domingo, 3 de mayo de 2020

Monseñor HÉCTOR AGUER: EL JUEGO: PASIÓN Y RIESGO



Justificar a ambos lados
 El juego constituye una dimensión esencial de la vida humana. Con razón, el homo sapiens ha sido llamado también homo ludens. Para justificar esta apariencia menos seria de nuestra actividad, Santo Tomás de Aquino emplea un argumento humanista: así como el descanso físico repone del cansancio, el juego alivia la fatiga del espíritu, la atención de la inteligencia y el esfuerzo de la voluntad. En la tradición clásica y cristiana se lo vincula con el valor espiritual del ocio, con el sentido de la fiesta y la sensibilidad para percibir lo sagrado. Es verdad que existe también un falsificación del espíritu lúdico. La diversión, cuando procede de la incapacidad de sosiego, de “habitar consigo mismo”, se multiplica convulsivamente para cubrir el vacío existencial, el desarraigo del espíritu; se convierte así en lo contrario del verdadero ocio, de aquel que ponderaban los antiguos como actividad característica del hombre libre.

Se pueden mencionar también otras deformaciones. Nadie duda del valor del deporte, reconocido plenamente por la espiritualidad cristiana. Pero en nuestros días se verifica una tendencia a hacer de la vida corporal un valor absoluto; se promueve el culto de la perfección física y el éxito deportivo brinda acceso al dinero y a la adoración de las multitudes. Nosotros solemos reconocer al fútbol como pasión nacional. En muchos casos se trata de una pasión desordenada. El “Mundial” ofrece un ejemplo elocuente: durante un mes absorbe el interés del país, modifica las agendas, promueve un dudoso patriotismo y desencadena reacciones insensatas y arrebatos irracionales. Por no hablar de la delincuencia encaramada en los tablones, y de sus protectores.

La madurez humana y el equilibrio de la personalidad implican la vivencia justa, virtuosa, de estas realidades. Así como es necesaria la moderación en la comida y la bebida, en la vida sexual y en el afán de sobresalir, existe también una templanza propia del homo ludens. Aristóteles la llamó “eutrapelia”: la virtud de quien encuentra solaz en un humor que no se excede y es capaz de volverse a las cosas joviales o recreativas sin perder la debida circunspección ni infringir los límites morales. La persona que sabe ubicarse como conviene al momento y se distrae moderadamente, dista tanto del bufón, el hincha fanático y el play-boy como del agrio, amargado y cejijunto.

Hablando del juego, es oportuno dedicar unos párrafos a la cuestión del juego por dinero. La moral cristiana lo consideró siempre ambiguo y peligroso, acicate de la codicia y de las peores pasiones. Algunos autores lo descalifican como intrínsecamente malo. San Francisco de Sales, tan suave en sus juicios, llegó a escribir: “Los juegos de dados, naipes y otros semejantes, en que la ganancia depende por la mayor parte de la suerte, son recreaciones no sólo peligrosas, sino absoluta y esencialmente malas y reprensibles, y por eso las prohíben las leyes...; tales juegos, aunque se llaman recreación y para esto se juegan, no lo son, sino ocupación violenta, pues en ellos está el espíritu tenso con atención continua y agitado por inquietudes, aprensiones y cuidados. ¿Hay atención más triste, opaca y melancólica que la de los jugadores? Ni se puede hablar del juego, ni reír, ni aun toser sin que se desesperen”.

No es fácil cultivar la eutrapelia en este campo preciso de la moralidad. Según el Catecismo, el juego es decididamente inmoral cuando se somete a la suerte aquello que en justicia debía dedicarse a otros fines, cuando la persona arriesga lo que corresponde dedicar a la atención de sus necesidades o las de su familia. Esta turbia actividad era, en otras épocas, prohibida por las leyes; hoy, en cambio, se la fomenta. La oferta es amplísima: loto, prode, quiniela, bingo, quini-seis, loterías varias, casinos (terrestres y flotantes), la engañifa de las máquinas tragamonedas. La fiebre privatizadora avanzó exitosamente sobre este sector, con el beneplácito de las autoridades. Se suele justificar la multiplicación de sitios e instrumentos de apuestas porque un porcentaje del mucho dinero acumulado se destina a fines benéficos. Puede aplicarse también al tratamiento de los ludópatas. Un pequeño bien que procede de un gran mal. Todo el mundo sabe, además, que una bruma sospechosa se cierne sobre el negocio del juego.

