jueves, 22 de noviembre de 2018

MONSEÑOR JOSEFINO RAMÍREZ: PARTÍCIPES DE SU REINO

Solemnidad de Cristo Rey, 22/11/1993

Querido padre Tomás:

¿Recuerdas la película del príncipe africano que va a América para casarse? Se viste como un hombre sencillo para que lo quieran por sí mismo, y llega a conocer en una iglesia a la joven con la cual se enamorará. Ella acepta la propuesta matrimonial y luego descubre asombrada que es un príncipe disfrazado. El casamiento la convierte en una princesa y en la mujer más rica del mundo.

Qué historia estupenda! Pues esto no es una fantasía sino real porque es la historia de amor de Jesús en el Santísimo Sacramento, Él se viste sencillamente, oculta su gloria. Él viene humildemente hacia nosotros como “el Pan vivo bajado del cielo”. Tan profundo es su deseo de ser amado por sí mismo que se muestra como el más pobre de todos.

Él es el Rey con un corazón romántico merecedor de nuestro amor por todo lo que hizo por nuestra salvación. Esto es la adoración perpetua: proclamar a Jesús Rey dándole el honor y la gloria que le corresponde.

Mediante la adoración perpetua, una parroquia da al Rey todo el amor que Él verdaderamente se merece. Es por esta razón que la liturgia de Cristo Rey con esta oración “ Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor (Ap 5,12).

La adoración perpetua es el romance divino entre Jesús y su pueblo. Es decirle sí a su propuesta de amor. Todo lo que él quiere es nuestro amor, “porque yo quiero amor, no sacrificios” (Os 6,6).Luego,¡Él nos sorprenderá con la gloria de su reino!
Fraternalmente tuyo en su Amor Eucarístico

martes, 20 de noviembre de 2018

DIÁCONO JORGE NOVOA: " NO ESTÁS LEJOS DEL REINO "

"No estás lejos de Reino de Dios", fue la respuesta de Jesús en el diálogo que mantuvo con el escriba que le había preguntado:¿qué mandamiento es el primero? Esta es la percepción  que muchas veces tenemos, con relación a tantos hombre y mujeres que no creyendo en Cristo, en sus comportamientos están cerca de Él.

En la bondad de tantos hombres reconocemos la cercanía de la que habla Jesús, en sus búsqueda de la verdad, los heroísmo de la vida laboral, la abnegación familiar, y en tantos y tantos comportamientos presentes hoy entre nosotros.

Debemos conformarnos con esto? No. Resulta claro que el Señor busca a los pecadores, y sabemos que la oveja perdida y el hijo pródigo "dilapidaron la parte de la herencia" que reclamaron. En este caso, no se trata de una lejanía de tal magnitud, son los que habitualmente llamamos " buena gente". Qué debemos hacer?

Estamos llamados a una relación amistosa con el Señor, a " ser santos como nuestro Padre es santo". El gozo que provoca percibir la cercanía del Señor, no debe invalidar el anuncio de la fe católica, por el contrario, debe impulsaron a presentarles a Aquel  que los busca y quiere comunicarles su vida en abundancia.

Él ha venido para que "tengamos vida y vida en abundancia". No existe una recomendación del Señor, en los relatos evangélicos, que diga a sus discípulos," no vayan a los que ustedes consideren que son "buena gente". El Señor ha expresado con sus palabras, y especialmente con sus gestos, que siempre debemos respetar al "otro". El envío misionero es a "todos". Es claro,que nuestra valoración, es una percepción que puede guardar algunos errores, solamente Dios conoce el corazón del hombre. No estamos hablando de una prescindencia voluntaria, sino, de la mirada creyente que evita anunciar a Cristo porque considera que el otro es "bueno".El cristianismo se trata solamente de una moral? Siendo que en sus comportamientos viven como cristianos, no necesitan recibir el anuncio de la salvación?

Benedicto XVI en el discurso inaugural de Aparecida afirmaba:

"Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis."

Anunciemos a Cristo a "todos", y recemos para que sean muchos los que acepten su llamada. No hubo,ni hay, ni habrá personas que no necesiten del Señor, y de su gracia. Él es el Salvador de género humano, y todo lo humano encuentra en Él , el sentido de la existencia.

BENEDICTO XVI: JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO



En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, una fiesta de institución relativamente reciente, pero que tiene profundas raíces bíblicas y teológicas. El título de "rey", referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión "rey de Israel" y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. En el centro de este itinerario de revelación de la realeza de Jesucristo está, una vez más, el misterio de su muerte y resurrección. Cuando crucificaron a Jesús, los sacerdotes, los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: "Es el rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él" (Mt 27, 42). En realidad, precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús se entregó libremente a su pasión, y la cruz es el signo paradójico de su realeza, que consiste en la voluntad de amor de Dios Padre por encima de la desobediencia del pecado. Precisamente ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio de expiación Jesús se convierte en el Rey del universo, como declarará él mismo al aparecerse a los Apóstoles después de la resurrección: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra." (Mt28, 18).

Pero, ¿en qué consiste el "poder" de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino "para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su "bandera", según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.


