jueves, 6 de mayo de 2021

SAN JUAN MARÍA VIANNEY: AMAR Y ORAR

 Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti..». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.


martes, 13 de abril de 2021

SAN AGUSTÍN: ANGOSTA ES LA CASA DE MI ALMA

Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada por ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de ti: De los pecados ocultos líbrame, Señor, y de los ajenos perdona a tu siervo?


Creo, por eso hablo. Tú lo sabes, Señor. ¿Acaso no he confesado ante ti mis delitos contra mí, ¡Oh Dios mío!, y tú has remitido la impiedad de mi corazón? No quiero contender en juicio contigo, que eres la Verdad, y no quiero engañarme a mí mismo, para que no se engañe a sí misma mi iniquidad. No quiero contender en juicio contigo, porque si miras a las iniquidades, Señor, ¿quién, Señor, subsistirá?

viernes, 2 de abril de 2021

BENEDICTO XVI: LA CRUZ ES EL VERDADERO PROPICIATORIO


En Rm 3, 25, después de hablar de la "redención realizada por Cristo Jesús", san Pablo continúa con una fórmula misteriosa para nosotros. Dice así:  Dios lo "exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe". Con la expresión "instrumento de propiciación", más bien extraña para nosotros, san Pablo alude al así llamado "propiciatorio" del templo antiguo, es decir, a la cubierta del arca de la alianza, que estaba pensada como punto de contacto entre Dios y el hombre, punto de la presencia misteriosa de Dios en el mundo de los hombres. Este "propiciatorio", en el gran día de la reconciliación —"yom kippur"— se asperjaba con la sangre de animales sacrificados, sangre que simbólicamente ponía los pecados del año transcurrido en contacto con Dios y, así, los pecados arrojados al abismo de la bondad divina quedaban como absorbidos por la fuerza de Dios, superados, perdonados. La vida volvía a comenzar.

San Pablo alude a este rito y dice que era expresión del deseo de que realmente se pudieran poner todas nuestras culpas en el abismo de la misericordia divina para hacerlas así desaparecer. Pero con la sangre de animales no se realiza este proceso. Era necesario un contacto más real entre la culpa humana y el amor divino. Este contacto tuvo lugar en la cruz de Cristo. Cristo, verdadero Hijo de Dios, que se hizo verdadero hombre, asumió en sí toda nuestra culpa. Él mismo es el lugar de contacto entre la miseria humana y la misericordia divina; en su corazón se deshace la masa triste del mal realizado por la humanidad y se renueva la vida.

Revelando este cambio, san Pablo nos dice: con la cruz de Cristo —el acto supremo del amor divino convertido en amor humano— terminó el antiguo culto con sacrificios de animales en el templo de Jerusalén. Este culto simbólico, culto de deseo, ha sido sustituido ahora por el culto real:  el amor de Dios encarnado en Cristo y llevado a su plenitud en la muerte de cruz. Por tanto, no es una espiritualización del culto real, sino, al contrario:  el culto real, el verdadero amor divino-humano, sustituye al culto simbólico y provisional. La cruz de Cristo, su amor con carne y sangre es el culto real, correspondiendo a la realidad de Dios y del hombre. Para san Pablo, la era del templo y de su culto había terminado ya antes de la destrucción exterior del templo:  san Pablo se encuentra aquí en perfecta consonancia con las palabras de Jesús, que había anunciado el fin del templo y había anunciado otro templo "no hecho por manos humanas", el templo de su cuerpo resucitado (cf. Mc 14, 58; Jn 2, 19 ss). 

viernes, 26 de marzo de 2021

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO : EL DOLOR ES UN MISTERIO ( TESTIMONIAL)

Reflexiones de un enfermo en torno al dolor 

El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas
palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

LA MONTAÑA DEL DOLOR

Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

TEORÍAS, NO

Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués.

Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecemos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

DEMASIADA RETÓRICA

La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir».

El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.

VINAGRE, O VINO GENEROSO

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida.

Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres.

Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

UN ABUSO DE CONFIANZA

La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo.
P

miércoles, 10 de marzo de 2021

JOHN HENRY NEWMAN: ¡CONDÚCEME TÚ!




