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lunes, 17 de abril de 2023

PBRO. MIGUEL BARRIOLA: EL NOMBRE DE MARÍA

Reflexionar sobre su “nombre”, nos ayudaría a profundizar en palabras, que recitamos en tantas ocasiones, pero que, a veces, se vuelven rutinarias y, por lo mismo se desdibujan.La explicación más aceptada para la etimología y uso arameo, la emparenta con «mará’», que significa «Señor», por lo cual «Maryám» vendría a ser «Señora».Ya este dato nos da que pensar, porque esta «señora» se calificó a sí misma como «sierva» (Lc 1, 38; 48).

El hecho es corroborado, porque, Lucas, acto seguido de notificar que «el nombre de la Virgen era María» (Lc 1, 27), nos comunica que Gabriel no la saludó: «La paz contigo María», según la usanza judía, sino que, pasando por alto su nombre propio, se dirige a ella de este modo: «Alégrate, llena de gracia». El nombre cede ante el designio de amor, que Dios, fuente de toda gracia, tiene reservado para ella.

Se amplifica el panorama, si repasamos el Evangelio de Juan. En él nunca aparece el nombre expreso de María. Siempre se la distingue como «la Madre de Jesús» (2, 1 – 5; 6, 42; 19, 25 – 27). Y S. Pablo, que, en todas sus cartas, recuerda una sola vez a la Madre de Cristo, tampoco la nombra, sino que, se refiere a ella como «mujer» : «nacido de mujer» (Gal 4, 4).

Tal comprobación nos induce a contemplar hasta qué punto la persona de María, secundando los planes divinos, se olvidó de sí misma, para transformarse enteramente en receptora total de lo que Dios disponía para su existencia. Subrayemos, que no sólo fue un recipiente inerte de los dones de la gracia (también Eva vino al mundo «sin pecado original»), sino que secundaba con todo su corazón a las propuestas de su Señor, aunque más de una vez no las comprendiera (ver: Lc 1, 29; 2, 19; vv. 50 – 59).

María es cerciorada de su rango de «reina y señora», puesto que se le informa que el hijo, que va a nacer de ella, recibirá de Dios «el trono de David su padre... y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 33). Pero, María no se queda pavoneándose con tan alta dignidad, sino que enseguida se pone a servir, «partiendo sin demora» para asistir a su parienta, que se encontraba en su sexto mes (Lc 2, 36 y 39).Como ya se anotó, Jesús, en el Cuarto Evangelio, nunca la llama «María», sino «Mujer» (2, 4; 19, 26; ver: Apoc 12, 1 ss.).

En la cruz, es descrita como «su madre» (de Jesús), pero enseguida es calificada como «“la” madre», sin el posesivo que la relaciona con Jesús (Jn 19, 26). El proceso de amplificación desemboca en el cambio mismo de los pronombres: «Aquí tienes a “tu” madre» (de Juan y de todos nosotros en él representados). Justamente por ser «Madre de Jesús», no se posee más a sí misma, dado que el Hijo de Dios, no puede ser monopolizado por nadie, ni siquiera por su mamá.

En consecuencia, festejar el «nombre de María» significa celebrar ese proceso de despojamiento total, para no ser otra cosa que un vaso comunicante: receptor de gracia y difusor de la misma, sin acaparar sobre María, ni en cada uno de nosotros, los dones divinos, sino trabajando para volvernos todos canales transmisores de un amor que nadie puede almacenar para sí solo. Por otro lado, todo está en línea con el «anonadamiento» del mismo Hijo de Dios, que, sin considerar su condición divina como un botín a defender celosamente, se hizo esclavo, hasta la cruz. Sólo entonces, no como fruto de su propio afán, sino como don del Padre, recibe «UN NOMBRE» sobre todo nombre: «Jesucristo es el Señor» (ver: Filip. 2, 6 – 11).

viernes, 13 de septiembre de 2013

PAPA FRANCISCO: CONTEMPLAR A JESÚS SUFRIENTE...


2013-09-13 L’Osservatore Romano
No es fácil para los cristianos vivir según los principios y las virtudes inspiradas por Jesús. “No es fácil -dijo el Papa Francisco en la misa celebrada el jueves 12 de septiembre en la capilla de Santa Marta-, pero es posible”: basta con “contemplar a Jesús sufriente y la humanidad sufriente” y vivir “una vida escondida en Dios con Jesús”.

La reflexión del Santo Padre se inspiró en la celebración de la memoria litúrgica del nombre de María. “Hoy -recordó- festejamos la onomástica de la Virgen. El santo nombre de María. Una vez esta fiesta se llamaba el dulce nombre de María y hoy en la oración hemos pedido la gracia de experimentar la fuerza y la dulzura de María. Después cambió, pero en la oración ha permanecido esta dulzura de su nombre. Tenemos necesidad hoy de la dulzura de la Virgen para entender estas cosas que Jesús nos pide. Es un elenco no fácil de vivir: amad a los enemigos, haced el bien, prestad sin esperar nada, a quien te golpea la mejilla ofrécele también la otra, a quien te quita el manto no le rehúses la túnica. Son cosas fuertes. Pero todo esto, a su modo, lo vivió la Virgen: la gracia de la mansedumbre, la gracia de la apacibilidad” .

