miércoles, 11 de octubre de 2017
P. JOSÉ ANTONIO FORTEA: CUÁLES SON LOS NOMBRES DE LOS DEMONIOS?
Satán: es el más poderoso, inteligente y bello de los demonios que se rebelaron. Se le llama Satán o Satanás en el Antiguo Testamento. Su raíz primitiva significaría atacar, acusar, ser un adversario, resistir. Satán significaría adversario, enemigo, opositor.
Diablo: es como llama el Nuevo Testamento a Satán. Diablo viene del verbo griego "diaballo", acusar. La gente usa lapalabra diablo y demonio como sinónimos, pero la Biblia no. La Biblia siempre usa la palabra Diablo en singular y refiriéndose al más poderoso de todos ellos. La Sagrada Escritura también le llama el Acusador, el Enemigo, el Tentador, el Maligno, el Asesino desde el principio, el Padre de la mentira, Príncipe de este mundo, la Serpiente.
Belcebú: usualmente usado este nombre como sinónimo del Diablo. Proviene de Baal-sebil que significa señor de las moscas. Aparece en 2 Re 1, 2.
Lilith: aparece en Is 34, 14, la tradición judía lo consideró como un ser demoníaco. En la mitología mesopotámica es un genio con cabeza y cuerpo de mujer, pero con alas y extremidades inferiores de pájaro.
Asmodeo: aparece en el libro de Tobías, del persa aesma daeva que significa espíritu de cólera.
Seirim: aparecen en Is 13, 21, Lev 17, 7 y en Bar 4, 35, suele traducirse como los peludos. Deriva del hebreo sa'ir que significa peludo o macho cabrío.
Demonio: del griego daimon que significa genio. En la mitología grecorromana no era necesariamente una entidad maléfica. Pero en el Nuevo Testamento, siempre es usado como término para designar seres espirituales malignos.
Belial: o Beliar, de la raíz baal, que significa señor. Aparece por ejemplo en 2 Cor 6, 15.
Apollyon: significa destructor, aparece en Ap 9, 11. Se dice de él que su nombre en hebreo es Abaddón, que significa perdición, destrucción.
Lucifer: es un nombre extrabíblico que significa "estrella de la mañana". La inmensa mayoría de los textos eclesiásticos usa el nombre de Lucifer como sinónimo del Diablo. Sin embargo, el padre Gabriele Amorth considera que es el nombre propio del demonio segundo en importancia en la jerarquía demoníaca. Soy enteramente de la misma opinión y lo que conocemos por los exorcismos nos confirmaría que Lucifer es alguien distinto de Satán.
El nombre le viene de que fue un ángel especialmente privilegiado en su naturaleza en los cielos angélicos, antes de rebelarse y deformarse. Algunos traducen el nombre de Lucifer como "el que porta la luz". Esa traducción es errónea ya que tal palabra en latín era luciferarius.
Como curiosidad diré que en un exorcismo un demonio dijo que los cinco demonios más poderosos del Infierno eran por este orden: Satán, Lucifer, Belcebú, Belial y Meridiano. ¿Es segura esta jerarquía? Solo Dios lo sabe.
Lo que es seguro, y lo sabemos por la Sagrada Escritura y por los exorcismos, es que cada demonio tiene un nombre. Un nombre dado por Dios que expresa la naturaleza de su pecado. Distintos nombres de demonios dichos por ellos en exorcismos son: Perversión, Muerte, Puerta, Morada, etc. Otros, sin embargo, dicen nombres que no sabemos que significan: Elisedei, Quobad, Jansen, Eishelij, etc.
Fuente: Summa Demoniaca
QUÉ SON LAS JACULATORIAS ?
Las jaculatorias son oraciones breves, para alabar al Señor, obtener ayuda o para implorar perdón, se descubre en la temprana tradición cristiana.
Ya en tiempos de Casiano (360-435) se va enlazando esta práctica con el propósito de alcanzar la oración continua. Otro testigo, de los numerosos que se pueden aducir, es San Juan Crisóstomo (344- 407), quien recomienda la repetición frecuente y sucesiva de unas mismas breves palabras.
