jueves, 15 de septiembre de 2016

RP HORACIO BOJORGE SJ:NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES: LAS ESPINAS Y LA ESPADA (2)


Ayer comenzamos nuestra contemplación y meditación del emblema del Corazón de María, centrando nuestra atención en el Corazón mismo. A la luz de la Sagrada Escritura, veíamos en el Corazón de María la primicia de los corazones nuevos, anhelado por los justos y que Dios prometiera por medio de los profetas. Veíamos en María, la madre y maestra de una nueva humanidad. Corazones nuevos: Hombres nuevos.




Decíamos también que María nos enseña a conocer a Jesús, los misterios de cuya vida ella guardaba y meditaba en su corazón, desde el principio al fin, según nos enseña San Lucas.

Hoy, con la gracia de Dios, vamos a meditar sobre las espinas, el fuego y la espada, que son también símbolos que integran el emblema del corazón de María y que nos dicen algo acerca de la condición de este corazón nuevo, que es el suyo y al que el nuestro se debe parecer. Para tratar de penetrar en el sentido de estos símbolos, pediremos ayuda a la Sagrada Escritura.


LAS ESPINAS
Comencemos por las espinas. Una asociación inmediata y la más obvia, se establece con la corona de espinas de Jesús. Ciertamente, convenía encontrar la misma corona de espinas que corona al Mesías sufriente, en el Corazón de la Madre del Mesías. Cómo no iba a guardar la Madre esa corona en su corazón. Ambos corazones coronados de espinas, nos hablan de la comunión en el amor y en los padecimientos.

Pero si consultamos las Sagradas Escrituras, vemos aparecer las espinas en varias oportunidades que nos revelan el sentido teológico de las espinas.

Las espinas aparecen por primera vez en la Sagrada Escritura en el relato de la caída de nuestros primeros padres. A consecuencia del pecado, les sobrevienen a Adán y Eva muchas calamidades, que el Señor les anuncia con pesadumbre, ya que su voluntad respecto del hombre y de su vida sobre la tierra había sido muy distinta.

Entre esas calamidades, Dios les anuncia que la tierra producirá espinas: "Por tu causa quedará maldita la tierra...espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo; con el sudor del rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado, porque polvo eres y al polvo volerás" (Génesis 3,18).

La tierra, de la que el hombre ha sido tomado, es alcanzada por las consecuencias del pecado de la creatura que salió de ella. La tierra es alcanzada por la maldición y desde entonces comienza a producir espinas.

En el lenguaje de la Escritura las espinas son, por lo tanto - ahora lo comprendemos - consecuencia del pecado original. Son manifestación del estado de irreconciliación en que quedaron la tierra y el hombre. Esa irreconciliación, que no le permite al hombre vivir fácilmente sobre la tierra, es especialmene evidente en los desiertos, donde éste no puede vivir a causa de la infertilidad del suelo, sobre el cual sólo logran sobrevivir las plantas espinosas, los abrojos, zarzas y espinillos.

La corona de espinas, ya sea la de Cristo en la Pasión, ya sea la que ciñe el Corazón de su Madre, nos habla por lo tanto, del pecado original. Ese drama terrible, al que Jesús vino a poner remedio. Así como Jesús carga sobre sí los pecados del mundo, porta sobre su cabeza, en forma de corona de espinas, la maldición de la tierra, el signo de la irreconcililación entre el hombre pecador, hijo de Adán y Eva, y la tierra de la que fueron tomados. "El era herido por nuestras rebeldías..." (Isaías 53,4).

Las espinas, sin embargo, están trenzadas en forma de corona. Y esto también quiere decirnos algo. Quiere decir que por su pasión, Jesús ha transformado la maldición y el castigo, en un triunfo y en una victoria.

LA ESPADA DE FUEGO
Si avanzamos un poco más en la lectura del relato del castigo del pecado en el libro del Génesis, nos encontramos también con una espada de fuego. O, si traducimos a la letra, con "un fuego como espada".

¿Qué relación hay entre esa espada y la que traspasa el alma de la Madre de Jesús?El relato de los castigos que Dios anuncia, termina con la expulsión del Paraíso, a cuya entrada quedan apostados ángeles con espadas de fuego (o fuego como espada), encargados de impedir el acceso al árbol de la vida. Recordemos el texto: "Y le expulsó el Señor Dios del jardín de Edén para que sirviese al suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén a los querubines y la llama refulgente de la espada para impedir el acceso al árbol de la vida" (Génesis 3,23-24).

