martes, 28 de febrero de 2017

GIACOMO BIFFI: LA CUARESMA UNA AVENTURA DEL ESPÍRITU


Hoy iniciamos una aventura: una aventura del espíritu, que puede ser más emocionante y es ciertamente más seria y decisiva que cualquier aventura exterior. Justamente en estos términos debemos afrontar la experiencia cuaresmal, que una vez más nos propone la Iglesia, y que comenzamos desde este Miércoles de Ceniza.

La Cuaresma - como dijimos en la oración de apertura - es un "camino": un camino que comienza desde la oscuridad y llega a la luz; un camino que comienza con pensamientos melancólicos sobre la muerte y la destrucción aparente del hombre ("recuerda que eres polvo y al polvo regresarás") y arriba al anuncio de la vida resucitada que iluminará de alegría y de esperanza la noche de Pascua; un camino que en la partida nos ofrece el programa áspero de la penitencia para hacernos después llegar a la serenidad de una transformación de nuestro interior, como reflejo de la gran renovación de los corazones y del universo obtenida para nosotros por el sacrificio y el triunfo de Cristo.

Este es el "camino de Dios", y va en sentido contrario a aquel al que trata de seducirnos el "mundo"; el "mundo", comprende aquí en el sentido de "principado de Satanás" (Cf. Jn 12, 31).

El Enemigo del hombre y de la verdad - "homicida" y "mentiroso", como lo llama Jesús (Cf. Jn.8, 44)- primero nos encandila con los espejismos apetecibles del placer sin ley, de la prevaricación que parece querer asimilarse a la omnipotencia del Creador, de insólitos y afectados paraísos terrestres. Pero después nos dirige y nos incita hacia el disgusto, la desesperación, la disgregación física, la muerte sin consolación: de la ilusión a la desilusión, ese es su recorrido.

Dios que nos ama, en cambio, nos lleva de nuestra oscuridad a su luz; nos mueve de la consideración amarga de nuestras culpas, del confesar y del llorar, y de la incontestable endeblez, a la espera de un estado de felicidad sin fin, hacia el cual somos encaminados con la vida cristiana.

Bien mirado, este paso hacia la gratificadora certeza del perdón obtenido, de los pensamientos de muerte a la exultación de poder alcanzar la verdadera vida, recoge y reproduce el dinamismo que es propio del Sacramento del Bautismo.

Y, a decir verdad, nosotros sabemos que la Cuaresma es precisamente un itinerario "bautismal". Lo es ante todo para aquellos que se preparan de hecho a ser regenerados por el agua y el Espíritu Santo en la noche de Pascua (ellos son los catecúmenos, por los cuales elevamos especiales oraciones); pero también para todos nosotros que en estas semanas debemos redescubrir nuestra historia de Redención.

El Bautismo es un tema perenne en la espiritualidad de los discípulos de Jesús, su riqueza es imborrable y siempre activa, y la guardamos en la profundidad de nuestro ser. Pero en este tiempo nuestro, este tema asume una nueva actualidad.

Estamos llamados, ahora como nunca antes, a la comparación con tantos hermanos en la humanidad que no son cristianos; y es importante que hagamos emerger y robustecer nuestra propia identidad. 
Más todavía, estamos envueltos por una mentalidad ilustrada que todo lo reduce a la pura naturaleza, y así no deja espacio a Cristo y a su acción de rescate y renovación. 
Frecuentemente nos vemos enfrentados nada menos que con el retorno de la vieja mentalidad pagana, por tanto no se distingue más al creyente del no creyente, y ahora se llega incluso a no hacer mucha diferencia entre los hombres y los animales.

Es urgente entonces que regresemos a la plena consciencia de nuestra dignidad y de nuestras riquezas.

Dios nos concede un nuevo nacimiento en el Bautismo Así podemos reconocer en Él a un Padre deseoso de hacernos partícipes de su herencia de amor, de luz, de alegría.

El Bautismo, incorporándonos a Cristo, nos permite volver a recorrer su mismo itinerario victorioso y vivificante: "Fuimos, pues, con él sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6,4)

El Bautismo nos confiere el "sacerdocio real", nos agrega a la "nación santa", nos introduce en el "Pueblo que Dios se ha adquirido" (Cf. 1Pe.2,9); por lo tanto nos hace pertenecer a la Santa Iglesia Católica.

He aquí entonces el programa de esta Cuaresma.Se trata de renovar nuestro Bautismo, en toda su verdad y en toda su belleza. Debemos limpiar aquello que lo ofusca y cortar aquello que lo aprisiona y le impide fructificar.
Una superficialidad o una ausencia de una cultura religiosa, o al menos catequética, escondiendo a nuestra mirada las sublimes realidades bautismales, lo ofuscan.
Las incoherencias, las componendas, las infidelidades lo tienen encadenado en la inercia.

Que en esta Cuaresma sea más asidua y más comprometida la contemplación de la Palabra de Cristo, para que el Bautismo resplandezca como merece ante nuestra mente. Convirtámonos de una conducta culpable o incluso solamente mediocre, para que el Bautismo pueda verdaderamente desarrollar toda su espléndida eficacia de gracia, de caridad actuante, de alegría del alma.

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