sábado, 31 de mayo de 2014

DIÁCONO JORGE NOVOA: MARÍA VISITA A SU PRIMA ISABEL


María visita a su prima Isabel, ella lleva en su vientre a Jesús, nuestro Señor y Salvador, hoy quiere visitarte a ti, y también quiere traerte noticias sobre Él. Te invito a contemplar la escena, y a orar con nosotros...

jueves, 29 de mayo de 2014

HORACIO BOJORGE SJ: FUNDAMENTOS VETEROTESTAMENTARIOS. DE LA ESPERANZA CRISTIANA

El tema que se me ha propuesto es aparentemente conciso y se presenta como bien delimitado. Sin embargo exige algunas precisiones.

I. Precisiones

1) En primer lugar, ¿qué podemos entender por fundamento?¿Se trata de los antecedentes veterotestamentarios de la esperanza?. Es decir: de lo que podríamos llamar las esperanzas veterotestamentarias ? ¿O se trata de algún punto específico de la fe veterotestamentaria –como podía sugerir el singular: fundamento y no fundamentos- que ofrezca un punto de inserción, o una base sobre la cual venga a fundarse la esperanza cristiana?.

En otras palabras: ¿Se trata de mostrar –optando por una visión evolucionista o evolutiva las formas que la esperanza adoptó en el Antiguo Testamento, de modo que se pueda ver luego cómo aparece la esperanza cristiana en su prolongación? ¿O se trata más bien - optando por una visión que atiende a la discontinuidad entre pasado y presente - de encontrar precisamente el punto de fisura, la falla en la visión del Antiguo Testamento, que dé pie al aporte nuevo, y que viene a sobrepasar, a superar la deficiencia de lo antiguo? Es decir: ¿ de mostrar el límite extremo, la cima trunca del Antiguo Testamento sobre la cual habría que reposar la cúspide cristiana?.

2) En segundo lugar, puesto que el Antiguo Testamento presenta formas muy variadas de expectativas y esperanzas, y nos ofrece el resultado de siglos de reelaboraciónes teológicas ¿cómo hacer para referirnos a ese fundamento veterotestamentario como a una entidad homogénea?¿Debemos prescindir de sus evoluciones, cambios y progresos?¿ Podemos pasarles revista en una hora?.

Más aún ¿con qué criterio discerniremos lo que puede ser calificado de progreso de lo que puede llamarse una regresión? ¿No estamos inevitablemente tentados a hacerlo usando precisamente un criterio cristiano?

Esto no sería en sí incorrecto desde el punto de vista teológico, pero se expone a proyectar en nuestra visión del Antiguo Testamento nuestras opciones teológicas acerca de puntos controvertidos, como son precisamente estos de la esperanza, la escatología y el reino de Dios. Es esta segunda precisión, la que nos conduce a la tercera.

3)En tercer lugar ¿qué entendemos por esperanza cristiana? Parecería que desde la óptica específica de mi tema, por ser un tema bíblico, debería o podría entenderse la esperanza cristiana como sinónimo de la esperanza según el Nuevo Testamento. En esta interpretación, esta ponencia podría titularse: "Fundamentos veterotestamentarios de la esperanza neotestamentaria". Y esta sería quizás una manera de evitar en parte los escollos que pueden significar las opciones teológicas previas. ¿ Pero es en primer lugar justo, y en segundo lugar simplemente posible, prescindir de la herencia de reflexión cristiana de muchos siglos y de sus aportes para la comprensión, interpretación y penetración de lo que es la esperanza cristiana?.

Tratándose de un tema medular, de una de las actitudes religiosas básicas, ¿nos está permitido, en primer lugar; y nos es en segundo lugar posible abstraernos a nosotros mismos y a nuestro tiempo de la significación conceptual de la "esperanza cristiana"?.

Leído, pues, con atención, el título de mi ponencia, era capaz de sumirlo a uno, sobre todo a la distancia y desconectado de la intuición de los organizadores de esta semana, y en la ignorancia forzosa además del contenido de las demás ponencias, en una perplejidad paralizante. ¿Por cuál de estos enfoques opta? ¿ Es posible combinarlos de alguna manera, de modo que satisfagan al mismo tiempo varias exigencias?. Una ponencia como esta sólo puede aspirar a ser un aporte parcial para la discusión y la reflexión conjunta.

II) Ubicación de la esperanza veterotestamentaria

Nos parece útil comenzar, aún a riesgo de repetir algo que ya haya sido dicho o de incursionar en terreno ajeno, situando la esperanza veterotestamentaria a partir de lo que podríamos llamar la esperanza humana a secas. Trataremos luego de caracterizar la esperanza veterotestamentaria en sí misma y a continuación en su relación con la esperanza cristiana. En una segunda parte de esta exposición presentaremos el libro del Eclesiastés, como un punto culminante del esfuerzo teológico veterotestamentario, tratando de mostrar cómo prepara o funda la revelación de la esperanza cristiana.

Concepto de esperanza:

Objeto y fundamento

"La esperanza no es un acto de libertad sino un modo de ser" dice Schûtz en su libro "Charisma Hoffnung"( 1962). Y J. Piepers, en su libro "Uber die Hoffnung" (1949) observa ya que "la esperanza es como el amor, una de las actitudes más primitivas y elementales del viviente. En la esperanza, el hombre se yergue con corazón inquieto y en confiante espectativa, hacia un bien futuro y arduo, o sea hacia el todavía no de su dificultosa autorealización". La esperanza es pues la actitud humana ante un bien que todavía no se posee pero se espera fundadamente poder alcanzar. Como todas las vivencias primitivas, la esperanza no se deja definir, sino sólo describir por referencia a la experiencia básica.

Paradójicamente, el hombre que espera, es un hombre que alcanza esperando, la plenitud de lo que es. El hombre que espera se realiza a sí mismo en la espera de verse un día realizado. Se hace más plenamente persona en su reconocimiento de que le falta algo todavía para serlo. Pero porque hay algo que le garantiza que podrá conquistar, alcanzar este arduo bien, el hombre sortea el escollo de la desesperación, que podría destruirlo. Así como lo habría destruido, haciéndolo presuntuoso, la satisfacción consigo mismo. La presunción, cerrando a la añoranza del bien que le falta, cierra al hombre el camino de su autorealización.

Toda esperanza humana se defina así por un doble parámetro: El bien que se espera, primero; y en segundo lugar, la garantía o el fundamento que se tiene para creer que se podrá obtenerlo un día. Con este doble parámetro, tenemos el instrumento que nos permitirá proceder a nuestro análisis.

A) La esperanza humana

En todos los pueblos de cultura del Oriente Antiguo y de la Antigüedad Clásica, los monumentos literarios dan testimonio de recuerdos de un tiempo inicial bienaventurado (felicidad paradisíaca). Se trata de un "pensamiento común a toda la Humanidad y que puede por lo tanto calificarse de Arquetipo (motivo primitivo) de la Humanidad"-nos dice H. Gross (die Idee des ewigen und allgemeinen Weltfriedens im Alten Orient und im Alten Testament).

Este recuerdo, despierta la nostalgia de un retorno futuro de aquella felicidad primitiva desaparecida, sobre todo en contraste con un presente lleno de males, de catástrofes naturales: sequías, hambres, miseria, pestes y enfermedades: y de plagas sociales: guerras, exterminios de pueblos, invasiones, discordias y opresiones.

Objeto y fundamento

Las esperanzas de las antiguas culturas orientales y de la antigüedad clásica, se mueven, en cuanto a su objeto, en el marco de los bienes que hacen la felicidad intraterrena y toman sus imágenes de la organización socio-política y mitico-religiosa de cada cultura. Pueden variar en esa imaginería, pero sustancialmente coinciden en la calidad de los bienes que esperan.

