lunes, 30 de abril de 2012

CRISTIADA UNA PELÍCULA IMPERDIBLE

Un general retirado acepta organizar militarmente a múltiples grupos de inconformes que se han levantado en armas, en diferentes partes del país, para defender la libertad religiosa. Cuando leyes injustas coartan la libertad religiosa y establecen que el tener fe en Dios te convierte en delincuente, lo natural es exigir su derogación. Esto sucedió en México en pleno siglo XX y muchos mexicanos todavía lo recuerdan, a pesar de que la historia oficial ha intentado ignorarlo. “Cristiada”, producida por “Dos Corazones Films”, es una película mexicana que rescata un tema histórico que ningún mexicano puede desconocer.

Nos encontramos en la segunda mitad de la década de los ’20 en México. Las leyes anticlericales pergeñadas en la Constitución de 1917 se radicalizan con las nuevas disposiciones del presidente Plutarco Elías Calles (Rubén Blades), la llamada “Ley Calles” que imponían severas restricciones a la libertad religiosa. La respuesta de los católicos no se hace esperar: hay manifestaciones civiles, una recolección de firmas, un boicot económico y, finalmente, debido a la cerrazón de Calles ante las protestas pacíficas, muchos recurren a la resistencia armada. Son los llamados “Cristeros” que, al grito de “Viva Cristo Rey” ponen en jaque al gobierno.

Los levantamientos se multiplican en varios estados del país y, para unificarlos y coordinarlos, la Liga Defensora de la Libertad Religiosa contrata al general retirado Enrique Gorostieta (Andy García). Su esposa Tulita (Eva Longoria) al principio se opone, pues teme por la vida de su marido. Sin embargo, después de reflexionar, ella misma lo anima a involucrarse en este gran ideal.
La represión gubernamental dio origen a innumerables actos heroicos así como martirios impresionantes, como los de Anacleto González Flores (Eduardo Verástegui) y José Sánchez del Río (Mauricio Kuri), un muchacho de tan solo 14 años de edad que, al presenciar el asesinato del Padre Christopher (Peter O’toole) solicita su ingreso como ayudante en el ejército de los Cristeros. Hubo asimismo mujeres que abastecían secretamente de municiones, alimentos y medicinas a los combatientes como Adriana (Catalina Sandino Moreno). Mención especialen la cinta merece Victoriano Ramírez “El 14” (Oscar Isaac), que se distinguía tanto por su osadía como por su indisciplina. La cinta está dirigida por el norteamericano Dean Wright, conocido por su trabajo como asistente de dirección en filmes como “Las crónicas de Narnia: El León, la Bruja y el Ropero”, y “El Príncipe Caspian”; ha trabajado también en los efectos especiales de Titanic, The Lord of the Rings: TheTwo Towers y El Retorno del Rey, por mencionar algunas, y es la producción mexicana más costosa de la historia. El esfuerzo ha merecido la pen apuesto que rescata para las generaciones actuales la hazaña de los católicos que, en pleno Siglo XX, ante la intransigencia de un gobierno torpe y déspota, se vieron obligados a defender el derecho fundamental a la libertad religiosa.

 El guion de Michael Lovei ntegra con fluidez la realidad histórica –con algunas licencias- y cumple su objetivo de dar una idea global del origen y el desarrollo del conflicto y ha contado con la asesoría del historiador Jean Meyer, quien ha investigado y trabajado en este tema durante 30 años y es autor del libro “La Cristiada”. Los hechos y los personajes son tocados brevemente, pues sería imposible abarcar todas las hazañas y el protagonismo completo de cada personaje en los 140 minutos que dura la producción, pero nos deja la inquietud de adquirir una visión más amplia de los acontecimientos en los numerosos libros históricos y ensayos sobre este apasionante episodio de la Historia. Un mérito adicional de esta muy recomendable película que, a decir del actor Santiago Cabrera “…Le devuelve (al cine mexicano) el nivel y el reconocimiento mundial de que gozó en tiempos pasados”. (cinesíntesis.blogspot.com)

