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martes, 21 de febrero de 2023

BENEDICTO XVI: LA IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS


En todas las comunidades parroquiales se realiza hoy un gesto austero y simbólico: la imposición de las cenizas, y este rito es acompañado por dos fórmulas llenas de significado que constituyen un apremiante llamamiento a reconocerse pecadores y a volver a Dios. La primera fórmula dice: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Cf. Génesis 3, 19). Estas palabras, tomadas del libro del Génesis, evocan la condición humana sometida al signo de la caducidad y de la limitación, y quieren llevarnos a poner únicamente la esperanza en Dios.

La segunda fórmula se remonta a las palabras pronunciadas por Jesús al inicio de su ministerio itinerante: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Marcos 1, 15). Es una invitación a hacer de la adhesión firme y confiada al Evangelio el fundamento de la renovación personal y comunitaria. La vida del cristiano es vida de fe, fundamentada en la Palabra de Dios y alimentada por ella. En las pruebas de la vida y en cada tentación, el secreto en la victoria consiste en escuchar la Palabra de verdad y en rechazar con decisión la mentira del mal. Éste es el programa auténtico y central del tiempo del Cuaresma: escuchar la Palabra de vedad, vivir, hablar y hacer la verdad, rechazar la mentira que envenena a la humanidad y que es la puerta de todos los males. Es urgente, por tanto, volver a escuchar, en estos cuarenta días, el Evangelio, la Palabra del Señor, Palabra de verdad, para que en todo cristiano, en cada uno de nosotros, se refuerce la conciencia de la verdad que le ha dado, que nos ha dado, para vivirla y ser sus testigos. La Cuaresma nos estimula a dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestra vida y a conocer de este modo la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, adónde tenemos que ir, cuál es el camino que hay que tomar en la vida. De este modo, el período de Cuaresma nos ofrece un camino ascético y litúrgico que, ayudándonos a abrir los ojos ante nuestra debilidad, nos hace abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo.

El camino cuaresmal, al acercarnos a Dios, nos permite mirar con nuevos ojos a los hermanos y a sus necesidades. Quien comienza a ver a Dios, a contemplar el rostro de Cristo, ve con otros ojos al hermano, descubre al hermano, su bien, su mal, sus necesidades. Por este motivo, la Cuaresma, como tiempo de escucha de la verdad, es un momento propicio para convertirse al amor, pues la verdad profunda, la verdad de Dios, es al mismo tiempo amor. Un amor que sepa asumir la actitud de compasión y de misericordia del Señor, como he querido recordar en el Mensaje para la Cuaresma, que tiene por tema las palabras del Evangelio: “Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas” (Mateo 9, 36).

Consciente de su misión en el mundo, la Iglesia no deja de proclamar el amor misericordioso de Cristo, que sigue dirigiendo la mirada conmovida a los hombres y los pueblos de todos los tiempos: “Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad --escribía en el citado Mensaje cuaresmal--, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la ”mirada” de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa –mirada-” (párrafo 3), la mirada de Cristo, y para vernos a nosotros mismos, a la humanidad, a los demás, con su mirada. Con esto espíritu, entramos en el clima austero y orante de la Cuaresma, que es precisamente un clima de amor por el hermano.

Que sean días de reflexión y de intensa oración, en los que nos dejemos guiar por la Palabra de Dios, que la liturgia nos propone abundantemente. Que la Cuaresma sea, además, un tiempo de ayuno, de penitencia y de vigilancia sobre nosotros mismos, conscientes de que la lucha contra el pecado no termina nunca, pues la tentación es una realidad de todos los días y la fragilidad y los espejismos son experiencias de todos. Que la Cuaresma sea, por último, a través de la limosna, hacer el bien a los demás, que sea una ocasión sincera para compartir los dones recibidos con los hermanos para prestar atención a las necesidades de los más pobres y abandonados.