En cuanto a al fundamentación de estas esperanzas, la garantía se las da la concepción mítica de los ciclos del tiempo y la naturaleza. El ciclo Felicidad-Desgracia-Felicidad: Caos-Cosmogonía: Anarquía-orden; no solo sugiere y promete sino que es la única sólida razón sobre la cual podría fundamentarse la realización de la Utopía. Porque como observa Mircea Eliade (El mito del eterno retorno p.45) en la concepción ontológica mítica: "un objeto o un acto no es real más que en la medida que imita o repite un arquetipo". La realidad se adquiere exclusivamente por repetición o participación; todo lo que no tiene un modelo ejemplar está desprovisto de sentido, es decir carece de realidad.

Por lo tanto en el Oriente Antiguo y en la Antigüedad Clásica (remota por lo menos) el fundamento de la Utopía es el Arquetipo mítico. Los bienes paradisíacos volverán a darse en un futuro. Y esta repetición es análoga a la de un ciclo natural. Repite en la esfera social lo que es observable en el ámbito de los fenómenos naturales y has sido expresado en categorías religiosas míticas.

Este tipo de fundamentación de la esperanza está evidentemente dominada por un cierto determinismo natural, por un fatalismo que implica en lo moral, la ausencia de condicionamiento ético de la realización de la esperanza, (por lo menos para la esfera privada). La realización de la Utopía, no depende en último término de la conducta de los mortales individuales.

Por la ausencia de una condicionalidad ético religiosa. En el Antiguo Oriente, donde el Estado, por ser una imagen del Cosmos, está íntimamente ligado a la esfera religiosa, y donde un estado desacralizado o secularizado es inconcebible, la realización de la Utopía, de la Paz universal y eterna, se espera como un regalo específico de los dioses, pero a través del Rey divino. El rey es un sumo sacerdote de la Utopía intraterrena. El rey, autoridad y poder político, es la epifanía de la divinidad y es de él de quien se espera -a menudo contra toda evidencia histórica- que alcance aquella renovación y restauración de la sociedad que es imagen de la renovación del cosmos.

Relación con la esperanza en el Antiguo Testamento

El hecho de que también en el Antiguo Testamento, el añorado estado de paz y felicidad sea esperado de las manos de Dios, pero por intermedio de un rey elegido por Dios, ha inducido a algunos historiadores de las religiones comparadas a identificar la esperanza veterotestamentaria con las esperanzas que abrigaban los pueblos del Antiguo Oriente vecinos de Israel. Pero esta identificación no hace justicia a la idiosincrasia de la esperanza veterotestamentaria. Es cierto que la monarquía desempeña un papel en la economía de la salvación y en la teología de Israel. La esperanza de Israel es una esperanza mesiánica desde muy temprano, y el Mesías es un Ungido, es decir un rey consagrado por Dios. Pero también desde el principio de la monarquía de Israel, surge un factor teológico corrector, que señala la diferencia que debe existir entre la monarquía de Israel y las de sus vecinos. Cuando Samuel se hace viejo y los ancianos de Israel vienen a pedirle "un rey que nos juzgue" (I Sam 1,8), lo que pretenden es ser como todas las naciones (8,5)."Tendremos un rey, y nosotros seremos también como los demás pueblos; nuestro rey nos juzgará, irá al frente de nosotros y combatirá nuestros combates" (8,19-20).

Ante esta pretensión, no es sólo Samuel el que reacciona con disgusto (8,5) es Dios mismo el que se declara rechazado: "No te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos" (8,7). Y este rechazo se alista en el elenco de las rebeldías del pueblo " desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy".

Israel es víctima del espejismo de sus pueblos vecinos. Cree que un rey- una autoridad política- será agente de felicidad. Pero Samuel, por advertencia y mandato de Dios, les anuncia honestamente cuales serán los frutos del rey que va a reinar sobre ellos: "Tomará vuestros criados y criadas, y vuestros mejores bueyes y asnos y los hará trabajar para él sacará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos sereís sus esclavos. Ese día os lamentareis por haberos elegido un rey"(8,16-18). Aliarse en las esperanzas utópicas y míticas copiadas de los pueblos vecinos, equivale ya para Israel a renunciar a los mismos bienes presentes y enajenarlos en aras de una utopía política.

Por lo tanto, la identificación simplista de la esperanza veterotestamentaria con las esperanzas que abrigan los pueblos vecinos, (de la que se ha hecho sobre todo culpable la escuela de Uspala), desconoce que en los textos del Antiguo Testamento hay ya una crítica teológica de una tentación, que fue real en Israel y, pero que fue también precozmente denunciada y desenmascarada. La esperanza de Israel no podía ser confundida con la de sus vecinos, sin desvirtuarse y sin renunciar a su identidad. El Antiguo Testamento tuvo conciencia de que Israel, no era como los demás pueblos, y que ni aún adoptando la monarquía, podía renunciara ser distinto.

B) La esperanza vetrotestamentaria

Vamos a detenernos ahora a caracterizar la esperanza veterotestamentaria. Y lo haremos nuevamente valiéndonos del doble parámetro: Primero por su objeto. En segundo lugar por su fundamento, por la garantía que funda la confianza en obtener dichos bienes.

1) Objeto

Es difícil presentar como un objeto determinado y unívoco el contenido de la esperanza veterotestamentaria. Dice Von Rad "El Antiguo Testamento es un libro que no se deja leer de otra manera que como un libro de una expectativa siempre creciente. Esta expectativa se despertó por primera vez con la Promesa de la Tierra a los Patriarcas. Pero curiosamente ningún hecho histórico fue capaz de responder a esta expectativa y de satisfacerla"(Die Botschaft der Propheten p 276). Seiscientos años después de la conquista de la tierra, documentada en el libro de Josué, habla en el Deuteronomio un Israel que ya instalado en Palestina se considera sin embargo todavía en los umbrales de la posesión de la tierra que Dios les había prometido. Entretanto había sido conquistada Sión, y había sido elegido David y estos hechos, primero conmemorados como pasados, se convierten en los profetas en profecías de un futuro: Nueva Sión. "La historia de la fe de Yahvé se caracteriza por rupturas siempre nuevas, por irrupciones siempre renovadas, por intervenciones, por reiniciaciones que abren nuevas eras". Pero esto sucede de tal manera que lo nuevo y sorprendente, no anula lo anterior. Superándolo aparece como su cumplimiento, y abre, al mismo tiempo, nuevas perspectivas de futuro. Israel aprende, en la escuela de Yahvé, a esperar lo inesperado, a verse superado en su expectativa, sobrepasado en su esperanza. Yahvé es siempre capaz de más y mejor. Por lo tanto cuando consideramos el objeto de la esperanza veterotestamentaria, tiene más importancia que la enumeración de los objetos esperado sucesivamente, atender a esta misma multiplicidad creciente, que partiendo de objetos muy terrenos se acelera y se orienta en una dirección que siempre se trasciende a sí misma. Un primogénito, una descendencia, un pueblo numeroso más numeroso que las arenas del mar, un pueblo en el cual serán benditas todas las naciones, un pueblo que será la admiración de todos, un pueblo al cuál rendirán todos homenaje, un pueblo que dominará a todos. Cada uno de los temas del Antiguo Testamento presenta una progresión de este tipo y se convierte en un teologoumenon que se proyecta osadamente hacia un futuro superlativo, y a fuerza de superlativo: trascendente. Dios mismo. Ex 19,4; Ps 16,5; Ps 39,8. La real evolución teológica de estos temas supera incluso los límites del Antiguo Testamento como libro y han quedado documentados a menudo en los escritos apócrifos del judaísmo tardío, sobre todo en la literatura apocalíptica. Pueden considerarse sin embargo como fundamento veterotestamentario de la esperanza cristiana en sentido amplio. Si no desde el punto de vista estrictamente literario, sí desde el punto de vista de la economía veterotestamentaria.

