jueves, 2 de febrero de 2023

NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA


Existe una antigua tradición iniciada en el siglo VII por el Papa Sergio I, donde los fieles hacían una piadosa procesión nocturna llevando en sus manos una veladora encendida en honor a la fiesta de la Presentación del Señor o de la Purificación de su Santísima Madre.
El maestro Gregorio Vázquez de Arce y de Ceballos pintó antes de su muerte un lienzo de casi un metro de largo por un poco más de sesenta centímetros de ancho, que fue entregado a los religiosos agustinos a cambio de los servicios funerarios que pronto requeriría por su frágil estado de salud física y síquica. El precioso óleo representa a la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Candelaria, cuya fiesta celebran algunos países latinoamericanos y del Antiguo Continente el día dos de febrero.

De allí el nombre de la advocación de Nuestra Señora de las Candelas o Candelaria. Algunos académicos consideran que el vocablo viene de Oriente y significa encuentro -de Nuestro Señor Niño con el Dios de Abraham y con el orbe entero- ya que había sido denominado por el justo Simeón como “luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,32). La iconografía cristiana ha querido representar a la Madre del Redentor con el bebé en sus brazos, una larga veladora en su mano derecha y dos tórtolas ofrecidas como sacrificio, de acuerdo con lo prescrito por la ley mosaica (Lc 2,24). La conmemoración se empezó a realizar el 2 de febrero, por ser a los cuarenta días de la Navidad, 25 de diciembre.

Existe otra piadosa advocación, con el mismo nombre, que también se ha arraigado fuertemente en la piedad de los cristianos. La Reina del Universo apareció cerca del año 1400 en el archipiélago de las islas Canarias a dos pastores que intentaban encerrar su ganado en el corral sin obtener éxito. Atribuyeron su fracaso a una figura femenina posada sobre una peña cercana a la orilla del mar, que obstaculizaba el paso de las bestias. Los labriegos le hacían señas –ya que les era prohibido acercarse a las mujeres- para que les permitiera el paso de los animales, pero en su afán quedaron paralizados. Asombrados por lo sucedido acudieron al rey Acaymo, quien concurrió presuroso con algunos de sus colaboradores para verificar lo relatado por los campesinos. El monarca al apreciar la sobrenatural imagen quiso transportarla para ubicarla en un lugar apropiado, pero el peso de la figura le impidió seguir su camino. Hoy día como recuerdo del hecho, una gran cruz enmarcada por un inmenso océano azul sobresale en la planicie. Allí cerca, después de la propagación de la fe por evangelizadores españoles, se le erigió un santuario que fue terminado en al año de 1526. Hernán Cortés propagó esta devoción a la Santísima Virgen de la Candelaria al llegar a México, y desde allí se extendió rápidamente a la América hispana.

En Colombia algunos templos tienen el privilegio de estar dedicados a Nuestra Señora de los Candiles o de la Luz, como también se le ha denominado: entre otros, la antigua catedral de Medellín; el santuario de Purificación, Tolima; y la parroquia del barrio bogotano del mismo nombre, ubicada a escasos metros del casa-taller del gran pintor de la colonia Gregorio Vázquez.
Recordemos un trecho de la oración de San Sofronio, obispo del siglo séptimo, dedicada a Nuestra Señora de la Candelaria “Del mismo modo que la Virgen Madre de Dios, tomó en sus brazos la luz verdadera y la comunicó a los que yacían en tinieblas, así también nosotros, iluminados por Él apresurémonos a salir al encuentro de Aquel que es la luz eterna”.

Fuente: Original para El Catolicismo
Alonso Jaramillo, KCHS, BM / alonsico@yahoo.com, 28 de enero de 2008

martes, 31 de enero de 2023

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO


En esta sección vamos a estudiar tres acontecimientos religiosos celebrados por la Sagrada Familia inmediatamente después del nacimiento de su Primogénito: la circuncisión, la purificación de la Madre y la Presentación del Hijo en el Templo.

21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno.
 
Para otras naciones que la practicaban, la circuncisión era frecuentemente diferida hasta la edad de la pubertad y se consideraba bien como un rito de paso de la infancia a la edad adulta, o bien se practicaba en vistas al matrimonio. Entre los israelitas, en cambio, la circuncisión tenía lugar el octavo día después del nacimiento

Dijo Dios a Abraham: «Guarda, pues, mi Alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación. Esta es mi Alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros - también tu posteridad -: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la Alianza entre yo y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extraño que no sea de tu raza( Gn 17,9-12).

El pueblo de Israel lo consideró como un mandato divino en el contexto de la Alianza y como signo distintivo de la pertenencia del pueblo a Dios. En este sentido se puede entender en la tradición cristiana que la circuncisión prefiguraba el Bautismo. La circuncisión de Jesús es señal de su inserción en la descendencia de Abrahán, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cfr.Gal 4,4) y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo prefigura el Bautismo cristiano, mejor incluso que el bautismo de penitencia de Juan. Pero en la nueva economía de la salvación aquel signo ha dejado de tener vigencia

Porque en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad( Gal 5,6).
 
El cumplimiento del rito de la circuncisión no estaba reservado a los sacerdotes. También las mujeres, al menos en época posterior, podían circuncidar; pero la costumbre era hacer venir al encargado local de la circuncisión (môhel) para efectuar la operación. En tiempos de Jesús sólo en el momento de la circuncisión el niño recibía el nombre. Se puede relacionar esta costumbre con el hecho de que Dios hubiera cambiado los nombres de Abrahán y de Sara el declarar la ley de la circuncisión (Gn 17,5-15).
 
