
Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israél. La imagen de las manos levantadas de Moisés durante la batalla con Amalec es sumamente elocuente en la primera lectura. Mientras Josué ataca, Moisés reza y al mismo tiempo hace penitencia, pues es ciertamente pesado y doloroso tener durante tantas horas las manos levantadas hacia Dios. Así está hecha la cristiandad: unos combaten fuera mientras otros - en el convento o en la soledad de su cuarto- rezan por los que luchan. Pero la imagen va aún más lejos: como a Moisés le pesaban las manos, Aarón y Jur tuvieron que sostener sus brazos hasta la puesta del sol, hasta que Israél finalmente venció en la batalla. Las manos levantadas de los orantes y contemplativos en la Iglesia deben ser sostenidas al igual que las de Moisés, porque sin oración la Iglesia no puede vencer, no en los combates del siglo, sino en las luchas espirituales que se le exigen.Todos nosotros debemos orar y ayudar a los demás a perseverar en la oración, y a no poner su confianza en la actividad externa, si es que queremos que la Iglesia no sea derrotada en los duros combates de nuestro tiempo.
Proclama la palabra insiste a tiempo y a destiempo.La palabra de la que habla segunda lectura no es la palabra de la pura acción, de la batalla de Josué, sino de la palabra de la oración de petición, de las manos en alto de Moisés. Permanece en lo que has aprendido, es decir, en lo que conoces de la Sagrada Escritura, que en ningun sitio recomienda la pura ortopraxis. Sólo cuando el hombre de Dios, es instruido por la Escritura inspirada por Dios, está perfectamente equipado para toda obra buena, y la primera obra buena es la oración, que debe recomendarse a los cristianos con toda comprensión y pedagogía.
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