En este carácter dinámico del objeto de la esperanza veterotestamentaria, que tiende a trascenderse continuamente a sí mismo y que hace crecer consecuentemente la esperanza hacia las fronteras de lo increíble, trasponiendo siempre lo pasado y proyectándolo superlativamente hacia el futuro, debemos reconocer un antecedente de la esperanza cristiana, que la funda en el sentido de que la hace posible, ya desde los umbrales del antiguo Testamento.

Y así lo interpreta la Carta a los Hebreos, cuando después de recapitular largamente la historia de las Promesas y de la fe, nos dice: "pero aunque su fe los hizo dignos de un testimonio tan valioso ninguno de ellos entró en posesión de la promesa (alcanzó los bienes prometidos y esperados). Porque Dios nos tenía reservado algo mejor, y no quiso que ellos llegaran a la perfección sin nosotros"(Heb 11,40).

2. Fundamento

Veamos ahora brevemente cómo se caracteriza la esperanza veterotestamentaria por medio del segundo parámetro: el fundamento o garantía de que se alcanzarán los bienes esperados.

En el Antiguo Testamento es Yahvé el que sale garante por el cumplimiento de su promesa. Dios se revela "como personal, como una existencia totalmente distinta, que ordena, gratifica y pide, sin ninguna justificación racional (e. d. general y previsible) y para quién todo es posible. Esa nueva dimensión religiosa hace posible la fe en el sentido judeocristiano" (El Mito del eterno retorno, p 124). La fundamentación última de la esperanza vetrotestamentaria es Dios, la voluntad gratuita de Dios, que se revela como una fuerza dominadora, imperecederamente justa y que quiere - esa es su voluntad- poner fin a la injusticia sobre la tierra.

Pero los bienes prometidos y esperados, no vienen fatalmente independientemente del comportamiento del hombre. Los bienes esperados sólo puede recibirlos el hombre si cumple ciertas condiciones. No son bienes, de los que uno se apodera sino bienes que en cierta manera se apoderan de uno ya que para obtenerlos es necesario convertirse en un hombre nuevo. Y esta transformación es también obra de Dios, que vuelve a plasmar a su creatura y le crea un corazón nuevo, para hacerlo capaz de seguirlo en su escalada de maravillas. Esta interiorización del objeto de la esperanza y esta condicionalidad de su fundamento no deben interpretarse como un vuelco hacia una esfera moral, como si se tratara sólo de "bienes del alma" puramente interiores. Se trata sólo de la condición subjetiva, del fundamento subjetivo, necesario para alcanzar el objeto esperado.

La fundamentación de la esperanza veterotestamentaria equivale a una superación del mito y de sus ciclos. La progresión de le expectativa veterotestamentaria tiene algo de escalada irreversible, que quiebra los esquemas místicos. Aunque muchos de esos elementos místicos sobreviven en la liturgia de Israel y en la religiosidad del pueblo, el testimonio de sus elites religiosas funda suficientemente lo dicho.

c) Relación entre esperanza veterotestamentaria y esperanza cristiana

Vamos a analizar ahora la relación entre la esperanza veterotestamentaria y la esperanza cristiana. Y lo haremos tratando de situar recíprocamente ambas esperanzas a la luz de algunos pasajes de Orígenes. El concepto central que nos permitirá hacerlo es el de Evangelio. Un concepto que por contener la idea de anuncio de un bien deseado y esperado, está en estrecha relación con la esperanza.

Dice Orígenes en el Prólogo de su Comentario al Evangelio de San Juan "que el Antiguo Testamento no es un Evangelio, porque no nos muestra (deiknuousa) lo que ha de venir (tó erjómenon), sino que( sólo) lo pronuncia (prokerússousa)" (I 17). Orígenes nota que los evangelios son los que anuncian el bien que esperaba la economía del Antiguo Testamento. Es el Antiguo Testamento el que está interpelando a Jesús por boca de Juan Bautista, cuando éste le manda preguntar": Eres tú el que ha de venir? ¿ o esperamos a otro?" (Mt 11,3)" Cristo era el bien que esperaba el pueblo y que habían anunciado los profetas. Todos tenían puesta su esperanza en su venida, todos los que estaban bajo la ley y los profetas".

Antes de la venida de Cristo, el Antiguo Testamento no merecía el nombre de evangelio, porque anunciaba algo que debía venir, lo hacía todavía en figura y en misterio, sin revelar a Cristo. Es recién desde que Cristo viene y se revela," porque vino y encarnó el evangelio, es que Cristo hizo de todo el antiguo Testamento como un Evangelio (VI, 33). Levantando el velo que recubría la ley y los profetas, él (Cristo) mostró el carácter divino de todas (las escrituras) haciendo comprender claramente a los que quieren hacerse discípulos de su sabiduría, cuáles son las realidades ocultas en la ley de Moisés y a quién rendían culto los antepasados, un culto que no es más que una imagen y una sombra, y cuál es el sentido verdadero de los acontecimientos relatados en los libros históricos: estas cosas sucedían a los judíos en figura y han sido consignados para nosotros, que hemos llegado al fin de los tiempos (Rom 7,6)" (VI, 34). "Por lo tanto, antes del evangelio que nació con la venida de Jesús, ningún escrito del Antiguo Testamento era evangelio. Y es recién el evangelio de Cristo, Alianza nueva, el que habiéndonos liberado de la vetustez de la letra, hizo brillar en la luz del conocimiento la novedad jamás envejecida del Espíritu, novedad propia de la nueva Alianza y que estaba depositada en todas las escrituras. Por eso convenía que este Evangelio, creador hasta de aquello que pueda llamarse evangelio dentro de la Antigua Alianza, recibiera con exclusiva propiedad el nombre de Evangelio"( VI, 36).

Jesucristo, se presenta así como el bien que esperaba el Antiguo Testamento en términos con los que Orígenes parece amplificar la idea central de Hebreos 11,40, ya citado.

No corresponde entrar aquí en una caracterización más detallada de la esperanza cristiana. Su objeto parece indiscutiblemente el Cristo Resucitado y glorioso, que ha de volver, es objeto de la esperanza del cristiano y a la vez el Cristo vivo en la fe es el fundamento de que será alcanzado plenamente un día por el que cree en él. En la esperanza cristiana, fundamento y objeto de la esperanza se identifican: " La fe (en Cristo)es la substancia (upostasis) de los objetos esperados y el fundamento (elenjos:argumento) de los invisibles". (Heb 11,1)

Resumen

Llegados a este punto creemos haber situado la esperanza del Antiguo Testamento en una doble relación. Por un lado con la esperanza humana a secas, por otro lado con la esperanza neo-testamentaria. Al considerar la esperanza humana hemos encontrado arquetipos místicos y utopías intraterrenas. Al considerar la esperanza del Antiguo Testamento hemos visto cómo se trasponían los motivos del pasado hacia un futuro abierto, y como Dios se revelaba como una fuerza imprevisible e incalculable y el punto hacia donde convergían las esperanzas. Esos motivos (A.T) que se trasponen son los tipos de un proceso trascendente, de tendencia escatológica. El Nuevo Testamento proclama la llegada del Antitipo que es cumbre y culminación de todos los tipos anteriores y queda abierto en la esperanza de la Parusía.