Queridos hermanos y hermanas, cuando el ángel Gabriel llevó el anuncio a María, le predijo que su Hijo heredaría el trono de David y reinaría para siempre (cf. Lc 1, 32-33). Y la Virgen santísima creyó antes de darlo al mundo. Sin duda se preguntó qué nuevo tipo de realeza sería la de Jesús, y lo comprendió escuchando sus palabras y sobre todo participando íntimamente en el misterio de su muerte en la cruz y de su resurrección. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a seguir a Jesús, nuestro Rey, como hizo ella, y a dar testimonio de él con toda nuestra existencia.

Plaza de San Pedro,Domingo 22 de noviembre de 2009

sábado, 17 de noviembre de 2018

CARDENAL NEWMAN: IRRADIAR A CRISTO

¡Oh, Jesús!
 

Ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya. Inunda mi alma de tu espíritu y vida. Penétrame y aduéñate tan por completo de mí, que toda mi vida sea una irradiación de la tuya. Ilumina por mi medio y de tal manera toma posesión de mí, que cada alma con la que yo entre en contacto pueda sentir tu presencia en mi alma.

Que al verme no me vea a mí, sino a Tí en mí. Permanece en mí. Así resplanderceré con tu mismo resplandor, y que mi resplandor sirva de luz para los demás. Mi luz toda de Tí vendrá, Jesús; ni el más leve rayo será mío. Serás Tú el que iluminarás a otros por mi medio.

Sugiéreme la alabanza que más te agrada, iluminando a otros a mi alrededor. Que no te pregone con palabras sino con mi ejemplo, con el influjo de lo que yo lleve a cabo, con el destello visible del amor que mi corazón saca de Tí.
                                                                                     Amén

domingo, 11 de noviembre de 2018

HANS URS VON BALTHASAR: LA POBRE VIUDA DEL EVANGELIO

Primero hazme a mí un panecillo”. La historia de Elías y la viuda de Sarepa (primera lectura) muestra toda la grandeza de la Antigua Alianza. Se trata de una obediencia hasta la muerte. El profeta reclama de la mujer lo poco que a ésta le queda, un puñado de harina y un poco de aceite con lo que la pobre viuda había pensado hacer un pan para comerlo con su hijo antes de morir – a causa del hambre predicho por Elías -. El profeta se lo exige sin brusquedad. Comienza diciendo a la mujer: “No temas”, las palabras que Dios emplea a menudo cuando se dirige a personas asustadas para transmitirles una orden. Entonces la mujer, aunque ciertamente está en una situación desesperada, se calma y se vuelve dócil. Primero recibe la orden de preparar un panecillo para Elías (lo mismo que había decidido preparar para ella y para su hijo) y después se produce la promesa de Dios de que sus provisiones no se agotarán hasta que cese la sequía. Lo decisivo en la narración es la prioridad de la obediencia de la viuda –que llega incluso a poner en juegos la propia vida- con respecto a la promesa que garantiza su vida y la de su hijo.

Todo lo que tenía”. El episodio de la pobre viuda, que aparece depositando su limosna en el evangelio de hoy, es (en Marcos y en Lucas) el punto culminante de los hechos y dichos de Jesús antes del “pequeño Apocalipsis” y del relato de la pasión. Aquí tiene lugar una última decisión. Los ricos echan en el cepillo de lo que les sobra, sus cuantiosas limosnas no les suponen merma alguna en sus fianzas y con ellas adquieren buena reputación ante los hombres (Jesús critica duramente al comienzo de la perícopa su ambición y concluye: “Esos recibirán una sentencia más rigurosa”). La pobre viuda, en cambio, echa sólo dos reales: todo lo que tenía para vivir; lo hace libremente y sin que nadie; excepto Dios, lo advierta: en esto supera incluso la acción de la mujer veterotestamentaria. La viuda del evangelio de hoy no abre la boca, ni siquiera intercambia unas palabras con Jesús; pero Jesús la pone como ejemplo al final de toda su enseñanza: ella es, quizá sin saberlo, la que mejor ha comprendido lo que él ha querido decir en todos sus discursos. Y, al contrario que Elías, Jesús no dirá ni una palabra sobre una eventual recompensa: la acción de la mujer es tan brillante que tiene la recompensa en sí misma.
 
Cristo se ha ofrecido una sola vez”. Si se lee la segunda lectura a la luz del evangelio, el sacrificio único e irrepetible de Cristo – en lugar de los múltiples sacrificios de animales de la Antigua Alianza – aparece claramente como la entrega última y definitiva, más allá de la cual ya no es posible dar nada porque nada queda. Su sacrificio se compara expresamente con la muerte del hombre: al igual que ésta es absolutamente única e irrepetible (se muere una sola vez, en la Biblia jamás se habla de una transmigración de las almas), así también este sacrificio basta para expiar los pecados del mundo de una vez para siempre. Y tras la autoinmolación de Jesús se divisa el sacrificio del Padre, que es enteramente comparable al de la pobre viuda del evangelio: también El echa todo lo que tiene en el cepillo, lo más querido y más necesario: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”.

jueves, 8 de noviembre de 2018

VIRGEN DE LOS 33 PATRONA DEL URUGUAY


Su figura, nombre e historia, forman parte del imaginario del pueblo uruguayo, su Santuario integra nuestro Patrimonio Nacional. Es la Patrona de nuestro país y un símbolo qué, en su permanencia, solidifica los orígenes culturales, raciales e históricos del Uruguay.

