viernes, 15 de septiembre de 2017

RP. HORACIO BOJORGE SJ: NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES: EL CORAZÓN (1)

Queridos Hermanos: los invito a contemplar juntos durante este triduo el emblema del Corazón de María y a meditar en lo que significa.
Un emblema es un conjunto de símbolos. En nuestro caso, el emblema del Corazón de María - tal como lo vemos en nuestra imagen parroquial de Nuestra Señora de la Paciencia o como podemos contemplarlo en otras imágenes de la Dolorosa - consta de estos símbolos: 1) el corazón, 2) las espinas, a veces florecidas de rosas, 3) las llamas de fuego y 4) la espada o las siete espadas.

Las Dolorosas son imágenes del Corazón de María. Aunque haya también imágenes del Corazón de María que no la representen durante la Pasión, como Dolorosa.
Esto es lógico, porque en el Corazón de María están guardados todos los misterios de la Vida de Cristo. No sólo los dolorosos sino también los gozosos y los gloriosos. "María guardaba todas estas cosas en su corazón".

Pero sea una Dolorosa o no, en ninguna imagen del Corazón da María faltan - no deberían faltar - los símbolos que componen este emblema y que hemos enumerado arriba.

En este primer día de nuestro triduo, contemplaremos y meditaremos sobre lo que significa el símbolo del Corazón, a la luz de las Sagradas Escrituras.

EL CORAZON
El Corazón de María es el primero de aquellos corazones nuevos que pedía el salmista y que prometía el profeta.

"Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" gemía David reconociendo y doliéndose de su pecado y de las inclinaciones torcidas de su corazón pecador (Salmo 50,12). Sabemos que David no hablaba sólo a título personal, sino que, como rey de Israel, hablaba en nombre de su pueblo, en nombre de todo el pueblo elegido. David pedía un corazón nuevo para sí y para su pueblo. Más aún, el Mesías destinado a gobernar las naciones debía tener un corazón capaz de gobernar los corazones humanos y cambiarlos. Por eso, la oración de David pide un corazón nuevo para sí, para su pueblo y para toda la humanidad. O, si se quiere, el David que reza el salmo no es sólo el Rey, sino el David colectivo, el pueblo mesiánico de la Antigua Alianza.

Pero ya sea que se trate de uno o de otro, o de los dos, el suyo es el gemido del pecador que pide a Dios que lo salve de sí mismo, de las inclinaciones torcidas de su corazón. David se hace así el heraldo de un grito universal de todo hombre, de un grito de la Humanidad, que pide a Dios la conversión.

Jesús, el verdadero David, va a enseñar que es precisamente del Corazón del hombre de donde brota lo que lo hace impuro (Marcos 7,6.15.19.21-23). Por eso Jesús, Hijo de David, David verdadero, proclama bienaventurados a los puros de corazón (Mateo 5,8) y se pone a sí mismo como modelo del nuevo corazón: "aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mateo 11,29). El Corazón de Jesús, es el corazón que pedía David para sí y para su pueblo, el corazón nuevo que pide el Hombre. Y la Iglesia, que es ahora el verdadero Israel y el pueblo mesiánico, que es el nuevo pueblo davídico, al orar el Salmo 50, pide un corazón como el de su Maestro y Señor.

En respuesta al pedido de David, Dios había prometido a través de los profetas que renovaría el corazón del pueblo:"Les daré un corazón para conocerme, pues yo soy el Señor y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios...volverán a mí con todo su corazón" (Jeremías 24,7).

"Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo será su Dios y ellos serán mi pueblo...todos ellos me conocerán, del más chico al más grande...cuando perdone su culpa y no vuelva a recordar su pecado" (Jeremías 31,33-34).

"Yo les daré otro corazón y otro camino para que me respeten todos los días...les pactaré una alianza eterna"(Jeremías 32,39-40).

"Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras manchas y de todos vuestros ídolos os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne elcorazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas...vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios"(Ezequiel 36,24-28).

