miércoles, 22 de febrero de 2017

DESCUBRIMIENTO DE MARÍA EN EL TIEMPO: SEGUNDO PERÍODO

SEGUNDO PERÍODO: DEL EVANGELIO DE JUAN AL CONCILIO DE ÉFESO (90-431)

Al período de la Sagrada Escritura sigue un período complejo al que se puede asignar como término el año 431, año del Concilio de Éfeso en Oriente y que sigue a la muerte de San Agustín en Occidente. En este período, en el que se iluminan progresivamente el misterio de la maternidad divina, de la virginidad integral y de la santidad de María, se pueden distinguir, de un modo general, tres momentos: tiempo de calma y de silencio (90-190), tiempo de laboriosa vacilación (190-373), y tiempo de armoniosas soluciones (373-431).
1. Silenciosa maduración, descubrimiento de la antítesis Eva- María.

Después del período de la Sagrada Escritura, asistimos primariamente a un fenómeno regresivo. En la literatura cristina del siglo II, por lo que nosotros conocemos, la Virgen ocupa un lugar ínfimo. Son pocos los textos y se limitan generalmente a pálidas repeticiones de lo que Mt y Lc habían dicho de manera tan sabrosa: María es madre de Jesús; lo ha concebido virginalmente.
Sin embargo, al final de este siglo de reserva, el desarrollo se centra sobre un punto en particular. El paralelismo entre María y Eva, sugerido por san Juan se hace explícito en dos autores: San Justino (+163), que lo inaugura, e Ireneo (+202). Este último da, repentinamente, a este tema capital tal grado de desarrollo que en algunos puntos ya no será superado. Llega hasta llamar a María (cuya obediencia ha devuelto al mundo la vida perdida por la desobediencia de Eva), causa de salvación para todo el género humano.
Es preciso subrayar la importancia de este paralelismo, repetido por muchos autores. No será objeto de discusión, sino de meditaciones eminentemente positivas. Será el factor de un progreso decisivo. En efecto, el pensamiento de los Padres es intuitivo más que deductivo, simbólico más que lógico. Progresan no por silogismos, sino por confrontación de símbolos portadores de la verdad.
Entre María y Eva aparece un claro paralelismo de situaciones y una oposición interior: paralelismo de situación, porque en ambos casos se trata de la función de una mujer virgen y destinada a una maternidad universal, por un acto en el que está en juego la salvación de la humanidad; oposición interior, porque Eva desconfía de Dios y desobedece, mientras que María cree y obedece. Y el resultado es, por un aparte, el pecado y la muerte; y por otro, la salud y la vida para todos. Paralelamente a este contraste entre Eva y María, entre Eva, madre universal de la muerte, y María, madre universal de la vida, se dibuja otro: el contraste entre Eva, esposa de Adán, y la Iglesia, esposa de Cristo.
Este doble contraste engendra una relación totalmente armoniosa entre Eva y la Iglesia, según el esquema siguiente:
EVA
MARÍA IGLESIA
De estas tres figuras femeninas se desprende, pues, una idea general de lo que son la transfiguración de la humanidad salvada por Dios y su cooperación a su propia salvación. María aparece como la realización típica y eminente de esta cooperación y transfiguración. Aquí apareció una línea maestra, a cuyo derredor se desarrollará una gran parte de los progresos de la doctrina mariana, un eje al que se refieren las demás cuestiones.
2. Maternidad divina; Virginidad; santidad: tiempo de vacilaciones.

Después de esta fase casi silenciosa, al final de la cual se eleva la gran voz aislada de Ireneo, se asiste a un conjunto de esfuerzos penosos y contrarios. Cuatro puntos constituyen el objeto de esta primera reflexión teológica: el título de Madre de Dios; la virginidad de María después del nacimiento y en el nacimiento de Jesús (virginitas partum et virginitas in partu), y en fin, la santidad de María.
El título de Madre de Dios es atestiguado desde el siglo IV en la plegaria Sub tuum. No se comenzará a discutirlo seriamente hasta el tiempo en que esté universalmente propagado. Nestorio, que lo somete a discusión, parece haberlo empleado antes en su predicación. Los otros tres hechos, por el contrario, se precisan en la controversia.
La virginidad perpetua de María (virginitas post partum) fue negada por Tertuliano, y en pos de él, por algunos otros autores de los que el último conocido es Bonoso, condenado hacia 392.
La tesis de la integridad virginal de María en su alumbramiento (virginitas in partu) ofreció igualmente dificultad e hizo dudar al menos a san Jerónimo, intrépido defensor, por lo demás, de la virginidad perpetua.