Su talla data del siglo XVIII por los guaraníes y fue confiada a Antonio Díaz, indio de Santo Domingo de Soriano, de quién recibió su primera capilla en el Pintado. Fundadora de la Villa de San Fernando de la Florida en 1825, vio a pie a los Treinta y Tres Orientales con la bandera tricolor, al gobierno provisorio y a la asamblea que declara nuestra independencia.

Fue honrada a lo largo del tiempo con distintas coronas, una obsequiada por Manuel Oribe y otra con alhajas de las mujeres orientales.Declarada Patrona de la República Oriental del Uruguay por el Papa Juan XXIII, fue coronada solemnemente en la Piedra Alta en 1961. El Papa Juan Pablo II la honró en Tres Cruces y peregrinó hasta ella en Florida.

Su Santuario – Catedral, que se levanta ante la Plaza de la Asamblea, está enriquecido con delicadas pinturas que representan el nacimiento de Jesús, Pentecostés y la Asunción y Coronación de María. Se destacan sus puertas de bronce, obra de Belloni.

RP HORACIO BOJORGE: NUESTRA SEÑORA DE LOS 33

“Santísima Virgen María, ante cuya imagen
inclinaron su bandera y doblaron
reverentes su rodilla
los fundadores de nuestra Patria
Protege siempre a este pueblo
nacido a tu sombra bienhechora.
Haz ¡Oh Madre!
que en nuestros hogares florezcan la religión y
todas las virtudes cristianas.
Haz que veamos el reinado de Cristo,
que es el de la verdad y la justicia.
Alcánzanos estas gracias y la de la eterna salvación,
de tu hijo Jesucristo que con el Padre y el Espíritu Santo
vive y reina por los siglos
de los siglos.
Amén”

VIRGEN DE LOS 33

martes, 6 de noviembre de 2018

BENEDICTO XVI: CÓMO HABLAR DE DIOS?

La cuestión central que nos planteamos hoy es la siguiente: ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones frecuentemente cerrados de nuestros contemporáneos y en sus mentes a veces distraídas por los muchos resplandores de la sociedad? Jesús mismo, dicen los evangelistas, al anunciar el Reino de Dios se interrogó sobre ello: «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?» (Mc 4, 30). ¿Cómo hablar de Dios hoy? La primera respuesta es que nosotros podemos hablar de Dios porque Él ha hablado con nosotros. La primera condición del hablar con Dios es, por lo tanto, la escucha de cuanto ha dicho Dios mismo. ¡Dios ha hablado con nosotros! Así que Dios no es una hipótesis lejana sobre el origen del mundo; no es una inteligencia matemática muy apartada de nosotros. Dios se interesa por nosotros, nos ama, ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha auto-comunicado hasta encarnarse. Dios es una realidad de nuestra vida; es tan grande que también tiene tiempo para nosotros, se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo para sumergirse en el mundo de los hombres, en nuestro mundo, y enseñar el «arte de vivir», el camino de la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos hijos de Dios (cf. Ef 1, 5; Rm 8, 14). Jesús ha venido para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio.

Hablar de Dios quiere decir, ante todo, tener bien claro lo que debemos llevar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo: no un Dios abstracto, una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia; el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y del cómo vivir. Por esto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y su Evangelio; supone nuestro conocimiento personal y real de Dios y una fuerte pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino siguiendo el método de Dios mismo. 

El método de Dios es el de la humildad —Dios se hace uno de nosotros—, es el método realizado en la Encarnación en la sencilla casa de Nazaret y en la gruta de Belén, el de la parábola del granito de mostaza. Es necesario no temer la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura que penetra en la masa y lentamente la hace crecer (cf. Mt 13, 33). Al hablar de Dios, en la obra de evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario una recuperación de sencillez, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real y concreto, un Dios que se interesa por nosotros, un Dios-Amor que se hace cercano a nosotros en Jesucristo hasta la Cruz y que en la Resurrección nos da la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna, la vida verdadera. 

Ese excepcional comunicador que fue el apóstol Pablo nos brinda una lección, orientada justo al centro de la fe, sobre la cuestión de «cómo hablar de Dios» con gran sencillez. En la Primera Carta a los Corintios escribe: «Cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (2, 1-2). Por lo tanto, la primera realidad es que Pablo no habla de una filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado o inventado, sino que habla de una realidad de su vida, habla del Dios que ha entrado en su vida, habla de un Dios real que vive, que ha hablado con él y que hablará con nosotros, habla del Cristo crucificado y resucitado. La segunda realidad es que Pablo no se busca a sí mismo, no quiere crearse un grupo de admiradores, no quiere entrar en la historia como cabeza de una escuela de grandes conocimientos, no se busca a sí mismo, sino que san Pablo anuncia a Cristo y quiere ganar a las personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla sólo con el deseo de querer predicar aquello que ha entrado en su vida y que es la verdadera vida, que le ha conquistado en el camino de Damasco. 

Así que hablar de Dios quiere decir dar espacio a Aquel que nos lo da a conocer, que nos revela su rostro de amor; quiere decir expropiar el propio yo ofreciéndolo a Cristo, sabiendo que no somos nosotros los que podemos ganar a los otros para Dios, sino que debemos esperarlos de Dios mismo, invocarlos de Él. Hablar de Dios nace, por ello, de la escucha, de nuestro conocimiento de Dios que se realiza en la familiaridad con Él, en la vida de oración y según los Mandamientos.