Mirando al bien común, habría que considerar con cuidado cuál es el mejor camino para limitar, en lo posible, este negocio que progresa atizando la pasión del juego. ¡Cuánta gente se ilusiona con la posibilidad de un rápido enriquecimiento, por un golpe de azar! En la coyuntura social que vive hoy la Argentina, cuando no abunda el empleo digno y no se acierta a instrumentar los medios para promover una cultura del trabajo, la difusión de los juegos de azar contribuye a extender un clima de escapismo, de huida de las responsabilidades personales y, en definitiva, de frivolidad. Las Vegas y Montecarlo no son modelos deseables de un estilo de vida. Conviene recordarlo cuando ya se advierte entre nosotros, como lamentable espectáculo, el contraste entre la ostentación y el despilfarro de los ricos -cada vez menos, probablemente-, y la creciente pobreza y marginalidad que invaden el paisaje suburbano y se adentran en la ciudad. Una versión rioplatense de la parábola evangélica del epulón y del mendigo Lázaro.


+ HÉCTOR AGUER

Arzobispo de La Plata



sábado, 2 de mayo de 2020

BENEDICTO XVI: LA CRUZ ES EL VERDADERO PROPICIATORIO


En Rm 3, 25, después de hablar de la "redención realizada por Cristo Jesús", san Pablo continúa con una fórmula misteriosa para nosotros. Dice así:  Dios lo "exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe". Con la expresión "instrumento de propiciación", más bien extraña para nosotros, san Pablo alude al así llamado "propiciatorio" del templo antiguo, es decir, a la cubierta del arca de la alianza, que estaba pensada como punto de contacto entre Dios y el hombre, punto de la presencia misteriosa de Dios en el mundo de los hombres. Este "propiciatorio", en el gran día de la reconciliación —"yom kippur"— se asperjaba con la sangre de animales sacrificados, sangre que simbólicamente ponía los pecados del año transcurrido en contacto con Dios y, así, los pecados arrojados al abismo de la bondad divina quedaban como absorbidos por la fuerza de Dios, superados, perdonados. La vida volvía a comenzar.

San Pablo alude a este rito y dice que era expresión del deseo de que realmente se pudieran poner todas nuestras culpas en el abismo de la misericordia divina para hacerlas así desaparecer. Pero con la sangre de animales no se realiza este proceso. Era necesario un contacto más real entre la culpa humana y el amor divino. Este contacto tuvo lugar en la cruz de Cristo. Cristo, verdadero Hijo de Dios, que se hizo verdadero hombre, asumió en sí toda nuestra culpa. Él mismo es el lugar de contacto entre la miseria humana y la misericordia divina; en su corazón se deshace la masa triste del mal realizado por la humanidad y se renueva la vida.

Revelando este cambio, san Pablo nos dice: con la cruz de Cristo —el acto supremo del amor divino convertido en amor humano— terminó el antiguo culto con sacrificios de animales en el templo de Jerusalén. Este culto simbólico, culto de deseo, ha sido sustituido ahora por el culto real:  el amor de Dios encarnado en Cristo y llevado a su plenitud en la muerte de cruz. Por tanto, no es una espiritualización del culto real, sino, al contrario:  el culto real, el verdadero amor divino-humano, sustituye al culto simbólico y provisional. La cruz de Cristo, su amor con carne y sangre es el culto real, correspondiendo a la realidad de Dios y del hombre. Para san Pablo, la era del templo y de su culto había terminado ya antes de la destrucción exterior del templo:  san Pablo se encuentra aquí en perfecta consonancia con las palabras de Jesús, que había anunciado el fin del templo y había anunciado otro templo "no hecho por manos humanas", el templo de su cuerpo resucitado (cf. Mc 14, 58; Jn 2, 19 ss). 

viernes, 1 de mayo de 2020

SANTO CURA DE ARS : 5 DIÁLOGOS BREVES...

Una señora le dijo:
- Hace tres días que no he podido hablar con usted.
- En el paraíso, hija mía; hablaremos en el paraíso.

Otra le dice:
- He caminado cien leguas para verlo.
- No valía la pena venir de tan lejos para eso.

Otra señora:
- Padre mío, sólo una palabrita.
- Hija mía, ya me has dicho veinte.

Una viuda le pregunta:
- ¿Mi marido está en el purgatorio?
- No sé, no he estado allí.

Una jovencita:
- Padre, quisiera que me diga cuál es mi vocación.
- Tu vocación es ir al cielo.


Un hombre temeroso:
- Tengo miedo de ir al infierno.
- Los que tienen miedo de ir al infierno, tienen menos riesgos de ir que los otros.

miércoles, 29 de abril de 2020

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO : EL DOLOR ES UN MISTERIO ( TESTIMONIAL)

Reflexiones de un enfermo en torno al dolor 

El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas
palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

LA MONTAÑA DEL DOLOR

Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

TEORÍAS, NO

Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués.

Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecemos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

DEMASIADA RETÓRICA

La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir».

El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.

VINAGRE, O VINO GENEROSO

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida.

Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres.

Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

UN ABUSO DE CONFIANZA

La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo.
P

martes, 28 de abril de 2020

ALBERT VANHOYE SI: MODIFICAR EL CONCEPTO DE SACRIFICIO

Para entender correctamente el sacrificio de Cristo es necesario, antes que nada, modificar nuestro concepto de sacrificio. En el lenguaje corriente esta palabra asumió un sentido negativo: significa privación penosa. Una madre de familia, por ejemplo, dirá: En estos tiempos, el aumento del costo de la vida impone muchos sacrificios. Tenemos que prescindir de varias cosas que nos serían útiles. 
Mírate, alégrate, ama. ¡Cristo ha resucitado!» – Un paso al día 👣 
Pero en sí, sacrificio es un término positivo del lenguaje religioso; es el sustantivo que corresponde al verbo sacrificar, el cual significa hacer sacro, así como simplificar significa hacer simple y purificar, hacer puro.La idea, por lo tanto, no es la de una privación, sino al contrario, la de agregarle un valor, la de un enriquecimiento. Se trata de hacer sacro lo que no lo era, y esto exige una comunicación de la santidad divina, la cual es la más positiva de todas las realidades, la más rica de valor. 

Un sacrificio puede también comportar un significado penoso, pero no se le debe identificar con él, ya que su significado más importante consiste en la transformación positiva de la realidad. Una pena que es sólo una pena no es un sacrificio. Llega a ser sacrificio si es transformada desde el interior, en medio de una santificación, de una comunión más íntima con Dios. Tal transformación se realiza por medio del amor divino, porque la santidad de Dios es una santidad de amor. 

El sacrificio de Cristo consistió en colmar de amor divino su sufrimiento y su muerte, hasta el punto de obtener la victoria del amor sobre la muerte. La resurrección es parte integrante del sacrificio de Cristo, porque constituye el éxito positivo. Una visión superficial de las cosas vislumbra entre la muerte de Jesús en la cruz y su resurrección sólo una gran ruptura. En cambio, una visión profunda percibe una íntima continuidad: con la fuerza interior del amor, Jesús transformó su sufrimiento y su muerte en fuente de una nueva vida, una vida de perfecta unión con Dios en la gloria. La transformación realizada en la pasión produjo la resurrección.El sacrificio de Cristo es el evento más positivo que jamás haya existido. Presenta una inagotable riqueza de significados. En estas páginas se explicarán algunos de estos significados, los más importantes, para que los lectores los puedan acoger mejor en su vida personal. Veremos posteriormente el significado fundamental del agradecimiento, después los de purificación de pecados, de liberación pascual, de la institución de la nueva alianza y de la consagración sacerdotal. Así podremos entender un poco mejor qué significan las palabras del cuatro evangelio: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3,16).
Tanto amó Dios al mundo, San Pablo, 2005, pp 5-7

martes, 21 de abril de 2020

DIÁCONO JORGE NOVOA: HA RESUCITADO Y VIVE PARA SIEMPRE!!!



BPor qué buscan entre los muertos al que vive? Ha Resucitado! Dónde lo buscas tú?

Seguramente habrás escuchado, que tal o cual líder político, religioso, incluso artista o deportista connotado, al morir, se dice que sigue viviendo, y de hecho está presente en los recuerdos de sus seguidores o amigos, en sus enseñanzas que siguen inspirando, a tantos y tantos hombres y mujeres. Incluso en los muros de nuestras ciudades se pueden leer inscripciones que dicen que Vive...Es una expresión, y significa que vive en sus seguidores, orientándolos e inspirándolos en  sus decisiones.

Es ésta la forma en que Cristo Vive? Qué afirmamos cuando decimos que Resucitó y Vive para siempre? Es cierto que vive en sus seguidores por sus enseñanzas, su vida está presente en nosotros, y se vuelve palpable en el mundo, pero Él tiene vida en sí mismo, y esto únicamente puede decirse de Él. 

Ahora hay uno  que ha pasado por la muerte venciéndola, volviéndose portador de una vida más fuerte que la muerte, porque ella  no pudo retenerlo. Y como pregunta San Pablo :"dónde está muerte tu aguijón?" Por ello, el Padre le dio, un nombre sobre todo nombre, para que TODA rodilla se doble, en el cielo, la tierra y el abismo, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor....

Sentado a la derecha del Padre, es portador de la Vida Eterna, que donará a los que quieran recibirla, ya María goza de esta  Vida Eterna plena, y  y nos ha prometido a nosotros, que si nos unimos a Él, viviremos para siempre..

