lunes, 30 de mayo de 2016

HANS URS VON BALTHASAR: LA VISITACIÓN


Bendito el fruto de tu vientre. 

En el evangelio de hoy se narra, como última preparación para la Navidad, la visita de María, que lleva y a su hijo en su vientre, a su prima Isabel. No es María la que ha revelado a Isabel que se encuentra encinta, sino que el Espíritu Santo, que es el que hace saltar de alegría al hijo que lleva en su seno. Un milagroso ensamblaje, operado por el propio Dios, entre la Antigua y la Nueva Alianza. Aunque después, en un principio, el Bautista no sabrá quién es el que viene detrás de él (Jn 1,33: yo no lo conocía), Juan es ya desde ahora santificado y elegido como precursor por el que está por delante de él. Por extensión podemos decir: visto desde el cumplimiento, desde Cristo, todo el Antiguo Testamento está destinado a ser precursor, de modo que solo adquiere su sentido pleno si se interpreta en función de Cristo. Un indicador solo tiene sentido si existe el lugar al que remite. Esto vale también porque los hombres en la antigua Alianza solo tenían una ligera idea de lo que esperaban como salvación en el futuro. Isabel, por el contrario, llena junto con su hijo del Espíritu Santo, sabe perfectamente en qué consiste esa salvación, y por eso puede saludar a la mujer que tienen ante sí como a la representante de la fe perfecta, en virtud de la cual Dios ha podido cumplir su promesa anunciada desde antiguo. En la Nueva alianza algunos hombres pueden tener una vocación tardía, reconocer sólo tardíamente una elección que se ha producido ya desde mucho tiempo antes, por lo que pueden haber sido elegidos y llamados desde el seno materno (Jr 1,5;Is 49,1;Ga 1,15).



Tú Belén de Efrata.

La sorprendente profecía de Miqueas en la primera lectura presagia, desde el punto de vista histórico-salvífico, mucho más de lo que el propio profeta podía sospechar. El profeta se remite, en tiempos de inclemencia (Samaría había sucumbido), a los orígenes de David, que había salido antiguamente de Belén de la estirpe de los efrateos. Y según la promesa será de Belén de donde saldrá el pastor de Israel que, cuando pase el tempo del destierro, instaurará un reino de paz que se extenderá hasta los confines de la tierra. Isaías había hablado de la virgen que dará a luz al “Dios con nosotros”; aquí la Madre del Mesías es designada simplemente como “la madre que dé a luz”. El profeta se remonta hasta David, pero el origen (desde lo antiguo , el tiempo inmemorial) de Jesús es la eternidad, y su definitivo reino de paz superará ampliamente la expectativa de Israel. Quizá el cumplimiento que tienen lugar en María y en su Hijo remite a la antigua Alianza para superarla con creces.



Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad. 

Ahora, en la segunda lectura, se desvelan el espíritu y la misión del Mesías que viene al mundo. Su tarea es pura obediencia, ya el inicio de su misión lo es. Esta obediencia no realizará actos litúrgicos externo; su propio cuerpo, creado por Dios para este fin, será objeto de la obediencia sacrificial. El antiguo sacrificio externo en la alianza del hombre con Dios es abolido para hacer del hombre mismo un sacrificio total. Y este sacrificio es válido “una vez para siempre”, consuma la alianza y nos santifica a todos. La Nueva Alianza remite una vez más a la Antigua, pero la referencia es puramente formal: se asume el concepto de sacrificio veterotestamentario, pero su sentido se transforma totalmente: se pasa de lo ineficaz a lo infinitamente eficaz.

jueves, 26 de mayo de 2016

HANS URS VON BALTHASAR: SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


Jesús alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre el pan y lo partió. El misterio de esta festividad, como el de todas las grandes solemnidades que siguen a Pentecostés y a la Santísima Trinidad, es un misterio trinitario. El evangelio lo presenta primero e la imagen de la multiplicación de los panes. Esta no es un truco de magia; para realizarla, Jesús levanta primero los ojos al cielo en una oración de petición y de acción de gracias (eucaristía) a un tiempo: “Padre te doy gracias porque me has escuchado” (Jn 11,41), pues su autoprodigalidad en los panes será un signo de cómo el amor del Padre ha confiado todo al Hijo, incluso el poder de pronunciar la bendición del cielo; y finalmente lo parte, gesto que alude tanto a su quebrantamiento en la pasión como a la infinita multiplicación de los dones que el Espíritu Santo realiza en todas las celebraciones eucarísticas, y con ello se hace visible simbólicamente que el amor trinitario se hace presente en el don eucarístico de Jesús.

Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. En las lacónicas palabras de la institución de la Eucaristía, que se recogen en la segunda lectura, se encuentra oculta la inagotable plenitud del don del amor divino. Es como si se levantara una piedra y surgiera una fuente que jamás se agota. Pablo refiere aquí únicamente lo que ha oído a los primeros discípulos, pues en este punto no osaría añadir nada de su propia cosecha. El contexto de la acción de Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, es esencial; en último término es el Padre quien lo entrega: en la cruz por los hombres y en la Eucaristía, igualmente por nosotros. Por eso Jesús pronuncia la oración de acción de gracias: porque el Padre hace esto, porque el mismo puede hacerlo con Él y porque el Espíritu Santo lo realizará continuamente en el futuro. Jesús no sólo constituye el pan partido que es él mismo, sino que da a los que lo reciben, como supremo cumplimiento del don, la orden y el poder de repetirlo ellos mismos en el futuro. No al margen de su entrega, de su sacrificio, sino en memoria suya, para que así su don nunca sea algo puramente pasado, algo que se recuerda sin más, sino que siga siendo un presente siempre nuevo por el que se da gracias al Padre elevando los ojos hacia Él, y en nombre del Hijo y con la fuerza del Espíritu Santo se parte y se come el pan. La partición del pan eucarístico es inseparable del desgarramiento de la vida de Jesús en la cruz: por eso toda celebración eucarística es proclamación de la muerte del Señor por nosotros. Pablo no necesita mencionar la resurrección, pues ésta está contenida como algo evidente en el hecho de que la muerte de antaño sólo puede hacerse presente si esa muerte era ya una obra de la vida del amor supremo.

Melquisedec ofreció pan y vino. El gesto del rey de Salem en la primera lectura es un arquetipo sumamente significativo para judíos y cristianos. Pues antes de que se instituyera en Israel el ritual de los sacrificios, el ofrecimiento de plantas y animales, existió ya esta sencilla ofrenda de pan y vino por parte de un rey de Salem, que no era aún la Jerusalén que llegaría a ser después. Melquisedec es un misteriosos rey-sacerdote que, según el escrito a los Hebreos, preludia ya, más allá del sacerdocio pasajero de Leví, el sacerdocio de Jesús. Lo primigenio (alfa) remite a menudo más claramente a lo definitivo (omega) que los estadios intermedios, de los estados intermedios, de los que no hace falta ser conscientes.

LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA


La adoración del santísimo Sacramento es una expresión particularmente extendida del culto a la Eucaristía, al cual la Iglesia exhorta a los Pastores y fieles.

Su forma primigenia se puede remontar a la adoración que el Jueves Santo sigue a la celebración de la Misa en la cena del Señor y a la reserva de las sagradas Especies. Esta resulta muy significativa del vínculo que existe entre la celebración del memorial del sacrificio del Señor y su presencia permanente en las Especies consagradas. La reserva de las Especies sagradas, motivada sobre todo por la necesidad de poder disponer de las mismas en cualquier momento, para administrar el Viático a los enfermos, hizo nacer en los fieles la loable costumbre de recogerse en oración ante el sagrario, para adorar a Cristo presente en el Sacramento.