Comunicar la fe, para san Pablo, no significa llevarse a sí mismo, sino decir abierta y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que ha experimentado en su existencia ya transformada por ese encuentro: es llevar a ese Jesús que siente presente en sí y se ha convertido en la verdadera orientación de su vida, para que todos comprendan que Él es necesario para el mundo y decisivo para la libertad de cada hombre. El Apóstol no se conforma con proclamar palabras, sino que involucra toda su existencia en la gran obra de la fe. Para hablar de Dios es necesario darle espacio, en la confianza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: hacerle espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la convicción profunda de que cuánto más le situemos a Él en el centro, y no a nosotros, más fructífera será nuestra comunicación. Y esto vale también para las comunidades cristianas: están llamadas a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazones, egoísmos, indiferencia, y viviendo el amor de Dios en las relaciones cotidianas. Preguntémonos si de verdad nuestras comunidades son así. Debemos ponernos en marcha para llegar a ser siempre y realmente así: anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.

En este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús mismo. Jesús en su unicidad habla de su Padre —Abbà— y del Reino de Dios, con la mirada llena de compasión por los malestares y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo, y diría que lo esencial del anuncio de Jesús es que hace transparente el mundo y que nuestra vida vale para Dios. Jesús muestra que en el mundo y en la creación se transparenta el rostro de Dios y nos muestra cómo Dios está presente en las historias cotidianas de nuestra vida. Tanto en las parábolas de la naturaleza —el grano de mostaza, el campo con distintas semillas— o en nuestra vida —pensemos en la parábola del hijo pródigo, de Lázaro y otras parábolas de Jesús—. Por los Evangelios vemos cómo Jesús se interesa en cada situación humana que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y de las mujeres de su tiempo con plena confianza en la ayuda del Padre. Y que realmente en esta historia, escondidamente, Dios está presente y si estamos atentos podemos encontrarle. Y los discípulos, que viven con Jesús, las multitudes que le encuentran, ven su reacción ante los problemas más dispares, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. En Él anuncio y vida se entrelazan: Jesús actúa y enseña, partiendo siempre de una íntima relación con Dios Padre. Este estilo es una indicación esencial para nosotros, cristianos: nuestro modo de vivir en la fe y en la caridad se convierte en un hablar de Dios en el hoy, porque muestra, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad, el realismo de aquello que decimos con las palabras; que no se trata sólo de palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad. Al respecto debemos estar atentos para percibir los signos de los tiempos en nuestra época, o sea, para identificar las potencialidades, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura actual, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad por la protección de la creación, y comunicar sin temor la respuesta que ofrece la fe en Dios. 

También en nuestro tiempo un lugar privilegiado para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios (cf. Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem, 11), llamados a redescubrir esta misión suya, asumiendo la responsabilidad de educar, de abrir las conciencias de los pequeños al amor de Dios como un servicio fundamental a sus vidas, de ser los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. Y en esta tarea es importante ante todo la vigilancia, que significa saber aprovechar las ocasiones favorables para introducir en familia el tema de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a los numerosos condicionamientos a los que están sometidos los hijos. Esta atención de los padres es también sensibilidad para recibir los posibles interrogantes religiosos presentes en el ánimo de los hijos, a veces evidentes, otras ocultos. Además, la alegría: la comunicación de la fe debe tener siempre una tonalidad de alegría. Es la alegría pascual que no calla o esconde la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de la dificultad, de la incomprensión y de la muerte misma, sino que sabe ofrecer los criterios para interpretar todo en la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es precisamente esta mirada nueva, esta capacidad de ver cada situación con los ojos mismos de Dios. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es un peso, sino una fuente de alegría profunda; es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien que no hace ruido; y ofrece orientaciones preciosas para vivir bien la propia existencia. Finalmente, la capacidad de escucha y de diálogo: la familia debe ser un ambiente en el que se aprende a estar juntos, a solucionar las diferencias en el diálogo recíproco hecho de escucha y palabra, a comprenderse y a amarse para ser un signo, el uno para el otro, del amor misericordioso de Dios. 

Hablar de Dios, pues, quiere decir hacer comprender con la palabra y la vida que Dios no es el rival de nuestra existencia, sino su verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Y con ello volvemos al inicio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, ese Dios que nos ha mostrado un amor tan grande como para encarnarse, morir y resucitar por nosotros; ese Dios que pide seguirle y dejarse transformar por su inmenso amor para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; ese Dios que nos ha dado la Iglesia para caminar juntos y, a través de la Palabra y los Sacramentos, renovar toda la Ciudad de los hombres a fin de que pueda transformarse en Ciudad de Dios.

sábado, 3 de noviembre de 2018

HANS URS VON BALTHASAR: XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (B)