III) El Eclesiastés como crítica de un mesianismo intraterreno

El libro del Eclesiastés nos ofrece un midrash hagádico sobre la figura de Salomón. Es lo que podríamos llamar una reflexión o meditación teológica sobre una figura de la historia de la salvación. La significación teológica de Salomón para los judíos se desprende de su historia. Salomón es un tipo, es la figura proverbial del judío sabio, rico, poderoso, feliz. Y como sucede con las figuras proverbiales -piénsese en el uso de la figura de Napoleón en nuestra cultura- no se exige mayor rigor histórico en los detalles de su vida, mientras se respeten sus grandes rasgos significativos que lo elevan al nivel de un concepto, en este caso un concepto teológico, que por ser hebreo es especulativo pero a la vez muy vital.

Salomón es el hombre de la paz, como lo sugiere ya su nombre. La Paz y el Reposo, objetos de viejas promesas, se vieron realizadas dentro y fuera de las fronteras de su Reino (Ex 33,14; Eccle 4,6; 6,5; 9,7)

Su reinado fue muy duradero, Amado de Dios, de su pueblo y de los hombres, en él se cumplen las promesas, hechas a David su padre. El profeta Nathan lo llama Jedidia: el amado de Yahvé (2 Sam 12, 24-25) y el Midrash Qohelet, recogiendo el dicho de Rabbí Joshua, recoge una tradición según la cual se llamó también "Ithiel": Dios conmigo. Este nombre hace sin duda alusión al hecho de que fue a este Hijo de David, a quién le toco el honor de construir el Templo, que junto a su Palacio lo cobijaba casi bajo un el mismo techo de la Morada omnipotente de su Padre.

¿ A qué cosa podía aspirar un judío, que Dios no le hubiese concedido en abundancia a Salomón?. Larga vida; mujeres entre ellas la hija del faraón, hijos incontables; tesoros y riquezas; poder, honores; y el respeto admirativo no sólo de sus súbditos y de numerosos capataces administradores que le ayudaban en el gobierno de las doce tribus unificadas, sino también la administración de poderosos reyes, tanto vecinos como lejanos. Su nombre era conocido y respetado en todo el orbe. Tenia sabiduría para gobernar; tenia ciencia para disertar sobre los animales y las plantas y para escribir libros ; dones artísticos; auténtica piedad que le valió precisamente el don de sabiduría y una justicia para juzgar a su pueblo con reconocida sagacidad y equidad. Piedad, que él, por otra parte -y como correspondía a un buen Rey de Israel- propagó entre el pueblo, apartándolo del culto de los altos y atrayéndolo al Templo de Yahvé, construido por él pompa y fausto inigualado.

Todos los bienes deseables, gozados al máximo, durante una vida larga. El Hijo de David y El Hijo de Yahvé: "Tu Hijo será mi Hijo".En Salomón se cumplían con evidencia que rompe los ojos, las promesas de Dios a su Padre.Cuando los evangelistas (Mt 6,29; Lc 12,27) nos trasmiten el dicho de Jesús: "Ni Salomón en el apogeo de su gloria se vistió como uno de estos", nos están revelando que el uso proverbial de la figura de Salomón era de uso corriente y presumiblemente muy popular en tiempos de Jesús.

Sabemos también que extendida estaba la expectativa de un Mesías terreno entre las tendencias nacionalistas de esa época..¿ No es obvio que cuando los judíos soñaban con un estado ideal, con la salvación futura, con un reino mesiánico, etc, echaran mano, como naturalmente, del este maravilloso Rey y del maravilloso pedazo de la historia nacional que él protagonizara; a esta isla feliz en la atormentada historia de su pueblo, como si hubiera sido un adelanto de la gloria futura, o simplemente como una cantera de buena piedra para construir con ella sus fantasías?.

¿No hay motivo para pensar que el Eclesiastés quiso criticar precisamente alguno, o muchos de esos sueños dorados de sus contemporáneos judíos? El carácter polémico del Eclesiastés no sele ha escapado a von Rad, aunque no se ha detenido -que yo sepa- a investigar contra quien o contra que ideas polemiza.

A nuestro juicio, una de las líneas principales de su polémica se orienta contra un cierto mesianismo intraterreno, soñado en figuras de restauración nacional-salomonica. Si podemos traducir su argumentación polémica y resumirla en términos contemporáneos, diríamos que les objeta: Si la historia se repite, entonces a la repetición de la gloria salomónica seguirá la repetición de las desgracias. Supongamos que viene un nuevo Salomón y que la historia se repite. Creéis que sólo se repetirá parcialmente, en lo que tiene de gloriosa? ¿Creéis que no se repetirá la decadencia que siguió a esa gloria?. "Nada hay nuevo bajo el sol. Lo que sucedió antes, eso volverá a suceder; lo que fue, eso será. Y si hay algo de lo cual se dice: mira, esto es nuevo; ese algo ya existía en los siglos antes que nosotros". El hombre no aprende de la historia: "Nadie piensa en las generaciones de antes; y una generación no permanece en la memoria de las que le siguen" y con estas palabras introduce el Eclesiastés el ejemplo de Salomón. Salomón, lo dice. No un pobre o un necio, sino el hombre que puede tener conocimiento de causa .Su amarga conclusión no es una frase inventada arbitrariamente y que pudiese sonar inverosímil en tales labios. Los motivos que Salomón tenía para poder hablar así son tan conocidos que el Eclesiastés no necesita mencionarlos. La gloria de su reinado no le sobrevivió largo tiempo. Casi apenas fallecido comenzó el reino a desmoronarse, presa de internas tensiones ante las cuales su sucesor se mostró inepto: "¿qué hará el sucesor del Rey (2,12.19)?". Desde entonces comenzó la cadena de desgracias, guerras, dominación extranjera, cautividad, destierro…. ¿y qué quedó del apogeo de Salomón y su gloria?.

Es en vano esperar la salvación de un rey a lo Salomón. La salvación no puede consistir en una vuelta al pasado, ni en una nueva versión política del Hijo de David. El mismo Salomón, si viviese hoy diría sabiamente: me desalienta ver los frutos de mi fatiga (2,20). ¿Qué motivos tenemos para creer que un rey mesiánico a lo Salomón no se vería obligado a decir lo mismo al hacer el balance de sus logros?.

La tentación de un mesianismo regio, de dimensiones políticas y exclusivamente intraterrenas, era la tensión más obvia para el Israel rodeado de vecinos en que la esperanza de los pueblos no conocía otra forma. Aunque fundaran en Yahvé su esperanza, el objeto mismo de dicha esperanza no difería demasiado de los vecinos. Lo que está en juego en el uso polémico de la figura de Salomón, es más que la figura del Rey: es el destino del pueblo de Israel. Un pueblo oriental puede mirarse a sí mismo, mirándose en su rey como en un espejo. En la suerte del rey experimenta su propia suerte. Pueblo y rey son solidarios como cabeza y miembros. Sedekías, hecho prisionero en una fuga cobarde, arrancados los ojos por orden de Nabucodonosor, es arrastrado en cadenas a la prisión de Babilonia, convertido en símbolo del Pueblo cuya suerte no había querido compartir. Un rey ciego y derrotado para el "pueblo que marcha en las tinieblas". En la añoranza de un nuevo Salomón se encerraba la añoranza de un apogeo nacional. Esta esperanza estaba fundada en Dios, pero por su objeto era exclusivamente intraterrena. Su objeto está bajo el sol. El Eclesiastés hace la crítica de todas las realidades que hay bajo el sol y concluye que ninguna es digna de ser objeto de la esperanza del hombre. Todas son vanas, huecas, inconsistentes, incapaces de hacer su felicidad. Con esta radical ofensiva contra la autosuficiencia y la autoseguridad del hombre, anidado en sus cosmovisiones, aún piadosas, el Eclesiastés, no pretende sembrar porque sí la angustia existencial y la desesperación. En su búsqueda de la verdadera paz, del verdadero objeto de una esperanza, desenmascara todos los posibles refugios de la presunción y de las falsas esperanzas.

