jueves, 30 de junio de 2011

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO DESVIRTUAR LA CRUZ DE CRISTO

San Pablo al predicar la Palabra de Dios a los corintios, no quiso apoyarse en la vana elocuencia humana, ni en la retórica, o en cualquier otra posible estrategia de los hombres, para evitar “desvirtuar la cruz de Cristo” (1 Cor 1, 17). Así nos lo hace saber, y con ello nos introduce en la comprensión del misterio de la cruz, como sabiduría de Dios.

La locura del amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo, tiene una fuerza comunicativa propia, que pude vaciarse cuando intentamos volverla “razonable”. Cuando queremos explicarla desde las posibilidades del amor humano sin la gracia divina, la vaciamos de contenido, ocultando su dimensión "escandalosa". La fuerza persuasiva del “amor más grande y hasta el extremo”, solamente se hace compresible para los que creen en la posibilidad de este extremo.Y en Cristo esto se revela como un "escándalo", el escándalo del amor divino, que se hace "carne", y por lo tanto, palabras y obras.

Hay ciertamente, una dimensión de “locura” y “escándalo” en este amor que se nos manifiesta en la cruz, no al modo en que la comprendían los griegos (gentiles), de allí que todo intento por privarla de su dimensión escandalosa, la desvirtúa peligrosamente.


Hay que encontrarse con este amor de Dios y su lugar de manifestación, en el lenguaje propio del “amor hasta el extremo”, solo allí el amor se manifiesta más fuerte que la muerte. Sólo en él, el amor humano encuentra que se dilatan los límites de la entrega, para proponernos la medida de su amor, como medida del nuestro. “Ámense como yo los he amado”.

El don del Espíritu fecunda el amor humano, Dios con la donación del Espíritu introduce en la circulación del amor divino al hombre, porque el don; “es Señor y dador de vida”. El Espíritu Santo es el amor que se comunican el Padre y el Hijo, y este dar y recibir amor entre las personas divinas, es un amor personal, el Espíritu Santo. Nadie puede reconocer este “amor más grande y hasta el extremo” de Jesús en la cruz, si no se lo revela el Espíritu de Dios, que “sondea las profundidades de Dios” (I Cor 2,10).

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales” (I Cor 2 12-13).

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