viernes, 23 de marzo de 2012

HANS URS VON BALTHASAR: V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


El que se ama a sí mismo, se pierde. Este evangelio, ciertamente impresionante, es preludio de la pasión. Algunos gentiles quieren ver a Jesús; su misión, que incluye más allá de los límites de Israel, a todas las naciones, solo culminará con su muerte: únicamente desde la cruz, como se dice al final del evangelio atraerá hacia él a todos los hombres. El grano de trigo tiene que morir, sino queda infecundo; Jesús dice esto pensando en él mismo, pero también, y con gran énfasis, en todos aquellos que quieren servirle y seguirle. Y ante esta muerte, cargando con el pecado del mundo, Jesús se turba y tiene miedo: la angustia del monte de los Olivos le hace preguntarse si no debería pedir al Padre que le liberase de semejante trance; pero sabe que la encarnación entera sólo tendrá sentido si soporta la hora, si bebe el cáliz; por eso dice: “ Padre, glorifica tu nombre”. La voz del Padre confirma que todo el plan de la salvación hasta la cruz y la resurrección es un única glorificación del amor divino misericordioso que ha triunfado sobre el mal , “el príncipe de este mundo”. Cada palabra de este evangelio está indisolublemente trenzada con todas las demás que en ella se hace visible toda la obra salvífica ante la inminencia de la cruz.


Aprendió, sufriendo a obedecer. Juan, en el evangelio, amortigua en cierto modo los acentos del sufrimiento; para él todo, hasta lo más oscuro, es ya manifestación de la gloria del amor. En la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, se perciben por el contrario los acentos estridentes , dramáticos de la pasión, “ gritos y con lágrimas”, presentó oraciones y súplicas. Al Dios que podía salvarlo de la muerte. Por muy obediente que pueda ser, en la oscuridad del dolor y de la angustia, todo hombre, incluso Cristo, debe aprender de nuevo a obedecer. Todo hombre que sufre física o espiritualmente lo ha experimentado: lo que se cree poseer habitualmente, debe actualizarse, ha de reaprenderse, por así decirlo, desde el principio. Jesús gritó a su Padre y el texto dice que fue escuchado. Y ciertamente fue escuchado por el Padre, pero no entonces, sino solamente cuando llegó el momento de su resurrección de la muerte. Únicamente cuando el hijo hay sido llevado a la consumación podrá brillar abiertamente la luz del amor ya oculta en todo sufrimiento. Y solamente cuando todo haya sido sufrido hasta el extremo, se podrá considerar  fundada  esa alianza nueva de la que habla en la primera lectura.


Meteré mi ley en su pecho. Una nueva alianza ha sido sellada por Dios, después de que la primera fuera quebrantada. Mientras la soberanía de Dios era una soberanía basada en el poder, el Señor había sacado a los israelitas de Egipto, tomándolos de la mano, y los hombres no poseían una visión interior de la esencia del amor de Dios, era difícil, por no decir imposible, permanecer fiel a la alianza. Para ellos el amor que se le exigía era en cierto modo como un mandamiento, como una ley , y los hombres siempre propensos a transgredir las leyes para demostrar que son más fuertes que ellas. Pero cuando la ley del amor está dentro de sus corazones y aprenden a comprender desde dentro que Dios es amor, entonces la alianza se convierte en algo totalmente distinto, en una realidad interior, cada hombre la comprende ahora desde dentro, nadie tienen necesidad de aprenderla de otro, como se aprende en la escuela: Todos me conocerán, desde el pequeño al grande”.

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