Según el anuncio del ángel (Lc 1,31) es María quien debe dar el nombre a Jesús; pero en este pasaje no se especifica quién lo ha hecho, mientras que Mateo (Mt 2,21) nos refiere que José “le dio el nombre de Jesús”. No era costumbre poner al hijo el mismo nombre de su padre, dado que los semitas, como muchos otros pueblos antiguos, distinguían a las personas de un mismo clan añadiendo el nombre del padre, como “Simón, hijo de Jonás”( Mt 16,17). A Jesús le llamarían habitualmente “Jesús, hijo de José”.
 
22 Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23 como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; 24 y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.
 
Según la ley hebrea (Lev 12,2-8), la mujer al dar a luz quedaba impura. La madre de hijo varón terminaba el tiempo de impureza legal a los cuarenta días del nacimiento, con el rito de la purificación.
 
Es común a los pueblos, desde antiguo, considerar sagrado aquello que se relaciona con el sexo y su función generadora. El nacimiento de un nuevo ser a la vida siempre es señal de bendición divina. Por otra parte, Dios mismo ordena a la primera pareja que crezca y se multiplique(Gn 2,25;3,7). Ese aspecto sagrado de la generación es lo que hizo que en algunos pueblos se relacionara con prácticas sexuales, dándose el caso de la llamada “prostitución sagrada”; de hecho, en ocasiones, a la malicia moral de ciertos actos desordenados se añade, sobre todo, su relación con la idolatría.
 
Por otra parte, el abuso que ha hecho el hombre de esas facultades fecundadoras buscando unos fines de mera complacencia, ajenos a la naturaleza misma del sexo, originó sentimiento de rechazo por ser considerados rectamente como vergonzosos. Tales sentimientos se traducen en esas normas de purificación y de estima de la virginidad y de la continencia, sobre todo en lo relacionado con el culto a Dios; de ahí las disposiciones que prohibían realizar el acto conyugal cuando alguien se relacionaba con lo sagrado(cfr 1. Sam 21,5-7). Por lo demás, la naturaleza misma del hombre siente un instintivo pudor en relación con el sexo. El relato del Génesis sobre la desnudez de nuestros primeros padres(Gn 2, 25; 3,7), antes y después del pecado, atestiguan ese dato, recogido también por San Pablo al considerar cómo los miembros menos decentes “los tratamos con mayor decoro”(1 Cor 12,23). Así pues, en los pueblos antiguos, incluido Israel, todo lo relacionado con la generación estaba envuelto en el misterio, conjugándose la veneración, a veces idolátrica, con un rechazo en ocasiones irracional(Bibia de la Universidad de Navarra, comentario a Lev.12,1-4).
 
La Virgen María, siempre virgen, de hecho no estaba comprendida en estos preceptos de la Ley, porque ni había concebido por obra de varón, ni Cristo al nacer rompió la integridad virginal de su Madre. Sin embargo, Santa María quiso someterse a la Ley, aunque no estaba obligada.
 
En cuanto al rito de rescate del primogénito, conviene leer el siguiente pasaje del Éxodo:
«Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son todos.» Consagrarás a Yahvé todo lo que abre el seno materno. Todo primer nacido de tus ganados, si son machos, pertenecen también a Yahvé. Todo primer nacido del asno lo rescatarás con un cordero; y si no lo rescatas lo desnucarás. Rescatarás también todo primogénito de entre tus hijos. Y cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: "¿Qué significa esto?", le dirás: "Con mano fuerte nos sacó Yahvé de Egipto, de la casa de servidumbre." Como Faraón se obstinó en no dejarnos salir, Yahvé mató a todos los primogénitos en el país de Egipto, desde el primogénito del hombre hasta el primogénito del ganado. Por eso sacrifico a Yahvé todo macho que abre el seno materno, y rescato todo primogénito de mis hijos.(Ex 13,2.12-15)
 
Esta disposición mosaica indica que todo primogénito pertenece a Dios y debe serle consagrado, esto es, dedicado al culto divino. Sin embargo, desde que éste fue reservado a la tribu de Leví, aquellos primogénitos que no pertenecían a esta tribu no se dedicaban al culto; y para mostrar que seguían siendo propiedad especial de Dios se realizaba el rito del rescate.
 
La Ley mandaba también que los israelitas ofrecieran para los sacrificios una res menor, por ejemplo un cordero, o si eran pobres, un par de tórtolas o dos pichones. El Señor, que “siendo rico se hizo pobre por nosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza”(2. Cor 8,9), quiso que se ofreciera por Él la ofrenda de los pobres.
 
