jueves, 29 de septiembre de 2016

ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAÉL

El 29 de septiembre
  

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael



Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael
Santos Miguel Arcángel
O.D.M. pinxit

Dios puso a nuestros padres en el paraíso para que trabajaran y embellecieran la tierra. Además, por la ley de la encarnación, no podemos desetendernos de este mundo. No hay otro trampolín, decía Niko Kazantzakis, para lanzarnos hacia el cielo, que el apoyarnos en la tierra.
Pero también es verdad, como dice San Pablo, que somos ciudadanos del cielo, que nuestro politeuma, nuestro derecho de ciudadanía, está en el cielo. La Carta a los Hebreos lo confirma al decir que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Esa joya de la antigüedad cristiana que es la Carta a Diogneto, insiste en la misma idea: "Los cristianos habitan sus propias patrias, pero como forasteros. Están en la carne, pero no viven según la carne".
Es la conocida ley del "ya, pero todavía no". Mientras tanto, se requiere una auténtica jerarquía de valores: "Sabiduría para sopesar los bienes de la tierra, amando intensamente los del cielo" (Liturgia de Adviento). "Valorar los bienes de este mundo según el criterio de la ley de Dios". (Oración colecta de San Francisco de Borja).
De todos modos, si nuestro futuro está en lo cielos, ¿por qué no anticiparlo lo más posible? ¿Por qué no vivir en la tierra, como si ya estuviéramos en el cielo? Si hemos de vivir para siempre en el cielo con nuestros hermanos, ¿por qué no entrenarnos ya ahora con verdadero amor?
¿Por qué, durante nuestra jornada terrena, no buscamos más espacios para conversar con Jesús y con la Virgen María? ¿Por qué no cultivamos una amistad más íntima con nuestros santos predilectos? ¿Por qué no tenemos más familiaridad con los ángeles? Y esto, no para desentendernos de nuestros compromisos temporales, sino para ser más responsables. Dice Moisés en la Carta a los Hebreos: "Como si viera al Invisible, permaneció firme en su propósito". Es decir, precisamente porque vivía con perspectiva sobrenatural tuvo fuerzas para atravesar el desierto.
Este es, creo, el sentido y mensaje que nos ofrece la celebración de los arcángeles Miguel, Gabriel, y Rafael: protección y estímulo.
Miguel significa "¿quién como Dios?" Fue su divisa de guerra contra Lucifer y los ángeles rebeldes cuando quisieron igualarse con el Creador. Miguel es el jefe de la milicia celestial, es el príncipe de la luz. Es el defensor de la justicia, por lo que se le representa con una balanza. Es el protector y defensor de la Iglesia. Es la fiesta más antigua en honor de los ángeles. Es patrono de radiólogos y de los policías.
Gabriel significa "fortaleza de Dios". Es el anunciador, el gran mensajero celestial. A Daniel le anunció la venida del Mesías. A Zacarías le anunció el nacimiento del precursor de Jesús, Juan el Bautista. Y seis meses después se presentó en Nazaret y trajo a María la noticia más grande y feliz de todos los siglos: el Amor eterno la había escogido para ser madre del Redentor. Es patrono de las comunicaciones y de los filatelistas. El Embajador San Gabriel es también patrono de los embajadores.
Rafael significa "medicina de Dios". Curó a Tobit y acompañó a su hijo Tobías en el viaje que emprendió enviado por su padre. Curó también a Sara, la mujer de Tobías. Es el acompañante fiel y portador de salud. Es patrono de los novios y de los esposos. Le tienen también por patrono los caminantes, los marineros, los ciegos, los enfermos de peste, los farmacéuticos y los médicos.

SAN JUAN PABLO II: ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL

Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre.
El primero es Miguel Arcángel (Cfr. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus buenos: ´Mica-El´ significa, en efecto: ´¿quien como Dios?´. En este nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual los ángeles ´ven la faz del Padre´ que está en los cielos.

El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (Cfr. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa: ´Mi poder es Dios´ o ´Poder de Dios´, como para decir que en el culmen de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre omnipotente.
Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. "Rafa-El´ significa: ´Dios cura´, El se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el antiguo Testamento (Cfr. Tob 12, 50. 20, etc.), tan significativa en el hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre necesitados de Custodia, cuidado y protección.

Reflexionando bien se ve que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el autor de la Carta a los Hebreos: ´¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salvación?´ (1, 14).

martes, 27 de septiembre de 2016

BENEDICTO XVI: LOS ARCÁNGELES, MIGUEL,GABRIEL Y RAFAEL


Celebramos la fiesta de los tres Arcángeles que la sagrada Escritura menciona por su propio nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Pero, ¿qué es un ángel? La sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos.

Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra "El", que significa "Dios". Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza. Su verdadera naturaleza es estar en él y para él.

Precisamente así se explica también el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. En efecto, Dios es más íntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos.

Como un ángel para los demás
Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia está encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en sí mismo, tocándolo de parte de Dios. En este sentido, también nosotros, los seres humanos, deberíamos convertirnos continuamente en ángeles los unos para los otros, ángeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios.

Cuando la Iglesia antigua llama a los obispos ángeles de su Iglesia, quiere decir precisamente que los obispos mismos deben ser hombres de Dios, deben vivir orientados hacia Dios. Multum orat pro populo, "Ora mucho por el pueblo", dice el Breviario de la Iglesia a propósito de los obispos santos. El obispo debe ser un orante, uno que intercede por los hombres ante Dios. Cuanto más lo hace, tanto más comprende también a las personas que le han sido encomendadas y puede convertirse para ellas en un ángel, un mensajero de Dios, que les ayuda a encontrar su verdadera naturaleza, a encontrarse a sí mismas, y a vivir la idea que Dios tiene de ellas.

