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miércoles, 21 de septiembre de 2011

MONSEÑOR FRANCISCO GIL HELLIN: SIN DIOS NO HAY SENTIDO

”Quién soy yo, de dónde vengo, a dónde voy”. Cuántas veces el hombre, desde Platón a Bergson, se habrá formulado estas preguntas. Cuántas veces, de modo consciente o inconsciente, cada uno de nosotros nos hemos preguntado: ¿para qué trabajo, para qué estudio, para qué me canso y me preocupo, para qué vivo? ¿Cuál es la motivación fundamental de mi vida, el motor que impulsa mis comportamientos? ¿Cuál es la raíz última de mi existencia, la más íntima, la más profunda, la que llega al centro de mi ser?

Ahora que todos volvemos a la vida ordinaria y comenzamos un nuevo curso, pienso que es una buena oportunidad para formularnos éstas preguntas radicales. Alexander Solzhenitsin, premio nobel de literatura, las plantea en su libro Pabellón de Cancerosos. Reunidos en un hospital ruso un grupo de enfermos de cáncer, cada uno van dando su respuesta a la gran pregunta ¿para qué vivimos? Después que todos han hablado y su respuesta ha sido siempre replicada y refutada por alguien, un joven estudiante, Dionka, comienza a sentir angustia, al darse cuenta que aquellos hombres, mayoritariamente adultos, son incapaces de responder a una pregunta que le parecía esencial.

En ese momento, se arriesga a consultar con Asia, una guapa enfermera que acaba de llegar al hospital para hacerse un examen clínico. La joven, tras hablar de sus amoríos y de sus superficiales relaciones, concluye: “¿Para qué vivimos? ¡Para amar, está claro. El amor nos pertenece para siempre. Y nos pertenece hoy! Poco más tarde, Asia tras conocer el diagnóstico, dice dramáticamente a Dionka: “¡Me van a extirpar un pecho…! ¿Quién me va a amar ahora? ¿De qué sirve vivir?

Este deseo de eternidad encuentra respuesta en las palabras que Shulubin, otro enfermo al que ya ronda la muerte: “Yo no voy a morir del todo. Sé que no voy a morir completamente. Sí, viviré. Hay una parte de mí que vivirá siempre”. Al oír estas palabras, otro enfermo ratifica: “A veces siento claramente que lo que hay en mí no es todo lo que soy. Hay algo mucho más indestructible, que nadie me podrá arrancar. Algo como una partícula de la Eternidad de Dios. ¿Tú no sientes lo mismo?”

Este pobre enfermo terminal de la estepa rusa nos habla de una verdad escondida en el corazón de todos: la verdad de que la idea de Dios no es un asunto que sólo interesa a ambientes cerrados. En el polo más lejano, en la selva más tupida, en el tráfago de la gran ciudad, en cualquier latitud o época histórica, se habla este mismo lenguaje. Y se tiene esta convicción: sin Dios no hay sentido.

El hombre no puede conseguir la felicidad mediante la satisfacción de sus necesidades materiales o de sus instintos o por el desarrollo de sus aspiraciones intelectuales y sociales. Ni siquiera por la realización de un amor puramente humano, siempre sometido al vaivén de las despedidas y separaciones, y de las variabilidades de la belleza, de la salud y de los sentimientos. Los superficiales son los que hablan como Asia. Pero son ellos los que, también como ella, se desesperan. El clamor de que vivimos para la eternidad no viene de la estepa rusa sino del corazón de cada uno de nosotros. Unamuno, con su punzante nostalgia de Dios, escribió: “Si yo mismo no existiese, completo y para siempre, eso sería igual que no existir. ¡Eternidad! ¡Eternidad! Esta es mi ansia, este es mi deseo. Si todos morimos del todo, ¿para qué todo, para qué?”

