglo IV por la iglesia de Roma por motivos ideológicos. Se habría colocado el 25 de diciembre para contraponerse a una peligrosa fiesta pagana, el Natale Solis invicti (quizá Mitra, como es probable, o quizá el título de un emperador romano). Se habría fijado esta fiesta en el solsticio de invierno (21-22 de diciembre), cuando el sol reanudaba su marcha triunfal hacia su máximo resplandor. Por tanto, en ámbito cristiano, remontando nueve meses, se habría fijado en el 25 de marzo la celebración de la anunciación del Ángel a la Virgen María de Nazaret, y su inmaculada Concepción del Hijo y Salvador. Por consiguiente, seis meses antes de la natividad del Señor se habría colocado también la fiesta de la natividad de su precursor y profeta Juan Bautista.

Por otra parte, Occidente no celebraba el anuncio de la natividad de Juan a su padre, el sacerdote Zacarías, que, en cambio, desde fechas muy lejanas, se conmemora en el Oriente sirio el primer domingo del "Tiempo del Anuncio" (Sûbarâ), que comprende en otros cinco domingos la anunciación a la Virgen María, la visitación, la natividad del Bautista, el anuncio a José, la genealogía del Señor según Mateo.

El Oriente Bizantino, igualmente desde fechas inmemoriales, celebra el 23 de septiembre también el anuncio a Zacarías.

Tenemos, pues, cuatro fechas evangélicas consecutivas que siguiéndose se entrelazan, a saber: I) el anuncio a Zacarías y II) seis meses después la anunciación a María, III) respectivamente nueve y tres meses de las primeras dos fechas, la natividad del Bautista, y IV) respectivamente seis meses de esta última fecha, y naturalmente nueve meses después de la anunciación, la Natividad del Señor y Salvador.

La referencia, digamos, litúrgica de todo esto sería, pues, la Natividad del Señor establecida el 25 de diciembre, y basándose en esta fecha se disponen las fiestas de la anunciación nueve meses antes, y de la natividad del Bautista seis meses antes. Los historiadores y liturgistas plantean al respecto varias hipótesis que unas más y otras menos son aceptadas. El problema es que ya en los siglos II-IV fueron planteadas distintas fechas que tenían en cuenta cálculos astronómicos o ideas teológicas.

Una fecha "histórica" externa, es decir, que no fuera bíblica, patrística ni litúrgica, y que confirmase las opiniones de los estudiosos no se conocía aún.

Una referencia: el anuncio a Zacarías

Lucas está atento a la hora de situar la historia. Por ejemplo, cita un edicto de Cesar Augusto (para el censo de Quirino en torno al 6-7 a.C) durante el cual nace el Señor (Lc 2,1-2). Además coloca en el año decimoquinto del imperio de Tiberio Cesar (27-28 d.C) el comienzo de la predicación preparatoria del Señor por parte de Juan Bautista (Lc 3,1). Y escribe: "Y era el mismo Jesús, al comenzar (su ministerio después del Bautismo, Lc 3,21-22) como de treinta años” (Lc 3,23) de hecho tenía 33 o 34 años.

Según su sugestiva narración evangélica, el Ángel Gabriel, el mismo de la anunciación a María (Lc 1,26-38), al terminar Zacarías la ofrenda del incienso en el Santuario había anunciado al anciano sacerdote que su mujer Isabel, estéril y anciana, daría a luz un hijo, destinado a preparar un pueblo para Aquel que iba a venir (Lc 1,5-25). Lucas se preocupa de colocar este hecho con precisión gracias a un dato conocido por todos. Refiere que Zacarías pertenecía a la “clase (sacerdotal, ephêmería) de Abías” (Lc 1,5), y cuando se le aparece a Gabriel “ejercía su ministerio sacerdotal en el turno (táxis) de su orden (ephemería)” (Lc 1,8).

