martes, 22 de marzo de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA...

Iba Jesús con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo,  por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado.
Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.»
Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.» Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.


La presencia de Jesús permite que reconozcamos nuestra indignidad, contrasta su santidad con nuestro pecado, su verdad con nuestra mentira y  su amor con nuestro rencor.La luz que irradia su presencia alcanza nuestras oscuridades y las ilumina, para dejarlas al descubierto y sanarlas. Es "justo y necesario" reconocer nuestra indignidad.Tan cierto, es lo que acabamos de afirmar, que Pedro lo manifiesta abiertamente, " apártate de mi que soy un pecador".

Cómo se relaciona Él, con los hombres que experimentan esta indignidad? Esta brecha establece una relación inaccesible ? Sorprende la cercanía del Señor para con los pecadores: las prostitutas , lo recaudadores de impuestos, los samaritanos  y los extranjeros, entre otros, son  acogidos  con gran cercanía. Viene a salvar lo que estaba perdido con su amor misericordioso, como médico de almas y cuerpos,  su santidad no destruye al pecador, sino su pecado. Este fuego abrazador de su amor purifica sin destruir.


En cierta ocasión, Santa Catalina de Siena, en la misa cuando el sacerdote dijo: "No soy digno de que entres en mi casa...", haciéndose eco de aquellas palabras, repitió interiormente, mientras fijaba sus ojos en la Hostia: "Realmente yo no soy digna". Entonces escuchó que Cristo le decía: "pero yo sí soy digno de entres en mí"...

Hay que superar la tentación que nos asecha, proponiéndonos alejarnos  de Él, debido a nuestra indignidad.  Sabemos que el pecado del hombre no es un obstáculo para el encuentro con Él, según su propia enseñanza va tras la oveja perdida, realiza una fiesta por el regreso del hijo perdido, y  luego de la traición, confirma a Pedro en su misión. Su amor es fiel, enteramente gratuito y totalmente desinteresado.

Alaba Jesús la fe del Centurión romano, este extranjero del que no se esperaba nada, ha manifestado una fe plena, que llena de admiración al Señor.Se admira para enseñar a los hombres que "viendo no ven". La condición de extranjero, era considerada una situación invalidante  para el acto de fe, podríamos decir, del que se esperaba menos se recogió más. Basta tu Palabra, le manda decir el Centurión.

El ejemplo  sobre la relación que se establece entre la órden dada por el superior y la obediencia del subalterno, se ponen al servicio de la palabra de Jesús que pronunciada ordenará la realidad. Si en plano humano la orden dada por el superior se cumple en el subalterno, la palabra del Hijo de Dios se realizará con plena eficacia.No necesita ir a la casa  del Centurión, para que se cumpla lo que ha pedido.

Encontrará el Señor una fe semejante entre nosotros? Somos capaces de interceder por  los que nos necesitan? Sabemos que somos indignos, pero confesamos unas otra vez en la  santa misa, que" una palabra tuya bastará para sanarnos ".