Así, el Eclesiastés funda y prepara el aporte cristiano. Lo hace negativamente, mostrando dónde no se debe buscar, y dónde no se debe esperar: debajo del sol, en la esfera de lo intraterreno e inmanente, en la esfera de la obra de mano de hombres. Si hay un bien digno de fundar una esperanza de realización humana, ésta no puede venir del hombre. Debe venir de Dios (ver Ps.391). El Eclesiastés sienta sí el postulado de la trascendencia del objeto de la esperanza, y con esto, alcanzando una cumbre de reflexión de fe veterotestamentaria, queda abierto el aporte cristiano, que vendrá a responder a las preguntas que dejaba abiertas.

Objeciones

Podrán hacerle el reproche de que su crítica de la vanidad de las cosas que se hallan bajo el sol, está en lo que se considera un elemento alienante de la esperanza cristiana: la referencia a ésta hace a un más allá y a un después.

En un artículo titulado "La categoría de lo nuevo en la teología cristiana", Jurgen Moltmann critica el Eclesiastés:

" Nada nuevo hay bajo el sol"- dice el Eclesiastés- "Por tanto todo es vanidad". Al afirmar esto - comenta Moltmann- manifestó aquella sabiduría resignada que vuelve al hombre melancólico en su serenidad. Pero, si no puede haber nada nuevo en el mundo, significa que no hay ningún futuro real. Y, si no hay futuro, no hay historia, y si no hay historia, nuestro mundo no está abierto, sino cerrado, y el hombre no es un ser abierto y lleno de preguntas y esperanzas ante el futuro, sino encerrado y aprisionado en sí mismo" ("El futuro como presencia de una esperanza compartida").La crítica de Moltmann al Eclesiastés es injusta. La afirmación "de que nada nuevo hay bajo el sol" no es una conclusión teológica del libro, sino una premisa, una observación a partir de la cual se reflexiona teológicamente. No hay en el Eclesiastés melancolía serena, sino invitación a la medida posible de la alegría en una fe que es esperanzada. No hay cerrazón del futuro, ni de la historia, ni del hombre sino precisamente una búsqueda de la verdadera posibilidad de salida por donde se debe buscarla. El Eclesiastés no busca encerrar al hombre en sí mismo, sino mostrarle que si no hay salida bajo el sol, hay Alguien que puede abrirlas, y esa posibilidad transforma radicalmente la aparente condición de cárcel de este mundo.

Al Eclesiastés podrá reprochársele su crítica de la radical inconsistencia de las cosas que se hallan bajo el sol. Se le podrá reprochar este elemento de su pensamiento como alienante: a saber, la referencia que ésta hace a un más allá, a un después, a una Parusía, a la Resurrección, a la trascendencia, a lo sobrenatural, o como quiera llamársele.

Pero el Eclesiastés sería el primero en asombrarse y quedar sorprendido ante esta acusación. Porque dentro de su lógica, es precisamente su crítica radical de las realidades terrenas, la vía por la cual cree liberar al hombre para el auténtico goce de las realidades terrenas, incluso del trabajo y las fatigas. Porque el Eclesiastés le reprocha a las utopías - que esperan demasiado y sobrevaloran las posibilidades intraterrenas- de desconocer la naturaleza de la historia. La utopía, como idealización de las cosas que hay bajo el sol, distrae al hombre de una parte de la realidad. Pero además proyectándolo hacia un futuro incierto, le impide enfrentarse con las certidumbres presentes y lo aliena por eso, ni más ni menos que una escatología vivida utópicamente.

El Eclesiastés aparece así como un momento de la reflexión teológica del Antiguo Testamento, que pretende conducir al hombre hacia una más auténtica forma de esperanza, aunque no sepa aún claramente qué objeto pueda proponer a su expectativa. Sabe sí cuál no debe ser el objeto de una esperanza. Pero sobre todo ha descubierto que la esperanza es un modo de ser del hombre "en esta vida bajo el sol" y que debe guiarlo en "su vida bajo el sol sobre la tierra". Es así, cómo preparando el camino de la esperanza cristiana, la fundamenta.


miércoles, 28 de mayo de 2014

PAPA FRANCISCO: DON DE FORTALEZA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis precedentes hemos reflexionado sobre los tres primeros dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia y consejo. Hoy pensemos en lo que hace el Señor: Él viene siempre a sostenernos en nuestra debilidad y esto lo hace con un don especial: el don de fortaleza.

Hay una parábola, relatada por Jesús, que nos ayuda a captar la importancia de este don. Un sembrador salió a sembrar; sin embargo, no toda la semilla que esparció dio fruto. Lo que cayó al borde del camino se lo comieron los pájaros; lo que cayó en terreno pedregoso o entre abrojos brotó, pero inmediatamente lo abrasó el sol o lo ahogaron las espinas. Sólo lo que cayó en terreno bueno creció y dio fruto (cf. Mc 4, 3-9; Mt 13, 3-9; Lc 8, 4-8). Como Jesús mismo explica a sus discípulos, este sembrador representa al Padre, que esparce abundantemente la semilla de su Palabra. La semilla, sin embargo, se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando es acogida corre el riesgo de permanecer estéril. Con el don de fortaleza, en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos.

Hay también momentos difíciles y situaciones extremas en las que el don de fortaleza se manifiesta de modo extraordinario, ejemplar. Es el caso de quienes deben afrontar experiencias particularmente duras y dolorosas, que revolucionan su vida y la de sus seres queridos. La Iglesia resplandece por el testimonio de numerosos hermanos y hermanas que no dudaron en entregar la propia vida, con tal de permanecer fieles al Señor y a su Evangelio. También hoy no faltan cristianos que en muchas partes del mundo siguen celebrando y testimoniando su fe, con profunda convicción y serenidad, y resisten incluso cuando saben que ello puede comportar un precio muy alto. También nosotros, todos nosotros, conocemos gente que ha vivido situaciones difíciles, numerosos dolores. Pero, pensemos en esos hombres, en esas mujeres que tienen una vida difícil, que luchan por sacar adelante la familia, educar a los hijos: hacen todo esto porque está el espíritu de fortaleza que les ayuda. Cuántos hombres y mujeres —nosotros no conocemos sus nombres— que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe. Estos hermanos y hermanas nuestros son santos, santos en la cotidianidad, santos ocultos en medio de nosotros: tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. ¡Son muchos! Demos gracias al Señor por estos cristianos que viven una santidad oculta: es el Espíritu Santo que tienen dentro quien les conduce. Y nos hará bien pensar en esta gente: si ellos hacen todo esto, si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no? Y nos hará bien también pedir al Señor que nos dé el don de fortaleza.

