viernes, 21 de septiembre de 2018

SAN FRANCISCO DE ASÍS: LA PERFECTA ALEGRÍA

Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante , y le habló así: ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.

Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez: ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.

Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza: ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.

Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte: ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.

Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte: ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta. Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó: Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta. Y San Francisco le respondió:

Si, cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: "¿Quiénes sois vosotros?" Y nosotros le decimos: "Somos dos de vuestros hermanos". Y él dice: "¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!" Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe ¡oh hermano León! que aquí hay alegría perfecta.

Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: "¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!" Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: "¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido". Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de El, por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo. A él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 18 de septiembre de 2018

DIÁC. JORGE NOVOA: DIOS NO TIENE NIETOS

Supongo que el título te habrá resultado sugestivo ¿Qué afirmamos al expresar que “Dios no tiene nietos”? Te pido un poco de paciencia y atención.

Podríamos plantearnos la hipótesis de la siguiente manera: “Los hijos de los creyentes, por serlo, no son nietos de Dios”. En la problemática de la trasmisión de la fe, a veces pensamos incorrectamente, que comunicando a nuestros hijos los conocimientos que tenemos de nuestra religión, con ello, será suficiente. Hay un aspecto doctrinal que necesita ser comunicado, nuestra fe posee un Credo, pero el cristianismo no se reduce a una comunicación de ideas.

Muchos hombres incrédulos tienen informaciones adecuadas sobre datos de la vida y las enseñanzas de Jesús. Saben que nació en Belén, y que su madre se llamaba María, conocen el modo de su muerte con bastantes detalles, pero y sin dudarlo, afirmamos que no lo conocen a Él. Los guardias que conduce Judas al lugar donde se encuentra Jesús, antes de su pasión, al enfrentarse con Él que les pregunta a quien buscan, le responden a Jesús el Nazareno. Se encuentran delante de Él, conocen su nombre, pero no lo conocen a Él.

Jesús le dice a la mujer samaritana, que se encuentra junto al pozo: “Si conocieras quien es el que te pide de beber”. En la Sagradas Escrituras, conocer es una relación vital que se establece entre dos personas, este concepto no se reduce en el mundo de la Biblia a una operación intelectual, la incluye, pero va más allá.

El cristianismo brota de un encuentro con Cristo Resucitado. Podemos y debemos testimoniarles a nuestros hijos a Cristo con palabras y obras, para que se manifieste la Belleza de la vida cristiana, y ésta ejerza una suerte de atracción del corazón de los nuestros. Pero inevitablemente, tendrán ellos que vivir su encuentro con el Señor. Los hijos de los creyentes, por serlo, no son nietos de Dios, porque Dios no tiene nietos, tiene hijos, y para serlo, hay que aceptar personal y libremente la invitación a vivir la vida desde esta experiencia de la fe.

El encuentro con el Señor, es un acontecimiento de gracia, que los padres preparamos con la oración y nuestro propio testimonio. Podemos acompañarlos, aproximándonos con ellos hasta el umbral del pórtico que conduce al encuentro con el Señor, pero la palabra final sobre esta decisión la tienen ellos.

Jesús está Resucitado, este es el grito de la Noche Pascual, Él se encuentra en medio de nosotros, “todos los días hasta el fin del mundo”. No estamos solos en la tarea de comunicar la fe, pidamos al Señor la ayuda necesaria, para que complete la obra que ha iniciado.

lunes, 17 de septiembre de 2018

DIÁCONO JORGE NOVOA: HOY ES POSIBLE EDIFICAR EL HOGAR?

El hogar ha sido siempre para los cristianos algo sagrado, por un lado es don, realidad recibida que debe ser acogida con gratitud, y por el otro tarea. Ser conscientes de ambas realidades resulta necesario para reconocer nuestro protagonismo en su construcción. La expresión hogar no se detiene en la realidad edilicia, sino en las relaciones humanas; esto permite reconocer que las expresiones que lo describen adecuadamente son: encuentro, reunión, compartir, dialogar, trabajar,familia, etc...

El hogar es una realidad a edificar. Aunque la casa (materialmente) está construida, el hogar siempre es una tarea por realizar, que necesita del compromiso permanente de todos sus miembros; las distintas edades, capacidades intelectuales o fuerzas físicas permiten descubrir la complementariedad existente para la edificación del bien común que es el hogar.

Con la palabra hogar, no se designa el espacio físico, necesario para moverse, se trata del espacio que se establece cuando sus habitantes hacen en sus vidas lugar a los demás, entregándoles su tiempo para interesarse por lo que le ocurre al otro. Yo me vuelvo protagonista cuando asumo mi responsabilidad, buscando aportar mis cualidades, ocupando mi lugar y dando el lugar que a otros corresponde.