Los querubines, en la Sagrada Escritura, son ángeles. Su nombre significa "bendecidores", pues bendicen a Dios en su presencia. Ellos no sólo están en la Presencia de Dios, sino que son ángeles de la Presencia. Ese es no sólo su privilegio y su lugar, sino también su ministerio, su misión: señalar y visibilizar la Presencia, comunicarla a los hombres. Se los representaba sobre el Arca de la Alianza con las alas desplegadas. Sobre ellos, como sobre un trono, se sentaba el Dios invisible para hacerse presente a su pueblo. Es a estos seres angélicos a los que el Señor les encarga que impidan el acceso al árbol de la vida al arbitrio y la insolencia de los hombres desacatados.

La espada refulgente, o el fuego como espada, es el rayo.
Las espinas, la espada y el fuego, aparecen pues, en este relato del castigo por el pecado original, asociados en un mismo contexto y expresando distintos aspectos del castigo, o de los efectos desastrosos del pecado. El hombre se convierte ahora en un siervo de la tierra, en un esclavo que ha de servirla, ha de labrarla fatigosamente y entre espinas, para cobrar de ella un salario de pan. Pero el árbol de la vida, queda en el Paraíso perdido, inaccesible ahora. Los ángeles de la Presencia, armados del rayo, le vedan al hombre el acceso a la perdida intimidad y convivencia paradisíaca.

Siendo hoy la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, no podemos dejar de abrir un paréntesis, ya que estamos comentando este pasaje de la Sagrada Escritura, para señalar que en la tradición católica, se celebra a la Cruz como Arbol de la Vida. Los textos de la liturgia de la fiesta de hoy lo celebran así, en términos que nos evocan algunos cantos del Viernes Santo. Uno de esos himnos canta:



"Arbol lleno de luz, árbol hermoso,
árbol ornado con la regia púrpura"

Y otro

"¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza!
jamás el bosque dio mejor tributo
en hoja, en flor, en fruto...
Dulce árbol, donde la vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza.
Tú solo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;
Tú el Arca que nos salva, tú el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido"

A medida que avanzamos en este correlacionamiento de símbolos bíblicos, creo que puede irse advirtiendo que el corazón, el fuego, la espada y las espinas, nos remiten por un lado al castigo del pecado original, pero por otro, al remedio que puso Dios a aquellos males en la Pasión de su Hijo.

Al hacerse hombre, Dios tomó sobre sí las espinas y fue herido por la espada y el fuego. Y es de ese remedio que nos hablan esos símbolos desde el Corazón de nuestra Madre, donde ellos se han convertido, en efecto, de castigo en remedio y de maldición en bendición.

Ya no hay Querubines a las puertas del Paraíso para impedirnos el acceso al Arbol de la Vida, sino que, en la Cruz, Árbol de Vida, se ofrece a nosotros Jesús mismo, como fruto de la ciencia del bien y del mal que da la sabiduría a sus discípulos, y que lejos de celarse se nos da en alimento para hacernos iguales a Dios.

Y junto al Árbol de la Cruz, para tomarnos como hijos y darnos la vida, está María, la nueva Eva que nos da a comer el fruto eucarístico, en vez del fruto de Muerte que la primera Eva le sirvió a Adán.

Los mismos símbolos nos hablan en el Génesis de una cosa y en el Evangelio de la contraria. Allá nos pintan las consecuencias del pecado. Aquí nos hablan de la sobreabundancia de la gracia y de la salvación.

Al mismo tiempo, podemos ir advirtiendo cómo en la Sagrada Escritura, los símbolos están regidos por leyes propias de combinación y de asociación entre sí. Esas leyes pertenecen al modo y al lenguaje en el que el Espíritu Santo quiere hablarnos en las Escrituras.

Cada lengua permite asociaciones y juegos de palabras que no se pueden traducir en otras. Por ejemplo, ya que toca a nuestro asunto, en hebreo hay una relación verbal - y de ahí deriva una vinculación simbólica y semántica -entre la llama y la espada. En muchas culturas se ha notado la semejanza de las llamas de fuego con la hoja de una espada, o también con la lengua del hombre. Es que el fuego destruye y mata, o también devora como decimos en castellano, donde son frases hechas decir "lenguas de fuego" o "lengua afilada".

En hebreo se habla de la lengua de la espada; y se dice que devora, para aludir metafóricamenta a su acción de matar. Y al igual que en castellano, se habla en hebreo de lenguas de fuego. De modo que en hebreo, la palabralengua se enlaza con la espada y con el fuego y puede asociar a ambos entre sí, por un efecto de triangulación simbólica. Se dice en hebreo que devora el fuego con su lengua o su espada. Se dice también que la espada devora con su lengua, como hace el fuego.