 
 Página oficial: http://www.cristiadapelicula.com/

sábado, 28 de abril de 2012

CARDENAL PIACENZA: CARTA A LOS SACERDOTES SOBRE LA SANTIDAD Y NUEVA EVANGELIZACIÓN





Queridos Sacerdotes: En la próxima solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el 15 de junio de 2012, celebraremos, como de costumbre, la “Jornada Mundial de Oración para la Santificación del Clero”.
La expresión de la Escritura «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Ts 4, 3), aunque vaya dirigida a todos los cristianos, se refiere e n modo particular a nosotros, los sacerdotes, que hemos aceptado no sólo la invitación a “santificarnos”, sino también a convertirnos en “ministros de santificación” para nuestros hermanos.
Esta “voluntad de Dios”, en nuestro caso, por decirlo así, se ha doblado y multiplicado al infinito, tanto que a ella podemos y debemos obedecer en cada acción ministerial que llevamos a cabo.
Este es nuestro estupendo destino: no podemos santificarnos sin trabajar para la santidad de nuestros hermanos, y no podemos trabajar para la santidad de nuestros hermanos sin que antes hayamos trabajado y trabajemos para nue stra santidad.
Al introducir a la Iglesia en el nuevo milenio, el Beato Juan Pablo II nos recordaba la normalidad de este “ideal de perfección”, que debe ofrecerse en seguida a todos: «Preguntar a un catecúmeno: “¿quieres recibir el bautismo?”, significa al mismo tiempo preguntarle: “¿quieres ser santo?”» 1.
Ciertamente, en el día de nuestra Ordenación sacerdotal, esta misma pregunta bautismal resonó de nuevo en nuestro corazón, pidiendo una vez más nuestra respuesta personal; pero se nos ha confiado para que supiésemos dirigirla también a nuestros fieles, custodiando su belleza y preciosidad.
La conciencia de nuestros incumplimientos personales no contradice esta persuasión, como tampoco lo hacen las culpas de algunos que, a veces, han humillado el sacerdocio a los ojos del mundo.
A distancia de diez años —considerando que las noticias difundidas se agravan — debemos dejar que resuenen de nuevo en nue stro corazón, con mayor fuerza y urgencia, las palabras que Juan Pablo II nos dirigió el Jueves Santo del año 2002: «Además, en cuanto sacerdotes, nos sentimos en estos momentos personalmente conmovidos en lo más íntimo por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado la gracia recibida con la Ordenación, cediendo incluso a las peores
manifestaciones del mysterium iniquitatis que actúa en el mundo. Se provocan así escándalos graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos los demás sacerdotes beneméritos, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, y a veces con caridad heroica. Mientras la Iglesia expresa su propia solicitud por las víctimas y se esfuerza por responder con justicia y verdad a cada situación penosa, todos nosotros —conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina — estamos llamados a abrazar el
mysterium Crucis y a comprometernos aún más en la búsqueda de la santidad. Hemos de orar para que Dios, en su providencia, suscite en los corazones un generoso y renovado impulso de ese ideal de entrega total a Cristo que está en la base del ministerio sacerdotal»2.
Como ministros de la misericordia de Dios, sabemos, por tanto, que la búsqueda de la santidad siempre se puede retomar, a partir del arrepentimiento y el perdón. Pero a la vez sentimos la necesidad de pedirlo, cada sacerdote, en nombre de todos los sacerdotes y para todos los sacerdotes3.
Refuerza nuestra confianza la invitación que la propia Iglesia nos dirige a cruzar nuevamente el umbral de la Porta fidei, acompañando a todos nuestros fieles. Sabemos que este es el título de la Carta apostólica con la cual el Santo Padre Benedicto XVI convocó el Año de la Fe que comenzará el próximo 12 de octubre de 2012.
Una reflexión sobre las circunstancias de esta invitación nos puede ayudar.
Se sitúa en el 50° aniversario de la apertura del Concilio ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962) y en el 20° aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica (11 de octubre de 1992). Además, para el mes de octubre de 2012, se ha convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre el tema de "La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana".
Se nos pedirá, pues, trabajar en profundidad sobre cada uno de estos “capítulos”:
– sobre el Concilio Vaticano II, a fin de que sea de nuevo acogido com o «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX»: “Una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza ”, “una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”4;
– sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, para que realmente se acoja y se utilice «como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial y como una regla segura para la enseñanza de la fe»5;
– sobre la preparación del próximo Sínodo de los Obispos, para que sea realmente «una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe »6.
Por ahora —como introducción a todo el trabajo— podemos meditar brevemente sobre esta indicación del Pontífice, en la cual todo converge: «Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la al egría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe».7
“Los hombres de cada generación”, “todos los pueblos de la tierra”, “nueva evangelización”: ante este horizonte tan universal, sobre todo nosotros, los sacerdotes, debemos preguntarnos cómo y dónde estas afirmaciones pueden unirse y consistir.
Podemos, pues, comenzar recordando que ya el Catecismo de la Iglesia Católica se abre con un abrazo universal, reconociendo que “El hombre es «capaz» de Dios”8; pero lo hace eligiendo —como su primera cita— este texto del Concilio ecuménico Vaticano II: «La razón más alta (“eximia ratio”) de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor (“ex amore”), es conservado siempre por amor (“ex amore”); y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador . Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente » (“hanc intimam ac vitalem coniunctionem cum Deo”)9.
¿Cómo olvidar que, con el texto que acabamos de citar —precisamente en la riqueza de las formulaciones escogidas— los Padres conciliares querían dirigirse directamente a los ateos, afirmando la inmensa dignidad de la vocación, de la que se habían alejado como hombres? ¡Y lo hacían con las mismas palabras que sirven para describir la experiencia cristiana, en el culmen de su intensidad mística!
También la Carta apostólica Porta Fidei inicia afirmando que esta «introduce en la vida de comunión con Dios », lo que significa que nos permite adentrarnos directamente en el misterio central de la fe que debemos profesar: «Profesar la fe en la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— equivale a creer en un solo Dios que es Amor» (ibídem, n. 1).
Todo esto debe resonar de modo especial en nuestro corazón y en nuestra inteligencia, para que seamos conscientes de cuál es hoy el drama más grave de nuestros tiempos.
Las naciones cristianizadas ya no sienten la tentación de ceder a un ateísmo genérico (como en el pasado), sino que corren el riesgo de ser víctimas de ese particular ateísmo que viene de haber olvidado la belleza y el calor de la Revelación Trinitaria.
Hoy son sobre todo los sacerdotes, en su adoración diaria y en su ministerio diario, quienes deben encauzarlo todo hacia la Comunión Trinitaria: sólo a partir de esta y adentrándose en esta, los fieles pueden descubrir verdaderamente el rostro del Hijo de Dios y su contemporaneidad, y pueden verdaderamente llegar al corazón de todo hombre y a la patria a la cual todos están llamados. Y sólo así los sacerdotes podemos ofrecer de nuevo a los hombres de hoy la dignidad del ser persona, el sentido de las relaciones humanas y de la vida social, y la finalidad de toda la creación.
“Creer en un solo Dios que es Amor”: no será realmente posible ninguna nueva evangelización si los cristianos no somos capaces d e sorprender y conmover nuevamente al mundo con el anuncio de la Naturaleza de Amor de Nuestro Dios, en las Tres Divinas Personas que la expresan y que nos hacen partícipes de su misma vida.
El mundo de hoy, con sus laceraciones cada vez más dolorosas y preocupantes, necesita al Dios-Trinidad, y anunciarlo es la tarea de la Iglesia.
La Iglesia, para poder desempeñar esta tarea, debe permanecer indisolublemente abrazada a Cristo y no dejar nunca que se le separe de Él: necesita santos que vivan “en el corazón de Jesús” y sean testigos felices del Amor Trinitario de Dios. ¡Y los Sacerdotes, para servir a la Iglesia y al mundo, necesitan ser santos!
Vaticano, 26 de marzo de 2012
Solemnidad de la Anunciación de la Santísima Virgen
NOTAS
1 Carta Apostólica Novo millennio ineunte, n. 31.
2 JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo del año 2002.
3 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El sacerdote ministro de la Misericordia Divina. Material para Confesores y
Directores espirituales, 9 de marzo de 2011, 14-18; 74-76; 110-116 (el sacerdote como penitente y discípulo espiritual).
4 Cf. Porta fidei, n. 5.
5 Cf. Ibídem, n. 11.
6 Ibídem, n. 4.
7 Ibídem, n. 7.
8 Sección Primera. Capítulo I.
9 Gaudium et Spes, n. 19 y Catecismo de la Iglesia Católica n. 27.

viernes, 27 de abril de 2012

ALBERT VANHOYE SI: MODIFICAR EL CONCEPTO DE SACRIFICIO

Para entender correctamente el sacrificio de Cristo es necesario, antes que nada, modificar nuestro concepto de sacrificio. En el lenguaje corriente esta palabra asumió un sentido negativo: significa privación penosa. Una madre de familia, por ejemplo, dirá: En estos tiempos, el aumento del costo de la vida impone muchos sacrificios. Tenemos que prescindir de varias cosas que nos serían útiles. Pero en sí, sacrificio es un término positivo del lenguaje religioso; es el sustantivo que corresponde al verbo sacrificar, el cual significa hacer sacro, así como simplificar significa hacer simple y purificar, hacer puro.


La idea, por lo tanto, no es la de una privación, sino al contrario, la de agregarle un valor, la de un enriquecimiento. Se trata de hacer sacro lo que no lo era, y esto exige una comunicación de la santidad divina, la cual es la más positiva de todas las realidades, la más rica de valor. Un sacrificio puede también comportar un significado penoso, pero no se le debe identificar con él, ya que su significado más importante consiste en la transformación positiva de la realidad. Una pena que es sólo una pena no es un sacrificio. Llega a ser sacrificio si es transformada desde el interior, en medio de una santificación, de una comunión más íntima con Dios.
Tal transformación se realiza por medio del amor divino, porque la santidad de Dios es una santidad de amor. El sacrificio de Cristo consistió en colmar de amor divino su sufrimiento y su muerte, hasta el punto de obtener la victoria del amor sobre la muerte. La resurrección es parte integrante del sacrificio de Cristo, porque constituye el éxito positivo. Una visión superficial de las cosas vislumbra entre la muerte de Jesús en la cruz y su resurrección sólo una gran ruptura. En cambio, una visión profunda percibe una íntima continuidad: con la fuerza interior del amor, Jesús transformó su sufrimiento y su muerte en fuente de una nueva vida, una vida de perfecta unión con Dios en la gloria. La transformación realizada en la pasión produjo la resurrección.

