martes, 1 de noviembre de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA:LOS SANTOS, UN TESORO EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA

Cuando entramos en contacto con la vida de la Iglesia, y descubrimos en ella a los santos, quedamos cautivados al contemplar la belleza que se percibe en sus vidas. Ellos esparcen la fragancia del "buen olor de Cristo".

Como enseña la Sagrada Escritura: "Si Cristo es la víctima, nosotros somos la fragancia que sube del sacrificio hacia Dios, y la perciben tanto los que se salvan como los que se pierden. Para los que se pierden es olor de muerte que lleva a la muerte; para los que se salvan, fragancia de vida que conduce a la vida (II Cor 15-16).

Los caminos que ellos recorren buscando cumplir la voluntad de Dios, y la obra que Él realiza en ellos por su gracia, nos deja admirados. Nos hemos encontrado con la belleza, ella siempre arrebata el corazón del hombre, poseedora de un esplendor propio, es portadora de un mensaje del cielo: la santidad.

Nos surgen espontáneamente algunas preguntas: ¿qué núcleo íntimo ha sido alcanzado en estos hombres y mujeres que ha producido en ellos este cambio tan radical? ¿Qué sostiene la entrega en medio de los actos rutinarios de cada día?

En la Sagrada Escritura, la palabra griega "Kairos", designa al tiempo pero como momento de Dios. Es la acción salvífica de Dios que "pasa ". Tiene como todas las acciones de Dios, la eficacia de alcanzar el núcleo de la realidad que toca, a su "paso" nada queda igual. Dios puede utilizar una infinita gama de medios para manifestarse,  por mencionar solamente algunos: "la zarza que no se consume","la brisa de la mañana", la voz nocturna que llama a Eliseo. Estas manifestaciones de Dios realizadas en la Antigua Alianza, preparaban "la visita" que se realizaría por el Hijo en la plenitud de los tiempos. Ellas estaban orientadas hacia el potente "sígueme" de Jesús.

 En el Hijo unigénito, Dios visita a su pueblo, no de un modo provisional. Él "pone su morada" entre los hombres para sellar definitivamente la Nueva Alianza. Basta recordar a Nicodemo (el Maestro de la ley) (Jn 2), la mujer Samaritana (Jn 3) o al Centurión (Jn 3), relatos que expresan la singularidad del "paso" de Dios que se hace presente en Jesús. 

Dos ejemplos

S. Francisco de Asís, hoy exaltado por su relación con la naturaleza y por la actitud armoniosa que mantenía frente a toda la creación, es presentado muchas veces corriendo por los prados (Hermano sol hermana luna) o conversando con un lobo    ( no el hecho en sí, pero su presentación a mí me parece un tanto cargada de sentimentalismo), como características generales que muestran la vida del santo en el modo de su entrega  a Dios. 

Pero, hay un hecho en su vida, que realmente impacta, y es el protagonizado con su padre. Este le recrimina sus actitudes y le hace ver, que todo se lo debe a él, incluso lo que lleva puesto. Francisco se quita la ropa, se la entrega y sale caminando desnudo por el pueblo. Esto realmente impresiona. Aquí sí, algo lo ha alcanzado en su núcleo más intimo, y ya nada podrá ser igual. ¿Cuál es el motor que mueve a ésta decisión?

Madre Teresa de Calcuta sale de aquel Colegio de la India en el cual educaba a jóvenes de una casta influyente y se va tras la compañía de los leprosos, que llevan en su cuello un cencerro para alertar a los demás de su presencia peligrosa. Una presencia enferma, desfigurada y poco agradable. ¿Qué ha ocurrido en ese corazón? ¿Cuál es el motor que ha puesto en movimiento esta decisión?

Caminemos un paso más, y luego de tomada esta decisión, ¿qué es lo que la sostiene? ¿Qué permite sostener una entrega tan radical, cuando la rutina comienza a llenar de polvo todos los rincones de la existencia? Cuando parece que a nuestro alrededor nada cambia.

Al servicio del amor de Jesucristo
El motor que los mueve y sostiene es una persona, Jesucristo. Han participado de esa experiencia maravillosa que anida en el corazón de la Iglesia: han visto y oído a Jesucristo. Es la presencia de Jesús la que nutre todas sus acciones, han sido alcanzados por el amor del Señor. Solo el amor de Cristo puede sostener una entrega tan generosa.

Esta vivencia es la que expresa San Pablo en su carta a los romanos; ¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los peligros o la espada? (Rom. 8,35-36). Habiendo encontrado la perla escondida en el campo, venden todo lo que tienen para ponerse al servicio de ese amor. El apóstol de las Gentes expresa el dinamismo  de la caridad  en su II Cor 5,14, diciendo; el amor de Cristo nos urge.

Si miramos a estos hombres, comprendemos que sus emprendimientos no están asentados sobre ellos mismos, se manifiesta claramente la desproporción que hay entra la obra y los instrumentos. Se apoyan en alguien más fuerte. La fuerza que reciben gratuitamente y que les da la mayor de las seguridades, es el amor de Cristo. Nada hay tan seguro como el amor del Señor.

San Agustín, en sus Confesiones, describe magistralmente la saciedad que produce encontrarse con el amor del Creador y como, esto lo mueve en el deseo de alabarlo.

"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abráseme en tu paz."

Este es el secreto escondido en el corazón de la Iglesia: han visto al Señor, y cada día se apoyan más en la seguridad de su amor. Han gustado su presencia y viven pendientes de cumplir su voluntad. Este canto de amor que entonan con su existencia, resuena en el corazón del mundo llenándolo de oxígeno. Nada puede apartarnos del amor del Señor.