lunes, 26 de octubre de 2020

BENEDICTO XVI: LA FE COMO RESPUESTA AL AMOR DE DIOS

Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1).
 
La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.
 
«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

viernes, 16 de octubre de 2020

SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE: PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

He aquí las promesas de Jesús que aparecen dispersas en los escritos de Santa Margarita, y por medio de ella a todos los devotos de su Sagrado Corazón:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

2. Pondré paz en sus familias.

3. Les consolaré en sus penas.

4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.

5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.

6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.

8. Las almas tibias se volverán fervorosas.

9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.

10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.

12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.

martes, 13 de octubre de 2020

IGNACE DE LA POTTERIE S.J: EL PRINCIPE DE ESTE MUNDO EN SAN JUAN


La existencia de demonio.El tema es muy actual, pero, como recordaba el padre Amorth, hay muchos que incluso dentro de la Iglesia no creen en la existencia del Diablo. Son muchos los exégetas que hasta definen la existencia del Demonio «un problema superado». Hace años un exégeta alemán, Hubert Haag, publicó un libro con un título significativo: Adiós al Diablo.

Para comprender mejor el "problema" de la existencia del Demonio, vale la pena examinar cómo habla Juan, el apóstol predilecto de Jesús, de Satanás. Veamos sus diferentes escritos: el Evangelio, las Cartas, el Apocalipsis.


Lo que caracteriza al Evangelio de Juan es que su teología es fundamentalmente una cristología: el Verbo se hizo hombre, y encuentra en esta tierra los poderes del Mal. En sus varios textos, Juan da cuatro nombres a este Mal personal: «el Diabio», «el Maligno, «el Príncipe de este mundo», «Satanás».

El tercer título demuestra que el mundo, lugar donde trabaja el Diablo, prácticamente está invadido por este poder oculto.

Comencemos a examinar el Evangelio de Juan. En el capítulo 8, versículo 44, hallamos un versículo, "El Diablo es homicida desde el principio", que se repite en las epístolas (cf. 1 Jn 3,8). Lo que nos envía al Génesis, aludiendo al pecado cometido en el jardín del Edén y luego al asesinato de Caín. Según san Juan, a Caín le empujó "algo" o "alguien". Como la "serpiente" empujó a Eva y Adán. En el Antiguo Testamento (Sabiduría 2, 24) se lee: «Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo». La misma explicación que da en Juan (1 Jn 3, 12).

Luego, cuando Juan narra la vida de Cristo, señala más de una vez que su antagonista principal es «el Príncipe de este mundo». Hay tres textos muy sugestivos. Juan en su Evangelio (12, 30-3 l), narrando el fin de la vida pública de Cristo, escribe: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será arrojado fuera». Jesús sabe que le matarán "representantes de Diablo" y que está llegando el enfrentamiento decisivo. Más adelante (Jn 14, 30) -se lee: «Viene el Príncipe de este mundo, que en mí no tiene nada». Tendrá un poder breve sólo durante el periodo de la Pasión. Luego, será derrotado. Tanto es así que durante la última cena Jesús tranquiliza a sus amigos: «Confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Arroja al Príncipe de este mundo fuera de su dominio. Con la Resurrección queda derrotado el poder del Diablo.

Pero el párrafo más elaborado de todo el cuarto Evangelio relativo al poder del Maligno se halla en el capítulo 8, versículos 43-44. En el gran debate entre Jesús y los judíos en el templo de Jerusalén, Cristo dice: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él. Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira». Al estar completamente cerrado a la verdad no hay ningún rayo de luz que penetre en él. Como le describe Dante (Divina Comedia, "infierno" 34, 28-29), a diferencia de la iconografía anterior, el Diablo está hundido en el hielo, no en el fuego, porque el frío (mejor que el calor) da idea de un ser ensimismado, encerrado en el hielo de la ausencia de relaciones con lo externo, con la realidad con Dios.