Estas promesas, que estaban destinadas a cumplirse en la Iglesia, comenzaron a cumplirse por el Corazón de María. Ese es como el adelantado de aquellos corazones nuevos, pedidos, prometidos y, por fin, concedidos y realizados. El Corazón de María, que existe históricamente - ya que no teológicamente - antes que el de Jesús, es la primicia de estos corazones nuevos con los que Dios quiere pactar su alianza nueva y que son obra de la infusión humanizadora del Espíritu.

En el Corazón de María, como en su modelo, se conoce cómo son esos corazones. Son corazones que acatan y obedecen, custodian y cumplen la voluntad de Dios. Corazones que dicen SI a Dios. Y que lo hacen, no por sometimiento a una Ley, que aún santísima y dada por mano de Angeles, estaba con todo escrita en tablas de piedra; sino por una adhesión amorosa,por una sintonía espiritual, como la de María cuando responde el Fiat mihi (= hágase en mí) al anuncio del Angel Gabriel.

El anuncio de esta nueva Ley, de este nuevo decreto, de esta nueva alianza, que trae el Angel Gabriel, ya no se graba en piedra, sino en un corazón nuevo, un corazón de carne: el Corazón de María.

Es que el Arcángel Gabriel ha encontrado en María, como antes en Zacarías y en el Profeta Daniel, almas llenas del deseo del Mesías, corazones bien dispuestos, donde estaba inscrito en forma de deseo el designio salvador de Dios.

Estas cosas las comprendió y nos las enseña el evangelista San Lucas. El es el evangelista del Corazón de María, y bien vale la pena ponernos en su escuela para aprender acerca del emblema del Corazón.

Según una antigua tradición, San Lucas habría conocido a María y hasta habría pintado un retrato de ella. En todo caso, nos dejó en su Evangelio un retrato espiritual de María y comprendió que el Corazón de María era la primicia de los corazones nuevos.


Cuando la Iglesia reza el Santo Rosario, medita los misterios, Gozosos, Dolorosos y Gloriosos de la Vida de Cristo. ¿De dónde aprendió la Iglesia esta devoción en la que medita y contempla a Cristo mirándolo con los ojos y el corazón de su Madre? La aprendió de las Sagradas Escrituras y en particular del evangelio según san Lucas. El Rosario es, pues, una devoción bíblica y lucana.

Lo es por varios motivos. Primero, por las oraciones que emplea, tomadas todas ellas de la Escritura: El Padre Nuestro, oración que Jesús nos enseñó (Mateo 6,9-13; Lucas 11,2-4); el Ave María, oración compuesta con el saludo del Angel (Lucas 1,28) y el saludo de Santa Isabel (Lucas 2,42-43); el Gloria, que es un resumen de fórmulas - llamadas doxologías - de las que está sembrado el Nuevo Testamento, especialmente las cartas de Pablo y los demás Apóstoles.

De modo que todas las oraciones vocales que rezamos en el Rosario, son bíblicas y por lo tanto inspiradas por el Espíritu Santo. No hay nada en ellas de invención puramente humana. El Padre Nuestro y el Gloria, se dirigen directamente a Dios. El Ave María, saluda e invoca la intercesión de la Virgen y la bendice, cumpliendo así la profecía, también bíblica e inspirada: "Bienaventurada me llamarán todas las generaciones" (Lucas 1,48).

Pero además, y sobre todo, el Rosario es bíblico , porque el Corazón de María es el maestro del verdadero conocimiento de su divino Hijo. Así lo vió - decíamos - el evangelista San Lucas, que bien merece el título de Evangelista del Corazón de María.
En efecto, es en el evangelio según San Lucas donde aparece el Corazón de María en tres escenas del Evangelio de la Infancia: 1) En la escena del Nacimiento de Jesús; 2) en la Presentación de Jesús en el Templo y 3) en el Misterio de Jesús perdido y hallado en el Templo.