El sacrificio de Cristo es el evento más positivo que jamás haya existido. Presenta una inagotable riqueza de significados. En estas páginas se explicarán algunos de estos significados, los más importantes, para que los lectores los puedan acoger mejor en su vida personal. Veremos posteriormente el significado fundamental del agradecimiento, después los de purificación de pecados, de liberación pascual, de la institución de la nueva alianza y de la consagración sacerdotal. Así podremos entender un poco mejor qué significan las palabras del cuatro evangelio: Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3,16).
Tanto amó Dios al mundo, San Pablo, 2005, pp 5-7

jueves, 26 de abril de 2012

HANS URS VON BALTHASAR: IV DOMINGO DEL TIEMPO PASCUAL

El buen pastor da la vida por las ovejas. La parábola del buen pastor, por muy realista que sea Jesús en su descripción, sólo adquiere toda su fuerza plástica en él, el  “Pastor” asignado por Dios a los hombres. Se mencionan dos distintivos: primero los desvelos del pastor por su rebaño hasta la muerte y después un mutuo conocimiento entre el pastor y las ovejas, un conocimiento cuya profundidad se cimienta en el misterio más íntimo de Dios.

De la entrega hasta la muerte se habla al principio y al final del evangelio. Esta entrega es lo contrario de la huida del “asalariado”, que cuando llega el peligro tiene el pretexto de que la vida de un ser humano vale más que la de cualquier animal irracional. Este argumento sólo pierde fuerza cuando al pastor le importan tanto sus ovejas que prefiere dar su vida por ellas antes de abandonarlas. En el ámbito puramente natural esto resulta difícil de imaginar, pero en el ámbito de la gracia se convierte en la verdad central, porque sólo se hace comprensible con la ayuda del segundo elemento de la parábola: que el pastor conozca sus ovejas y éstas también le conozcan a él instintivamente, es para Jesús sólo el punto de comparación para un conocimiento totalmente distinto: “Igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”. Aquí no se trata ya de un instinto, sino del más amor trinitario. Y cuando Jesús aplica este supremo conocimiento de amor a la íntima reciprocidad entre él y los suyos, eleva este conocimiento muy por encima de lo que sugiere en la parábola.


Y así se aclara también que el primer momento de la parábola: dar la vida por las ovejas, y el segundo: conocimiento mutuo, no están simplemente yuxtapuestos sino intrínsecamente unidos: porque el conocimiento entre el Padre y el Hijo forma una unidad con su perfecta entrega recíproca; y por eso el conocimiento entre Jesús y los suyos forma también una unidad con la entrega perfecta de Jesús a los suyos y por los suyos, lo que ciertamente implica (aunque aquí no se formule) la unidad del conocimiento y de la entrega vital del  cristiano a su Señor. Ambos temas aparecen expresamente unidos al final: el Padre ama al Hijo (también) por su perfecta entrega a los hombres –lo que es al mismo tiempo libertad del Hijo y “misión” del Padre-, y esa entrega incondicional a los hombres es también- porque es amor divino- el poder de la victoria sobre la muerte (“el poder para recuperar la vida”).


Ningún otro nombre bajo el cielo. Pedro, en la primera lectura, atribuye al Señor todo el honor del milagro realizado por él. Se le interroga, se le pregunta con qué poder y en nombre de quién ha curado al paralítico. Respuesta: con el poder y de la “piedra angular que vosotros desechasteis”, pues únicamente en Jesús pueden los hombres encontrar la salud, la salud espiritual y en este caso también la corporal. No es que todos los guardianes de las ovejas sean meros “asalariados”, pues el propio Pedro ha sido designado por el Señor para apacentar su rebaño. Pero se trata del rebaño de Cristo, no de Pedro, de modo que todo lo que es eficaz y apropiado es obra del supremo Pastor (1 P 5,4), si bien mediante la acción de sus colaboradores.


El mundo no nos conoce. La segunda lectura dice, leída en este contexto, que el mundo no puede conocer la íntima relación que existe entre Jesús y los suyos: por ejemplo la relación de un papa o de un obispo con Cristo, su Señor. Como el mundo no conoce a Cristo, tampoco puede ver a la Iglesia en su unidad con Cristo, ni medir la distancia que la separa de él. Pero la lectura va aún más lejos: tampoco la propia Iglesia puede comprender del todo esta relación mientras dure su peregrinación en la tierra; es tan misteriosa que sólo se desvelará en la vida eterna: entonces la relación entre el Hombre-Dios y la Iglesia quedará integrada en la relación trinitaria, sin disolverse en ella.

BENEDICTO XVI: SIN LA ORACIÓN NUESTRAS OCUPACIONES SON ACTIVISMO

MEDJUGORJE 25 DE ABRIL



“¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración y a que su corazón, hijitos, se abra a Dios como una flor hacia el calor del sol. Yo estoy con ustedes e intercedo por todos ustedes. Gracias por haber respondido a mi llamado.”


lunes, 23 de abril de 2012

TESTIMONIO DE EDUARDO VERÁSTEGUI (EWTN)

El programa que conduce Pepe Alonso, "Nuestra fe en vivo", y que se trasmite por el maravilloso canal EWTN, que Dios nos regaló por medio de la madre Angélica, presentó el testimonio impactante de Eduardo Verástegui. Te invito a ver este video, ha sido fraccionado en seis partes para que pueda bajar rápidamente, seguramente será de mucha bendición para tu vida...


http://www.youtube.com/watch?v=y9c8NwcC7LY (1)
http://www.youtube.com/watch?v=Brs9bf1flVk&feature=related (2)
http://www.youtube.com/watch?v=CO75I1j_usA&feature=related (3)
http://www.youtube.com/watch?v=h_JiU6ojU9Q&feature=related (4)
http://www.youtube.com/watch?v=xgCLXdmSjK4&feature=related (5)
http://www.youtube.com/watch?v=UTkZzs-pTEg&feature=related (6)

domingo, 22 de abril de 2012

HORACIO BOJORGE SJ : EL AGUA DE SAN IGNACIO

El pueblo fiel invocaba la intercesión de San Ignacio, convencido de que Dios le concedería lo que le pidiese por ser siervo suyo. Esa intercesión se imploraba acompañándola con el uso de un sacramental: el agua de San Ignacio, que los enfermos bebían o con la que se lavaban implorando la curación.

La costumbre de beber agua santificada para obtener algún favor de Dios se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Podía ser simplemente agua bendita, pero algunas veces, para obtener mayor eficacia, se ponía en contacto con las reliquias de los Santos o del 'Lignum Crucis' (=madera de la Cruz). La aplicación de esta práctica al culto del Fundador de la Compañía dio lugar al 'agua de San Ignacio', cuyo uso comenzó a extenderse algunos años después de su muerte.