Esta breve reflexión me ha venido a la mente tras reflexionar en unas palabras de F. von Gebsattel: “Hay que reconocer que el hombre nunca ha sabido tanto de sí mismo como en la actualidad y que, en el fondo, nunca ha sabido menos en todo lo que se refiere a su definición y al sentido de su existencia”.

+Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

lunes, 4 de julio de 2011

MONSEÑOR ALBERTO SANGUINETTI: HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA (2)

2. La Misa es obra del Espíritu Santo.

Jesús, por su pasión y cruz, resucitado y glorificado es mediador de la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia.

Toda la Misa es obra del Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu de la Verdad nos enseña y guía por la escucha de la palabra que Él inspiró. El Espíritu da testimonio en nuestros corazones, de tal forma que nosotros hacemos memoria, es decir reconocemos la presencia de Cristo y su acción en la Misa. Oramos movidos por el Espíritu, en la unidad del Espíritu Santo.

En la Misa pedimos al Padre que envíe el Espíritu para que el pan y el vino, se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. A su vez, pedimos que gracias al sacrificio de Cristo, se nos dé el Espíritu Santo para que nos haga uno en la unidad de la Santa Iglesia. Así, pues, la Iglesia celebra la Santa Misa en la unidad del Espíritu, movida por él, y recibiendo su presencia y acción para que la santifique, la consagre, la una a Cristo y la vuelva más y más ofrenda agradable al Padre.

3. La Eucaristía don del Padre, ante el Padre y hacia el Padre.

En la Santa Misa se hace presente el amor y don del Padre en la entrega de su propio Hijo. La Misa hace presente toda la obra de Dios Padre. De él recibimos el don de
Cristo en su Iglesia.

En la Palabra divina el Padre sale al encuentro de sus hijos y con ellos conversa (cf. DV 21).

En la Misa estamos todos vueltos hacia el Padre, hacia quien tenemos levantado el corazón, ya que por Cristo en la Iglesia todos tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef.2,18). Por eso, en la Misa nos dirigimos siempre a Dios Padre, por Jesucristo, en la unidad del Espíritu. Unidos con Cristo le ofrecemos al Padre, el sacrificio de acción de gracias, a Él le pedimos, y a Él le damos todo honor, gloria y adoración. Toda la Santa Misa es recibir el don del Padre, unirnos por la obediencia con Cristo y llegar a la meta de glorificar al Padre y entregarnos a Él.

4. Cristo une consigo a la Iglesia en la Misa, sacrificio suyo y de la Iglesia.

Jesús encomendó la Santa Misa a la Iglesia. Cristo presente y actuante en la Santa Misa asocia consigo a su amadísima esposa la Iglesia, a todo su cuerpo, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno (SC 7).

Por medio de la Sagrada Eucaristía, Cristo, Dios y Señor, Sumo Sacerdote, Mesías y Cabeza, une a la Iglesia consigo, con su ofrenda al Padre, para la glorificación del Padre, para el perdón de los pecados y para la santificación y divinización de los hombres.

Por eso, la Eucaristía es la mayor manifestación y realización de lo que la Iglesia es como cuerpo de Cristo, templo del Espíritu, pueblo de Dios (SC 41,42). En la Santa Misa, Cristo mismo preside y reúne a su pueblo, por medio del obispo, con los presbíteros, ayudado de los diáconos. Él se hace presente en diversas formas, y toda la Iglesia unificada por el Espíritu da gracias al Padre.

Por cuanto venimos considerando, vemos que la celebración de la Eucaristía, obra de la Trinidad Santísima, presencia sacramental del sacrificio de la cruz, y asociación de la Iglesia con Cristo mismo es acción sagrada por excelencia, a la que no iguala ninguna otra acción, es el culmen al que tiende la actividad de la Iglesia y la fuente de donde mana la gracia por la que se alcanza la santificación de los hombres y la glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin (cf. SC 7,10).

