viernes, 15 de septiembre de 2017

RP. HORACIO BOJORGE SJ: NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES: LAS ZARZAS Y EL FUEGO (3)


Queridos hermanos: Venimos meditando y contemplando el emblema del Corazón de María en este triduo preparatorio a la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Contemplábamos el Corazón, las espinas, el fuego y la espada o las espadas.

Decíamos el primer día, que el Corazón de María es la primicia de los Corazones nuevos, deseados por los justos y prometidos por Dios, por boca de sus profetas, para el tiempo de la Nueva Alianza. Decíamos también, cómo Lucas, el evangelista de la Virgen y del Corazón de María, así lo comprendió y enseñó a la Iglesia. Decíamos que la Iglesia, inspirada por Lucas, aprendió de su evangelio a rezar el Santo Rosario, contemplando los misterios de la vida de Cristo desde el Corazón de la Madre, donde están guardados.

Vimos ayer, cómo las zarzas, espinas, abrojos y espinillos, son símbolos del castigo por el pecado; vimos cómo la espada de fuego impedía el regreso de insolentes o temerarios, al Paraíso perdido, a la Presencia de Dios y al Arbol de la Vida; vimos asimismo cómo Jesús cargó esas maldiciones y castigos sobre sí, para librar de ellos a la Humanidad; vimos cómo los mismos símbolos se convertían así de castigo en remedio, y de maldición en bendición. De modo que los mismos símbolos que nos hablaban en el Génesis de una cosa, nos hablan en el Evangelio de la contraria. Allá nos hablaban de las consecuencias del pecado, aquí nos pintan la sobreabundanciade la gracia y de la salvación.

Jesús y María tienen en sus corazones el fuego, las espinas, la herida de la lanza o las espadas. Decíamos por fin ayer que Jesús como Siervo Sufriente, tomó sobre sí el castigo que merecíamos por los culpables, siendo así que era el único cordero inocente; y que María se guardó todo ese sufrimiento redentor del Hijo en su Corazón Inmaculado.

En ambos corazones brilla el perdón de Dios. Porque ni en el Corazón del Hijo ni en el de la Madre hay lugar a la más mínima sombra de rencor. En ellos arde, puro y sin escoria, el fuego del perdón divino; que quiere consumir al pecado pero no al pecador.

En realidad, a la luz de este fuego y de esta espada, a la luz de esta corona de espinas, nos es posible comprender mejor cómo en los castigos por el pecado original que anunciaba el Génesis no había una reacción de "bronca" divina, sino una profunda pena y la preparación del remedio y de la salvación que vendría con Jesús.



LAS ZARZAS Y EL FUEGO

Hoy quiero referirme a dos escenas bíblicas más, en las cuales aparecen las espinas, el fuego y la espada. Son ellas:


1º) La fábula de los árboles que eligieron por rey a la zarza, narrada en el libro de los Jueces, capítulo noveno.


2º) El encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente del Sinaí, en el libro del Exodo, capítulo tercero.


En el primer texto, la zarza contagia su incendio y devora con su fuego a los árboles de su alrededor. En el otro caso, el fuego que arde en el corazón de la zarza, no la consume. Y es en ese fuego no-destructor donde Dios se muestra a Moisés, expresándose a sí mismo como fuego de amor misericordioso y no como pasión de ira destructora y devoradora. Allí mismo, Dios le manifiesta a Moisés su Nombre: Yo soy el que soy, o quizás mejor: Yo soy el que estaré (con vosotros, o sea el Emmanuel), es decir, el Dios de la Presencia recuperada.

Me da devoción considerar que la zarza ardiente que vio Moisés prefiguraba el misterio de los Corazones de Jesús y de María. Y para tratar de explicárselo o mostrárselo los invito a que comencemos recordando los dos pasajes bíblicos.

1) Un Rey perverso se entredestruye con un pueblo perverso
En el libro de los Jueces leemos la historia de un hombre ambicioso y malvado, llamado Abimélek, que tras matar a todos sus hermanos porque eran sus rivales para alcanzar un trono, se hace elegir rey de Siquem y de todo Bet-Miló (Jueces 9,1-6). Su hermano menor, llamado Jotám, que había escapado a la matanza, cuando se enteró de la coronación del asesino, subió a la cumbre del Monte Garizim, y desde allí le gritó a la ciudad una fábula. Era en realidad una profecía. Y concluye con una maldición. La fábula le pronostica a la ciudad que el que se han elegido como rey será la causa de su perdición. Oigamos esa fábula. Dice así:

"Los árboles se pusieron en camino para buscarse un rey a quien ungir.
-Dijeron al olivo: 'Sé tú nuestro rey'.
-Les respondió el olivo: '¿Voy a renunciar al aceite con el que gracias a mí son honrados los dioses y los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?
-Los árboles dijeron a la higuera: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-Les respondió la higuera: '¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a vagar por encima de los árboles?'
-Los árboles dijeron a la vid: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-Les respondió la vid: '¿Voy a renunciar a mi mosto, el que alegra a los dioses y a los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?'
-Todos los árboles dijeron a la zarza: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-La zarza respondió a los árboles: 'Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si así no fuera, brote de la zarza fuego que devore a los cedros del Líbano".