De hecho, "la fe en la presencia real del Señor conduce de un modo natural a la manifestación externa y pública de esta misma fe (...) La piedad que mueve a los fieles a postrarse ante la santa Eucaristía, les atrae para participar de una manera más profunda en el misterio pascual y a responder con gratitud al don de aquel que mediante su humanidad infunde incesantemente la vida divina en los miembros de su Cuerpo. Al detenerse junto a Cristo Señor, disfrutan su íntima familiaridad, y ante Él abren su corazón rogando por ellos y por sus seres queridos y rezan por la paz y la salvación del mundo. Al ofrecer toda su vida con Cristo al Padre en el Espíritu Santo, alcanzan de este maravilloso intercambio un aumento de fe, de esperanza y de caridad. De esta manera cultivan las disposiciones adecuadas para celebrar, con la devoción que es conveniente, el memorial del Señor y recibir frecuentemente el Pan que nos ha dado el Padre".

La adoración del santísimo Sacramento, en la que confluyen formas litúrgicas y expresiones de piedad popular entre las que no es fácil establecer claramente los límites, puede realizarse de diversas maneras:

- la simple visita al santísimo Sacramento reservado en el sagrario: breve encuentro con Cristo, motivado por la fe en su presencia y caracterizado por la oración silenciosa;

- adoración ante el santísimo Sacramento expuesto, según las normas litúrgicas, en la custodia o en la píxide, de forma prolongada o breve;

- la denominada Adoración perpetua o la de las Cuarenta Horas, que comprometen a toda una comunidad religiosa, a una asociación eucarística o a una comunidad parroquial, y dan ocasión a numerosas expresiones de piedad eucarística.

En estos momentos de adoración se debe ayudar a los fieles para que empleen la Sagrada Escritura como incomparable libro de oración, para que empleen cantos y oraciones adecuadas, para que se familiaricen con algunos modelos sencillos de la Liturgia de las Horas, para que sigan el ritmo del Año litúrgico, para que permanezcan en oración silenciosa. De este modo comprenderán progresivamente que durante la adoración del santísimo Sacramento no se deben realizar otras prácticas devocionales en honor de la Virgen María y de los Santos. Sin embargo, dado el estrecho vínculo que une a María con Cristo, el rezo del Rosario podría ayudar a dar a la oración una profunda orientación cristológica, meditando en él los misterios de la Encarnación y de la Redención.

FUENTE: Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia, Principios y orientaciones, Ciudad del Vaticano 2002.

lunes, 18 de abril de 2016

ANTONIO ROYO MARIN OP: QUÉ ES LA MANSEDUMBRE?


Es un virtud especial que tiene por objeto moderar la ira según la recta razón. La materia propia de esa virtud es la pasión de la ira, que rectifica y modera de tal forma que no se levante sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.A pesar de ser un parte potencial de la Templanza, reside en el apetito irasible (como la ira que ha de moderar), no en el concupiscible como la Templanza.


La mansedumbre es una virtud hermosísima profundamente cristiana, de la que el mismo Cristo quiso ponerse por supremo modelo (Mt 11,29).He aquí algunas de las más impresionantes manifestaciones de su dulzura y mansedumbre divinas.

a) Con sus apóstoles: les sufre sus mil impertinencias, su ignorancia, su egoísmo,su incomprensión. Les instruye gradualmente, sin exigirles demasiado pronto una perfección superior a sus fuerzas. Les defiende de las acusaciones de los fariseos, pero les reprende cuando tratan de apartarle los niños o cuando piden fuego del cielo para castigar a un pueblo.Reprende a Pedro su ira en el huerto, pero le perdona fácilmente su triple negación, que le hace reparar con tres sencillas manifestaciones de amor. Les aconseja la mansedumbre para con todos, perdona hasta setenta veces siete (es decir, siempre), ser sencillos como palomas, corderos en medio de lobos,devolver bien por mal, ofrecer la otra mejilla a quien les hiera en una de ellas, dar su capa y su túnica antes que andar con pleitos y rogar por los mismos que los persiguen y maldicen...

b) Con las turbas: les hablaba con gran dulzura y serenidad. Nada de voces intempestivas, de gritos descompasados, de amenazas furibundas: No apaga la mecha que todavía humea, ni quiebra del todo la caña ya cascada. Ofrece a todos el perdón y la paz, multiplica las parábolas de la misericordia, bendice y acaricia a los niños, abre su Corazón de par en par para que encuentren en él alivio y reposos todos los que sufren, oprimidos por las tribulaciones de la vida.