San Miguel: hacer espacio a Dios en el mundo 

San Miguel Arcángel, detalle de pintura en Galleria degli Uffizi (Florencia)
San Miguel Arcángel, detalle de pintura en Galleria degli Uffizi (Florencia)
Todo esto resulta aún más claro si contemplamos las figuras de los tres Arcángeles cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Ante todo, san Miguel. En la sagrada Escritura lo encontramos sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del apóstol san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En esos textos se ponen de manifiesto dos funciones de este Arcángel. Defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, de la "serpiente antigua", como dice san Juan. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que Dios obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de él.

Pero el dragón no sólo acusa a Dios. El Apocalipsis lo llama también "el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa día y noche delante de nuestro Dios" (Ap 12, 10). Quien aparta a Dios, no hace grande al hombre, sino que le quita su dignidad. Entonces el hombre se transforma en un producto defectuoso de la evolución. Quien acusa a Dios, acusa también al hombre. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades e insuficiencias: el esplendor de Dios brilla en cada persona.

El cristiano tiene por misión hacer espacio a Dios en el mundo contra las negaciones y defender así la grandeza del hombre. Y ¿qué cosa más grande se podría decir y pensar sobre el hombre que el hecho de que Dios mismo se ha hecho hombre?
La otra función del arcángel Miguel, según la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios (cf.Dn 10, 21; 12, 1). Queridos amigos, sed de verdad "ángeles custodios" de las Iglesias que se os encomendarán. Ayudad al pueblo de Dios, al que debéis preceder en su peregrinación, a encontrar la alegría en la fe y a aprender el discernimiento de espíritus: a acoger el bien y rechazar el mal, a seguir siendo y a ser cada vez más, en virtud de la esperanza de la fe, personas que aman en comunión con el Dios-Amor.

San Gabriel
San Gabriel
San Gabriel: Dios que llama
Al Arcángel Gabriel lo encontramos sobre todo en el magnífico relato del anuncio de la encarnación de Dios a María, como nos lo refiere san Lucas (cf. Lc 1, 26-38). Gabriel es el mensajero de la encarnación de Dios. Llama a la puerta de María y, a través de él, Dios mismo pide a María su "sí" a la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor: de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios.

En repetidas ocasiones el Señor llama a las puertas del corazón humano. En el Apocalipsis dice al "ángel" de la Iglesia de Laodicea y, a través de él, a los hombres de todos los tiempos: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). El Señor está a la puerta, a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón. Llama para que le permitamos entrar: la encarnación de Dios, su hacerse carne, debe continuar hasta el final de los tiempos.

Todos deben estar reunidos en Cristo en un solo cuerpo: esto nos lo dicen los grandes himnos sobre Cristo en la carta a los Efesios y en la carta a los Colosenses. Cristo llama. También hoy necesita personas que, por decirlo así, le ponen a disposición su carne, le proporcionan la materia del mundo y de su vida, contribuyendo así a la unificación entre Dios y el mundo, a la reconciliación del universo.

Queridos amigos, vosotros tenéis la misión de llamar en nombre de Cristo a los corazones de los hombres. Entrando vosotros mismos en unión con Cristo, podréis también asumir la función de Gabriel: llevar la llamada de Cristo a los hombres.

San Rafael: recobrar la vista
San Rafael y Tobías
San Rafael y Tobías
San Rafael se nos presenta, sobre todo en el libro de Tobías, como el ángel a quien está encomendada la misión de velar y curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, además de la tarea de anunciar el Evangelio, les encomienda siempre también la de curar. El buen samaritano, al recoger y curar a la persona herida que yacía a la vera del camino, se convierte sin palabras en un testigo del amor de Dios. Este hombre herido, necesitado de curación, somos todos nosotros. Anunciar el Evangelio significa ya de por sí curar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor.

El libro de Tobías refiere dos tareas emblemáticas de curación que realiza el Arcángel Rafael. Cura la comunión perturbada entre el hombre y la mujer. Cura su amor. Expulsa los demonios que, siempre de nuevo, desgarran y destruyen su amor. Purifica el clima entre los dos y les da la capacidad de acogerse mutuamente para siempre. El relato de Tobías presenta esta curación con imágenes legendarias.

En el Nuevo Testamento, el orden del matrimonio, establecido en la creación y amenazado de muchas maneras por el pecado, es curado por el hecho de que Cristo lo acoge en su amor redentor. Cristo hace del matrimonio un sacramento: su amor, al subir por nosotros a la cruz, es la fuerza sanadora que, en todas las confusiones, capacita para la reconciliación, purifica el clima y cura las heridas.
Al sacerdote está confiada la misión de llevar a los hombres continuamente al encuentro de la fuerza reconciliadora del amor de Cristo. Debe ser el "ángel" sanador que les ayude a fundamentar su amor en el sacramento y a vivirlo con empeño siempre renovado a partir de él.

En segundo lugar, el libro de Tobías habla de la curación de la ceguera. Todos sabemos que hoy nos amenaza seriamente la ceguera con respecto a Dios. Hoy es muy grande el peligro de que, ante todo lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que con ellas podemos hacer, nos hagamos ciegos con respecto a la luz de Dios.

Curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael, encomendado cada día al sacerdote y de modo especial al obispo. Así, nos viene espontáneamente también el pensamiento del sacramento de la Reconciliación, del sacramento de la Penitencia, que, en el sentido más profundo de la palabra, es un sacramento de curación. En efecto, la verdadera herida del alma, el motivo de todas nuestras demás heridas, es el pecado. Y sólo podemos ser curados, sólo podemos ser redimidos, si existe un perdón en virtud del poder de Dios, en virtud del poder del amor de Cristo.
"Permaneced en mi amor", nos dice hoy el Señor en el evangelio (Jn 15, 9). Permaneced en la amistad con él, llena del amor que él os regala de nuevo en este momento. Entonces vuestra vida dará fruto, un fruto que permanece (cf. Jn 15, 16).

Benedicto XVI, fragmentos de una homilía pronunciada en Ciudad del Vaticano, 29 de septiembre de 2007.

lunes, 26 de septiembre de 2016

JULIO ALONSO AMPUERO: CON MARÍA

Una sola vez se menciona en los Hechos a «María, la madre de Jesús» (1,14). Lo mismo que en los Evangelios, su presencia es sumamente discreta y pasa casi desapercibida.

Y sin embargo, si ponemos atención, nos damos cuenta de que esa presencia es completamente decisiva. María aparece con los Doce y la comunidad de hermanos perseverando en oración a la espera del Espíritu. La intercesión de María dispone a la Iglesia para la efusión del Espíritu.

Si la Iglesia está llamada a vivir un Pentecostés permanente, eso significa que ha de convertirse en un cenáculo permanente. La Iglesia debe vivir en oración constante, en la espera del Espíritu, en unión con María, la madre de Jesús. Y eso, la Iglesia toda: la jerarquía, los obispos y sus colaboradores los presbíteros –personificados en los Doce–; y la totalidad de los bautizados, hombres y mujeres –personificados en los 120 hermanos iniciales–. Sólo desde este cenáculo permanente la Iglesia puede crecer y multiplicarse.
Pero hay más. Al mencionar a María al inicio mismo de los Hechos, San Lucas parece ponerla en relación con la presencia de María al inicio de su Evangelio (Lc 1,26-38).
En efecto, María concibe y da a luz al Hijo de Dios, sin colaboración de varón, porque la fuerza del Espíritu desciende sobre ella y la fecunda.

Ahora bien, no es casual que en Lc 1,35 y en Hch 1,8 encontremos expresiones similares. En ambos textos se habla del «Espíritu Santo» que «desciende sobre» (mismo verbo) y se le califica de «fuerza» o «poder» (dynamis; en Lucas se habla de «poder del Altísimo», que por el paralelismo se refiere al Espíritu Santo). La consecuencia («por eso») es que el que ha de nacer será Santo e Hijo de Dios; en Hechos es que los discípulos serán testigos de Jesús hasta los confines de la tierra.

Esto sugiere que la Iglesia está llamada a prolongar la maternidad virginal de María. Si María hubiera concebido de varón habría dado a luz un simple hombre. Porque concibe por el poder del Espíritu que desciende sobre ella da a luz al Santo, al Hijo de Dios.
De igual manera, la Iglesia está llamada a «no conocer varón», es decir, a no apoyarse en medios naturales y a no buscar seguridades en ayudas humanas. Si dependiera de ello, sólo produciría obras humanas, frutos para este mundo y resultados a ras de tierra. Dejándose fecundar virginalmente por el poder del Espíritu Santo es hecha madre fecunda y engendra santos e hijos de Dios; cubierta por la sombra del Espíritu, transmite vida divina y eterna dando testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

En este sentido, podemos decir que María personifica ejemplarmente a la Iglesia. En ella podemos contemplar realizado con perfección cuanto en los capítulos precedentes hemos ido descubriendo en la Iglesia primitiva. María es modelo de acogida del Espíritu y de los planes de Dios («he aquí la esclava del Señor»). Evangelizada por el ángel, acepta sin condiciones el mensaje de Dios («hágase en mí según tu palabra») y se convierte en la primera evangelizadora al llevar a Jesús –presente en su seno– a casa de Isabel y permitirle que comience su acción salvífica. Es modelo de la Iglesia por su santidad de vida. Es modelo de oración en el cenáculo y con el Magnificat, en que proclama las obras grandes realizadas por Dios. Permanece firme junto a la cruz de su Hijo y Señor (Jn 19,25) con el alma llena de dolor (Lc 2,35).

Finalmente, con esa alusión a María al inicio de los Hechos y del Evangelio quizá san Lucas sugiera también la función maternal de María respecto de la Iglesia. La que engendró a Cristo, Cabeza de la Iglesia, colabora ahora en la gestación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y así es constituida madre del Cristo total. Lo mismo que el nacimiento de Cristo, también el de la Iglesia se produce «de Spiritu Sancto ex María Virgine». No es casual que se la mencione precisamente como «madre de Jesús». Por lo demás, la presencia de María entre aquellos discípulos todavía desalentados y temerosos, ¿no sugiere protección y cobijo?

viernes, 23 de septiembre de 2016

UNA ANÉCDOTA DEL PADRE PÍO EN URUGUAY


Monseñor Damiani, obispo uruguayo, fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre Pío. Luego de confesarse se quedó unos días en el convento. Una noche se sintió enfermo y llamaron al Padre Pío para que le diera los últimos sacramentos. El padre Pío tardó mucho en llegar y cuando lo hizo le dijo: “Ya sabía yo que no te morirías. Volverás a tu diócesis y trabajarás algunos años más para gloria de Dios y bien de las almas”. “Bueno”, contestó Monseñor Damiani, “me iré pero si usted me promete que irá a asistirme a la hora de mi muerte”. El Padre Pío dudó unos instantes y luego le dijo “Te lo prometo”.

