sábado, 17 de enero de 2009

Monseñor HÉCTOR AGUER: EL JUEGO: PASIÓN Y RIESGO


Justificar a ambos lados

 Al publicar este artículo de Monseñor Héctor Aguer, arzobispo de la Plata, nos enteramos de la designación  de este valiente pastor, para el Pontificio Consejo para la Cultura, imploramos el auxilio de la Virgen María, para que lo asista en su nuevo servicio.  


El juego constituye una dimensión esencial de la vida humana. Con razón, el homo sapiens ha sido llamado también homo ludens. Para justificar esta apariencia menos seria de nuestra actividad, Santo Tomás de Aquino emplea un argumento humanista: así como el descanso físico repone del cansancio, el juego alivia la fatiga del espíritu, la atención de la inteligencia y el esfuerzo de la voluntad. En la tradición clásica y cristiana se lo vincula con el valor espiritual del ocio, con el sentido de la fiesta y la sensibilidad para percibir lo sagrado. Es verdad que existe también un falsificación del espíritu lúdico. La diversión, cuando procede de la incapacidad de sosiego, de “habitar consigo mismo”, se multiplica convulsivamente para cubrir el vacío existencial, el desarraigo del espíritu; se convierte así en lo contrario del verdadero ocio, de aquel que ponderaban los antiguos como actividad característica del hombre libre.

 

Se pueden mencionar también otras deformaciones. Nadie duda del valor del deporte, reconocido plenamente por la espiritualidad cristiana. Pero en nuestros días se verifica una tendencia a hacer de la vida corporal un valor absoluto; se promueve el culto de la perfección física y el éxito deportivo brinda acceso al dinero y a la adoración de las multitudes. Nosotros solemos reconocer al fútbol como pasión nacional. En muchos casos se trata de una pasión desordenada. El “Mundial” ofrece un ejemplo elocuente: durante un mes absorbe el interés del país, modifica las agendas, promueve un dudoso patriotismo y desencadena reacciones insensatas y arrebatos irracionales. Por no hablar de la delincuencia encaramada en los tablones, y de sus protectores.

 

La madurez humana y el equilibrio de la personalidad implican la vivencia justa, virtuosa, de estas realidades. Así como es necesaria la moderación en la comida y la bebida, en la vida sexual y en el afán de sobresalir, existe también una templanza propia del homo ludens. Aristóteles la llamó “eutrapelia”: la virtud de quien encuentra solaz en un humor que no se excede y es capaz de volverse a las cosas joviales o recreativas sin perder la debida circunspección ni infringir los límites morales. La persona que sabe ubicarse como conviene al momento y se distrae moderadamente, dista tanto del bufón, el hincha fanático y el play-boy como del agrio, amargado y cejijunto.

 

Hablando del juego, es oportuno dedicar unos párrafos a la cuestión del juego por dinero. La moral cristiana lo consideró siempre ambiguo y peligroso, acicate de la codicia y de las peores pasiones. Algunos autores lo descalifican como intrínsecamente malo. San Francisco de Sales, tan suave en sus juicios, llegó a escribir: “Los juegos de dados, naipes y otros semejantes, en que la ganancia depende por la mayor parte de la suerte, son recreaciones no sólo peligrosas, sino absoluta y esencialmente malas y reprensibles, y por eso las prohíben las leyes...; tales juegos, aunque se llaman recreación y para esto se juegan, no lo son, sino ocupación violenta, pues en ellos está el espíritu tenso con atención continua y agitado por inquietudes, aprensiones y cuidados. ¿Hay atención más triste, opaca y melancólica que la de los jugadores? Ni se puede hablar del juego, ni reír, ni aun toser sin que se desesperen”.

 

No es fácil cultivar la eutrapelia en este campo preciso de la moralidad. Según el Catecismo, el juego es decididamente inmoral cuando se somete a la suerte aquello que en justicia debía dedicarse a otros fines, cuando la persona arriesga lo que corresponde dedicar a la atención de sus necesidades o las de su familia. Esta turbia actividad era, en otras épocas, prohibida por las leyes; hoy, en cambio, se la fomenta. La oferta es amplísima: loto, prode, quiniela, bingo, quini-seis, loterías varias, casinos (terrestres y flotantes), la engañifa de las máquinas tragamonedas. La fiebre privatizadora avanzó exitosamente sobre este sector, con el beneplácito de las autoridades. Se suele justificar la multiplicación de sitios e instrumentos de apuestas porque un porcentaje del mucho dinero acumulado se destina a fines benéficos. Puede aplicarse también al tratamiento de los ludópatas. Un pequeño bien que procede de un gran mal. Todo el mundo sabe, además, que una bruma sospechosa se cierne sobre el negocio del juego.

 

Mirando al bien común, habría que considerar con cuidado cuál es el mejor camino para limitar, en lo posible, este negocio que progresa atizando la pasión del juego. ¡Cuánta gente se ilusiona con la posibilidad de un rápido enriquecimiento, por un golpe de azar! En la coyuntura social que vive hoy la Argentina, cuando no abunda el empleo digno y no se acierta a instrumentar los medios para promover una cultura del trabajo, la difusión de los juegos de azar contribuye a extender un clima de escapismo, de huida de las responsabilidades personales y, en definitiva, de frivolidad. Las Vegas y Montecarlo no son modelos deseables de un estilo de vida. Conviene recordarlo cuando ya se advierte entre nosotros, como lamentable espectáculo, el contraste entre la ostentación y el despilfarro de los ricos -cada vez menos, probablemente-, y la creciente pobreza y marginalidad que invaden el paisaje suburbano y se adentran en la ciudad. Una versión rioplatense de la parábola evangélica del epulón y del mendigo Lázaro.

 

 

+ HÉCTOR AGUER

Arzobispo de La Plata

 

 

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