viernes, 23 de septiembre de 2016

ENRIQUE CALICÓ: PADRE PÍO, VÍCTIMA PROPICIATORIA


El Padre Pío solía celebrar misa en Santa Ana, la iglesia donde recibió el bautismo, la primera comunión y la confirmación. Las misas eran largas, interrumpidas por inesperados éxtasis, tenía la gracia de vivir realmente las misas que celebraba, llenas de manifestaciones sobrenaturales. Esos años serán una etapa de pruebas durísimas, con ataques frecuentes deBarba Azul, como llamaba él a Satanás. Un día de 1912 escribe:

«Barba Azul y sus semejantes no paran de pegarme casi hasta darme muerte. No quiere confesarse vencido, adopta todas las formas, viene a visitarme con otros comparsas armados de palos y de instrumentos de hierro y, lo que es peor, mostrándose bajo sus propias formas...»,

Pero más adelante añadía: «Paciencia; Jesús, María, el Ángel, San José y el padre Francisco están casi siempre conmigo».
Contaba esta vida mística extraordinaria por obediencia a sus directores espirituales.

Había hecho ofrecimiento de su vida con todos sus sufrimientos para la conversión del mundo, y así se lo cuenta al padre Benedetto:
«Desde hace tiempo siento la necesidad de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio... que vierta sobre mí los castigos que están preparados para ellos... deseo hacer ese ofrecimiento al Señor con el permiso de usted».
Aceptó el Señor este ofrecimiento, permitiendo, además de esos cruentos ataques del demonio, su tan misteriosa enfermedad. El doctor Cardarelli de Nápoles, especialista en enfermedades pulmonares, pronosticó tajantemente:
–Apenas le queda un mes de vida.
El mismo médico, pasado cierto tiempo, reconocerá:
–No comprendo nada, nada de todo esto. ¡Si estaba clarísimo que le quedaban días de vida!

Por fin, en julio de 1916, a sus veintinueve años, entraba el Padre Pío en el convento de San Giovanni Rotondo y ya no lo abandonaría hasta su muerte, ocurrida cincuenta años más tarde. Este convento, situado en el promontorio de Gargano, en el Este de Italia, cerca de Foggia y perteneciente a la diócesis de Manfredonia, era un lugar apartado y olvidado del mundo, lugar ideal para nuestro fraile que sólo deseaba estar en oración permanente con Dios y compartir las reglas de San Francisco con sus hermanos de vocación. Pero las gracias sobrenaturales continuaban sucediéndose, cada vez con mayor intensidad.
Fuente: http//:www.gratisdate.org