Y ahora, decidme, - continuó gritando Jotam - ¿habéis obrado con sinceridad y lealtad al elegir rey a Abimélek? ¿Habéis sido leales con mi padre Yerubbaal que combatió en favor de vosotros? Abimélek, habiendo matado a los hijos de vuestro bienhechor, ha sido coronado rey por vosotros. Pues bien, si habéis obrado bien, que Abimélek sea vuestra alegría y vosotros la suya. Pero si habéis obrado mal - maldijo Jotam - que salga fuego de Abimélek y devore a los vecinos de Siquem y de Bet-Miló. Y que salga fuego de los vecinos de Siquem y de Bet-Miló y devore a Abimélek (Jueces 9,16-20).

La lógica de Jotam es clara. Si el reinado de Abimélek está fundado en la justicia, será feliz. Pero si tiene sus pies hundidos en sangre y violencia, como es el caso, esa misma violencia los entredestruirá.

Los iracundos, en efecto, se entredevoran en su ira. El fuego que sale de la zarza es el mismo que devora a la vez a la zarza y a sus árboles vecinos, a los que se propaga el incendio de las espinas. Abimélek, razona Jotam, es un violento y su violencia os devorará a vosotros. Y de su violencia tendréis que defenderos con violencia.

Al apólogo de Jotam, subyace una enseñanza acerca de los pueblos y de los gobiernos que ellos se eligen, que vendría bien meditar en tiempos de elecciones. Pero no podemos detenernos aquí con ese aspecto, que no interesa a nuestro fin. Lo que nos interesa sobre todo recalcar es cómo las zarzas y los espinos son alimento proverbial de las llamas. Sea porque en ellos se ceba fácilmente el incendio espontáneo, sea porque el hombre se ve obligado a cortarlos y quemarlos.

Leamos ahora el otro texto de la zarza ardiente en el Sinaí.
2) El Señor se revela en un fuego que no devora las espinas
"Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El Angel del Señor se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía. Dijo, pues, Moisés: 'Voy a contemplar este extraño caso: por qué no se consume la zarza". Cuando vio el Señor que Moisés se acercaba para mirar, lo llamó de en medio de la zarza, diciendo: '¡Moisés! ¡Moisés!'. El respondió: 'Heme aquí'. Le dijo: 'No te acerques aquí; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada'. Y añadió: 'Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob'. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios" (Exodo 3,1-6).
Razón tenía Moisés en asombrarse y considerar extraño el hecho de que este fuego no devorara la zarza, manjar apetecido por el fuego y los incendios, elemento proverbialmente combustible. El recorrido por textos de la Escritura que hemos hecho ayer y hoy, nos permite también a nosotros compartir su asombro y extrañeza; pero también entender mejor lo excepcional que hay en los sentimientos del amor divino. Dios se muestra a sí mismo en forma de fuego que no devora. Y el fuego que vio Moisés prefiguraba de los Sagrados Corazones. Yo tengo para mí, en efecto, que lo que vio Moisés en el Sinaí, fue el Misterio de los corazones ardiendo en las espinas: el Misterio de la Pasión salvadora, los corazones de Jesús y de María.

La escena de la zarza ardiendo en el libro del Exodo, está a media distancia entre las espinas y las espadas de fuego de los querubines, en el relato del Génesis, y los Corazones ardiendo en las espinas de la Pasión.
Si leemos el texto bíblico en su lengua original, que es el hebreo, el texto se abre a posibilidades de significación múltiples que no siempre es fácil reflejar en las traducciones. Los comentaristas del texto tienen mayores posibilidades que los traductores, de explicar los múltiples sentidos posibles que el autor humano y el Autor divino pueden haber querido darle a un determinado texto. A veces, el autor sagrado intenta positivamente usar expresiones ambivalentes o polivalentes. Y eso es imposible expresarlo en la traducción. Los traductores se ven forzados a simplificar y elegir uno de los sentidos posibles, porque no pueden entrar en explicaciones.

Los rabinos judíos, que comentan directamente el texto hebreo con gran conocimiento de esa lengua y con métodos exegéticos propios, ofrecen luces para entender matices de significación propios que abren al lector diversos planos de interpretación en un mismo texto. Según un dicho rabínico: La Escritura tiene setenta caras. Vale decir: una plenitud de sentidos.

Naturalmente, por las interpretaciones de los rabinos no podemos guiarnos en cosas de fe. Pero sí son atendibles en asuntos filológicos tocantes a la lengua hebrea. San Jerónimo y otros grandes escrituristas y teólogos católicos no han dudado en consultarlos y aprender de ellos en estos campos. Podemos pues acudir a ellos sin temor y con provecho para nuestra fe.

