jueves, 19 de agosto de 2010
SAN AGUSTÍN: JUAN ERA LA VOZ, CRISTO ES LA PALABRA

Pero veamos cómo suceden las cosas en la misma edificación de nuestro corazón. Cuando pienso lo que voy a decir, ya está la palabra presente en mi corazón; pero, si quiero hablarte, busco el modo de hacer llegar a tu corazón lo que está ya en el mío.Al intentar que llegue hasta ti y se aposente en tu interior la palabra que hay ya en el mío, echo mano de la voz y, mediante ella, te hablo: el sonido de la voz hace llegar hasta ti el entendimiento de la palabra; y una vez que el sonido de la voz ha llevado hasta ti el concepto, el sonido desaparece, pero la palabra que el sonido condujo hasta ti está ya dentro de tu corazón, sin haber abandonado el mío.
Cuando la palabra ha pasado a ti, ¿no te parece que es el mismo sonido el que está diciendo: Ella tiene que crecer y yo tengo que menguar? El sonido de la voz se dejó sentir para cumplir su tarea y desapareció, como si dijera: Esta alegría mía está colmada. Retengamos la palabra, no perdamos la palabra concebida en la médula del alma.
¿Quieres ver cómo pasa la voz, mientras que la divinidad de la Palabra permanece? ¿Qué ha sido del bautismo de Juan? Cumplió su misión y desapareció. Ahora el que se frecuenta es el bautismo de Cristo. Todos nosotros creemos en Cristo, esperamos la salvación en Cristo: esto es lo que la voz hizo sonar.
Y precisamente porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra: pero la voz se reconoció a sí misma, para no ofender a la palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.
Y cuando le preguntaron: ¿Quién eres?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor. » La voz que grita en el desierto, la voz que rompe el silencio. Allanad el camino del Señor, como si dijera: «Yo resueno para introducir la palabra en el corazón; pero ésta no se dignará venir a donde yo trato de introducirla, si no le allanáis el camino.»
¿Qué quiere decir: Allanad el camino, sino: «Suplicad debidamente»? ¿Qué significa: Allanad el camino, sino: «Pensad con humildad»? Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por el Mesías, y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio.
Si hubiera dicho: «Yo soy el Mesías», ¿cómo no lo hubieran creído con la mayor facilidad, si ya le tenían por tal antes de haberlo dicho? Pero no lo dijo: se reconoció a si mismo, no permitió que lo confundieran, se humilló a si mismo.Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar.
jueves, 12 de agosto de 2010
BENEDICTO XVI: ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
queridos hermanos y hermanas:
En el Magníficat, el gran canto de la Virgen que acabamos de escuchar en el evangelio, encontramos unas palabras sorprendentes. María dice: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones". La Madre del Señor profetiza las alabanzas marianas de la Iglesia para todo el futuro, la devoción mariana del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. Al alabar a María, la Iglesia no ha inventado algo "ajeno" a la Escritura: ha respondido a esta profecía hecha por María en aquella hora de gracia.
Y estas palabras de María no eran sólo palabras personales, tal vez arbitrarias. Como dice san Lucas, Isabel había exclamado, llena de Espíritu Santo: "Dichosa la que ha creído". Y María, también llena de Espíritu Santo, continúa y completa lo que dijo Isabel, afirmando: "Me felicitarán todas las generaciones". Es una auténtica profecía, inspirada por el Espíritu Santo, y la Iglesia, al venerar a María, responde a un mandato del Espíritu Santo, cumple un deber.
Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la "Santa" que se convirtió en su morada en la tierra, María. La luz sencilla y multiforme de Dios sólo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los santos, que son el verdadero espejo de su luz. Y precisamente viendo el rostro de María podemos ver mejor que de otras maneras la belleza de Dios, su bondad, su misericordia. En este rostro podemos percibir realmente la luz divina.
"Me felicitarán todas las generaciones". Nosotros podemos alabar a María, venerar a María, porque es "feliz", feliz para siempre. Y este es el contenido de esta fiesta. Feliz porque está unida a Dios, porque vive con Dios y en Dios. El Señor, en la víspera de su Pasión, al despedirse de los suyos, dijo: "Voy a prepararos una morada en la gran casa del Padre. Porque en la casa de mi Padre hay muchas moradas" (cf. Jn 14, 2). María, al decir: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra", preparó aquí en la tierra la morada para Dios; con cuerpo y alma se transformó en su morada, y así abrió la tierra al cielo.