Sin embargo, la explícita invocación al Señor Jesús, como en la 'oración', no está necesariamente ligada a esta difundida práctica. Existe una gran libertad en la elección de la sentencia que se repite buscando la comunión con Dios.
Así, por ejemplo, el mismo Casiano recomendaba en sus Consolaciones: «Si queréis que el pensamiento de Dios more sin cesar en vosotros, debéis proponer continuamente a vuestra mirada interior esta fórmula de devoción: "Ven, oh Dios, en mi auxilio, apresúrate, Señor, a socorrerme". No sin razón ha sido preferido este versículo entre todos los de la Escritura. Contiene en cifra todos los sentimientos que puede tener la naturaleza humana. Se adapta felizmente a todos los estados, y ayuda a mantenerse firme ante las tentaciones que nos asechan».
Arsenio (449), monje del desierto, cuyos dichos son repetidos reverentemente por los monjes, por ejemplo, oraba diciendo: «Señor, dirígeme por el camino de la salvación».
Sería fácil seguir citando oraciones breves de diversos padres en las que no se menciona explícitamente 'Jesús' ni 'Señor Jesús' o 'Jesucristo'
También es posible encontrar referencias a la invocación del nombre del Reconciliador,pero sin el recurso a la fórmula en la que cristalizó la llamada 'oración a Jesús' ni al marco metódico psico-físico que la acompaña. Como un ejemplo se puede citar una oración de Isaac de Siria, Obispo de Nínive (s. VII): «Oh nombre de Jesús, llave de todos los dones,abre para mí la gran puerta de tu casa del tesoro para que pueda entrar y alabarte, con la alabanza que nace del corazón, como respuesta a tus misericordias que vengo experimentando de un tiempo acá; pues tú has venido y me has renovado con la conciencia del Nuevo Mundo».
Otro ejemplo, entre los muchos citables, es el del abba Sisoes, quien en una ocasión confiesa que durante treinta años había rezado así: «Señor Jesús, protégeme de mi lengua».
martes, 10 de octubre de 2017
ALONSO AMPUERO: ESTER, UNA MUJER QUE SUPO ARRIESGARSE

A veces se dan situaciones en la vida de una persona en que hay que realizar opciones de una trascendencia enorme.
La persona se encuentra ante circunstancias en las que se juega mucho –para sí mismo o para otros– y no puede eludir la necesidad de optar. Es como una encrucijada de consecuencias incalculables según se tome un camino u otro. En esos casos se precisa lucidez para discernir, pero sobre todo valentía para arriesgar.
Este fue el caso de Ester, una de las mujeres más conocidas de la Biblia.
Su historia está ambientada en la época de domino persa, concretamente en tiempo del rey Asuero (Jerjes I: 486-465 a. C.). El hecho de que este marco histórico pudiera ser una ficción literaria para aludir en realidad a la situación de persecución religiosa bajo Antíoco IV Epífanes, no quita nada de valor a la vivencia de nuestro personaje.
Al caer en desgracia la reina Vasti, Asuero designa en su lugar a Ester, una judía de la diáspora que reside en Susa junto a su tío Mardoqueo, el cual es también empleado de la corte real.
Contemporáneamente, Amán es elevado al rango de ministro plenipotenciario del rey Asuero y los funcionarios de palacio tienen el deber de saludarle doblando ante él su rodilla.
Mardoqueo, el tío de Ester, se niega por motivos de conciencia, por fidelidad a su fe judía. Y esto ocasiona que Amán decida vengarse no sólo de él, sino del pueblo al que pertenece. En consecuencia, planea –con el consentimiento del rey– el exterminio del pueblo judío en todo el imperio.
A Ester se le da a conocer la situación y Mardoqueo la apremia a intervenir ante el rey Asuero. Sin embargo, sólo puede hacerlo si es invitada por el rey; pues quien se acerque al trono sin llamada expresa del soberano es reo de muerte.