El Padre Pedro de Ribadeneyra refiere que, en la peste de Burgos de 1599, muchos enfermos recobraron la salud por beber agua que había estado en contacto con un huesecillo de San Ignacio. A falta de otro testimonio anterior, éste sería el dato más antiguo sobre la eficacia del agua ignaciana. Los testimonios sobre el uso milagroso del agua de San Ignacio son muy abundantes a partir del siglo XVII, a medida que los jesuitas extendían por todo el mundo la devoción a su Fundador. [REVUELTA GONZÁLEZ, Manuel, El Agua de San Ignacio, artículo en la revista: XX Siglos Revista de Historia de la Iglesia y Cultura (Madrid), 2 (1991)Nº 6, pp. 66-75]
El P. Luis Fiter S.J. difusor del agua de San Ignacio

Este jesuita es uno 'de los muchos' que, según dice la Leyenda de Oro, difundieron la memoria de los milagros obrados por Ignacio y la confianza en su intercesión. El Padre Luis Fiter, en un folleto publicado en 1885, divulgó muchos de los prodigios atribuidos al agua de San Ignacio, tomados de los Bolandistas y de los biógrafos antiguos del Santo. Los capítulos de ese folleto recorren los amplios espacios a los que se extiende la eficacia del agua de San Ignacio: remedio para los enfermos desahuciados y todo género de dolencias, motivo de verdadera esperanza para los moribundos, socorro muy eficaz en los partos difíciles y peligrosos, auxilio en los infortunios temporales, preservativo y curativo de la peste y del cólera, protección y defensa de los combates espirituales.

El autor explica después el modo de usar el agua, que es muy sencillo: 'Basta tomarla una vez al día en poquísima cantidad mientras subsiste la epidemia o hay peligro de ella. Cuando se desee la curación de alguna enfermedad, puede además lavarse la parte enferma del cuerpo o hacer sobre ella la señal de la cruz con algún lienzo empapado en agua de San Ignacio'. Además de beberla, los devotos deben rezar tres veces el Padre Nuestro, Ave María y Gloria a la Santísima Trinidad, acabando con la invocación: 'San Ignacio, rogad por nosotros'. El Padre Fiter añadía recomendaciones para evitar toda superstición o imprudencia. Por eso aconsejaba a los devotos que no prescindieran de las precauciones higiénicas ni de los remedios médicos, y les recordaba que el principal requisito para obtener los favores celestiales era la fe en Dios en conformidad con la voluntad divina. ( M. Revuelta-G., artículo citado)
El agua de San Ignacio durante la epidemia de cólera en España en 1885

El historiador Manuel González Revuelta, (M. Revuelta-G., artículo citado), nos relata esta interesante historia, que trasunta la misma relación de confianza entre Ignacio y el pueblo fiel que denotan los hechos que hemos venido contando:

Las grandes epidemias han excitado siempre el sentimiento religioso de los pueblos. El avance incontenible de la enfermedad y de la muerte fomentaba el sentimiento de la limitación humana e impulsaba a buscar remedios en los auxilios celestiales. Toda España se sintió abatida con la gran epidemia de 1885. Los jesuitas, como otros religiosos y sacerdotes, procuraron atender a los enfermos ofreciéndoles sus servicios espirituales o despachando comida a los pobres. Cuando pasó la epidemia, el Provincial de Aragón (que gobernaba a los jesuitas de Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares) envió una circular a las casas de su jurisdicción pidiendo datos estadísticos sobre el número de enfermos y muertos de cada población, los servicios espirituales y temporales ejercitados por los jesuitas, los frutos de sus trabajos, y los hechos edificantes dignos de mención. Del conjunto de las respuestas se saca, como conclusión, que los jesuitas prestaron en general buenos servicios a las poblaciones afligidas, y que la epidemia había fomentado las prácticas religiosas (conversiones, confesiones, oraciones y rogativas). Otro de los efectos de la epidemia había sido el uso masivo del agua de San Ignacio, hasta entonces desconocida, con resultados doblemente satisfactorios, en primer lugar, por las admirables curaciones obtenidas, y en segundo lugar, por haber extendido la devoción al Fundador de la Compañía.

Aunque de todas las ciudades llegaron afirmaciones generales sobre la eficacia del agua de San Ignacio, por el contenido de las cartas se deduce que el uso que de ella se hizo fue desigual. En Barcelona, Gerona y Manresa se distribuyó agua en abundancia, pero no sucedieron casos llamativos. En el Colegio Máximo de Tortosa, sin embargo, se atribuía al agua milagrosa el que ninguno de la casa hubiera caído enfermo. De Tarragona llegó la noticia de un hecho que fue considerado como milagroso. Una mujer, que venía de la iglesia de los jesuitas con un cántaro de agua de San Ignacio, oyó los gritos de un hombre acometido por el cólera. La mujer acudió a darle agua mientras le decía: 'tingui fe, tingui fe'.

En acabando de beber, el enfermo, dando un grito de admiración y entusiasmo, exclama: 'ja estich curat, l’aigua santa me ha curat', l’aigua santa me ha curat'. Efectivamente, a la hora de haber tomado el agua, levantóse el enfermo de la cama y púsose a comer tranquilamente con su familia.

En Aragón los jesuitas que vivían en el Noviciado de Veruela y en el Colegio del Salvador de Zaragoza no pudieron contar hechos maravillosos del agua de San Ignacio. Mucho más admirable que los posibles prodigios fue el ejemplo que dieron de caridad cristiana. Los novicios atendieron en los oficios más humildes a los coléricos de la vecina ciudad de Tarazona, donde el Padre José Armengol murió heroicamente sirviendo a los enfermos. Fue considerado como un mártir de la caridad. También en Zaragoza doce jesuitas del Colegio asistieron a los enfermos, y el Rector acudió a Calatayud cuando más arreciaba allí la enfermedad. Cuando amainaba la epidemia en Zaragoza, la enfermedad invadió el Colegio, donde murieron tres jesuitas jóvenes, mientras otros trece fueron atacados de gravedad.

De la región valenciana llegaron noticias sorprendentes. En la ciudad de Valencia, donde la incidencia del cólera había sido muy fuerte, se repartieron en el Colegio de los jesuitas 22.574 raciones de caldo a los pobres, y hubo días en que se bendijeron 16 cántaros de agua de San Ignacio, a la que muchos enfermos atribuían efectos maravillosos. La demanda del agua milagrosa alcanzó extremos inusitados en dos pueblos cercanos. En Agullent, donde pasaban sus vacaciones algunos jesuitas, las gentes acudían al médico, en última instancia, y como los enfermos morían llegaron a acusarle de envenenar a los enfermos. El pobre médico cayó enfermo, y también el cura. El alcalde pidió entonces ayuda a los jesuitas, y acudieron los Padres Pedro Torras y Nicolás Falomir, que fueron recibidos "como ángeles venidos del cielo" y no dejaron de repartir agua de San Ignacio. Los del pueblo de Onteniente, deseando beneficiarse de aquella medicina, enviaron una comisión a Agullent para solicitar agua de San Ignacio. En pocas horas un Padre bendijo de 300 a 400 cántaros de agua, y otros más en los días siguientes.

Se hizo además un triduo al Cristo de la Agonía y hubo numerosas conversiones. Las defunciones fueron disminuyendo desde que se bendijo el agua de San Ignacio. Las mayores maravillas atribuidas al agua de San Ignacio llegaron de Orihuela, donde los jesuitas del Colegio de Santo Domingo gozaban de gran prestigio. Para dar a conocer aquellos prodigios se difundió un relato ciclostilado, en el que se afirmaba que el agua de San Ignacio, que antes era desconocida en Orihuela, 'obtuvo con ocasión del cólera una aceptación y fama universal'.

