martes, 28 de septiembre de 2021

ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAÉL

El 29 de septiembre
  

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael





Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael
Santos Miguel Arcángel
O.D.M. pinxit

Dios puso a nuestros padres en el paraíso para que trabajaran y embellecieran la tierra. Además, por la ley de la encarnación, no podemos desetendernos de este mundo. No hay otro trampolín, decía Niko Kazantzakis, para lanzarnos hacia el cielo, que el apoyarnos en la tierra.
Pero también es verdad, como dice San Pablo, que somos ciudadanos del cielo, que nuestro politeuma, nuestro derecho de ciudadanía, está en el cielo. La Carta a los Hebreos lo confirma al decir que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Esa joya de la antigüedad cristiana que es la Carta a Diogneto, insiste en la misma idea: "Los cristianos habitan sus propias patrias, pero como forasteros. Están en la carne, pero no viven según la carne".
Es la conocida ley del "ya, pero todavía no". Mientras tanto, se requiere una auténtica jerarquía de valores: "Sabiduría para sopesar los bienes de la tierra, amando intensamente los del cielo" (Liturgia de Adviento). "Valorar los bienes de este mundo según el criterio de la ley de Dios". (Oración colecta de San Francisco de Borja).
De todos modos, si nuestro futuro está en lo cielos, ¿por qué no anticiparlo lo más posible? ¿Por qué no vivir en la tierra, como si ya estuviéramos en el cielo? Si hemos de vivir para siempre en el cielo con nuestros hermanos, ¿por qué no entrenarnos ya ahora con verdadero amor?
¿Por qué, durante nuestra jornada terrena, no buscamos más espacios para conversar con Jesús y con la Virgen María? ¿Por qué no cultivamos una amistad más íntima con nuestros santos predilectos? ¿Por qué no tenemos más familiaridad con los ángeles? Y esto, no para desentendernos de nuestros compromisos temporales, sino para ser más responsables. Dice Moisés en la Carta a los Hebreos: "Como si viera al Invisible, permaneció firme en su propósito". Es decir, precisamente porque vivía con perspectiva sobrenatural tuvo fuerzas para atravesar el desierto.
Este es, creo, el sentido y mensaje que nos ofrece la celebración de los arcángeles Miguel, Gabriel, y Rafael: protección y estímulo.
Miguel significa "¿quién como Dios?" Fue su divisa de guerra contra Lucifer y los ángeles rebeldes cuando quisieron igualarse con el Creador. Miguel es el jefe de la milicia celestial, es el príncipe de la luz. Es el defensor de la justicia, por lo que se le representa con una balanza. Es el protector y defensor de la Iglesia. Es la fiesta más antigua en honor de los ángeles. Es patrono de radiólogos y de los policías.
Gabriel significa "fortaleza de Dios". Es el anunciador, el gran mensajero celestial. A Daniel le anunció la venida del Mesías. A Zacarías le anunció el nacimiento del precursor de Jesús, Juan el Bautista. Y seis meses después se presentó en Nazaret y trajo a María la noticia más grande y feliz de todos los siglos: el Amor eterno la había escogido para ser madre del Redentor. Es patrono de las comunicaciones y de los filatelistas. El Embajador San Gabriel es también patrono de los embajadores.
Rafael significa "medicina de Dios". Curó a Tobit y acompañó a su hijo Tobías en el viaje que emprendió enviado por su padre. Curó también a Sara, la mujer de Tobías. Es el acompañante fiel y portador de salud. Es patrono de los novios y de los esposos. Le tienen también por patrono los caminantes, los marineros, los ciegos, los enfermos de peste, los farmacéuticos y los médicos.

SAN JUAN PABLO II: ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL

Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre.
El primero es Miguel Arcángel (Cfr. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus buenos: ´Mica-El´ significa, en efecto: ´¿quien como Dios?´. En este nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual los ángeles ´ven la faz del Padre´ que está en los cielos.

El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (Cfr. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa: ´Mi poder es Dios´ o ´Poder de Dios´, como para decir que en el culmen de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre omnipotente.
 

Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. "Rafa-El´ significa: ´Dios cura´, El se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el antiguo Testamento (Cfr. Tob 12, 50. 20, etc.), tan significativa en el hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre necesitados de Custodia, cuidado y protección.

Reflexionando bien se ve que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el autor de la Carta a los Hebreos: ´¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salvación?´ (1, 14).

lunes, 27 de septiembre de 2021

BENEDICTO XVI: LOS ARCÁNGELES, MIGUEL,GABRIEL Y RAFAEL


Celebramos la fiesta de los tres Arcángeles que la sagrada Escritura menciona por su propio nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. Pero, ¿qué es un ángel? La sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia nos hacen descubrir dos aspectos.

Por una parte, el ángel es una criatura que está en la presencia de Dios, orientada con todo su ser hacia Dios. Los tres nombres de los Arcángeles acaban con la palabra "El", que significa "Dios". Dios está inscrito en sus nombres, en su naturaleza. Su verdadera naturaleza es estar en él y para él.