Así remite a un hecho general que no presenta dificultades, y a otro específico y puntual que presenta un problema. El primer hecho, conocido por todos, era que en el santuario de Jerusalén, según la narración del cronista, el mismo David había dispuesto que los “hijos de Aarón” estuvieran distribuidos en 24 táxeis, hebreo sebaot, los turnos perennes (1 Cr 24,1-7.19). Dichas clases, alternándose en un orden inmutable, debían prestar servicio litúrgico durante una semana, de “sábado a sábado”, dos veces al año. La lista de las clases sacerdotales hasta la destrucción del Templo (año 70 d.C) según el texto de los Setenta era establecido por sorteo de la siguiente manera: I) Yehoyarib, II) Yedayas, III) Jarín, IV) Seorín, V) Malquías, VI) Miyamín, VII) Hacós, VIII) Abías, IX) Jesús, X) Secanías, XI) Eliasib, XII) Yaquín, XIII) Jupá, XIV) Yesebab, XV) Bilgá, XVI) Imer, XVII) Jezir, XVIII) Hapisés, XIX) Petajías, XX) Ezequiel, XXI) Yaquín, XXII) Gamul, XXIII) Delayas, XXIV) Maazías (la lista de 1 Cr 24, 7-18).

El segundo hecho es que Zacarías, pertenecía al turno de Abías el VIII. El problema que plantea esto es que Lucas escribe cuando el Templo sigue en actividad y, por tanto, todos podían conocer sus funciones, y no anota cuándo estaba en ejercicio el turno de Abías. Tampoco dice en cuál de los dos ciclos anuales Zacarías recibió el anuncio del Ángel en el santuario. Y parece que a lo largo de los siglos nadie se ha interesado en recordarlo o investigarlo. La misma Comunidad madre, la Iglesia de Jerusalén, judeocristiana de idioma arameo, que tradicionalmente (al menos durante dos siglos) fue gobernada por lo parientes de Jesús, Santiago y sus sucesores, no parece que se preocupase de este detalle, que para los contemporáneos era obvio.

EL TURNO DE ABÍAS CON FECHA SEGURA
En 1953, la gran especialista francesa Annie Jaubert, en su artículo “Le calendrier des Jubilèes et de la secte de Qumrán, Ses origines bibliques” en Vetus Tetsamentum Suplemento 3 (1953) pgs 250-264, había estudiado el calendario del libro de los Jubileos,un apócrifo judío muy importante de finales del siglo II aC. Pues bien, numerosos fragmentos del texto de dicho calendario, hallados en las cuevas de Qumrán, demostraban no sólo que habían sido hecho por los Esenio que allí vivían (desde el siglo II a.C hasta el siglo I d.C) sino que seguía en uso. Este calendario es solar, y no da nombre a los meses, los llama con números consecutivos. La estudiosa había publicado además sobre este tema numeroso artículos importantes; véase también el título “calendario de Qumrán”, en Enciclopedia de la Biblia. Y en una célebre monografía, La date de la Cène, Calendrier biblique et liturgie chrètiene, Etudes Bibliques, Paris, 1957, había reconstruido la sucesión de los acontecimientos de la Semana Santa, situando de manera convincente (salvo para algunos) en martes y no en jueves.

Por su parte, también el especialista Shemarjahu Talmon, de la Universidad Hebraica de Jerusalén, había tratado sobre los documentos de Qumrán y el calendarios de los Jubileos, y había logrado establecer con precisión el desarrollo semanal del orden de los 24 turnos sacerdotales en el templo, entonces aún en función. Publicó sus resultados en el artículo “The Calendar Reckoning of the Sect from the Judean Desert. Aspects of the Dead Sea Scroll, e Scripta Hierosolymitana, vol IV, Jerusalén, 1958, pgs 162-199; se trata de un estudio esmerado e importante, pero que, hay que decirlo, pasó casi inadvertido en el gran circuito pero no para Annie Jaubert. La lista que el profesor Talmon reconstruye indica que el “turno de Abías (Al- Jah) prescrito por dos veces al año, tenía lugar: I) la primera vez, del 8 al 14 del tercer mes del calendario,y II) la segunda vez del 24 al 30 del octavo mes del calendario. Ahora bien según el calendario solar ( no lunar como es el actual calendario judío), esta segunda vez corresponde en torno a la última década de septiembre.

Como señala también Ammassari, “Alle origini del calendario natalizio”,en Euntes Docete 45 (1992), pgs 11-16, con la indicación sobre el “turno de Abías”,Lucas se remonta a una preciosa tradición judeo-cristiana jerosolimitana, que ha encontrado como narrador esmerado de historia (Lc 1,1-4), y ofrece la posibilidad de reconstruir algunas fechas históricas.