Empezaron a usarla los Padres del Colegio por orden del Padre Rector. Al extenderse la noticia de los buenos efectos que producía el agua, 'el pueblo venía en tropel a proveerse de ella', y como no sabían la cantidad que habían de tomar hubo que explicarles que bastaba tomar una copita o media jícara, aconsejándoles el rezo del Padre Nuestro y Ave María 'y advirtiéndoles que San Ignacio miraría con mejores ojos y escucharía las súplicas de los que, purificada la conciencia, tomasen el agua con mucha fe y confianza'. De Orihuela voló la noticia a los pueblos vecinos. El relato nombra a 17 de estos pueblos, desde los que se acudía a Orihuela en busca de agua. Las gentes tenían tanta fe en ella que preferían un pucherito a cualquier otra medicina. En poco más de un mes un Padre muy cuidadoso, que se encargaba de bendecir el agua a todas horas, despachó 4.730 litros a los devotos. Otro relato, también poligrafiado, narra 35 curaciones con los nombres de las personas curadas y de los testigos que las confirmaban, más otros cinco casos que se añaden en un apéndice. Como conclusión del relato se dice: 'el Santo, que apenas se conocía en este país, ha sido verdaderamente glorificado'.
De otras partes de España no tenemos tantas noticias. El Padre Juan José de la Torre, que era consejero del Padre General en Italia, se hacía eco de los prodigios que le contaban: 'del agua de San Ignacio cuentan que hace maravillas'. En el País Vasco, donde se mantuvo siempre la tradicional devoción a San Ignacio, se le invocó en aquellos momentos con especial fervor. La crónica latina de la Residencia de los jesuitas de Bilbao del año 1885 dice lo siguiente: 'Después de celebrar en la iglesia de Santiago el mes de junio en honor del Sagrado Corazón de Jesús, se dedicó el mes de julio a honrar al Santo Padre Ignacio, que es el Patrono principal de la Provincia de Vizcaya. El altar del Santo Padre fue adornado espontáneamente con flores y cirios por el pueblo, al igual que el año pasado. Tan pronto como la gente tuvo noticia del agua bendita de San Ignacio, acudió a surtirse de ella, como si se tratara de una fuente; todos acudían a nuestra casa con mucha frecuencia, y un día vinieron más de 150. El mes concluyó con una novena expiatoria, al estilo de una misión: se le dio ese carácter para que Dios se dignase alejar el azote de la peste asiática, que ya ha empezado a visitar algunos pueblos y ciudades en Francia y en España, de esta ciudad y región, por la intercesión y méritos del Santo Padre, que le tienen como Patrono'.

Cuando pasó la epidemia se mantuvo en muchos lugares la devoción a San Ignacio. Un testimonio de Orihuela lo afirma claramente. 'La gente ha cobrado gran devoción a San Ignacio desde el cólera, en que el agua del Santo hizo prodigios. El altar en que se colocó una estatua del Santo tiene muchísimos exvotos, y algunos son de plata'. De otros lugares llegaban parecidos testimonios. Un jesuita residente en Tortosa escribía a un compañero que muchos campesinos del barrio habían ido a misa el día de San Ignacio y algunos habían hecho fiesta; 'usan de su bendita agua con mucha frecuencia, devoción y fe, y más a ella que a las medicinas atribuyen sus curaciones'"( Manuel Revuelta, Artículo citado en nota 1)

viernes, 20 de abril de 2012

DIÁCONO JORGE NOVOA : ITINERARIO DE SU VOCACIÓN (3)


III- El hallazgo

En la carta de Pablo a los Corintios, Dios saciará la búsqueda de Teresa"como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios" (Manuscrito B)ciertamente que hay dones al servicio de la Iglesia, ellos son concedidos por Dios para el bien de todos, por lo cual es necesario ejercerlos, no para pavonearse, no es propio del don de Dios alardear como si fuera solamente fruto del esfuerzo humano. Si en realidad el llamado de Dios está ausente, no basta con querer. El querer para ser fecundo debe reconocerse como respuesta a un llamado.

La enseñanza encontrada por Teresita en la carta a los Corintios sobre los carismas, esclarece su búsqueda. No todos estamos llamados a ser sacerdotes, mártires y confesores. Esta primera revelación, tal vez un poco desalentadora a primera vista, preparará su corazón para que conozca el fundamento sólido de todas estas formas de vida en la Iglesia. "La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba paz" (Manuscrito B).

" Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no le faltaría el más necesario, el más noble de todos, comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón estaba ardiendo de Amor"


En la Iglesia, la vocación y todas las vocaciones son posibles solamente por el Amor, no hay vocación que no tenga su origen en el Amor. Es el Amor Trinitario el que suscita para bien de la Iglesia la vocación, incluso la respuesta debe darse en la gracia de ese amor, otorgada a la Iglesia en ese hombre o esa mujer. Esto parece poner la vocación tan sólo al alcance de unos pocos, y ciertamente todos estamos llamados a vivir la vocación bautismal, en el Amor Trinitario que nos ha llamado a participar en su Iglesia.

Si la Iglesia tiene un corazón, este debe ser el motor que impulsa a los apóstoles, mártires, sacerdotes y profetas, sin su "fuerza", no podrían anunciar el Evangelio, no serían capaces de dar testimonio de Jesús en tantas situaciones difíciles como tienen que enfrentar.


"Si hay un corazón, Yo seré el amor en la Iglesia", así el rayo de luz divino toma forma en esta maravillosa frase de Teresa, y le esclarece en su entendimiento esta verdad fundante de la existencia cristiana. A su luz ella contemplará todo lo que le ocurra. El amor de Dios la fortalece para vivir como ofrenda que arde sin consumirse en la hoguera del amor divino. Participa del amor pascual de Cristo, que según los relatos evangélicos, sobre todo S. Juan, presenta dos características: es deseado ardientemente y se consuma viviéndolo hasta el extremo.

Así como el maestro ha deseado ardientemente vivir su Pascua, así elige a Teresa para participar en este deseo ardiente "que no se consume", la posesión que Dios toma de Teresa, la hace análogamente como a la zarza ,"arder sin consumirse".

Para poder vivir así, es necesario "amar hasta el extremo", Teresa, va por esta gracia que Jesús le concede a vivir totalmente abismada en su Divino esposo, que "tiene sed de amor". Este amar hasta el extremo, solamente se puede realizar si confiadamente el alma se entrega totalmente en los brazos del Señor, para que este la conduzca" en medio de la más oscura tormenta" con el rayo de su gracia. Para llegar a "la cima de la montaña del amor, Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud".



IV-_Epílogo


¿Qué puede decirnos a nosotros ésta joven monja de clausura del Carmelo de Lisiuex? ¿Alcanza con su mensaje a hombres y mujeres que viven inmersos en la vorágine del mundo actual?

Yo creo que su mensaje absolutamente actual, es portador de una palabra esperanzadora e iluminadora. Todos debemos entrar en el Carmelo? No, sin llamado no basta mi querer, el llamado es un don, un regalo, un misterio que no tiene su origen en nosotros. ¿Entonces, la puerta que conduce a la santidad está clausurada para nosotros?