En cuanto a entrar a investigar la lengua original y exponer a los fieles lo investigado, nos anima el dicho de Santa Teresita del Niño Jesús: "Si yo hubiera sido sacerdote, habría estudiado a fondo el hebreo y el griego, a fin de conocer el pensamiento divino, tal como Dios se dignó expresarlo en nuestro lenguaje humano".

3) Algunas conjeturas interpretativas

En una colección de antiguos comentarios rabínicos sobre el libro del Exodo, llamado Midrásh Éxodo Rabbáh, encontramos un comentario a las palabras de nuestro texto: "Como una llama de fuego en medio de las espinas".

El comentario dice así:
"Otra opinión acerca de 'a manera de llama de fuego', dice que estaba (el fuego) a ambos lados de la zarza y encima de ella,igual que el corazón (en hebreo = leb) está puesto entre ambas partes del cuerpo y en la parte de arriba".
Según este comentario, el fuego estaba dentro de la zarza como un corazón; era como el corazón ígneo de la zarza. O también, el fuego ardía en el corazón de la zarza. En todo caso, los rabinos son sensibles a relacionar en este texto los diversos símbolos del texto, los mismos de nuestro emblema.

El famoso comentarista medieval judío Rabbí Salomón Isaac, más conocido como el Rashí, comenta así nuestro pasaje:
"En una llama de fuego" (en hebreo: belabbat 'esh): Es el corazón (leb) del fuego. Expresión al estilo de: 'En el corazón del cielo' (Deuteronomio 4,11), 'el corazón de la encina' (2 Samuel 18,14) que significa: en medio de.

Y no te extrañes de que diga labbat por leb, (con tau final), porque hay otro ejemplo de eso en Ezequiel 16,30: '¡Oh! ¡Qué frágil es tu corazón' (=libbatekha)"
Según este autorizadísimo rabino, en nuestro texto podemos leer que Moisés vio a Dios "en el corazón de la llama o del fuego" (belibbat 'esh). O como vimos, según los otros rabinos antes aludidos, el pasaje puede interpretarse como "el fuego ardía en el corazón de la zarza".

Creo que siguiendo el consejo de Jesús, que recomendaba a todo escriba instruido en el Reino de los cielos sacar de su tesoro lo nuevo y lo viejo, me está no sólo permitido sino de alguna manera indicado, transitar este camino de la exégesis rabínica, adoptando su hermenéutica, aunque yendo más lejos que ellos, y en la dirección de mi fe. Por este camino, leo en el texto:
"Y se dejó ver el Angel de Dios a él en forma de corazones de fuego" (=belibbót 'esh).
Y también, ambivalentemente:
"En forma de lengua de fuego"
"En forma de espada de fuego"
"En forma de corazones de hombre" (belibbot 'ish).
"De en medio de la zarza" (=mitok hasenéh)
Y también, ambivalentemente:
"De en medio del odio" (=mitok hasin'áh).
Es decir, en otras palabras, "corazones de fuego, que arden en medio del odio sin consumir a los que los odian".
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Y así hemos llegado, queridos hermanos, al final de nuestra contemplación, en este último día de nuestro triduo.

Hemos contemplado el emblema del Corazón de María, coronado de espinas, ardiendo en medio de ellas y traspasado por la espada.

Para bucear en el sentido y el significado de los símbolos que componen ese emblema, hemos pedido ayuda a la Sagrada Escritura, orientados en esa consulta por los comentarios de los Santos Padres, sin deseñar el aporte de los comentarios rabínicos.

Los símbolos no lo dicen todo. Expresan algo y ocultan quizás otro tanto. Quedarían, por lo tanto, muchas otras cosas por buscar, por explicar y aclarar. Me doy por satisfecho si el recorrido por los textos de la Escritura ha sugerido algo a nuestro espíritu; si he logrado poner en común con ustedes algo de lo que me da vueltas dentro del corazón cuando vengo a ponerme delante de nuestra imagen parroquial de Nuestra Señora de la Paciencia.

Esta imagen tiene sobre mí el efecto que Dimas Antuña, nuestro teólogo laico uruguayo, mi querido maestro tan grande como desconocido, pedía que tuviese la imagen de San José que su amigo escultor intentaba tallar:
"Que la imagen tenga algo de grande, de simple; algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el devoto entre a la Iglesia para pedir (para sí) cosas temporales o egoístas" y en vez de pedir lo que venía a pedir, en este caso por sus propias aflicciones y pesares "sea detenido por la paz" de esta imagen y "pida oración, conocimiento del propio
pecado y de la misericordia divina, y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época" (Carta a un Escultor).
Una imagen - diría yo - que nos remita con símbolos elocuentes a los misterios centrales de nuestra fe. Como es, felizmente, la imagen de Nuestra Señora de la Paciencia que se venera en este templo de San Ignacio de Loyola.

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