Para los que están cansados,  y se sienten desorientados,
para los que cargan cruces pesadas y se sienten agobiados ,
para los que sufren intolerancias por su nombre,
para los que no se dan por vencidos 
y no se cansan de obrar el bien...Y para ti, que pasas tu existencia entre las luces y sombras de cada día...

Cristo ha Resucitado! No busques entre los muertos al que Vive para siempre!..
Santa Pascua para ti y los tuyos..

lunes, 20 de abril de 2020

PAUL CLAUDEL: LA VIRGEN A MEDIODÍA...

 

Es mediodía. Veo la Iglesia abierta. Tengo que entrar.
Madre de Jesucristo, yo no vengo a rezar.
No tengo nada qué ofrecer, y nada tengo que rogarte.
Sólo he venido, Madre, para mirarte.

Contemplarte, llorar de dicha,saber así que yo soy tu hijo y que Tú estás ahí.
Nada más que un momento mientras se para el aire.


¡Mediodía!
Allí donde tú estés, estar contigo, Madre.
Sin decir nada, contemplar tu semblante,
dejar al corazón cantar con su propio lenguaje,
sin decir nada, cantar porque se tiene el corazón tan lleno,
como el mirlo que sigue sus anhelos en súbitos gorjeos.


Porque Tú eres hermosa, porque Tú eres inmaculada,
la mujer de la Gracia por fin reinstaurada.

La criatura en su primer honor y en su desvelamiento final, 
tal como salió de Dios la mañana de su esplendor original.

Inefablemente intacta porque Tú eres la Madre de Jesucristo,
que es la verdad en tus brazos, y la sola esperanza y el fruto único.

Porque eres la mujer, el Edén de la antigua ternura olvidada,
allí dónde el mirar encuentra de golpe el corazón y

 hace saltar las lágrimas en él acumuladas.

Porque Tú me has salvado, porque a Francia has salvado,
porque también en ella, como en mi, Tú has pensado,
porque Tú interviniste justo entonces cuando todo se hundía,
porque una vez más has salvado a esta Francia mía.

Porque ahora es mediodía, porque estamos ahora en este día,
porque Tú estás para siempre ahí, simplemente porque Tú eres María,

simplemente porque existes Tú.
¡Gracias y otra vez gracias, Madre de Jesús!

domingo, 1 de marzo de 2020

GIACOMO BIFFI: LA CUARESMA UNA AVENTURA DEL ESPÍRITU


Hoy iniciamos una aventura: una aventura del espíritu, que puede ser más emocionante y es ciertamente más seria y decisiva que cualquier aventura exterior. Justamente en estos términos debemos afrontar la experiencia cuaresmal, que una vez más nos propone la Iglesia, y que comenzamos desde este Miércoles de Ceniza.

La Cuaresma - como dijimos en la oración de apertura - es un "camino": un camino que comienza desde la oscuridad y llega a la luz; un camino que comienza con pensamientos melancólicos sobre la muerte y la destrucción aparente del hombre ("recuerda que eres polvo y al polvo regresarás") y arriba al anuncio de la vida resucitada que iluminará de alegría y de esperanza la noche de Pascua; un camino que en la partida nos ofrece el programa áspero de la penitencia para hacernos después llegar a la serenidad de una transformación de nuestro interior, como reflejo de la gran renovación de los corazones y del universo obtenida para nosotros por el sacrificio y el triunfo de Cristo.

Este es el "camino de Dios", y va en sentido contrario a aquel al que trata de seducirnos el "mundo"; el "mundo", comprende aquí en el sentido de "principado de Satanás" (Cf. Jn 12, 31).

El Enemigo del hombre y de la verdad - "homicida" y "mentiroso", como lo llama Jesús (Cf. Jn.8, 44)- primero nos encandila con los espejismos apetecibles del placer sin ley, de la prevaricación que parece querer asimilarse a la omnipotencia del Creador, de insólitos y afectados paraísos terrestres. Pero después nos dirige y nos incita hacia el disgusto, la desesperación, la disgregación física, la muerte sin consolación: de la ilusión a la desilusión, ese es su recorrido.

Dios que nos ama, en cambio, nos lleva de nuestra oscuridad a su luz; nos mueve de la consideración amarga de nuestras culpas, del confesar y del llorar, y de la incontestable endeblez, a la espera de un estado de felicidad sin fin, hacia el cual somos encaminados con la vida cristiana.

Bien mirado, este paso hacia la gratificadora certeza del perdón obtenido, de los pensamientos de muerte a la exultación de poder alcanzar la verdadera vida, recoge y reproduce el dinamismo que es propio del Sacramento del Bautismo.