La nueva reina se encuentra así ante un dilema doloroso: por un lado, el exterminio de su pueblo –incluida en primer lugar la muerte de su propio tío, que la ha criado y a quien tanto debe–; por otro, el riesgo de su propia vida (al elegirla reina, Asuero le ha demostrado evidente simpatía, pero desconoce hasta dónde llega el favor del rey, sobre todo cuando está por medio la desobediencia explícita a una orden suya).
Ester sufre lo indecible en su corazón. Debe optar, y cualquiera de las opciones conlleva riesgos. Más aún, de ningún modo puede eludir la opción: dejar de intervenir ante el rey equivale en realidad a aceptar el exterminio de su pueblo.
Comprende que se encuentra en un momento decisivo de su vida. Se da cuenta que no es casual que haya sido elegida reina precisamente en el momento en que se decreta la aniquilación de su propio pueblo, el pueblo de Dios. Y Mardoqueo se encarga de recordárselo: «¡Quién sabe si precisamente para esta ocasión has llegado a ser reina!» (Est 4,14).
Ve que debe arriesgar. Pero se siente débil. El paso que ha de dar le hiela la sangre. La posibilidad real y cercana de la muerte la paraliza... Ella es joven, y se trata de una muerte fácilmente evitable para ella: simplemente callar. La tentación de lavarse las manos debió ser muy fuerte para Ester.
Se siente débil e incapaz. Por eso pide que oren y ayunen por ella. Y ella misma se hunde en la oración: tres días enteramente dedicados a la oración y al ayuno. El texto bíblico nos dice que «la reina Ester se refugió en el Señor, presa de mortal angustia» (4,17k).
Hay decisiones que el hombre es incapaz de tomar sin la fuerza de Dios. Hay riesgos que es impotente para asumir si no es sostenido por el poder de su Creador.
Ester va a la oración para presentar a su Dios una situación que la desborda. Su pueblo se encuentra en gran aflicción y a la desesperada. Pero ella se encuentra llena de temor, porque su vida también está seriamente amenazada.
Pero el sentimiento que más capta su corazón en esas circunstancias es la soledad. Más aún que el miedo: dos veces expresa en su oración este sentimiento de estar sola. Y es que cuando el hombre debe tomar decisiones de tanto riesgo y trascendencia experimenta más que nunca la soledad. Entonces de nada sirven la presencia de los demás, ni su afecto o su compasión. Entonces sólo Dios es apoyo adecuado. Sólo en la oración se experimenta la presencia y la fuerza de Aquel que es capaz de sostenernos cuando está en juego la vida propia y la de los demás.
Y Ester decide arriesgar. Sin dejar de sentir miedo, pero sostenida por la oración –la suya y la de su pueblo–, asume finalmente la decisión que compromete su vida: «A pesar de la ley, me presentaré ante el rey; y si tengo que morir, moriré» (4,16).
Una vez tomada la decisión, los acontecimientos siguen su curso. Fortalecida por la confianza en Dios, se siente capaz de abordar al rey. Sabe que debe actuar, y actúa. Pero a la vez espera todo del único que puede volver del revés los acontecimientos. Y todo acaba bien, tanto para ella como para su pueblo.
Pero hay un último detalle que conviene resaltar: ahora Ester se siente plenamente solidaria de su pueblo. Antes había visto un dilema: la salvación de su pueblo o su propia seguridad. Ahora se ve unificada con su pueblo, y por eso pide al rey su vida y la vida de su pueblo, pues «yo y mi pueblo hemos sido vendidos para ser exterminados, muertos y aniquilados» (7,3-4). Aunque la decisión le haya costado, sabe que su vida es inseparable de la de su pueblo; por eso no oculta su condición de judía. En realidad, la disyuntiva era falsa: el egoísmo siempre destruye, tanto la vida propia como la de los demás. Sólo el amor que está dispuesto a dar la vida es el que redime y salva.
