jueves, 8 de diciembre de 2016

DOGMA DE FE: INMACULADA CONCEPCIÓN


LA DEFINICION DOGMÁTICA

El Papa Pío IX, en la Bula Ineffabilis Deus, del 8 de diciem­bre de 1854 definió solemnemente el dogma de la Inmaculada concepción de María con estas palabras:

"Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina ,"que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer ins­tante de su concepción, fue, por singular gracia y privilegio 1, Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios y, Por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles" (Dz. 1641).

EXPLICACION DEL CONTENIDO DEL DOGMA
Repasemos cada una de las proposiciones de la defini­ción.

El primer instante de la concepción de María
En la concepción de María, engendrada por sus padres, hay que distinguir la concepción activa, es decir la acción de engendrar por parte de San Joaquín y de Santa Ana, y la concepción pasiva, o sea, el resultado de la acción de engen­drar o el ser mismo de María, fruto de esa acción. El dogma se refiere a la concepción pasiva, enseñando que desde el pri­mer instante en que es constituida como persona, lo es sin mancha alguna de pecado.

Contrariamente a lo que afirmaban algunos teólogos en épo­cas pasadas ‑para salvar la universalidad del pecado origi­nal‑, que habiendo contraído el pecado estuvo sometida a él por un instante, para ser luego inmediatamente después santi­ficada por Dios en el seno de su madre.

Inmune de toda mancha de culpa original
Es dogma de fe que el pecado original se transmite a todos los hombres por generación natural, de tal modo que todos son concebidos en pecado (cfr. Conc. de Trento: DZ 791). Ahora bien, como María fue inmune de la culpa, al ser concebida sin pecado, no tuvo esa culpa y, por ello, tampoco tenía las consecuencias de esa falta. Esto supone tres cosas: l) la ausencia de toda mancha de pecado; 2) la presencia de la gracia santificante con las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo y, 3) la ausencia de inclinación al mal. Esta mala inclinación es llamada Fomes peccati.

Estos tres puntos se dieron en María:
1)Ausencia de cualquier mancha de pecado. Ella fue inmune al reato de la culpa y de la pena debidas al pecado original, en virtud de que nunca tuvo ese pecado;

2) Llena de gracia santificante. Por lo anterior, al no tener pecado, el alma de María estuvo llena de la gracia santificante, desde el primer instante de su ser, y poseía las virtudes infu­sas y los dones que acompañan ese estado de santidad;

3) Ausencia de la inclinación al mal. El pecado, que consiste en la aversión a Dios y en el amor desordenado a las criaturas provoca la inclinación al mal. En María esto no se dio, puesto que jamás tuvo pecado alguno.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: SOBRE TÍ JERUSALÉN, AMANECERÁ EL SEÑOR

Este deseo, expresado permanentemente en la Liturgia de las horas, durante el Adviento, alcanza
una mayor intensidad, dado la situación de violencia y guerra que hay en la región. La humanidad anhela la paz, eleva suplicas incesantes a Dios pidiendo que cesen las guerras, como las llamaba el gran Papa, san Juan Pablo II; "aventuras sin retorno".

La guerra es consecuencia del alejamiento de Dios, del lento y progresivo silenciamiento de sus mandamientos. De la actitud soberbia e insensible con que el hombre se coloca frente a su Creador. El hombre una vez más, intenta construir otra Babel, como aquella Torre famosa, en la que expresa el deseo de edificar la historia sin Dios. Pronunciando su palabra, envuelta en intereses personales y ambiciones desmedidas, le dice a su Señor "no te serviré". Los caminos que los hombres construyen buscando la tan anhelada paz, ponen a Dios a la "vera", prescindiendo de Él.

La Paz no nace de la seguridad de las armas, ni de la destreza de los soldados, tampoco tiene su origen en la estrategia de los peritos. No se la puede decretar en ningún parlamento, aunque sería una magnifica idea interpelarla en las Cámaras, no para censurarla, sino para escucharla. No recibe ayudas del presupuesto, ni entra en los proyectos de los economistas, camina tantas veces por los labios de los informativistas, que algunos han comenzado a dudar de su existencia. Se la busca en los lugares que no frecuenta, y tantos la prometen, que de tanto esperarla algunos se desalientan. Se halla presente en los más importantes discursos como un deseo frustrado, ha sido invocada por algunos tratados que nunca son aplicados. Algunos "poderosos" en el supermercado del mundo la pusieron de oferta, si uno compra una caja le entregan dos.