Guíame, oh Luz bondadosa, en medio de la oscuridad que me rodea.
¡Condúceme Tú!
Oscura es la noche y estoy muy lejos de casa
¡Condúceme Tú!
Protege Tú mis pasos;  no pido ver muy lejos
ver mi próximo paso es suficiente.

Yo no fuí siempre así, ni pedía que Tú me condujeses.
Me gustaba elegirme yo el camino; pero ahora: ¡Condúceme Tú!

Yo amé los resplandores; y un orgullo temerario gobernaba mi querer.
Oh! No recuerdes mis años pasados.
Tu poder me bendijo ya, desde hace tanto tiempo,
que seguramente me guiará todavía
por breñal y pantano, arenal y torrente,
hasta que haya pasado la noche;
y con la aurora,
vuelvan a sonreírme aquellos rostros de ángeles
que yo amara hace tanto y perdiera después. 
                                                                    Amén 

domingo, 7 de marzo de 2021

IGNACE DE LA POTTERIE S.J: EL PRINCIPE DE ESTE MUNDO EN SAN JUAN


La existencia de demonio.El tema es muy actual, pero, como recordaba el padre Amorth, hay muchos que incluso dentro de la Iglesia no creen en la existencia del Diablo. Son muchos los exégetas que hasta definen la existencia del Demonio «un problema superado». Hace años un exégeta alemán, Hubert Haag, publicó un libro con un título significativo: Adiós al Diablo.

Para comprender mejor el "problema" de la existencia del Demonio, vale la pena examinar cómo habla Juan, el apóstol predilecto de Jesús, de Satanás. Veamos sus diferentes escritos: el Evangelio, las Cartas, el Apocalipsis.


Lo que caracteriza al Evangelio de Juan es que su teología es fundamentalmente una cristología: el Verbo se hizo hombre, y encuentra en esta tierra los poderes del Mal. En sus varios textos, Juan da cuatro nombres a este Mal personal: «el Diabio», «el Maligno, «el Príncipe de este mundo», «Satanás».

El tercer título demuestra que el mundo, lugar donde trabaja el Diablo, prácticamente está invadido por este poder oculto.

Comencemos a examinar el Evangelio de Juan. En el capítulo 8, versículo 44, hallamos un versículo, "El Diablo es homicida desde el principio", que se repite en las epístolas (cf. 1 Jn 3,8). Lo que nos envía al Génesis, aludiendo al pecado cometido en el jardín del Edén y luego al asesinato de Caín. Según san Juan, a Caín le empujó "algo" o "alguien". Como la "serpiente" empujó a Eva y Adán. En el Antiguo Testamento (Sabiduría 2, 24) se lee: «Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo». La misma explicación que da en Juan (1 Jn 3, 12).

Luego, cuando Juan narra la vida de Cristo, señala más de una vez que su antagonista principal es «el Príncipe de este mundo». Hay tres textos muy sugestivos. Juan en su Evangelio (12, 30-3 l), narrando el fin de la vida pública de Cristo, escribe: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será arrojado fuera». Jesús sabe que le matarán "representantes de Diablo" y que está llegando el enfrentamiento decisivo. Más adelante (Jn 14, 30) -se lee: «Viene el Príncipe de este mundo, que en mí no tiene nada». Tendrá un poder breve sólo durante el periodo de la Pasión. Luego, será derrotado. Tanto es así que durante la última cena Jesús tranquiliza a sus amigos: «Confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Arroja al Príncipe de este mundo fuera de su dominio. Con la Resurrección queda derrotado el poder del Diablo.

Pero el párrafo más elaborado de todo el cuarto Evangelio relativo al poder del Maligno se halla en el capítulo 8, versículos 43-44. En el gran debate entre Jesús y los judíos en el templo de Jerusalén, Cristo dice: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él. Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira». Al estar completamente cerrado a la verdad no hay ningún rayo de luz que penetre en él. Como le describe Dante (Divina Comedia, "infierno" 34, 28-29), a diferencia de la iconografía anterior, el Diablo está hundido en el hielo, no en el fuego, porque el frío (mejor que el calor) da idea de un ser ensimismado, encerrado en el hielo de la ausencia de relaciones con lo externo, con la realidad con Dios.