MONS.JOSÉ IGNACIO MUNILLA: EL AUGE DEL ESOTERISMO
Asistimos, en nuestro tiempo, a la proliferación de libros, revistas, programas radiofónicos y televisivos, de tipo esotérico. No es fácil encontrar el denominador común en el que se mueven todas estas manifestaciones. Si por algo se caracterizan, es por ser un auténtico cóctel: astrología, parasicología, magia, sincretismo de creencias religiosas, etc. Sin embargo, este "revoltijo" responde a una demanda: el deseo de conocimiento de lo oculto, lo enigmático, lo incomprensible. Y esta demanda a la que me refiero, revela unas necesidades que están ocultas en el hombre moderno: la búsqueda de respuestas a los interrogantes del ser humano (el futuro, el más allá de la muerte, etc.) y la necesidad de saciar el deseo de trascendencia en nuestra vida. Por otra parte, no se puede negar que, junto a estas motivaciones, se encuentran otras mucho más intrascendentes, como la de salir de la rutina diaria y buscar sensaciones diferentes, al modo como algunos recurren a las películas de terror. Es un fenómeno complejo.
Pero, el auge del esoterismo es especialmente merecedor de estudio, en cuanto que tiene lugar en una sociedad en la que la increencia y el secularismo alcanzan una fuerte implantación. Incluso, el esoterismo y la increencia, lejos de ser dos fenómenos opuestos, pueden llegar a ser perfectamente compatibles. ¿Será acaso el esoterismo un sucedáneo o sustitutivo de la religión?
Frente a esta realidad, cabe la crítica y también la autocrítica. A las dos me voy a referir brevemente:
· Crítica al esoterismo: “Cuando el hombre deja de creer en Dios, termina por creer en cualquier cosa” (Chesterton)
Una primera crítica, es la de falta de rigor científico…: psicofonías, campos de energía, ovnis, espectros, etc. Un batiburrillo tal de datos tomados de distintos campos, le recuerda a uno, aquello del cajón de sastre en el que hay de todo, pero en el que, a la hora de la verdad, no se encuentra nada. Pero claro, es evidente que la rigurosidad científica vende menos que toda esta especie de literatura barata esotérica, que despierta curiosidad y morbo.
Contrariamente a lo que muchos piensan, el enemigo de la fe no es la razón, sino la superstición. Es decir, la crisis de la religión no está motivada por el hecho de que nuestra cultura sea excesivamente racionalista, sino por todo lo contrario: la crisis de la razón es la que ha provocado el debilitamiento de la fe, desde el momento en que la filosofía ha renunciado a plantearse las preguntas por el sentido y la comprensión global de la vida, y se limita a tratar cuestiones fragmentarias y a refugiarse en la duda y en el subjetivismo. En definitiva: a más razón, más fe y menos superstición; y a menos razón, menos fe y más superstición.
También cabe hacer otras críticas, no menos importantes, ya que el esoterismo responde a un deseo de controlar lo misterioso, lo trascendente, y ponerlo a nuestro servicio, con el consiguiente peligro de manipulación. En este sentido, da la impresión de que busca llenar el espacio de religiosidad que todo hombre lleva en su interior, pero desligándolo de cualquier exigencia ética en la vida diaria, bien sea personal o social. Sacia la curiosidad por lo trascendente, sin que exija mayores compromisos morales... ¡Una religión light!
· Autocrítica sobre el esoterismo: “No os avergoncéis jamás del Evangelio” (Juan Pablo II)
Es justo y necesario, también en este tema, que tengamos nuestra dosis de autocrítica. Sabemos que muchas inquietudes y dudas que buscan ser satisfechas en el confuso campo del ocultismo esotérico, tienen una clara respuesta en las Sagradas Escrituras y en el Magisterio de la Iglesia. Me refiero, principalmente, a las verdades de la fe católica que hacen referencia a la vida después de la muerte: la existencia del cielo, infierno, purgatorio, la inmortalidad del alma, la resurrección de la carne, el juicio final, etc. El problema está en que, a veces, hemos dejado de predicarlas porque nos resultaban incómodas, o porque pensábamos que no respondían al lenguaje del hombre moderno. Y ahora, resulta que el hombre de nuestros días se plantea, fuera de la Iglesia Católica, esas inquietudes y preguntas legítimas. Y, con perplejidad y preocupación, vemos proliferar programas de radio y televisión a los que acuden católicos, pretendiendo encontrar las respuestas que no han encontrado en la Iglesia. Como ejemplo, pensemos en la difusión que tiene en nuestros días la creencia en la reencarnación. Ante este hecho, en ocasiones, se ha echado de menos una exposición clara de la doctrina, que contraponga a la reencarnación, la inmortalidad del alma y la resurrección final. De hecho, existen católicos que ni tan siquiera saben que la reencarnación es incompatible con su credo. En el seno de la Iglesia, acaso tengamos nuestra parte de culpa, por las veces que hayamos podido silenciar, y quizá hasta deformar, los contenidos de la fe católica que profesamos.