San Lucas, en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar, nos da a entender de diversas maneras que María es la verdadera Arca de la alianza, que el misterio del templo -la morada de Dios aquí en la tierra- se realizó en María. En María Dios habita realmente, está presente aquí en la tierra. María se convierte en su tienda. Lo que desean todas las culturas, es decir, que Dios habite entre nosotros, se realiza aquí. San Agustín dice: "Antes de concebir al Señor en su cuerpo, ya lo había concebido en su alma". Había dado al Señor el espacio de su alma y así se convirtió realmente en el verdadero Templo donde Dios se encarnó, donde Dios se hizo presente en esta tierra.
Así, al ser la morada de Dios en la tierra, ya está preparada en ella su morada eterna, ya está preparada esa morada para siempre. Y este es todo el contenido del dogma de la Asunción de María a la gloria del cielo en cuerpo y alma, expresado aquí en estas palabras. María es "feliz" porque se ha convertido -totalmente, con cuerpo y alma, y para siempre- en la morada del Señor. Si esto es verdad, María no sólo nos invita a la admiración, a la veneración; además, nos guía, nos señala el camino de la vida, nos muestra cómo podemos llegar a ser felices, a encontrar el camino de la felicidad.
Escuchemos una vez más las palabras de Isabel, que se completan en el Magníficat de María: "Dichosa la que ha creído". El acto primero y fundamental para transformarse en morada de Dios y encontrar así la felicidad definitiva es creer, es la fe en Dios, en el Dios que se manifestó en Jesucristo y que se nos revela en la palabra divina de la sagrada Escritura.
Creer no es añadir una opinión a otras. Y la convicción, la fe en que Dios existe, no es una información como otras. Muchas informaciones no nos importa si son verdaderas o falsas, pues no cambian nuestra vida. Pero, si Dios no existe, la vida es vacía, el futuro es vacío. En cambio, si Dios existe, todo cambia, la vida es luz, nuestro futuro es luz y tenemos una orientación para saber cómo vivir.
Por eso, creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. Creer, decir: "Sí, creo que tú eres Dios, creo que en el Hijo encarnado estás presente entre nosotros", orienta mi vida, me impulsa a adherirme a Dios, a unirme a Dios y a encontrar así el lugar donde vivir, y el modo como debo vivir. Y creer no es sólo una forma de pensamiento, una idea; como he dicho, es una acción, una forma de vivir. Creer quiere decir seguir la senda señalada por la palabra de Dios.
María, además de este acto fundamental de la fe, que es un acto existencial, una toma de posición para toda la vida, añade estas palabras: "Su misericordia llega a todos los que le temen de generación en generación". Con toda la Escritura, habla del "temor de Dios". Tal vez conocemos poco esta palabra, o no nos gusta mucho. Pero el "temor de Dios" no es angustia, es algo muy diferente. Como hijos, no tenemos miedo del Padre, pero tenemos temor de Dios, la preocupación por no destruir el amor sobre el que está construida nuestra vida. Temor de Dios es el sentido de responsabilidad que debemos tener; responsabilidad por la porción del mundo que se nos ha encomendado en nuestra vida; responsabilidad de administrar bien esta parte del mundo y de la historia que somos nosotros, contribuyendo así a la auténtica edificación del mundo, a la victoria del bien y de la paz.
"Me felicitarán todas las generaciones": esto quiere decir que el futuro, el porvenir, pertenece a Dios, está en las manos de Dios, es decir, que Dios vence. Y no vence el dragón, tan fuerte, del que habla hoy la primera lectura: el dragón que es la representación de todas las fuerzas de la violencia del mundo. Parecen invencibles, pero María nos dice que no son invencibles. La Mujer, como nos muestran la primera lectura y el evangelio, es más fuerte porque Dios es más fuerte.
Ciertamente, en comparación con el dragón, tan armado, esta Mujer, que es María, que es la Iglesia, parece indefensa, vulnerable. Y realmente Dios es vulnerable en el mundo, porque es el Amor, y el amor es vulnerable. A pesar de ello, él tiene el futuro en la mano; vence el amor y no el odio; al final vence la paz.
Este es el gran consuelo que entraña el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Damos gracias al Señor por este consuelo, pero también vemos que este consuelo nos compromete a estar del lado del bien, de la paz.
Oremos a María, la Reina de la paz, para que ayude a la victoria de la paz hoy: "Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!". Amén".