Y, a decir verdad, nosotros sabemos que la Cuaresma es precisamente un itinerario "bautismal". Lo es ante todo para aquellos que se preparan de hecho a ser regenerados por el agua y el Espíritu Santo en la noche de Pascua (ellos son los catecúmenos, por los cuales elevamos especiales oraciones); pero también para todos nosotros que en estas semanas debemos redescubrir nuestra historia de Redención.

El Bautismo es un tema perenne en la espiritualidad de los discípulos de Jesús, su riqueza es imborrable y siempre activa, y la guardamos en la profundidad de nuestro ser. Pero en este tiempo nuestro, este tema asume una nueva actualidad.

Estamos llamados, ahora como nunca antes, a la comparación con tantos hermanos en la humanidad que no son cristianos; y es importante que hagamos emerger y robustecer nuestra propia identidad. 
Más todavía, estamos envueltos por una mentalidad ilustrada que todo lo reduce a la pura naturaleza, y así no deja espacio a Cristo y a su acción de rescate y renovación. 
Frecuentemente nos vemos enfrentados nada menos que con el retorno de la vieja mentalidad pagana, por tanto no se distingue más al creyente del no creyente, y ahora se llega incluso a no hacer mucha diferencia entre los hombres y los animales.

Es urgente entonces que regresemos a la plena consciencia de nuestra dignidad y de nuestras riquezas.

Dios nos concede un nuevo nacimiento en el Bautismo Así podemos reconocer en Él a un Padre deseoso de hacernos partícipes de su herencia de amor, de luz, de alegría.

El Bautismo, incorporándonos a Cristo, nos permite volver a recorrer su mismo itinerario victorioso y vivificante: "Fuimos, pues, con él sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6,4)

El Bautismo nos confiere el "sacerdocio real", nos agrega a la "nación santa", nos introduce en el "Pueblo que Dios se ha adquirido" (Cf. 1Pe.2,9); por lo tanto nos hace pertenecer a la Santa Iglesia Católica.

He aquí entonces el programa de esta Cuaresma.Se trata de renovar nuestro Bautismo, en toda su verdad y en toda su belleza. Debemos limpiar aquello que lo ofusca y cortar aquello que lo aprisiona y le impide fructificar.
Una superficialidad o una ausencia de una cultura religiosa, o al menos catequética, escondiendo a nuestra mirada las sublimes realidades bautismales, lo ofuscan.
Las incoherencias, las componendas, las infidelidades lo tienen encadenado en la inercia.

Que en esta Cuaresma sea más asidua y más comprometida la contemplación de la Palabra de Cristo, para que el Bautismo resplandezca como merece ante nuestra mente. Convirtámonos de una conducta culpable o incluso solamente mediocre, para que el Bautismo pueda verdaderamente desarrollar toda su espléndida eficacia de gracia, de caridad actuante, de alegría del alma.

SAN JUAN PABLO II: MISERERE -SALMO 50 (1)


1. Hemos escuchado el "Miserere", una de las oraciones más célebres del Salterio, el Salmo penitencial más intenso y repetido, el canto del pecado y del perdón, la meditación más profunda sobre la culpa y su gracia. La Liturgia de las Horas nos lo hace repetir en las Laudes de todos los viernes. Desde hace siglos y siglos se eleva hacia el cielo desde muchos corazones de fieles judíos y cristianos como un suspiro de arrepentimiento y de esperanza dirigido a Dios misericordioso.

La tradición judía ha puesto el Salmo 50 en labios de David, quien fue invitado a hacer penitencia por las palabras severas del profeta Natán (cf. versículos 1-2; 2Samuel 11-12), que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de su marido Urías. El Salmo, sin embargo, se enriquece en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores que recuperan los temas del "corazón nuevo" y del "Espíritu" de Dios infundido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jeremías y Ezequiel (cf. v. 12; Jeremías 31,31-34; Ezequiel 11,19; 36, 24-28).

2. El Salmo 50 presenta dos horizontes. Ante todo, aparece la región tenebrosa del pecado (cf. versículos 3-11), en la que se sitúa el hombre desde el inicio de su existencia: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (versículo 7). Si bien esta declaración no puede ser asumida como una formulación explícita de la doctrina del pecado original tal y como ha sido delineada por la teología cristiana, no cabe duda de que es coherente: expresa de hecho la dimensión profunda de la debilidad moral innata en el hombre. El Salmo se presenta en esta primera parte como un análisis ante Dios del pecado. Utiliza tres términos hebreos para definir esta triste realidad que procede de la libertad humana mal utilizada.

