jueves, 6 de septiembre de 2012

DIÁCONO JORGE NOVOA: ALÉJATE DE MÍ,QUE SOY UN HOMBRE PECADOR....

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.» Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes.»
Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse.

Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.
Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.» Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado.
Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.


"Y dejándolo todo le siguieron". Ellos, han encontrado el tesoro por el que se deja todo lo que se tiene, dice san Pablo, que luego de encontrarse con el Señor, todo lo que eran sus títulos de gloria, los tiene por "basura". Al encontrarlo a Él, todo debe reubicarse nuevamente, es decir, por su presencia  debe encontrar el lugar correcto. Acontece un nueva valoración de todas las cosas de nuestra existencia, la nueva luz, me ilumina e ilumina toda mi existencia con una nueva comprensión de su verdad.

Pedro es llamado  a vivir con radicalidad su entrega. La radicalidad de la entrega es una exigencia para todos los creyentes, algunos piensan que esto pertenece exclusivamente a los consagrados, y ciertamente, que en estas entregas hay una singularidad de vida que manifiesta ese" dejarlo todo" para seguirlo. Pero, tanto sea para unos u otros, la radicalidad es la disposición íntima del corazón filial. Luego está el modo de concreción en la vida, que cada uno de acuerdo a su vocación debe realizar, pero, si no existe esta disposición del corazón, nada asegura estar consagrado al Señor. 

Todo hombre al encontrarse con el Señor debe sentirse indigno, dice san Pedro, "aléjate de mí", todos sabemos que no somos dignos de su amor, de que nos llame amigos y que nos encomiende una misión por la que obra en el mundo. Cada uno de nosotros sabe que lo ha traicionado muchas veces, y que al volverse a ÉL arrepentido, siempre lo ha recibido con misericordia. Seguramente, salvo su Madre y san José, si el Señor buscara a los que son dignos de Él, tendría que conformarse con los miembros de la Sagrada Familia.
En la santa Misa confesamos la pobre condición de nuestra naturaleza, "no soy digno de que entres en mi casa...", al tiempo que reconocemos de donde nos viene la salud, " pero una Palabra tuya bastará para sanarme". 

Ha venido a buscar a los pecadores. Es el pescador divino que echa las redes para salvar de las aguas del diluvio a los hombres que perecen en ellas. Sigue realizando esta tarea en la Iglesia y ha comunicado por el Espíritu Santo el arte de pescar hombres para volverlos pescadores.

La imagen de la pesca, la red y la barca, es comprensible, pero como toda imagen que expresa la acción de Señor, es en cierta medida limitada,  nadie es cazado por un negociante que quiere beneficiarse de su presa. La red del Señor es su amor, y está hecha con su propia entrega, ser rescatados por su amor es lo que nos restituye la dignidad perdida de hijos.

Quieres aceptar la invitación del Señor? Él te invita a remar mar adentro, a introducirte en el mar del mundo sin temores, ni demasiados cálculos sobre tus posibilidades, solamente te pide que le obedezcas con radicalidad. Confía  en su Palabra. Debemos alejarnos de las orillas superficiales de nuestra existencia y adentrarnos en el mar del mundo con la red del Señor.



  

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