Para Juan la verdad es un hecho histórico, un acontecimiento, un evento de revelación. Al contrario del Diablo que habla de lo suyo propio, Jesucristo no hace nada por sí mismo: trae al mundo la verdad, el designio de Otro, de Dios su Padre. Y cumple su tarea a través de la Revelación de sí mismo, como Hijo Unigénito de Dios, revelando de este modo el proyecto salvífico del Padre. El Diablo en cambio, está completamente encerrado en sí mismo. Por esto"la verdad no estaba en él". Es la oscuridad total. Y Juan lo llama "Padre de la mentira".
Un personaje que represanta casi físicamente al Diablo es Judas. Jesús aludiendo al traidor (Jn 6,70) dice: "¿No he elegido yo a doce? Y uno de vosotros es un diablo".

En el evangelio de Juan es "demonizado" (Jn 13,1-3) quien se opone a Cristo, ya sean sus compatriotas que no le reconocen o Judas que lo traiciona. Judas es la "encarnación " del Diablo presente en el mundo para obstaculizar al Hijo de Dios.

Como narra durante la última cena, Jesús viene del Padre y vuelve al Padre. Justamente en este movimiento interviene el Diablo: Judas. "Tomando el bocado, se salió luego; era de noche" (Jn 13,30) Como comenta S. Agustín, Judas mismo era la noche. La oscuridad. El Diablo.

Veamos ahora las Epístolas. En su primera carta la más larga, Juan (3,10) dice que la Iglesia está formada " por hijos de Dios e hijos del diablo". Pero los representantes de los hijos del diablo son los anticristos" Es un término acuñado por Juan (3,4-8). El pecado por excelencia, el de los anticristos, es ir contra Jesucristo. Renegar de Jesucristo es diabólico. "habéis vencido al Maligno"" recuerda Juan a los fieles de Jesús (1 Jn 2,14). "La victoria que ha vencido al mundo es nuestra fe" (1 Jn 5,4).

También en el Apocalipsis, en fin, aparece el Demonio. Juan nos presenta a dos de las siete iglesias del Apocalipsis como el lugar donde está presente Satanás. La Iglesia de Esmirna es la sinagoga de Satán (2,9), en la Iglesia de Pérgamo está el trono de Satán (2,13). El Diablo desencadena una lucha en todo el mundo, persigue a la Mujer, que representa a la Iglesia, y también a María, la madre de Jesús (12,1-7). Pero es derrotado. Al final "la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás[...] es arrojada en el abismo"( 20,2-3).El tiempo se concluye; es el triunfo definitivo de Cristo y de su Iglesia. Aparece el Hijo del hombre y la esposa del Cordero en la Jerusalén celeste que baja del cielo; es el cielo nuevo y la nueva tierra.

El Diablo, que era Príncipe de este mundo, ha perdido definitivamente su dominio. Lo ha tenido que ceder al Cordero, "El Señor de señores y Rey de reyes" (17,14); él es el verdadero Señor de este mundo, aquel por el que el mundo había sido creado.

lunes, 12 de octubre de 2020

P. ELIÉCER SÁLESMAN: LA VIRGEN DEL PILAR




Pilar es lo mismo que columna. La patrona de España es Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza. Una tradición que viene del siglo XIII, dice que cuando Santiago apóstol, evangelizaba a España, un día vio que sobre una columna o pilar, se le aparecía la santísima Virgen (que vivía todavía en Israel) la cual llegaba a decir que siguiera predicando, a pesar de que fueran pocos los que se convirtieran por lo pronto, pues más tarde toda la nación sería creyente.
Y dice la tradición que en recuerdo de esta aparición, el apóstol y sus discípulos construyeron una capilla allí en ese sitio, donde actualmente está la Basílica del Pilar en Zaragoza, que tienen once cúpulas y cuatro torres, y se ha hecho famosa en España y en el mundo entero, y en la cual a través de los siglos se han obtenido maravillosos favores del cielo al invocar la intervención de la Madre de Dios.

Y precisamente el día de la fiesta de la Virgen del Pilar, Patrona de España, el 12 de octubre (1492) descubrió Colón a América, y dicen que en el momento en que Colón pisó por primera vez suelo americano, estaban los monjes rezando y cantando ante la imagen de Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza, pidiendo por el buen éxito de la expedición. El papa Juan Pablo II decía: “Cada santuario es una antena que nos trae maravillosos favores del cielo”. Virgencita Santa: que desde tu Santuario del Pilar en Zaragoza, sigas enviando ayudas y favores a todos los habitantes de España y América.

miércoles, 7 de octubre de 2020

PROMESAS DE LA VIRGEN SOBRE EL SANTO ROSARIO


1. Los que fielmente me sirven mediante el rezo del Santo Rosario, recibirán insignes gracias.

2. Yo prometo mi protección especial, y las más notables gracias, a todos los que recitasen el Santo Rosario.

3. El Rosario será la defensa más poderosa contra las fuerzas del infierno. Se destruirá el vicio; se disminuirá el pecado; y se vencerá a todas las herejías.