La expresión “para presentarlo al Señor”, del versículo 22, puede tener un significado todavía más profundo, sobre todo tratándose de San Lucas, que a lo largo de todo su Evangelio da mucho realce a Jerusalén y al Templo. Lo cierto es que el rescate del primogénito no exigía la presentación física del Niño en el Templo. Que sus padres quisieran “presentarlo” indica algo más. La expresión “parastêna tô Kyriô” se interpreta literalmente como la escena en que un siervo sagrado es introducido ante la presencia de su señor. Quizá San Lucas quiere decir que Jesús está puesto ahora fundamentalmente al servicio de Dios, más o menos como Samuel o un nazareo(Num 6,1-81) y está consagrado a Él. El uso del verbo “parastesai” en San Lucas debe ser semejante al de su maestro San Pablo, cuando dice, por ejemplo:
 
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual(Rom 12,1).

martes, 27 de diciembre de 2022

BENEDICTO XVI: SAN JUAN EVANGELISTA


Queridos hermanos y hermanas:
Dedicamos el encuentro de hoy a recordar a otro miembro muy importante del Colegio apostólico: Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Su nombre, típicamente hebreo, significa "el Señor ha dado su gracia". Estaba arreglando las redes a orillas del lago de Tiberíades, cuando Jesús lo llamó junto a su hermano (cf. Mt 4, 21; Mc 1, 19).
Juan siempre forma parte del grupo restringido que Jesús lleva consigo en determinadas ocasiones. Está junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, entra en casa de Pedro para curar a su suegra (cf. Mc 1, 29); con los otros dos sigue al Maestro a la casa del jefe de la sinagoga, Jairo, a cuya hija resucitará (cf. Mc 5, 37); lo sigue cuando sube a la montaña para transfigurarse (cf. Mc 9, 2); está a su lado en el Monte de los Olivos cuando, ante el imponente templo de Jerusalén, pronuncia el discurso sobre el fin de la ciudad y del mundo (cf. Mc 13, 3); y, por último, está cerca de él cuando en el Huerto de Getsemaní se retira para orar al Padre, antes de la Pasión (cf. Mc 14, 33). Poco antes de Pascua, cuando Jesús escoge a dos discípulos para enviarles a preparar la sala para la Cena, les encomienda a él y a Pedro esta misión (cf. Lc 22, 8).
Esta posición de relieve en el grupo de los Doce hace, en cierto sentido, comprensible la iniciativa que un día tomó su madre: se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos, Juan y Santiago, se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en el Reino (cf. Mt 20, 20-21). Como sabemos, Jesús respondió preguntándoles si estaban dispuestos a beber el cáliz que él mismo estaba a punto de beber (cf. Mt 20, 22). Con estas palabras quería abrirles los ojos a los dos discípulos, introducirlos en el conocimiento del misterio de su persona y anticiparles la futura llamada a ser sus testigos hasta la prueba suprema de la sangre. De hecho, poco después Jesús precisó que no había venido a ser servido sino a servir y a dar la vida como rescate por muchos (cf. Mt 20, 28). En los días sucesivos a la resurrección, encontramos a los "hijos de Zebedeo" pescando junto a Pedro y a otros discípulos en una noche sin resultados, a la que sigue, tras la intervención del Resucitado, la pesca milagrosa: "El discípulo a quien Jesús amaba" fue el primero en reconocer al "Señor" y en indicárselo a Pedro (cf. Jn 21, 1-13).
Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan ocupó un puesto importante en la dirección del primer grupo de cristianos. De hecho, Pablo lo incluye entre los que llama las "columnas" de esa comunidad (cf. Ga 2, 9). En realidad, Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, lo presenta junto a Pedro mientras van a rezar al templo (cf. Hch 3, 1-4. 11) o cuando comparecen ante el Sanedrín para testimoniar su fe en Jesucristo (cf. Hch 4, 13. 19). Junto con Pedro es enviado por la Iglesia de Jerusalén a confirmar a los que habían aceptado el Evangelio en Samaria, orando por ellos para que recibieran el Espíritu Santo (cf. Hch 8, 14-15). En particular, conviene recordar lo que dice, junto con Pedro, ante el Sanedrín, que los está procesando: "No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Precisamente esta valentía al confesar su fe queda para todos nosotros como un ejemplo y un estímulo para que siempre estemos dispuestos a declarar con decisión nuestra adhesión inquebrantable a Cristo, anteponiendo la fe a todo cálculo o interés humano.
Según la tradición, Juan es "el discípulo predilecto", que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena (cf. Jn 13, 25), se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25) y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado (cf. Jn 20, 2; 21, 7).
Sabemos que los expertos discuten hoy esta identificación, pues algunos de ellos sólo ven en él al prototipo del discípulo de Jesús. Dejando que los exegetas aclaren la cuestión, nosotros nos contentamos ahora con sacar una lección importante para nuestra vida: el Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con él y como él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos: por esto, Jesús dijo un día: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. (...) No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 13. 15).
En el libro apócrifo titulado "Hechos de Juan", al Apóstol no se le presenta como fundador de Iglesias, ni siquiera como guía de comunidades ya constituidas, sino como un comunicador itinerante de la fe en el encuentro con "almas capaces de esperar y de ser salvadas" (18, 10; 23, 8).
Todo lo hace con el paradójico deseo de hacer ver lo invisible. De hecho, la Iglesia oriental lo llama simplemente "el Teólogo", es decir, el que es capaz de hablar de las cosas divinas en términos accesibles, desvelando un arcano acceso a Dios a través de la adhesión a Jesús.
El culto del apóstol san Juan se consolidó comenzando por la ciudad de Éfeso, donde, según una antigua tradición, vivió durante mucho tiempo; allí murió a una edad extraordinariamente avanzada, en tiempos del emperador Trajano. En Éfeso el emperador Justiniano, en el siglo VI, mandó construir en su honor una gran basílica, de la que todavía quedan imponentes ruinas. Precisamente en Oriente gozó y sigue gozando de gran veneración. En la iconografía bizantina se le representa muy anciano y en intensa contemplación, con la actitud de quien invita al silencio.
En efecto, sin un adecuado recogimiento no es posible acercarse al misterio supremo de Dios y a su revelación. Esto explica por qué, hace años, el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, a quien el Papa Pablo VI abrazó en un memorable encuentro, afirmó: "Juan se halla en el origen de nuestra más elevada espiritualidad. Como él, los "silenciosos" conocen ese misterioso intercambio de corazones, invocan la presencia de Juan y su corazón se enciende" (O. Clément, Dialoghi con Atenagora, Turín 1972, p. 159). Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de san Juan para aprender la gran lección del amor, de manera que nos sintamos amados por Cristo "hasta el extremo" (Jn 13, 1) y gastemos nuestra vida por él.
*  *  *
Juan, hijo de Zebedeo
Audiencia General
Miércoles 5 de julio de 2006

