lunes, 31 de julio de 2017

P.JOSÉ LUIS IRABURU: SAN IGNACIO DE LOYOLA

Un converso. San Ignacio de Loyola (1491-1556), que «hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo» (Autobiografía 1), pasa totalmente del mundo al Reino, y con un estilo tan medieval como renacentista, llega a ser, con su Compañía, un gran Capitán al servicio de Cristo.


Principio y fundamento. Ya convertido, Ignacio de Loyola entiende que el principio y fundamento de todo está en que el hombre ha sido puesto en la tierra para amar y servir a su Creador. Y que, indiferente a todos los bienes mundanos, debe tomarlos o dejarlos tanto en cuanto le ayuden para amar y servir a Cristo (Ejercicios 23).


Cristo Rey llama a cada uno en particular con términos muy claros: «Mi voluntad es conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, para que siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria» (95). El cristiano, por tanto, poniéndose bajo la bandera del Reino de Cristo, ha de pretender con todas sus fuerzas, potenciadas inmensamente por la gracia divina, conquistar el mundo para Dios.


Libres del mundo. Se comprende bien, en esta perspectiva, que ante todo y sobre todo Ignacio exija para su Compañía de Jesús hombres perfectamente libres del mundo. «Los que entran en la Compañía han de considerar delante de nuestro Creador y Señor lo que sigue: en cuánto grado aprovecha para la vida espiritual aborrecer en todo y no en parte cuanto el mundo ama y abraza. Admitir y y desear con todas las fuerzas posibles cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado. Y como los mundanos aman y buscan con tanta diligencia honras, fama, etc., así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo nuestro Señor aman y desean intensamente lo contrario. Y vístense de la misma vestidura y librea de su Señor, por su divino amor y reverencia. De modo que, donde a su divina Majestad no le fuese ofensa, ni al prójimo imputado a pecado, deben desear pasar injurias, falsos testimonios y ser tenidos por locos, no dando ellos ocasión de ello, para desear padecer e imitar en alguna manera a nuestro Creador y Señor Jesucristo, pues de ello nos ha dado ejemplo en sí, y hecho vía que nos lleva a la verdad y vida» (Regla 23; +Const.101; 288).

Tanto importa esto a los ojos de Ignacio, que el que quiera ingresar en la Compañía debe demostrar, con signos bien ciertos, su menosprecio del mundo. En primer lugar, el aspirante ha de distribuir todos sus bienes en forma irrevocable, «apartando de sí toda confianza de poder haber en tiempo alguno los tales bienes» (Const. 53). Más aún, el que entre en la Compañía «haga cuenta de dejar el padre y la madre, hermanos y hermanas, y cuanto tenía en el mundo, y así debe procurar perder toda la afición carnal, y convertirla en espiritual con los deudos» (61; +Regla 7-8).

Por otra parte, esta perfecta libertad del mundo debe ser probada y manifiesta, pues de otro modo el religioso jesuita no podrá servir por amor a Cristo Rey, con abnegación, fidelidad y perseverancia. Por eso, en el tiempo de su probación, pase un mes o lo que convenga sirviendo en hospitales, peregrinando sin dinero, ejercitándose en oficios bajos y humillantes, enseñando el catecismo a niños y gente ruda, etc. Y todo eso han de hacer los jesuitas, «por más se abajar y humillar, dando entera señal de sí, que de todo el siglo y sus pompas y vanidades se apartan, para servir en todo a su Creador y Señor, crucificado por ellos» (Const. 66). Y aún más, incluso han de ayudarse «en los vestidos para la mortificación y abnegación de sí mismos, y poner debajo de los pies el mundo y sus vanidades» (297).

Un caballero del XVI, sin caballo, sin armas, sin atuendos vistosos...

Doctrina de validez universal. La doctrina espiritual ignaciana, por ejemplo, la de los Ejercicios, es tan profunda, tan centrada en lo fundamental, que vale lo mismo para religiosos o laicos. Lo que Ignacio pretende, recordando una y otra vez las consabidas frases radicales del Evangelio, es que la vida entera del ejercitante, y cada uno de sus aspectos particulares, quede orientada y polarizada en Dios por el amor y el servicio.

Contemplativo y activo. Ignacio de Loyola fue hombre de pocos libros (non multa, sed multum), y siempre tuvo a mano la Imitación de Cristo. Y para él, «la mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor» (Autobiografía 11). Pues bien, precisamente por esto, porque Ignacio tenía el mundo secular y sus vanidades bien debajo de sus pies, y mantenía los ojos puestos en lo invisible, arriba, donde está Cristo a la derecha de Dios (+2Cor 4,18; Col 3,1-2), precisamente por eso, mostró tan eficacísimo sentido práctico para actuar en el mundo y tanta fuerza para transformarlo y sujetarlo al influjo benéfico del Reino.

Así fue Ignacio y así fueron sus hermanos jesuitas, que antes de su muerte ya eran tres mil. Así fue San Francisco de Javier y San Francisco de Borja. Y ésa es la formidable espiritualidad que, bien organizada, se difunde entre religiosos y laicos durante siglos. Obras como la del padre Alonso Rodríguez, Ejercicio de perfección y virtudes cristianas (1609), que tantas veces cita a los monjes del desierto, al Crisóstomo, a Agustín o a Bernardo, han hecho y hacen gran provecho a laicos, sacerdotes y religiosos.



J.L.Iraburu, De Cristo o del mundo. (Fundación Gratis date)

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