El Santo Padre nos da una serie de lineamientos generales en orden a las prioridades pastorales de la Iglesia Universal cuando entramos en el Nuevo Milenio, la santidad es la perspectiva en la que debe situarse este camino ,la santidad es una "urgencia pastoral" (NMI n 30). Podemos caer en la trágica tentación, de creer que esta propuesta, no acarrea grandes e inmediatas consecuencias para la vida de una Iglesia local. El "Inmediatismo activista y el fariseísmo" son tentaciones permanentes que asechan a la barca de Pedro y a sus pastores. El Papa como el Señor nos infunde confianza, ante nuestra impaciencia, -"no hemos pescado nada", "nuestras redees están vacías"- nos invita con la voz del Señor a "navegar mar adentro". La santidad no es para las orillas cómodas, es una vida de profundidad, hay que ir "mar adentro". La tempestad de los "mesianismos intrahistóricos eclesiales" cesa ante la voz del pastor, confiemos en el Señor y adentrémonos en "Su mar". Duc in altum.



Caminos múltiples


Este mensaje de Teresa se inscribe en la llamada universal a la santidad, hecha por el Concilio Vaticano II, todos estamos llamados a la santidad. "Sea cual fuere nuestro estado de vida o el hábito que llevemos, cada uno de nosotros tiene que ser el santo de Dios. ¿Quién es, pues, más santo? Quien más ama, quien contempla más a Dios y satisface las exigencias de la mirada divina" (Isabel de la Trinidad).

"Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno" (NMI n 31). En la variedad de caminos Dios expresa la belleza inagotable de su gracia, la santidad es la ciencia del amor.

En el documento conciliar llamado Lumen Gentium, luego de mirar a los miembros del Pueblo de Dios, desde la particular aportación de cada uno, obispos, presbíteros y diáconos, desarrolla todo un capítulo dedicado a los laicos, concluyendo con la vida religiosa (vida consagrada), es decir luego de enumerar la riqueza de la variedad, destaca lo común a todos, la "llamada universal a la santidad". Para todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, este es el lugar común, la santidad. Desde el origen (Bautismo) por el cual somos miembros del Pueblo de Dios, es decir, hemos sido injertados en la vid de Cristo, somos uno con Él. Resaltando la aportación de cada uno de los miembros del Pueblo (orden, laicos, vida consagrada) en orden a la misión (evangelizar) debemos comunicar la vida (gracia) que viniendo de Dios nos nutre (santificación) e impulsa a correr hacia la meta (visión de Dios).

En la imagen del Cuerpo, S.Pablo nos dice que "hay muchos miembros" y que todos son necesarios, es imposible decir a alguno, "no te necesito", todos recibimos la vida de la única vid y nos nutrimos con su savia, el buen funcionamiento de un miembro redunda en beneficio de todo el cuerpo. La vida santa de un creyente enriquece la vida de la Iglesia y la impulsa hacia el cumplimiento más eficaz de su misión. Teresa llama la atención sobre el poder transformador de la caridad. Todos podemos amar, y vivir este amor en las cosas cotidianas, y así edificar la Iglesia. Ningún gesto de amor se pierde, Dios no deja estéril ningún acto de amor, y aunque nosotros a veces no percibamos su efecto inmediato, Dios en el tiempo oportuno, lo distribuye para nosotros o en otros, según sea necesario. Una mamá que cuida a sus hijos y esposo, deposita en Dios este tesoro de amar generosamente y Dios siempre devuelve el ciento por uno. Solo el amor salva, y ahora posee un rostro concreto, Jesús de Nazaret, este es el grito de Teresa, tal vez, sea la puerta olvidada de la humanidad, que por ser estrecha está abandonada. Teresa nos anuncia esta buena noticia que tiene su origen en el Evangelio. Su vida es una experiencia luminosa de la gracia, que la introdujo en la ciencia del amor.



Caminos actuales y posibles


" Vivir de amor es navegar sin tregua,
en las almas sembrando paz y gozo.
¡Oh mi piloto amado!,la caridad me urge,
pues te veo en las almas mis hermanas

La caridad me guía, ella es mi estrella,
bogo siempre a su luz.
En mi vela yo llevo grabada mi divisa:
¡vivir de amor!"

Vivir de amor es una poesía de enorme profundidad, este canto que entona Teresa por la vida de la caridad, es descalificado por la voz del mundo que le ordena;"¡Vivir de amor, oh que locura extraña -me dice el mundo-cesa ya tu canto!"

El discípulo de Jesús sabe desde siempre a que tres enemigos debe enfrentar; mundo (realidad negativa presente en el mundo que se opone al plan de Dios, capitaneado por el que S. Juan llama príncipe de este mundo) demonio ( ser personal, espiritual que busca permanentemente apartarnos de Dios) carne (nuestras propias inclinaciones, la concupiscencia, etc). Estos enemigos de la naturaleza humana, lo son de modo mayor en tanto la cultura actual no los distingue con claridad; llamar al mal bien y al bien mal es un modo de confusión babélico. "Jesús es un tesoro escondido, un bien inestimable que pocas almas saben encontrar, porque está escondido y el mundo ama lo que brilla".Teresa nos anima a vivir bajo la luz de la caridad, ella transforma lo amargo en dulce,"Jesús hace dulce lo más amargo" lo difuso por su presencia queda esclarecido. A pesar de ser un camino arduo en virtud de la resistencia del pecado, la caridad inunda poco a poco la vida del creyente, para ser un río que brotando en las fuentes del cordero, se derrama en el mundo, allí donde el creyente por la gracia obra la voluntad de Dios.

Ante tanta verdad que se nos manifiesta sin necesidad de argumentos que la defiendan, lo mejor es callar y contemplar, miremos con admiración la obra de Dios y agradezcámosle por Santa Teresita del Niño Jesús.
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jueves, 19 de abril de 2012

HANS URS VON BALTHASAR: TERCER DOMINGO DE PASCUA

Todo tenía que cumplirse. En su aparición a los discípulos reunidos, Jesús les quita en primer lugar el miedo –creían ver un fantasma-, haciéndoles reconocer su corporeidad del modo más tangible posible: deben ver –las llagas en sus manos y en sus pies-; deben palpar –para convencerse de que no se trata de un fantasma, sino de su propio cuerpo-; y deben finalmente verle comer un alimento terrenal –el pez asado-. Pero todo esto no es más que la introducción a su auténtica enseñanza: los discípulos deben comprender que las declaraciones que Jesús hizo durante su vida mortal sobre el cumplimiento de toda la Antigua Alianza (según la clasificación judía: “La Ley, los Profetas y los Salmos”), se han cumplido ahora en su muerte y resurrección. Este acontecimiento, dice Jesús, constituye la sustancia de toda la Escritura, y esta sustancia, que tiene su centro en el “perdón de los pecados”, debe ser anunciada en lo sucesivo por los testigos, por la Iglesia, “a todos los pueblos”. Los lectores del Antiguo Testamento, si se atienen a los pasajes particulares, difícilmente descubrirán esta sustancia; sin embargo, toda la dramática historia de Israel con su Dios no tiene otra finalidad y por tanto tampoco otro sentido que lo resumido en el testimonio que Jesús da aquí de sí mismo. El continuo y puramente terreno “descenso” de Israel al abismo (a las puertas del “infierno”) y su liberación “de la perdición” por obra y gracia de Dios (1 S 2,6 ; Dt 32,39 ; Sb 16, 13 ; Tb 13,2) es la iniciación a la inteligencia de la definitiva muerte y resurrección de Jesús por el mundo entero. Pero Jesús debe primero “abrir el entendimiento” de sus discípulos para que puedan comprender todo esto.