Y es que… contra el auge del esoterismo, que es uno de tantos signos de debilitamiento y descomposición de la cultura occidental, el mejor remedio es la fidelidad a nuestra fe.
lunes, 9 de octubre de 2017
HORACIO BOJORGE SI: QUÉ ES LA VIRTUD DE LA FRUGALIDAD?
A la gula se le opone la virtud de la frugalidad o templanza en el comer. La Templanza es una de las cuatro virtudes cardinales. Consiste en el recto y moderado uso de los bienes. Cuando uno aprende a comer templada y moderadamente, también usará más fácilmente con templanza y moderación todos los demás bienes deleitables: el sueño, las fuerzas físicas, el dinero, el trabajo, las diversiones, el esparcimiento, el deporte....
Los ayunos y abstinencias que nos manda la Iglesia son una escuela de templanza en el comer. Así aprendemos a dominar y a mortificar nuestros apetitos, no sólo el de comer y beber, sino también todos los demás.
Jesús es nuestro modelo de templanza, tanto en el ayuno como en el comer. Jesús ayunó como el Bautista, pero también comió con publicanos y pecadores, y con sus discípulos. Por eso lo criticaron algunos:"Ha venido Juan Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: ´tiene demonio´. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: ´ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores. (Lucas 7,33-34).
Jesús nos enseña que la mesa es una ocasión sagrada y religiosa del encuentro de personas. Y así ha de ser la mesa familiar, de la que hay que desterrar toda discusión, ira, violencia o malos sentimientos. Y en la que se debe evitar todo lo que impida o dificulte la comunicación entre las personas: por ejemplo la Televisión, las lecturas, etc.
San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, le da al ejercitante reglas para ordenarse en el comer en adelante. El principio que regula la comida en ejercicios, es medirse por lo que facilita la comunicación con Dios en la oración. La comida es un medio para estar físicamente en forma para comunicarme con Dios y con mis hermanos.
Por algo Dios ha elegido la Eucaristía, es decir un banquete, una comida, y los sacramentos del pan y el vino, para comunicársenos y darnos vida. Jesús nos enseña también que nuestro cuerpo es un instrumento del encuentro con Dios y con los demás. Él nos da su cuerpo en alimento. Así que nuestro cuerpo no es, como lo sugiere la propaganda de nuestra cultura, para ser contemplado y cultivado como un fin en sí mismo. Eso es egolatría y soberbia de esta vida. El cuerpo es instrumento de encuentro con Dios y con los demás e instrumento de la propagación de la vida a través de la maternidad y la paternidad.
Los corintios tenían un refrán que decía: "La comida para el vientre y el vientre para la comida".San Pablo lo retoma pero lo corrige diciéndoles: "lo uno y lo otro lo destruirá el Señor. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo... no sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?... Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo" (10 Corintios 6, 12-19).
jueves, 5 de octubre de 2017
martes, 3 de octubre de 2017
SAN FRANCISO: LA ALEGRÍA PERFECTA

Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Angeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante (5), y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
SAN FRANCISCO DE ASÍS: HAZME UN INSTRUMENTO DE TU PAZ
Señor, hazme un instrumento de tu paz;
donde haya odio, ponga amor;
donde hay ofensa, perdón;
donde hay duda, fe;
donde hay desesperanza, esperanza;
donde hay tinieblas, luz;
donde hay tristeza, alegría.