Para Juan la verdad es un hecho histórico, un acontecimiento, un evento de revelación. Al contrario del Diablo que habla de lo suyo propio, Jesucristo no hace nada por sí mismo: trae al mundo la verdad, el designio de Otro, de Dios su Padre. Y cumple su tarea a través de la Revelación de sí mismo, como Hijo Unigénito de Dios, revelando de este modo el proyecto salvífico del Padre. El Diablo en cambio, está completamente encerrado en sí mismo. Por esto"la verdad no estaba en él". Es la oscuridad total. Y Juan lo llama "Padre de la mentira".
Un personaje que represanta casi físicamente al Diablo es Judas. Jesús aludiendo al traidor (Jn 6,70) dice: "¿No he elegido yo a doce? Y uno de vosotros es un diablo".

En el evangelio de Juan es "demonizado" (Jn 13,1-3) quien se opone a Cristo, ya sean sus compatriotas que no le reconocen o Judas que lo traiciona. Judas es la "encarnación " del Diablo presente en el mundo para obstaculizar al Hijo de Dios.

Como narra durante la última cena, Jesús viene del Padre y vuelve al Padre. Justamente en este movimiento interviene el Diablo: Judas. "Tomando el bocado, se salió luego; era de noche" (Jn 13,30) Como comenta S. Agustín, Judas mismo era la noche. La oscuridad. El Diablo.

Veamos ahora las Epístolas. En su primera carta la más larga, Juan (3,10) dice que la Iglesia está formada " por hijos de Dios e hijos del diablo". Pero los representantes de los hijos del diablo son los anticristos" Es un término acuñado por Juan (3,4-8). El pecado por excelencia, el de los anticristos, es ir contra Jesucristo. Renegar de Jesucristo es diabólico. "habéis vencido al Maligno"" recuerda Juan a los fieles de Jesús (1 Jn 2,14). "La victoria que ha vencido al mundo es nuestra fe" (1 Jn 5,4).

También en el Apocalipsis, en fin, aparece el Demonio. Juan nos presenta a dos de las siete iglesias del Apocalipsis como el lugar donde está presente Satanás. La Iglesia de Esmirna es la sinagoga de Satán (2,9), en la Iglesia de Pérgamo está el trono de Satán (2,13). El Diablo desencadena una lucha en todo el mundo, persigue a la Mujer, que representa a la Iglesia, y también a María, la madre de Jesús (12,1-7). Pero es derrotado. Al final "la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás[...] es arrojada en el abismo"( 20,2-3).El tiempo se concluye; es el triunfo definitivo de Cristo y de su Iglesia. Aparece el Hijo del hombre y la esposa del Cordero en la Jerusalén celeste que baja del cielo; es el cielo nuevo y la nueva tierra.

El Diablo, que era Príncipe de este mundo, ha perdido definitivamente su dominio. Lo ha tenido que ceder al Cordero, "El Señor de señores y Rey de reyes" (17,14); él es el verdadero Señor de este mundo, aquel por el que el mundo había sido creado.

viernes, 5 de febrero de 2021

HANS URS VON BALTHASAR: QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)

Para eso he venido. Este evangelio nos muestra que el trabajo que Jesús  hizo sobre la tierra era tarea que, dada la situación espiritual y religiosa  del país, era imposible de llevar a cabo y la que no obstante él se entrega con todas sus fuerzas. Cuando cura a la suegra de Pedro, la población entera se agolpa a la puerta de la casa; entonces cura a muchos enfermos y expulsa a muchos demonios. Jesús  se levanta de madrugada para poder por fin orar a solas. Pero sus discípulos le siguen y cuando le encuentran le  dicen  : Todo el mundo te busca. Le buscaban los mismos  de la noche  anterior . Jesús no se excusa diciendo que ahora quiere rezar, sino que evita encontrarse de nuevo con la multitud alegando otro trabajo: en las aldeas cercanas, para predicar también allí, que para eso he venido. Y las aldeas son sólo el comienzo: así recorrió toda Galilea. El auténtico apóstol cristiano puede tomar ejemplo del celo incansable de Jesús: aunque la tarea que tenga ante sí le parezca irrealizable desde el punto de vista humano, trabajará tanto como le permitan sus fuerzas; el resto será completado por su sufrimiento o al menos por su obediencia interior. Pero esta interioridad nunca puede ser una excusa para no hacer todo lo que pueda.