c) Con los pecadores: extrema hasta lo increíble su dulzura y mansedumbre: perdona en el acto a la Magdalena, a la adúltera, a Zaqueo, a Mateo el publicano; a fuerza de bondad y delicadeza y convierte a la samaritana; como Buen Pastor, va en busca de la oveja extraviada y se la pone gozoso sobre los hombros y hace al hijo pródigo una acogida tan cordial que levanta la vida de su hermano; no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, a penitencia;ofrece el perdón al mismo Judas a quien trata con el dulce nombre de amigo; perdona la buen ladrón y muere en lo alto de la cruz perdonando y acusando a sus verdugos.

A imitación del divino maestro, el alma que aspire a la perfección ha de poner extremo cuidado e interés en la práctica de la mansedumbre.

"Para imitar a Nuestro Señor, evitaremos las disputas, las voces destempladas, las palabras o las obras bruscas o que pueden hacer daño, para no alejar a los tímidos.Cuidaremos mucho de no volver mal por mal; de no estropear o romper alguna cosa por brusquedad, de no hablar cuando estamos airados. Procuraremos, por el contrario, tratar con buenas maneras a todos los que se lleguen a hablarnos; poner a todos rostro risueño y afable, aún cuando nos cansen y molesten; acoger con especial benevolencia a los pobres, los afligidos, los enfermos, los pecadores,los tímidos, los niños, suavizar con algunas buenas palabras las reprensiones hubiésemos de hacer; cumplir; cumplir nuestro cometido con ahínco, y haciendo, a veces, algo más de lo que se nos exige, y sobre todo,haciéndolo de buena gana.. Estaremos dispuestos a recibir un bofetón sin devolverle y a presentar la mejilla izquierda al que nos hiere en la derecha"

Nótese, sin embargo, que en ocasiones se impone la ira, y renunciar a ella en estos casos sería faltar a la justicia o a la caridad, que son virtudes más importantes que la mansedumbre. El mismo Cristo, modelo incomparable de mansedumbre. El mismo Cristo, modelo incomparable de mansedumbre arrojó con el látigo a los profanadores del templo (Jn 2,15) y lanzó terribles invectivas contra el orgullo y mala fe de los fariseos (Mt 23,13ss). Ni hay que pensar que en estos casos se sacrifica la virtud de la mansedumbre en aras de la justicia o de la caridad.Todo o contrario. La misma mansedumbre- en su definición- enseña a usar rectamente de la pasión de la ira en los casos necesarios y de la manera que sea conveniente según el dictamen de la razón iluminada por la fe. Lo contrario no sería virtud, sino debilidad o blandura excesiva de carácter, que en modo alguno podría compaginarse con energía y reciedumbre que requiere muchas veces el ejercicio de las virtudes cristianas, y sería, por lo mismo, un verdadero, pecado, como dice Santo Tomás. Lo que ocurre , es que, siendo muy fácil equivocarse en la apreciación de los justos motivos que reclaman la ira o desmandarse en el ejercicio de la misma, hemos de estar siempre vigilante y alerta para no dejarnos sorprender por el ímpetu de la pasión o para controlar sus manifestaciones dentro de los límites infranqueables que señala la razón iluminada por la fe. En caso de duda es mejor inclinarse del lado de la dulzura y mansedumbre antes que del rigor excesivo.