El hogar es el lugar propio del crecimiento humano, pero también de su envejecimiento, el aprendizaje se cimienta en expresiones tales como; sacrificio, abnegación, diversión, amor, perdón, respeto, solidaridad y responsabilidad.

El mundo y su vértigo proponen algunos comportamientos que distorsionan la finalidad del hogar. Enumero tres, hoy existen muchas más: el "hogar cibercafé","hogar cine" y el "hogar hotel".

El hogar, para algunos, queda descrito con la expresión “cibercafé”, sabemos que hay lugares que ofrecen el servicio de utilizar una computadora para realizar la tarea, jugar o conectarse por internet para enviar mensajes o recabar información. Este comportamiento se ha instalado en los hogares, y hay algunos que viven en el hogar a modo de un “cibercafé”, encienden la computadora y consumen sus días y horas delante de las pantallas (chica, plana, etc). Resulta complejo atraerlos a otro lugar de la casa, que no sea el que tiene la computadora, y cada día es más complejo vincularlo a los diálogos familiares gratuitos. Esos que cuentan historias de paseos, los primeros días en la escuela, la primera salida en el auto de la familia, las vacaciones, los contratiempos...

Vivir en el hogar como en el “cine”, tiene como protagonista a la televisión (cable o por internet), se ha multiplicado su presencia nociva en las casas, antes había una y la familia se reunía para ver un programa, compartiendo incluso sus impresiones, hoy cada uno quiere tener la suya. Al llegar de la jornada laboral, muchos que no han saludado a los distintos miembros de la familia, se han acercado a encender el televisor, aunque todavía no se pusieron cómodos, incluso dejando el televisor encendido cuando todavía no se pondrán frente a él. Y que decir, si es necesario compartirlo cuando no hay acuerdos en lo que queremos ver. Vivir de esta manera, va cada día impidiendo que uno se ponga frente al otro, porque todos se ponen frente al televisor que ejerce su cátedra, imponiendo a todos silencio. Y no hablemos de los contenidos...

También se ha instalado pensar que el hogar es un “hotel”, allí me ducho, como y duermo. Entro y salgo, incluso a veces creo que los otros son los que se ocupan de mis cosas, tales como, limpiarme el dormitorio, lavarme la ropa, levantar del piso lo que dejé tirado.

Las tres imágenes que presentamos describen comportamientos que producen serias alteraciones familiares, sus disfunciones afectan a todos. Es posible cambiar estos comportamientos y comprometernos en edificar el hogar, como un espacio de relaciones habitables , en realidad un amor responsable que permite convivir, en salud o enfermedad, pobreza o riqueza, acuerdos o desacuerdos. La construcción del hogar es tarea de todos. El clima del hogar es un bien arduo que es necesario conquistar.

sábado, 15 de septiembre de 2018

RP. HORACIO BOJORGE SJ: NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES: LAS ZARZAS Y EL FUEGO (3)


Queridos hermanos: Venimos meditando y contemplando el emblema del Corazón de María en este triduo preparatorio a la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Contemplábamos el Corazón, las espinas, el fuego y la espada o las espadas.

Decíamos el primer día, que el Corazón de María es la primicia de los Corazones nuevos, deseados por los justos y prometidos por Dios, por boca de sus profetas, para el tiempo de la Nueva Alianza. Decíamos también, cómo Lucas, el evangelista de la Virgen y del Corazón de María, así lo comprendió y enseñó a la Iglesia. Decíamos que la Iglesia, inspirada por Lucas, aprendió de su evangelio a rezar el Santo Rosario, contemplando los misterios de la vida de Cristo desde el Corazón de la Madre, donde están guardados.

Vimos ayer, cómo las zarzas, espinas, abrojos y espinillos, son símbolos del castigo por el pecado; vimos cómo la espada de fuego impedía el regreso de insolentes o temerarios, al Paraíso perdido, a la Presencia de Dios y al Arbol de la Vida; vimos asimismo cómo Jesús cargó esas maldiciones y castigos sobre sí, para librar de ellos a la Humanidad; vimos cómo los mismos símbolos se convertían así de castigo en remedio, y de maldición en bendición. De modo que los mismos símbolos que nos hablaban en el Génesis de una cosa, nos hablan en el Evangelio de la contraria. Allá nos hablaban de las consecuencias del pecado, aquí nos pintan la sobreabundanciade la gracia y de la salvación.