Hay que notar que aunque estos tres misterios los meditemos entre los misterios gozosos, sin embargo, es fácil ver que cada uno de ellos corresponde a uno de los tres grupos de Misterios:

1) El Misterio del Nacimiento, corresponde a los misterios gozosos. Y al narrarlo, Lucas, el único evangelista que lo narra, nos dice que "María, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lucas 2,19).

2) El Misterio del Niño presentado en el Templo, corresponde a los misterios dolorosos. En primer lugar porque el Templo era el lugar donde se ofrecían sacrificios a Dios y tenían lugar las ceremonias de purificación y expiación. En segundo lugar, porque allí, Jesús, como primogénito, debía ser rescatado a precio de sangre. Por él, en efecto, sus padres ofrecieron un par de pichones de paloma. Pero además, en tercer lugar, porque fue en esa ocasión, en la que, como nos cuenta también San Lucas y sólo él, el anciano Simeón le dijo a la Virgen aquellas palabras proféticas, anunciadoras de la Pasión: "Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para señal de contradicción - y a ti misma, una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lucas 2,35).

Todos los misterios dolorosos de la Pasión están, pues, adelantados y como representados en este misterio gozoso, de la Presentación de Jesús en el Templo.

Notemos de paso, que aquí, Lucas no habla del corazón de María, sino del alma de María. Según la Sagrada Escritura, la tristeza no tiene su asiento en el corazón sino en el alma. Recuérdese por ejemplo cómo el salmista, entristecido, se dirige a su alma y le pregunta: "¿Por qué estás triste alma mía y por qué me conturbas?" (Salmo 41,6.12; 42,5). Y Jesús mismo, para expresar su tristeza en la agonía del Huerto, les dice a sus discípulos: "Mi alma está triste hasta la muerte" (Mateo 26,38).

En lenguaje bíblico, el alma es como el asiento de las pasiones del hombre necesitado, débil, dependiente. En hebreo, alma se dice néfesh. Pero néfesh, significa propiamente garganta, o sea el lugar físico donde repercuten las emociones, tales como la angustia, que proverbialmente "anuda la garganta". Es el órgano del ahogo y del sollozo. Es también el lugar o parte del cuerpo por donde pasan el aire, los alimentos, el agua y las bebidas. Por la garganta se degüella, se estrangula o se ahoga al hombre.

Si nos preguntamos ahora cuál es, en la visión bíblica, la diferencia que hay entre el alma y el corazón, podríamos decir, simplificando: el alma siente, el corazón decide.

Conviene tener en cuenta estas cosas para entender mejor el alcance de las palabras de Simeón: "Una espada de dolor traspasará tu alma" es decir "tu garganta". Sólo que en María, puesto que tiene un corazón nuevo, los sentimientos, su garganta diríamos, está subordinada al corazón. Sus decisiones no provienen de sus emociones. No como sucede con los pecadores, cuyo ser está dividido, de modo que el corazón va por un lado y el alma por otro, el querer está sometido a los sentimientos, el corazón sometido al alma.

3) El Misterio de Jesús perdido y hallado en el Templo, es también uno de esos misterios de la vida de Jesús, del que nos dice San Lucas: "Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lucas 2,51).

La correspondencia de este Misterio de la Infancia con los Misterios gloriosos de la Resurrección, la sugieren algunos detalles que San Lucas insinúa en su redacción.

En primer lugar, el Templo - al que Jesús amaba, y por el cual lo consumía el celo de Dios - está íntimamente asociado al cuerpo mismo de Jesús. Cuando en medio de una discusión, Jesús afirmó "destruid este Templo y en tres días lo reedificaré", el evangelista anota que Jesús "hablaba del Templo de su cuerpo" (Juan 2,19-21). Y en el momento más solemne de la vida de Jesús, cuando da testimonio de sí mismo delante del Sanedrín, lo acusan de haber dicho "Yo puedo destruir el santuario de Dios y volver a levantarlo en tres días".


