jueves, 15 de mayo de 2014

JULIO ALONSO AMPUERO: LA IMPORTANCIA DE UN PAPEL SECUNDARIO


Si preguntamos por san Pablo todo el mundo sabrá contarnos algo de él (su conversión, sus viajes, sus cartas…). En cambio, a la inmensa mayoría de los cristianos probablemente no les dice nada el nombre de Bernabé. Y sin embargo, en buena medida Saulo llegó a ser lo que fue gracias a Bernabé.
 
Era levita y natural de Chipre. No sabemos si llegó a conocer y a escuchar a Jesús en su existencia terrena. En todo caso, pronto quedó fascinado por el atractivo que el Resucitado y su Evangelio desplegaban en la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Y se adhirió a ella. Con tal decisión y radicalidad que incluso un campo que poseía lo vendió y entregó el importe a los apóstoles.
 
Cuando el convertido Saulo llegó a Jerusalén, intentaba juntarse a los discípulos. Pero éstos –conociendo su pasado de perseguidor furioso– no se fiaban de él; le tenían miedo, pues dudaban de que su conversión hubiera sido real; temían que se tratase de una estratagema para introducirse entre los discípulos y así poder espiarlos, denunciarlos y conducirlos a la cárcel.
 
En esas circunstancias Bernabé resultó providencial. Fue él quien acogió a Saulo, le presentó a los apóstoles de Jerusalén y le introdujo en la comunidad cristiana. Saulo –marcado por la experiencia de encuentro con el Resucitado– se integraba así en la Iglesia: participaba en sus reuniones de oración, escuchaba la enseñanza de los apóstoles, vivía con ellos la celebración de la eucaristía y experimentaba la profunda unión de corazones que reinaba entre ellos, así como el espontáneo compartir los bienes, tanto materiales como espirituales. Más aún, se lanzó a realizar en la capital religiosa de Israel lo que ya había hecho en Damasco con entusiasmo y valentía: predicar el nombre de Jesús.
 
Bernabé era hombre de plena confianza para los apóstoles. Por ello, cuando surja un gran número de discípulos en Antioquía de Siria –primera gran comunidad cristiana fuera de tierra santa– no dudarán en enviarle para supervisar lo que estaba ocurriendo.
Bernabé discernió rápidamente la acción de Dios entre aquellos paganos. Más aún, su presencia contribuyó al crecimiento de la comunidad y su docilidad al Espíritu Santo acrecentó considerablemente el número de conversiones.

Era evidente que la gracia del Resucitado actuaba con poder. Pero era necesario formar e instruir a toda esa masa de recién convertidos que provenían del paganismo. Y entonces tuvo una intuición genial: incorporar a esa labor apostólica al converso Saulo. Bernabé había descubierto en él dotes muy notables; además, su condición de rabino versado en las Escrituras le predisponía para esta labor catequética. Y partió en su busca a su ciudad natal, Tarso, en donde había tenido que refugiarse por las amenazas de muerte recibidas tanto en Jerusalén como en Damasco.
 
Durante un año entero instruyeron a una gran muchedumbre en Antioquía. Ese fue un tiempo de entrenamiento para Pablo. Al lado de Bernabé fue aprendiendo las tradiciones cristianas primitivas y el modo como leían las Escrituras referidas a Jesús.
 
Juntos Bernabé y Saulo subieron a llevar socorros materiales a los hermanos de Jerusalén. Y a su regreso a Antioquía fueron enviados a la primera gran misión organizada para llevar el Evangelio a nuevas regiones. Pablo ya estaba capacitado y partió con Bernabé. En este primer viaje misionero Pablo pudo desplegar toda su capacidad de predicador y juntos fueron testigos de las maravillas que Dios realizaba por medio de ellos convirtiendo a los gentiles y suscitando nuevas comunidades cristianas por doquier.
 
También juntos sufrieron la persecución por Cristo y el Evangelio; y juntos defendieron en la asamblea de Jerusalén, frente a los judaizantes, que a los nuevos cristianos provenientes del paganismo no había que imponerles el cumplimiento de la Ley de Moisés.
A la vuelta de la asamblea de Jerusalén decidieron emprender un nuevo viaje misionero. Surgió entonces una tirantez que hizo que se separasen: Bernabé partió con Juan Marcos hacia Chipre, y Pablo, tomando como nuevo compañero de misión a Silas, partió hacia el Asia Menor.

Al parecer, Bernabé murió en su tierra natal. Pero Pablo siguió predicando por los caminos interminables del Imperio romano. Ya podía volar solo. Y llegaría a ser el gran san Pablo, «el primero después del Único». Gracias a aquel hombre que había confiado en él y le había capacitado para ser el gran Apóstol de los gentiles. Como Juan Bautista ante Jesús, Bernabé podía exclamar: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya».
(Textos bíblicos: Hch 4,36–37; 9,26-30; 11,19-30; 13-15)

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