Monseñor Damiani volvió al Uruguay y trabajó durante cuatro años en su diócesis. En el año 1941 Monseñor Alfredo Viola festejó sus bodas de plata sacerdotales. Para tal acontecimiento se reunieron todos los obispos uruguayos y algunos argentinos en la ciudad de Salto, Uruguay. Entre ellos estaba Monseñor Damiani, enfermo de angina pectoris.

Hacia la medianoche el Arzobispo de Montevideo, luego Cardenal Antonio María Barbieri, se despertó al oír golpear a su puerta. Apareció un fraile capuchino en su habitación que le dijo: “Vaya inmediatamente a ver a Monseñor Damiani. Se está muriendo”. Monseñor Barbieri fue corriendo a la alcoba de Monseñor Damiani, justo a tiempo para que éste recibiera la extremaunción y escribiera en un papel: “Padre Pío..” y no pudo terminar la frase. Fueron muchos los testigos que vieron un capuchino por los corredores. Quedó en el palacio espiscopal de Salto un medio guante del padre Pío que curó a varias personas.

En 1949 Monseñor Barbieri fue a San Giovanni Rotondo y reconoció en el padre al capuchino que había visto aquella noche, a más de diez mil kilómetros de distancia. El Padre no había salido en ningún momento de su convento. Hoy día hay en Salto una gruta que recuerda esta bilocación y desde allí el padre ha hecho varios milagros.

ENRIQUE CALICÓ: PADRE PÍO, VÍCTIMA PROPICIATORIA


El Padre Pío solía celebrar misa en Santa Ana, la iglesia donde recibió el bautismo, la primera comunión y la confirmación. Las misas eran largas, interrumpidas por inesperados éxtasis, tenía la gracia de vivir realmente las misas que celebraba, llenas de manifestaciones sobrenaturales. Esos años serán una etapa de pruebas durísimas, con ataques frecuentes deBarba Azul, como llamaba él a Satanás. Un día de 1912 escribe:

«Barba Azul y sus semejantes no paran de pegarme casi hasta darme muerte. No quiere confesarse vencido, adopta todas las formas, viene a visitarme con otros comparsas armados de palos y de instrumentos de hierro y, lo que es peor, mostrándose bajo sus propias formas...»,

Pero más adelante añadía: «Paciencia; Jesús, María, el Ángel, San José y el padre Francisco están casi siempre conmigo».
Contaba esta vida mística extraordinaria por obediencia a sus directores espirituales.

Había hecho ofrecimiento de su vida con todos sus sufrimientos para la conversión del mundo, y así se lo cuenta al padre Benedetto:
«Desde hace tiempo siento la necesidad de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio... que vierta sobre mí los castigos que están preparados para ellos... deseo hacer ese ofrecimiento al Señor con el permiso de usted».
Aceptó el Señor este ofrecimiento, permitiendo, además de esos cruentos ataques del demonio, su tan misteriosa enfermedad. El doctor Cardarelli de Nápoles, especialista en enfermedades pulmonares, pronosticó tajantemente:
–Apenas le queda un mes de vida.
El mismo médico, pasado cierto tiempo, reconocerá:
–No comprendo nada, nada de todo esto. ¡Si estaba clarísimo que le quedaban días de vida!

Por fin, en julio de 1916, a sus veintinueve años, entraba el Padre Pío en el convento de San Giovanni Rotondo y ya no lo abandonaría hasta su muerte, ocurrida cincuenta años más tarde. Este convento, situado en el promontorio de Gargano, en el Este de Italia, cerca de Foggia y perteneciente a la diócesis de Manfredonia, era un lugar apartado y olvidado del mundo, lugar ideal para nuestro fraile que sólo deseaba estar en oración permanente con Dios y compartir las reglas de San Francisco con sus hermanos de vocación. Pero las gracias sobrenaturales continuaban sucediéndose, cada vez con mayor intensidad.
Fuente: http//:www.gratisdate.org

CRONOLOGÍA DEL PADRE PÍO

1887. El 25 de mayo nace en Pietrelcina, Benevento, al sur de Italia.

1896-1902. Estudios elementales y primarios en su localidad natal.

1903. Noviciado en la Orden Franciscana, en los Capuchinos de Morcone.

1907. Profesión de votos solemnes.

1904-1909. Estudios eclesiásticos.

1909-1916. Con breves períodos en distintos conventos, permanece en Pietrelcina debido a su delicado estado de salud. Primeros fenómenos místicos. Los superiores dudan entre expulsarlo de la Orden o concederle permiso de exclaustración. Conceden permiso en 1915.

1915-1918. Llamado a filas, destinado en la 10ª Compañía de Sanidad en Nápoles. Periodo de permanencia en cuarteles interrumpida por inspecciones médicas y convalencencias.

1916. De febrero a julio en el convento de Santa Ana de Foggia y a partir de julio en Sta. María de las Gracias, en S. Giovanni Rotondo, en el monte Gargano, diócesis de Manfredonia.

1918. 5-7 agosto: Transverberación del corazón. 20 septiembre: Estigmatización. Comienza a acudir una multitud de personas a sus eucaristías y a confesarse.

1919-1920. Informes médicos que reconocen carácter sobrenatural de las heridas. Posterior visita doctor Gemelli e informe desfavorable a la prensa y al Santo Oficio. Oposición de canónigos y arzobispo de diócesis de Manfredonia, Mons. Gagliardi.