Solemnidad de la Asunción 2006
sábado, 7 de agosto de 2010
MONSEÑOR HÁCTOR AGÜER: DESPUÉS DEL MAL PASO
El Senado de la Nación, entre el 14 y el 15 de julio –es decir, entre gallos y media noche– consumó la alteración del orden familiar que había obtenido ya la sanción de los diputados y dio cabida en la institución matrimonial a la convivencia de personas del mismo sexo. De ese modo, de un plumazo, se ha cambiado la esencia misma del matrimonio. La etimología de esta palabra alude a la matriz, a la madre, a la maternidad, a su custodia y fortalecimiento; el nombre y el concepto se refieren a una realidad a la vez física y espiritual en la que confluyen naturaleza y cultura para constituir un valor propio de la condición humana que está al servicio de la continuidad de la especie. Corresponde al derecho reconocer y tutelar ese valor, no subvertirlo.
La ley sancionada practica una escisión entre el derecho y la moral. Las leyes establecidas por los hombres –el derecho positivo– no deben contrariar valores morales objetivos y universales que se basan en la naturaleza humana y, en definitiva, en el orden establecido por el Creador. En el acto de promulgar una disposición contraria a ese orden la autoridad deja de ser tal y el resultado es una ley inicua, que no tiene carácter de ley sino más bien de violencia. Así lo enseña la tradición católica, expresada con toda claridad por el Beato Juan XXIII en su encíclica “Pacem in terris”. Conviene recordar a este propósito que legitimidad y legalidad no se identifican. Es posible que se introduzca en el cuerpo legal de una nación una disposición injusta, pero ese acto formal no le otorga legitimidad.
En el caso que nos ocupa puede decirse que la misma legalidad ha sido afeada por las circunstancias en las que se ha llegado a la sanción. Pasarán a la historia de esa ruinosa modificación del Código Civil los aprietes, los telefonazos amenazantes y el oportuno regalo de viajes a China. Han llamado la atención los sospechosos cambios de posición, abstenciones o ausencias de diez senadores. El proyecto que tenía media sanción de la Cámara de Diputados mereció serias objeciones jurídicas, fundadas en el orden natural, el derecho positivo argentino y los tratados internacionales que amparan el interés superior de los niños, pero tales reparos no fueron tomados en cuenta. El debate fue tan mediocre que hizo añorar épocas mejores de la cultura
política nacional. Sobresalió por su grosería, su odio a la Iglesia y el agravio al Sumo Pontífice el discurso del jefe de la bancada oficialista, una patética expresión de obediencia debida. En cambio, merecen un reconocimiento la coherencia y el coraje de quienes votaron por el rechazo de la alteración del matrimonio.
Tres cuestiones fundamentales quedan abiertas a partir de aquel mal paso. En primer lugar, la libertad de la Iglesia. ¿Podremos, en adelante, predicar libremente lo que la Biblia, la tradición y el magisterio eclesial enseñan acerca de la sexualidad humana y el matrimonio? ¿Se nos obligará, acaso, a formar a los alumnos de nuestros colegios según la nueva valoración de esas realidades esenciales implicada en la modificación establecida por el Congreso, en contra de la doctrina católica y del sentido común? Es indudable que la libertad de la Iglesia está protegida por la Constitución Nacional y por instrumentos de Derecho Público Internacional, pero ¿no pesará más en los hechos el Plan Nacional contra la Discriminación, promovido por un decreto presidencial de 2005, y el ensañamiento inquisitorial que allí se esboza? Todo puede temerse en un país en el cual no son raras las anomalías jurídicas y judiciales.
Una segunda cuestión es la libertad de los padres para educar a sus hijos según sus convicciones morales y religiosas. Pienso especialmente en los alumnos que concurren a escuelas de gestión estatal. Los contenidos curriculares, en los temas referidos a la concepción del hombre, la función sexual y la estructura de la familia, van quedando plasmados en textos oficiales en los que campea el constructivismo gnoseológico y ético y la ideología de género. Es evidente que se procura inducir un cambio cultural modelando la conciencia de las futuras generaciones argentinas. ¿Se requerirá el consentimiento de los padres y se respetará su decisión respecto de la intervención del Estado en un aspecto tan íntimo de la formación de sus hijos?
La tercera cuestión que queda abierta es la objeción de conciencia que con toda razón podrían oponer funcionarios del Registro Civil, jueces y educadores obligados a aplicar la ley en sus respectivos ámbitos. No existe todavía un reconocimiento amplio y un marco regulatorio general de este aspecto importantísimo de la libertad. Por otra parte, los activistas que han fomentado la alteración del matrimonio, los ideólogos que desde hace tiempo la han planeado y algunos políticos con clara inclinación totalitaria hacen temer la imposición de la dictadura del relativismo. Es ése el posible destino de una democracia que renuncia a valores fundamentales, que son pilares del orden social. Existen memorables experiencias históricas de liberticidio consumado en nombre de la libertad. De una idea perversa de libertad.
+ Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata
martes, 3 de agosto de 2010
MONSEÑOR BALDOMERO CARLOS MARTINI: BABEL Y PENTECOSTÉS

La torre de Babel: los hombres dejamos de entendernos
Cuando el hombre quiso ponerse en el lugar de Dios se dio cuenta que estaba desnudo, y perdió todo. Pierde la armonía interior, porque rompió su relación con el Creador. Es el misterio del pecado que hace su entrada en la historia de la humanidad desde el corazón del hombre que quiere apropiarse de los atributos divinos, no aceptando ser un Don. No aceptó ser hombre , quiso hacerse dios. Fue creado libre para amar y elegir libremente, lo verdadero, lo bueno y lo bello , lo que realiza al hombre y eligió el mal. No le creyó a Dios, porque se dejó engañar por el Espíritu del mal. Así también se rompe la armonía de los esposos, se culpan el uno al otro. Se quiebra la fraternidad con la herida de la muerte y se llega a la construcción de la Torre de Babel como símbolo de lo que hace el pecado. El hombre quiere construir el mundo sin Dios y a espaldas de Él. Entonces, dejan de entenderse , comienza el lenguaje del odio, de la guerra, de la injusticia y se rompe la armonía social.
Los hombres de hoy, muchas veces repetimos la historia del pecado original con nuestros pecados personales. El pecado, es la raíz de todos los males que sufrimos y hacemos sufrir. Cuántos hombres son víctimas de otros hombres, en lo físico , lo síquico y en lo espiritual. Muchas son la ambigüedades que se dan pero hoy se destaca el engaño de la New Age y todas su consecuencias, hasta económicas. Quiere hacerle creer al hombre de hoy , lo que la serpiente le hizo creer a los primeros padres: "eres dios" .Además de pretender diluir a Dios en los hombres y en las cosas, es un sincretismo religioso donde se da, una mezcla de errores, de medias verdades y verdades a medias . Se presenta a la querida Madre Teresa con Sai Baba . Se venden a buen precio cursos de "autoperfeccionamiento o autorrealización" en lujosos hoteles , práticas de yoga, de control mental, de meditación profunda etc. La Nueva Era es una espiritualidad sin Dios, aunque lo nombren y sin la Gracia, con un mensaje que confunde y engaña. Sus ideas son incompatibles con la fe de la Iglesia. No todo es igual. No agüemos la Verdad . La Verdad no se negocia.
Pentecostés: "El Espíritu los guiará hasta la verdad completa"
¡Se cumplen las profecías! El "Espíritu prometido viene en ayuda de nuestra debilidad" para conducirnos a la toda la Verdad, a la Verdad completa. Nos dice Jesús : " El Espíritu de la Verdad, recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes" (Jn 16,13-15) y también " El Espíritu Santo , que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho" (Jn 14,26) "Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí."(Jn 15,26) El Espíritu Santo viene para que entremos en el Misterio de Jesús y hacernos su Cuerpo, la Iglesia. Los cristianos estamos llamados a no tener otra Verdad que Jesucristo y Jesucristo, crucificado y resucitado. No tenemos otro Salvador que Él y no tenemos otro Señor que Él. Se hizo carne para darnos el Espíritu Santo, ser sus testigos y vivir en comunión para la misión.
"Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para salvación de todos los que creen"(Rm1,16).Que nuestro lenguaje no se confunda con el de la NEW AGE, ellos habla de buenas ondas, de energías positivas y negativas , de reencarnación , de extraterrestres de lenguaje "ecológico" un licuado de religiones, etc. Como cristianos tengamos el lenguaje hecho vida, de la simplicidad del Evangelio y busquemos la Verdad en la Buena Noticia que predica la Iglesia desde el primer Pentecostés, es decir con el Poder del Espíritu Santo. El engaño de las ideas de la NUEVA ERA es centrarnos en nosotros, en cambio, el Evangelio nos lleva a centrarnos en Jesucristo , verdadero Dios y verdadero Hombre , en quien se revela e ilumina nuestro misterio. Nuestro seguimiento de Cristo tiene sus exigencias de vida y la clave es el Amor a su estilo, no cualquier amor, sino, el de la entrega hasta la Cruz como la expresión más grande del AMOR. Esta es la fuente de la alegría verdadera y de la auténtica paz, si dejamos actuar al Espíritu en nosotros." Todos los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios"Rm8,14. " No seremos arrastrados por los deseos de la carne"
Que María la Madre del Señor nos ayude a dejarnos llenar del estupor , el que produce el Espíritu y sepamos vivir y dar testimonio siempre de la verdadera Fe católica. Los bendigo de corazón y pido al Espíritu la sabiduría para los gobernantes y que Argentina encuentre el camino de la justicia y la paz.