Por eso el Concilio Vaticano II nos invita a la participación consciente, piadosa y activa en la acción sagrada, ofreciéndonos a nosotros mismos al ofrecer la Víctima inmaculada, no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, a fin de que así nos perfeccionemos día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre nosotros, para que, finalmente Dios sea todo en todos (cf. SC, 48).

sábado, 2 de julio de 2011

MONSEÑOR ALBERTO SANGUINETTI: HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA (1)

Les proponemos la lectura de la carta Pastoral de Mons. Alberto Sanguinetti Montero, Obispo de Canelones, en la Solemnidad de Corpus Christi, el 26 de junio de 2011, la iremos publicando según la división que el obispo le ha dado. En la primera entrega se incluirá la introducción.

1. La Eucaristía: obra y acción de Jesucristo vivo y presente.
2. La Misa es obra del Espíritu Santo.
3. La Eucaristía don del Padre, ante el Padre y hacia el Padre.
4. Cristo une consigo a la Iglesia en la Misa, sacrificio suyo y de la Iglesia.
5. El cielo en la tierra, la tierra en el cielo.
6. El banquete de la Sagrada Comunión.
7. La Misa Dominical.
8. Renovar en nosotros la fe y el amor a la Santísima Eucaristía.
9. La renovación en la celebración ritual de la Santa Misa.
10. La sacralidad de la Liturgia.


Hagan esto en conmemoración mía

A toda la Iglesia de Dios que peregrina en Canelones, abundancia de luz del Espíritu de la verdad, que nos lleva la verdad plena.

En este Año Jubilar Diocesano, que vamos transitando, me veo urgido por la caridad de Cristo a invitar a todos para que dirijamos nuestra mirada, nuestra mente, nuestros afectos y nuestro propio cuerpo a lo que constituye la realidad más maravillosa de la Iglesia: la Santísima Eucaristía, la Santa Misa.

Me parece oportuno recordar algunos puntos que puedan ayudar a nuestra Iglesia canaria, a las diferentes comunidades y a cada uno en particular, a ahondar en la fe católica respecto a la Santa Misa, para celebrarla y vivirla con una participación más consciente y piadosa, para que nos acerquemos más al fin de la Iglesia, de su Liturgia y especialmente de la Santa Misa: que Dios sea glorificado y que nosotros seamos santificados.

1. La Eucaristía: obra y acción de Jesucristo vivo y presente.

Antes que nada es bueno que pensemos en la Eucaristía como don de Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo instituyó el memorial de su pasión en la noche de su entrega, como sacrificio perpetuo, y lo dio a la Iglesia como don y como mandato: Hagan esto en conmemoración mía. Así, pues, recibimos a la Santa Misa, como el don, el regalo supremo de Cristo, que recibimos con amor y gratitud y también como orden suya que la Iglesia cuida y obedece.

Para captar la grandeza de la Santa Misa, debemos renovar nuestra fe firme en que la Eucaristía es ahora, cada vez que se celebra, una acción del mismo Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, que ascendió a los cielos y está vivo glorioso junto al Padre. Él intercede continuamente por nosotros. Él se ofrece como víctima por nuestros pecados en el santuario del cielo. Él, en el Santo Sacrificio de la Misa, une a la Iglesia con su propio sacrificio.

Cristo, que está glorioso junto al Padre, se hace presente y actúa de diversas formas en la Santa Misa (cf. SC.7). Él está presente cuando se proclama la Palabra de Dios, porque es él mismo quien habla. Él está presente en la Iglesia que Él mismo reúne como su cuerpo, su pueblo, su Esposa, que por él suplica y canta salmos, alaba y adora a Dios.

Está presente en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”.

En los signos del pan y del vino, sobre los que se dice la Plegaria Eucarística, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera real y substancial, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.

La Eucaristía es Cristo, presente de forma sacramental. Así, pues, la Santa Misa es la máxima presencia y la acción más propia de Jesucristo en este mundo. Por esta realidad de ser don, mandato y acción de Jesús, la participación en la Santa Misa es antes que nada creer en esa presencia y acción y dejarse unir a ella, por la misma liturgia.