4. Por el rezo del Santo Rosario florecerán las virtudes; y también las buenas obras. Las almas obtendrán la misericordia de Dios en abundancia. Se apartarán los corazones del amor al mundo y sus vanidades; y serán elevados a desear los bienes eternos. Ojalá que las almas hiciesen el propósito de santificarse por este medio.

5. El alma que se recomienda a mí por el rezo del Santo Rosario, no perecerá jamás.

6. El que recitase el Santo Rosario devotamente, aplicándose a meditar los Sagrados misterios, no será vencido por la mala fortuna. En su justo juicio, Dios no lo castigará. No sufrirá la muerte improvisa. Y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios; y será digno de alcanzar la vida eterna.


7. El que conserva una verdadera Devoción al Rosario, no morirá sin los Sacramentos de la Iglesia.

8. Los que fielmente rezan el Santo Rosario tendrán en la vida y en la muerte, la luz de Dios; y la plenitud de su gracia. En la hora de la muerte, participarán de los méritos de los Santos en el Paraíso.

9. Yo libraré del Purgatorio a los que han acostumbrado el rezo del Santo Rosario.
10. Los que permanecen como fieles hijos del Santo Rosario merecerán un grado elevado de gloria en el Cielo.
11. Se obtendrá todo lo que se me pidiere mediante la recitación del Santo Rosario.
12. Todos los que propagan el Santo Rosario recibirán mi auxilio en sus necesidades.
13. Para los devotos del Santo Rosario, he obtenido de mi Divino Hijo, la intercesión de toda la Corte Celestial, durante la vida y en la hora de la muerte.
14. Todos los que rezan Santo Rosario son hijos míos y hermanos de mi Único Hijo Jesucristo.
15. La Devoción al Santo Rosario es gran señal de la predestinación.

OTRAS PROMESAS DE LA VIRGEN

- Dijo la Virgen a Santa Gertrudis que “A todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

- Santa Brígida escuchó de la Virgen decir: “Yo, su Madre y Señora amantísima, saldré al encuentro de mis devotos a la hora de su muerte, para consolarlos y fortalecerlos”.

- La Virgen le dijo a Santa Matilde: “Yo a todos los que me sirven devota y santamente los quiero favorecer fidelísimamente en la hora de la muerte como madre piadosísima, y consolarlos y defenderlos”.

- La Virgen también le dijo a Santa Brígida: “Quiero, pues, que todas las Vísperas os reunáis tú y tu familia para cantar el himno AVE MARIS STELLA, y yo os auxiliaré en todas vuestras necesidades”. Y, hablando del Purgatorio le dijo: “Yo soy madre de Dios, y madre de todos los que están en el purgatorio; porque todas las penas que se han de dar a los que allí se purgan por los pecados, por mi intercesión se mitigan de alguna manera cada hora”.

- La Virgen le dijo a Santa Verónica Giuliani: “La fuente de las gracias es mi corazón, y éste será para ti voz ante Dios. No pidas nunca tú, haz pedir a mi corazón”.

- La Virgen le dijo a Don Bosco: “¡Yo amo a los Salesianos porque ellos me aman”. Apoyado en estas celestiales palabras Don Bosco dirá a sus hijos: “Cuando escribáis a vuestros padres y parientes decidles que todos los que tienen Salesianos e Hijas de María Auxiliadora se salvarán todos hasta la tercera y cuarta generación”.



martes, 6 de octubre de 2020

IGNACE DE LA POTTERIE: LOS MOMENTOS DE ORACIÓN SON MOMENTOS DE VERDAD


Para el hombre religioso, los momentos de oración son los momentos de verdad de la propia vida, porque se sitúa ante el misterio profundo de la propia existencia. Sólo en la oración, cuando se encuentra en la soledad ante Dios y se dirige a él, el hombre es plenamente él mismo, sin apariencias ni ficciones. En la oración está completamente solo consigo mismo y con la propia conciencia, y, al mismo tiempo, con Dios. Está ante él y no puede esconderle nada. Sus deseos más profundos, sus ideales, pero también su debilidad, aparecen a plena luz, a la luz de Dios mismo.