¡ DIOS ES AMOR!
Mons. Baldomero Carlos Martini, obispo de San Francisco
jueves, 29 de julio de 2010
BENEDICTO XVI: JESÚS DE NAZARET
ES LO MISMO SINÓPSIS QUE CONCORDANCIA DE LOS EVANGELIOS?
No es lo mismo sinopsis que concordia de los Evangelios. La sinopsis presenta en columnas paralelas el texto sagrado para que en un único y fácil golpe de vista se puedan ver las semejanzas y diferencias de las cuatro narraciones evangélicas. Esta manera de disponer el texto sagrado es muy antigua. Orígenes la aplicó al Antiguo Testamento. En una columna propuso el texto hebreo, y junto a él, en columnas separadas, varias versiones griegas. Trabajo gigantesco, cuyo original nunca se llegó a copiar íntegramente.Los tres primeros evangelios se llaman sinópticos porque, a causa de su gran parecido en la elección y desarrollo de la materia, se prestan grandemente para esta disposición en columnas paralelas…El primero que uso el nombre de Sinopsis aplicada a los evangelios fue el protestante Griesbach. La realización práctica es mucho más antigua. Ya en el siglo III, un tal Ammonio es probablemente el primero que hizo una sinopsis de los cuatro Evangelios, tomado por base a San Mateo.
Eusebio, que conoció en la biblioteca de Cesarea el manuscrito de Ammonio, aprobó su idea, aceptó las diversas divisiones que él había hecho de los Evangelios y nos dio en 0 tablas o cuadros una visión rápida y de conjunto de los cuatro Evangelios.
La sinopsis de los Evangelios salva la personalidad de cada uno de los autores, pues se contenta con aproximarlos entre sí para que aparezcan las mutuas conveniencias y discrepancias, como cuando se contemplan juntas las caras de cuatro hermanos, que tienen sus rasgos comunes y sus rasgos distintivos.
La concordia de los Evangelios funde en una narración el texto de los cuatro. Éste método es más antiguo que el de la Sinopsis, que asciende al siglo II.El Diatessaron del viejo Taciano era esto. Una concordia o armonía, en la que se fundieron libremente los cuatro evangelios canónicos. Probablemente la primera edición fue a base del original griego, y en griego también, aunque su autor era sirio. Luego Él mismo la pasó al siríaco, utilizando una de las viejas traducciones siríacas. Hasta el siglo V, por lo menos, se leía en las funciones sagradas de las iglesias de Siria. Es digno de tenerse en cuenta que Taciano, ya hacia el año 172, tomo por base d ela concordia el cuadro cronológico del Evangelio de San Juan.
martes, 27 de julio de 2010
CONGREGACIÓN DOCTRINA DE LA FE: Revelación pública y revelaciones privadas — su lugar teológico
El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: «Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos» (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento y el progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 12-14). Por una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un «tomar» del tesoro de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una palabra densa del Papa Gregorio Magno: «la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura» (Catecismo de la Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el «crecimiento de la Palabra»: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la predicación de «los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad» («Dei Verbum», 8).
En este contexto es posible entender correctamente el concepto de «revelación privada», que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo de la Iglesia Católica: «A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia... Su función no es la de... “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia» (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:
1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir.
2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las beatificaciones y canonizaciones: «No se debe un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente creíbles». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, «Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione», en: «La Civiltà Cattolica» 104, 1953, II. 392-406, en particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.
El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de salvación para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y fundamental forma de «inculturación» de la fe, que debe dejarse orientar y guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.
Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol dice en ella: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno» (5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los «signos de los tiempos», que ha sido subrayada por el Vaticano II: «...sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?» (Lc 12, 56). En esta parábola de Jesús por «signos de los tiempos» debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en Fátima— se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.
viernes, 23 de julio de 2010
HANS URS VON BALTHASAR: XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)
Es que vas a destruir al inocente con el culpable? La intercesión de Abrahán por los justos de Sodoma, tal y como sse cuenta en la primera lectura,es el primer gran ejemplo y modelo permanente de toda oración de petición: Es insistente y humilde a la vez. Cada vez va un poco más lejos: desde los cincuenta inocentes que bastarían para impedir la destrucción de la ciudad, hasta cuarenta y cinco, cuarenta, treinta, veinte, diez. Semejante descripción sólo puede entenderse - aunque al final la súplica no pueda ser escuchada, pues ni siquiera hay die justos en Sodoma- como un estímulo del todo singular para anmar al creyente a penetrar en el corazón de Dios hasta que la compasión que hay en él comience a brotar. Ejemplos posteriores sobre todo cuando Dios escucha las súplics de Moises, lo confirman.Cuando Dios se compromete en una alianza con los hombres, quiere comportarse como un amigo y no como un déspota; quiere dejarse determinar, humanamente se puede decir que quiere que el hombre le haga cambar de opinión, como las oraciones de súplica veterotestamentarias mitigan muy a menudo la ira de Yahvé. El hombre que está en Alianza con Dios tiene poder sobre su corazón.
