sábado, 16 de marzo de 2013

DIÁCONO JORGE NOVOA: EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ


San Pablo  al predicar la Palabra de Dios a los Corintios, no quiso apoyarse en la vana elocuencia  humana, ni en la retórica, o en cualquier otra posible estrategia de los hombres, para evitar “desvirtuar la cruz de Cristo” (I Cor 1, 17).

La locura del amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo, tiene una fuerza comunicativa propia, que pude vaciarse o volverse infecunda, si intentamos volverla “razonable”. Cuando queremos explicarla desde las posibilidades del amor humano, sin la gracia divina, vaciamos su contenido, limándole su dimensión “escandalosa”. Este amor del Señor derramado debe provocar en nosotros un santo “escándalo”.La fuerza persuasiva del “amor más grande y hasta el extremo”, solamente se hace compresible para los que creen en la posibilidad de este extremo que se revela en la cruz.

Hay ciertamente, una dimensión de “locura” y “escándalo” en este amor que se nos manifiesta en la cruz, no al modo en que la comprendían los griegos (gentiles), de allí que todo intento por privarle de su dimensión escandalosa, la desvirtúa peligrosamente.

Hay que encontrarse con este amor de Dios y su lugar de manifestación es la cruz, es el lenguaje propio del “amor hasta el extremo”, que se manifiesta más fuerte que la muerte. Sólo en el, nuestro amor humano encuentra  que se dilatan los límites de la entrega, y su amor se establece  como medida del nuestro. “Ámense como yo los he amado”.

El don del Espíritu fecunda el amor humano, Dios con  la donación del Espíritu introduce  al hombre en la circulación del amor divino, porque el dado, “es Señor y dador de vida”. El Espíritu  Santo es el amor que se  comunican el Padre y el Hijo, y este dar y recibir amor entre las personas divinas, es un amor personal, el Espíritu Santo. Nadie puede reconocer este “amor más grande y hasta el extremo” de Jesús en la cruz, si no se lo revela el espíritu de Dios, que “sondea las profundidades de Dios” (I Cor 2,10).

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales” (I Cor 2 12-13).



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