1923-31. Medidas restricitivas del ministerio del Padre Pío, por el Santo Oficio: celebración privada de la misa, no confesiones, no correspondencia, traslado a otro convento.

1931-1933. Práctica encarcelación en el convento del Padre Pío.

1933. Visita de Mons. Passetto por encargo de S.S. Pío XI. Nuevo obispo de Manfredonia Mons. Cesarano. Levantamiento de todas las restricciones y libertad para el ministerio.

1935. Bodas de plata sacerdotales. Bendición papal de S.S. Pío XI. Se multiplican las personas que acuden a S. Giovanni Rotondo, los fenómenos místicos, las conversiones y los milagros.

1942. Comienzan los Grupos de Oración. Apoyo de S.S. Pío XII al Padre Pío.

1956. Inauguración de la Casa Sollievo della Sofferenza.

1958. Quiebra de la Banca Giuffrè y problemas económicos de la provincia capuchina. Los superiores piden fondos de las obras del Padre Pío para saldar las deudas de la Orden. El Padre Pío y el administrador sólo conceden una cantidad limitada. Nuevas investigaciones, grabación secreta de sus conversaciones y confesiones.

1960. Mons. Ottaviani y Mons. Crovini, del Santo Oficio, visitan a Padre Pío y sus obras, informe favorable. Mons. Capovilla y Mons. Maccari, de la Secretaría de S.S. Juan XXIII, repiten visita y dan informe desfavorable. Bodas de oro sin bendición papal.

1960-1964. Nuevas limitaciones a su ministerio. Sus partidarios le defienden. Antes de morir, S.S. Juan XXIII destituye a los superiores que le han venido persiguiendo.

1964-1967. S.S. Pablo VI le restablece en la libertad de culto y ministerio. Deterioro progresivo de su estado de salud.

1968. El 20 de septiembre se cumplen 50 años de su estigmatización. Padre Pío muere el 23 de septiembre.

1983. Comienza la Causa para su Beatificación y Canonización.

1998. Se aprueba la autenticidad del milagro de la Sra. Consiglia de Martino.

1999. 2 de mayo. Beatificación por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro.

(FUENTE :ENRIQUE CALICÓ,Vida del Padre Pío)

jueves, 22 de septiembre de 2016

ENRIQUE CALICÓ: PADRE PÍO, ÉXTASIS CRUCIFICANTE


Muchas serían las almas que el Padre Pío encauzaría hacía Cristo a través de sus sufrimientos físicos y morales. El 20 de septiembre de 1918, a sus treinta y un años, día del éxtasis crucificante, aparecerán ya de forma definitiva los estigmas, llagas que sangrarán a lo largo del resto de su vida y le harán participar de la Pasión de Cristo. Y decimos definitivas, pues ya había tenido en varias ocasiones estas experiencias, acompañadas de fuertes dolores en manos, pies y corazón, en forma transitoria y que iría contando al Padre Benedetto con mucha discreción y gran vergüenza.

Parece que la verdadera misión del Padre Pío iba a empezar a partir de ese día. Sin embargo, hacía años que había empezado, incluso mucho antes de su total ofrecimiento. El 7 de abril de 1913 había escrito al padre Agostino sobre la aparición que había tenido el 28 de marzo, diez días antes. Entre otras cosas le decía así:

«El Viernes Santo estaba aún en la cama cuando Jesús se me apareció, en un estado lastimoso y desfigurado. Me mostró un gran número de sacerdotes infieles, algunos celebrando, otros preparándose. Le pregunté por qué sufría tanto. Apartándose de aquella multitud de sacerdotes con una expresión de disgusto en su rostro, exclamó: "¡Carniceros!" y mirándome, dijo: "Hijo mío, no creas que mi agonía duró solamente tres horas, no; estaré en agonía hasta el fin del mundo. Durante el tiempo de mi agonía, hijo mío, no hay que dormirse. Mi alma está buscando unas gotas de piedad humana"... »

Jesús, una vez más, repetía a sus almas privilegiadas el mensaje de su sufrimiento viendo la escalada espectacular de impiedad e indiferencia religiosa, porque algunos sacerdotes se han mostrado por debajo de su misión en sus costumbres, en su piedad o en el desvío de la doctrina. La misión del Padre Pío va a ser en gran parte una especie de reto lanzado al racionalismo moderno y a la incredulidad. Va a llevar hasta un punto sublime los misterios de la misa y de la confesión, ocasiones ambas en las que el sacerdote es más visiblemente otro Cristo. Le acompañarán los estigmas, que no sólo son una gracia del Señor, sino también un testimonio para el mundo entero.

Gente de todo el mundo irá a pedir consejo y buscar el perdón de Dios en San Giovanni Rotondo. El Padre Pío pasará horas y horas cada día en el confesonario e impartirá con sus manos la reconciliación y la paz.

martes, 20 de septiembre de 2016

EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO



El título mesiánico “Cordero de Dios” aparece dos veces en el cuarto evangelio (1,29.36) y constituye uno de los títulos más importantes de la cristología joánica. Indudablemente la frase recuerda la teología del misterioso “Siervo sufriente de Yahvé” que siendo inocente carga sobre sí el pecado de la humanidad (Is 42,1-4; 52,13-53,12). La imagen del “cordero” evoca naturalmente al cordero inmolado la noche de pascua, como signo y expresión de la liberación que Dios ha obrado en favor del pueblo.