Pues bien, también el Niño Jesús estuvo perdido por tres días y al tercer día lo encuentran sus padres en el Templo. Es un claro paralelismo que sugiere el evangelista con la permanencia de Jesús en el sepulcro y con su resurrección al tercer día.

Resumiendo: La división de las tres coronas del Rosario, en Miterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos, es evangélica y la Iglesia la aprendió del evangelio según San Lucas. Igualmente aprendió de este evangelista que, para conocer a Jesús, lo mejor es ponerse en la escuela del Corazón de María, la cual guardó, meditó y amó a su hijo con y en su corazón inmaculado, lleno de Espíritu Santo.

Por ser este Corazón de María inmaculado, puro, por eso mismo ve y conoce mejor a Jesús. El saludo del Angel: "llena de gracia", quiere decir: santa, sin mancha, sin pecado alguno. Aquí ha visto la Iglesia la referencia escriturística al misterio de la Inmacualada Concepción. No hay nada en María que no esté en gracia. Desde el primer momento de su existencia. Ella fue el Arca de la Alianza y el Templo de Dios, pura en su presencia. Ella recibió - decíamos - el primer corazón nuevo, renovado por el Espíritu, que se había prometido a los profetas. Su corazón sin mancha de pecado original, está en las mejores condiciones de conocer a Jesús: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mateo 5,8). Cuando Jesús pronuncia las bienaventuranzas se pone a sí mismo como modelo de sus discípulos, pero podía tener en cuenta a María, que es la primera discípula.

Corazón de María, escuela del conocimiento de Jesucristo. Sobre el Corazón de la llena de gracia descendió la sombra del Espíritu Santo en el momento de la concepción virginal (Lucas 1,35).

Y el latido de ese corazón fue lo primero que escuchó el Hombre-Dios en el seno de su Madre. El Corazón de María es por lo tanto el testigo privilegiado de la vida de Jesús, en la cual se nos revela Dios. Ella es testigo desde su concepción, hasta el lanzazo del centurión.

No hay conocimiento verdadero de Cristo sino a través de María. Eso es lo que nos dice el Corazón de la Madre en todas las imágenes en que se nos muestra. Aquí, en nuestra parroquia, el corazón de Nuestra Señora de la Paciencia, se muestra atravesado por siete espadas, las espadas de los siete dolores que la placa de mármol, junto a ella, le recuerda al fiel atribulado, que viene a buscar paciencia, fuerza y consuelo a los pies de su madre.
Este templo sería muy frío si no estuviera habitado por estos dos corazones: el de Jesús en el Sagrario, representado por la imagen que Monseñor Ricardo Isasa hizo traer de España. El corazón de María, cuya presencia consoladora allí donde esté el de su hijo, nos recuerda esta imagen, ante la cual llegaron a orar aquellos santos pastores nuestros a quienes perteneció: Monseñor Vera primero y Monseñor Isasa después.

San Ignacio, nuestro patrono, llevaba siempre consigo, entre sus ropas y sobre su pecho, una imagen de la Virgen Dolorosa. Otro título más, para la presencia del compasivo Corazón de María en este templo que patrocina San Ignacio.

En la otra placa de mármol que hay junto a la imagen de Nuestra Señora, están grabados los escudos de los obispos Vera e Isasa, y la fórmula de nuestra entrega filial a María, en un 25 de marzo, fecha en que se le entragara nuestro Patrono. Ojalá que en este triduo, queridos hermanos, nos conceda el Señor la gracia a todos nosotros de grabar indeleble, imborrablemente, la memoria de esa Alianza nuestra con la Madre de nuestro Salvador, para que sea más imborrable aún en nuestros corazones que en ese mármol.

Mañana, con la gracia de Dios, seguiremos meditando sobre los demás símbolos del emblema: el corazón en llamas, coronado de espinas y traspasado por la lanza.



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