Qué mandamiento es el primero de todos? En el evangelio de hoy queda claro que no habría sido necesaria ninguna desavenencia entre judaísmo y cristianismo. Hay unidad en lo que respecta al mandamiento más importante e incluso respecto a la necesidad de añadir el mandamiento del amor al prójimo al del amor a Dios, que lo trasciende todo. Aparece incluso una declaración de Jesús según la cual el letrado que le ha interrogado:  “no está lejos del reino de Dios”. Pero la unanimidad llega aún más lejos: el letrado añade al final de su réplica, aprobando lo que acaba de decir Jesús, que ese doble primer mandamiento “vale más que todos los sacrificios”, con lo que se sitúa el cumplimiento del amor a Dios por encima de toda veneración puramente cultual; algo que, por lo demás, ya había sido previsto por Oseas: “Quiero misericordia y no sacrificios” (Os 6,6; Mt 12,7). Pero es quizá aquí donde se manifiesta la enorme distancia que existe entre la comprensión judía y la comprensión cristiana (de la que dará testimonio la segunda lectura): si los sacrificios de la Antigua Alianza se tornan caducos con Cristo, es porque su cumplimiento del amor a Dios y al prójimo en su muerte en la cruz y en la Eucaristía hace coincidir pura y simplemente amor vivido y sacrificio cultual, y porque gracias a esta suprema entrega de amor, el amor de Jesús al Padre y a nosotros los hombres alcanza una intensidad que era inconcebible en la Antigua Alianza. Pero esto no invalida el primer mandamiento que Israel supo formular de modo tan admirable (ni siquiera la Nueva Alianza pudo expresarlo mejor); la diferencia está solamente en que antes de Jesús nadie pudo llegar “hasta el extremo” (Jn 13,1), como llegó Jesús, en el amor a Dios y al prójimo.

Escucha Israel. Es aquí, en la primera lectura, donde el gran mandamiento se expresa por primera vez y en toda su perfección. Está introducido con la afirmación “El Señor nuestro Dios es solamente uno”.No hay más dioses, nuestro Dios es el único. El politeísmo divide el corazón del hombre y su culto; el único Dios exige la totalidad indivisa del corazón humano con todas sus fuerzas. Por eso entre el amor que Dios exige y el corazón humano no hay ningún dualismo no es como si el corazón estuviera dentro y el mandamiento viniera de fuera o de arriba, sino que, por el contrario, el mandamiento debe quedar escrito en el corazón del hombre : “Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria”; con otras palabras, el amor de Dios exige desde dentro todo el corazón y todas sus fuerzas.

Jesús tiene el sacrificio que no pasa. La segunda lectura subraya una vez más de la manera más clara el carácter existencial del sacerdocio de Jesús, que ya no necesita ofrecer sacrificios de animales en el Templo –algo que los sacerdotes anteriores debían hacer cada día por sus propios pecados y por los del Pueblo-, sino que se ofrece así mismo como víctima sin mancha en una autoinmolación necesaria para nuestra verdadera expiación. Y como Jesús permanece para siempre, su ofrenda sacerdotal en la cruz no es un hecho del pasado; Jesús tiene el sacerdocio que no pasa, su sacrificio es siempre para interceder a favor nuestro. Por eso su Eucaristía, a partir de esta su existencia eterna, puede hacer presenta aquí y ahora su sacrificio único en virtud de su sacerdocio que no pasa.

viernes, 2 de noviembre de 2018

DIÁCONO JORGE NOVOA: LA MUERTE COMO KAIROS DE DIOS

La muerte como "kairos" de Dios

Diác. Jorge Novoa

Participé de una misa, en la que rezamos por el alma de un párroco que falleció súbitamente, experimentó lo que  llaman los médicos, una muerte súbita. Alguien que se encontraba cerca, me manifestó  el siguiente comentario …"un instante nos separa". Las palabras se prendieron de mi corazón fuertemente, las encontraba reales, con ellas se expresaba muy claramente algo de esa realidad con  cierta crudeza, pero con profundidad. De todas formas, la expresión me resultaba incompleta, la intuición de la fe me decía  que algo le faltaba. Un instante es  efímero e indefinido, y al mismo tiempo sumamente preciso para describir la presencia de esa realidad de la existencia humana, tan imprecisa como próxima. Dice Teresa de Lisieux, "mi vida es un instante, una efímera hora, momento que evade que huye veloz"[1]Un instante nos separa de ella


"La muerte se ha convertido en el tabú más fuerte del mundo moderno"[2]. La cultura del bienestar censura toda exposición sobre el tema,  desterrando una y otra vez el mencionar su nombre, debido a la tristeza que produce hablar de ella a los hombres de hoy. Los cementerios han sido retirados  de las ciudades, no solo por razones de higiene, en los más modernos,  ya no se visibilizan cruces ni epitafios."No hay un testimonio más elocuente para el fracaso del materialismo que su horror y su pánico ante la muerte. Si la muerte no es más que el último e irreparable fallo de la máquina del cuerpo, no deja de ser consecuente que se retire a la muerte al anonimato de una clínica. Solo si se la considera desde este punto de vista materialista, se puede calificar  de "buena muerte", la muerte ocurrida de repente, sin dolor y sin darse cuenta"[3]."No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está para realizarse en mi ser, ante lo que se avecina"[4].

 Dios al dirigirnos su Palabra, nos ha revelado progresivamente el sentido de la muerte a la luz de la muerte-resurrección (Pascua) de Jesucristo. La revelación ha sido progresiva, y los escritores inspirados se preguntan en la Antigua Alianza, por la suerte que corren  los que bajan a la fosa. Este enigma, como lo expresa el Concilio (GS 18), encontró su luz definitiva en la Pascua de Jesucristo. Ahora ese acontecimiento, irradia su luz sobre este enigma de la existencia humana, y se nos revelará en el libro del Apocalipsis que "son bienaventurados los que mueren el  Señor". Esto  ha ocurrido, nos dice san Pablo en la carta a los Corintios, con una repercusión universal, para todos los hombres, Jesucristo aparece como Señor de la muerte, incluso nos ha advertido, que más debiéramos temer a la que llaman en el Apocalipsis  "segunda muerte", y que hace referencia a la condenación eterna. El Señor de la muerte nos anuncia la posibilidad que ya tenemos de tomar parte en su victoria sobre ella.