Jesús y María tienen en sus corazones el fuego, las espinas, la herida de la lanza o las espadas. Decíamos por fin ayer que Jesús como Siervo Sufriente, tomó sobre sí el castigo que merecíamos por los culpables, siendo así que era el único cordero inocente; y que María se guardó todo ese sufrimiento redentor del Hijo en su Corazón Inmaculado.

En ambos corazones brilla el perdón de Dios. Porque ni en el Corazón del Hijo ni en el de la Madre hay lugar a la más mínima sombra de rencor. En ellos arde, puro y sin escoria, el fuego del perdón divino; que quiere consumir al pecado pero no al pecador.

En realidad, a la luz de este fuego y de esta espada, a la luz de esta corona de espinas, nos es posible comprender mejor cómo en los castigos por el pecado original que anunciaba el Génesis no había una reacción de "bronca" divina, sino una profunda pena y la preparación del remedio y de la salvación que vendría con Jesús.



LAS ZARZAS Y EL FUEGO

Hoy quiero referirme a dos escenas bíblicas más, en las cuales aparecen las espinas, el fuego y la espada. Son ellas:


1º) La fábula de los árboles que eligieron por rey a la zarza, narrada en el libro de los Jueces, capítulo noveno.


2º) El encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente del Sinaí, en el libro del Exodo, capítulo tercero.


En el primer texto, la zarza contagia su incendio y devora con su fuego a los árboles de su alrededor. En el otro caso, el fuego que arde en el corazón de la zarza, no la consume. Y es en ese fuego no-destructor donde Dios se muestra a Moisés, expresándose a sí mismo como fuego de amor misericordioso y no como pasión de ira destructora y devoradora. Allí mismo, Dios le manifiesta a Moisés su Nombre: Yo soy el que soy, o quizás mejor: Yo soy el que estaré (con vosotros, o sea el Emmanuel), es decir, el Dios de la Presencia recuperada.


Me da devoción considerar que la zarza ardiente que vio Moisés prefiguraba el misterio de los Corazones de Jesús y de María. Y para tratar de explicárselo o mostrárselo los invito a que comencemos recordando los dos pasajes bíblicos.

1) Un Rey perverso se entredestruye con un pueblo perverso
En el libro de los Jueces leemos la historia de un hombre ambicioso y malvado, llamado Abimélek, que tras matar a todos sus hermanos porque eran sus rivales para alcanzar un trono, se hace elegir rey de Siquem y de todo Bet-Miló (Jueces 9,1-6). Su hermano menor, llamado Jotám, que había escapado a la matanza, cuando se enteró de la coronación del asesino, subió a la cumbre del Monte Garizim, y desde allí le gritó a la ciudad una fábula. Era en realidad una profecía. Y concluye con una maldición. La fábula le pronostica a la ciudad que el que se han elegido como rey será la causa de su perdición. Oigamos esa fábula. Dice así:

"Los árboles se pusieron en camino para buscarse un rey a quien ungir.
-Dijeron al olivo: 'Sé tú nuestro rey'.
-Les respondió el olivo: '¿Voy a renunciar al aceite con el que gracias a mí son honrados los dioses y los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?
-Los árboles dijeron a la higuera: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-Les respondió la higuera: '¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a vagar por encima de los árboles?'
-Los árboles dijeron a la vid: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-Les respondió la vid: '¿Voy a renunciar a mi mosto, el que alegra a los dioses y a los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?'
-Todos los árboles dijeron a la zarza: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-La zarza respondió a los árboles: 'Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si así no fuera, brote de la zarza fuego que devore a los cedros del Líbano".

Y ahora, decidme, - continuó gritando Jotam - ¿habéis obrado con sinceridad y lealtad al elegir rey a Abimélek? ¿Habéis sido leales con mi padre Yerubbaal que combatió en favor de vosotros? Abimélek, habiendo matado a los hijos de vuestro bienhechor, ha sido coronado rey por vosotros. Pues bien, si habéis obrado bien, que Abimélek sea vuestra alegría y vosotros la suya. Pero si habéis obrado mal - maldijo Jotam - que salga fuego de Abimélek y devore a los vecinos de Siquem y de Bet-Miló. Y que salga fuego de los vecinos de Siquem y de Bet-Miló y devore a Abimélek (Jueces 9,16-20).

La lógica de Jotam es clara. Si el reinado de Abimélek está fundado en la justicia, será feliz. Pero si tiene sus pies hundidos en sangre y violencia, como es el caso, esa misma violencia los entredestruirá.