Esclavo de todos. Pablo, en la segunda lectura, sigue el ejemplo del Señor en la medida de lo posible. Ha recibido de Dios la tarea de anunciar el evangelio, y eso es para él un deber, no lo hace por su propio gusto. Pablo  puede, para mostrar a Dios su libre obediencia, renunciar a su paga, pero nada le exime del deber estricto de comprometerse en la tarea que le ha sido confiada. No se presenta como el gran Señor que está en posesión de la verdad, sino como el esclavo que está al servicio de todos. El Apóstol dice que se hace esclavo de los judíos ( se introduce en la mentalidad judía para hablar a los judíos del Mesías), esclavo de los paganos (para anunciarles al redentor del mundo) y finalmente  esclavo de los débiles 8(aunque él se considera fuerte) para ganar también para Cristo, en la medida de lo posible, a los poco inteligentes, a los inseguros, indecisos y versátiles. No se olvida a nadie: me he hecho todo a todos, y esto no con la seguridad del que es ya partícipe de la promesa del Evangelio, sino con la esperanza del que participa también en lo que anuncia a los demás.

Como un servicio (militar): así define el pobre Job, en la primera lectura, la vida del hombre sobre la tierra. El hombre no es un señor, sino un esclavo que “suspira por la sombra”; no es un amo (el amo es Dios), sino un “jornalero”. Se trata de una característica general de la efímera vida del hombre. Cristo y su apóstol no contradicen esta descripción de la vida humana. Sólo que la inquietud, la desazón de que habla Job, se ha convertido en la Nueva Alianza en el celo indomeñable de trabajar por Dios y su reino, ya se realice esto mediante una actividad exter ior  o mediante la oración. Porque también la oración es un compromiso del cristiano por el  mundo, y  ciertamente tan fecundo o incluso más fecundo que la actividad externa.

miércoles, 3 de febrero de 2021

LEONARDO CASTELLANI: EL PROBLEMA DEL MAL

La principal objeción contra la idea de que Cristo fue humano es el problema del mal. Los maniqueos y todos los que de ellos derivaron hasta hoy día. Santo Tomás resolvió el problema. San Agustín ya había dado la solución en una fórmula un poco obscura. Dijo: "Si Dios no fuera tan poderoso y tan bueno qué puede convertir el mal en bien, no lo hubiera dejado existir": Santo Tomás, con mucho trabajo, dio la solución completa a la teoría del mal, que es muy larga, pero voy a decir tres conceptos principales.

Estaba comiendo en la mesa del Rey de Francia (San Luis de Francia); estaba muy pensativo en la mesa; hasta que de pronto dio un puñetazo y dijo: "esto es decisivo contra los maniqueos".

Las proposiciones de Sto. Tomás son las siguientes:

1. El mal no es una sustancia, sino una privación. Es la privación de algo debido en alguna cosa. Por ejemplo un ciego no tiene una cosa que debe tener, que es la vista. Una piedra, por ejemplo, no tiene una privación sino una negación de la vista. Hay tres cosas diferentes que son: la sustancia, la privación y la negación.

2. La segunda proposición es: por lo tanto, el mal no tiene causa eficiente, sino causa deficiente. Es decir, que si Dios no causa el mal ¿quién lo causa? Lo causa la deficiencia de los ángeles y de los hombres. Igualmente el pecado es deficiencia del recto orden de la Creación. El desencaminamiento recto de las acciones es el pecado. El mal no lo puede causar Dios. Ha permitido que el hombre fuera libre. Y así vino el pecado de los ángeles que desviaron el camino para el cual habían sido creados y se desviaron de la razón misma y quisieron ser lo que nunca podían ser. Así cayeron. De manera que no tiene causa el mal; es una deficiencia en una acción de una criatura. También es una deficiencia en las cosas, como la enfermedad, que es una deficiencia de la salud.