A la mansedumbre se le opone la ira desordenada o iracundia. Como vicio capital que es, de ellas nacen otros muchos pecados, principalmente la indignación, la hinchazón de la mente (pensando en los medios de vengarse), el griterío, la blasfemia,la injuria, y la riña. En la ira misma distingue Aristóteles tres especies: la de los violentos (acuti), que se irritan en seguida y por el más leve motivo; la de los rencorosos (amati), que conservan mucho tiempo el recuerdo de las injurias recibidas, y la de los obstinados (dificille sive graves), que no descansan hasta que no logran vengarse.

miércoles, 13 de abril de 2016

LA PACIENCIA


La paciencia, según San Agustín, es «la virtud por la que soportamos con ánimo sereno los males». Y añadía: «no sea que por perder la serenidad del alma abandonemos bienes que nos han de llevar a conseguir otros mayores». Esta virtud lleva a soportar con buen ánimo, por amor a Dios, los sufrimientos físicos y morales de la vida. Frecuentemente tendremos que ejercerla sobre todo en lo ordinario, quizá en cosas que parecen triviales: un defecto que no se acaba de vencer, aceptar que las cosas no salgan como nosotros querríamos, los imprevistos que surgen, el carácter de una persona con la que hemos de convivir en el trabajo, gentes bien dispuestas pero que no entienden, aglomeraciones en el tráfico, retraso de los medios públicos de transporte, llamadas imprevistas que impiden terminar el trabajo a su hora, olvidos... Son ocasiones para afirmar la humildad, para hacer más fina la caridad.

La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas. Identificamos entonces nuestra voluntad con la del Señor, y eso nos permite mantener la fidelidad en medio de las persecuciones y pruebas, y es el fundamento de la grandeza de ánimo y de la alegría de quien está seguro de recibir unos bienes futuros mayores.

Son diversos los campos en los que el cristiano debe ejercitar esta virtud. En primer lugar consigo mismo, puesto que es fácil desalentarse ante los propios defectos que se repiten una y otra vez, sin lograr superarlos del todo. Es necesario saber esperar y luchar con perseverancia, convencidos de que, mientras nos mantengamos en el combate, estamos amando a Dios. La superación de un defecto o la adquisición de una virtud, de ordinario, no se logra a base de violentos esfuerzos, sino de humildad, de confianza en Dios, de petición de más gracias, de una mayor docilidad. San Francisco de Sales afirmaba que es necesario tener paciencia con todo el mundo, pero, en primer lugar, con uno mismo.

MONS. JOSEFINO RAMIREZ: EL MEJOR DE TODOS LOS SERMONES


San Juan María Vianney, 4/8 /1993

Querido padre Tomás

¿Te acuerdas de Jorge, ese joven amigo mío con el que nos encontramos en la iglesia de Binondo? Él me comentó que le gustaría ingresar al seminario y ordenarse sacerdote. Pero que el único problema que tenía era que no se creía capaz de memorizar un sermón, ni poder predicar mucho. Después de pensarlo, le contesté que no consideraba que eso fuera un problema.

Uno de los sacerdotes más conocidos en la historia decía, en sus últimos años, el mismo sermón todos los días, una y otra vez, y era: si solo supieras cuánto Jesús te ama en el Santísimo Sacramento, te morirías de felicidad. Después señalando hacia el sagrario, agregaba: Jesús está realmente ahí.

La gente venía de todas partes de Francia para oírlo y cada domingo repetía lo mismo. Al tomar conciencia del amor y presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento, se conmovía tan intensamente, hasta lo más profundo del alma, que al señalar el Sagrario para mostrar a la gente que Jesús estaba realmente ahí, lloraba de alegría. Él pasaba largas horas cada día y cada noche, orando ante el Santísimo Sacramento como también muchas horas en el confesionario. San Juan María Vianney, el cura de Ars, fue proclamado por la iglesia ejemplo y patrono de todos los sacerdotes.

Otro sacerdote famoso que vivió en la época de San Juan Vianney, fue el padre Lacordaire. Este sacerdote fuel el predicador más de su tiempo. Cuando él predicaba en la iglesia de Notre Dame de Paris, el rey y la reina iban a oírlo y la catedral se llenaba. Un día alguien le preguntó si se sentía satisfecho por ser un predicador tan popular, Él contestó que no, porque cuando él hablaba la gente comentaba su habilidad e inteligencia, pero cuando hablaba Juan Vianney, todos decían ¡Qué bueno es Jesús!