La Iglesia con los ángeles proclama; "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres..." Este deseo recorre el universo, pero debe ser acogido en los corazones para habitar en ellos. Jesucristo es la Paz, es el mensajero de la Paz: "Es hermoso ver bajar de la montaña los pies del mensajero de la Paz". Cada región debería anhelar tener las huellas del Señor, que desea en sus apóstoles ir hasta los confines del mundo. Bienvenidos son " los pasos del que trae buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la salvación"(Is 52,7).

La Paz que viene del Señor, "no la puede dar el mundo", porque tiene su origen en ÉL y es fruto de la relación de amistad con Dios. Ésta exige justicia y misericordia, pero, para aceptar su exigente propuesta hay que tener: valor, fortaleza, mansedumbre y humildad; estas virtudes conducen a la paz y la edifican. Esta Paz (la única) extirpa el temor. En el amor no hay temor hay confianza. El hombre debe "abrir las puertas de su corazón al príncipe de la Paz, Jesucristo", debe confiar en Él, permitiendo que sus huellas queden marcadas en nuestra existencia.

El Resucitado, cuando se aparece a sus discípulos, la invoca como centro de su saludo; "la paz este con ustedes". Ella es un don de Dios. Cuando la muerte se levantaba poderosa e invencibles, Cristo la sentenció diciéndole: "Tu no tienes la última palabra"."¿ Dónde está muerte tu aguijón?. La paz es hija de la Resurrección, sabiamente dispuesta por el Padre en el corazón de la Pascua, es entregada a los apóstoles en el día de Pentecostés.

¿ Acaso la pequeñez de Belén fue un impedimento para que naciera el "Hijo del Altísimo?" Y siendo la más pequeña, no dio a luz al más grande, al príncipe de la Paz. Por todo esto, hoy más que nunca, Jerusalén, sobre ti, amanecerá el Señor. Mira que tu Señor viene montado en un asno, afina el oído de tu corazón. Viene en un frágil niño, dado a luz por su santa Madre en un establo, acógelo con confianza.

Todos comprendemos la necesidad de construir un mundo en Paz, este deseo de nuestro corazón encuentra la respuesta plena de Dios en Belén.

JUAN PABLO II: CATEQUESIS INMACULADA CONCEPCIÓN


1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de Oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.

Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gn 3,15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: «Ella te aplastará la cabeza», ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies.

Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto, por consiguiente, no atribuye a María, sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo

2. En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.
A este respecto, la encíclica Fulgens corona, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre» (AAS 45 [1953], 579).

La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.

3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.

Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la «mujer vestida de sol» (Ap 12,1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual, cuando afirma: «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12,5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la mujer-Madre de Jesús.

Caracterizada por su maternidad, la mujer «está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12,2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19,25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (cf. Lc 2,35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.

Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.

4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.

El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a «todo nacido de mujer» (Sal 50,7; Jb 14,2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, «todos pecaron» y que «el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación» (Rm 5,12.18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original «afecta a la naturaleza humana», que se encuentra así «en un estado caído». Por eso, el pecado se transmite «por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales» (n. 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que «no conoció pecado» (2 Cor 5,21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia «donde abundó el pecado» (Rm 5,20).

Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.
[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 31-V-96]

martes, 6 de diciembre de 2016

HANS URS VON BALTHASAR: TERCER DOMINGO DEL ADVIENTO (A)


Eres tú? El que Juan Bautista tenga que soportar en la cárcel esta oscuridad que Dios le impone, forma parte de su futuro testimonio de sangre. El había esperado un hombre poderoso, que bautiza con Espíritu Santo y fuego. Y en el evangelio aparece ahora un hombre dulce que “no apaga el pabilo vacilante”. Jesús clama su inquietud mostrándole que la profecía se cumple en él: en milagros discretos que aumentan la fe que persevera: “dichoso el que no se sienta defraudado por mí” 

Quizá sea precisamente esta oscuridad impuesta al testigo, la razón por la que Jesús le alaba ante la multitud: Juan se ha entendido a sí mismo como lo que realmente es, como el mensajero enviado delante de Jesús, el que le ha preparado el camino. Juan se ha designado a sí mismo como la simple voz que grita en el desierto, anunciando el milagro de lo nuevo que ha de venir; y efectivamente: el más pequeño en el reino que viene es más grande que él, que se ha considerado como perteneciente a lo antiguo y que sin embargo, como amigo del Esposo, precisamente por tener la humildad de ceder el sitio y eclipsarse, ha sido iluminado por la luz de la nueva gracia. En los iconos aparece como María, la Madre, que procede también de la Antigua Alianza y como él pasa a la Nueva, a derecha e izquierda del Juez del mundo.