Los iracundos, en efecto, se entredevoran en su ira. El fuego que sale de la zarza es el mismo que devora a la vez a la zarza y a sus árboles vecinos, a los que se propaga el incendio de las espinas. Abimélek, razona Jotam, es un violento y su violencia os devorará a vosotros. Y de su violencia tendréis que defenderos con violencia.

Al apólogo de Jotam, subyace una enseñanza acerca de los pueblos y de los gobiernos que ellos se eligen, que vendría bien meditar en tiempos de elecciones. Pero no podemos detenernos aquí con ese aspecto, que no interesa a nuestro fin. Lo que nos interesa sobre todo recalcar es cómo las zarzas y los espinos son alimento proverbial de las llamas. Sea porque en ellos se ceba fácilmente el incendio espontáneo, sea porque el hombre se ve obligado a cortarlos y quemarlos.

Leamos ahora el otro texto de la zarza ardiente en el Sinaí.
2) El Señor se revela en un fuego que no devora las espinas
"Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El Angel del Señor se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía. Dijo, pues, Moisés: 'Voy a contemplar este extraño caso: por qué no se consume la zarza". Cuando vio el Señor que Moisés se acercaba para mirar, lo llamó de en medio de la zarza, diciendo: '¡Moisés! ¡Moisés!'. El respondió: 'Heme aquí'. Le dijo: 'No te acerques aquí; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada'. Y añadió: 'Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob'. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios" (Exodo 3,1-6).
Razón tenía Moisés en asombrarse y considerar extraño el hecho de que este fuego no devorara la zarza, manjar apetecido por el fuego y los incendios, elemento proverbialmente combustible. El recorrido por textos de la Escritura que hemos hecho ayer y hoy, nos permite también a nosotros compartir su asombro y extrañeza; pero también entender mejor lo excepcional que hay en los sentimientos del amor divino. Dios se muestra a sí mismo en forma de fuego que no devora. Y el fuego que vio Moisés prefiguraba de los Sagrados Corazones. Yo tengo para mí, en efecto, que lo que vio Moisés en el Sinaí, fue el Misterio de los corazones ardiendo en las espinas: el Misterio de la Pasión salvadora, los corazones de Jesús y de María.

La escena de la zarza ardiendo en el libro del Exodo, está a media distancia entre las espinas y las espadas de fuego de los querubines, en el relato del Génesis, y los Corazones ardiendo en las espinas de la Pasión.
Si leemos el texto bíblico en su lengua original, que es el hebreo, el texto se abre a posibilidades de significación múltiples que no siempre es fácil reflejar en las traducciones. Los comentaristas del texto tienen mayores posibilidades que los traductores, de explicar los múltiples sentidos posibles que el autor humano y el Autor divino pueden haber querido darle a un determinado texto. A veces, el autor sagrado intenta positivamente usar expresiones ambivalentes o polivalentes. Y eso es imposible expresarlo en la traducción. Los traductores se ven forzados a simplificar y elegir uno de los sentidos posibles, porque no pueden entrar en explicaciones.

Los rabinos judíos, que comentan directamente el texto hebreo con gran conocimiento de esa lengua y con métodos exegéticos propios, ofrecen luces para entender matices de significación propios que abren al lector diversos planos de interpretación en un mismo texto. Según un dicho rabínico: La Escritura tiene setenta caras. Vale decir: una plenitud de sentidos.

Naturalmente, por las interpretaciones de los rabinos no podemos guiarnos en cosas de fe. Pero sí son atendibles en asuntos filológicos tocantes a la lengua hebrea. San Jerónimo y otros grandes escrituristas y teólogos católicos no han dudado en consultarlos y aprender de ellos en estos campos. Podemos pues acudir a ellos sin temor y con provecho para nuestra fe.

En cuanto a entrar a investigar la lengua original y exponer a los fieles lo investigado, nos anima el dicho de Santa Teresita del Niño Jesús: "Si yo hubiera sido sacerdote, habría estudiado a fondo el hebreo y el griego, a fin de conocer el pensamiento divino, tal como Dios se dignó expresarlo en nuestro lenguaje humano".

3) Algunas conjeturas interpretativas

En una colección de antiguos comentarios rabínicos sobre el libro del Exodo, llamado Midrásh Éxodo Rabbáh, encontramos un comentario a las palabras de nuestro texto: "Como una llama de fuego en medio de las espinas".