lunes, 26 de diciembre de 2022

BENEDICTO XVI: SAN ESTEBAN MÁRTIR

Queridos hermanos y hermanas:
Después de las fiestas, volvemos a nuestras catequesis. Había meditado con vosotros en las figuras de los doce apóstoles y de san Pablo. Después habíamos comenzado a reflexionar en otras figuras de la Iglesia naciente. De este modo, hoy queremos detenernos en la persona de san Esteban, festejado por la Iglesia el día después de Navidad. San Esteban es el más representativo de un grupo de siete compañeros. La tradición ve en este grupo el germen del futuro ministerio de los «diáconos», si bien hay que destacar que esta denominación no está presente en el libro de los «Hechos de los Apóstoles». La importancia de Esteban, en todo caso, queda clara por el hecho de que Lucas, en este importante libro, le dedica dos capítulos enteros.

La narración de Lucas comienza constatando una subdivisión que tenía lugar dentro de la Iglesia primitiva de Jerusalén: estaba formada totalmente por cristianos de origen judío, pero entre éstos algunos eran originarios de la tierra de Israel, y eran llamados «hebreos», mientras que otros procedían de la de fe judía en el Antiguo Testamento de la diáspora de lengua griega, y eran llamados «helenistas». De este modo, comenzaba a perfilarse el problema: los más necesitados entre los helenistas, especialmente las viudas desprovistas de todo apoyo social, corrían el riesgo de ser descuidas en la asistencia de su sustento cotidiano. Para superar estas dificultades, los apóstoles, reservándose para sí mismos la oración y el ministerio de la Palabra como su tarea central, decidieron encargar a «a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría» para que cumplieran con el encargo de la asistencia (Hechos 6, 2-4), es decir, del servicio social caritativo. Con este objetivo, como escribe Lucas, por invitación de los apóstoles, los discípulos eligieron siete hombres. Tenemos sus nombres. Son: «Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquia. Los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos» (Hechos 6,5-6).

El gesto de la imposición de las manos puede tener varios significados. En el Antiguo Testamento, el gesto tiene sobre todo el significado de transmitir un encargo importante, como hizo Moisés con Josué (Cf. Números 27, 18-23), designando así a su sucesor. Siguiendo esta línea, también la Iglesia de Antioquía utilizará este gesto para enviar a Pablo y Bernabé en misión a los pueblos del mundo (Cf. Hechos 13, 3). A una análoga imposición de las manos sobre Timoteo para transmitir un encargo oficial hacen referencia las dos cartas que San Pablo le dirigió (Cf. 1 Timoteo 4, 14; 2 Timoteo 1, 6). El hecho de que se tratara de una acción importante, que había que realizar después de un discernimiento, se deduce de lo que se lee en la primera carta a Timoteo: «No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos» (5, 22). Por tanto, vemos que el gesto de la imposición de las manos se desarrolla en la línea de un signo sacramental. En el caso de Esteban y sus compañeros se trata ciertamente de la transmisión oficial, por parte de los apóstoles, de un encargo y al mismo tiempo de la imploración de una gracia para ejercerlo.

Lo más importante es que, además de los servicios caritativos, Esteban desempeña también una tarea de evangelización entre sus compatriotas, los así llamados «helenistas». Lucas, de hecho, insiste en el hecho de que él, «lleno de gracia y de poder» (Hechos 6, 8), presenta en el nombre de Jesús una nueva interpretación de Moisés y de la misma Ley de Dios, relee el Antiguo Testamento a la luz del anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Esta relectura del Antiguo Testamento, relectura cristológica, provoca las reacciones de los judíos que interpretan sus palabras como una blasfemia (Cf. Hechos 6, 11-14). Por este motivo, es condenado a la lapidación. Y san Lucas nos transmite el último discurso del santo, una síntesis de su predicación. 

Como Jesús había explicado a los discípulos de Emaús que todo el Antiguo Testamento habla de Él, de su cruz y de su resurrección, de este modo, san Esteban, siguiendo la enseñanza de Jesús, lee todo el Antiguo Testamento en clave cristológica. Demuestra que el misterio de la Cruz se encuentra en el centro de la historia de la salvación narrada en el Antiguo Testamento, muestra realmente que Jesús, el crucificado y resucitado, es el punto de llegada de toda esta historia. Y demuestra, por tanto, que el culto del templo también ha concluido y que Jesús, el resucitado, es el nuevo y auténtico «templo». Precisamente este «no» al templo y a su culto provoca la condena de san Esteban, quien, en ese momento --nos dice san Lucas--, al poner la mirada en el cielo vio la gloria de Dios y a Jesús a su derecha. Y mirando al cielo, a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios» (Hechos 7, 56). Le siguió su martirio, que de hecho se conforma con la pasión del mismo Jesús, pues entrega al «Señor Jesús» su propio espíritu y reza para que el pecado de sus asesinos no les sea tenido en cuenta (Cf. Hechos 7,59-60).

