lunes, 7 de noviembre de 2011

JOSE L. IRABURU: LA PARRESIA

La Sagrada Escritura emplea a veces el término parresía para designar la audaz confianza con que los enviados por Dios dan entre los hombres valiente testimonio de las verdades divinas, aún arriesgando a veces su prestigio o incluso su vida. (El Diccionario de la Real Academia da a la palabra otro significado).

Parresía significa libertad de espíritu o de palabra, confianza, sinceridad, valentía; parresiázomai quiere decir hablar con franqueza, abiertamente, sin temor, con atrevida confianza (cf. Hans-Christoph Hahn, Diccionario teológico del NT, Sígueme, Salamanca 19852, I,295-297).


«De acuerdo con su sentido originario, el término parresía (pan-rhêsis-erô, de la raíz wer-, de donde deriva también el latino verbum, y quizá el alemán wort y el inglés word, palabra) expresa la libertad para decirlo todo» (295). Y como la realización concreta de esa libertad ha de superar a veces dificultades muy grandes, surgen como significados ulteriores de parresía la intrepidez y la valentía.

En el griego profano estas palabras se usan primero en el campo de la política, para adquirir más tarde un sentido moral más general. En la versión que los LXXhicieron de las antiguas Escrituras son términos que se emplean raramente (12 veces el sustantivo, 6 el verbo) (295-296).


En cambio, en la plenitud de los tiempos, cuando la revelación de la Palabra divina alcanza su máxima luminosidad y, consiguientemente, cuando el enfrentamiento entre la luz divina y la tiniebla humana viene también en Cristo a ser máxima, estas palabras tienen mucho más uso. Y así «en el Nuevo Testamento parresía aparece 31 veces (13 en los escritos de Juan, 8 en Pablo, 5 en Hechos, 4 en Hebreos). Y el verbo parresiázomai se halla 9 veces (7 en Hechos, 2 en Pablo)» (296).

Jesús habla a los hombres con absoluta libertad, sin temor alguno, con parresía irresistible, sin «guardar su vida». Hasta sus contradictores lo reconocen: «Maestro, sabemos que eres sincero, y que con verdad enseñas el camino de Dios, sin que te dé cuidado de nadie» (Mt 22,16).


Él habla en el nombre de Dios públicamente, sin temor a nadie, libremente, sin ambigüedades (cf. Jn 7,26; 18,20; Mc 8,32). Como ya pudimos comprobar ampliamente en el primer capítulo, Él, cuando habla, cuando actúa, no trata de guardar su vida. Solo la protege, eso sí, hasta que llegue su hora, como cuando quieren matarle en Nazaret (Lc 4,30). No ejercita una parresía imprudente, como en algún momento hubieran querido sus familiares (Jn 7,3ss). Pero es evidente que hablando y actuando se entrega a la muerte.


La prudencia de Jesús, que es según el Espíritu divino, nada tiene que ver con la prudencia de la carne, que ante todo pretende evitar la cruz y obtener ventajas temporales. Por eso en Cristo prudencia y parresía no están en contradicción, sino que se identifican. Es prudente Jesús porque entregando su vida, la pierde, para la gloria de Dios y el bien de los hombres.

En los apóstoles, por obra del Espíritu Santo, sigue viva y actuante la misma prudente parresía del Maestro. «Los apóstoles daban con gran fortaleza el testimonio (martyrion) que se les había confiado acerca de la resurrección de Jesús» (Hch 4,33; con parresía, Hch 4,13; 9,27 y passim). «Los Hechos nos narran continuamente que Pedro, Pablo y otros se presentaban y anunciaban sin temor alguno ante los judíos y ante los paganos las obras de Dios» (Hahn 296).

Esa fuerza espiritual para comunicar a los hombres mundanos la Palabra divina no es una fuerza humana, es sobre-humana, es fruto del Espíritu Santo, «desciendo del Padre de las luces» (Sant 1,17), y es don recibido como respuesta a la oración de petición:


«Ahora, Señor, mira sus amenazas, y da a tus siervos firmeza (parresía) para hablar con toda libertad tu Palabra... Y cuando acabaron su oración, retembló el lugar en que estaban reunidos, y quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y hablaban la Palabra de Dios con osada libertad (parresía)» (Hch 4,29.31).

San Pablo, por ejemplo, manda a los efesios «suplicar por todos los santos, y por mí, para que al hablar se me pongan palabras en la boca con que anunciar con franca osadía (parresía) el misterio del Evangelio, del que soy mensajero, en cadenas, a fin de que halle yo en él fuerzas para anunciarlo con libre entereza (parresía), como debo hablarlo» (Ef 6,19-20; cf. Flp 1,20; 1Tes 2,2; 1Tim 3,13; Flm 8; 1Jn 2,28; 3,21; 4,17; 5,14; Heb 3,6; 10,35).


Todos los fieles cristianos, pero de un modo muy especial quienes han sido consagrados por Dios para el ministerio apostólico, deben estar llenos de parresía en el Espíritu Santo, de modo que, sin amilanarse en absoluto ante los hombres y los ambientes mundanos –vecinos y familiares, prensa, radio, televisión, políticos e intelectuales de moda–, den vigorosamente el testimonio de Cristo, pues Él, «despojando a los principados y a las potestades [del mundo y del diablo], los expuso a la vista del mundo con osada gallardía (parresía), triunfando de ellos por la Cruz» (Col 2,15).


De la Cruz viene la fuerza para predicar la Palabra divina

Obviamente, la parresía recibe toda su fuerza de la Cruz de Jesús. Se posee en el Espíritu esa fuerza espiritual en la medida en que se toma la Cruz. Puede el enviado ser «testigo-mártir de la verdad» que salva en la medida en que da su vida por «perdida», es decir, en la medida en que no tenga nada propio que conservar, proteger o guardar, en la medida en que, centrado en la Cruz y en la Eucaristía, «entregue» su vida para la gloria de Dios y el bien de los hombres. Por eso, allí donde disminuye el amor a la Cruz y a la Eucaristía, cesa la fuerza apostólica evangelizadora. El vigor espiritual no alcanza ya sino para proponer a los hombres aquellos valores que el mismo mundo acepta, al menos en teoría.


Santa Teresa echaba de menos en la Iglesia la palabra de profetas y de apóstoles, encendida en el fuego poderoso del Espíritu divino: «... no se usa ya este lenguaje. Hasta los predicadores van ordenando sus sermones para no descontentar. Buena intención tendrán y la obra lo será; mas así se enmiendan pocos. Mas ¿cómo no son muchos los que por los sermones dejan los vicios públicos? ¿Sabe qué me parece? Porque tienen mucho seso los que los predican. No están sin él, no están con el gran fuego de amor de Dios, como lo estaban los apóstoles, y así calienta poco esta llama. No digo yo sea tanta como ellos tenían, más querría que fuese más de lo que veo. ¿Sabe vuestra merced en qué debe ir mucho? En tener ya aborrecida la vida y en poca estima la honra; que no se les daba más, a trueco de decir una verdad y sustentarla para gloria de Dios, perderlo todo que ganarlo todo; que a quien de veras lo tiene todo arriscado por Dios, igualmente lleva lo uno que lo otro» (Vida 16,7).

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