Lo hicisteis por ignorancia. Pedro lo ha comprendido muy bien en su predicación en el templo (primera lectura). Por eso puede reprochar al pueblo de forma tan drástica su crimen (“matasteis al autor de la vida”), pero añadiendo que el pueblo y sus autoridades lo hicieron por ignorancia. No habían comprendido la enseñanza de los profetas, según la cual el Mesías tendría que padecer mucho; los profetas sufrientes y todo su destino eran ya quizá la mejor predicción de ello. Pedro no se pregunta si los judíos eran culpables o inocentes de semejante ignorancia; como dirá Pablo, “hasta hoy, cada vez que leen a Moisés, un velo cubre sus mentes”. Un velo que sólo  “se quirará” cuando Israel  “se vuelva hacia el Señor” (2 Co 3, 14-16). Por eso Pedro exhorta a los judíos en estos términos: “Arrepentíos y convertíos para que se borren vuestros pecados”. Las dos cosas son correlativas: la misteriosa “ignorancia” de Israel (Pablo hablará de ceguera, de dureza de corazón) y la exhortación a la conversión. No se habla de una superación de Israel mediante la Iglesia, pero tampoco de una doble vía de salvación: para Israel su Mesías esperado (cfr. Hch 3,20ss) y para la Iglesia Jesucristo. No: esperar al Mesías y convertirse.


Tenemos un abogado ante el Padre. Jesús dice a sus discípulos en el evangelio que su muerte y resurrección han operado el perdón de los pecados. Estas palabras se celebran en la segunda lectura como un acontecimiento sumamente consolador y lleno de esperanza para nosotros, pecadores. Todo hombre, cuando peca y se convierte, puede tener parte en la gran absolución que se pronuncia sobre el mundo. Pero para ello se requiere la conversión, porque el mentiroso que se confiesa cristiano y no cumple los mandamientos de Dios persiste en la ignorancia precristiana; más aún: vive en la contradicción y no en la verdad.

MONSEÑOR JAIME FUENTES: VIRGEN DEL VERDÚN


  Si Dios baja a la tierra por el altar de la sierra, baja en Minas y en abril. Santiago Chalar tenía mucha razón: en estos días de otoño, las sierras minuanas son una paleta de verdes y amarillos realmente divina.


          Chalar tenía razón por otro motivo. El jueves es 19 de abril, la fiesta grande de la Virgen del Verdún, y es la reina del cielo, la Madre de Dios (no es más que Él, se entiende: pero es su reflejo...) la que bajará a atender a sus hijos: escuchará sus penas y recibirá sus gratitudes. Verá a miles de hombres y mujeres, mayores, niños y adolescentes, subiendo el cerro; muchos de ellos y ellas descalzos, ofreciéndole a la Virgen esa dificultad para subrayar su petición o su agradecimiento. 

(Una periodista, hace un tiempo, viendo a una señora mayor bajando del cerro descalza, le preguntó con aire frivolón: - Abuela, ¿y usted por qué va así, qué le pidió a la Virgencita?... Y la abuela, apenas mirándola y adivinando que no la iba entender: - ¡Sacrificio, m'ija, sacrificio!).

           A las 3 de la tarde tendremos la Misa Solemne en la capilla de la entrada, la que llamamos "la gruta". De mañana, habrá Misas a las 8, a las 10 y, a las 12, en la cumbre del cerro. A las 6 de la tarde, rezo del Rosario y despedida. Antes, procesiones variadas, con un común denominador: amor puro a la Madre de Jesús, que baja a la tierra en su altar preferido, en el cerro del Verdún. Invita la Virgen.
ÚN

MIGUEL A. FUENTES IVE: LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO


En una magníficas catequesis de Juan Pablo II sobre el Espíritu Santo (22-5-91), el Papa tocó el tema de los frutos del Espíritu Santo, haciendo una correlación entre éstos y las características de la caridad (1 Cor 13). Le recuerdo sus principales palabras:

'Se diría que san Pablo, al enumerar los 'frutos del Espíritu' (Ga 5, 22), quisiera indicar, en correlación con el himno, algunos comportamientos esenciales de la caridad. Entre éstos:

1) Ante todo, la 'paciencia' (cf. el himno: 'La caridad es paciente', 1 Co 13, 4). Se podría observar que el Espíritu mismo da ejemplo de paciencia con los pecadores y con su comportamiento imperfecto, como se lee en los evangelios, en los que Jesús es llamado 'amigo de publicanos y de pecadores' (Mt 11, 19; Lc 7, 34). Es un reflejo de la misma caridad de Dios, observó santo Tomás, 'que usa misericordia por amor, porque nos ama como algo propio' (II-II, q. 30, a. 2, ad 1).

2) Fruto del Espíritu es la 'benevolencia' (cf. el himno: 'la caridad es servicial', 1 Co 13, 4). También ella es un reflejo de la benevolencia divina hacia los demás, vistos y tratados con simpatía y comprensión.

3) Está luego la 'bondad' (cf., el himno: La caridad 'no busca su interés', 1 Co 13, 5). Se trata de un amor dispuesto a dar generosamente, como el del Espíritu Santo, que multiplica sus dones y hace partícipes de la caridad del Padre a los creyentes.

4) En fin, la 'mansedumbre' (cf. el himno: la caridad 'no se irrita', 1 Co 13, 5). El Espíritu Santo ayuda a los cristianos a reproducir las disposiciones del 'corazón manso y humilde' (Mt 11, 29) de Cristo y a poner en práctica la bienaventuranza de la mansedumbre que él proclamó (cf. Mt 5, 4)'.

2. Las obras de la carne

Junto al tema de los frutos del Espíritu Santo San Pablo enumera las 'obras de la carne', como lo opuesto a aquellos. Sigue diciendo:

'Con la enumeración de las 'obras de la carne' (cf. Ga 5, 19-21), san Pablo aclara las exigencias de la caridad, de la que derivan deberes bien concretos, en oposición a las tendencias del homo animalis, es decir, víctima de sus propias pasiones. En particular: evitar los celos y las envidias, deseando el bien del prójimo; evitar las enemistades, las discordias, las divisiones y las rencillas, promoviendo todo lo que lleva a la unidad. A esto alude el versículo del himno paulino, en el que se dice que la caridad 'no toma en cuenta el mal' (1 Co 13, 5). El Espíritu Santo inspira la generosidad del perdón por las ofensas recibidas y por los daños sufridos; y capacita para ello a los fieles a quienes, como Espíritu de luz y de amor, hace descubrir las exigencias ilimitadas de la caridad'.

Y termina mostrando esto en la vida de la Iglesia: 'La historia confirma la verdad de lo expuesto: la caridad resplandece en la vida de los santos y de la Iglesia, desde el día de Pentecostés hasta hoy. Todos los santos y todas las épocas de la Iglesia llevan consigo los signos de la caridad y del Espíritu Santo. Se diría que en algunos períodos históricos la caridad, bajo la inspiración y la guía del Espíritu, ha asumido formas caracterizadas particularmente por la acción auxiliadora y organizadora de las ayudas para vencer el hambre, las enfermedades y las epidemias de tipo antiguo y nuevo. Hubo así 'santos de la caridad', como fueron llamados especialmente en el siglo XIX y en el nuestro. Son obispos, presbíteros, religiosos y religiosas y laicos cristianos: todos 'diáconos' de la caridad. Muchos han sido glorificados por la Iglesia; muchos otros por los biógrafos y los historiadores, que logran ver con sus ojos o descubrir en los documentos la verdadera grandeza de estos seguidores de Cristo y siervos de Dios. Y, no obstante, la mayoría permanece en aquel anonimato de la caridad que, sin cesar y eficazmente, colma de bien al mundo. ¡Que la gloria esté también con estos soldados desconocidos, con estos testigos silenciosos de la caridad! ¡Dios los conoce, Dios los glorifica verdaderamente! Tenemos que estarles agradecidos, pues son la prueba histórica del 'amor de Dios derramado en los corazones humanos' por el Espíritu Santo, primer artífice y principio vital del amor cristiano'.

