lunes, 7 de abril de 2014

SAN AGUSTÍN : LA MISERABLE Y LA MISERICORDIA


Considerad ahora cómo pusieron a prueba su mansedumbre los enemigos del Señor. Los escribas y fariseos le presentan una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en el medio y le dicen: Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en adulterio. Moisés, en su ley, nos manda apedrear esta clase de mujeres; tú ¿qué dices? Palabras que decían tentándole con el fin de poderle acusar (Jn 8,3-6). 
Mas ¿de qué podían acusarle? ¿Le habían sorprendido a él en algún crimen o se ponía de algún modo aquella mujer en relación con él? ¿Qué significan pues, las palabras: Tentándole para tener de qué acusarle? Aquí se ve, hermanos, cómo descuella la admirable mansedumbre del Señor. Se dieron cuenta de que era dulce y manso en extremo, ya que estaba predicho de él: Ciñe tu espada al muslo, ; oh poderosísimo! Avanza, camina felizmente y reina con tu belleza y hermosura en atención a tu verdad, mansedumbre y justicia (Sal 44,4-5). Él nos trajo la verdad como maestro, la mansedumbre como libertador y la justicia como juez. Por eso el profeta predijo que reinaría en el Espíritu Santo (Is 11). Cuando hablaba se reconocía la verdad; cuando no reaccionaba a los ataques de los enemigos, se elogiaba su mansedumbre.


Sus enemigos se consumían de odio y envidia por ambas cosas, por su verdad y su mansedumbre, y quisieron echarle un lazo en la tercera, es decir, en su justicia. ¿Cómo? La ley ordenaba lapidar a las adúlteras; la ley que no podía ordenar injusticia alguna. Si él decía algo distinto de lo ordenado por la ley, se le debería considerar injusto. Cuchicheaban ellos entre sí: Se le considera amigo de la verdad y parece lleno de mansedumbre; debemos de tenderle una trampa respecto a la justicia; presentémosle una mujer sorprendida en adulterio y recordémosle lo que está mandado en la ley al respecto. Si ordena que sea lapidada, habrá perdido su mansedumbre, y si juzga que se la debe absolver, no salvará la justicia. Para no perder su mansedumbre, decían, por la que se ha hecho tan amable para el pueblo, dirá indudablemente que debe ser absuelta. Ésta será la ocasión de acusarle y declararle reo como trasgresor de la ley, objetándole: «Tú eres enemigo de la ley; sentencias contra Moisés; más aún, contra quien dio la ley; eres reo de muerte y has de ser apedreado con ella».

¡Qué palabras y razonamientos tan adecuados para encender más la pasión de la envidia y avivar aún más el fuego de la acusación y para exigir con insistencia la condenación! Y todo esto, ¿contra quién? La perversidad contra la rectitud, la falsedad contra la verdad, el corazón pervertido contra el corazón recto y la necedad contra la sabiduría. ¿Cuándo iban a preparar lazos en que no cayeran antes ellos? Mirad como la respuesta del Señor deja a salvo la justicia sin detrimento de su mansedumbre. No cayó prendido aquel a quien se tendía el lazo, sino quienes lo tendían: es que no creían en quien podía librarlos de los lazos.

¿Qué respuesta dio, pues, el Señor Jesús? ¿Cuál fue la respuesta de la verdad? ¿Cuál la de la sabiduría? ¿Cuál la de la justicia en persona a la que iba dirigida la trampa? La respuesta no fue: «No se la lapide», para no dar la impresión de que actuaba contra la ley; tampoco esta otra: «Sea lapidada», pues no había venido a perder lo que había hallado, sino a buscar lo que se había perdido (Lc 10,10). ¿Qué respondió? Observad qué respuesta saturada de justicia, de mansedumbre y de verdad: El que de vosotros esté sin pecado, arroje el primero la piedra contra ella (Jn 8,7).

¡Contestación digna de la sabiduría! ¡Cómo les hizo entrar dentro de sí mismos! Dedicados a calumniar continuamente a los demás, no se examinaban a sí mismos; clavaban los ojos en la adúltera, pero no en sí mismos. Siendo personalmente transgresores de la ley, querían que se cumpliese, en base a toda clase de argucias, no según las exigencias de la verdad, como sería condenar el adulterio en nombre de la propia castidad. Acabáis de oír, judíos, fariseos y doctores de la ley, acabáis de oírle como cumplidor de la ley, pero aún no habéis advertido que es el dador de la misma. ¿Qué quiere darnos a entender cuando escribe con el dedo en la tierra? La ley fue escrita con el dedo de Dios, pero en piedra, por la dureza de sus corazones. Ahora el Señor escribía ya en tierra porque quería sacar de ella algún fruto. Lo acabáis de oír. Cúmplase la ley; sea lapidada.

Pero, ¿es justo que ejecuten el castigo prescrito por la ley quienes deben ser castigados con ella? Mire cada uno a sí mismo; entre en su interior y póngase ante el tribunal de su corazón y de su conciencia y se verá obligado a hacer su confesión. Sabe quien es: No hay nadie que conozca la interioridad del hombre, sino el espíritu del hombre que mora en él (1 Cor 2,11). Todo el que dirige la mirada a su interior se descubre pecador. Está claro que es así. Luego, o tenéis que dejarla libre o tenéis que someteros juntamente con ella al peso de la ley. Si la sentencia del Señor hubiese ordenado que no se lapidara a la adúltera, pasaría por injusto. Si ordenaba la lapidación perdería la mansedumbre. La sentencia del justo y manso no podía ser otra: Quien de vosotros esté sin pecado, que arroje el primero la piedra contra ella. Es la justicia la que la sentencia: «Sufra el castigo la pecadora, pero no por manos de pecadores; cúmplase la ley, pero no por manos de sus transgresores». He aquí la sentencia de la justicia. Heridos por ella como por un grueso dardo, se miran a si mismos, se ven reos y salen todos de allí uno detrás de otro (Jn 8,9). Sólo quedan dos allí: la miserable y la Misericordia. Y el Señor, después de haberles clavado en el corazón el dardo de su justicia, no se digna ni siquiera mirar cómo van desapareciendo; aparta de ellos su vista y se pone de nuevo a escribir con el dedo en la tierra (Jn 8,8).

Sola aquella mujer e idos todos, levantó sus ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia. ¡Qué aterrada debió quedar aquella mujer cuando oyó decir al Señor: Quien de vosotros esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra! Mas ellos se miran a sí mismos y, confesándose reos con su fuga, dejan sola a aquella mujer con su gran pecado en presencia de quien no tenía pecado. Como ella le había oído decir: El que esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra, esperaba que ejecutase el castigo aquel en quien no podía hallarse pecado alguno. Mas el que había alejado de sí a sus enemigos con las palabras de la justicia, clava en ella los ojos de la mansedumbre y le pregunta: ¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, confiesa ella. Y él: Ni yo mismo te condeno; ni yo mismo, por quien tal vez temiste ser castigada, porque no hallaste en mí pecado alguno. Ni yo mismo te condeno. ¿Qué es esto? ¿Favoreces los pecados? Es claro que no es verdad. Mira lo que sigue: Vete y no peques más en adelante (Jn 8,10-11). El Señor dio la sentencia de condenación contra el pecado, no contra el hombre. Si fuera favorecedor del pecado, le habría dicho: «Ni yo mismo te condeno, vete y vive como quieras; bien segura puedes estar de mi absolución; peques lo que peques, yo mismo te libraré de las penas, incluidas las del infierno, y de sus verdugos». Pero no fue esta la sentencia.

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