Precisamente así se explica también el segundo aspecto que caracteriza a los ángeles: son mensajeros de Dios. Llevan a Dios a los hombres, abren el cielo y así abren la tierra. Precisamente porque están en la presencia de Dios, pueden estar también muy cerca del hombre. En efecto, Dios es más íntimo a cada uno de nosotros de lo que somos nosotros mismos.

Como un ángel para los demás
Los ángeles hablan al hombre de lo que constituye su verdadero ser, de lo que en su vida con mucha frecuencia está encubierto y sepultado. Lo invitan a volver a entrar en sí mismo, tocándolo de parte de Dios. En este sentido, también nosotros, los seres humanos, deberíamos convertirnos continuamente en ángeles los unos para los otros, ángeles que nos apartan de los caminos equivocados y nos orientan siempre de nuevo hacia Dios.

Cuando la Iglesia antigua llama a los obispos ángeles de su Iglesia, quiere decir precisamente que los obispos mismos deben ser hombres de Dios, deben vivir orientados hacia Dios. Multum orat pro populo, "Ora mucho por el pueblo", dice el Breviario de la Iglesia a propósito de los obispos santos. El obispo debe ser un orante, uno que intercede por los hombres ante Dios. Cuanto más lo hace, tanto más comprende también a las personas que le han sido encomendadas y puede convertirse para ellas en un ángel, un mensajero de Dios, que les ayuda a encontrar su verdadera naturaleza, a encontrarse a sí mismas, y a vivir la idea que Dios tiene de ellas.

San Miguel: hacer espacio a Dios en el mundo 

San Miguel Arcángel, detalle de pintura en Galleria degli Uffizi (Florencia)
San Miguel Arcángel, detalle de pintura en Galleria degli Uffizi (Florencia)
Todo esto resulta aún más claro si contemplamos las figuras de los tres Arcángeles cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Ante todo, san Miguel. En la sagrada Escritura lo encontramos sobre todo en el libro de Daniel, en la carta del apóstol san Judas Tadeo y en el Apocalipsis. En esos textos se ponen de manifiesto dos funciones de este Arcángel. Defiende la causa de la unicidad de Dios contra la presunción del dragón, de la "serpiente antigua", como dice san Juan. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que Dios obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de él.

Pero el dragón no sólo acusa a Dios. El Apocalipsis lo llama también "el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa día y noche delante de nuestro Dios" (Ap 12, 10). Quien aparta a Dios, no hace grande al hombre, sino que le quita su dignidad. Entonces el hombre se transforma en un producto defectuoso de la evolución. Quien acusa a Dios, acusa también al hombre. La fe en Dios defiende al hombre en todas sus debilidades e insuficiencias: el esplendor de Dios brilla en cada persona.

El cristiano tiene por misión hacer espacio a Dios en el mundo contra las negaciones y defender así la grandeza del hombre. Y ¿qué cosa más grande se podría decir y pensar sobre el hombre que el hecho de que Dios mismo se ha hecho hombre?
La otra función del arcángel Miguel, según la Escritura, es la de protector del pueblo de Dios (cf.Dn 10, 21; 12, 1). Queridos amigos, sed de verdad "ángeles custodios" de las Iglesias que se os encomendarán. Ayudad al pueblo de Dios, al que debéis preceder en su peregrinación, a encontrar la alegría en la fe y a aprender el discernimiento de espíritus: a acoger el bien y rechazar el mal, a seguir siendo y a ser cada vez más, en virtud de la esperanza de la fe, personas que aman en comunión con el Dios-Amor.

San Gabriel
San Gabriel
San Gabriel: Dios que llama
Al Arcángel Gabriel lo encontramos sobre todo en el magnífico relato del anuncio de la encarnación de Dios a María, como nos lo refiere san Lucas (cf. Lc 1, 26-38). Gabriel es el mensajero de la encarnación de Dios. Llama a la puerta de María y, a través de él, Dios mismo pide a María su "sí" a la propuesta de convertirse en la Madre del Redentor: de dar su carne humana al Verbo eterno de Dios, al Hijo de Dios.

En repetidas ocasiones el Señor llama a las puertas del corazón humano. En el Apocalipsis dice al "ángel" de la Iglesia de Laodicea y, a través de él, a los hombres de todos los tiempos: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20). El Señor está a la puerta, a la puerta del mundo y a la puerta de cada corazón. Llama para que le permitamos entrar: la encarnación de Dios, su hacerse carne, debe continuar hasta el final de los tiempos.

Todos deben estar reunidos en Cristo en un solo cuerpo: esto nos lo dicen los grandes himnos sobre Cristo en la carta a los Efesios y en la carta a los Colosenses. Cristo llama. También hoy necesita personas que, por decirlo así, le ponen a disposición su carne, le proporcionan la materia del mundo y de su vida, contribuyendo así a la unificación entre Dios y el mundo, a la reconciliación del universo.