3. El primer vocablo "hattá" significa literalmente "no dar en el blanco": el pecado es una aberración que nos aleja de Dios, meta fundamental de nuestras relaciones, y por consiguiente también nos aleja del prójimo. El segundo término hebreo es "awôn", que hace referencia a la imagen de "torcer", "curvar". El pecado es, por tanto, una desviación tortuosa del camino recto; es la inversión, la distorsión, al deformación del bien y del mal, en el sentido declarado por Isaías: "¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad" (Isaías 5, 20). Precisamente por este motivo, en la Biblia la conversión es indicada como un "regresar" (en hebreo "shûb") al camino recto, haciendo una corrección de ruta.
La tercera palabra con la que el Salmista habla del pecado es "peshá". Expresa la rebelión del súbdito contra su soberano, y por tanto constituye un desafío abierto dirigido a Dios y a su proyecto para la historia humana.

4. Si por el contrario el hombre confiesa su pecado, la justicia salvífica de Dios se demuestra dispuesta a purificarlo radicalmente. De este modo, se pasa a la segunda parte espiritual del Salmo, la luminosa de la gracia (cf. versículos 12-19). A través de la confesión de las culpas se abre de hecho para el orante un horizonte de luz en el que Dios actúa. El Señor no obra sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el hombre un "corazón" nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios.

Orígenes habla en este sentido de una terapia divina, que el Señor realiza a través de su palabra mediante la obra sanadora de Cristo: "Al igual que Dios predispuso los remedios para el cuerpo de las hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas, así también preparó para el alma medicinas con las palabras infusas, esparciéndolas en las divinas Escrituras... Dios dio también otra actividad médica de la que es primer exponente el Salvador, quien dice de sí: "No tienen necesidad de médico los sanos; sino los enfermos". Él es el médico por excelencia capaz de curar toda debilidad, toda enfermedad" ("Omelie sui Salmi" --"Homilías sobre los Salmos"--, Florencia 1991, páginas 247-249).

5. La riqueza del Salmo 50 merecería una exégesis detallada en todas sus partes. Es lo que haremos cuando vuelva a resonar en las Laudes de los diferentes viernes. La mirada de conjunto, que ahora hemos dirigido a esta gran súplica bíblica, nos revela ya algunos componentes fundamentales de una espiritualidad que debe reflejarse en la existencia cotidiana de los fieles. Ante todo se da un sentido sumamente vivo del pecado, percibido como una decisión libre, de connotaciones negativas a nivel moral y teologal: "contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces" (versículo 6).

No menos vivo es el sentimiento de la posibilidad de conversión que aparece después en el Salmo: el pecador, sinceramente arrepentido (cf. versículo 5), se presenta en toda su miseria y desnudez ante Dios, suplicándole que lo le rechace de su presencia (cf. versículo 13).

Por último, en el "Miserere", se da una arraigada convicción del perdón divino que "borra", "lava", "limpia" al pecador (cf. versículos 3-4) y llega incluso a transformarlo en una nueva criatura de espíritu, lengua, labios, corazón transfigurados (cf. versículos 14-19). "Aunque nuestros pecados fueran negros como la noche --afirmaba santa Faustina Kowalska--, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Sólo hace falta una cosa: que el pecador abra al menos un poco la puerta de su corazón... el resto lo hará Dios... Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia termina" (M. Winowska, "L'icona dell'Amore misericordioso. Il messaggio di suor Faustina" --"Icono del Amor misericordioso. El mensaje de sor Faustina"--, Roma 1981, p. 271).

sábado, 29 de febrero de 2020

EL CAMINO CUARESMAL: LA VENERACIÓN DEL CRUCICFICADO


El camino cuaresmal termina con el comienzo del Triduo pascual, es decir, con la celebración de la Misa In Cena Domini. En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es el día por excelencia para la "Adoración de la santa Cruz".

Sin embargo, la piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.

Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del dolor inmenso e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.

128. Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas, del lignum Crucis. La "invención de la Cruz", acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz.


En las manifestaciones de devoción a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.

No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos.



129. El texto evangélico, particularmente detallado en la narración de los diversos episodios de la Pasión, y la tendencia a especificar y a diferenciar, propia de la piedad popular, ha hecho que los fieles dirijan su atención, también, a aspectos particulares de la Pasión de Cristo y hayan hecho de ellos objeto de diferentes devociones: el "Ecce homo", el Cristo vilipendiado, "con la corona de espinas y el manto de púrpura" (Jn 19,5), que Pilato muestra al pueblo; las llagas del Señor, sobre todo la herida del costado y la sangre vivificadora que brota de allí (cfr. Jn 19,34); los instrumentos de la Pasión, como la columna de la flagelación, la escalera del pretorio, la corona de espinas, los clavos, la lanza de la transfixión; la sábana santa o lienza de la deposición.