Con más dificultad aún se descubre la santidad de María. Muchos son los que no sienten dificultad para hallar en María alguna duda u otros pecados, sobre todo entre los griegos. Son San Ambrosio y Agustín los que asientan definitivamente en Occidente la creencia en estas dos últimas verdades; más despacio, y sin grandes controversias, Oriente llegará pronto al mismo resultado. Después de Éfeso, desaparecen rápidamente los últimos rastros del error y de indecisión.

¿Por qué éstos titubeos iniciales?

Dios quiere dejar a la labor de la inteligencia humana el descubrimiento de algunos aspectos de la verdad, para lo cual ha dado los suficientes principios. Tal misión tiene su grandeza, es uno de los numerosos aspectos del designio que Dios tiene de asociar activamente a la humanidad a su propia salvación. Aquí, como en otros casos, la posibilidad de fracaso es el reverso de la libertad creada.

Con una comparación se podría ilustrar el proceso de estas defecciones. Cuando en un monumento antiguo se descubre un fresco oculto debajo de una capa de pintura, los primeros golpes del cincel dados sobre el revestimiento dañan a veces la imagen subyacente. Absorto el obrero en su trabajo de búsqueda no se da cuenta prontamente del desperfecto que está realizando. Algo semejante sucede en los siglos III y IV, y sucederá cada vez que se descubra un nuevo rasgo del semblante de la Virgen. Preocupados por algún otro tema, los predicadores, en busca de sorprendentes ejemplos, y los controversistas, arrastrados por el ardor de sus refutaciones tropiezan, como al azar, con la Madre del Señor, y, sin detenerse en ella, ávidos de otra cosa, niegan alguno de sus privilegios no declarados aún. Felizmente estos errores momentáneos, estos errores materiales son reparables (al contrario de los sufridos en el fresco), pues estamos en un orden de realidades vitales y espirituales: la verdad revelada lleva en sí misma un principio de regeneración.

Las vacilaciones se explican ordinariamente por la dificultad de conciliar dos aspectos complementarios del misterio cristiano, cuya dificultad no se deja reducir a una simplificación geométrica. Al principio se tiene de la Virgen una idea vaga, es objeto de una experiencia espiritual confusa. Una nueva cuestión surge con motivo de una cierta afinidad conceptual, o bajo la presión continua de un gran movimiento de ideas. A las soluciones parciales y opuestas sucede, con más o menos rapidez, la solución total, la solución verdadera. Ella satisface las exigencias de ambas partes y se integra armónicamente en el conjunto de la doctrina cristiana. La verdad, a la que conduce cada fase de la evolución del dogma, no es tanto la reacción contra un error cuanto el justo medio entre dos errores o (más exactamente y para eliminar la idea de compromiso que sugiere la expresión “justo medio”), es como la cumbre en donde se juntan dos vertientes de la verdad, es decir, dos aspectos parciales y complementarios que la constituyen en su integridad.

3. Solución progresiva

Estas observaciones aclaran el sentido de los conflictos que suscitaron en la Iglesia, desde el fin del siglo III hasta el año 431, las cuatro grandes cuestiones marianas.