3. El mal está en el ser como en un sujeto. El mal no puede existir solo; debe existir algo que lo soporte, que lo sostenga. Es decir que el mal está siempre en alguna naturaleza o en alguna sustancia, inerte o viviente. Esa es la solución del problema del mal de Sto. Tomás, de manera que no se puede achacarle a Dios el origen del mal.

lunes, 26 de octubre de 2020

BENEDICTO XVI: LA FE COMO RESPUESTA AL AMOR DE DIOS

Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1).
 
La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.
 
«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

martes, 6 de octubre de 2020

IGNACE DE LA POTTERIE: LOS MOMENTOS DE ORACIÓN SON MOMENTOS DE VERDAD


Para el hombre religioso, los momentos de oración son los momentos de verdad de la propia vida, porque se sitúa ante el misterio profundo de la propia existencia. Sólo en la oración, cuando se encuentra en la soledad ante Dios y se dirige a él, el hombre es plenamente él mismo, sin apariencias ni ficciones. En la oración está completamente solo consigo mismo y con la propia conciencia, y, al mismo tiempo, con Dios. Está ante él y no puede esconderle nada. Sus deseos más profundos, sus ideales, pero también su debilidad, aparecen a plena luz, a la luz de Dios mismo.

En la oración, el hombre dirige una mirada límpida y objetiva a la propia interioridad y ve la orientación fundamental y más auténtica de la propia existencia. La oración lo eleva por encima de cotidianidad de sus ocupaciones profanas, lo libera de una visión mundana de la existencia y le hace arrodillarse ante Dios, en actitud de orante, pecador o niño, para pedir a Dios, darle gracias o hablarle con confianza. Así entra en el mundo trascendente que, en la vida ordinaria, queda inaccesible para la mayor parte de los hombres.

La diferencia entre la oración y una introspección puramente humana está en que quien ora no se propone conocerse a sí mismo en el ámbito reducido de la propia conciencia, sino la luz de Dios y en diálogo con él. El corazón y la conciencia están abiertos a él. En la oración, el hombre dirige sobre sí mismo una mirada serena y mucho más objetiva que en una análisis introspectivo. Aprende también a conocerse mejor. Y en vez de provocar desánimo o complacencia, la oración suscita en él serenidad y humildad ante Dios y, por otra parte, deseo de él, esperanza y alegría en él. En vez de mirarse sólo a sí mismo, el hombre dirige la mirada a Dios y se ve con la luz que proviene de él. Así realiza plenamente lo que san Agustín escribió en el célebre pasaje del principio de sus Confesiones: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”. En la oración, cuando se encuentra ante Dios, el hombre puede ya, en cierto sentido, descansar en él; puede, aunque sea tras el velo misterioso de la fe, encontrar y relacionarse de veras con Dios.

La oración es el diálogo en que se actúa la nueva alianza entre Dios y el hombre, y se realiza la profecía de Jeremías: “Pondré mi ley en su interior; la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Para instruirse no necesitaran animarse unos a otros diciendo: ¡Conoced al Señor! , porque me conocerán todos, desde el más pequeño hasta el mayor, oráculo del Señor (Jr 31,33-34).

jueves, 1 de octubre de 2020

DIÁCONO JORGE NOVOA: SANTA TERESA DE LIEUX, iTINERARIO DE SU VOCACIÓN (3)

El hallazgo

En la carta de Pablo a los Corintios, Dios saciará la búsqueda de Teresa," como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios" (Manuscrito B),ciertamente que hay dones al servicio de la Iglesia, ellos son concedidos por Dios para el bien de todos, por lo cual es necesario ejercerlos, no para pavonearse, no es propio del don de Dios alardear como si fuera solamente fruto del esfuerzo humano. Si en realidad el llamado de Dios está ausente, no basta con querer. El querer para ser fecundo debe reconocerse como respuesta a un llamado.

