lunes, 28 de abril de 2014

DIÁC. JORGE NOVOA: DESPIERTA TÚ QUE DUERMES!!!


Despierta tú que duermes (Ef 5,14)!! El texto de la Escritura quiere ser una campanada amorosa, para que advirtamos la apremiante  llamada de Dios, que nos sacude del sueño en el que estamos sumergidos, ante el bien que nos reclama o el mal que nos asecha.

El mal que nos asecha
Estamos amenazados por los tres enemigos de la naturaleza humana: mundo, demonio y carne. El sueño, frente al mal que nos asecha, designa simbólicamente, la incapacidad que tenemos para reconocer a nuestros enemigos y ver sus estrategias.

Es malo para el hombre, estar 5 horas frente al televisor, la computadora o el play, porque se tornan dueños de mis horas, volviéndome vulnerable e inactivo. El hombre herido por el pecado,  sin Dios y sin su luz orientadora, tiene oscurecida su inteligencia y debilitada su voluntad. La estrategia del mal para destruirnos comienza por desarmarnos. El sueño profundo inicialmente es una somnolencia, que permite el diálogo interior, con una voz que desautoriza la de Dios, que está en nuestra conciencia, poniendo inicialmente la duda sobre lo que es bueno o malo para mí.

La cultura del entretenimiento se instala en nuestro corazón, no como algo que hay que controlar en su justa medida, sino como aquella realidad  a la que le entrego mis horas y días. Viviendo entretenidos, sin medida y verdadera ubicación de estas realidades, me vuelvo incapaz de enfrentar mis obstáculos. El mal que me asecha,  está fuera y dentro de mí, es la propuesta cultural del momento como camino hacia la felicidad, sembrada como tentación por el enemigo  y  que impacta en mi yo herido, dejándome vacío. El mal que me asecha tiene una fuerte impronta espiritual, no podré vencerlo, si estoy desarmado espiritualmente.

Un hombre lleno de conocimientos, extremadamente eficiente  en estrategias sociales, reconocido públicamente por sus logros y su bienestar económico, no está, únicamente con estas herramientas en condiciones de enfrentar el mal que lo asecha. No tendrán solidez alguna, aquellos que han puesto su confianza en estas cosas.

El bien que nos reclama

La caridad es la llave que abre el camino hacia la felicidad. Dios cuenta contigo, los hombres, incluso los que lo ignoran, necesitan de ti. Vivir en la caridad, es introducir oxígeno en un mundo en polución. “El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios, es ante todo una tarea de cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial…”[1].

La tarea comienza cuando reconocemos y luchamos contra nuestros egoísmos. El yo no quiere ser removido del poder. La promoción del individualismo y  materialismo, incapacitan para la percepción del bien o  disuaden del compromiso que este comporta, en las renuncias y sacrificios que exige.

Qué quiere Dios de mí? Que me ame y respete, que también esto lo haga con los demás, pero y fundamentalmente, que conozca el verdadero contenido de la palabra “amor”, y para ello debo abrirme a las enseñanzas de Jesús. Debo conocerlas y fundamentalmente, vivirlas. Él me revela el verdadero  “amor”, ese que me busca y quiere habitar en mí, el que” todo lo puede, todo lo espera, todo lo soporta… el que nunca pasará”. Las falsificaciones del amor siempre encuentran razones para no salir de nosotros mismos. Siempre ven asechanzas en toda forma de entrega.

Estamos distraído? Creo que sí. No distinguimos claramente lo importante de lo secundario. No queremos “complicaciones”, y  por ello, no hay compromisos con el amor que nos reclama, ni con la búsqueda de la verdad que nos atrae. La tradición cristiana ha sintetizado siempre en la palabra  conversión,  el programa central de nuestra vida. Volvernos al amor y la verdad de Dios manifestados en Cristo, nos transformará en servidores humildes y atentos del bien que nos reclama y el mal que nos asecha.  De allí, la Escritura Santa,  viene en nuestro auxilio: Despierta tú que duermes!!  El que tenga oídos que oiga, y el que tenga ojos que vea…






[1] Benedicto XVI, Deus caritas est, N. 20.

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