lunes, 9 de noviembre de 2015

ALONSO AMPUERO: ESTER, UNA MUJER QUE SUPO ARRIESGARSE


A veces se dan situaciones en la vida de una persona en que hay que realizar opciones de una trascendencia enorme. 

La persona se encuentra ante circunstancias en las que se juega mucho –para sí mismo o para otros– y no puede eludir la necesidad de optar. Es como una encrucijada de consecuencias incalculables según se tome un camino u otro. En esos casos se precisa lucidez para discernir, pero sobre todo valentía para arriesgar.

Este fue el caso de Ester, una de las mujeres más conocidas de la Biblia.

Su historia está ambientada en la época de domino persa, concretamente en tiempo del rey Asuero (Jerjes I: 486-465 a. C.). El hecho de que este marco histórico pudiera ser una ficción literaria para aludir en realidad a la situación de persecución religiosa bajo Antíoco IV Epífanes, no quita nada de valor a la vivencia de nuestro personaje.
Al caer en desgracia la reina Vasti, Asuero designa en su lugar a Ester, una judía de la diáspora que reside en Susa junto a su tío Mardoqueo, el cual es también empleado de la corte real.

Contemporáneamente, Amán es elevado al rango de ministro plenipotenciario del rey Asuero y los funcionarios de palacio tienen el deber de saludarle doblando ante él su rodilla.

Mardoqueo, el tío de Ester, se niega por motivos de conciencia, por fidelidad a su fe judía. Y esto ocasiona que Amán decida vengarse no sólo de él, sino del pueblo al que pertenece. En consecuencia, planea –con el consentimiento del rey– el exterminio del pueblo judío en todo el imperio.

A Ester se le da a conocer la situación y Mardoqueo la apremia a intervenir ante el rey Asuero. Sin embargo, sólo puede hacerlo si es invitada por el rey; pues quien se acerque al trono sin llamada expresa del soberano es reo de muerte.

La nueva reina se encuentra así ante un dilema doloroso: por un lado, el exterminio de su pueblo –incluida en primer lugar la muerte de su propio tío, que la ha criado y a quien tanto debe–; por otro, el riesgo de su propia vida (al elegirla reina, Asuero le ha demostrado evidente simpatía, pero desconoce hasta dónde llega el favor del rey, sobre todo cuando está por medio la desobediencia explícita a una orden suya).

Ester sufre lo indecible en su corazón. Debe optar, y cualquiera de las opciones conlleva riesgos. Más aún, de ningún modo puede eludir la opción: dejar de intervenir ante el rey equivale en realidad a aceptar el exterminio de su pueblo.

Comprende que se encuentra en un momento decisivo de su vida. Se da cuenta que no es casual que haya sido elegida reina precisamente en el momento en que se decreta la aniquilación de su propio pueblo, el pueblo de Dios. Y Mardoqueo se encarga de recordárselo: «¡Quién sabe si precisamente para esta ocasión has llegado a ser reina!» (Est 4,14).

Ve que debe arriesgar. Pero se siente débil. El paso que ha de dar le hiela la sangre. La posibilidad real y cercana de la muerte la paraliza... Ella es joven, y se trata de una muerte fácilmente evitable para ella: simplemente callar. La tentación de lavarse las manos debió ser muy fuerte para Ester.

Se siente débil e incapaz. Por eso pide que oren y ayunen por ella. Y ella misma se hunde en la oración: tres días enteramente dedicados a la oración y al ayuno. El texto bíblico nos dice que «la reina Ester se refugió en el Señor, presa de mortal angustia» (4,17k).

Hay decisiones que el hombre es incapaz de tomar sin la fuerza de Dios. Hay riesgos que es impotente para asumir si no es sostenido por el poder de su Creador.

Ester va a la oración para presentar a su Dios una situación que la desborda. Su pueblo se encuentra en gran aflicción y a la desesperada. Pero ella se encuentra llena de temor, porque su vida también está seriamente amenazada.

Pero el sentimiento que más capta su corazón en esas circunstancias es la soledad. Más aún que el miedo: dos veces expresa en su oración este sentimiento de estar sola. Y es que cuando el hombre debe tomar decisiones de tanto riesgo y trascendencia experimenta más que nunca la soledad. Entonces de nada sirven la presencia de los demás, ni su afecto o su compasión. Entonces sólo Dios es apoyo adecuado. Sólo en la oración se experimenta la presencia y la fuerza de Aquel que es capaz de sostenernos cuando está en juego la vida propia y la de los demás.

Y Ester decide arriesgar. Sin dejar de sentir miedo, pero sostenida por la oración –la suya y la de su pueblo–, asume finalmente la decisión que compromete su vida: «A pesar de la ley, me presentaré ante el rey; y si tengo que morir, moriré» (4,16).

Una vez tomada la decisión, los acontecimientos siguen su curso. Fortalecida por la confianza en Dios, se siente capaz de abordar al rey. Sabe que debe actuar, y actúa. Pero a la vez espera todo del único que puede volver del revés los acontecimientos. Y todo acaba bien, tanto para ella como para su pueblo.

Pero hay un último detalle que conviene resaltar: ahora Ester se siente plenamente solidaria de su pueblo. Antes había visto un dilema: la salvación de su pueblo o su propia seguridad. Ahora se ve unificada con su pueblo, y por eso pide al rey su vida y la vida de su pueblo, pues «yo y mi pueblo hemos sido vendidos para ser exterminados, muertos y aniquilados» (7,3-4). Aunque la decisión le haya costado, sabe que su vida es inseparable de la de su pueblo; por eso no oculta su condición de judía. En realidad, la disyuntiva era falsa: el egoísmo siempre destruye, tanto la vida propia como la de los demás. Sólo el amor que está dispuesto a dar la vida es el que redime y salva.

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