No hay que pensar que el don de fortaleza es necesario sólo en algunas ocasiones o situaciones especiales. Este don debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, en el ritmo ordinario de nuestra vida cotidiana. Como he dicho, todos los días de la vida cotidiana debemos ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestra fe. El apóstol Pablo dijo una frase que nos hará bien escuchar: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Cuando afrontamos la vida ordinaria, cuando llegan las dificultades, recordemos esto: «Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza». El Señor da la fuerza, siempre, no permite que nos falte. El Señor no nos prueba más de lo que nosotros podemos tolerar. Él está siempre con nosotros. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

Queridos amigos, a veces podemos ser tentados de dejarnos llevar por la pereza o, peor aún, por el desaliento, sobre todo ante las fatigas y las pruebas de la vida. En estos casos, no nos desanimemos, invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de fortaleza dirija nuestro corazón y comunique nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús.

PAPA FRANCISCO: DON DEL CONSEJO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado en la lectura del pasaje del libro de los Salmos que dice: «El Señor me aconseja, hasta de noche me instruye internamente» (cf. Sal 16, 7). Y este es otro don del Espíritu Santo: el don de consejo. Sabemos cuán importante es, en los momentos más delicados, poder contar con las sugerencias de personas sabias y que nos quieren. Ahora, a través del don de consejo, es Dios mismo, con su Espíritu, quien ilumina nuestro corazón, de tal forma que nos hace comprender el modo justo de hablar y de comportarse; y el camino a seguir. ¿Pero cómo actúa este don en nosotros?

En el momento en el que lo acogemos y lo albergamos en nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza inmediatamente a hacernos sensibles a su voz y a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones según el corazón de Dios. Al mismo tiempo, nos conduce cada vez más a dirigir nuestra mirada interior hacia Jesús, como modelo de nuestro modo de actuar y de relacionarnos con Dios Padre y con los hermanos. El consejo, pues, es el don con el cual el Espíritu Santo capacita a nuestra conciencia para hacer una opción concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio. De este modo, el Espíritu nos hace crecer interiormente, nos hace crecer positivamente, nos hace crecer en la comunidad y nos ayuda a no caer en manos del egoísmo y del propio modo de ver las cosas. Así el Espíritu nos ayuda a crecer y también a vivir en comunidad. La condición esencial para conservar este don es la oración. Volvemos siempre al mismo tema: ¡la oración! Es muy importante la oración. Rezar con las oraciones que todos sabemos desde que éramos niños, pero también rezar con nuestras palabras. Decir al Señor: «Señor, ayúdame, aconséjame, ¿qué debo hacer ahora?». Y con la oración hacemos espacio, a fin de que el Espíritu venga y nos ayude en ese momento, nos aconseje sobre lo que todos debemos hacer. ¡La oración! Jamás olvidar la oración. ¡Jamás! Nadie, nadie, se da cuenta cuando rezamos en el autobús, por la calle: rezamos en silencio con el corazón. Aprovechamos esos momentos para rezar, orar para que el Espíritu nos dé el don de consejo.

En la intimidad con Dios y en la escucha de su Palabra, poco a poco, dejamos a un lado nuestra lógica personal, impuesta la mayoría de las veces por nuestras cerrazones, nuestros prejuicios y nuestras ambiciones, y aprendemos, en cambio, a preguntar al Señor: ¿cuál es tu deseo?, ¿cuál es tu voluntad?, ¿qué te gusta a ti? De este modo madura en nosotros una sintonía profunda, casi connatural en el Espíritu y se experimenta cuán verdaderas son las palabras de Jesús que nos presenta el Evangelio de Mateo: «No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros» (Mt 10, 19-20). Es el Espíritu quien nos aconseja, pero nosotros debemos dejar espacio al Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Y dejar espacio es rezar, rezar para que Él venga y nos ayude siempre.

Como todos los demás dones del Espíritu, también el de consejo constituye un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor no nos habla sólo en la intimidad del corazón, nos habla sí, pero no sólo allí, sino que nos habla también a través de la voz y el testimonio de los hermanos. Es verdaderamente un don grande poder encontrar hombres y mujeres de fe que, sobre todo en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayudan a iluminar nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor.

Recuerdo una vez en el santuario de Luján, yo estaba en el confesonario, delante del cual había una larga fila. Había también un muchacho todo moderno, con los aretes, los tatuajes, todas estas cosas... Y vino para decirme lo que le sucedía. Era un problema grande, difícil. Y me dijo: yo le he contado todo esto a mi mamá, y mi mamá me ha dicho: dirígete a la Virgen y ella te dirá lo que debes hacer. He aquí a una mujer que tenía el don de consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero indicó el camino justo: dirígete a la Virgen y ella te dirá. Esto es el don de consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio a su hijo el consejo más verdadero. En efecto, este muchacho me dijo: he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto... Yo no tuve que hablar, ya lo habían dicho todo su mamá y el muchacho mismo. Esto es el don de consejo. Vosotras, mamás, que tenéis este don, pedidlo para vuestros hijos: el don de aconsejar a los hijos es un don de Dios.

Queridos amigos, el Salmo 16, que hemos escuchado, nos invita a rezar con estas palabras: «Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré» (vv. 7-8). Que el Espíritu infunda siempre en nuestro corazón esta certeza y nos colme de su consolación y de su paz. Pedid siempre el don de consejo.

martes, 27 de mayo de 2014

LA ORACIÓN DE SAN FRANCISCO

     El proceso de conversión de San Francisco fue largo, y en él se inserta esta oración. El
Señor lo iba conduciendo mediante acontecimientos sucesivos por caminos que Francisco no acababa de entender ni sabía a donde le llevaban. Su gran preocupación era conocer la voluntad de Dios, saber lo que el Altísimo le pedía, y acertar el rumbo que debía emprender, para lo que recurría a la oración. Un día en que paseaba junto a la iglesia de San Damián, llevado del Espíritu entró en ella y se puso a orar fervorosamente ante la imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». La mayoría de los testimonios de los manuscritos dice que fue entonces cuando Francisco recitó esta oración como respuesta al mandato que acababa de recibir. El contenido de la oración encaja perfectamente en las circunstancias del acontecimiento. Pero es de lo más normal que, en sus largas horas de oración buscando los caminos del Señor, el joven Francisco le pidiera que Su luz disipara sus tinieblas, y que las virtudes y los frutos del Espíritu le permitieran conocer y cumplir, sin demora ni tergiversación, la voluntad de Dios. Ciertamente, esta oración, en su densa brevedad, puede ser la oración de multitud de cristianos.



Sumo, glorioso Dios, .
ilumina las tinieblas de mi corazón 
y dame fe recta, 
esperanza cierta 
y caridad perfecta, 
sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla 
tu santo y verdadero mandamiento

PAPA FRANCISCO: EN LA EXPLANADA DE LA MEZQUITA

PAPA FRANCISCO: NIÑOS CANTAN ALELUYA..

PAPA FRANCISCO: CON SHIMON PERES

domingo, 25 de mayo de 2014

MEDJUGORJE MENSAJE 25 DE MAYO

                                                                                                                          “¡Queridos hijos!, oren y sean conscientes de que ustedes sin Dios son polvo. Por lo tanto,
dirijan sus pensamientos y su corazón a Dios y a la oración. Confíen en Su amor. En el Espíritu de Dios, hijitos, están todos ustedes invitados a ser testigos. Ustedes son preciosos y yo los invito, hijitos, a la santidad, a la vida eterna. Por lo tanto, sean conscientes de que esta vida es pasajera. Yo los amo y los invito a una vida nueva de conversión. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”.

viernes, 23 de mayo de 2014

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO : EL DOLOR ES UN MISTERIO ( TESTIMONIAL)

Reflexiones de un enfermo en torno al dolor 

El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas
palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

LA MONTAÑA DEL DOLOR

Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

TEORÍAS, NO

Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués.

Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecemos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

DEMASIADA RETÓRICA

La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir».

El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.