La enseñanza encontrada por Teresita en la carta a los Corintios sobre los carismas, esclarece su búsqueda. No todos estamos llamados a ser sacerdotes, mártires y confesores. Esta primera revelación, tal vez un poco desalentadora a primera vista, preparará su corazón para que conozca el fundamento sólido de todas estas formas de vida en la Iglesia. "La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba paz" (Manuscrito B).

" Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no le faltaría el más necesario, el más noble de todos, comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón estaba ardiendo de Amor"

En la Iglesia, la vocación y todas las vocaciones son posibles solamente por el Amor, no hay vocación que no tenga su origen en el Amor. Es el Amor Trinitario el que suscita para bien de la Iglesia la vocación, incluso la respuesta debe darse en la gracia de ese amor, otorgada a la Iglesia en ese hombre o esa mujer. Esto parece poner la vocación tan sólo al alcance de unos pocos, y ciertamente todos estamos llamados a vivir la vocación bautismal, en el Amor Trinitario que nos ha llamado a participar en su Iglesia.

Si la Iglesia tiene un corazón, este debe ser el motor que impulsa a los apóstoles, mártires, sacerdotes y profetas, sin su "fuerza", no podrían anunciar el Evangelio, no serían capaces de dar testimonio de Jesús en tantas situaciones difíciles como tienen que enfrentar.

"Si hay un corazón, Yo seré el amor en la Iglesia", así el rayo de luz divino toma forma en esta maravillosa frase de Teresa, y le esclarece en su entendimiento esta verdad fundante de la existencia cristiana. A su luz ella contemplará todo lo que le ocurra. El amor de Dios la fortalece para vivir como ofrenda que arde sin consumirse en la hoguera del amor divino. Participa del amor pascual de Cristo, que según los relatos evangélicos, sobre todo S. Juan, presenta dos características: es deseado ardientemente y se consuma viviéndolo hasta el extremo.

Así como el maestro ha deseado ardientemente vivir su Pascua, así elige a Teresa para participar en este deseo ardiente "que no se consume", la posesión que Dios toma de Teresa, la hace análogamente como a la zarza ,"arder sin consumirse".
Para poder vivir así, es necesario "amar hasta el extremo", Teresa, va por esta gracia que Jesús le concede a vivir totalmente abismada en su Divino esposo, que "tiene sed de amor". Este amar hasta el extremo, solamente se puede realizar si confiadamente el alma se entrega totalmente en los brazos del Señor, para que este la conduzca" en medio de la más oscura tormenta" con el rayo de su gracia. Para llegar a "la cima de la montaña del amor, Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud".

IV-_Epílogo


¿Qué puede decirnos a nosotros ésta joven monja de clausura del Carmelo de Lisiuex? ¿Alcanza con su mensaje a hombres y mujeres que viven inmersos en la vorágine del mundo actual?

Yo creo que su mensaje absolutamente actual, es portador de una palabra esperanzadora e iluminadora. Todos debemos entrar en el Carmelo? No, sin llamado no basta mi querer, el llamado es un don, un regalo, un misterio que no tiene su origen en nosotros. ¿Entonces, la puerta que conduce a la santidad está clausurada para nosotros?

El Santo Padre nos da una serie de lineamientos generales en orden a las prioridades pastorales de la Iglesia Universal cuando entramos en el Nuevo Milenio, la santidad es la perspectiva en la que debe situarse este camino , la santidad es una "urgencia pastoral" (NMI n 30). Podemos caer en la trágica tentación, de creer que esta propuesta, no acarrea grandes e inmediatas consecuencias para la vida de una Iglesia local. El "Inmediatismo activista y el fariseísmo" son tentaciones permanentes que asechan a la barca de Pedro y a sus pastores. El Papa como el Señor nos infunde confianza, ante nuestra impaciencia, -"no hemos pescado nada", "nuestras redees están vacías"- nos invita con la voz del Señor a "navegar mar adentro". La santidad no es para las orillas cómodas, es una vida de profundidad, hay que ir "mar adentro". La tempestad de los "mesianismos intrahistóricos eclesiales" cesa ante la voz del pastor, confiemos en el Señor y adentrémonos en "Su mar". Duc in altum.

