miércoles, 1 de febrero de 2017

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO


En esta sección vamos a estudiar tres acontecimientos religiosos celebrados por la Sagrada Familia inmediatamente después del nacimiento de su Primogénito: la circuncisión, la purificación de la Madre y la Presentación del Hijo en el Templo.

21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.
Para otras naciones que la practicaban, la circuncisión era frecuentemente diferida hasta la edad de la pubertad y se consideraba bien como un rito de paso de la infancia a la edad adulta, o bien se practicaba en vistas al matrimonio. Entre los israelitas, en cambio, la circuncisión tenía lugar el octavo día después del nacimiento

Dijo Dios a Abraham: «Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación. Esta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros - también tu posteridad -: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extraño que no sea de tu raza( Gn 17,9-12).

El pueblo de Israel lo consideró como un mandato divino en el contexto de la alianza y como signo distintivo de la pertenencia al pueblo de Dios. En este sentido se puede entender en la tradición cristiana que la circuncisión prefiguraba el Bautismo. La circuncisión de Jesús es señal de su inserción en la descendencia de Abrahán, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cfr.Gal 4,4) y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo prefigura el Bautismo cristiano, mejor incluso que el bautismo de penitencia de Juan. Pero en la nueva economía de la salvación aquel signo ha dejado de tener vigencia

Porque en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad( Gal 5,6).
El cumplimiento del rito de la circuncisión no estaba reservado a los sacerdotes. También las mujeres, al menos en época posterior, podían circuncidar; pero la costumbre debía de ser hacer venir al encargado local de la circuncisión (môhel) para efectuar la operación. En tiempos de Jesús sólo en el momento de la circuncisión el niño recibía el nombre. Se puede relacionar esta costumbre con el hecho de que Dios hubiera cambiado los nombres de Abrahán y de Sara el declarar la ley de la circuncisión (Gn 17,5-15).
Según el anuncio del ángel (Lc 1,31) es María quien debe dar el nombre a Jesús; pero en este pasaje no se especifica quién lo ha hecho, mientras que Mateo (Mt 2,21) nos refiere que José “le dio el nombre de Jesús”. No era costumbre poner al hijo el mismo nombre de su padre, dado que los semitas, como muchos otros pueblos antiguos, distinguían a las personas de un mismo clan añadiendo el nombre del padre, como “Simón, hijo de Jonás”( Mt 16,17). A Jesús le llamarían habitualmente “Jesús, hijo de José”.
22 Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; 24 y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.
Según la ley hebrea (Lev 12,2-8), la mujer al dar a luz quedaba impura. La madre de hijo varón terminaba el tiempo de impureza legal a los cuarenta días del nacimiento, con el rito de la purificación.
Es común a los pueblos, desde antiguo, considerar sagrado aquello que se relaciona con el sexo y su función generadora. El nacimiento de un nuevo ser a la vida siempre es señal de bendición divina. Por otra parte, Dios mismo ordena a la primera pareja que crezca y se multiplique(Gn 2,25;3,7). Ese aspecto sagrado de la generación es lo que hizo que en algunos pueblos se relacionara con prácticas sexuales, dándose el caso de la llamada “prostitución sagrada”; de hecho, en ocasiones, a la malicia moral de ciertos actos desordenados se añade, sobre todo, su relación con la idolatría.
Por otra parte, el abuso que ha hecho el hombre de esas facultades fecundadoras buscando unos fines de mera complacencia, ajenos a la naturaleza misma del sexo, originó sentimiento de rechazo por ser considerados rectamente como vergonzosos. Tales sentimientos se traducen en esas normas de purificación y de estima de la virginidad y de la continencia, sobre todo en lo relacionado con el culto a Dios; de ahí las disposiciones que prohibían realizar el acto conyugal cuando alguien se relacionaba con lo sagrado(cfr 1. Sam 21,5-7). Por lo demás, la naturaleza misma del hombre siente un instintivo pudor en relación con el sexo. El relato del Génesis sobre la desnudez de nuestros primeros padres(Gn 2, 25; 3,7), antes y después del pecado, atestiguan ese dato, recogido también por San Pablo al considerar cómo los miembros menos decentes “los tratamos con mayor decoro”(1 Cor 12,23). Así pues, en los pueblos antiguos, incluido Israel, todo lo relacionado con la generación estaba envuelto en el misterio, conjugándose la veneración, a veces idolátrica, con un rechazo en ocasiones irracional(Bibia de la Universidad de Navarra, comentario a Lev.12,1-4).
La Virgen María, siempre virgen, de hecho no estaba comprendida en estos preceptos de la Ley, porque ni había concebido por obra de varón, ni Cristo al nacer rompió la integridad virginal de su Madre. Sin embargo, Santa María quiso someterse a la Ley, aunque no estaba obligada.
En cuanto al rito de rescate del primogénito, conviene leer el siguiente pasaje del Éxodo:
«Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son todos.» Consagrarás a Yahvé todo lo que abre el seno materno. Todo primer nacido de tus ganados, si son machos, pertenecen también a Yahvé. Todo primer nacido del asno lo rescatarás con un cordero; y si no lo rescatas lo desnucarás. Rescatarás también todo primogénito de entre tus hijos. Y cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: "¿Qué significa esto?", le dirás: "Con mano fuerte nos sacó Yahvé de Egipto, de la casa de servidumbre." Como Faraón se obstinó en no dejarnos salir, Yahvé mató a todos los primogénitos en el país de Egipto, desde el primogénito del hombre hasta el primogénito del ganado. Por eso sacrifico a Yahvé todo macho que abre el seno materno, y rescato todo primogénito de mis hijos.(Ex 13,2.12-15)
Esta disposición mosaica indica que todo primogénito pertenece a Dios y debe serle consagrado, esto es, dedicado al culto divino. Sin embargo, desde que éste fue reservado a la tribu de Leví, aquellos primogénitos que no pertenecían a esta tribu no se dedicaban al culto; y para mostrar que seguían siendo propiedad especial de Dios se realizaba el rito del rescate.
La Ley mandaba también que los israelitas ofrecieran para los sacrificios una res menor, por ejemplo un cordero, o si eran pobres, un par de tórtolas o dos pichones. El Señor, que “siendo rico se hizo pobre por nosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza”(2. Cor 8,9), quiso que se ofreciera por Él la ofrenda de los pobres.
La expresión “para presentarlo al Señor”, del versículo 22, puede tener un significado todavía más profundo, sobre todo tratándose de San Lucas, que a lo largo de todo su Evangelio da mucho realce a Jerusalén y al Templo. Lo cierto es que el rescate del primogénito no exigía la presentación física del Niño en el Templo. Que sus padres quisieran “presentarlo” indica algo más. La expresión “parastêna tô Kyriô” se interpreta literalmente como la escena en que un siervo sagrado es introducido ante la presencia de su señor. Quizá San Lucas quiere decir que Jesús está puesto ahora fundamentalmente al servicio de Dios, más o menos como Samuel o un nazareo(Num 6,1-81) y está consagrado a Él. El uso del verbo “parastesai” en San Lucas debe ser semejante al de su maestro San Pablo, cuando dice, por ejemplo:
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual(Rom 12,1).