El lugar del martirio de Esteban, en Jerusalén, se sitúa tradicionalmente algo más afuera de la Puerta de Damasco, en el norte, donde ahora se encuentra precisamente la iglesia de Saint- Étienne, junto a la conocida «École Biblique» de los dominicos. Al asesinato de Esteban, primer mártir de Cristo, le siguió una persecución local contra los discípulos de Jesús (Cf. Hechos 8, 1), la primera que se verificó en la historia de la Iglesia. Constituyó la oportunidad concreta que llevó al grupo de cristianos hebreo-helenistas a huir de Jerusalén y a dispersarse. Expulsados de Jerusalén, se transformaron en misioneros itinerantes. «Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hechos 8, 4). La persecución y la consiguiente dispersión se convierten en misión. El Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en Fenicia, y e Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos (Cf. Hechos 11, 19-20) y donde resonó por primera vez el nombre de «cristianos» (Hechos 11,26).

En particular, Lucas especifica que los que lapidaron a Esteban «pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo» (Hechos 7, 58), el mismo que de perseguidor se convertiría en apóstol insigne del Evangelio. Esto significa que el joven Saulo tenía que haber escuchado la predicación de Esteban, y conocer los contenidos principales. Y San Pablo se encontraba con probabilidad entre quienes, siguiendo y escuchando este discurso, «tenían los corazones consumidos de rabia y rechinaban sus dientes contra él» (Hechos 7, 54). Podemos ver así las maravillas de la Providencia divina: Saulo, adversario empedernido de la visión de Esteban, después del encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco, reanuda la interpretación cristológica del Antiguo Testamento hecha por el primer mártir, la profundiza y completa, y de este modo se convierte en el «apóstol de las gentes». La ley se cumple, enseña él, en la cruz de Cristo. Y la fe en Cristo, la comunión con el amor de Cristo, es el verdadero cumplimiento de toda la Ley. Este es el contenido de la predicación de Pablo. Él demuestra así que el Dios de Abraham se convierte en el Dios de todos. Y todos los creyentes en Cristo Jesús, como hijos de Abraham, se convierten en partícipes de las promesas. En la misión de san Pablo se cumple la visión de Esteban.

La historia de Esteban nos dice mucho. Por ejemplo, nos enseña que no hay que disociar nunca el compromiso social de la caridad del anuncio valiente de la fe. Era uno de los siete que estaban encargados sobre todo de la caridad. Pero no era posible disociar caridad de anuncio. De este modo, con la caridad, anuncia a Cristo crucificado, hasta el punto de aceptar incluso el martirio. Esta es la primera lección que podemos aprender de la figura de san Esteban: caridad y anuncio van siempre juntos.

San Esteban nos habla sobre todo de Cristo, de Cristo crucificado y resucitado como centro de la historia y de nuestra vida. Podemos comprender que la Cruz ocupa siempre un lugar central en la vida de la Iglesia y también en nuestra vida personal. En la historia de la Iglesia no faltará nunca la pasión, la persecución. Y precisamente la persecución se convierte, según la famosa fase de Tertuliano, fuente de misión para los nuevos cristianos. Cito sus palabras: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologetico» 50,13: «Plures efficimur quoties metimur a vobis: semen est sanguis christianorum»). Pero también en nuestra vida la cruz, que no faltará nunca, se convierte en bendición. Y aceptando la cruz, sabiendo que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva hacia él y de él se alimenta la Iglesia. San Esteban nos enseña a aprender estas lecciones, nos enseña a amar la Cruz, pues es el camino por el que Cristo se hace siempre presente de nuevo entre nosotros.

sábado, 24 de diciembre de 2022

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO: NAVIDAD ES ALEGRÍA SIN NOSTALGIAS...

Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que viene.

Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.

Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de clausura que estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente locas.

Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.

¡Alegría, alegría para todos!

Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros.

Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.

Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar.

Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.

La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.

Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes, pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, al pequeño Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a los pequeños.

Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios que los hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo hubiera revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a los otros.

Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.

Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría que redescubrir juntos la fraternidad?

Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que necesita su amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en sus corazones será Navidad.

JOSEPH RATZINGER: EL BUEY Y EL ASNO JUNTO AL PESEBRE

En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría, contacto con la bondad de nuestro Dios y, de ese modo, ánimos renovados para seguir adelante. Al empezar esta pequeña reflexión sobre lo que esta fiesta puede decirnos hoy, tal vez resulte útil una breve mirada al origen de la celebración de la Navidad.

El año litúrgico de la Iglesia se ha desarrollado ante todo, no desde la consideración del nacimiento de Cristo, sino desde la fe en su resurrección. Por tanto, la fiesta originaria de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua. Pues de hecho, sólo la resurrección ha fundamentado la fe cristiana y ha hecho existir a la Iglesia. Por eso, ya Ignacio de Antioquia 8muerto como muy tarde el 117 d.C) llama a los cristianos aquellos que "ya no guardan el sábado, sino que viven según el día del señor": ser cristiano significa vivir pascualmente, desde la resurrección, que se conmemora en la semanal celebración del domingo. Seguramente el primero en afirmar que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204 d.C.;el antiguo exegeta de Basilea Bo Reicke remitía además al calendario de fiestas, según el cual en el evangelio de Lucas los relatos del nacimiento del Bautista y del nacimiento de Jesús están referidos uno al otro. De esto se seguiría que ya Lucas en su evangelio presupone el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. En este día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del Templo introducida en el año 164 a.C por Judas Macabeo; de ese modo la fecha del nacimiento de Jesús simbolizaría al mismo tiempo que con él, apareció la luz de Dios en la noche invernal, tenía lugar la verdadera dedicación del templo: la llegada de Dios en medio de esta tierra.