El desierto se rogocijará. En la primera lectura de Isaías describe la transformación del desierto en tierra fértil como consecuencia de la venida de Dios. Mirad a vuestro Dios. El desierto es el mundo que Dios no ha visitado todavía; pero ahora Dios viene. El hombre es ciego, sordo, cojo, y mudo, cuando todavía no ha sido visitado por Dios. Pero ahora los sentidos se abren y los miembros se sueltan. Los ídolos que se adoraban en lugar del Dios vivo eran, tal y como nos lo describen los salmos y los libros sapienciales, ciegos, sordos, cojos y mudos; y sus adoradores eran semejantes a ellos. Estaban alejados del Dios vivo, pero ahora “vuelven los rescatados del Señor”, son liberados de la muerte espiritual y renacen a la verdadera viva. Es a esto precisamente a lo que alude Jesús en el evangelio cuando describe la acción.

Paciencia. Pero el retorno a Dios con motivo de su venida a nosotros, exige- como indica Santiago en la segunda lectura- la espera paciente. El labrador y la actitud paciente que normalmente le caracterizan, se nos ponen como ejemplo. El labrador aguarda pacientemente el fruto de la tierra, que, como dice Jesús en una parábola, crece por sí solo, sin que él sepa cómo (Mc 4,27). No atrae la lluvia con magia, espera pacientemente la lluvia temprana y tardía. Santiago sabe que la paciencia cristiana no es una espera ociosa, sino que exige un fortalecimiento del corazón, y esto no en un entrenamiento autógeno, sino porque la venida del Señor está próxima. Paciencia significa no precipitar nada, no acelerar nada artificialmente, sin dejar venir sobre nosotros todo lo que Dios ha dispuesto (Is 28,16). Saber que el juez está ya a la puerta, no nos da derecho a abrirla bruscamente.Con gran sabiduría, a los cristianos impacientes,que no pueden esperar con paciencia la venida del Señor, se les dice que tomen como ejemplo a los profetas y su paciencia perseverante.Con el mismo derecho se podría invocar el ejemplo de la paciencia de María en su Adviento. La mujer encinta no puede ni debe precipitarse. También la Iglesia está encinta, pero no se sabe cuándo le llegará el momento de dar a luz.

domingo, 4 de diciembre de 2016

ROMANO GUARDINI: EL ESPÍRITU SANTO ES GOZO QUE ENJUGA LAS LÁGRIMAS


"Tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas,
y reconforta en  los duelos"

Todas estas líneas expresan la misma realidad con diversas palabras. Los embates de las olas de la vida se reflejan en ellas. Cuando uno de nosotros esté atormentado la cercanía de Dios le dará paz. Si es una pasión la que le está dando contra el suelo, Dios, que todo lo sabe, se la calmará. Si la ansiedad y el sufrimiento le producen angustia, el Creador lo aliviará. El hombre, más que las cosas tiene necesidad de Dios.

Estas palabras del himno parecen de otro mundo y a duras penas podemos traducirlas. Su valor expresivo está en el conjunto, que ha previsto el lugar de cada palabra y el sonido de cada sílaba.

"Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos"

Que la claridad sea, a la vez, intimidad y valentía, amor y plenitud creadora, luz, es un misterio que reside en Dios.¡Nos alegramos de que sea así! Hay hombres de aguda inteligencia y voluntad exacta, claros, fríos y tajantes como un día invernal. Otros, en cambio, son cálidos, pero desordenados, rudos o limitados...¿Te das cuenta del misterio que resuena en este cántico? El corazón se enciende y la inteligencia se ilumina, el amor y la verdad se han fusionado en algo que no tiene nombre. No es verdad que no tenga nombre. Sí, tienen un nombre:¡Dios!

miércoles, 30 de noviembre de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA : ADVIENTO

El año litúrgico se estructura a partir de los dos grandes misterios de nuestra fe: Encarnación y Redención, ellos son celebrados en las fiestas litúrgicas llamadas Navidad y Pascua. Estos dos grandes acontecimientos son precedidos por dos períodos preparatorios, llamados:  ADVIENTO y Cuaresma.

