lunes, 12 de septiembre de 2011

MONSEÑOR TONY ANATRELLA : UNA SOCIEDAD DEPRESIVA?


Sabemos en psiquiatría social que la sociedad produce patologías sociales que tienen repercusiones sobre las personas según el estado de cada uno. El individualismo, el paro, el divorcio, la inseguridad, la ausencia de una real educación, la falta de transmisión del saber, de cultura, de moral y de vida religiosa, y la negligencia de normas objetivas, hacia el relativismo ético, no pueden sino debilitar y romper las personalidades por falta de arraigo y de estabilidad en la existencia. La sociedad también puede hacer aumentar las perturbaciones depresivas.

Para conocer cómo repercute la sociedad en la persona no se deben olvidar puntos tan importantes como: la soledad depresiva, entre enfermedad y problemas existenciales, un mundo sin límites, un sentimiento de impotencia, una implosión psíquica o la angustia de vivir. Cualquiera que sea la forma de depresión, tiene siempre consecuencias psicológicas y espirituales. Ahora no me extenderé en las consecuencias espirituales. Se puede mostrar la hipótesis de que la vida psíquica del deprimido está marcada por una angustia de abatimiento, es decir, privada de sus medios, de no poder existir más por los otros, ni por un ideal. Nos encontramos aquí no solamente una experiencia inicial, del inicio de la vida, sino una realidad inherente a la condición humana y que se resume en la falta de ilusión de vivir, la melancolía y la depresión.

Ya los antiguos habían constatado y reflexionado sobre este fenómeno. Algunos, entre los primeros monjes cristianos, vivían esta prueba en su ascesis. Era conocida bajo el término de acedía, lo que significa el sufrimiento de estar en el mundo, y que tiene como consecuencia desinteresarse de la vida. Pero la acedía está ligada a la vida espiritual y se ejerce en el marco de un deseo de Dios y de una relación creativa. La depresión es una faceta de ser desposeído de sí y desamparado. Sin embargo, en el mundo moderno, existe un vínculo entre depresión y acedía.

El sentimiento de agotamiento y de pérdida de sentido ha sido descrito a menudo como uno de los constituyentes de la depresión. Si la depresión es una enfermedad que sea preciso curar, su compresión no puede ser reducida a una simple afección individual, sobre todo cuando este mal y este sufrimiento se encuentran muy compartidos. Ella no depende únicamente de la medicina, sino también de las condiciones sociales cuando las referencias se confunden y las exigencias de la vida espiritual no están iluminadas por la recepción de la palabra de Dios. Es por esto que la depresión no puede ser interpretada como la fatiga de ser uno mismo, porque las personalidades contemporáneas deberían no tener valores trascendentes e inventar su vida en solitario, apoyándose únicamente sobre sus intereses subjetivos.

La depresión, de modo particular la depresión existencial, testimonia una realidad más profunda, que ha comenzado con la Humanidad y que se manifiesta a través de un rechazo y de una falta de consentimiento a la vida. La tristeza no es ya solamente el afecto central de la depresión en la cual el sujeto está triste a causa de alguna cosa, sino que está triste a causa de sí mismo, de su incertidumbre interior y de su ausencia de realización propia. El recurso a la droga entre las jóvenes generaciones llega a ocultar esta problemática cuando buscan calmarse interiormente con el cannabis, estimularse con la cocaína y sentirse superhombres con el éxtasis. Luchan contra una depresión existencial, que proviene, por una parte, del rechazo de aceptar y de entrar en la vida. El hombre de hoy, como el de ayer, está comprometido por el mismo interrogante: «¿Cómo aprender a amar la vida para realizarse en su humanidad y descubrir el sentido de la existencia?»

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