Sea como fuere, la fiesta de Navidad no adquirió en la cristiandad una forma clara hasta el siglo IV, cuando desplazó la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; sin embargo, por las anotaciones de Bo Reicke ha quedado patente que, en esta refundición de una fiesta pagana en una solemne festividad cristiana, se asumió una ya antigua tradición judeo cristiana.

El especial calor de la fiesta de Navidad nos afecta tanto, que en corazón de la cristiandad ha sobrepujado con mucho a la pascua. Pues bien, en realidad ese calor se desarrolló por vez primera en la Edad Media, y fue Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al Dios con nosotros, ayudó a materializar esta novedad. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, cuenta en la segunda descripción que hace de su vida lo siguiente." Más que ninguna otra fiesta celebraba la navidad con una alegría indescriptible. Decía que esta era la fiesta de las fiestas, pues en este día Dios se hizo niño pequeño, y mamó leche como todos los niños. Francisco abrazaba -¡con tanta ternura y devoción!- las imágenes que representaban al niño Jesús, y balbuceaba lleno de piedad, como los niños, palabras tiernas. El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel.

De tales sentimientos surgió, pues, la famosa fiesta de Navidad de Greccio, a la que podría haberle animado su visita a Tierra Santa y al pesebre de Santa María la Mayor en Roma; lo que le movía era el anhelo de cercanía, de realidad; era el deseo de vivir en Belén de forma totalmente presencial, de experimentar inmediatamente la alegría del nacimiento del niño Jesús y de compartirla con todos sus amigos.

De esta noche junto al pesebre habla Celano, en la primera biografía, de un manera que continuamente ha conmovido a los hombres y, al mismo tiempo, ha contribuido decisivamente a que pudiera desarrollarse la más bella tradición navideña: el pesebre. Por eso podemos decir con razón que la noche de Greccio regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de forma totalmente nueva, de manera que su propio mensaje, su especial calor y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una nueva dimensión. La festividad de la resurrección había centrado la mirada en el poder de Dios, que supera la muerte y nos enseña a esperar en el mundo venidero. Pero ahora se hacía visible el indefenso amor de Dios, su humildad y bondad, que se nos ofrece en medio de este mundo y con ello nos quiere enseñar un género nuevo de vida y de amor.

Quizá sea útil detenernos aquí un momento y preguntar:¿Dónde se encuentra exactamente ese lugar, Greccio, de que modo ha llegado ha tener para la historia de la fe un significado totalmente propio? Es una pequeña localidad situada en el valle Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma en dirección nordeste. Lagos y montañas dan a la comarca su encanto especial y su belleza callada, que todavía hoy nos sigue conmoviendo, especialmente porque apenas se ha visto afectada por la agitación del turismo. El convento de Greccio, situado a 638 metros de altitud, ha conservado algo de la simplicidad de los orígenes; ha permanecido sencillo, como la pequeña aldea que está a sus pies; el bosque lo circunda como en tiempos del Poverello e invita a la estancia contemplativa. Celano dice que Francisco amaba especialmente a los habitantes de este lugar por su pobreza y simplicidad; venía hasta aquí a menudo a descansar, atraído por una celda de extrema pobreza y soledad en la que podía entregarse sin ser molestado a la contemplación de las cosas celestiales. Pobreza-simplicidad-silencio de los hombres y hablar de la creación: ésas eran, al parecer, las impresiones que para el Santo de Asís se conectaban con este lugar. Por eso pudo convertirse en su Belén e inscribir de nuevo el secreto de Belén en la geografía de las almas.

Pero volvamos a la Navidad de 1223. Las tierras de Greccio habían sido puestas a disposición del pobre de Asís por un noble señor de nombre Juan, del que Celano cuenta que, pese a su alto linaje y su importante posición, "no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre y deseaba más bien alcanzar la del alma". Por eso lo amaba Francisco.

De este Juan dice Celano que aquella noche se le concedió una gracia de una visión milagrosa. Vio yacer inmóvil sobre el comedero a un niño pequeño, que era sacado de su sueño por la cercanía de san Francisco. El autor añade:"Esta visión correspondía en realidad a lo que sucedió, pues de hecho hasta aquella hora el Niño Jesús estaba hundido en el sueño del olvido en muchos corazones. Gracias a su siervo Francisco fue reavivado su recuerdo, en indeleblemente impreso en la memoria".

En esta imagen se describe muy exactamente la nueva dimensión que Francisco con su fe, que impregna alma y corazón, regaló a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de la revelación de Dios, que precisamente se encuentra en el niño Jesús. Precisamente así Dios ha llegado a ser verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros, alguien de quien no nos separa ninguna barrera de sublimidad ni de distancia: en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros, que le decimos sin temor tú, podemos tutearle en la inmediatez del acceso al corazón infantil.

