jueves, 22 de septiembre de 2016

ENRIQUE CALICÓ: PADRE PÍO, ÉXTASIS CRUCIFICANTE


Muchas serían las almas que el Padre Pío encauzaría hacía Cristo a través de sus sufrimientos físicos y morales. El 20 de septiembre de 1918, a sus treinta y un años, día del éxtasis crucificante, aparecerán ya de forma definitiva los estigmas, llagas que sangrarán a lo largo del resto de su vida y le harán participar de la Pasión de Cristo. Y decimos definitivas, pues ya había tenido en varias ocasiones estas experiencias, acompañadas de fuertes dolores en manos, pies y corazón, en forma transitoria y que iría contando al Padre Benedetto con mucha discreción y gran vergüenza.

Parece que la verdadera misión del Padre Pío iba a empezar a partir de ese día. Sin embargo, hacía años que había empezado, incluso mucho antes de su total ofrecimiento. El 7 de abril de 1913 había escrito al padre Agostino sobre la aparición que había tenido el 28 de marzo, diez días antes. Entre otras cosas le decía así:

«El Viernes Santo estaba aún en la cama cuando Jesús se me apareció, en un estado lastimoso y desfigurado. Me mostró un gran número de sacerdotes infieles, algunos celebrando, otros preparándose. Le pregunté por qué sufría tanto. Apartándose de aquella multitud de sacerdotes con una expresión de disgusto en su rostro, exclamó: "¡Carniceros!" y mirándome, dijo: "Hijo mío, no creas que mi agonía duró solamente tres horas, no; estaré en agonía hasta el fin del mundo. Durante el tiempo de mi agonía, hijo mío, no hay que dormirse. Mi alma está buscando unas gotas de piedad humana"... »

Jesús, una vez más, repetía a sus almas privilegiadas el mensaje de su sufrimiento viendo la escalada espectacular de impiedad e indiferencia religiosa, porque algunos sacerdotes se han mostrado por debajo de su misión en sus costumbres, en su piedad o en el desvío de la doctrina. La misión del Padre Pío va a ser en gran parte una especie de reto lanzado al racionalismo moderno y a la incredulidad. Va a llevar hasta un punto sublime los misterios de la misa y de la confesión, ocasiones ambas en las que el sacerdote es más visiblemente otro Cristo. Le acompañarán los estigmas, que no sólo son una gracia del Señor, sino también un testimonio para el mundo entero.

Gente de todo el mundo irá a pedir consejo y buscar el perdón de Dios en San Giovanni Rotondo. El Padre Pío pasará horas y horas cada día en el confesonario e impartirá con sus manos la reconciliación y la paz.