La virginidad perpetua de María (virginitas post partum) debía hallar su justa expresión entre dos desviaciones. Sería un grave error proponerla como corolario de las tesis maniqueas sobre la perversidad intrínseca del matrimonio. Elvidio, adversario de los maniqueos (viendo en sus ideas una cierta reminiscencia de los promotores del ascetismo) y dejado llevar por su ardor, quiso privar a sus adversarios hasta de este pretexto. Quemándolo todo, como acaece en el ardor de la polémica, interpreta prematuramente los textos, interpreta prematuramente los textos evangélicos que tratan sobre los hermanos del Señor y propuso a María como modelo de madre de familia numerosa ¿Quién tenía razón? Ni los maniqueos ni estos adversarios intemperantes.
Estos puntos los esclarecieron San Jerónimo, Ambrosio y Agustín.
La cuestión de la virginidad de María en el nacimiento de Cristo (virginitas in partu) se hallaba en una situación más delicada aún. Los más inclinados a proponer esta doctrina eran los docetas, para quienes en cuerpo de Cristo no era más que una apariencia. Explicada en este sentido la tesis de la virginidad in partu, quedaba mancillada por el error. Durante un largo período debía ser objeto de desconfianza. Las dos exigencias de la fe: maternidad integral física y corporal, virginidad integral física y corporal, no eran fáciles de conciliar. Aun era preciso separa el hecho de los falsos principios de los que algunos la habían comprometido. Es lo que hizo San Ambrosio del modo que después veremos.
En lo referente a la santidad de María, la oposición, más compleja y menos perfilada, se resolvería sin gran controversia. Por un lado el descubrimiento progresivo de la santidad de la Virgen (íntimamente unida al de su Virginidad);por otro, la tendencia a subrayar frente a la tendencia farisaica de algunos ascetas, de que sólo Cristo es “santo” y todos los hombres pecadores. Solo Cristo es santo por sí mismo, el único metafísicamente impecable, el único que no tenía necesidad de Redención.
La oposición teológica más caracterizada surgió en torno al título Theotokos. Había que hallar la interpretación exacta entre dos errores opuestos. Uno el que inquietaba a Nestorio, hacía de la Virgen la madre de Cristo según su divinidad; interpretación tanto más peligrosa, cuánto que la mitología dejaba flotar en la imaginación el recuerdo de una madre de los dioses. Otro error, este de Nestorio en contra del primero, proscribía dicho título y no se reconocía la verdad en él contenida: negar que la madre de Cristo es madre de Dios era negar que Cristo fuese Dios. La Virgen es madre de Dios por haber engendrado, según la humanidad, un hijo que es personalmente Dios.

Aparte de una sana reacción contra los cultos paganos creaba un clima favorable para valorar las grandezas de María, los más dispuestos a poner de relieve alguno de estos privilegios eran los menos sensibles a su contrapartida dogmática. Los maniqueos estaban más dispuestos que los demás a defender la virginidad de María después de su alumbramiento; los docetas a defender su virginidad “in partu”; los pelagianos, a resaltar su perfecta santidad; y los espíritus mal desprendidos de los cultos paganos a ponderar el título de Theotokos. No diremos, sin embargo, que fueran los herejes los promotores de los privilegios marianos, sus enseñazas envolvían a María en una falsa luz.

No sería fácil discernir entre esas caricaturas y las primeras afirmaciones auténticas de los privilegios de María. Los que investigaron el error bajo todas sus formas se verían tentados a considerarlos en bloque, como ramas de un árbol enfermo que es preciso arrancar de cuajo.

4. Posición del problema de la Inmaculada

Los pelagianos contra el pesimismo maniqueo, defendía un excesivo optimismo sobre la capacidad de la naturaleza humana con detrimento de la función necesaria de la gracia. Durante la primera fase de la controversia Pelagio opuso a San Agustín el caso de la Virgen “a quien es preciso reconocer sin pecado”. Nadie había propuesto hasta aquel momento una fórmula tan decidida acerca de la santidad de María. Agustín resuelve la dificultad de manera genial. Acepta la afirmación de su adversario, pero le da un sentido distinto: esta santidad es una excepción y tiene por principio la gracia de Dios, no sólo el libre albedrío.

Julio de Eclana centró la discusión sobre un punto más delicado aún: no ya sobre los pecados actuales, sino sobre la del pecado original. Este pelagiano fue, por este motivo, el primero en explicitar la idea de la Inmaculada Concepción de la madre del Señor. En una palabra, aquí, como en otros muchos casos, el aparente defensor de la Virgen (Julián) es un hereje. Propone un atributo verdadero bajo una luz falsa: la Inmaculada Concepción no es para él un privilegio único; ni siquiera un efecto particular de la divina gracia sino algo común de todos los cristianos. Agustín tiene razón en oponerle el alcance universal del pecado original y la necesidad de la gracia para vencer al pecado. Al afirmar el carácter único del privilegio mariano y su carácter de preservación por gracia, que es su esencia misma, la definición dogmática de la Inmaculada Concepción se encuentra infinitamente más cerca de Agustín que de su adversario.