Queridos amigos, vosotros tenéis la misión de llamar en nombre de Cristo a los corazones de los hombres. Entrando vosotros mismos en unión con Cristo, podréis también asumir la función de Gabriel: llevar la llamada de Cristo a los hombres.

San Rafael: recobrar la vista
San Rafael y Tobías
San Rafael y Tobías
San Rafael se nos presenta, sobre todo en el libro de Tobías, como el ángel a quien está encomendada la misión de velar y curar. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, además de la tarea de anunciar el Evangelio, les encomienda siempre también la de curar. El buen samaritano, al recoger y curar a la persona herida que yacía a la vera del camino, se convierte sin palabras en un testigo del amor de Dios. Este hombre herido, necesitado de curación, somos todos nosotros. Anunciar el Evangelio significa ya de por sí curar, porque el hombre necesita sobre todo la verdad y el amor.

El libro de Tobías refiere dos tareas emblemáticas de curación que realiza el Arcángel Rafael. Cura la comunión perturbada entre el hombre y la mujer. Cura su amor. Expulsa los demonios que, siempre de nuevo, desgarran y destruyen su amor. Purifica el clima entre los dos y les da la capacidad de acogerse mutuamente para siempre. El relato de Tobías presenta esta curación con imágenes legendarias.

En el Nuevo Testamento, el orden del matrimonio, establecido en la creación y amenazado de muchas maneras por el pecado, es curado por el hecho de que Cristo lo acoge en su amor redentor. Cristo hace del matrimonio un sacramento: su amor, al subir por nosotros a la cruz, es la fuerza sanadora que, en todas las confusiones, capacita para la reconciliación, purifica el clima y cura las heridas.
Al sacerdote está confiada la misión de llevar a los hombres continuamente al encuentro de la fuerza reconciliadora del amor de Cristo. Debe ser el "ángel" sanador que les ayude a fundamentar su amor en el sacramento y a vivirlo con empeño siempre renovado a partir de él.

En segundo lugar, el libro de Tobías habla de la curación de la ceguera. Todos sabemos que hoy nos amenaza seriamente la ceguera con respecto a Dios. Hoy es muy grande el peligro de que, ante todo lo que sabemos sobre las cosas materiales y lo que con ellas podemos hacer, nos hagamos ciegos con respecto a la luz de Dios.

Curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael, encomendado cada día al sacerdote y de modo especial al obispo. Así, nos viene espontáneamente también el pensamiento del sacramento de la Reconciliación, del sacramento de la Penitencia, que, en el sentido más profundo de la palabra, es un sacramento de curación. En efecto, la verdadera herida del alma, el motivo de todas nuestras demás heridas, es el pecado. Y sólo podemos ser curados, sólo podemos ser redimidos, si existe un perdón en virtud del poder de Dios, en virtud del poder del amor de Cristo.
"Permaneced en mi amor", nos dice hoy el Señor en el evangelio (Jn 15, 9). Permaneced en la amistad con él, llena del amor que él os regala de nuevo en este momento. Entonces vuestra vida dará fruto, un fruto que permanece (cf. Jn 15, 16).

Benedicto XVI, fragmentos de una homilía pronunciada en Ciudad del Vaticano, 29 de septiembre de 2007.

martes, 21 de septiembre de 2021

EL PADRE PÍO Y NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

El Padre Pío escribió a menudo de su amor por la Madre de Dios, recordándonos:“descansar vuestro oído sobre Su Corazón Maternal y escuchar Sus sugestiones, y luego sentir todos los mejores deseos de perfección nacidos en usted”. El Padre consideró a Nuestra Señora como la gran fuerza armonizante y directriz detrás del Santo Sacramento de la Penitencia, y dijo que “para comprender y hacer más fructífero el sacramento, usted debe confiarse a la inspiración y guía de la Santísima Vírgen.” 
 
Como verdadero hijo de Nuestra Señora, el Padre Pío amó el Rosario y se sabía que rezaba las 15 decenas del Rosario tanto como 35 veces en el día. En muchas fotografías, se lo mostró con la mano derecha dentro del bolsillo en el que siempre conservaba las cuentas de su Rosario. En verdad, él urgía a todos los católicos a “amar a la Madonna y a rezar el Rosario, pues el Rosario es el arma contra los males del mundo.” 
 
Cuando se lo consultaba sobre el papel de Nuestra Señora en el plan de Dios para la salvación, el Padre Pío respondía que “todas la gracias dadas por Dios pasan a través de Su Santísima Madre.” Fue en ese entendimiento que casi diariamente, en la última década de su vida en esta tierra, ofrecía la Misa de la Inmaculada Concepción. Se dice de haberlo escuchado decir que (Nuestra Señora) “me acompaña al altar y permanece a mi lado cuando ofrezco la Santa Misa.”
 