Este fragmento nos resume el testimonio que Juan Bautista da de Jesús  cuyo centro es  esta frase: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (v. 29). Hay que notar que la proclamación de Juan habla de “pecado del mundo”, en singular. ¿Qué es este pecado? Digamos que es el comportamiento equivocado fundamental. El pecado del mundo, en el evangelio de Juan, no hace referencia a un pecado particular[1] o a la suma de todos los pecados de la humanidad, sino a la dureza radical del ser humano que rechaza el proyecto de Dios manifestado en Jesucristo, la mentalidad errónea del mundo que se enfrenta y se opone a Dios. Lo que Juan llama “el pecado del mundo” es un concepto teológico que alude a esa realidad misteriosa que se encuentra a la raíz de todo pecado personal y social y que el cuarto evangelio equipara a la incredulidad como rechazo consciente de la luz manifestada en Cristo.

Jesús quita “el pecado” del mundo  con su pasión. Ella ya está presente a través de la luz de su  palabra y de la fuerza del Espíritu que él dona a quienes llegan a creer. A través de la escucha obediente y vital del evangelio y de la apertura del corazón a la fuerza de Dios, llegamos a experimentar la liberación de las tinieblas de la mente y del corazón. Todos nuestros pecados son reflejo y expresión de ese “pecado del mundo” del que sólo Jesús Mesías puede liberarnos, a través de la luz de su evangelio y de su amor sin límite.

Algunos autores piensan que Juan, hablando en arameo, usó la expresión talja yhwh, en donde talja puede significar tanto “cordero” como “siervo”. A modo de hipótesis, podemos tal vez suponer que cuando el evangelio se escribió en griego se prefirió el sentido de cordero. Juan Bautista designa a Cristo con la palabra aramea "talja" (vv. 29 y 35). Con ello anunciaba que Cristo era, en efecto, ese servidor que, al inaugurar los tiempos mesiánicos, iba a recuperar un Espíritu que permitiría no volver a pecar. Este "Siervo" iba a "quitar" realmente el pecado del mundo (v. 29). Pero "talja", como anunciamos al principio, puede traducirse también por cordero. El evangelista privilegia,  el tema del Cordero pascual y divino, por su papel de expiación (Ap. 14, 1-5; 7, 15; 22, 3; Jn. 19, 36; cf. Act. 8, 32; 1 Pe. 1, 18-19). 



[1]  Juan sabe  que existen pecados personales, y lo ha expresado claramente  en 20,23, por tanto sabe muy bien que hay diversas y múltiples actitudes equivocadas.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

BENEDICTO XVI: EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


“¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro” (S. Andrés de Creta,Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97,1020). En este día en el que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Evangelio que acabamos de escuchar, nos recuerda el significado de este gran misterio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres (cf. Jn 3,16). El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8). Por su Cruz hemos sido salvados. El instrumento de suplicio que mostró, el Viernes Santo, el juicio de Dios sobre el mundo, se ha transformado en fuente de vida, de perdón, de misericordia, signo de reconciliación y de paz. “Para ser curados del pecado, miremos a Cristo crucificado”, decía san Agustín (Tratado sobre el Evangelio de san Juan, XII, 11). 

Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida. Sobre este árbol, Jesús nos revela su majestad soberana, nos revela que Él es el exaltado en la gloria. Sí, “venid a adorarlo”. En medio de nosotros se encuentra Quien nos ha amado hasta dar su vida por nosotros, Quien invita a todo ser humano a acercarse a Él con confianza.

Es el gran misterio que María nos confía también esta mañana invitándonos a volvernos hacia su Hijo. En efecto, es significativo que, en la primera aparición a Bernadette, María comience su encuentro con la señal de la Cruz. Más que un simple signo, Bernadette recibe de María una iniciación a los misterios de la fe. La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló aquí, en Lourdes. Ella invita a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.

La Iglesia ha recibido la misión de mostrar a todos el rostro amoroso de Dios, manifestado en Jesucristo. ¿Sabremos comprender que en el Crucificado del Gólgota está nuestra dignidad de hijos de Dios que, empañada por el pecado, nos fue devuelta? Volvamos nuestras miradas hacia Cristo. Él nos hará libres para amar como Él nos ama y para construir un mundo reconciliado. Porque, con esta Cruz, Jesús cargó el peso de todos los sufrimientos e injusticias de nuestra humanidad. Él ha cargado las humillaciones y discriminaciones, las torturas sufridas en numerosas regiones del mundo por muchos hermanos y hermanas nuestros por amor a Cristo. Les encomendamos a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, presente al pie de la Cruz.

martes, 13 de septiembre de 2016

" YO SOY" EN EL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN

«En el principio existía el Verbo» (Jn 1, 1). Estas palabras, con las que comienza san Juan su evangelio, nos remontan más allá del inicio de nuestro tiempo, hasta la eternidad divina. A diferencia de san Mateo y san Lucas, que sobre todo se dedican a relatar las circunstancias del nacimiento humano del Hijo de Dios, san Juan dirige su mirada al misterio de su preexistencia divina.

En esta frase, «en el principio» significa el inicio absoluto, inicio sin inicio, es decir, la eternidad. La expresión es un eco de la del relato de la creación: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1, 1). Pero en la creación se trataba del inicio del tiempo, mientras aquí, donde se habla del Verbo, se trata de la eternidad.

Cristo, al poseer, como Verbo, una existencia eterna, tiene un origen que se remonta más allá de su nacimiento en el tiempo. Esta afirmación de san Juan se funda en unas palabras precisas de Jesús mismo. A los judíos que le reprochaban su pretensión de haber visto a Abraham sin haber cumplido cincuenta años Jesús replica: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo soy» (Jn 8, 58). Esa afirmación subraya el contraste entre el devenir de Abraham y el ser de Jesús. 