Oh Divino Maestro,
que no busque yo tanto.
Ser consolado como consolar.
Ser comprendido como comprender.
Ser amado como amar.
porque dando se recibe.
Perdonando se es perdonado.
Y muriendo a si mismo
se nace a la vida eterna.
viernes, 29 de septiembre de 2017
SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA: ORACIÓN DE AGRADECIMIENTO A LA VIRGEN MARÍA
mi protección, mi refugio, mi consuelo, y mi alegría!
Te agradezco por haberme permitido participar
del purísimo cuerpo y de la purísima sangre de tu Hijo.
Ilumina los ojos de mi corazón, O Bendita Virgen
que llevaste la fuente de la inmortalidad. O tiernísima y amorosa Madre del Dios misericordioso; ten misericordia de mi y concédeme un corazón arrepentido y contrito con humildad de mente.
Guarda mis pensamientos de que se pierdan en toda clase de distracciones,
y hazme siempre digno, hasta mi último aliento,
de recibir los purísimos misterios de Cristo para la sanación
de mi alma y cuerpo.
Dame lágrimas de arrepentimiento y de agradecimiento
para que yo pueda cantarte
y alabarte todos los días de mi vida,
porque tú eres siempre bendita y alabada. Amén.”
miércoles, 27 de septiembre de 2017
SAN FRANCISCO DE SALES: LA INQUIETUD
La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones: diremos, pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación. Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí. Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios. No digo que así lo piense, sino que se afanará como si así lo pensase.
Y, si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio. He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.
La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado; porque, así como las sediciones y revueltas intestinas de una nación la arruinan enteramente, e impiden que pueda resistir al extranjero, de la misma manera nuestro corazón, cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto, como suele decirse.
La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la inquietud y el ansia. Los pájaros quedan prisioneros en las redes y en las trampas porque, al verse cogidos en ellas, comienzan a agitarse y revolverse convulsivamente para poder salir, lo cual es causa de que, a cada momento, se enreden más. Luego, cuando te apremie el deseo de verte libre de algún mal o de poseer algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la Voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos, empleando, con orden, los medios convenientes; y cuando digo suavemente, no quiero decir con negligencia, sino sin precipitación, turbación e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el objeto de tus deseos, lo echarás todo a perder y te enredarás cada vez más.
«Mi alma-decía David siempre está puesta, ¡oh Señor!, en mis manos, y no puedo olvidar tu santa ley.» Examina, pues, una vez al día a lo menos, o por la noche y por la mañana, si tienes tu alma en tus manos, o si alguna pasión o inquietud te la ha robado: considera si tienes tu corazón bajo tu dominio, o bien si ha huído de tus manos, para enredarse en alguna pasión des ordenada de amor, de aborrecimiento, de envidia, de deseo, de temor, de enojo, de alegría. Y si se ha extraviado, procura, ante todo, buscarlo y conducirlo a la presencia de Dios, poniendo todos tus afectos y deseos bajo la obediencia y la dirección de su divina voluntad. Porque, así como los que temen perder alguna cosa que les agrada mucho, la tienen bien cogida de la mano, así también, a imitación de aquel gran rey, hemos de decir siempre: «¡Oh Dios mío!, mi alma está en peligro; por esto la tengo siempre en mis manos, y, de esta manera, no he olvidado tu santa ley».
No permitas que tus deseos te inquieten, por pequeños y por poco importantes que sean; porque, después de los pequeños, los grandes y los más importantes encontrarán tu corazón más dispuesto a la turbación y al desorden. Cuando sientas que llega la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir; en este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no según los deseos, sino según razón.
Si puedes manifestar la inquietud al director de tu alma, o, a lo menos, a algún confidente y devoto amigo, no dudes de que enseguida te sentirás sosegada; porque la comunicación de los dolores del corazón hace en el alma el mismo efecto que la sangría en el cuerpo que siempre está calenturiento: es el remedio de los remedios. Por este motivo, dio San Luis este aviso a su hijo: «Si sientes en tu corazón algún malestar, dilo enseguida a tu confesor o a alguna buena persona, y así podrás sobrellevar suavemente tu mal, por el consuelo que sentirás.»