Perdónanos nuestros pecados.En el evngelio Jesús se dirige a Dios co l seguridad del que sabe que el padre le escucha siempre (Jn 11,42) Y, como esta oración, sus discípulos le piden que le enseñe a orar. Jesús les enseña su propia oración, el Padrenuestro, y además les cuenta la parábola del hombre que despierta a su amigo a medianoche para pedirle que le preste tres panes. En la parábola el hombre tiene que insistir hasta llegar a ser inoportuno para obtener lo que desea. Con Dios en realidad sobra la indiscreción, pero se exige la constancia en la oración, en la búsqueda: hay que llamar a la puerta para que Dios Padre abra a sus cristauras. Dios no duerme está siempre dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden, pero no arroja sus precisos dones a los que no lo desean o sólo los demandan con tibieza y negligencia. Lo que Dios da es su propio amor inflamado, y éste solopuede ser recibido por aquellos que tienen verdadera hambre de él.Pedir a Dios cosas que por su esencia él no puede dar (un escorpión, una serpiente) es un sinsentido; pero toda oración que es según su voluntad y sus sentimientos.Él la escucha, incluso infaliblemente, aunque no lo advirtamos en nuestro tiempo pasajero. Cualquier cosa ue pidáis en la oración, creed que os la han concedido,y la obtendreis (Mc 11,24) Si le pedimos algo según su volunta, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en o que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido (1 Jn 5,14).
Dios os dio vida en Cristo. la segunda lectura nos indica la condición para esta esperanza casi temeraria. Esta condición es que hayamos sido sepultados junto con Crsto en el bautismo y hayamos resucitado con él en Pascua mediante la f en la fuerza de Dios. De este modo entre Dios, el Señor de la alianza, y nosotros, sus socios, se establecen impedimientos- nuestros pecados, los pagarés de nuestras deudas y las acusaciones que pesan sobre nosotros. La cruz de Cristo quita todo esto de en medio; ella es la que ha derribado el muro separardor del odio, l que ha traido la paz (Ef 2,14-16)
martes, 20 de julio de 2010
Los videntes de Medjugorje podrían comparecer ante el Vaticano
lunes, 19 de julio de 2010
BERNARD LONERGAN: LA LÓGICA DE UNA CIVILIZACIÓN DECADENTE
La corrupción se extiende insesiblemente de la esfera despiadada de los provechos materiales y del poder a los medios de comunicación, a los periódicos de moda, a los movimientos literarios, al proceso educativo, a las filosofías reinantes. Una civilización decadente cava su propia fosa con una lógica implacable. Ningún argumento la puede hacer salir de sus caminos de auto-destruccción: porque todo argumento tiene un premisa mayor que es teórica, y se exige que las premisas teóricas se conformen con los hechos; ahora bien, en la situación producida por la decadencia, los hechos son, cada vez más, realidades absurdas que proceden de la falta de atención, de inteligencia, de razonabilidad y de responsabilidad.
martes, 6 de julio de 2010
VIDA DEL VENERABLE P. BERNARDO DE HOYOS

Sorprende que nunca se haya publicado impresa la "Vida del Venerable y angelical joven P. Bernardo Francisco de Hoyos de la Compañía de Jesús", escrita por su director espiritual el P. Juan de Loyola, S.J. poco después de la muerte de Bernardo en 1735, y que es la primera y más completa biografía de Bernardo de Hoyos.
El P. Juan de Loyola, para escribir el manuscrito de la "Vida del V. y angelical joven P. Bernardo de Hoyos", tuvo a la vista los escritos personales de Bernardo, y copió muchos de ellos en el manuscrito. Luego estos escritos personales de Bernardo se perdieron, pero conocemos los que copió el P. Juan de Loyola. Por ello es importante, en mayor medida, el manuscrito de la "Vida del V. ...".