Así el rito bizantino recuerda el 23 de septiembre el anuncio a Zacarías, y conserva una fecha histórica segura, y casi precisa (quizás con un desfase de uno o dos días).

FECHAS HISTÓRICAS DEL NUEVO TESTAMENTO
La principal datación histórica sobre la vida del Señor versa sobre el acontecimiento principal: su resurrección en la narración unánime de los cuatro Evangelios (y del resto de la Tradición apostólica del Nuevo Testamento,véase 1 Cor 15,3-7) ocurrió durante el amanecer del domingo 9 de abril del año 30 d.C, fecha astronómica segura, la fecha de su muerte, por tanto, fue hacia las 15 horas del viernes 7 de abril del mismo año 30.

Según los datos establecidos por la reciente investigación, antes mencionada, hay una trama impresionante de otras fechas históricas. El ciclo de Juan Bautista tiene establecida (aproximadamente) la fecha histórica del 24 de septiembre de nuestro calendario gregoriano del año 7-6 a.C para el anuncio divino a su padre Zacarías. En el cómputo actual sería en el otoño del año 1 a.C, pero sabemos que desde el siglo VI hay un error de unos seis o cinco años sobre la fecha real del año de la natividad del Señor.

La natividad de Juan Bautista nueve meses después (lc 1,57-66), aproximadamente 24 de junio, es una fecha histórica. Por tanto, en el ciclo de Cristo Señor, que Lucas coloca en forma de díptico especular con el del Bautista, la anunciación a la Virgen María de Nazaret “en el sexto mes” después de la concepción Isabel (Lc 1,28) resulta otra fecha histórica.

Por consiguiente, y por fin, la natividad del Señor el 25 de diciembre es una fecha histórica, es decir, 15 meses después del anuncio a Zacarías, nueve meses después de la anunciación a su Madre, la Virgen María, seis meses después del nacimiento de Juan Bautista.

La santa circuncisión ocho días después del nacimiento, según la ley de Moisés (Lev 12,1-3), es una fecha histórica.

PROBLEMAS LITÚRGICOS

La fecha de la Natividad está rodeada de una serie de problemas. En primer lugar, se da el hecho de que en algunas iglesias se unió y a veces se confundió el 25 de diciembre con el 6 de enero, día que reunía la memoria de todos los acontecimientos que rodeaban la natividad del Salvador.

Luego, la distinción aproximada entre memoria de un hecho, que puede durar generaciones, la devoción en torno a este hecho, que puede manifestarse con un culto no litúrgico, y la institución de una fiesta litúrgica con fecha y oficio propios, que comprende la liturgia de las horas santas, y la de los misterios divinos.

Aquí hay que tener en cuenta, cosa que generalmente no se hace, la increíble memoria de las comunidades cristianas respecto a los acontecimientos evangélicos y los lugares donde sucedieron.

La Anunciación, por ejemplo, había entrado en las formulaciones de algunos de los “Símbolos bautismales” más antiguos ya en el siglo II. En la misma época fue representada en el arte cristiano primitivo, como en las catacumbas de Priscila. En el mismo Nazaret, como ha demostrado espléndidamente la arqueología, la comunidad local conservó y veneró sin interrupción alguna el lugar de la Anunciación, y fue visitada por un constante flujo de peregrinos a lo largo de los siglos dejaron grafitos y frases conmovedoras, hasta nuestros días. Cuando comenzó el culto litúrgico de la Madre de Dios, ya entrado en el siglo V,se creó la fiesta litúrgica del Euaggelismós, la anunciación a María. Esta adquirió una resonancia tan extraordinaria que en Occidente los Padre la incluyeron entre “los orígenes de nuestra redención” (con la Navidad, los Reyes Magos y las bodas de Caná), y en Oriente fue considerada tan solemne y casi dominante, que su fecha en el rito bizantino anula el domingo e incluso el jueves santo, cede sólo ante el viernes santo, y cae en el domingo de Resurrección divide la celebración de modo que se celebra mitad del Canon pascual y mitad del canon de la Anunciación.