¡Qué complicada es la naturaleza humana, querido Tomás! Tratamos de impresionar con nuestra inteligencia, razonando todo, tanto que a la gente le resulta difícil entender lo que tratamos de trasmitir ¡Lo que realmente debemos hacer, es decirle a la gente cuán bondadoso es Jesús en el Santísimo Sacramento! Si tu repites, de todo corazón, las pocas palabras de San Juan María Vianney, también serás canonizado.

Fraternalmente tuyo en el Amor Eucarístico

martes, 5 de abril de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: CRISTO, AMOR EXCLUSIVO E INCLUYENTE


Son muchos los pasajes evangélicos en los que se visualiza la exigencia del camino que el Señor nos propone, recordemos aquel que presenta la exigencia de la vocación apostólica (Lc 9), a los que son llamados se los invita, frente a diversos pedido que éstos realizan, “que dejen que los muertos entierren a sus muertos” e incluso se trata de disuadir de la solicitud para despedirse de los familiares, afirmando que “no se puede poner la mano en el arado y mirar para atrás”. Exigente!!!! Sí, muy exigente...

Nada puede anteponerse a la respuesta del llamado que el Señor realiza, ni aún lo que humanamente consideramos bueno. Ante ésta situación única y vital, cada cosa se debe ubicar en el lugar que le corresponde. El Señor reclama nuestro amor de modo pleno y total, y espera que le respondamos sin reservas. Reclama exclusividad. Seguramente esto te resultará un tanto desconcertante, pero es así, no está dispuesto a recibir de nuestra parte una respuesta parcial. Reclama nuestro amor con exclusividad. Él pide un amor exclusivo pero no excluyente.

En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo es la respuesta al Señor. Su amor lejos está del egoísmo, y su exigencia, tiene especial resonancia para nosotros. No busca por el amor ejercer un dominio egoísta, sino liberarnos de nuestros egoísmos. Al responderle a Él, de modo exclusivo, nuestros amores humanos son ahora inundados por la presencia de este amor que manifiesta la verdad sobre las realidades de nuestra existencia. Su amor exclusivo es incluyente.

“La caridad, según el Catecismo (nª 1822) es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”. Amar a Dios sobre todas las cosas, es la dimensión de exclusividad que debe tener nuestra respuesta, y al prójimo por amor de Dios, manifiesta la dimensión incluyente que produce en nosotros esta relación.

Resulta comprensible la exigencia del Señor, ella brota de la verdad que comunica este amor, el cual somos invitados a vivir, puesto que solamente en él podemos sanar nuestro amor humano herido por el pecado, y ante la posibilidad de sanar este mal radical todo debe deponerse. “No anteponer nada ante el amor de Cristo”.

viernes, 1 de abril de 2016

SANTA FAUSTINA KOWALSKA


Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa, para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras, para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos, para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí.

martes, 22 de marzo de 2016

DIÁCONO JORGE NOVOA: NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA...

Iba Jesús con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo,  por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado.
Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.»
Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.» Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.


La presencia de Jesús permite que reconozcamos nuestra indignidad, contrasta su santidad con nuestro pecado, su verdad con nuestra mentira y  su amor con nuestro rencor.La luz que irradia su presencia alcanza nuestras oscuridades y las ilumina, para dejarlas al descubierto y sanarlas. Es "justo y necesario" reconocer nuestra indignidad.Tan cierto, es lo que acabamos de afirmar, que Pedro lo manifiesta abiertamente, " apártate de mi que soy un pecador".

Cómo se relaciona Él, con los hombres que experimentan esta indignidad? Esta brecha establece una relación inaccesible ? Sorprende la cercanía del Señor para con los pecadores: las prostitutas , lo recaudadores de impuestos, los samaritanos  y los extranjeros, entre otros, son  acogidos  con gran cercanía. Viene a salvar lo que estaba perdido con su amor misericordioso, como médico de almas y cuerpos,  su santidad no destruye al pecador, sino su pecado. Este fuego abrazador de su amor purifica sin destruir.