viernes, 2 de julio de 2010
MONSEÑOR HÉCTOR AGUER: EL ESCAPULARIO DEL CARMEN
La advocación del Carmen es una de las más populares y universales entre las numerosísimas que designan a la Virgen María –bellas todas y entrañables para los fieles católicos. Como sabemos, cada una de ellas se refiere a algún título suyo, a algún misterio de su vida, a sus virtudes, a los favores diversos que nos dispensa, a los sitios en los que se venera alguna de sus imágenes. La historia de la advocación del Carmen no es muy clara; los datos ciertos, fehacientes, se mezclan con otros legendarios. Al parecer, desde la llegada a Europa de los carmelitas, en el siglo XIII, se concedió a los seglares fundadores o bienhechores de conventos la participación en los frutos espirituales de la orden; la devoción a Nuestra Señora bajo título del Carmelo se fue difundiendo desde fines del siglo siguiente. Con el paso del tiempo fue perdiendo, para la mayoría de sus devotos, la referencia carmelitana originaria; se hizo simplemente católica, de todos.Lo mismo se puede decir de su signo distintivo, el escapulario. El pequeño escapulario del Carmen es una reducción mínima del que usan los frailes como parte de su hábito y que ha sido tomado de la tradición monástica. El primero que menciona esta prenda es San Benito, en el capítulo 55 de su Regla; lo prescribe en lugar de la cogulla como ropa de trabajo, dice: scapulare propter opera. Vino a ser como un signo del monje trabajador y se lo solía comparar con la cruz, el yugo del Señor; adquirió también el valor espiritual de armadura o escudo.
En cuanto al escapulario del Carmen, una piadosa creencia nos remite a un hecho fundacional: en Cambridge, en 1250, la Santísima Virgen se habría aparecido a San Simón Stock, sexto general de la Orden carmelitana para dejar en sus manos el escapulario, con estas palabras: éste es el privilegio que te doy a ti y a todos los hijos del Carmelo; el que muera revestido de este hábito se salvará. Aunque la crítica histórica considera que este hecho se apoya en testimonios discutibles, lo cierto es que el uso del escapulario se extendió paulatinamente, y sobre todo a partir del siglo XVI. No faltaron algunas vacilaciones, e incluso al comienzo ciertas prohibiciones eclesiásticas, ante el temor de que los fieles abusasen de él como si fuera un talismán por cuyo poder se alcanza infaliblemente la salvación, aun viviendo en pecado y sin la intención de una reforma de vida.
Es éste un problema real, que se ha presentado en diversas épocas y puede verificarse también en el presente, sobre todo cuando falta una sólida formación doctrinal y espiritual. Las prácticas devocionales que expresan la actitud religiosa son auténticamente cristianas cuando arraigan en el orden teologal de la fe, la esperanza y la caridad; de lo contrario caen en la deformidad de la superstición. San Luis María Grignion de Montfort, en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, dice que ésta consiste en la perfecta y entera consagración a María para pertenecer completamente a Jesucristo por medio de ella, y que equivale a la perfecta renovación de las promesas del bautismo. Por lo tanto, se identifica con la asunción plena de la condición cristiana y de sus exigencias. El mismo autor descalifica a los devotos exteriores, presuntuosos, hipócritas e interesados.
Hilando fino en la psicología de la religión, hoy nosotros descubriríamos los resabios de pensamiento mágico, las motivaciones inconscientes y los mecanismos compensatorios, pero si somos sensatos dejaremos a Dios, que escruta los corazones, la valoración de los gestos religiosos de la gente sencilla, que expresa como puede su fe y su deseo de salvación. Pablo VI decía de la piedad popular que es una realidad a la vez tan rica y tan amenazada... expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión; por eso corresponde que la Iglesia la oriente mediante una pedagogía de evangelización (Evangelii nuntiandi, 48). Es esto, precisamente, lo que ha hecho en su prudente recomendación del escapulario.
Las dos creencias transmitidas por la tradición devocional se refieren al misterio de la salvación y deben ser interpretadas rectamente, según la doctrina católica. La primera es la promesa formulada por la Virgen Santísima a San Simón Stock: el que muera revestido de este hábito se salvará. Varias advertencias del magisterio aplican como complemento de este dicho el apremiante consejo del Apóstol a los filipenses: trabajen por su salvación con temor y temblor (Fil. 2, 12). El Papa Pío XII lo ratifica con estas palabras: no piensen los que visten el escapulario que podrán conseguir la vida eterna en la pereza y la negligencia espiritual (Carta a los Generales de los Padres Carmelitas en el VII Centenario del escapulario del Carmen).