En efecto, el verbo que en el texto griego se aplica a Abraham significa «devenir» o «venir a la existencia»: es el verbo adecuado para designar el modo de existir propio de las criaturas. Al contrario, sólo Jesús puede decir: «Yo soy», indicando con esa expresión la plenitud del ser, que se halla por encima de cualquier devenir. Así expresa su conciencia de poseer un ser personal eterno.


Aplicándose a sí mismo la expresión «Yo soy», Jesús hace suyo el nombre de Dios, revelado a Moisés en el Éxodo. Yahveh, el Señor, después de encomendarle la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, le asegura su asistencia y cercanía, y casi como prenda de su fidelidad le revela el misterio de su nombre: «Yo soy el que soy» (Ex 3, 14). Así, Moisés podrá decir a los israelitas: «"Yo soy" me ha enviado a vosotros» (Ex 3, 14). Este nombre manifiesta la presencia salvífica de Dios en favor de su pueblo, pero también su misterio inaccesible.

Jesús hace referencia al Nombre con el que el Dios de a Antigua Alianza se califica a Sí mismo ante Moisés, en el momento de confiarle la misión a la que está llamado: "Yo soy el que soy... responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros" (Ex 3,14). De este modo Jesús habla de Sí, por ejemplo en el marco de la discusión sobre Abrahán: "Antes que Abrahán naciese, YO SOY" (Jn 8,58). Ya esta expresión nos permite comprender que "el Hijo del Hombre" da testimonio de su divina preexistencia. Y tal afirmación no está aislada.

"Más de una vez Cristo habla del misterio de su Persona y la expresión más sintética parece ser ésta: "Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre" (Jn 16, 28). Jesús dirige estas palabras a los Apóstoles en el discurso de despedida, la vigilia de los acontecimientos pascuales. Indican claramente que antes de "venir" al mundo Cristo "estaba" junto al Padre como Hijo. Indican, pues, su preexistencia en Dios. Jesús da a comprender claramente que su existencia terrena no puede separarse de dicha preexistencia en Dios. Sin ella su realidad personal no se puede entender correctamente.

Expresiones semejantes las hay numerosas. Cuando Jesús alude a la propia venida desde el Padre al mundo, sus palabras hacen referencia generalmente a su preexistencia divina. Esto está claro de modo especial en el Evangelio de Juan. Jesús dice ante Pilato: "Yo para esto he nacido y par esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 37); y quizás no carece de importancia el hecho de que Pilato le pregunte más tarde: "¿De dónde eres tú?" (Jn 19, 9). Y antes aún leemos: "Mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vengo y adónde voy" (Jn 8, 14). A propósito de ese "¿De dónde eres tú?" en el coloquio nocturno con Nicodemo podemos escuchar una declaración significativa: "Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo" (Jn 3, 13). Esta "venida" del cielo, del Padre, indica la "preexistencia" divina de Cristo incluso en relación con su "marcha": "¿Qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí donde estaba antes?", pregunta Jesús en el contexto del "discurso eucarístico" en las cercanías de Cafarnaum (Cfr. Jn 6, 62).

Toda la existencia terrena de Jesús como Mesías resulta de aquel "antes" y a él se vincula de nuevo como a una "dimensión" fundamental, según la cual el Hijo es "una sola cosa" con el Padre. Cuán elocuentes son, desde este punto de vista, las palabras de la "oración sacerdotal" en el Cenáculo!: "Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese" (Jn 17, 4-5).

También los Evangelios sinópticos hablan en muchos pasajes sobre la "venida" del Hijo del hombre para la salvación del mundo (Cfr. por ejemplo Lc 19, 10; Mc 10, 45; Mt 20, 28); sin embargo, los textos de Juan contienen una referencia especialmente clara a la preexistencia de Cristo.

La síntesis más plena de esta verdad está contenida en el Prólogo del cuarto Evangelio. Se puede decir que en dicho texto la verdad sobre la preexistencia divina del Hijo del hombre adquiere una ulterior explicitación, en cierto sentido definitiva: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por El... En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no a acogieron" (Jn 1,1-5). En estas frases el Evangelista confirma lo que Jesús decía de Sí mismo, cuando declaraba: "Salí del Padre y vine al mundo" (Jn 16, 28), cuando rogaba al Padre lo glorificase con la gloria que El tenía cerca de El antes que el mundo existiese (Cfr. Jn 17, 5). Al mismo tiempo la preexistencia del Hijo en el Padre se vincula estrechamente con la revelación del misterio trinitario de Dios: el Hijo es el Verbo eterno, es "Dios de Dios", de la misma naturaleza que el Padre (como se expresará el Concilio de Nicea en el Símbolo de la fe). La fórmula conciliar refleja precisamente el Prólogo de Juan: "El Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios". Afirmar la preexistencia de Cristo en el Padre equivale a reconocer su divinidad. A su naturaleza, como a la naturaleza del Padre, pertenece la eternidad. Esto se indica con la referencia a la preexistencia eterna en el Padre.