Que en este camino de penitencia nos acompañe María, la Madre del Redentor, que es maestra de escucha y de fiel adhesión a Dios. Que la Virgen María nos ayude a celebrar, purificados y renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de Cristo. Con estos sentimientos deseo a todos una buena y fecunda Cuaresma”.

miércoles, 5 de marzo de 2014

PAPA FRANCISCO: LA CUARESMA ES UN TIEMPO "FUERTE"

Comienza hoy, miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal de cuarenta días que nos llevará al Triduo
Pascual, recuerdo de la pasión, muerte y resurrección del Señor, corazón, centro, del misterio de nuestra salvación. La Cuaresma nos prepara a este momento tan importante, y por eso la Cuaresma es un tiempo "fuerte", un punto de inflexión que puede favorecer en cada uno de nosotros el cambio, la conversión. Todos nosotros necesitamos mejorar, cambiar a mejor, y la Cuaresma nos ayuda a salir de las costumbres cansadas y de la perezosa adicción al mal que nos insidia. En el tiempo cuaresmal, la Iglesia nos dirige dos importantes invitaciones: tomar conciencia más viva de la obra redentora de Cristo; vivir con mayor compromiso el propio Bautismo.

La conciencia de las maravillas que el Señor ha obrado por nuestra salvación dispone nuestra mente y nuestro corazón a una actitud de gratitud a Dios por lo que Él nos dio, por todo lo que realiza a favor de su Pueblo y de la entera el humanidad. Desde aquí comienza nuestra conversión: ésta es la respuesta agradecida al misterio estupendo del amor de Dios. Cuando nosotros vemos este amor que Dios tiene por nosotros, sentimos el deseo de acercarnos a Él y ésta es la conversión.

Vivir a fondo el Bautismo –aquí está la segunda invitación– significa no acostumbrarnos a las situaciones de degradación y miseria que nos encontramos caminando por las calles de nuestras ciudades y nuestros países. Existe el riesgo de aceptar pasivamente ciertos comportamientos y de no asombrarnos ante las tristes realidades que nos rodean. Nos acostumbramos a la violencia, como si se tratara de una noticia diaria asumida; nos acostumbramos a los hermanos y hermanas que duermen en la calle, que no tienen un techo donde refugiarse. Nos acostumbramos a los prófugos en busca de libertad y dignidad, que no son acogidos como se debería. Nos acostumbramos a vivir en una sociedad que pretende prescindir de Dios, en la que los padres ya no enseñan a sus hijos a orar ni a hacerse la señal de la cruz. Y yo les pregunto: sus hijos, sus niños, ¿saben hacerse el signo de la cruz? Piensen: ¿sus nietos saben hacerse el signo de la cruz? ¿Les enseñaron a hacerlo? Piensen y contesten en su corazón. ¿Saben rezar el Padrenuestro? ¿Saben rezar a la Virgen con el Avemaría? Piensen y respóndanse a ustedes mismos. ¡Este acostumbrarnos a comportamientos no cristianos y cómodos nos narcotiza el corazón!

La Cuaresma llega a nosotros como un tiempo providencial para cambiar de rumbo, para recuperar la capacidad de reaccionar frente a la realidad del mal que siempre nos desafía. La Cuaresma se vive como un tiempo de conversión, de renovación personal y comunitaria mediante el acercamiento a Dios y la adhesión confiada al Evangelio. De este modo nos permite mirar con ojos nuevos a los hermanos y a sus necesidades. Por esto la Cuaresma es un momento favorable para convertirse al amor a Dios y al prójimo; un amor que sepa hacer propio la actitud de gratuidad y de misericordia del Señor, el cual “se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Meditando los misterios centrales de la fe, la pasión, la cruz y la resurrección de Cristo, nos daremos cuenta de que el don sin medida de la Redención se nos dio por la iniciativa gratuita de Dios.

Acción de gracias a Dios por el misterio de su amor crucificado; fe auténtica, conversión y apertura del corazón a los hermanos: estos son los elementos esenciales para vivir el tiempo de Cuaresma. En este camino, queremos invocar con particular confianza la protección y la ayuda de la Virgen María: que sea Ella, la primera creyente en Cristo, la que nos acompañe en los días de oración intensa y penitencia, para llegar a celebrar purificados y renovados en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo. ¡Gracias! +