“El apóstol Pablo -prosiguió el Papa- insiste en el mismo tema: 'Hermanos, elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo'” (Colosenses 3, 12-17). Cierto -observó el Pontífice-, se nos pide mucho y por ello la primera pregunta que surge espontáneamente es: “¿Pero cómo puedo hacer esto? ¿Cómo me preparo para hacer esto? ¿Qué debo estudiar para hacer esto?”. La respuesta para el Santo Padre es clara: “Nosotros, con nuestro esfuerzo, no podemos hacerlo. Sólo una gracia puede hacerlo en nosotros. Nuestro esfuerzo ayudará; es necesario, pero no suficiente”. “El apóstol Pablo en estos días nos ha hablado a menudo de Jesús -continuó-. Jesús como la totalidad del cristiano, Jesús como el centro del cristiano, Jesús como la esperanza del cristiano, porque es el esposo de la Iglesia y trae esperanza para ir adelante; Jesús como vencedor sobre el pecado, sobre la muerte. Jesús vence y ha ido al cielo con su victoria”. Al respecto el apóstol nos enseña algo: “nos dice: 'Hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios'”.

Es éste “el camino para hacer lo que el Señor nos pide: esconder nuestra vida con Cristo en Dios”, repitió el Papa. Y ello debe renovarse en cada una de nuestras actitudes cotidianas, pues sólo si tenemos el corazón y la mente dirigidos al Señor, “triunfador sobre el pecado, sobre la muerte”, podemos hacer lo que Él nos pide. Apacibilidad, humildad, bondad, ternura, mansedumbre, magnanimidad son todas virtudes que se necesitan para seguir el camino indicado por Cristo. Recibirlas es “una gracia. Una gracia -especificó el Santo Padre- que viene de la contemplación de Jesús”. No por casualidad nuestros padres y nuestras madres espirituales -indicó- nos han enseñado cuán importante es contemplar la pasión del Señor.

“Sólo contemplando la humanidad sufriente de Jesús -repitió- podemos hacernos mansos, humildes, tiernos como Él. No hay otro camino”. Ciertamente tendremos que hacer el esfuerzo de “buscar a Jesús; pensar en su pasión, en cuánto sufrió; pensar en su silencio manso”. Este será nuestro esfuerzo, recalcó; después “de lo demás se encarga Él, y hará todo lo que falta. Pero tú debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo”. Así que, para ser buenos cristianos, es necesario contemplar siempre la humanidad de Jesús y la humanidad sufriente. “¿Para dar testimonio? Contempla a Jesús. ¿Para perdonar? Contempla a Jesús sufriente. ¿Para no odiar al prójimo? Contempla a Jesús sufriente. ¿Para no murmurar contra el prójimo? Contempla a Jesús sufriente. No hay otro camino”, insistió el Papa, recordando que estas virtudes son las mismas del Padre, “que es bueno, manso y magnánimo, que nos persona siempre”, y las mismas de la Virgen, nuestra Madre. No es fácil, pero es posible. “Encomendémonos a la Virgen. Y cuando hoy la felicitemos por su onomástica -concluyó- pidámosle que nos dé la gracia de experimentar su dulzura”.

jueves, 12 de septiembre de 2013

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO: MARÍA, GLORIOSO Y ADMIRABLE ES TÚ NOMBRE!!!

"Glorioso y admirable es tu nombre, ¡oh María! -exclama san Buenaventura-. Los que lo pronuncian en la hora de la muerte no temen, pues los demonios, al oírlo, al punto dejan tranquila el alma". Muy glorioso y admirable es tu nombre, oh María; los que se acuerdan de pronunciarlo en la hora de la muerte no tienen ningún miedo al infierno, porque los demonios, en cuanto oyen que se nombra a María, al instante dejan en paz a esa alma. Y añade el santo que no temen tanto en la tierra los enemigos a un gran ejército bien armado, como las potestades del infierno al nombre de María y a su protección. "Tú, Señora -dice san Germán-, con la sola invocación de tu nombre potentísimo aseguras a tus siervos contra todos los asaltos del enemigo". ¡Ah! Si las criaturas tuvieran cuidado de invocar el nombre de María con toda confianza, en las tentaciones, ciertamente, nunca caerían. Sí, porque como dice el beato Alano, al oír este sublime nombre huye el demonio y se estremece el infierno. "Satán huye y tiembla el infierno cuando digo: Ave María". También reveló la misma reina a santa Brígida que hasta de los pecadores más perdidos y más alejados de Dios y más poseídos del demonio huye enseguida el enemigo en cuanto siente que ellos invocan en su ayuda con verdadera voluntad de enmendarse el poderosísimo nombre de ella. Pero añadió la Virgen que los demonios, si el alma no se enmienda y no arroja de sí el pecado con la contrición, pronto retornan y siguen poseyéndola.