El Padre Pío y Nuestra Señora de Fátima 
El Padre Pío expresaba diariamente su especial devoción a Nuestra Señora de Fátima, cuando se arrodillaba y rezaba en Su capilla dentro del monasterio, ante una gran pintura, rodeado por velas ardientes. En verdad, él atribuía a la Virgen de Fátima el haberle salvado la vida.
 
En 1959, la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima visitó Italia. Al mismo tiempo, el Padre Pío se puso muy enfermo y se le diagnosticó un tumor canceroso fatal. El 6 de agosto, la imagen de Nuestra Señora llegó a San Giovanni Rotondo. Levantándose de su lecho de enfermo, el Padre Pío rezó delante de la imagen y besó su pié. Cuando la imagen partía en helicóptero, él dijo: “Oh, Madre mía, cuando Tu llegaste a Italia me encontraste con esta enfermedad. Tu viniste a visitarme aquí a San Giovanni y me encontraste aún sufriendo de ella. ¡Ahora Tu te vas y no fui librado de mi enfermedad”
 
Cuando el Padre Pío dijo esta oración, ocurrió un milagro. En lo alto del monasterio, el helicóptero con la imagen de Nuestra Señora voló repentinamente en círculo tres veces sobre el monasterio. El piloto diría luego que él no pudo explicar como ocurrió. Al mismo tiempo el Padre Pío sintió inmediatamente que lo recorría un escalofrío. Su cuerpo fue penetrado por un chorro de luz y sintió estallar el tumor. El gritó, “¡Estoy curado! ¡Nuestra Señora me ha curado!”
“Doy gracias a la Virgen de Fátima,” escribió poco después. “El mismo día que Ella partíó, me sentí bien otra vez. He vuelto a celebrar Misa desde hace tres días.”

viernes, 17 de septiembre de 2021

SAN FRANCISCO DE SALES: CUIDADO CON LA INQUIETUD

 La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas  tentaciones: diremos, pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación.

Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí. Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.

Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios. No digo que así lo piense, sino que se afanará como si así lo pensase.

Y, si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio. He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.

La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado; porque, así como las sediciones y revueltas intestinas de una nación la arruinan enteramente, e impiden que pueda resistir al extranjero, de la misma manera nuestro corazón, cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto, como suele decirse.

La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la inquietud y el ansia. Los pájaros quedan prisioneros en las redes y en las trampas porque, al verse cogidos en ellas, comienzan a agitarse y revolverse convulsivamente para poder salir, lo cual es causa de que, a cada momento, se enreden más.

Luego, cuando te apremie el deseo de verte libre de algún mal o de poseer algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la Voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos, empleando, con orden, los medios convenientes; y cuando digo suavemente, no quiero decir con negligencia, sino sin precipitación, turbación e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el objeto de tus deseos, lo echarás todo a perder y te enredarás cada vez más.

«Mi alma-decía David siempre está puesta, ¡oh Señor!, en mis manos, y no puedo olvidar tu santa ley.» Examina, pues, una vez al día a lo menos, o por la noche y por la mañana, si tienes tu alma en tus manos, o si alguna pasión o inquietud te la ha robado: considera si tienes tu corazón bajo tu dominio, o bien si ha huído de tus manos, para enredarse en alguna pasión des ordenada de amor, de aborrecimiento, de envidia, de deseo, de temor, de enojo, de alegría. 

Y si se ha extraviado, procura, ante todo, buscarlo y conducirlo a la presencia de Dios, poniendo todos tus afectos y deseos bajo la obediencia y la dirección de

su divina voluntad. Porque, así como los que temen perder alguna cosa que les agrada mucho, la tienen bien cogida de la mano, así también, a imitación de aquel gran rey, hemos de decir siempre: «¡Oh Dios mío!, mi alma está en peligro; por esto la tengo siempre en mis manos, y, de esta manera, no he olvidado tu santa ley».

No permitas que tus deseos te inquieten, por pequeños y por poco importantes que sean; porque, después de los pequeños, los grandes y los más importantes encontrarán tu corazón más dispuesto a la turbación y al desorden. Cuando sientas que llega la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir; en este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra,no según los deseos, sino según razón.

Si puedes manifestar la inquietud al director de tu alma, o, a lo menos, a algún confidente y devoto amigo, no dudes de que enseguida te sentirás sosegada; porque la comunicación de los dolores del corazón hace en el alma el mismo efecto que la sangría en el cuerpo que siempre está calenturiento: es el remedio de los remedios.  


Por este motivo, dio San Luis este aviso a su hijo: «Si sientes en tu corazón algún malestar, dilo enseguida a tu confesor o a alguna buena persona, y así podrás sobrellevar suavemente tu mal, por el consuelo que sentirás"

martes, 14 de septiembre de 2021

DIÁCONO JORGE NOVOA: EL HIJO DEL HOMBRE DEBE SER LEVANTADO...

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.