Ya podemos precisar que por ser tiempos preparatorios, están determinados por aquello hacia que tienden, están orientados hacia un fin, el tiempo de ADVIENTO es una preparación para la fiesta y el tiempo de la Navidad.

Dios en el  viene a nosotros con un mensaje de salvación, sobrepasando nuestras expectativas y llevando a cumplimiento su promesa. Ya no de un modo fragmentario o provisorio, sino con una acción definitiva, con la llegada de Jesús a nosotros ha llegado lo definitivo.

Este tiempo de gracia y liberación, ha puesto su "tienda entre nosotros" esperando que llegue el día en que se manifestará definitivamente. La expresión de júbilo de la Iglesia se apoya en el conocimiento íntimo y profundo de esta verdad, depositada en el corazón del mundo a partir de la Encarnación del Verbo. Lo definitivo ha comenzado un camino irreversible que conduce a la humanidad hacia Dios.

Etimológicamente la palabra "ADVIENTO", ADVENTUS, "significa llegada, es la traducción latina de la palabra griega Parousía. Hablar de ADVIENTO implica que alguien o algo viene o vendrá".

Parusía es una palabra griega que significa presencia, e índica la venida o visita solemne, o presentación inusitada de un personaje importante. Este término, apareció en el cristianismo primitivo para designar la gloriosa venida de Cristo al fin de los tiempos. La Parusía de Cristo es el comienzo y el epílogo, la inauguración y la conclusión, la fe y la bienaventurada esperanza como dice S. Pablo:

“Aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tit 2,13).

La iniciativa de Dios de visitar a su pueblo y de establecer su morada entre nosotros exige al discípulo tener un corazón preparado para vigilar. El ADVIENTO, no es solamente la espera de un acontecimiento, es fundamentalmente la espera que prepara el corazón y todas las realidades de nuestra vida, para la visita de una persona. El acontecimiento esperado, es esa intervención de Dios en la historia, que coincide con la venida de una persona, el Hijo de Dios. Toda la realidad litúrgica se mueve en la tensión (ya, pero todavía no) que llamamos escatológica. La celebración de la Navidad como hecho histórico central de la fe, nos recuerda la venida del Hijo de Dios a los hombres, y con ella, el comienzo de lo definitivo.

SAN AGUSTÍN : LA ESPERANZA NOS CONSUELA EN EL CAMINO


¿Qué decir de la esperanza? ¿Existirá allí? Dejará de existir cuando se haga presente la realidad esperada. También la esperanza es necesaria durante la peregrinación; es ella la que nos consuela en el camino. El viandante que se fatiga en el camino, soporta la fatiga, porque espera llegar a la meta. Quítale la esperanza de llegar, y al instante se quebrantarán sus fuerzas. Por ello, también la esperanza en el tiempo presente forma parte de la justicia de nuestra peregrinación.

Escucha al mismo Apóstol: Mientras esperamos la adopción, gemimos todavía en nuestro interior. Donde hay gemidos no se puede hablar de aquella felicidad de la que dice la Escritura: Pasó la fatiga y el llanto (Is 35,10). Por lo tanto, dice, gemimos todavía en nuestro interior, mientras esperamos la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Gemimos todavía, ¿por qué? Hemos sido salvados en esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza. Si alguien ve algo, ¿cómo puede esperarlo? Si, en cambio, esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos. Por esta paciencia fueron coronados los mártires; deseaban lo que no veían y despreciaban los sufrimientos. Fundados en esta esperanza decían: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿La espada? Porque por ti... ¿Dónde está el por quién? Porque por ti vamos a la muerte cada día. Por ti (Rom 8,23.24.25.35.36). ¿Y dónde está: Dichosos quienes no vieron y creyeron? (Jn 20,29). Mira dónde está: está en ti, pues en ti está tu misma fe. ¿O nos engaña el Apóstol que dice que Cristo habita por la fe en nuestros corazones? (Ef 3,17). Ahora habita por la fe, luego por la visión; por la fe mientras estamos en camino, mientras dura nuestro peregrinar. Mientras estamos en el cuerpo, peregrinamos lejos del Señor; caminamos en la fe, no en la visión (2 Cor 5,6-7).