En el niño Jesús se manifiesta de forma suprema la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde fuera, sino ganar desde dentro, transformar desde el interior. Si algo puede vencer la arbitrariedad del hombre, su violencia, su codicia, es el desamparo del niño. Dios lo ha aceptado para vencernos y conducirnos a nosotros mismos.

No olvidemos además, que el título supremos de Jesucristo es el de Hijo - Hijo de Dios-; la dignidad divina se designa con una palabra que muestra a Jesús como niño perpetuo. Su condición de niño se encuentra en una correspondencia sin para con su divinidad, que es la divinidad del Hijo. Así, su condición de niño nos indica cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde aquí se han de entender sus palabras: "Si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos" (Mt 18,3).

Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos: esto es lo que Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores.

En la cueva de Greccio se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de san Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho:"Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del niño, tal y como nació en belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos, corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre el buey y el asno".

Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de donde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con unos hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares.

El buey y el asno no son precisamente productos de la fantasía piadosa; gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño.. De hecho, en Is 1,3 se dice." Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

Los Padres de la Iglesia vieron en esta palabra una profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de los judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero en Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.

En las representaciones navideñas medievales sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos: cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia -nuestro misterio, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos-,bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor.

Pero,¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a la mente la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva -promesa de conocimiento verdadero-, sino también juicio sobre la presente ceguera. El buey y el asno conocen, pero "Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

¿Quién es hoy el buey y el asno, quien es "mi pueblo", que no discierne?¿En qué se conoce el buey y el asno, en qué a mi pueblo?¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?

Para encontrara una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad.¿Quién no conoció?¿Quién conoció?¿Por qué fue así?

Quien no conoció fue Herodes: no solo no entendió nada, cuando le hablaron del niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que le acompañaba (Mt 2,3). Quien no conoció fue, "con él, toda Jerusalén". Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada (Mt 11,8). Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada (Mt 2,6).

Quienes conocieron fueron -comparados con estas personas de renombre-"bueyes y asnos": los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno.

Ahora bien,¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos?¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en prueba de la inautenticidad u autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y nos enteramos nada de él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir adorar?

De esta manera el rostro del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende,¿comprendes tú la voz del señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el niño descubre al Señor -como una vez Francisco en Greccio-. Entonces podría sucedernos también lo que Celano- de forma muy semejante a san Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena (Lc 2,20)- cuenta de quienes participaron en los maitines de Greccio: todos volvieron a casa llenos de alegría.

martes, 13 de diciembre de 2022

DIÁCONO JORGE NOVOA: NAVIDAD DESDE LA FE

La Navidad en la cultura contemporánea ha sido sometida a un vaciamiento de su verdadero significado religioso, desvirtuando la verdad de su mensaje y el modo de comprenderla y celebrarla. Ella aparece manipulada por el “mercado” cultural actual que intenta darle una “utilidad práctica” de corte comercial. También se ha desvirtuado el modo de prepararla. Trataré de proponer algunas verdades del misterio de la Navidad que nos ayudarán a disponernos adecuadamente para vivirla desde el espíritu que manifiesta.

Buena Noticia de Dios
La primera palabra que me sugiera la Navidad, es la invitación que nos realiza la Iglesia a poder descubrirla, recibirla y vivirla como Buena Noticia de Dios, así lo dice el texto de la Escritura: “les anuncio una buena noticia..”. Dios en la Navidad anuncia una Buena Noticia y también la muestra, la hace perceptible a los sentidos, dirá el apóstol Juan en la década del 90: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida…”(I Jn 1,1).

La Navidad como Buena Noticia de Dios al hombre de todos los tiempos, es un misterio de fe para oír, ver y contemplar en los diversos pasajes de la Escritura: como “una gran alegría que lo será para todo el pueblo” (Lc 2,10) . “Alégrate” (Lc 1,28) le dice el arcángel Gabriel a María, y ella responderá a esta invitación con el Magnificat, respuesta admirable del espíritu humano que ha penetrando en el santuario del misterio anunciado: “mi espíritu se alegra en Dios mi salvador” (Lc 1,47).

Dios nos invita a recibir la alegría que brota de este acontecimiento. Ella no tiene su origen en los bienes materiales, de los obsequios y comidas que podamos compartir, de ellos podemos prescindir o en su defecto ordenar adecuadamente para expresar aquello que no puede faltar, el misterio de la Navidad. No hay Navidad sin Jesús. Es su nacimiento el motivo de nuestro gozo. Dios se hizo hombre. El Verbo se hizo carne (Jn 1,14).

Mientras el anunciado permanece en silencio, ya nos introducen en el misterio de la Navidad: los ángeles, magos, María, Simeón, Ana, Zacarías e Isabel. Este coro de hombres, secunda a los coros angélicos, que proclaman: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres…”. La alegría de la Navidad, es alegría por la salvación que ha irrumpido en el mundo, concretamente en un niño que “se nos ha dado” en Belén. Hacia allí Dios dirige las miradas, esta es su invitación: si quieres encontrarte con la salvación que ha llegado al hombre, debes mirar lo ocurrido en Belén. Hay alguien que es portador de la salvación para los hombres y que nos anuncia algo, que debe llenarnos de alegría. Debemos oír, ver y contemplar el mensaje que Dios da en Belén.

Esta Buena Noticia permanece como mensaje eterno abierto para la humanidad, de ayer, hoy y siempre. “Hoy les ha nacido un Salvador” (Lc 2,10-11). Este "hoy" que resuena en el mundo, se refiere al acontecimiento que tuvo lugar hace más de dos mil años y que cambió la historia del mundo, y tiene que ver también con nuestra Navidad hoy. La invitación del Señor permanece hoy abierta para nosotros, nos dice: vayan “encontraran a un niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. El acontecimiento es palabra e imagen, que muestra visiblemente su elocuente mensaje.