Dios muestra en alto el lugar de la salvación, lo señala claramente, no es Moisés quien levanta una serpiente , ahora es levantado el "Hijo del hombre". Esta expresión, no refiere a la condición humana del Señor, sino a ese personaje misterioso, que aparece presentado por el Profeta Daniel (7,14 ),un "hijo de hombre" que vendrá con potestad de juez sobre las nubes del cielo y todo ojo lo verá, haciendo alusión al alcance universal de su juicio. 

Comenta San Agustín este pasaje: "Así como en otro tiempo quedaban curados del veneno y de la muerte todos los que veían la serpiente levantada en el desierto, así ahora el que se conforma con el modelo de la muerte de Jesucristo por medio de la fe y del bautismo, se libra también del pecado por la justificación, y de la muerte por la resurrección. Y esto es lo que dice: "Para que todo aquél que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna".(Catena aurea)  

Los hombres , al igual que en el relato de Moisés, son invitados a dirigir sus miradas hacia lo alto, al Señor en la Cruz, para encontrarse allí con la salvación. La fe nos permite acceder, según lo expresado por San Pablo,  a la "sabiduría y fuerza de Dios". Este acontecimiento resulta desconcertante para la  lógica  humana, sigue siendo "escándalo" y " locura" para los que no creen.  Sin fe no se ve. Qué es lo que no ven? Ven al crucificado pero no alcanzan a encontrarse con la salvación que Dios nos ofrece.

La fe nos introduce, por la comprensión y vivencia del misterio de la Cruz, en la vida eterna. Ella es una clave de comprensión para la existencia del creyente, no debemos prescindir de leer la vida desde su Verdad, de hacerlo, vemos al crucificado pero no la salvación amorosa de Dios. Jesús queda reducido a un hombre bueno ajusticiado injustamente.

El juicio de Dios es salvífico, Él quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. En la entrega amorosa del Hijo se ha expresado la voluntad salvífica  del Padre, esto es lo que Dios quiere, por ello ha enviado al mundo a su Hijo. Esta acción amorosa del Señor es una invitación que el Padre dirige personalmente a cada uno de nosotros, es como si nos dijera, la mesa está servida y tú eres mi invitado,quieres  sentarte a mi mesa?Ciertamente que Jesús es el Salvador, pero es mí Salvador?

"No te admires de que yo deba ser levantado para que ustedes se salven, porque así agradó esto al Padre que tanto los amó, y que por estos siervos ingratos e indiferentes dio a su mismo Hijo. Y al decir: "De tal manera amó Dios al mundo", indicó la inmensidad de su amor, habiendo necesidad de reconocer aquí una distancia infinita. El que es inmortal, El que no tiene principio, El que es la grandeza infinita, amó a los que están en el mundo, que son de tierra y ceniza, y están llenos de infinitos pecados. Lo que pone a continuación demuestra la cualidad de su amor; porque no dio un siervo, ni un ángel, ni un arcángel, sino su propio Hijo." (San Juan Crisóstomo) 

La expresión de san Agustín esclarece nuestra meditación: el que te creó sin ti, no te salvará sin ti. La salvación como expresión del amor del Padre por su hijos y del Hijo por sus hermanos, es siempre invitación, llamada amorosa que se irradia desde la Cruz.

El Señor transitó en solitario el camino de la Cruz, el consuelo del Padre y el de su Madre lo asistieron, pero al Gólgota subió solo, abandonado y en medio del silencio del cielo. El camino de la cruz ahora es transitado por los suyos, sabemos que sigue siendo un lugar de sufrimientos  e incomprensiones, pero ahora es habitado por Él, ya no reina la soledad, porque allí los suyos perciben su presencia pacificadora. El Amor del Señor fecundó la aridez del sufrimiento.

La Cruz  es de diversa magnitud, las hay pequeñas y también grandes, sabemos que en nuestra existencia se hará presente en alguna circunstancia, ella aparece en las enfermedades, muertes, sufrimientos físicos y morales , calumnias y mentiras, injusticias y en tantas otras realidades que hay que enfrentar. La fe nos enseña a encontrarnos allí con el Señor. En el camino de la fe, este será nuestro desafío.  Le reconoceremos presente en esas circunstancias?Aceptaremos vivirlas unidos a ÉL,y sostenidos por su Amor?

Por el Señor,que nos enseña a cargar la Cruz llegaremos al cielo, ella irradia luz sobre nuestras vidas, tratando de ayudarnos a disipar las tinieblas. Gracias Señor por tu Cruz, por el Amor que ella irradia, por tantos testigos del amor manifestado en la Cruz. Gracias porque al pie de la Cruz nos dejaste a María por Madre,para que nos enseñe a vivir las exigencias del amor manifestado en la Cruz.

RP. HORACIO BOJORGE SJ: NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES: LAS ZARZAS Y EL FUEGO (3)


Queridos hermanos: Venimos meditando y contemplando el emblema del Corazón de María en este triduo preparatorio a la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Contemplábamos el Corazón, las espinas, el fuego y la espada o las espadas.