Si esto es la fe, ¿qué será la visión? Escúchalo: Dios será todo en todos (1 Cor 15,28). ¿Qué es todo? Todo lo que aquí buscabas, todo lo que aquí tenemos por grande, todo eso será Dios para ti. ¿Qué querías, qué amabas aquí? ¿Comer y beber? Él será para ti comida y bebida. ¿Qué deseabas aquí? ¿La salud de tu cuerpo frágil y temporal? Él será para ti inmortalidad. ¿Buscabas aquí riquezas? Avaro, ¿qué te puede bastar si no te basta Dios? ¿Amabas la gloria y los honores? Dios será para ti gloria, él, a quien ahora decimos: Tú eres mi gloria, que ensalza mi cabeza (Sal 3,4). Ya ensalzó mi cabeza: nuestra Cabeza es Cristo. Pero ¿de qué te extrañas? Tanto la Cabeza como los miembros serán exaltados; entonces será Dios todo en todos. Esto lo creemos y esperamos ahora; cuando lleguemos, lo poseeremos. Entonces, en vez de fe, habrá visión. 

¿Qué decir de la caridad? ¿También ella existe ahora y dejará de existir después? Si amamos creyendo sin ver, ¡cómo amaremos cuando llegue la visión y la posesión! Por lo tanto, habrá caridad, pero será perfecta, como dice el Apóstol: La fe, la esperanza y la caridad: tres cosas, la mayor de las cuales es la caridad (1 Cor 13,13). Estando en posesión de ella y nutriéndola en nosotros, perseveremos con confianza en Dios, con su ayuda, y digamos hasta que él se apiade y lo lleve a la perfección: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Porque por tu causa somos llevados a la muerte y considerados como ovejas para el matadero. ¿Y quién soporta, quién tolera todo esto? Pero en todas estas cosas vencemos. ¿Cómo? Por aquel que nos amó (Ro 8,36-37). Por ello, si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Ro 8,31). (San Agustín,  Sermón 158,8-9)

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA CORONA DE ADVIENTO


La colocación de cuatro cirios sobre una corona de ramos verdes, que es costumbre sobre todo en los países germánicos y en América del Norte, se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos.

La Corona de Adviento, cuyas cuatro luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (cfr. Mal 3,20; Lc 1,78).

HISTORIA DE LA MEDALLA MILAGROSA

jueves, 24 de noviembre de 2016

MISIONEROS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO: QUÉ ES ADORAR?


Qué es adorar

Es la relación connatural del hombre con Dios, de la creatura inteligente con su Creador. Los hombres y los ángeles deben adorar a Dios. En el cielo, todos, las almas bienaventuradas de los santos y los santos ángeles, adoran a Dios. Cada vez que adoramos nos unimos al cielo y traemos nuestro pequeño cielo a la tierra.
La adoración es el único culto debido solamente a Dios. Cuando Satanás pretendió tentarlo a Jesús en el desierto le ofreció todos los reinos, todo el poder de este mundo si él lo adoraba. Satanás, en su soberbia de locura, pretende la adoración debida a Dios. Jesús le respondió con la Escritura: “Sólo a Dios adorarás y a Él rendirás culto”. 