VINAGRE, O VINO GENEROSO

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida.

Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres.

Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

UN ABUSO DE CONFIANZA

La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo.
P

miércoles, 21 de mayo de 2014

ENCUENTROS CON JESÚS: 24 DE MAYO- 16 hs

ENCUENTROS  CON JESÚS
María de Nazaret Reina de la Paz
(Retiro espiritual abierto y gratuito)

24 de mayo- 16 hs 

Al pie de la Cruz, Jesús entrega a María como Madre de la nueva familia y a lo largo de la historia de la humanidad, hemos aprendido a llamarla Madre, y lo hacemos con un corazón agradecido. "Madre no te merezco pero te necesito"

Han calado en nuestro corazón, jaculatorias, breves oraciones, que nos acompañan siempre, pero especialmente en los momentos de dolor...
Una de ellas es: Madre yo confío en ti..

16 hs ADORACIÓN  Y SANTO ROSARIO
Bendición con la imagen de la Reina de La Paz

17 hs PREDICACIÓN
Diácono Jorge Novoa
" Madre Yo confío en ti..."

18 hs ORACIÓN POR LOS ENFERMOS ANTE EL SANTÍSIMO y PASEO

19 hs SANTA MISA
Sebastián Pinazzo

* Habrá confesiones desde temprano..
* Luego de la Misa habrá oración con imposición de manos..

Te esperamos, invita a quienes tú veas alejados... El Señor obra maravillas!!!

MAMERTO MENAPACE: LA LÁGRIMA DE LA NOVIA

Se habían querido mucho. Llevaban varios años de noviazgo en los que el cariño y el conocimiento mutuo los había hecho crecer. Ya pensaban seriamente en una fecha cercana para su matrimonio, Dios había sido testigo de todo lo que había pasado entre ellos estos años, perdonando sus equivocaciones y bendiciendo sus aciertos.

Pero el Señor tenía otros planes. Hacía un par de días que lo había llamado a él en un accidente, dejando en el dolor y en la más absoluta incomprensión por lo sucedido a su novia. Las palabras de consuelo que recibía apenas si le sonaban a ejercicio de buena voluntad por parte de aquellos que, al igual que ella, no podían comprender el actuar misterioso del Señor.

Mientras tanto el joven había tenido que presentarse ante el trono de Dios sabía que llegaba con deudas. Pero sabía también que Tata Dios es misericordioso y que tendría que darle alguna posibilidad de saldarlas para poder ser admitido en su casa. Cuando miró la balanza de la Justicia divina, vio que el platillo de sus deudas tiraba fuertemente para abajo inclinando la aguja para el lado peligroso. 

¿Con qué podría equilibrar aquel peso? ¿Qué podría colocar sobre el otro platillo, a fin de que el saldo fuera positivo?

Tata Dios le dijo que le daba la oportunidad de regresar a la Tierra e fin de buscar entre sus cosas aquello que considerara más valioso, y lo trajera a su presencia para ser colocado en la balanza.

Regresó volando a la tierra y en un santiamén reunió todas las riquezas que poseía, y cargado con ellas retornó al cielo. Pero al tirar sobre el platillo todo aquellos se dio cuenta de que no servía para nada y que ni siquiera se movía la balanza.

Nuevamente rehizo el camino a la Tierra y amontonó toda la sabiduría adquirida en sus años de estudios universitarios. Llegado delante de la balanza divina descargó lo que traía y apenas si consiguió que la aguja tomara en serio esta riqueza.

Por tercera vez volvió a la tierra y se dedicó a reunir las cosas que le habían dado placer, prestigio, fama, poder, fuerza, honores. Fue un cargamento de lo más heterogéneo que se pueda imaginar, el de todas aquellas cosas por las que los vivientes se desviven durante su existencia terrena. Pero fue inútil. La balanza se dio por enterada de que se había arrojado sobre el platillo de lo positivo aquello conjunto de valores humanos.

Mientras todo esto sucedía allá delante de Tata Dios, la novia se encontraba sola en su habitación, delante de un crucifijo, desahogando su dolor. Terminado su rezo se fue a acostar sin encontrar consuelo para su enorme pena. Un pensamiento vino a golpear en su corazón. Que quizá podía ofrecer a Dios por su ser querido que se encontraría delante del Trono de la Justicia divina. Y en gesto de entrega total le dijo a Dios que lo único que le quedaba era su dolor y que se lo ofrecía por todo aquello que su novio estuviera debiendo. Y diciendo esto se quedó dormida, mientras una lágrima quedaba detenida en su mejilla.

Mientras tanto, el novio desesperado por no conseguir nada de valor que pudiera ser puesto en la balanza, decidió pedir ayuda a quien más lo había querido en la tierra. Cuando llegó junto a su cama la encontró dormida. No quiso despertarla. Pero recogió en la palma de su mano aquella lágrima, que le pareció pesar más que el mundo entero y la llevó hasta Dios. Cuando la tiró sobre el platillo vio como éste se inclinaba violentamente tirando por los aires todas las deudas y haciéndolas desaparecer. Había encontrado algo realmente valioso con lo que pagar cuando debía.

martes, 20 de mayo de 2014

MADRE TERESA: JESÚS ES...

«Para mí, Jesús es 

El Verbo hecho carne. 
El Pan de la vida. 
La víctima sacrificada en la cruz por nuestros pecados. 
El Sacrificio ofrecido en la Santa Misa por los pecados del mundo y por los míos propios. 
La Palabra, para ser dicha. 
La Verdad, para ser proclamada. 
El Camino, para ser recorrido. 
La luz, para ser encendida. 
La Vida, para ser vivida. 
El Amor, para ser amado. 
La Alegría, para ser compartida. 
El sacrificio, para ser dados a otros. 
El Pan de Vida, para que sea mi sustento. 
El Hambriento, para ser alimentado. 
El Sediento, para ser saciado. 
El Desnudo, para ser vestido. 
El Desamparado, para ser recogido. 
El Enfermo, para ser curado. 
El Solitario, para ser amado. 
El Indeseado, para ser querido. 
El Leproso, para lavar sus heridas. 
El Mendigo, para darle una sonrisa. 
El Alcoholizado, para escucharlo. 
El Deficiente mental, para protegerlo. 
El Pequeñín, para abrazarlo. 
El Ciego, para guiarlo. 
El Mudo, para hablar por él. 
El Tullido, para caminar con él. 
El Drogadicto, para ser comprendido en amistad. 
La Prostituta, para alejarla del peligro y ser su amiga. 
El Preso, para ser visitado. 
El Anciano, para ser atendido. 
Para mí, Jesús es mi Dios. 
Jesús es mi Esposo. 
Jesús es mi Vida. 
Jesús es mi único amor. 
Jesús es mi Todo. »


domingo, 18 de mayo de 2014

HANS URS VON BALTHASAR: V DOMINGO DEL TIEMPO DE PASCUA (A)


Jesús se va con el Padre,pero volverá. Los evangelios comienzan ya a hacer referencia a los acontecimientos de la Ascensión y Pentecostés. Pero Jesús invita siempre a sus amigos a no perder la calma: "Creed en mí". Tened la seguridad de que lo que yo hago es lo mejor para vosotros.Después habla con suma circunspección de su marcha: me voy a preparaos sitio y volveré para llevaros conmigo, "para que donde yo esté estéis también vosotros". Jesús se irá con el Padre. Los discípulos comprenden que eso está muy lejos y preguntan por el camino a seguir. 