Hablemos propiamente de ese instante que conduce a la muerte, podemos describirlo, con una categoría bíblica, como Kairós[5], es decir, como un tiempo oportuno[6], en el que se realiza la visita de Dios. El término, también incluye una  referencia a la respuesta del hombre. Podemos vinculando estas realidades  de la existencia humana, describir este Kairós como camino que conduce "del instante a la eternidad". De allí, que completaría la expresión inicial diciendo: "un instante nos separa de Él"[7].

La muerte como "kairós de Dios" puede ser contemplada en un itinerario que supondría tres experiencias de la vida cristiana:  llamada, tránsito y encuentro.

Llamada
Este nacimiento a la vida eterna es fruto de la última llamada de Dios. Recordemos la bellísima oración que conocemos como Alma de Cristo, donde repetimos: "En la hora de mi muerte llámame y mándame ir a Ti". Toda la vida cristiana debe vivirse en clave vocacional, ella debe ser la expresión del  diálogo que se establece a lo largo de la vida, y que permite descubrir y vivir la voluntad de Dios. Sígueme es una palabra vocacional clave, con la que el Señor introduce a los llamados  en el lenguaje del discipulado, siendo instruidos por el Espíritu Santo para caminar a la luz de la fe. Esta llamada que los coloca en la Iglesia, los pone en movimiento, en camino, y en diálogo permanente con Aquél a quien sirven.  

Recordemos aquellas palabras memorables, del otrora cardenal Ratzinger, en la misa de exequias de Juan Pablo II, presentando toda la vida del insigne Papa en clave vocacional: "«Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud". 

Sígueme se encuentra en el comienzo de la vida creyente, en su entramado y también al final del camino, en el que hemos sido invitados a caminar confiando en su misericordia. Ésta es la última llamada[8]  a seguirlo por el silencioso camino de la cruz para lo cual, es necesario  preparase. El cardenal Schonborn recordando el rito[9] de los dominicos, describe esta dimensión de llamada: "si el moribundo da señales de que la muerte es inminente, el sacerdote le dirige la palabra con estas duras y tremendas palabras: <>….el saber que la muerte es la salida para el gran viaje y que es Dios mismo el que, por medio del sacerdote, llama a esta salida: <> (Tú has mandado salir de este siglo)- así lo dice un antiguo ritual"[10].

Así manifestaba Juan Pablo II,  como deseaba  vivir  su Kairos.  
"Velad porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor" (cf. Mt 24, 42), estas palabras me recuerdan la última llamada, que vendrá en el momento que quiera el Señor. Quiero seguirle y deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrenal me prepare a este momento. No sé cuando llegará, pero como todo, también deposito este momento en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus. En sus manos maternas lo dejo todo y a todos aquellos con quienes me ha ligado mi vida y mi vocación"[11]

Estas palabras sobre el momento de la muerte, expresadas en clave de seguimiento, develan el valor de todas las realidades de la vida en orden a la preparación de este acontecimiento, que se manifiesta como imprevisto. Velar es una expresión metafórica, que literalmente designa la" decisión de renunciar al sueño" para estar vigilante. A los cristianos, una y otra vez en la Escritura, se les manifiesta la necesidad de prepararse para recibir al Señor que viene. Pesan severamente las palabras del evangelio: "No todo el que me dice Señor, Señor…" ¿Cómo pueden los cristianos cumplir con fidelidad, la recomendación  del Señor de velar?  El cristiano vela en la medida en que no descuida su vida de fe, evitando la trágica ruptura que se da entre fe y vida, para ello debe mantener un trato asiduo con el Señor por medio de la oración, la celebración de los sacramentos, y especialmente dos: reconciliación y  eucaristía, alimentos que  preparan para velar. La invitación a velar,  interpela sobre el amor que le tenemos al Señor y a los hermanos.  Es imposible alimentar la espera vigilante que nos propone el Señor, si no escuchamos y vivimos la Palabra de Dios.  Velar es amar.  

Tránsito
¿Cuál es el destino de nuestra peregrinación: la nada, algo o alguien? Si de ella,  nuestra meta es  Él (Dios), la muerte aparecerá a la luz de  la fe, como un tránsito[12]. Ya en el cristianismo primitivo, la muerte se celebra como "tránsito". Recordemos como, en el Evangelio según San Juan[13], toda la vida de Cristo está presentada como un retorno a la casa del Padre. "Nacer significa comenzar el camino hacia el Padre; vivir significa recorrer cada día, cada hora, un tramo de camino en el retorno a la propia casa"[14] "Una existencia en tránsito solo es posible allí donde la muerte como "tránsitus" de ésta a la otra vida no es reprimida"[15].

Juan Pablo II en su testamento espiritual escribía aludiendo  a esta realidad: "aquel tránsito que para cada uno de nosotros es el momento de la propia muerte. Del adiós a este mundo -para nacer a otro, al mundo futuro, signo elocuente (añadido encima: decisivo) es para nosotros la Resurrección de Cristo". Frente a la muerte, dirá Ignacio de Antioquía, "mi parto está ya inminente"[16]. En estas palabras, se nos invita a contemplar la muerte como un  nacimiento, recordemos como las fechas de las celebraciones de los santos, son los días de su partida de este mundo,  la Iglesia con su sabiduría nos enseña que en ese día, ellos nacen a la eternidad. 