Estas expresiones de piedad, promovidas en ocasiones por personas de santidad eminente, son legítimas. Sin embargo, para evitar una división excesiva en la contemplación del misterio de la Cruz, será conveniente subrayar la consideración de conjunto de todo el acontecimiento de la Pasión, conforme a la tradición bíblica y patrística.

viernes, 28 de febrero de 2020

LA CUARESMA: ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA







125. El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual.


A pesar de la secularización de la sociedad contemporánea, el pueblo cristiano advierte claramente que durante la Cuaresma hay que dirigir el espíritu hacia las realidades que son verdaderamente importantes; que hace falta un esfuerzo evangélico y una coherencia de vida, traducida en buenas obras, en forma de renuncia a lo superfluo y suntuoso, en expresiones de solidaridad con los que sufren y con los necesitados.

También los fieles que frecuentan poco los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía saben, por una larga tradición eclesial, que el tiempo de Cuaresma-Pascua está en relación con el precepto de la Iglesia de confesar lo propios pecados graves, al menos una vez al año, preferentemente en el tiempo pascual.

126. La divergencia existente entre la concepción litúrgica y la visión popular de la Cuaresma, no impide que el tiempo de los "Cuarenta días" sea un espacio propicio para una interacción fecunda entre Liturgia y piedad popular.
Un ejemplo de esta interacción lo tenemos en el hecho de que la piedad popular favorece algunos días, algunos ejercicios de piedad y algunas actividades apostólicas y caritativas, que la misma Liturgia cuaresmal prevé y recomienda. La práctica del ayuno, tan característica desde la antigüedad en este tiempo litúrgico, es un "ejercicio" que libera voluntariamente de las necesidades de la vida terrena para redescubrir la necesidad de la vida que viene del cielo: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4; cfr. Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de comunión del I Domingo de Cuaresma)


jueves, 27 de febrero de 2020

DIÁCONO JORGE NOVOA :TU PADRE VE EN LO SECRETO ( Mt 6,1-6.616-18)

El texto evangélico que se encuentra en san Mateo, y que abre el tiempo de Cuaresma, contiene a modo de antífona esta afirmación: "tu Padre que ve en lo secreto". Jesús ha revelado el rostro del Padre, ha dicho, " el que me ve a mí ve al Padre",y  también nos ha dado a conocer su voluntad. Este texto, advierte sobre una relación que se puede establecer, entre aquellos que se denominan "hijos", aunque con sus comportamientos niegan y desconocen al Padre.

Hay un vivir que manifiesta desconocer al Padre, y  que se expresa con distintos verbos, intentaremos sintetizarlos con la expresión:"vivir de cara a los hombres". Vivir de cara a los hombres ,encuentra su opuesto en vivir de cara al Padre. Muchos buscan ser "vistos","reconocidos", "aprobados", "saludados" por los hombres, y viven para estos "reconocimientos humanos". Falsifican la vida de hijos, y sus obras no son agradables al Padre porque buscan "reconocimientos  humanos". Disfrazados de hijos son "asalariados del mundo",
se sacian en el banquete de la "gloria de este mundo"y  no viven para el  Padre que a su tiempo los recompensará.

La vida de los hijos está oculta a los ojos de las "glorias" que otorga este mundo. El texto siempre remarca la necesidad de vivir de cara, a este "ver en lo secreto" del Padre. Podríamos reconocer este escenario del hombre como su propio corazón. El Padre ve tu corazón, y sabe cuales son sus motivaciones profundas. Allí está el origen del diálogo filial, hay que encontrarse con la mirada del Padre en lo profundo del corazón, allí donde están las motivaciones que permanecen ocultas a los hombres. El Padre  nos engendra como hijos desde  esta mirada al Corazón, de no reconocerla, seguiremos mendigando reconocimientos humanos aunque estemos activamente participando en la vida de la Iglesia.

Cómo conocer lo que agrada al Padre? Jesús nos ha revelado el camino de la filialización del corazón, que no es otro que el de la obediencia al designio del Padre. Nada queda excluido de esta realidad, no se trata de " tareas" importantes o humildes , se trata de la conversión del corazón, si ella nace del encuentro con la mirada del Padre, manifestada en Jesús de Nazaret o de la falsificación que el mundo propone.

Este vivir de cara a los hombres, por oposición a vivir de cara al Padre, es la corrupción del cristianismo, que reza el Padrenuestro, pero obra para la gloria de este mundo.

Seguramente alguno preguntará, entonces los hombres y el mundo no nos ayudan en nuestro camino de ser" hijos"? Si vivimos en presencia del Padre, ubicaremos al mundo y los  hombres  en su justo lugar, y les serviremos sin servilismos, y sabremos vivir sus halagos y fracasos en paz. Somos nosotros los que debemos responder a esta invitación que nos hace Jesús, nosotros debemos convertirnos, es decir, volvernos al Padre, a su mirada y recompensa.