Conviene recordar, a propósito, algunas verdades fundamentales, que son presupuestos dogmáticos de la vida cristiana: necesitamos de la gracia de Dios para obrar el bien y evitar el pecado, porque al no conocernos perfectamente a nosotros mismos y al estar implicados en el giro variadísimo de los acontecimientos, muchas veces ignoramos lo que nos conviene, o por lo menos no lo podemos saber con exactitud; nos es preciso, por lo tanto, contar con la protección y la conducción de Dios. La gracia por la que somos hijos de Dios y nuevas creaturas en Cristo no penetra del todo los estratos más profundos de nuestra personalidad; no poseemos una total firmeza en el bien. La Iglesia nos enseña que nadie puede saber con certeza de fe, en la que es imposible el error, que ha conseguido la gracia de Dios (Cf. Denz-Sch 1534). Además, la perseverancia en la gracia hasta el fin de la vida es un don gratuito, no una conquista de nuestros méritos. Es una gracia que debemos implorar humilde y confiadamente y que podemos alcanzar por medio de la oración. En este trance juega un papel principal la intercesión maternal de María, a quien invocamos como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora (Lumen gentium, 62). El escapulario del Carmen es un signo de nuestra humilde apelación al don de la gracia y de nuestro recurso a la Madre de Dios. Pío XII enseñó que los fieles han de verlo como un signo elocuente de la oración con la que invocan el auxilio divino y han de reconocer en él su consagración al santísimo Corazón de la Virgen Inmaculada (loc. cit.). Más aún, según el mismo Papa, esa pequeña librea es un memorial de la Virgen que nos recuerda el compromiso de fidelidad contraído con Jesús por medio de ella; es un espejo de humildad y de castidad; en la simplicidad de su hechura hay que ver un compendio de modestia y sencillez (ib.).
La otra promesa ligada al uso del escapulario y la consiguiente creencia de la tradición carmelitana también han sido sometidas a la criba de la crítica histórica. Se trata del así llamado privilegio sabatino, que implica la liberación de las penas del purgatorio en un término próximo a la muerte; solía decirse, el sábado siguiente. Alguna vez se pensó que tal privilegio era reconocido por Juan XXII en la Bula Sacratissimo uti culmine, de 1317, pero este documento ha sido censurado como apócrifo. De todas maneras, la creencia ha sido asumida por Pío XII en estos términos: ciertamente, la piadosísima Madre no dejará de hacer que los hijos que expían sus pecados en el purgatorio alcancen por su intercesión lo antes posible la patria eterna. ¿Por qué, en efecto, no podría extenderse más allá de la muerte, la intervención de la Madre del Señor en favor de sus hijos, que aunque todavía deban ser purificados ya están seguros de su salvación? Como sabemos, la existencia de una purificación final de los elegidos es una verdad de la fe católica y el fundamento de la oración por los difuntos.
Un atisbo de la realidad sobrenatural del purgatorio se encuentra en las crisis de purificación que padecen los santos, las noches de las habló con tanta penetración San Juan de la Cruz y que son los sucesivos tránsitos hacia la perfección de la caridad. Santa Catalina de Génova, al comienzo de su Tratado del Purgatorio, dice de sí misma: Esta alma santa, viviendo todavía en la carne, se encontraba puesta en el purgatorio del fuego del divino Amor, que la quemaba entera y la purificaba de cuanto en ella había para purificar, a fin de que, pasando de esta vida, pudiese ser presentada ante la presencia de su dulce Dios Amor. Y comprendía en su alma, por medio de este fuego amoroso, cómo estaban las almas de los fieles en el lugar del purgatorio para purgar toda herrumbre y mancha de pecado, que en esta vida no hubiesen purgado. Describe luego cómo esas almas, ajenas a todo, están absortas en el amor de su Señor y en medio de penas indecibles, que son penas de amor, con gran gozo y dolor y paz, con gran contento, avanzan en la purificación en plena conformidad con la voluntad de Dios.
El título de Nuestra Señora del Carmen y la devoción de su santo escapulario nos invitan a renovar permanentemente nuestra fe en las realidades últimas, en el estadio final, el remate dichoso de la existencia cristiana. Son un estímulo para el ejercicio de la humildad, el empeño en el combate espiritual, el abandono confiado en la providencia del Padre, en los méritos redentores de Cristo y en la acción del Espíritu Santo. Que la celebración de esta fiesta en honor de Nuestra Señora haga crecer en nosotros el amor filial hacia ella, un amor intenso y muy tierno que sea efectivamente prenda de santidad y de salvación.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata en la solemnidad de Nuestra Señora del Carmen (Monasterio “Regina Martyrum y San José”, 16 de julio de 2008)
PADRE FIDEL OÑORO: XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

LECTIO DIVINA
DOMINGO XIV del TIEMPO ORDINARIO. CICLO C
Lucas 10, 1 – 20
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Estudio bíblico de apoyo (Texto P. Fidel Oñoro cjm)