En la oración, el hombre dirige una mirada límpida y objetiva a la propia interioridad y ve la orientación fundamental y más auténtica de la propia existencia. La oración lo eleva por encima de cotidianidad de sus ocupaciones profanas, lo libera de una visión mundana de la existencia y le hace arrodillarse ante Dios, en actitud de orante, pecador o niño, para pedir a Dios, darle gracias o hablarle con confianza. Así entra en el mundo trascendente que, en la vida ordinaria, queda inaccesible para la mayor parte de los hombres.

La diferencia entre la oración y una introspección puramente humana está en que quien ora no se propone conocerse a sí mismo en el ámbito reducido de la propia conciencia, sino la luz de Dios y en diálogo con él. El corazón y la conciencia están abiertos a él. En la oración, el hombre dirige sobre sí mismo una mirada serena y mucho más objetiva que en una análisis introspectivo. Aprende también a conocerse mejor. Y en vez de provocar desánimo o complacencia, la oración suscita en él serenidad y humildad ante Dios y, por otra parte, deseo de él, esperanza y alegría en él. En vez de mirarse sólo a sí mismo, el hombre dirige la mirada a Dios y se ve con la luz que proviene de él. Así realiza plenamente lo que san Agustín escribió en el célebre pasaje del principio de sus Confesiones: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”. En la oración, cuando se encuentra ante Dios, el hombre puede ya, en cierto sentido, descansar en él; puede, aunque sea tras el velo misterioso de la fe, encontrar y relacionarse de veras con Dios.

La oración es el diálogo en que se actúa la nueva alianza entre Dios y el hombre, y se realiza la profecía de Jeremías: “Pondré mi ley en su interior; la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Para instruirse no necesitaran animarse unos a otros diciendo: ¡Conoced al Señor! , porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el mayor, oráculo del Señor (Jr 31,33-34).

lunes, 5 de octubre de 2020

 

Tomemos como centro de nuestra meditación, las hermosas palabras de Santa Faustina Kowalska, que manan como agua pura del manantial de vida eterna que es Jesús Misericordioso.

En la vida de los santos, hay dos aspectos que se hacen presentes de modo bastante permanente, en primer lugar; se manifiesta una sed insaciable de Dios, y en segundo lugar, una progresiva saciedad que se consumará en la visión. De esta doble experiencia, que tienen los santos, por un lado la sed insaciable, que los atrae irresistiblemente a la unión con Dios, generalmente 
puesta de manifiesto bajo la forma de deseos[1], y por otro la progresiva saciedad[2], sacan enseñanzas que se vuelven verdaderos apotegmas, que iluminan a modo de faros, el camino de santificación de los hombres.

Santa Teresa de Jesús describe agudamente, cómo el Encuentro (sed-saciedad) nos descubre el valor profundo de nuestra existencia: "¡Oh, Vida que la dais a todos!, no me neguéis a mi esta agua dulcísima que prometéis a los que la quieren. Yo la quiero, Señor, y la pido, y vengo a Vos; no os escondáis, Señor, de mi, pues sabéis mi necesidad y que es verdadera medicina del alma llagada por Vos. ¡Oh, Señor, qué de maneras de fuegos hay en esta vida! ¡Oh, con cuánta razón se ha de vivir con temor! Unos consumen el alma, otros la purifican, para que viva siempre gozando de Vos. ¡Oh, fuentes vivas de las llagas de mi Dios, cómo manaréis siempre con gran abundancia para nuestro mantenimiento y qué seguro irá por los peligros de esta miserable vida el que procurare sustentarse de este divino licor!"[3].

Las palabras y obras en la vida de los santos nos ayudan a buscar y comprender, los signos de la presencia siempre amorosa del Señor en la sed y en la saciedad. Signos que hablan a la fe. Recomienda san Ambrosio: "recibe de Cristo, para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo [...]. Llena, pues, de esta agua tu interior, para que la tierra de tu corazón quede humedecida y regada por sus propias fuentes[4].