(basado en una catequesis de san Juan Pablo II)

lunes, 12 de septiembre de 2016

LA LUZ DE CRISTO NO CONOCE PUESTA DEL SOL

Aparece  en el prólogo de San Juan  la antítesis Luz-tinieblas que aparece también en Jn 3,19;8,12;9,4;11,9. Esta manera metafórica de hablar contrapone radicalmente el ámbito divino de la luz del ámbito antidivino de las tinieblas. Jesús, la luz del mundo, hace que la fuerza de la luz y de la vida vuelva a irrumpir en el cosmos entenebrecido (1,9;3,19;12,46). Finalmente, la imagen también se aplica al comportamiento moral de los hombres, puestos al descubierto por el portador de la luz escatológica (3,19ss).Todos estos aspectos están implicados y asociados entre sí en la venida de la luz de Cristo: la salvífica irrupción de la luz divina en el mundo, el llamamiento dirigido a los hombres a optar aquí y ahora por la luz, la división de los hombres según su pertenencia a  al luz o a las  tinieblas(1 Jn 2,8). 

La luminosidad de Dios se concentra en Cristo como en un foco. Él es el portador de la luz y el que trae la luz. Metáfora de ello fue el hecho de dar vista a los ciegos (Jn 9). Él es la luz misma, la verdadera, auténtica, real y propia luz (Jn1,7-9; Jn 3,19; Jn 8,12 ).Toda luz terrena alude a Él. En Él se hizo presente la eterna luz de Dios dentro de la historia humana.  En la nueva Jerusalén celestial irrumpe con poder manifiesto desde su cuerpo glorificado. Su brillo ilumina la ciudad celeste. La luz que ilumina desde el Señor es distinta de toda luz terrena.


Aunque ésta ilumine al mundo con tanta claridad, el mundo con su indigencia y sus pecados puede parecer, sin embargo, oscuro al hombre. En este sentido dice San Buenaventura que el mundo está lleno de nochesSe pregunta Claudel: "¿Puedes asegurarme que vale la pena abrir los ojos? ¿Puedo ver la justicia si los abro?"  Aunque el sol parezca tan claro, no puede expulsar la noche de la injusticia y de la vulgaridad. 

La luz de Cristo no sólo ilumina de otra manera, sino que transforma el mundo. Por eso es la verdadera luz. Comparada con su fuerza luminosa, toda luz terrena es una turbia apariencia. La luz de Cristo no conoce puesta de sol. Por eso la ciudad celestial no conoce la noche, sino sólo un día eterno. Sus habitantes son transfigurados por la luz procedente de Cristo glorificado. Se hacen luminosos. Se cumple lo prometido en II Cor. 3, 18: "Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor." 

jueves, 8 de septiembre de 2016

V. MESSORI: "ALLÍ DONDE LA VIRGEN ES OLVIDADA, SE DESVANECE CRISTO"

Se ha publicado en español el libro «Hipótesis sobre María» en el que el escritor Vittorio Messori hace un riguroso estudio donde considera a la Virgen la mujer más influyente de la historia.

La obra más conocida de este escritor fue «Hipótesis sobre Jesús» (1976), escrita tras él haber experimentado un largo camino hacia la conversión. Messori entrevistó a dos Papas. Primero al que era prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, en el libro «Informe sobre la fe» (1984). En su obra, «Hipótesis sobre María», Messori aclara quién es la Virgen María, qué credibilidad merecen sus apariciones en Lourdes, Fátima, etc., y qué significado tiene la Madre de Dios para el cristianismo.

«Cuando en 1976 publiqué mi primer libro, “Hipótesis sobre Jesús”, muchos lectores me pidieron que me pusiera al trabajo con las “Hipótesis sobre María”», confiesa Messori en declaraciones a Zenit. «El asunto, entonces, me parecía extraño, inaceptable. El hecho es que a Jesús se le encuentra en las calles, la Madre está en casa, en la discreción: se la conoce y se la ama cuando se alcanza bastante intimidad con el Hijo para entrar donde Él habita», afirma.

«María, para la sabiduría del mundo, no es nada -aclara-. Para la perspectiva de la fe es un abismo de misterio: es persona humana como nosotros y a la vez es instrumento indispensable para el mayor acontecimiento y con diferencia: la encarnación de Dios mismo», explica. El autor busca con estas 470 páginas «mostrar que es posible ser devotos marianos sin caer en una cierta retórica, en un “devocionismo”». El autor cree que la devoción a la Virgen no es algo «de creyentes sentimentales o ignorantes, sino una exigencia irrenunciable para todo creyente», explica.

El periodista considera que «todo lo que la Iglesia ha dicho y dice sobre la Madre está al servicio de Cristo, en defensa de su humanidad y a la vez divinidad». Afirma que «la “mariología” es, en realidad, “cristología”; sus dogmas no son sino confirmación y baluarte de los de su Hijo». «Allí donde María ha sido olvidada, antes o después se ha desvanecido también Cristo», insiste. «En estas hipótesis sobre María me ocupo mucho de apariciones, aun limitándome a las reconocidas por la Iglesia. En las apariciones la Virgen continúa su vocación de madre que corre junto a los hijos en los momentos difíciles. Las apariciones son una llamada, una sacudida, una confirmación, un afianzamiento», agrega.

El autor italiano afirma que cuando puede acude «como peregrino a los santuarios marianos europeos: allí encuentro a las multitudes que ya no acuden a sus parroquias, pero que son atraídas por aquellos lugares donde la presencia materna se ha manifestado», concluye.En concreto, el escritor expone que «en Occidente el incremento de las peregrinaciones ha sido el único índice de signo positivo en una Iglesia donde todo disminuía, desde la participación en los sacramentos hasta las vocaciones».

Y considera que «la devoción mariana es actualmente tal vez el mayor recurso pastoral: y no sé qué pensar de ciertos “clérigos intelectuales” que rechazan o hasta desprecian esta extraordinaria posibilidad», concluye.

(Fuente: La Razón)