sábado, 26 de marzo de 2016

HANS URS VON BALTHASAR: VIGILIA PASCUAL


Con la muerte de Jesús la Palabra de Dios llega a su fin. La Iglesia ha velado en silencio junto al sepulcro, en la fatiga de María traspasada por todas las espadas de dolor; toda fe viva, toda esperanza viva se ha depositado ante Dios; no resuena ningún aleluya prematuro. La Iglesia vigilante y orante tiene tiempo de rememorar el largo camino que Dios ha recorrido con su pueblo desde la creación del mundo, a través de todas las etapas de la historia de la salvación; siete acontecimientos se presentan ante su mirada espiritual: la Iglesia ve la salvación incluso en las situaciones más difíciles, como en el sacrificio de Abrahán, como en el paso del mar Rojo, como en el llamamiento a volver del Exilio; y la Iglesia comprende que todos ellos eran auténticos acontecimientos de la gracia: también el sacrificio de Abrahán y la promesa de Dios; también el aparente hundimiento en el mar era la salvación de Israel y la ruina de sus enemigos, el exilio era también una larga purificación y un retorno a Dios.

Así la Iglesia reconoce también, en la segunda lectura, que su propia muerte en el bautismo es un morir con Jesús para tener la salvación definitiva con él a un nuevo vivir para Dios, a una nueva vida sin pecado ni muerte. Este milagro no lo opera una simple ceremonia, sino un verdadero ser crucificado con Cristo del antiguo hombre pecador, que es el paso previo para que se pueda producir el morir y ser sepultado con Cristo. Esto es esencialmente un don que Dios concede al que se bautiza,y una exigencia de verificarlo en su existencia todos los días de su vida. Las dos cosas son inseparables para que este don de Dios en Cristo pueda realizarse en la vida del cristiano: lo que él es, debe llegar a serlo; lo que tiene, ha de desarrollarlo.Por eso el cambio que se produce entre el Sábado Santo y Pascua sólo puede ser ambas cosas en una: alegría por el don supremo que hemos recibido y firme decisión de mantener nuestras promesas bautismales.Con razón éstas se renuevan en la liturgia de la vigilia pascual.

Ahora sólo las santas mujeres pueden percibir el mensaje del ángel. Éste las invita a aproximarse y ver el sitio vacío donde yacía el cadáver de Jesús. "No está aquí".Ya no es visible, ni tangible, ni localizable en el espacio y en el tiempo: hay que renunciar a eso. Nadie en la historia del mundo ha dejado tras sí un sitio vacío como el que ha dejado el que ayer yacía enterrado aquí. El, que entró en la historia con tanta fuerza, ya no es aprehensible dentro de ella . Ha Resucitado,como había dicho,ha abierto en la historia cerrada una brecha que ya no se cerrará nunca.Los guardias que custodiaban la tumba no han podido impedir esa abertura, que se ha mostrado tanto más llamativa cuantos más intentos se han hecho de cerrarla. Lo que se regala a las mujeres en lugar de ese vacío es la alegría de comunicar el mensaje a los discípulos, una alegría que se hace más profunda aún cuando el propio Señor se les aparece y renueva la misión: "Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán". allí, donde toda ha comenzado, en la cotidianidad de una profesión mundana, debe comenzar la vida nueva, en lo insignificante lo inconcebible único.