Así explica san Agustín estas mociones (movimientos): "Toda la vida del buen cristiano es un santo deseo. Lo que deseas no lo ves todavía, mas por tu deseo te haces capaz de ser saciado cuando llegue el momento de la visión. Supón que quieres llenar una bolsa, y que conoces la abundancia de lo que van a darte; entonces tenderás la bolsa, el saco, el odre o lo que sea; sabes cuán grande es lo que has de meter dentro y ves que la bolsa es estrecha, y por esto ensanchas la boca de la bolsa para aumentar su capacidad. Así Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de sus dones" [5].

De allí nacen estas enseñanzas, que a modo de confesiones[6], son las resonancias del corazón, en este caso de Faustina, que cual eco de la voz del Señor, brotan en él manifestando su amor misericordioso, como testimonio de su presencia y acción transformante en el mundo.

He aquí el texto que meditaremos:
"Aunque nuestros pecados fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Hace falta una sola cosa: que el pecador entorne al menos un poco la puerta de su corazón…El resto lo hará Dios. Todo comienza en su misericordia y en su misericordia acaba.[7]"

Aunque nuestros pecados fueran negros como la noche…El punto de partida, de estas palabras, es la condición humana pecadora. El pecado en la Tradición de la Iglesia, ampliamente desarrollado por su Magisterio, es presentado con imágenes como la oscuridad, las tinieblas, la noche o la negrura. El pecado es el fruto trágico de la libertad humana mal empleada, es la experiencia que más contraría la naturaleza salida de las manos del Creador y el sentido de nuestra existencia, porque hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios. 

Vivir en una situación permanente de pecado, va atrofiando nuestras facultades, hasta dejarnos en una situación mortal, análoga a la de un enfermo terminal. El hombre por el pecado se distancia cada vez más del manantial de la vida que es Dios y esta vivencia, crea un abismo insondable entre la criatura y su Creador. Es el abismo de la libertad finita que se autoproclama todopoderosa.

La conjunción aunque, introduce una objeción real o posible a pesar de la cual, puede ocurrir una cosa y esto es lo que nos enseña la Revelación. Dios no abandonó al hombre en su situación de lejanía e indigencia (experiencias que manifiesta la vida del pecador),sino que le anuncia en la caída misma, una promesa de salvación. Esto, aparece narrado en el capítulo tercero del libro del Génesis. Dios se compromete con el hombre pecador que le ha dado la espalda, y quiere restituirle el don perdido de la vida de comunión íntima con Él. Únicamente Dios en Jesucristo pudo eliminar este abismo, obrando el misterio de la Redención. Jesucristo, es el puente que se asienta en ambos extremos, viene de Dios y pone su morada entre los hombres, abriendo una brecha, como en el Mar Rojo, pero ahora en forma de Cruz, para facilitar el camino por el cual los hombres puedan volverse a Dios.

Si pensáramos en el pecado más grave que se nos pueda ocurrir y en su ejecutor, que de forma ignorante o consciente se mostrara revolcándose en su situación, para promocionarla como maravillosa, a partir de esta enseñanza, concluimos que esta situación no es un obstáculo para vivir un Encuentro con el Señor y disponerse en un camino de conversión.

Así lo esclarece San Cirilo de Jerusalén en una de sus catequesis: "Tus pecados acumulados no vencen a la multitud de las misericordias de Dios. Tus heridas no pueden más que la experiencia del médico supremo. Entrégate sencillamente a él con fe; indícale al médico tu enfermedad; di tú también con David: «Sí, mi culpa confieso, acongojado estoy por mi pecado» (Sal 38,19). Y se cumplirá en ti lo que también se dice: «Y tú has perdonado la malicia de mi corazón» (Sal 32,5)[8].

Si nuestra mirada ha comunicado a nuestro interior el desaliento, por la situación de algún amigo o familiar, hijo, esposo, esposa, hermano, padre o madre. Y si ella, nos ha invitado a bajar los brazos, con la sutil sentencia de : "no se puede hacer nada…" Reconozcamos aquí la voz del enemigo. El Espíritu de Dios nunca invita a la rendición, y menos si la victoria ya se encuentra en las manos de Jesús. Dios ha revelado su juicio sobre el pecador, y éste está dominado por la palabra: Misericordia.

“Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín, serm. 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. ‘Si decimos: «no tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia’ (1 Jn 1,8-9)"[9].

La misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria… Dios tiene para con el hombre pecador, un Corazón Misericordioso que se compadece de su situación. Aunque nuestros pecados, cierren nuestro horizonte, el amor de Dios es más fuerte que nuestros pecados, aunque sean rojos como la escarlata, el amor de Dios los hará más blancos que la nieve(cfr. SL 50).

La Misericordia de Dios se expresa claramente en la forma que tiene Jesús de acercarse al pecador, Él nos enseña a buscarlo y recibirlo, como médico de cuerpos y almas quiere liberarlo de ese mal radical que es el pecado. Jesús se presenta en san Juan como la luz del mundo que viene a revelar la Verdad sobre la condición humana, y se manifiesta como Hijo del hombre, al que el Padre ha transmitido el poder de juzgar (cfr Jn 8). " Mediante esta « revelación » de Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre: en su « filantropía ». Es justamente ahí donde « sus perfecciones invisibles » se hacen de modo especial « visibles », incomparablemente más visibles que a través de todas las demás « obras realizadas por él »: tales perfecciones se hacen visibles en Cristo y por Cristo, a través de sus acciones y palabras y, finalmente, mediante su muerte en la cruz y su resurrección."[10] Como subraya el evangelista san Juan, «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17). "Sólo quien haya rechazado la salvación, ofrecida por Dios con una misericordia ilimitada, se encontrará condenado, porque se habrá condenado a sí mismo"[11].

Tenemos tendencia a contraponer en Dios la justicia con la misericordia. Cuando en realidad, justicia y misericordia se entienden como dos dimensiones del mismo Misterio de su Amor: «Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia» (Rm 11, 32). En el obrar divino prevalece la misericordia de Dios, también en el obrar humano debería prevalecer: «Hablad y obrad tal como corresponde a los que han de ser juzgados por la ley de la libertad, porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia se siente superior al juicio» (St 2, 12-13).

La Misericordia de Dios no es resignación o pasividad, es la acción transformante, que se manifiesta como iniciativa en el camino de la búsqueda de "lo que estaba perdido". Que se detiene ante la miseria humana, porque no pasa de largo indiferentemente, inclinándose para curarla. Jesús revela al Padre Misericordioso en sus gestos y palabras, unificando toda imagen que expresó la Antigua Alianza, y revelando la singularidad de ser Él mismo, la encarnación de la Misericordia divina. Estas enseñanzas brotan de la vida de Jesús y revelan el rostro misericordioso de Dios.

Algunos hombres influidos por la cultura contemporánea, piensan que la Misericordia es una forma de debilidad, y muy por el contrario, es pura y grandiosa gratuidad. A ellos, esta manifestación de Dios como misericordia, al igual que la cruz, les resulta escandalosa y no alcanzan a comprenderla en su sabiduría divina. La sabiduría divina se ha manifestado poderosa en la debilidad humana.

Hace falta una sola cosa: que el pecador entorne al menos un poco la puerta de su corazón… Ante la dignidad del ofendido (Dios), con nuestra desagradecida respuesta, si razonáramos humanamente sobre lo que debemos hacer, ciertamente que nos sumiríamos en una serie interminable de penitencias para agradar a Dios. Todas exigentes y severas. Pero Faustina, pone ante nuestros oídos una verdad que debe estar en la base de todo movimiento en el plano humano, Dios nos ama con un amor fiel. Él se servirá del gesto más sencillo para atraernos hacia Él. Debemos dejar al menos un poco entornada la puerta de nuestro corazón. El Señor, nos ha expresado la alegría que hay en el cielo por un pecador que se convierte y con cuánto desvelo Él lo busca. De allí, que todo corazón que al menos deje una hendija, que a modo de grieta pequeña,  a los ojos de los hombres puede resultar imperceptible, permitirá entrar por ella a Dios. Pues nuestro Dios tiene sed de amor, y así se acerca a la mujer samaritana que estaba junto al pozo. Se presenta ante ella, como alguien necesitado: "Dame de beber". El Señor en los santos expresa que "no ha venido a ser servido sino a servir".