El comentario dice así:
"Otra opinión acerca de 'a manera de llama de fuego', dice que estaba (el fuego) a ambos lados de la zarza y encima de ella,igual que el corazón (en hebreo = leb) está puesto entre ambas partes del cuerpo y en la parte de arriba".
Según este comentario, el fuego estaba dentro de la zarza como un corazón; era como el corazón ígneo de la zarza. O también, el fuego ardía en el corazón de la zarza. En todo caso, los rabinos son sensibles a relacionar en este texto los diversos símbolos del texto, los mismos de nuestro emblema.

El famoso comentarista medieval judío Rabbí Salomón Isaac, más conocido como el Rashí, comenta así nuestro pasaje:
"En una llama de fuego" (en hebreo: belabbat 'esh): Es el corazón (leb) del fuego. Expresión al estilo de: 'En el corazón del cielo' (Deuteronomio 4,11), 'el corazón de la encina' (2 Samuel 18,14) que significa: en medio de.

Y no te extrañes de que diga labbat por leb, (con tau final), porque hay otro ejemplo de eso en Ezequiel 16,30: '¡Oh! ¡Qué frágil es tu corazón' (=libbatekha)"
Según este autorizadísimo rabino, en nuestro texto podemos leer que Moisés vio a Dios "en el corazón de la llama o del fuego" (belibbat 'esh). O como vimos, según los otros rabinos antes aludidos, el pasaje puede interpretarse como "el fuego ardía en el corazón de la zarza".

Creo que siguiendo el consejo de Jesús, que recomendaba a todo escriba instruido en el Reino de los cielos sacar de su tesoro lo nuevo y lo viejo, me está no sólo permitido sino de alguna manera indicado, transitar este camino de la exégesis rabínica, adoptando su hermenéutica, aunque yendo más lejos que ellos, y en la dirección de mi fe. Por este camino, leo en el texto:
"Y se dejó ver el Angel de Dios a él en forma de corazones de fuego" (=belibbót 'esh).
Y también, ambivalentemente:
"En forma de lengua de fuego"
"En forma de espada de fuego"
"En forma de corazones de hombre" (belibbot 'ish).
"De en medio de la zarza" (=mitok hasenéh)
Y también, ambivalentemente:
"De en medio del odio" (=mitok hasin'áh).
Es decir, en otras palabras, "corazones de fuego, que arden en medio del odio sin consumir a los que los odian".
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Y así hemos llegado, queridos hermanos, al final de nuestra contemplación, en este último día de nuestro triduo.

Hemos contemplado el emblema del Corazón de María, coronado de espinas, ardiendo en medio de ellas y traspasado por la espada.

Para bucear en el sentido y el significado de los símbolos que componen ese emblema, hemos pedido ayuda a la Sagrada Escritura, orientados en esa consulta por los comentarios de los Santos Padres, sin deseñar el aporte de los comentarios rabínicos.

Los símbolos no lo dicen todo. Expresan algo y ocultan quizás otro tanto. Quedarían, por lo tanto, muchas otras cosas por buscar, por explicar y aclarar. Me doy por satisfecho si el recorrido por los textos de la Escritura ha sugerido algo a nuestro espíritu; si he logrado poner en común con ustedes algo de lo que me da vueltas dentro del corazón cuando vengo a ponerme delante de nuestra imagen parroquial de Nuestra Señora de la Paciencia.

Esta imagen tiene sobre mí el efecto que Dimas Antuña, nuestro teólogo laico uruguayo, mi querido maestro tan grande como desconocido, pedía que tuviese la imagen de San José que su amigo escultor intentaba tallar:
"Que la imagen tenga algo de grande, de simple; algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el devoto entre a la Iglesia para pedir (para sí) cosas temporales o egoístas" y en vez de pedir lo que venía a pedir, en este caso por sus propias aflicciones y pesares "sea detenido por la paz" de esta imagen y "pida oración, conocimiento del propio
pecado y de la misericordia divina, y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época" (Carta a un Escultor).
Una imagen - diría yo - que nos remita con símbolos elocuentes a los misterios centrales de nuestra fe. Como es, felizmente, la imagen de Nuestra Señora de la Paciencia que se venera en este templo de San Ignacio de Loyola.

RP HORACIO BOJORGE SJ:NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES: LAS ESPINAS Y LA ESPADA (2)


Ayer comenzamos nuestra contemplación y meditación del emblema del Corazón de María, centrando nuestra atención en el Corazón mismo. A la luz de la Sagrada Escritura, veíamos en el Corazón de María la primicia de los corazones nuevos, anhelado por los justos y que Dios prometiera por medio de los profetas. Veíamos en María, la madre y maestra de una nueva humanidad. Corazones nuevos: Hombres nuevos.