Antes de la construcción de la Basílica constatiniana de Belén (tercera d{ecada del siglo IV), la comunidad cristiana había conservado ininterrumpidamente la memoria y la veneración del lugar del nacimiento del Señor. En Egipto,la Iglesia Copta conserva con constante devoción la memoria de los lugares donde la Sagrada Familia estuvo durante su huida (Mt 2,13-18), sobre los que fueron construidas iglesias que aún ofician. Podemos mencionar tambi{en los lugares santos de Palestina, sobre todo los de Jerusalén: el Anostasis , la resurrección (reducidamente llamado santo sepulcro), el Golgota,el Cenáculo,el “Monte de Galilea” que es el de la Ascensión, el Getsemaní, Betania,la piscina probática (Jn 5,1-9), donde fue construida una iglesia, el lugar de la Dormición de la Madre de Dios en Cedrón, etc. De todos estos lugares existe una documentación priciosa, impresionante e ininterrumpida, que llega hasta nuestros días, de los peregrinos que los visitaron siempre con grandes sacrificios y peligros, y dejaron descripciones y relatos escritos de la veneración que recibían, y de los usos de la devoción de los habitantes y de otros visitantes.

Aquí el problema interesante es la elección de las fechas para las celebraciones litúrgicas. Respecto a la celebración litúrgica, en el sentido que hemos visto arriba, del Señor, de su Madre y de Juan Bautista,¿se trató de decisiones arbitrarias dictadas por ideologías o cálculos ingeniosos? No creo. El 23 de septiembre y el 24 de junio para el anuncio y la natividad de Juan Bautista, y el 25 de marzo y el 25 de diciembre para la anunciación de Señor y su natividad, no fueron fechas arbitrarias ni se copiaron de ideologías de la época. Las iglesias habían conservado memorias ininterrumpidas, y cuando decidieron rendirles celebraciones litúrgicas lo único que hicieron fue sancionar el uso inmemorial de la devoción popular.

Hay que tener en cuenta también, el hecho poco señalado de que las iglesias se comunicaban las “fechas” de sus celebraciones, y así mismo, por ejemplo, las de los testimonios de los mártires a la gloria del cielo. Para los grandes aniversarios, como las fiestas del Señor, de los apóstoles, de los mártires, de los santos obispos de las iglesias locales, y, desde el siglo V, también la de la Madre de Dios las iglesias aceptaron con gusto las propuestas de las iglesias hermanas. En la práctica, casi todas las grandes fiesta del Señor y de la Madre del Señor y de la Madre de Dios proceden del Oriente palestino y fueron aceptadas con gran entusiasmo por las iglesias del imperio y, de grandes cismas del siglo V, también por la inmensa cristiandad del imperio parto. La Navidad, como aparece, procede de Roma y fue aceptada con vacilaciones, por todas las Iglesias.

Con esto queremos decir que las Iglesias tenían la posibilidad de controlar y verificar, y hay que decir .que nuestros antiguos padres no eran unos inocentes que se lo creían todo, sino que justamente desconfiaban y rechazaban todo intento ilícito me ilegítimo de culto no comprobado.

En todo esto el evangelista Lucas tiene un papel destacado, cuando con oportunas y hábiles menciones remite a lugares y acontecimientos, a fechas y personas.

EL CLAN DE CAÍN

La Iglesia madre judeo-cristiana había conservado otras muchas memorias sobre su Señor, el judío Jesús, el “Diácono de la circuncisión” (Rom 15,8), que la investigación moderna con paciencia y trabajo está sacando a la luz después de siglos de oscuridad. Algunas son intensas y resplandecientes. Una se refiere a la elección de la madre de Dios. Después de la caída de Adán, los tres se reunieron urgentemente en consejo. El padre informó que para comenzar de nuevo había elegido a María, la Virgen de Nazaret, y había decidido hacer de ella la Madre del Hijo, dotándola con la Virginidad permanente a imitación de su Virginidad paterna, informó que él también había elegido a María por madre, y había decidido que asistiera a los tres terribles Misterios, de la natividad virginal, de la Cruz y de la Resurrección gloriosa. El Espíritu Santo informó que había elegido también a la misma María, para darle como dote nupcial su divina suavidad, para entregarle su Paráklesis, la abogacía poderosa contra el Enemigo, y su consuelo irresistible. Así vino a los hombres “del Espíritu Santo y de la Virgen María”(Lc 1,32; y el símbolo apostólico)Cristo Señor, que, engendrado en la divina eternidad por el Padre sin Madre, el Mismo nació en el tiempo de los hombres de la Madre sin padre (los Padres).Así que el Hijo de Dios e Hijo de María tuvo como término humano la Virgen Madre, mediante la cual es consubstancial a todos los hombres.
Todos los hombres no ya que salvar, término que en la edad moderna se ha vuelto equívoco, sino redimir del pecado. El pecado de Adán, que se configura también con el pecado de Caín (Gn 4,1-12).Después del fratricidio consumado contra el inocente Abel, Caín tuvo miedo del castigo, pero no tanto del de su Señor misericordioso le concedió una señal, una señal de Caín, que le sirviera de salvación de la muerte.