La respuesta de Jesús es superabundante: el camino es él mismo,no hay otro.Pero Jesús es aún más: él es también la meta, porque el Padre, al que lleva el camino, está en él, directamente visible para el que ve a Jesús es aún más: él es también la meta, porque el Padre, al que lleva el camino,está en él, directamente visible para el que ve a Jesús, como el que realmente es.El Señor se extraña de que uno de los discípulos todavía no se haya dado cuenta de ello después de tanto tiempo de vida en común. En él que es la Palabra de Dios, Dios Padre habla al mundo; e incluso hace sus obras en él, se alude aquí a los milagros de Jesús, que realmente deberían llevar a todo hombre a creer que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Y sin embargo la figura terrena de Jesús debe desaparecer cuando se vaya con el Padre para que nadie confunda esta figura con Dios. Jesús volverá con una figura que no dará lugar a ningún mal entendido: con la gloria del Padre resplandeciendo en él. Pero en el entretanto no dejará desamparados a los suyos:habitará con el Padre secretamente en ellos, de una manera que él les revelará a ellos solos (Jn 14,23), y el Espíritu Santo de Dios les hará comprender "que yo estoy con el Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros" (ibid 20). Al final aparece un promesa casi incomprensible para la Iglesia: ella hará, si cree en Jesús, "las obras que yo hago y aún mayores". Ciertamente no se trata de milagros espectaculares; lo que Jesús quiere decir es que a la iglesia le está reservada una influencia dentro del mundo que el propio Jesús no quería tener.Su misión era actuar, fracasar y morir, la Iglesia, en el fracaso y la persecución, derribará todos los obstáculos que se levanten contra ella.

La casa espiritual.Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye ( en la segunda lectura) el Templo vivo de Dios en medio de la humanidad y los que lo construyen como piedras vivas son al mismo tiempo los sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como "sacerdocio real". Al igual que el Templo de Jerusalén con sus sacrificios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo Templo con sus sacrificios espirituales es el cetro de la humanidad redimida: está constituido sobre la piedra viva escogida por Dios, Jesucristo,y por ello también participa de su destino, que es ser tanto la piedra angular colocada por Dios, como piedra de tropiezo y la roca a estrellarse para los hombres.La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como "signo de contradicción", para que muchos caigan y se levanten (Lc 2,34).

Servicio espiritual y temporal. La primera lectura, en la que se narra la elección de los primeros diáconos para encargarlos de una tarea administrativa,temporal de la Iglesia,mientras que los apóstoles prefieren dedicarse a la oración y el servicio de la Palabra, muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo. Del mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y anunciando su Palabra,pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfrentarse sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin que por ello se pierda su unidad.Dicho con palabras del evangelio: Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el mundo.El sabe que "ellos se quedan con el mundo" (Jn 17,11) y no lo olvida en su oración; el Espíritu que les envía es Espíritu divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.

jueves, 15 de mayo de 2014

CLAVES DE LA VISITA DEL PAPA FRANCISCO A TIERRA SANTA

JULIO ALONSO AMPUERO: LA IMPORTANCIA DE UN PAPEL SECUNDARIO


Si preguntamos por san Pablo todo el mundo sabrá contarnos algo de él (su conversión, sus viajes, sus cartas…). En cambio, a la inmensa mayoría de los cristianos probablemente no les dice nada el nombre de Bernabé. Y sin embargo, en buena medida Saulo llegó a ser lo que fue gracias a Bernabé.
 
Era levita y natural de Chipre. No sabemos si llegó a conocer y a escuchar a Jesús en su existencia terrena. En todo caso, pronto quedó fascinado por el atractivo que el Resucitado y su Evangelio desplegaban en la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Y se adhirió a ella. Con tal decisión y radicalidad que incluso un campo que poseía lo vendió y entregó el importe a los apóstoles.
 
Cuando el convertido Saulo llegó a Jerusalén, intentaba juntarse a los discípulos. Pero éstos –conociendo su pasado de perseguidor furioso– no se fiaban de él; le tenían miedo, pues dudaban de que su conversión hubiera sido real; temían que se tratase de una estratagema para introducirse entre los discípulos y así poder espiarlos, denunciarlos y conducirlos a la cárcel.
 
En esas circunstancias Bernabé resultó providencial. Fue él quien acogió a Saulo, le presentó a los apóstoles de Jerusalén y le introdujo en la comunidad cristiana. Saulo –marcado por la experiencia de encuentro con el Resucitado– se integraba así en la Iglesia: participaba en sus reuniones de oración, escuchaba la enseñanza de los apóstoles, vivía con ellos la celebración de la eucaristía y experimentaba la profunda unión de corazones que reinaba entre ellos, así como el espontáneo compartir los bienes, tanto materiales como espirituales. Más aún, se lanzó a realizar en la capital religiosa de Israel lo que ya había hecho en Damasco con entusiasmo y valentía: predicar el nombre de Jesús.
 
Bernabé era hombre de plena confianza para los apóstoles. Por ello, cuando surja un gran número de discípulos en Antioquía de Siria –primera gran comunidad cristiana fuera de tierra santa– no dudarán en enviarle para supervisar lo que estaba ocurriendo.
Bernabé discernió rápidamente la acción de Dios entre aquellos paganos. Más aún, su presencia contribuyó al crecimiento de la comunidad y su docilidad al Espíritu Santo acrecentó considerablemente el número de conversiones.

Era evidente que la gracia del Resucitado actuaba con poder. Pero era necesario formar e instruir a toda esa masa de recién convertidos que provenían del paganismo. Y entonces tuvo una intuición genial: incorporar a esa labor apostólica al converso Saulo. Bernabé había descubierto en él dotes muy notables; además, su condición de rabino versado en las Escrituras le predisponía para esta labor catequética. Y partió en su busca a su ciudad natal, Tarso, en donde había tenido que refugiarse por las amenazas de muerte recibidas tanto en Jerusalén como en Damasco.
 
Durante un año entero instruyeron a una gran muchedumbre en Antioquía. Ese fue un tiempo de entrenamiento para Pablo. Al lado de Bernabé fue aprendiendo las tradiciones cristianas primitivas y el modo como leían las Escrituras referidas a Jesús.
 
Juntos Bernabé y Saulo subieron a llevar socorros materiales a los hermanos de Jerusalén. Y a su regreso a Antioquía fueron enviados a la primera gran misión organizada para llevar el Evangelio a nuevas regiones. Pablo ya estaba capacitado y partió con Bernabé. En este primer viaje misionero Pablo pudo desplegar toda su capacidad de predicador y juntos fueron testigos de las maravillas que Dios realizaba por medio de ellos convirtiendo a los gentiles y suscitando nuevas comunidades cristianas por doquier.
 
También juntos sufrieron la persecución por Cristo y el Evangelio; y juntos defendieron en la asamblea de Jerusalén, frente a los judaizantes, que a los nuevos cristianos provenientes del paganismo no había que imponerles el cumplimiento de la Ley de Moisés.
A la vuelta de la asamblea de Jerusalén decidieron emprender un nuevo viaje misionero. Surgió entonces una tirantez que hizo que se separasen: Bernabé partió con Juan Marcos hacia Chipre, y Pablo, tomando como nuevo compañero de misión a Silas, partió hacia el Asia Menor.

Al parecer, Bernabé murió en su tierra natal. Pero Pablo siguió predicando por los caminos interminables del Imperio romano. Ya podía volar solo. Y llegaría a ser el gran san Pablo, «el primero después del Único». Gracias a aquel hombre que había confiado en él y le había capacitado para ser el gran Apóstol de los gentiles. Como Juan Bautista ante Jesús, Bernabé podía exclamar: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya».
(Textos bíblicos: Hch 4,36–37; 9,26-30; 11,19-30; 13-15)