Decíamos el primer día, que el Corazón de María es la primicia de los Corazones nuevos, deseados por los justos y prometidos por Dios, por boca de sus profetas, para el tiempo de la Nueva Alianza. Decíamos también, cómo Lucas, el evangelista de la Virgen y del Corazón de María, así lo comprendió y enseñó a la Iglesia. Decíamos que la Iglesia, inspirada por Lucas, aprendió de su evangelio a rezar el Santo Rosario, contemplando los misterios de la vida de Cristo desde el Corazón de la Madre, donde están guardados.

Vimos ayer, cómo las zarzas, espinas, abrojos y espinillos, son símbolos del castigo por el pecado; vimos cómo la espada de fuego impedía el regreso de insolentes o temerarios, al Paraíso perdido, a la Presencia de Dios y al Arbol de la Vida; vimos asimismo cómo Jesús cargó esas maldiciones y castigos sobre sí, para librar de ellos a la Humanidad; vimos cómo los mismos símbolos se convertían así de castigo en remedio, y de maldición en bendición. De modo que los mismos símbolos que nos hablaban en el Génesis de una cosa, nos hablan en el Evangelio de la contraria. Allá nos hablaban de las consecuencias del pecado, aquí nos pintan la sobreabundanciade la gracia y de la salvación.

Jesús y María tienen en sus corazones el fuego, las espinas, la herida de la lanza o las espadas. Decíamos por fin ayer que Jesús como Siervo Sufriente, tomó sobre sí el castigo que merecíamos por los culpables, siendo así que era el único cordero inocente; y que María se guardó todo ese sufrimiento redentor del Hijo en su Corazón Inmaculado.

En ambos corazones brilla el perdón de Dios. Porque ni en el Corazón del Hijo ni en el de la Madre hay lugar a la más mínima sombra de rencor. En ellos arde, puro y sin escoria, el fuego del perdón divino; que quiere consumir al pecado pero no al pecador.

En realidad, a la luz de este fuego y de esta espada, a la luz de esta corona de espinas, nos es posible comprender mejor cómo en los castigos por el pecado original que anunciaba el Génesis no había una reacción de "bronca" divina, sino una profunda pena y la preparación del remedio y de la salvación que vendría con Jesús.



LAS ZARZAS Y EL FUEGO

Hoy quiero referirme a dos escenas bíblicas más, en las cuales aparecen las espinas, el fuego y la espada. Son ellas:


1º) La fábula de los árboles que eligieron por rey a la zarza, narrada en el libro de los Jueces, capítulo noveno.


2º) El encuentro de Moisés con Dios en la zarza ardiente del Sinaí, en el libro del Exodo, capítulo tercero.


En el primer texto, la zarza contagia su incendio y devora con su fuego a los árboles de su alrededor. En el otro caso, el fuego que arde en el corazón de la zarza, no la consume. Y es en ese fuego no-destructor donde Dios se muestra a Moisés, expresándose a sí mismo como fuego de amor misericordioso y no como pasión de ira destructora y devoradora. Allí mismo, Dios le manifiesta a Moisés su Nombre: Yo soy el que soy, o quizás mejor: Yo soy el que estaré (con vosotros, o sea el Emmanuel), es decir, el Dios de la Presencia recuperada.


Me da devoción considerar que la zarza ardiente que vio Moisés prefiguraba el misterio de los Corazones de Jesús y de María. Y para tratar de explicárselo o mostrárselo los invito a que comencemos recordando los dos pasajes bíblicos.

1) Un Rey perverso se entredestruye con un pueblo perverso
En el libro de los Jueces leemos la historia de un hombre ambicioso y malvado, llamado Abimélek, que tras matar a todos sus hermanos porque eran sus rivales para alcanzar un trono, se hace elegir rey de Siquem y de todo Bet-Miló (Jueces 9,1-6). Su hermano menor, llamado Jotám, que había escapado a la matanza, cuando se enteró de la coronación del asesino, subió a la cumbre del Monte Garizim, y desde allí le gritó a la ciudad una fábula. Era en realidad una profecía. Y concluye con una maldición. La fábula le pronostica a la ciudad que el que se han elegido como rey será la causa de su perdición. Oigamos esa fábula. Dice así:

"Los árboles se pusieron en camino para buscarse un rey a quien ungir.
-Dijeron al olivo: 'Sé tú nuestro rey'.
-Les respondió el olivo: '¿Voy a renunciar al aceite con el que gracias a mí son honrados los dioses y los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?
-Los árboles dijeron a la higuera: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-Les respondió la higuera: '¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a vagar por encima de los árboles?'
-Los árboles dijeron a la vid: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-Les respondió la vid: '¿Voy a renunciar a mi mosto, el que alegra a los dioses y a los hombres, para ir a vagar por encima de los árboles?'
-Todos los árboles dijeron a la zarza: 'Ven tú a reinar sobre nosotros'.
-La zarza respondió a los árboles: 'Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros, llegad y cobijaos a mi sombra. Y si así no fuera, brote de la zarza fuego que devore a los cedros del Líbano".