Entonces el Señor después del diluvio, entre todos los descendiente es de Noé, actuó con sabiduría y paciencia, según las dos irresistibles leyes de la redención, la selección regresiva o concentración, que es elección de uno, un resto asumido a favor de todos los demás, y es eliminación de los demás de esta operación, y por subsunción progresiva, que es agregación universal de todos en la salvación obtenida por el resto. Por eso el Señor de todos lo pueblos de la tierra (Gen 10) eligió a Sem y a sus descendientes (Gen 10,21-31).De la descendencia de Sem eligió a la familia de Teraj, padre de Abraham (Gn 11,27-32). De los hijos de Teraj eligió a Abraham (Gen 12,1-3) y a sus descendientes Isaac y Jacob. De los doce hijos de Jacob eligió a la tribu de Judá (Gen 49,8-12). De la tribu de Judá eligió a la semitribu de los Cainitas (o Queniceos) con Caleb, y por capital Hebrón (Job 14,6-15). De esta semitribu (o clan) eligió a la familia de Jesé, y de los ocho hijos de Jesé eligió a David (1 Sam 16,1-12) sobre el que posó su Espíritu Divino omnipotente y mesiánico (1 sam 16,13).

De David por fin e irreversiblemente descendió en la carne (Mt 1,1; Ro 1,3) mediante la virgen María, sin la participación de ningún hombre (Mt 1,16), el Hijo de Dios, Hijo de Abraham, Jesucristo el Redentor.

La señal que Caín recibió es su confluencia y la de todos los pecadores en su posteridad pecadora, resumida por los Cainitas, el clan de Caín, cuyo jefe divino y humano es el Hijo de Dios, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María. Por eso el Hijo de Dios, el Impecable “se hizo pecado por nosotros” (2 Cor 5,21), haciéndose maldito por nosotros según la ley, porque cuelga de un madero (Gál 3,13 que cita Dt 21,23) para obtener la Bendición y la Promesa de Abraham que es el Espíritu Santo (Gál 3,14), asumió la carne de pecado cargada, por tanto, de muerte (Rom 8,3) que siendo y permaneciendo Dios se hizo también esclavo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,6-8), llevando a la cruz a Caín y a su descendencia, el Hijo de Dios destruyó la incapacidad de Adán y Eva de dar hijos a Dios y abrió en “subsunción progresiva” ilimitada las puertas de entrada al Padre en el Espíritu Santo.

Es también el contenido de las liturgias de Oriente y Occidente para el domingo de Resurrección y el Viernes Santo, aunque también de la Navidad, la Anunciación y natividad de la Virgen.
La Navidad del Señor en la carne es una fuente inagotable, que no conoce la trivialidad del frío “árbol” material, sino la sorpresa renovada, la maravilla jamás saciada, el estupor adorante frente a Aquel que desde el Océano infinito de la divinidad bienaventurada quiso arribar a la orilla triste y dolorosa de la historia de los hombres con un único objetivo: “Dios permaneciendo lo que era quiso hacerse también lo que no era, Hombre creado, verdadero, limitado, mortal, para que los hombres creados, limitados, mortales, permaneciendo lo que eran se convirtieran en dioses por gracia del Espíritu Santo. Esta es la fórmula de intercambio o fórmula de la divinización, que procede de la Sagrada Escritura, está codificada fielmente por los Padres y se vive con eficacia infinita en la santa liturgia de la Iglesia.