Algunos piensan la recompensa en términos comerciales. Qué me podrá dar el Padre? No existe nada, que el Padre no pueda dar, pero lo más importante es que se dará ÉL mismo. Me introducirá cada vez más en el gozo de ser su hijo. Le conoceré, entendiendo el verbo en sentido bíblico, más perfectamente , y me engendrará espiritualmente como hijo y hermano, para siempre desde la eternidad.

miércoles, 26 de febrero de 2020

BENEDICTO XVI: LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS


En todas las comunidades parroquiales se realiza hoy un gesto austero y simbólico: la imposición de las cenizas, y este rito es acompañado por dos fórmulas llenas de significado que constituyen un apremiante llamamiento a reconocerse pecadores y a volver a Dios. La primera fórmula dice: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Cf. Génesis 3, 19). Estas palabras, tomadas del libro del Génesis, evocan la condición humana sometida al signo de la caducidad y de la limitación, y quieren llevarnos a poner únicamente la esperanza en Dios.

La segunda fórmula se remonta a las palabras pronunciadas por Jesús al inicio de su ministerio itinerante: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Marcos 1, 15). Es una invitación a hacer de la adhesión firme y confiada al Evangelio el fundamento de la renovación personal y comunitaria. La vida del cristiano es vida de fe, fundamentada en la Palabra de Dios y alimentada por ella. En las pruebas de la vida y en cada tentación, el secreto en la victoria consiste en escuchar la Palabra de verdad y en rechazar con decisión la mentira del mal. Éste es el programa auténtico y central del tiempo del Cuaresma: escuchar la Palabra de vedad, vivir, hablar y hacer la verdad, rechazar la mentira que envenena a la humanidad y que es la puerta de todos los males. Es urgente, por tanto, volver a escuchar, en estos cuarenta días, el Evangelio, la Palabra del Señor, Palabra de verdad, para que en todo cristiano, en cada uno de nosotros, se refuerce la conciencia de la verdad que le ha dado, que nos ha dado, para vivirla y ser sus testigos. La Cuaresma nos estimula a dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestra vida y a conocer de este modo la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, adónde tenemos que ir, cuál es el camino que hay que tomar en la vida. De este modo, el período de Cuaresma nos ofrece un camino ascético y litúrgico que, ayudándonos a abrir los ojos ante nuestra debilidad, nos hace abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo.



El camino cuaresmal, al acercarnos a Dios, nos permite mirar con nuevos ojos a los hermanos y a sus necesidades. Quien comienza a ver a Dios, a contemplar el rostro de Cristo, ve con otros ojos al hermano, descubre al hermano, su bien, su mal, sus necesidades. Por este motivo, la Cuaresma, como tiempo de escucha de la verdad, es un momento propicio para convertirse al amor, pues la verdad profunda, la verdad de Dios, es al mismo tiempo amor. Un amor que sepa asumir la actitud de compasión y de misericordia del Señor, como he querido recordar en el Mensaje para la Cuaresma, que tiene por tema las palabras del Evangelio: “Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas” (Mateo 9, 36).



Consciente de su misión en el mundo, la Iglesia no deja de proclamar el amor misericordioso de Cristo, que sigue dirigiendo la mirada conmovida a los hombres y los pueblos de todos los tiempos: “Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad --escribía en el citado Mensaje cuaresmal--, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la ”mirada” de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa –mirada-” (párrafo 3), la mirada de Cristo, y para vernos a nosotros mismos, a la humanidad, a los demás, con su mirada. Con esto espíritu, entramos en el clima austero y orante de la Cuaresma, que es precisamente un clima de amor por el hermano.



Que sean días de reflexión y de intensa oración, en los que nos dejemos guiar por la Palabra de Dios, que la liturgia nos propone abundantemente. Que la Cuaresma sea, además, un tiempo de ayuno, de penitencia y de vigilancia sobre nosotros mismos, conscientes de que la lucha contra el pecado no termina nunca, pues la tentación es una realidad de todos los días y la fragilidad y los espejismos son experiencias de todos. Que la Cuaresma sea, por último, a través de la limosna, hacer el bien a los demás, que sea una ocasión sincera para compartir los dones recibidos con los hermanos para prestar atención a las necesidades de los más pobres y abandonados.

Que en este camino de penitencia nos acompañe María, la Madre del Redentor, que es maestra de escucha y de fiel adhesión a Dios. Que la Virgen María nos ayude a celebrar, purificados y renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de Cristo. Con estos sentimientos deseo a todos una buena y fecunda Cuaresma”.