El Cardenal Schonborn en un pequeño librito[17] en el que reflexiona sobre la muerte, se lamenta de la reducción  que ha experimentado el renovado rito postconciliar de difuntos. Lanza una afirmación aguda, "la muerte ya no es más, ni siquiera en los conventos un acontecimiento litúrgico; solo es una situación clínica. La "sala de estar" y la "sala de morir" están separadas entre sí, de manera que la muerte ha desaparecido totalmente incluso de los conventos. Y esto -no nos extrañe- trae consecuencias para la vida"[18]. Esta incapacidad que experimenta el mundo moderno y que se "cuela" en los ámbitos religiosos, debilita la posibilidad de reconocer y expresar en símbolos y signos, la experiencia de tránsito del hombre.  "Querer eliminar todo esto diciendo que es "un mundo imaginario pasado de moda", no demuestra que nuestro tiempo sea más ilustrado sobre la escatología del hombre, sino, más bien, que hoy hemos perdido aquel antiguo saber existencial, común para toda la humanidad"[19]. Se sorprende, Schonborn, de que nuestra época se encuentre tan perdida "ante este cambio tan decisivo de la existencia", como lo es, este pasar de ésta vida a la otra. "No es, por tanto extraño que surja un nuevo interés por lo rituales de difuntos de antiguas generaciones"[20].

Encuentro
Finalmente, en ella se da el encuentro para el que hemos sido llamados a la existencia, la vida como peregrinación  es una lenta o presurosa marcha en dirección de este encuentro. La utilización de esta categoría permite comprender una verdad fundamental, Jesús nos advierte con distintas imágenes sobre su visita imprevista, pero, y esto es lo más importante, conocemos perfectamente al que viene de esta manera. Y esto debe llenarnos de profunda paz, a veces, la imagen imprevista del ladrón, nos ha hecho inconscientemente asociar su visita, con la llegada de un desconocido (o de lo desconocido) que nos atemoriza. El Espíritu Santo nos ha dado a conocer de modo real al que viene a llamarnos en la muerte. No debemos olvidar que el esperado,  "nos ha amado hasta el extremo", llamándonos amigos y descubriéndonos que volvía a la casa del Padre para prepararnos un lugar. Las palabras y hechos  de la vida del Señor alimentan nuestra fe, comunicándonos esperanza y paz.. Él nos acompaña y sostiene en la espera amorosa,  para finalmente venir a nuestro encuentro. 

La muerte es presentada en una catequesis papal[21] como la puerta que abre al encuentro con el Padre:"ciertamente, es preciso pasar por la muerte, pero ya con la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando «este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Co 15, 54)."  Cristo nos ha revelado el rostro del Padre, verlo es ver al Padre, canta en Señor en toda su existencia, el cántico de la fidelidad a la voluntad del Padre. En Cristo, el rostro del Padre se nos manifiesta cercano, conocido, es el Espíritu Santo el que nos introduce en la íntima invocación: Ábba. Repetimos con el salmista: "en la sentencias tendrás razón en el juicio brillará tu rectitud….(Sl 50)" Las personas divinas que vienen a nuestro encuentro se han revelado como Amor."Dios es amor" (I Jn). El encuentro que se produce es el lugar de la realización de este Amor…

Los mártires de la primera hora, vivían intensamente la dimensión de encuentro que tiene la muerte. San Ignacio de Antioquia la propone como "alcanzar a Cristo": "Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, quebrantamientos de huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, torturas atroces del diablo, sólo con que pueda yo alcanzar a Cristo…Para mí es más bello morir y pasar a Cristo, que reinar sobre los confines de la tierra. Voy en pos de aquel que murió por nosotros: voy en pos de aquel que resucitó por nosotros."[22].Teresita de niño Jesús, escribía: "a mi Jesús deseo ver sin velos, sin nubes"[23]

El modo de celebrar la muerte, parece denotar ciertas enfermedades que padece la fe, no es mi intención abordar esta compleja situación, solo mencionaremos este diagnóstico iluminador. "Mirar a nuestro tiempo con los ojos de la fe significa ser capaz de mirar al hombre, al mundo y a la historia a la luz de Cristo crucificado y resucitado, única estrella capaz de orientar «al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática»(«Fides et ratio», 15)… De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que ven en ella una forma de acceso a la modernidad y de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia es que junto con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista[24]. En el texto de benedicto XVI aparecen tres grandes causa que distorsionan la fe y sus expresiones: la mentalidad inmanentista, la cultura secularizada y la mentalidad consumista. La Conferencia episcopal española, en la instrucción pastoralTeología y secularización en España, a los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, constata "junto a los signos de esperanza sombras que oscurecen la verdad"[25]. "Se trata de interpretaciones reduccionistas que no acogen el Misterio revelado en su integridad. Los aspectos de la crisis pueden resumirse en cuatro: concepción racionalista de la fe y de la Revelaciónhumanismo inmanentista aplicado a Jesucristo; interpretación meramente sociológica de la Iglesia, y subjetivismo-relativismo secular en la moral católica"[26]      
La vida cristiana no desemboca en el mar de la nada, en su transcurso, una y otra vez hemos repetido a María santísima, que ruegue por nosotros  ahora y en la hora de nuestra muerte. Así escribía Juan Pablo II en su testamento espiritual: "deposito este momento en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus" ¿Una Madre tan santa podrá olvidar ésta súplica confiada que dirigen sus hijos?¿Cerrarán las personas divinas "sus oídos" a esta petición de la Reina del cielo? Oremos con fe, conscientes de la importancia de nuestra petición. No será la mejor decisión  de nuestra vida, en medio de estas coordenadas culturales, poner ese momento en las manos de María. ¡Cuánta sabiduría atesorada en la gran tradición eclesial!¡ Con qué sublime sencillez la Iglesia nos proporciona las medicinas  de  la fe para nuestros temores e incertidumbres! 





