martes, 5 de abril de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: CRISTO, AMOR EXCLUSIVO E INCLUYENTE


Son muchos los pasajes evangélicos en los que se visualiza la exigencia del camino que el Señor nos propone, recordemos aquel que presenta la exigencia de la vocación apostólica (Lc 9), a los que son llamados se los invita, frente a diversos pedido que éstos realizan, “que dejen que los muertos entierren a sus muertos” e incluso se trata de disuadir de la solicitud para despedirse de los familiares, afirmando que “no se puede poner la mano en el arado y mirar para atrás”. Exigente!!!! Sí, muy exigente...

Nada puede anteponerse a la respuesta del llamado que el Señor realiza, ni aún lo que humanamente consideramos bueno. Ante ésta situación única y vital, cada cosa se debe ubicar en el lugar que le corresponde. El Señor reclama nuestro amor de modo pleno y total, y espera que le respondamos sin reservas. Reclama exclusividad. Seguramente esto te resultará un tanto desconcertante, pero es así, no está dispuesto a recibir de nuestra parte una respuesta parcial. Reclama nuestro amor con exclusividad. Él pide un amor exclusivo pero no excluyente.

En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo es la respuesta al Señor. Su amor lejos está del egoísmo, y su exigencia, tiene especial resonancia para nosotros. No busca por el amor ejercer un dominio egoísta, sino liberarnos de nuestros egoísmos. Al responderle a Él, de modo exclusivo, nuestros amores humanos son ahora inundados por la presencia de este amor que manifiesta la verdad sobre las realidades de nuestra existencia. Su amor exclusivo es incluyente.

“La caridad, según el Catecismo (nª 1822) es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”. Amar a Dios sobre todas las cosas, es la dimensión de exclusividad que debe tener nuestra respuesta, y al prójimo por amor de Dios, manifiesta la dimensión incluyente que produce en nosotros esta relación.

Resulta comprensible la exigencia del Señor, ella brota de la verdad que comunica este amor, el cual somos invitados a vivir, puesto que solamente en él podemos sanar nuestro amor humano herido por el pecado, y ante la posibilidad de sanar este mal radical todo debe deponerse. “No anteponer nada ante el amor de Cristo”.