Caminos múltiples

Este mensaje de Teresa se inscribe en la llamada universal a la santidad, hecha por el Concilio Vaticano II, todos estamos llamados a la santidad. "Sea cual fuere nuestro estado de vida o el hábito que llevemos, cada uno de nosotros tiene que ser el santo de Dios. ¿Quién es, pues, más santo? Quien más ama, quien contempla más a Dios y satisface las exigencias de la mirada divina" (Isabel de la Trinidad).
"Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno" (NMI n 31). En la variedad de caminos Dios expresa la belleza inagotable de su gracia, la santidad es la ciencia del amor.

En el documento conciliar llamado Lumen Gentium, luego de mirar a los miembros del Pueblo de Dios, desde la particular aportación de cada uno, obispos, presbíteros y diáconos, desarrolla todo un capítulo dedicado a los laicos, concluyendo con la vida religiosa (vida consagrada), es decir luego de enumerar la riqueza de la variedad, destaca lo común a todos, la "llamada universal a la santidad". Para todos y cada uno de los miembros de la Iglesia, este es el lugar común, la santidad. Desde el origen (Bautismo) por el cual somos miembros del Pueblo de Dios, es decir, hemos sido injertados en la vid de Cristo, somos uno con Él. Resaltando la aportación de cada uno de los miembros del Pueblo (orden, laicos, vida consagrada) en orden a la misión (evangelizar) debemos comunicar la vida (gracia) que viniendo de Dios nos nutre (santificación) e impulsa a correr hacia la meta (visión de Dios).
En la imagen del Cuerpo, S.Pablo nos dice que "hay muchos miembros" y que todos son necesarios, es imposible decir a alguno, "no te necesito", todos recibimos la vida de la única vid y nos nutrimos con su savia, el buen funcionamiento de un miembro redunda en beneficio de todo el cuerpo. La vida santa de un creyente enriquece la vida de la Iglesia y la impulsa hacia el cumplimiento más eficaz de su misión. Teresa llama la atención sobre el poder transformador de la caridad. Todos podemos amar, y vivir este amor en las cosas cotidianas, y así edificar la Iglesia. Ningún gesto de amor se pierde, Dios no deja estéril ningún acto de amor, y aunque nosotros a veces no percibamos su efecto inmediato, Dios en el tiempo oportuno, lo distribuye para nosotros o en otros, según sea necesario. Una mamá que cuida a sus hijos y esposo, deposita en Dios este tesoro de amar generosamente y Dios siempre devuelve el ciento por uno. Solo el amor salva, y ahora posee un rostro concreto, Jesús de Nazaret, este es el grito de Teresa, tal vez, sea la puerta olvidada de la humanidad, que por ser estrecha está abandonada. Teresa nos anuncia esta buena noticia que tiene su origen en el Evangelio. Su vida es una experiencia luminosa de la gracia, que la introdujo en la ciencia del amor.

Caminos actuales y posibles

" Vivir de amor es navegar sin tregua,
en las almas sembrando paz y gozo.
¡Oh mi piloto amado!,la caridad me urge,
pues te veo en las almas mis hermanas
La caridad me guía, ella es mi estrella,
bogo siempre a su luz.
En mi vela yo llevo grabada mi divisa:
¡Vivir de amor!"
 
Vivir de amor es una poesía de enorme profundidad, este canto que entona Teresa por la vida de la caridad, es descalificado por la voz del mundo que le ordena;"¡Vivir de amor, oh que locura extraña -me dice el mundo-cesa ya tu canto!"