Decíamos también que María nos enseña a conocer a Jesús, los misterios de cuya vida ella guardaba y meditaba en su corazón, desde el principio al fin, según nos enseña San Lucas.

Hoy, con la gracia de Dios, vamos a meditar sobre las espinas, el fuego y la espada, que son también símbolos que integran el emblema del corazón de María y que nos dicen algo acerca de la condición de este corazón nuevo, que es el suyo y al que el nuestro se debe parecer. Para tratar de penetrar en el sentido de estos símbolos, pediremos ayuda a la Sagrada Escritura.


LAS ESPINAS
Comencemos por las espinas. Una asociación inmediata y la más obvia, se establece con la corona de espinas de Jesús. Ciertamente, convenía encontrar la misma corona de espinas que corona al Mesías sufriente, en el Corazón de la Madre del Mesías. Cómo no iba a guardar la Madre esa corona en su corazón. Ambos corazones coronados de espinas, nos hablan de la comunión en el amor y en los padecimientos.

Pero si consultamos las Sagradas Escrituras, vemos aparecer las espinas en varias oportunidades que nos revelan el sentido teológico de las espinas.

Las espinas aparecen por primera vez en la Sagrada Escritura en el relato de la caída de nuestros primeros padres. A consecuencia del pecado, les sobrevienen a Adán y Eva muchas calamidades, que el Señor les anuncia con pesadumbre, ya que su voluntad respecto del hombre y de su vida sobre la tierra había sido muy distinta.

Entre esas calamidades, Dios les anuncia que la tierra producirá espinas: "Por tu causa quedará maldita la tierra...espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo; con el sudor del rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado, porque polvo eres y al polvo volerás" (Génesis 3,18).

La tierra, de la que el hombre ha sido tomado, es alcanzada por las consecuencias del pecado de la creatura que salió de ella. La tierra es alcanzada por la maldición y desde entonces comienza a producir espinas.

En el lenguaje de la Escritura las espinas son, por lo tanto - ahora lo comprendemos - consecuencia del pecado original. Son manifestación del estado de irreconciliación en que quedaron la tierra y el hombre. Esa irreconciliación, que no le permite al hombre vivir fácilmente sobre la tierra, es especialmene evidente en los desiertos, donde éste no puede vivir a causa de la infertilidad del suelo, sobre el cual sólo logran sobrevivir las plantas espinosas, los abrojos, zarzas y espinillos.

La corona de espinas, ya sea la de Cristo en la Pasión, ya sea la que ciñe el Corazón de su Madre, nos habla por lo tanto, del pecado original. Ese drama terrible, al que Jesús vino a poner remedio. Así como Jesús carga sobre sí los pecados del mundo, porta sobre su cabeza, en forma de corona de espinas, la maldición de la tierra, el signo de la irreconcililación entre el hombre pecador, hijo de Adán y Eva, y la tierra de la que fueron tomados. "El era herido por nuestras rebeldías..." (Isaías 53,4).

Las espinas, sin embargo, están trenzadas en forma de corona. Y esto también quiere decirnos algo. Quiere decir que por su pasión, Jesús ha transformado la maldición y el castigo, en un triunfo y en una victoria.

LA ESPADA DE FUEGO
Si avanzamos un poco más en la lectura del relato del castigo del pecado en el libro del Génesis, nos encontramos también con una espada de fuego. O, si traducimos a la letra, con "un fuego como espada".

¿Qué relación hay entre esa espada y la que traspasa el alma de la Madre de Jesús?El relato de los castigos que Dios anuncia, termina con la expulsión del Paraíso, a cuya entrada quedan apostados ángeles con espadas de fuego (o fuego como espada), encargados de impedir el acceso al árbol de la vida. Recordemos el texto: "Y le expulsó el Señor Dios del jardín de Edén para que sirviese al suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén a los querubines y la llama refulgente de la espada para impedir el acceso al árbol de la vida" (Génesis 3,23-24).

Los querubines, en la Sagrada Escritura, son ángeles. Su nombre significa "bendecidores", pues bendicen a Dios en su presencia. Ellos no sólo están en la Presencia de Dios, sino que son ángeles de la Presencia. Ese es no sólo su privilegio y su lugar, sino también su ministerio, su misión: señalar y visibilizar la Presencia, comunicarla a los hombres. Se los representaba sobre el Arca de la Alianza con las alas desplegadas. Sobre ellos, como sobre un trono, se sentaba el Dios invisible para hacerse presente a su pueblo. Es a estos seres angélicos a los que el Señor les encarga que impidan el acceso al árbol de la vida al arbitrio y la insolencia de los hombres desacatados.