 

[1] Santa Teresa de Lisieux, Poesía, Mi canto de hoy. Hay en las enseñanzas de Teresa de Lisieux una reflexión sobre el tiempo: dirá "cada instante es una eternidad, una eternidad de alegría". El cardenal Mercier  en esta misma línea había dicho,"no tengo que gemir más por un pasado que ya no es, ni inquietarme por un futuro que no existe. Es el único momento presente lo que quiero bendecir, y, aunque fuera con angustias e incluso escalofríos, intrépidamente realizar".
[2] Philippe Ariés. Citado por el Cardenal Christoph  Schonborn en su pequeño libro "De la muerte a la vida" Edicep, 2000,p.144.
[3] Ibídem, p 150.
[4] Pablo VI, Testamento.
[5] Las palabras griegas claves para designar el tiempo en la antigüedad eran eón,  cronos y kairós,  en  ellas se distingue  el tiempo objetivo mensurable (cronos) del que es significativo para la persona (kairós). 
[6] Algunos pensadores modernos, profundizando en filósofos y pensadores antiguos hablan de la Kairología, como la teoría del tiempo oportuno. Para el prof. Dr. M. Kerkhoff es necesaria la distinción  entre Kairología y Kairosofía: "como la diferencia entre lo calculable del tiempo vivido que sería el Logos, el discurso racional sobre esta temática, y un elemento que podría llamarse la gracia divina, de favor divino, que no es calculable y predecibleun don, creo que se expresarían así los poetas, un don divino para el cual hay que estar preparados y dispuestos. Y eso se llamaría Kairosofía… Ver  Dr. Manfred Kerkhoff, Kairós. Editorial de la Universidad de Puerto Rico,1997. Exploraciones ocasionales acerca del tiempo y destiempo. 
El profesor Ruben Soto Rivera, ha  estudiado y publicado sobre el tema, y  manifiesta que  la kairología es el estudio del "tiempo justo", "tiempo oportuno", u "ocasión propicia" (kairós). Estudia a Arcesilao, un filósofo de la Academia Media, que había dicho que lo más importante  de la filosofía era conocer el Kairós de cada cosa. Algunos kairólogos han escrito también acerca de una kairotanasia. Se trata de la idea de desear morir en el momento oportuno; querer un kairós de la propia muerte. 
[7] También podríamos decir un "instante nos acerca a Él."
[8] Pablo VI, manifiesta esta dimensión  en su Testamento: "el de mi llamada a la otra vida parece obvio".
[9] Processionarium justa ritum sacri ordinis praedicatorum de 1930.
[10] Card.C. Schonborn, De la muerte a la vida,pp.147-148.
[11] Juan Pablo II, Testamento espiritual.
[12]  Pablo VI en su testamento  presenta el tránsito como: "mi éxodo de este mundo".
[13] Ese mismo anuncio lo dirigió Jesús varias veces a sus discípulos en el período pascual. Lo hizo especialmente durante la última Cena, «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre..., sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía» (Jn 13, 1-3). Jesús tenía, sin duda, en la mente su muerte ya cercana y, sin embargo, miraba más allá y pronunciaba aquellas palabras en la perspectiva de su próxima partida, de su regreso al Padremediante la ascensión al cielo: «Me voy a aquel que me ha enviado» ( Jn 16, 5): « Me voy al Padre, y ya no me veréis» (Jn 16, 10). Los discípulos no comprendieron bien, entonces, qué tenía Jesús en mente, tanto menos cuanto que hablaba de forma misteriosa: «Me voy y volveré a vosotros», e incluso añadía: «Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo» (Jn 14, 28). ...  
[14] Juan Pablo IICatequesis de S.S. Juan Pablo II en la última audiencia general del año 1981, dada el 30 de diciembre de 1981
[15] Cardenal Christoph Schonborn, De la muerte a la vida, p.143.
[16] San Ignacio de Antioquia; carta a los Efesios.
[17] De la muerte a la vida.
[18] Ibídem p. 146.
[19] Ibídem, pp 152-153.
[20] Ibídem ,p 145.
[21] Catequesis, Juan Pablo II. La muerte como encuentro con el Padre, 2 de junio de 1999.
[22] San Ignacio de Antioquia, carta a los Efesios.
[23] Santa Teresita de Lisieux, Poesía, Mi canto de hoy.
[24] Benedicto XVI, lunes 22 de mayo - Discurso que dirigió Benedicto XVI a los superiores y superioras generales de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica al recibirles en el Aula Pablo VI. (fuente ZENIT.org).
[25] LXXXVI ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA   Instrucción Pastoral ,Teología y secularización en España, A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, Madrid, 30 de marzo de 2006 ,N 5.