En cierta ocasión, Santa Catalina de Siena, en la misa cuando el sacerdote dijo: "No soy digno de que entres en mi casa...", haciéndose eco de aquellas palabras, repitió interiormente, mientras fijaba sus ojos en la Hostia: "Realmente yo no soy digna". Entonces escuchó que Cristo le decía: "pero yo sí soy digno de entres en mí"...

Hay que superar la tentación que nos asecha, proponiéndonos alejarnos  de Él, debido a nuestra indignidad.  Sabemos que el pecado del hombre no es un obstáculo para el encuentro con Él, según su propia enseñanza va tras la oveja perdida, realiza una fiesta por el regreso del hijo perdido, y  luego de la traición, confirma a Pedro en su misión. Su amor es fiel, enteramente gratuito y totalmente desinteresado.

Alaba Jesús la fe del Centurión romano, este extranjero del que no se esperaba nada, ha manifestado una fe plena, que llena de admiración al Señor.Se admira para enseñar a los hombres que "viendo no ven". La condición de extranjero, era considerada una situación invalidante  para el acto de fe, podríamos decir, del que se esperaba menos se recogió más. Basta tu Palabra, le manda decir el Centurión.

El ejemplo  sobre la relación que se establece entre la órden dada por el superior y la obediencia del subalterno, se ponen al servicio de la palabra de Jesús que pronunciada ordenará la realidad. Si en plano humano la orden dada por el superior se cumple en el subalterno, la palabra del Hijo de Dios se realizará con plena eficacia.No necesita ir a la casa  del Centurión, para que se cumpla lo que ha pedido.

Encontrará el Señor una fe semejante entre nosotros? Somos capaces de interceder por  los que nos necesitan? Sabemos que somos indignos, pero confesamos unas otra vez en la  santa misa, que" una palabra tuya bastará para sanarnos ".

martes, 15 de marzo de 2016

CUARESMA: EL VÍA MATRIS


Así como en el plan salvífico de Dios (cfr. Lc 2,34-35) están asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa, también los están en la Liturgia y en la piedad popular.

Como Cristo es el "hombre de dolores" (Is 53,3), por medio del cual se ha complacido Dios en "reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20), así María es la "mujer del dolor", que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión (socia Passionis).i

Desde los días de la infancia de Cristo, toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era objeto su Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (cfr. Lc 2,35). Sin embargo, la piedad del pueblo cristiano ha señalado siete episodios principales en la vida dolorosa de la Madre y los ha considerado como los "siete dolores" de Santa María Virgen.

Así, según el modelo del Vía Crucis, ha nacido el ejercicio de piedad del Vía Matris dolorosae, o simplemente Vía Matris, aprobado también por la Sede Apostólica. Desde el siglo XVI hay ya formas incipientes del Vía Matris, pero en su forma actual no es anterior al siglo XIX. La intuición fundamental es considerar toda la vida de la Virgen, desde el anuncio profético de Simeón (cfr. Lc 2,34-35) hasta la muerte y sepultura del Hijo, como un camino de fe y de dolor: camino articulado en siete "estaciones", que corresponden a los "siete dolores" de la Madre del Señor.

137. El ejercicio de piedad del Vía Matris se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Vía Matris remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor (cfr. Is 52,13-53,12), rechazado por su propio pueblo (cfr. Jn 1,11; Lc 2,1-7; 2,34-35; 4,28-29; Mt 26,47-56; Hech 12,1-5). Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Vía Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que esta deberá recorrer hasta el final de los tiempos.

El Vía Matris tiene como máxima expresión la "Piedad", tema inagotable del arte cristiano desde la Edad Media.

jueves, 10 de marzo de 2016

BENEDICTO XVI :EL SILENCIO DE SAN JOSÉ


"Del ejemplo de San José llega a todos nosotros una fuerte invitación a desarrollar con fidelidad, sencillez y modestia la tarea que la Providencia nos ha asignado. Pienso ante todo en los padres y madres de familia, y ruego para que sepan siempre apreciar la belleza de una vida sencilla y laboriosa, cultivando con atención la relación conyugal y cumpliendo con entusiasmo la grande y no fácil misión educadora." Benedicto XVI