Reflejamos como Iglesia esta sed de almas que tiene el Señor? Esta pasión que nos manifiesta en el santo Evangelio, entendiéndola como padecer-con, que se involucra y entrega "hasta el extremo"?
Qué maravilloso compromiso podríamos asumir, tratando de facilitar que muchos corazones entornen sus puertas. ¿Cuáles son los obstáculos que te impiden, al menos, entornar la puerta de tu corazón? Jesús está a la puerta del tuyo y espera tu respuesta ¿No oyes los golpes en tu puerta?

Tal vez, el barullo imperante en nuestra sociedad, va amurallando tu vida y no te permite escuchar la voz del Señor que te llama. O, puede ocurrir, que esta cultura emergente, siembre en ti el miedo y con esto te paralice de tomar una decisión que involucra tu futuro.

Jesús Resucitado anuncia la Paz a los suyos (Shalom), no a modo de deseo, como si dijera: ¡Ojalá puedas encontrarla!, muy por el contrario, esta Palabra en boca de Jesús es una orden que alcanza nuestro corazón para fortalecerlo. "Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Es su presencia y acción en el mundo y en cada uno de nosotros, el motivo central de nuestra esperanza.

El resto lo hará Dios. Todo comienza en su misericordia y en su misericordia acaba. La Revelación es la historia de la permanente iniciativa de Dios. En ella, Dios una y otra vez manifiesta su fidelidad. Una fidelidad que se expresa plenamente, en la Pascua de su Hijo en la Nueva Alianza. Dios se ha comprometido con el hombre, respondiendo a su pecado con amor y misericordia, "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo a una muerte de cruz".

Cuando el hombre intenta dar la espalda a Dios y quiere construir una historia al margen de su Creador, los resultados son funestos. La historia de la torre de Babel, que aparece en la Escritura, es una muestra arquetípica de cómo " en vano edifican los arquitectos, si Dios no edifica con ellos". Sólo con la ayuda divina podemos superar los peligros y las dificultades que salpican todos los días de nuestra existencia.

Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exige al mismo tiempo que los hombres se dejen guiar en su vida por el amor y la misericordia. De esta acción de Dios da cuenta María con su canto del Magnificat. "Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación".

¿Cabe entonces tomar una actitud totalmente pasiva, esperando que todo lo haga Dios? No debemos darle al texto esta acentuación, podemos repetir con San Agustín: "el que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Pero, si toda obra de emprendimiento humano se presenta muchas veces ardua, cuanto más lo será aquella que quiere ayudar a edificar en los hombres la gloria a Dios. Y si, como lo percibimos, el pecado parece amurallar los corazones, edificando monumentales fortalezas que humanamente pueden presentarnos la tarea como imposible. La Palabra del Señor viene en nuestra ayuda, para que no nos dobleguen los obstáculos por enormes que sean, nosotros pondremos lo nuestro, "el resto lo hará Dios".

"Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación "Jesús, en ti confío", que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno."[12]

[1] Cuanto más conoce el alma a Dios, tanto más le crece el deseo de verlo y la pena de no verlo (SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual, 6, 2).
[2] Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti (SAN AGUSTIN, Confesiones 1,1).
[3] SANTA TERESA, Exclamaciones, 9.
[4] SAN AMBROSIO, Carta 2
[5] SAN AGUSTIN, Trat. sobre la 1ª carta de S. Juan.
[6] SAN CIPRIANO DE CARTAGO, Ad. Donatum, 3. "El alabarse a si mismo es odiosa soberbia, pero no es soberbia, sino agradecimiento, el proclamar lo que se atribuye, no al esfuerzo del hombre, sino al don de Dios".
[7] M. Winowska, "L’icona dell’Amore misericordioso. Il messaggio di suor Faustina" -"Icono del Amor misericordioso. El mensaje de sor Faustina"-, Roma 1981, p. 271
[8] SAN CIRILO DE JERUSALÉN; Catequesis II, Invitación a la Conversión.
[9] CEC 1874.
[10] Juan Pablo II, Dives in misericordia, n.2.
[11] Juan Pablo II, Juicio y Misericordia; Observatore Romano, e.e., 9- VII-1999.
[12] Juan Pablo II, Homilía en la Misa de acción de gracias por la canonización Sor Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000.