Fuente: El teólogo responde

SIETE AÑOS CON BENEDICTO XVI

Han pasado siete años desde cuando Benedicto XVI, la tarde del 19 de abril de 2005, con el rostro iluminado por la emoción y la responsabilidad, anunciaba al mundo que los cardenales, en el cónclave apenas concluido, lo habían elegido a la sede de Pedro… a él “un simple y humilde trabajador de la viña del Señor”. “Me consuela -dijo el hasta entonces cardenal Joseph Ratzinger-, el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes”. Ya desde el primer momento, pues, el Papa Benedicto mostró su humildad y sencillez encomendándose a las oraciones de los fieles y a la “alegría del Señor” para seguir adelante.

La Iglesia, efectivamente, ha seguido hacia adelante. Un largo camino guiado por la clarividencia, la firmeza y la fe de un amable Pontífice teólogo que a pesar de la edad (acaba de cumplir 85 años) ha hecho que este camino fuera muy fructuoso, como nos indica nuestro director y portavoz suyo, el padre Federico Lombardi:

“En estos siete años hemos tenido ya veintitrés viajes internacionales a veintitrés países, y veintiséis viajes por Italia; hemos asistido a cuatro Sínodos de los Obispos y a tres Jornadas Mundiales de la Juventud; hemos leído tres Encíclicas y recibido innumerables alocuciones y actos magisteriales; hemos participado de un Año paulino y de Año sacerdotal; hemos visto al Papa afrontar con valor, humildad y determinación –es decir con límpido espíritu evangélico– situaciones difíciles, como la crisis que siguió a los abusos sexuales. Hemos leído –hecho nuevo y original– su obra sobre Jesús de Nazaret y su libro-entrevista “Luz del mundo”. 

Se trata por lo tanto de un Pontificado rico e intenso con tantos eventos importantes, con tantos frutos recogidos...


“Sobre todo, hemos aprendido de la coherencia y constancia de su enseñanza, que la prioridad de su servicio a la Iglesia y a la humanidad es orientar la vida hacia Dios, el Dios que nos ha dado a conocer Jesucristo; que la fe y la razón se ayudan recíprocamente en el buscar la verdad y responder a las expectativas y a las preguntas de cada uno de nosotros y de la humanidad en su conjunto; y que el olvido de Dios y el relativismo son riesgos gravísimos de nuestro tiempo. Por todo esto nos sentimos inmensamente agradecidos”. 

Los problemas que el Papa siente con más dolor son los de la secularización, el olvido de Dios, el relativismo y la pérdida de referencias y de valores de tantas personas de nuestra época moderna. Pero una cosa que caracteriza a nuestro Papa es que a pesar de tantos problemas, transmite siempre serenidad y alegría, alentando a los fieles a pesar de las preocupaciones.

«Ciertamente. El Papa es un hombre de fe y un verdadero creyente. Es el que puede ayudaryservir a la Iglesia como roca de la fe, precisamente porque es el primero en creer. Y, en este sentido, la fe es fuente de una serenidad y de una alegría tan profunda que nadie puede apagar. La raíz de la serenidad del alma de Papa Benedicto es su misma fe y, por lo tanto, la esperanza que mana de ella». 

Dice el padre Lombardi que el Pontificado de Benedicto XVI, se ha centrado sobre la esencial misión de la Iglesia. Es decir, la prioridad de la atención a Dios, la relación del hombre con Dios, la dimensión trascendente de la vida, y la persona de Jesucristo como revelador del verdadero Rostro de Dios. 

Todos estamos en camino en esta misión eclesial. Tenemos delante el Encuentro Mundial de las Familias, el Sínodo de la Nueva Evangelización y el Año de la Fe… estamos en camino con Benedicto XVI. (ER –RV)



FUENTE: RADIO VATICANO 

martes, 10 de abril de 2012

ENRIQUE CALICÓ: PADRE PIO; LA OBEDIENCIA ES UNA MURALLA QUE EL DIABLO NO PUEDE SALTAR



Barba Azul, viendo que no hacía mella en el Padre Pío, empezará a envenenar los corazones de determinadas personas, ya fuesen superiores religiosos, tanto canónigos como de su misma Orden, ya fuesen gente de menor relieve.
El primero que fue tentado fue el obispo de Manfredonia, Monseñor Pasquale Gagliardi, quien dejándose llevar por la envidia al ver la afluencia de peregrinos y de limosnas al convento de San Giovanni dentro de su diócesis, se inventó toda clase de artimañas para calumniarlo.


El padre Paolino Da Casacalenda, guardián del convento de San Giovanni Rotondo –quien había hecho posible que el Padre Pío fuese destinado a dicho convento, le había asistido tantas veces y había sido el primero en ver los estigmas –, con gran disgusto para ambos fue trasladado y sustituido por el padre Lorenzo de San Marco in Lamis.

También el padre Benedetto de San Marco in Lamis dejará su cargo de provincial en manos del padre Pietro Da Ischitella. A partir de ese momento nuestro beato será víctima de persecuciones, privaciones y órdenes absurdas e injustas muy graves que se sucederán a lo largo de los años y que él, sin discutirlas, acatará con paciencia y resignación cristiana:

–Si esta es la voluntad de Dios...
Preguntado en más de una ocasión por su total sumisión y por qué no se defendía de aquellas órdenes que demostraban ser verdaderos castigos intencionados,
–Pero, Padre Pío, ¿por qué no se rebela contra tamañas calumnias e injusticias?
Siempre respondía:
–La obediencia, hijos míos, es una muralla que el diablo nunca puede escalar.
A pesar de tantas calumnias, tantos informes maliciosos, no dejó de cumplir su misión, la que Dios le había destinado. La afluencia de peregrinos se irá incrementando, y la curiosidad creciente será una fuente inagotable de conversiones.


Vamos a destacar la de Emmanuele Brunatto, joven conocido por su vida disoluta y aventurera y por sus continuas quiebras fraudulentas. Él mismo reconoce no saber por qué un día fue y se mezcló entre la multitud al pie del monasterio. El Padre Pío al momento pesca este «pez gordo» y lo lleva a una confesión íntegra, lo cual da como resultado un cambio total de vida.


Ese joven se convierte en un gran defensor del Padre Pío, a quien tendrá una verdadera devoción, se quedará por un tiempo en el convento y luchará con todos los medios a su alcance para anular el daño que las calumnias e informes malintencionados fueron esparciendo por doquier. Trabajará con honradez en un nuevo negocio que le proporcionará una pequeña fortuna, gracias a la cual podrá colaborar en el gran proyecto que nuestro capuchino tiene in mente.


FUENTE: GRATISDATE