La espada refulgente, o el fuego como espada, es el rayo.
Las espinas, la espada y el fuego, aparecen pues, en este relato del castigo por el pecado original, asociados en un mismo contexto y expresando distintos aspectos del castigo, o de los efectos desastrosos del pecado. El hombre se convierte ahora en un siervo de la tierra, en un esclavo que ha de servirla, ha de labrarla fatigosamente y entre espinas, para cobrar de ella un salario de pan. Pero el árbol de la vida, queda en el Paraíso perdido, inaccesible ahora. Los ángeles de la Presencia, armados del rayo, le vedan al hombre el acceso a la perdida intimidad y convivencia paradisíaca.

Siendo hoy la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, no podemos dejar de abrir un paréntesis, ya que estamos comentando este pasaje de la Sagrada Escritura, para señalar que en la tradición católica, se celebra a la Cruz como Arbol de la Vida. Los textos de la liturgia de la fiesta de hoy lo celebran así, en términos que nos evocan algunos cantos del Viernes Santo. Uno de esos himnos canta:





"Arbol lleno de luz, árbol hermoso,
árbol ornado con la regia púrpura"

Y otro



"¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor, en fruto...
Dulce árbol, donde la vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza.
Tú solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;
Tú el Arca que nos salva, tú el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido"

A medida que avanzamos en este correlacionamiento de símbolos bíblicos, creo que puede irse advirtiendo que el corazón, el fuego, la espada y las espinas, nos remiten por un lado al castigo del pecado original, pero por otro, al remedio que puso Dios a aquellos males en la Pasión de su Hijo.

Al hacerse hombre, Dios tomó sobre sí las espinas y fue herido por la espada y el fuego. Y es de ese remedio que nos hablan esos símbolos desde el Corazón de nuestra Madre, donde ellos se han convertido, en efecto, de castigo en remedio y de maldición en bendición.

Ya no hay Querubines a las puertas del Paraíso para impedirnos el acceso al Arbol de la Vida, sino que, en la Cruz, Árbol de Vida, se ofrece a nosotros Jesús mismo, como fruto de la ciencia del bien y del mal que da la sabiduría a sus discípulos, y que lejos de celarse se nos da en alimento para hacernos iguales a Dios.

Y junto al Árbol de la Cruz, para tomarnos como hijos y darnos la vida, está María, la nueva Eva que nos da a comer el fruto eucarístico, en vez del fruto de Muerte que la primera Eva le sirvió a Adán.

Los mismos símbolos nos hablan en el Génesis de una cosa y en el Evangelio de la contraria. Allá nos pintan las consecuencias del pecado. Aquí nos hablan de la sobreabundancia de la gracia y de la salvación.

Al mismo tiempo, podemos ir advirtiendo cómo en la Sagrada Escritura, los símbolos están regidos por leyes propias de combinación y de asociación entre sí. Esas leyes pertenecen al modo y al lenguaje en el que el Espíritu Santo quiere hablarnos en las Escrituras.

Cada lengua permite asociaciones y juegos de palabras que no se pueden traducir en otras. Por ejemplo, ya que toca a nuestro asunto, en hebreo hay una relación verbal - y de ahí deriva una vinculación simbólica y semántica -entre la llama y la espada. En muchas culturas se ha notado la semejanza de las llamas de fuego con la hoja de una espada, o también con la lengua del hombre. Es que el fuego destruye y mata, o también devora como decimos en castellano, donde son frases hechas decir "lenguas de fuego" o "lengua afilada".

En hebreo se habla de la lengua de la espada; y se dice que devora, para aludir metafóricamenta a su acción de matar. Y al igual que en castellano, se habla en hebreo de lenguas de fuego. De modo que en hebreo, la palabralengua se enlaza con la espada y con el fuego y puede asociar a ambos entre sí, por un efecto de triangulación simbólica. Se dice en hebreo que devora el fuego con su lengua o su espada. Se dice también que la espada devora con su lengua, como hace el fuego.

Para hacernos sensibles a ese universo simbólico del texto inspirado podemos recurrir a algunos ejemplos de la Escritura:

Los profetas, inspirándose en textos como los del Génesis, han podido expresar sus amenazas de castigo en estos términos:

"Sobre el solar de mi pueblo
zarza y espino crecerá
y también sobre todas las casas de placer
de la ciudad divertida" (Isaías 32,13).
"La Tierra está en duelo, languidece,
el Líbano está ajado y mustio...
concebiréis forraje, pariréis paja
y mi soplo como fuego os devorará"


(Isaías 33,9.11; ver Lucas 28,31).
"Los pueblos serán calcinados
como espinos cortados
que devorará el fuego" (Isaías 33,12).