Jesucristo, al comer la Pascua judía con los suyos, aquella noche en la que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, dando gracias bendijo al Padre y lo pasó a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros”, al final de la cena, tomó el cáliz de vino, volvió a dar gracias y a bendecir al Padre y pasándolo a los discípulos dijo: “Tomad y bebed todos de él, este es el cáliz de mi sangre. Sangre de la Alianza Nueva y Eterna que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.”
Él dijo sobre el pan: “Esto es mi cuerpo”, y sobre el vino: “Esta es mi sangre”. Pero, no sólo eso, agrego también: “Haced esto en conmemoración mía”. Les dio a los apóstoles el mandato, “haced esto”, el mandato de hacer lo mismo, de repetir el gesto y las palabras sacramentales. Nacía así la Eucaristía y el sacerdocio ministerial.
Cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras consagratorias es Jesucristo quien lo ha hecho y se hace presente su cuerpo y su sangre, su Persona Divina. Porque Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero. Siendo Jesucristo Dios y estando presente en la Eucaristía, entonces se le debe adoración.
En la Eucaristía adoramos a Dios en Jesucristo, y Dios es Uno y Trino, porque en Dios no hay divisiones. Jesucristo es Uno con el Padre y el Espíritu Santo y, como enseña el Concilio de Trento, está verdaderamente, realmente, substancialmente presente en la Eucaristía.
La Iglesia cree y confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551: Dz 874/1636).
La divina Presencia real del Señor, éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones, quizá, suelen llevar en su ejercicio una mayor estimulación de los sentidos –por ejemplo, el servicio de caridad a los pobres–; pero la devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre el Mysterium fidei («præstet fidessupplementum sensuum defectui»: que la fe conforte la debilidad del sentido; Pange lingua).
Por tanto, «este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los demás en que no sólo comunica la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo Autor de ella.
«Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad» (Mediator Dei 164).
El culto eucarístico, ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto dirigido al glorioso Hijo encarnado, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Es, pues, un culto que presta a la santísima Trinidad la adoración que se le debe (+Dominicæ Cenæ 3).
La Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia ofrecido a todos para que todos puedan recibir por ella gracias abundantes y bendiciones. La Eucaristía es el sacramento del sacrificio de Cristo del que hacemos memoria y actualizamos en cada Misa y es también su presencia viva entre nosotros. Adorar es entrar en íntima relación con el Señor presente en el Santísimo Sacramento.
Adorar a Jesucristo en el Santísimo Sacramento es la respuesta de fe y de amor hacia Aquel que siendo Dios se hizo hombre, hacia nuestro Salvador que nos ha amado hasta dar su vida por nosotros y que sigue amándonos de amor eterno. Es el reconocimiento de la misericordia y majestad del Señor, que eligió el Santísimo Sacramento para quedarse con nosotros hasta el fin de mundo.
El cristiano, adorando a Cristo reconoce que Él es Dios, y el católico adorándolo ante el Santísimo Sacramento confiesa su presencia real y verdadera y substancial en la Eucarística. Los católicos que adoran no sólo cumplen con un acto sublime de devoción sino que también dan testimonio del tesoro más grande que tiene la Iglesia, el don de Dios mismo, el don que hace el Padre del Hijo, el don de Cristo de sí mismo, el don que viene por el Espíritu: la Eucaristía.
El culto eucarístico siempre es de adoración. Aún la comunión sacramental implica necesariamente la adoración. Esto lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI enSacramentum Caritatis cuando cita a san Agustín: “nadie coma de esta carne sin antes adorarla…pecaríamos si no la adoráramos” (SC 66). En otro sentido, la adoración también es comunión, no sacramental pero sí espiritual. Si la comunión sacramental es ante todo un encuentro con la Persona de mi Salvador y Creador, la adoración eucarística es una prolongación de ese encuentro. Adorar es una forma sublime de permanecer en el amor del Señor.
Por tanto, vemos que la adoración no es algo facultativo, optativo, que se puede o no hacer, no es una devoción más, sino que es necesaria, es dulce obligación de amor. El Santo Padre Benedicto XVI nos recordaba que la adoración no es un lujo sino una prioridad.

Quien adora da testimonio de amor, del amor recibido y de amor correspondido, y además da testimonio de su fe.

Ante el misterio inefable huelgan palabras, sólo silencio adorante, sólo presencia que le habla a otra presencia. Sólo el ser creado ante el Ser, ante el único Yo soy, de donde viene su vida. Es el estupor de quien sabe que ¡Dios está aquí! ¡Verdaderamente aquí!
FUENTE: http://adoracionperpetua.info

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT: MARÍA Y LOS APÓSTOLES DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS


55. Si, Dios quiere que su Madre Santísima, sea ahora más conocida, amada y honrada que nunca. Lo que sucederá sin duda, si los predestinados, con la gracia y luz del Espíritu Santo, entran y penetran en la práctica interior y perfecta de la devoción que voy a manifestarles en seguida. 

Entonces verán, en cuanto lo permita la fe, a esta hermosa estrella del mar y, guiados por Ella, llegará a puerto seguro, a pesar de las tempestades y de los piratas. 

Entonces conocerán las grandezas de esta Soberana y se consagrarán enteramente a su servicio como súbditos y esclavos de amor. 

Entonces saborearán sus dulzuras y bondades maternales y la amarán tiernamente como sus hijos predilectos. 