El discípulo de Jesús sabe desde siempre a que tres enemigos debe enfrentar; mundo (realidad negativa presente en el mundo que se opone al plan de Dios, capitaneado por el que S. Juan llama príncipe de este mundo) demonio ( ser personal, espiritual que busca permanentemente apartarnos de Dios) carne (nuestras propias inclinaciones, la concupiscencia, etc). Estos enemigos de la naturaleza humana, lo son de modo mayor en tanto la cultura actual no los distingue con claridad; llamar al mal bien y al bien mal es un modo de confusión babélico. "Jesús es un tesoro escondido, un bien inestimable que pocas almas saben encontrar, porque está escondido y el mundo ama lo que brilla".Teresa nos anima a vivir bajo la luz de la caridad, ella transforma lo amargo en dulce,"Jesús hace dulce lo más amargo" lo difuso por su presencia queda esclarecido. A pesar de ser un camino arduo en virtud de la resistencia del pecado, la caridad inunda poco a poco la vida del creyente, para ser un río que brotando en las fuentes del cordero, se derrama en el mundo, allí donde el creyente por la gracia obra la voluntad de Dios.
 
Ante tanta Verdad que se nos manifiesta sin necesidad de argumentos que la defiendan, lo mejor es callar y contemplar, miremos con admiración la obra de Dios y agradezcámosle por Santa Teresita del Niño Jesús.

 

DIÁCONO JORGE NOVOA: SANTA TERESA DE LISIEUX, ITINERARIO DE SU VOCACIÓN (2)

 

Teresa busca una y otra vez, describe su actitud con una imagen maravillosa, dice: "inclinándome sin cesar como Magdalena sobre la tumba vacía…", por medio de ella podemos comprender lo árida que resultó por momentos su búsqueda. La tumba vacía… muestra la vivencia de una gran aspereza, que manifiesta permanentemente la ausencia de respuestas evidentes. Esta acción por la cual Teresa se inclina sobre la silenciosa tumba que no le responde, la va purificando, fortaleciendo su fe y su confianza en Dios. El silencio manifiesta la ausencia de la respuesta a la pregunta que la sacude, ¿por dónde realizaré estos deseos?


"No creais que nado en consuelos. ¡oh , no! Mi consuelo es no tenerlo en la tierra". En el comienzo del Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz expresa con gran maestría la experiencia espiritual del discípulo en la búsqueda del maestro. "¿ Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?" En esta búsqueda apasionada, Teresa crece en la confianza que brota de la fe, es decir, la fe se desborda en la confianza que le exige el amor.

Como Magdalena, Teresa busca una respuesta del Señor, "habla Señor que tu sierva escucha", pero el peso del silencio la hace penetrar en la aridez de la noche de la fe, en la que solamente puede caminar, iluminada por el tenue resplandor que despiden los ojos de Jesús. La presencia cercana de Jesús es la fuente inagotable de la que brota la confianza de Teresa, la tierra prometida es vivir en la compañia de Jesús, aún en tierra extranjera la vida es seguir "a zaga de su huella". La fe penetra en el silencioso lenguaje del sepulcro vacío. La prueba que se busca en el sepulcro vacío, es purificadora del amor humano que debe descansar sobre la oscura inevidencia de la fe. "Comprendo mejor que nunca cuanto nos ama el Señor cuando nos prueba" (Beata Isabel de la Trinidad).

Ella no se desalienta, aguarda a la puerta del sepulcro como el centinela a la aurora, con su lámpara llena de aceite el momento en que su amado la llame por su nombre. Amar es esperar (1 Cor 13), cuando el velo se corra, este tiempo que en muchos casos nos parece interminable, será solo un momento. El amor da forma a la espera, que por silenciosa ya no atemoriza el corazón de Teresa. Como enseña San Juan de la Cruz, es necesario buscar en "fe y amor". "Porque la fe son los pies con que el alma va a Dios, y el amor es la guía que le encamina".
 
SanJuan Pablo II en la Novo Millenio Ineunte, reconoce que aún para los discípulos, "no fue fácil creer", las actitudes de los discípulos camino de Emaús, al igual que la de Tomás que quiere confirmar lo que le han dicho sus amigos introduciendo la mano en su costado son tan sólo las muestras de que "en realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro[...] A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20)" (NMI n. 19).
 
Nuestras búsquedas, tienen, no en su intensidad, algunos elementos comunes a los que vivió Teresa, en virtud de que la fe es el lenguaje propio del creyente y la noche es su "habitat" natural. Para todos y cada uno "es necesaria una gracia de revelación que viene del Padre" (NMI n 20).