Y ahora, decidme, - continuó gritando Jotam - ¿habéis obrado con sinceridad y lealtad al elegir rey a Abimélek? ¿Habéis sido leales con mi padre Yerubbaal que combatió en favor de vosotros? Abimélek, habiendo matado a los hijos de vuestro bienhechor, ha sido coronado rey por vosotros. Pues bien, si habéis obrado bien, que Abimélek sea vuestra alegría y vosotros la suya. Pero si habéis obrado mal - maldijo Jotam - que salga fuego de Abimélek y devore a los vecinos de Siquem y de Bet-Miló. Y que salga fuego de los vecinos de Siquem y de Bet-Miló y devore a Abimélek (Jueces 9,16-20).

La lógica de Jotam es clara. Si el reinado de Abimélek está fundado en la justicia, será feliz. Pero si tiene sus pies hundidos en sangre y violencia, como es el caso, esa misma violencia los entredestruirá.

Los iracundos, en efecto, se entredevoran en su ira. El fuego que sale de la zarza es el mismo que devora a la vez a la zarza y a sus árboles vecinos, a los que se propaga el incendio de las espinas. Abimélek, razona Jotam, es un violento y su violencia os devorará a vosotros. Y de su violencia tendréis que defenderos con violencia.

Al apólogo de Jotam, subyace una enseñanza acerca de los pueblos y de los gobiernos que ellos se eligen, que vendría bien meditar en tiempos de elecciones. Pero no podemos detenernos aquí con ese aspecto, que no interesa a nuestro fin. Lo que nos interesa sobre todo recalcar es cómo las zarzas y los espinos son alimento proverbial de las llamas. Sea porque en ellos se ceba fácilmente el incendio espontáneo, sea porque el hombre se ve obligado a cortarlos y quemarlos.

Leamos ahora el otro texto de la zarza ardiente en el Sinaí.
 
2) El Señor se revela en un fuego que no devora las espinas
"Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El Angel del Señor se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero no se consumía. Dijo, pues, Moisés: 'Voy a contemplar este extraño caso: por qué no se consume la zarza". Cuando vio el Señor que Moisés se acercaba para mirar, lo llamó de en medio de la zarza, diciendo: '¡Moisés! ¡Moisés!'. El respondió: 'Heme aquí'. Le dijo: 'No te acerques aquí; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada'. Y añadió: 'Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob'. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios" (Exodo 3,1-6).
Razón tenía Moisés en asombrarse y considerar extraño el hecho de que este fuego no devorara la zarza, manjar apetecido por el fuego y los incendios, elemento proverbialmente combustible. El recorrido por textos de la Escritura que hemos hecho ayer y hoy, nos permite también a nosotros compartir su asombro y extrañeza; pero también entender mejor lo excepcional que hay en los sentimientos del amor divino. Dios se muestra a sí mismo en forma de fuego que no devora. Y el fuego que vio Moisés prefiguraba de los Sagrados Corazones. Yo tengo para mí, en efecto, que lo que vio Moisés en el Sinaí, fue el Misterio de los corazones ardiendo en las espinas: el Misterio de la Pasión salvadora, los corazones de Jesús y de María.

La escena de la zarza ardiendo en el libro del Exodo, está a media distancia entre las espinas y las espadas de fuego de los querubines, en el relato del Génesis, y los Corazones ardiendo en las espinas de la Pasión.
 
Si leemos el texto bíblico en su lengua original, que es el hebreo, el texto se abre a posibilidades de significación múltiples que no siempre es fácil reflejar en las traducciones. Los comentaristas del texto tienen mayores posibilidades que los traductores, de explicar los múltiples sentidos posibles que el autor humano y el Autor divino pueden haber querido darle a un determinado texto. A veces, el autor sagrado intenta positivamente usar expresiones ambivalentes o polivalentes. Y eso es imposible expresarlo en la traducción. Los traductores se ven forzados a simplificar y elegir uno de los sentidos posibles, porque no pueden entrar en explicaciones.

Los rabinos judíos, que comentan directamente el texto hebreo con gran conocimiento de esa lengua y con métodos exegéticos propios, ofrecen luces para entender matices de significación propios que abren al lector diversos planos de interpretación en un mismo texto. Según un dicho rabínico: La Escritura tiene setenta caras. Vale decir: una plenitud de sentidos.

Naturalmente, por las interpretaciones de los rabinos no podemos guiarnos en cosas de fe. Pero sí son atendibles en asuntos filológicos tocantes a la lengua hebrea. San Jerónimo y otros grandes escrituristas y teólogos católicos no han dudado en consultarlos y aprender de ellos en estos campos. Podemos pues acudir a ellos sin temor y con provecho para nuestra fe.