BENEDICTO XVI: HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR...
Bernardo de Claraval describe dramáticamente en una homilía de Adviento la emoción de este momento. Tras la caída de nuestros primeros padres, todo el mundo queda oscurecido bajo el dominio de la muerte. Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un «sí» libre a su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho en cierto modo dependiente del hombre. Su poder está vinculado al «sí» no forzado de una persona humana. Así, Bernardo muestra cómo en el momento de la pregunta a María el cielo y la tierra, por decirlo así, contienen el aliento. ¿Dirá «sí»? Ella vacila... ¿Será su humildad tal vez un obstáculo? «Sólo por esta vez —dice Bernardo— no seas humilde, sino magnánima. Danos tu “sí”.» Éste es el momento decisivo en el que de sus labios y de su corazón sale la respuesta: «Hágase en mí según tu palabra.» Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.
María se convierte en madre por su «sí». Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuales el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios. Pensemos por ejemplo en las palabras de san Ireneo: «¿Cómo podrán salvarse si no es Dios aquel que llevó a cabo su salvación sobre la tierra? ¿Y cómo el ser humano se acercará a Dios, si Dios no se ha acercado al hombre? ¿Cómo se librarán de la muerte que los ha engendrado, si no son regenerados por la fe para un nuevo nacimiento que Dios realice de modo admirable e impensado, cuyo signo para nuestra salvación nos dio en la concepción a partir de la Virgen?» (Adv haer IV, 33,4; cf. H. Rahner, Symbole der Kirche, p. 23).
Pienso que es importante escuchar también la última frase de la narración lucana de la anunciación: «Y el ángel la dejó» (Lc 1,38). El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento en que se declara a Jesús «fuera de sí» (Mc 3,21; cf. Jn 10,20), más aún, hasta la noche de la cruz.
En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: «Alégrate, llena de gracia», y sobre la palabra tranquilizadora: «No temas.» El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.
martes, 19 de septiembre de 2017
SANTO TOMÁS MORO: EL GUSTO DE VIVIR
Felices los que saben reírse de sí mismos,
porque nunca terminarán de divertirse.
Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,
porque evitarán muchos inconvenientes.
Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas porque
llegarán a ser sabios.
Felices los que saben escuchar y callar,
porque aprenderán cosas nuevas.
Felices los que son suficientemente inteligentes,
como para no tomarse en serio,
porque serán apreciados por quienes los rodean.
Felices los que están atentos a las necesidades de los demás,
sin sentirse indispensables,
porque serán distribuidores de alegría.
Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas
y tranquilidad las cosas grandes,
porque irán lejos en la vida.
Felices los que saben apreciar una sonrisa
y olvidar un desprecio,
porque su camino será pleno de sol.
Felices los que piensan antes de actuar
y rezan antes de pensar,
porque no se turbarán por los imprevisible.
Felices ustedes si saben callar y ojalá sonreír
cuando se les quita la palabra,
se los contradice o cuando les pisan los pies,
porque el Evangelio comienza a penetrar en su corazón.
Felices ustedes si son capaces de interpretar
siempre con benevolencia las actitudes de los demás
aún cuando las apariencias sean contrarias.
Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.
Felices sobretodo, ustedes,
si saben reconocer al Señor en todos los que encuentran
entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.
lunes, 18 de septiembre de 2017
DIÁCONO JORGE NOVOA: ES NECESARIO QUE ÉL CREZCA Y YO DISMINUYA...
“Es necesario que él crezca y yo disminuya”. El camino propuesto por el Bautista tiene dos polos que se relacionan y condicionan, dos verbos que nos orientan adecuadamente en la comprensión de la enseñanza: crecer y disminuir. Ambos necesarios, cualquier acentuación unilateral distorsionaría el saludable equilibrio que ambos generan.