Para hacernos sensibles a ese universo simbólico del texto inspirado podemos recurrir a algunos ejemplos de la Escritura:

Los profetas, inspirándose en textos como los del Génesis, han podido expresar sus amenazas de castigo en estos términos:

"Sobre el solar de mi pueblo
zarza y espino crecerá
y también sobre todas las casas de placer
de la ciudad divertida" (Isaías 32,13).
"La Tierra está en duelo, languidece,
el Líbano está ajado y mustio...
concebiréis forraje, pariréis paja
y mi soplo como fuego os devorará"


(Isaías 33,9.11; ver Lucas 28,31).
"Los pueblos serán calcinados
como espinos cortados
que devorará el fuego" (Isaías 33,12).

El Salmista ve a sus enemigos que lo rodean como un incendio de zarzas: "Me rodeaban como avispas, llameaban como fuego de zarzas, pero yo los corté en el Nombre del Señor" (Salmo 118,12).

David dice que los malvados son como "espinas del desierto" que no son recogidas con la manos sino que se los maneja con el hierro "para quemarlos" (2 Samuel 23,6).
Ezequiel sueña con la paz de los últimos tiempos en estos términos:

"Ya no habrá más, para la Casa de Israel,
espina que punce ni zarza que lastime,
entre los pueblos vecinos que la desprecian"
(Ez 28,24).

Con estos textos quiero señalar a la atención de ustedes, cómo y por qué van asociados el fuego y las espinas en las Sagradas Escrituras. Los príncipes y los reyes vecinos de Israel, son como fuegos peligrosos por su vecindad. De los pueblos, leemos a menudo en las Escrituras que sale fuego que calcina a otros pueblos vecinos:

"De Jeshbón saldrá fuego
y una llama de la ciudad de Sijón" (Números 21,28).
El profeta Ezequiel entona un canto fúnebre, una elegía por los príncipes de Israel, en estos términos que ya les irán resultando conocidos:
"Tu madre era una vid
plantada a orillas de las aguas.
Era fecunda, exuberante,
por la abundancia de agua.
Un ramo robusto le salió
que llegó a ser cetro de soberano;
su talla se elevó
hasta las mismas nubes.
Era imponente por su altura
y su riqueza de ramaje.
Pero ha sido arrancada con furor,
en tierra ha quedado tendida;
el viento del este ha agostado sus frutos;
ha sido rota,
su ramo robusto se ha secado,
lo ha devorado el fuego.
Y ahora está plantada en el desierto,
en tierra de sequía y de sed.
Ha salido fuego de su ramo,
ha devorado sus sarmientos y su fruto.
No volverá a tener su ramo fuerte,
su cetro real". (Ez 19,10-14).


Como se ve: las espinas, el fuego que devora, el hierro que corta los espinos para arrojarlas al fuego, son en el lenguaje bíblico del Espíritu Santo, los emblemas del castigo. ¿Qué hacen pues en el Corazón de María y de Jesús?

Hay un texto de Isaías que quizás nos permita comprenderlo. Hablándonos del servidor de Dios sufriente, nos dice:

"Creció como un retoño delante de nosotros,
como raíz de tierra árida,
no tenía apariencia ni belleza
ni aspecto que pudiésemos estimar.
Despreciable y desecho de hombres,
varón de dolores y sabedor de dolencias,
como uno ante quien se oculta el rostro,
despreciable, y no lo tuvimos en cuenta.
Y, sin embargo, eran nuestras dolencias
las que él llevaba sobre sí
y nuestros dolores los que soportaba!
Nosotros lo tuvimos por azotado,
herido por Dios y humillado.
El soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales fuimos curados...
Por sus desdichas justificará mi Siervo a muchos
y las culpas de ellos soportará él.
Por eso le daré su parte entre los grandes...
ya que indefenso se entregó a la muerte
y con los rebeldes fue contado,
cuando él llevó el pecado de muchos
e intercedió por los rebeldes" (Is 53).


Quizás podamos comprender mejor ahora, a la luz de este texto, por qué los mismos símbolos nos hablan en el Génesis de una cosa y en el Evangelio de la contraria. Allá de castigo por el pecado, y aquí de salvación del pecado.

Jesús, Siervo Sufriente, tomó sobre sí las espinas, el fuego y la espada. Y María se guardó todo esto en el Corazón.

Cierta vez Jesús dijo: "fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda" (Lucas 12,49). Pero a sus discípulos que querían pedir fuego del cielo para que destruyera una ciudad inamistosa, Jesús los reprendió: "No sabéis de qué espíritu sois" (Lucas 9,54s). No era el fuego destructor el que Jesús quería y venía a traer. No era con ese fuego con el que deseaba incendiar la tierra, sino con ese otro fuego que vemos consumir los sagrados Corazones.

Del cetro de este Mesías no sale fuego destructor de los enemigos, sino un fuego de amor divino, más fuerte que la muerte y que ni un océano puede extinguir (Cantar 8,6-7).Con la gracia de Dios, mañana continuaremos nuestra contemplación de estos símbolos a la luz de las Sagradas Escrituras.