En cuanto a entrar a investigar la lengua original y exponer a los fieles lo investigado, nos anima el dicho de Santa Teresita del Niño Jesús: "Si yo hubiera sido sacerdote, habría estudiado a fondo el hebreo y el griego, a fin de conocer el pensamiento divino, tal como Dios se dignó expresarlo en nuestro lenguaje humano".

3) Algunas conjeturas interpretativas

En una colección de antiguos comentarios rabínicos sobre el libro del Exodo, llamado Midrásh Éxodo Rabbáh, encontramos un comentario a las palabras de nuestro texto: "Como una llama de fuego en medio de las espinas".

El comentario dice así:
"Otra opinión acerca de 'a manera de llama de fuego', dice que estaba (el fuego) a ambos lados de la zarza y encima de ella,igual que el corazón (en hebreo = leb) está puesto entre ambas partes del cuerpo y en la parte de arriba".
Según este comentario, el fuego estaba dentro de la zarza como un corazón; era como el corazón ígneo de la zarza. O también, el fuego ardía en el corazón de la zarza. En todo caso, los rabinos son sensibles a relacionar en este texto los diversos símbolos del texto, los mismos de nuestro emblema.

El famoso comentarista medieval judío Rabbí Salomón Isaac, más conocido como el Rashí, comenta así nuestro pasaje:
"En una llama de fuego" (en hebreo: belabbat 'esh): Es el corazón (leb) del fuego. Expresión al estilo de: 'En el corazón del cielo' (Deuteronomio 4,11), 'el corazón de la encina' (2 Samuel 18,14) que significa: en medio de.

Y no te extrañes de que diga labbat por leb, (con tau final), porque hay otro ejemplo de eso en Ezequiel 16,30: '¡Oh! ¡Qué frágil es tu corazón' (=libbatekha)"
Según este autorizadísimo rabino, en nuestro texto podemos leer que Moisés vio a Dios "en el corazón de la llama o del fuego" (belibbat 'esh). O como vimos, según los otros rabinos antes aludidos, el pasaje puede interpretarse como "el fuego ardía en el corazón de la zarza".

Creo que siguiendo el consejo de Jesús, que recomendaba a todo escriba instruido en el Reino de los cielos sacar de su tesoro lo nuevo y lo viejo, me está no sólo permitido sino de alguna manera indicado, transitar este camino de la exégesis rabínica, adoptando su hermenéutica, aunque yendo más lejos que ellos, y en la dirección de mi fe. Por este camino, leo en el texto:
"Y se dejó ver el Angel de Dios a él en forma de corazones de fuego" (=belibbót 'esh).
Y también, ambivalentemente:
"En forma de lengua de fuego"
"En forma de espada de fuego"
"En forma de corazones de hombre" (belibbot 'ish).
"De en medio de la zarza" (=mitok hasenéh)
Y también, ambivalentemente:
"De en medio del odio" (=mitok hasin'áh).
Es decir, en otras palabras, "corazones de fuego, que arden en medio del odio sin consumir a los que los odian".
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Y así hemos llegado, queridos hermanos, al final de nuestra contemplación, en este último día de nuestro triduo.

Hemos contemplado el emblema del Corazón de María, coronado de espinas, ardiendo en medio de ellas y traspasado por la espada.

Para bucear en el sentido y el significado de los símbolos que componen ese emblema, hemos pedido ayuda a la Sagrada Escritura, orientados en esa consulta por los comentarios de los Santos Padres, sin deseñar el aporte de los comentarios rabínicos.

Los símbolos no lo dicen todo. Expresan algo y ocultan quizás otro tanto. Quedarían, por lo tanto, muchas otras cosas por buscar, por explicar y aclarar. Me doy por satisfecho si el recorrido por los textos de la Escritura ha sugerido algo a nuestro espíritu; si he logrado poner en común con ustedes algo de lo que me da vueltas dentro del corazón cuando vengo a ponerme delante de nuestra imagen parroquial de Nuestra Señora de la Paciencia.

Esta imagen tiene sobre mí el efecto que Dimas Antuña, nuestro teólogo laico uruguayo, mi querido maestro tan grande como desconocido, pedía que tuviese la imagen de San José que su amigo escultor intentaba tallar:
"Que la imagen tenga algo de grande, de simple; algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el devoto entre a la Iglesia para pedir (para sí) cosas temporales o egoístas" y en vez de pedir lo que venía a pedir, en este caso por sus propias aflicciones y pesares "sea detenido por la paz" de esta imagen y "pida oración, conocimiento del propio
pecado y de la misericordia divina, y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época" (Carta a un Escultor).
Una imagen - diría yo - que nos remita con símbolos elocuentes a los misterios centrales de nuestra fe. Como es, felizmente, la imagen de Nuestra Señora de la Paciencia que se venera en este templo de San Ignacio de Loyola.