Quién debe crecer? La misión de los discípulos del Señor está orientada hacia ésta meta: Jesús debe crecer. Únicamente así daremos cimientos sólido a la edificación. "No se debe edificar sobre otro fundamento que Cristo", diría san Pablo, “muerto y resucitado”. El contenido de la predicación no debe omitir o seleccionar algunos aspectos de la vida del Señor, es decir, privilegiar unos y silenciar otros, debe ser una predicación que incluya toda su vida, palabras y obras. Enseñanzas y milagros.
La Iglesia se vuelve para la sociedad contemporánea, como el dedo indicador de Juan el Bautista, señalando a los hombres de cada generación, la meta hacia la que caminamos. No se debe silenciar el nombre de Jesús, pues, en nada contribuimos a la construcción de la sociedad omitiendo explícitamente su mención. Se aplica perfectamente la sentencia de Jesús: “si la sal se vuelve sosa con qué se la salará”. Algunas sociedades que se autodefinen pluralistas, exigen suprimir del ámbito público la mención o vivencia de lo religioso, para salvaguardar la libertad de los no creyentes, con esta estrategia sutil, imponen la ideología de los no creyentes y silencian la expresión pública de los católicos.
Algunas instituciones católicas del ámbito de la educación, han basado sus propuestas , en este sentido, ofreciendo una “educación en valores”. La propuesta educativa en la sociedad ha producido frutos valiosos. Numerosos hombres y mujeres educados con estos parámetros, hoy son ciudadanos honorables. Al tiempo que resulta constatable esta afirmación, también y de modo claro, se encuentra una escasa adhesión a la fe católica en temas claves como los de la moral conyugal. Se observa un progresivo abandono de la práctica sacramental. “Educar en valores” en abstracto, produce también descristianización.
Él debe crecer. Realidad que no se dará sin Él, si no se le predica abiertamente y sin condicionamientos exteriores e interiores, porque los exteriores provocan los interiores. La secularización como condicionamiento exterior, extendido culturalmente a todos los ámbitos de la vida social, se vuelve una “voz acusadora” en el corazón de los creyentes, ordenándoles no confesar su fe en la vida social. Cómo enfrentar ésta realidad?
Para esta empresa, que en muchos casos aparece compleja, resulta consolador saber que el Señor está en medio de nosotros, y que su crecimiento no depende exclusivamente de nuestro ingenio, nuestra mayor contribución será la docilidad a su gracia. Cuando Él crece, el mal en todas sus expresiones retrocede. Dios es glorificado y los hombre santificados. Nuestro aporte a la sociedad actul depende de “su crecimiento” en las almas, nunca aportamos algo tan valioso para su construcción, como cuando el Señor Jesús se vuelve cimiento de sus vidas. Si los valores no tienen por referencia a Jesús, se volverán “sal que no sirve” para alcanzar la meta.
Si Él no crece, se silenciarán las realidades vinculadas con la “vida eterna”. La fe cristiana se pondrá al servicio de la “calidad de vida”, distorsionando la verdad que anida en su interior. Él ha venido para que “tengamos vida y vida en abundancia”, los santos son testigo de esta Verdad, independientemente de nuestra condición social o de nuestras capacidades intelectuales. En salud o enfermedad, pobreza o riqueza...
Quién debe disminuir? Todos los servidores del Señor. Aquellos que Dios ha puesto al servicio de comunicarlo, en las diversas modalidades que esto es posible, con humildad y gratitud, amando y esperando.
Si yo no disminuyo. Daré a los hombres un cimiento débil, que impedirá puedan superar los momentos de crisis, porque todos en nuestras vidas sabemos lo que supone ser, “paja que se la lleva el viento”.
Si Él no crece y crezco yo, estoy provocando una gran injusticia de la que tendré que dar cuentas. Dice san Pablo a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la vedad" Ocultando a Cristo, obstaculizamos los planes de Dios. No existe un cristianismo sin Cristo, como no existe un cristianismo sin Padre. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.
Ayer, hoy y siempre enfrentaremos esta tensión, en ella está la clave de la misión de los discípulos, de su correcta comprensión y vivencia depende nuestra santificación. Que María estrella matutina guíe y oriente nuestros pasos en el camino de la fidelidad al Señor y a su Iglesia!
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