El Salmista ve a sus enemigos que lo rodean como un incendio de zarzas: "Me rodeaban como avispas, llameaban como fuego de zarzas, pero yo los corté en el Nombre del Señor" (Salmo 118,12).

David dice que los malvados son como "espinas del desierto" que no son recogidas con la manos sino que se los maneja con el hierro "para quemarlos" (2 Samuel 23,6).
Ezequiel sueña con la paz de los últimos tiempos en estos términos:

"Ya no habrá más, para la Casa de Israel,
espina que punce ni zarza que lastime,
entre los pueblos vecinos que la desprecian"
(Ez 28,24).

Con estos textos quiero señalar a la atención de ustedes, cómo y por qué van asociados el fuego y las espinas en las Sagradas Escrituras. Los príncipes y los reyes vecinos de Israel, son como fuegos peligrosos por su vecindad. De los pueblos, leemos a menudo en las Escrituras que sale fuego que calcina a otros pueblos vecinos:

"De Jeshbón saldrá fuego
y una llama de la ciudad de Sijón" (Números 21,28).
El profeta Ezequiel entona un canto fúnebre, una elegía por los príncipes de Israel, en estos términos que ya les irán resultando conocidos:
"Tu madre era una vid
plantada a orillas de las aguas.
Era fecunda, exuberante,
por la abundancia de agua.
Un ramo robusto le salió
que llegó a ser cetro de soberano;
su talla se elevó
hasta las mismas nubes.
Era imponente por su altura
y su riqueza de ramaje.
Pero ha sido arrancada con furor,
en tierra ha quedado tendida;
el viento del este ha agostado sus frutos;
ha sido rota,
su ramo robusto se ha secado,
lo ha devorado el fuego.
Y ahora está plantada en el desierto,
en tierra de sequía y de sed.
Ha salido fuego de su ramo,
ha devorado sus sarmientos y su fruto.
No volverá a tener su ramo fuerte,
su cetro real". (Ez 19,10-14).


Como se ve: las espinas, el fuego que devora, el hierro que corta los espinos para arrojarlas al fuego, son en el lenguaje bíblico del Espíritu Santo, los emblemas del castigo. ¿Qué hacen pues en el Corazón de María y de Jesús?

Hay un texto de Isaías que quizás nos permita comprenderlo. Hablándonos del servidor de Dios sufriente, nos dice:

"Creció como un retoño delante de nosotros,
como raíz de tierra árida,
no tenía apariencia ni belleza
ni aspecto que pudiésemos estimar.
Despreciable y desecho de hombres,
varón de dolores y sabedor de dolencias,
como uno ante quien se oculta el rostro,
despreciable, y no lo tuvimos en cuenta.
Y, sin embargo, eran nuestras dolencias
las que él llevaba sobre sí
y nuestros dolores los que soportaba!
Nosotros lo tuvimos por azotado,
herido por Dios y humillado.
El soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales fuimos curados...
Por sus desdichas justificará mi Siervo a muchos
y las culpas de ellos soportará él.
Por eso le daré su parte entre los grandes...
ya que indefenso se entregó a la muerte
y con los rebeldes fue contado,
cuando él llevó el pecado de muchos
e intercedió por los rebeldes" (Is 53).


Quizás podamos comprender mejor ahora, a la luz de este texto, por qué los mismos símbolos nos hablan en el Génesis de una cosa y en el Evangelio de la contraria. Allá de castigo por el pecado, y aquí de salvación del pecado.

Jesús, Siervo Sufriente, tomó sobre sí las espinas, el fuego y la espada. Y María se guardó todo esto en el Corazón.

Cierta vez Jesús dijo: "fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda" (Lucas 12,49). Pero a sus discípulos que querían pedir fuego del cielo para que destruyera una ciudad inamistosa, Jesús los reprendió: "No sabéis de qué espíritu sois" (Lucas 9,54s). No era el fuego destructor el que Jesús quería y venía a traer. No era con ese fuego con el que deseaba incendiar la tierra, sino con ese otro fuego que vemos consumir los sagrados Corazones.

Del cetro de este Mesías no sale fuego destructor de los enemigos, sino un fuego de amor divino, más fuerte que la muerte y que ni un océano puede extinguir (Cantar 8,6-7).Con la gracia de Dios, mañana continuaremos nuestra contemplación de estos símbolos a la luz de las Sagradas Escrituras.