Dios visita a su Pueblo
Dios se aproxima, se hace cercano, prójimo. Navidad es anuncio “definitivo” de esta cercanía de Dios. En las religiones de la antigüedad, el abismo que separaba a Dios de los hombres, era infranqueable, Dios al aproximarse suprime este abismo. Se acerca, poniendo al hombre en una situación totalmente nueva con relación a todos los hombres de todos los siglos anteriores, ha desaparecido el abismo infranqueable. El invisible se muestra, se hace visible, y fundamentalmente nos visita para quedarse. El nombre del niño hace referencia a este aspecto del mensaje: “Dios con nosotros”.

La salvación que somos invitados a contemplar se nos muestra en un niño recién nacido en un establo. Dios irrumpe en el mundo, sin la custodia de un gran ejército, aparece en la fragilidad y pequeñez de un niño indefenso. La proximidad asumida es irrestricta. El Padre deposita lo más preciado, lo más valioso, a su Hijo Único en brazos de los hombres, son María su Madre y José quienes custodian con sus cuidados amorosos al Rey del Universo.

La Encarnación deja conocer la pedagogía divina de su plan que irrumpe sin ruidos estridentes, iniciando su presencia entre nosotros de modo silencioso, humilde y pobre. Los recursos de Dios para iniciar su obra en el mundo siempre interpelan nuestros proyectos personales, familiares y eclesiales. Jesús vino para quedarse, y según lo anunciado: “su reino no tendrá fin”. Recordemos la promesa del Resucitado que va en esta misma dirección: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.La Iglesia en la Navidad, levanta su dedo indicador, como Juan Bautista, para señalar en dirección de Belén, invitando a los hombres a contemplar al niño Salvador que “se nos ha dado”.

Los pastores
Qué debemos hacer? (Hch 2,37) Preguntamos a los discípulos como en el día de Pentecostés. Y todo se sintetiza en esta palabra: es necesario responder favorablemente al Dios que viene a nuestro encuentro. Enumeraré algunas disposiciones del corazón que podemos reconocer en las actitudes de los pastores o los magos, cada uno de ellos nos da una enseñanza.

De los pastores resaltamos la prontitud de la respuesta, se encontraban velando por turnos el cuidado del rebaño, pero ante el anuncio, comprenden la magnitud del momento. Podían haber respondido, no podemos ir ahora, debemos ocuparnos de lo nuestro. Son hombres que nos enseñan a distinguir y reconocer que hay un orden de prioridades. Diría que saben dar a Dios lo que corresponde y al Cesar lo que es suyo. Hoy, los spots publicitarios nos proponen tantos destinos posibles para estos días, que podemos olvidar esta Verdad. Podemos prepararlo todo, pero prescindiendo de Jesús, de su nacimiento y de su mensaje. Puede ser que no te resulte tan atractivo ir hacia la gruta donde se encuentra el niño, tal vez, encuentres el lugar un poco lúgubre o aburrido. Si así fuera, estás muy necesitado del Señor, tu corazón está desértico.

Los magos
Han peregrinado desde lugares muy lejanos, con una firme convicción, para ello han sorteado diversos obstáculos. La intuición que guardan en su corazón, les ha permitido reconocer la estrella luminosa que los guía por el camino. Son buscadores de la verdad que anuncia la estrella. Portadores de una serie de presentes que presagian la dignidad del buscado. Oro, incienso y mirra. Cada uno de ellos es también anuncio de la verdad sobre el niño. Los magos le reconocen como rey, a pesar del maloliente establo y su entorno austero. Él es el Rey. La mirra hace referencia a que es verdadero hombre, tal como lo presentó más tarde Pilato: “He ahí al hombre”… Es el hombre que Dios sueña, con el que se inicia una nueva humanidad. Y finalmente, el incienso, se debe a que es Dios, los magos saben encontrar al Todopoderoso en el niño que está recostado en el pesebre, la estrella al detenerse anuncia su presencia. Y tú que repondes: Es tu Rey? Su palabra edifica el hombre nuevo que hay en ti? Es tu Dios?

La rutas en dirección de Belén permanecen transitadas, ayer hubo allí pastores y magos, también estuvo Herodes, hoy hay turistas, comerciantes, indiferentes y creyentes. Cómo vas tu en esta peregrinación hacia Belén? Sientes que conviven en ti, algunos de estos modos inadecuados de peregrinar?

“Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en prueba de la inautenticidad u autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y nos enteramos nada de él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir adorar?”[1].

Adorar
Nuestro espíritu y corazón sienten deseos de reverenciar en la fe al Señor. La adoración como expresión de la fe debe encontrarse al final de nuestra peregrinación. Postramos nuestro corazón lleno de gratitud ante el misterio que contemplamos, sumándonos a esa gran cadena de adoradores de todos los tiempos, que peregrinaron, peregrinan y peregrinarán en dirección de Belén. Dios se hizo hombre, el Verbo se hizo carne, ha nacido el Salvador.
“Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida”[2].
[1] J. Ratzinger, El buey y el asno junto al pesebre, www.feyrzon.org.
[2] San León Magno, Sermón 1, en la Natividad del Señor (1-3,PL 54, 190-193)