Entonces experimentarán las misericordias en que Ella reboza y la necesidad en que están de su socorro, recurrirán en todo a Ella, como a su querida Abogada y Medianera ante Jesucristo. 

Entonces sabrán que María es el medio más seguro, fácil, corto y perfecto para llegar hasta Jesucristo y se consagrarán a Ella en cuerpo y alma sin reserva alguna, para pertenecer del mismo modo a Jesucristo. 


56. Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos e hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino. 

Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente. 

Serán hijos de Levi, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación. 

Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte. 

57. Serán nubes tronales y volantes, en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo del pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces y con la espada de dos filos de la palabra de Dios traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo. 

58. Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A quienes el Señor de los ejército dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos. 

Dormirán sin oro ni plata y lo que más cuenta sin preocupaciones en medio de los demás sacerdotes, eclesiásticos y clérigos. Tendrán sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y no dejarán en pos de sí en los lugares en donde prediquen sino el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda ley. 

59. Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún mortal por poderoso que sea. 

Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo. 

Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero, ¿cuándo y cómo sucederá esto?... ¡Sólo Dios lo sabe! A nosotros toca callar, orar, suspirar y esperar: 
"Yo esperaba con ansia."

lunes, 21 de noviembre de 2016

RETIRO ESPIRITUAL 26 DE NOVIEMBRE

La vasija que estaba haciendo se estropeó como barro en manos del alfarero, y éste volvió a empezar, transformándola en otra diferente, como mejor le pareció al Alfarero (Jr 18,4)

Vivimos desconcertados y doloridos por diversas situaciones de la vida, cuantos sueños se frustran, y nos dejan como testigos impotentes de sus ocasos. El Alfarero Divino quiere modelarnos, somos"obra de Dios", hechura suya, amasados por sus manos. Una obra única, irrepetible, fruto de su Amor y su paciencia.
Te esperamos!

Sábado 26 de noviembre de 2016-16 hs
(retiro abierto y gratuito)
Parroquia María Reina de la Paz
Montevideo-Uruguay

16- Santo Rosario
Bendición con la imagen de la Gospa
17- Predicación 
18.15 Paseo con el Santísimo Sacramento
19- Santa Misa

Confesiones a lo largo del Retiro,y luego de la santa Misa habrá oración con imposición de manos.

DIÁCONO JORGE NOVOA: ADVIENTO, TIEMPO DE LA VISITA DE DIOS

domingo, 20 de noviembre de 2016

DIÁC. JORGE NOVOA: EL TRÍPTICO DEL ADVIENTO


En el Adviento se destacan tres aspectos relacionados con la venida de Cristo, recordemos que para hablar de Nuestro Señor en su situación actual, la de Resucitado, como lo presenta la Sagrada Escritura maravillosamente, "sentado a la derecha del Padre", los verbos que denotan cambio, aunque resultan apropiados para expresar la realidad humana, son inapropiados para hablar de las cosas eternas. Comprendiendo y aceptando la limitación del verbo venir, describamos los tres aspectos que declarábamos existen en este tiempo litúrgico.

1-La venida histórica, esa que fue preparada desde siempre, de la cual da testimonio la Antigua Alianza, como el mismo Señor nos lo dice: "era necesario que se cumpliera la Escritura". Ellas dan testimonio de que Jesús es el Mesías prometido. El misterio de la Encarnación, es al mismo tiempo, cumplimiento de la promesa y signo que remite a lo singular de la Nueva Alianza.

2-Un segundo aspecto, es personal, Cristo viene a cada uno de nosotros suscitando la respuesta de fe. Preguntándo en Cesarea de Filipos: ¿Quién soy yo para ti? Cristo nace en el corazón de cada hombre que responde por la fe a esta pregunta, vivificando toda su existencia. Esta venida se da en una infinita gama de situaciones existenciales, también viene para cada uno, en la muerte.

3-El tercer aspecto, tiene una dimensión escatológico, y hace referencia al fin de los tiempos. El Señor de la historia vendrá, como dice la Sagrada Escritura, "sobre las nubes del cielo, para juzgar" y " pondrá a unos a su derecha y a otros a su izquier22. La Iglesia como esposa del Señor anhela que vuelva, por eso en el Apocalipsis lo invoca: "Ven Señor Jesús".