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sábado, 8 de abril de 2017

MONSEÑOR PABLO GALIMBERTI : SEMANA SANTA ,UNA HISTORIA SIEMPRE PRESENTE

Empecemos hablando de “historia”. Lo común a los diversos enfoques es el intento de buscar, averiguar u observar. En pequeña escala todos lo hacemos. Para conocer un incidente que conmueve al barrio, país o al mundo. Para escuchar las noticias policiales, políticas, religiosas, culturales o los avisos mortuorios. Los programas deportivos, no los partidos,me están cansando, ahora con informaciones sobre la pelota oficial de fútbol del mundial de Brasil.

La historia en cuanto experiencia humana, no como ciencia, no la entiendo como páginas que arrancamos al calendario y dejamos a nuestras espaldas.Los antiguos decían que la historia es “maestra de la vida”. En algunas familias la generación joven de mujeres habla de “las recetas de la abuela”, que al parecer tenían sabores que hoy escasean.

Son parte de la propia identidad algunas vivencias afectivas que dejaron huellas; pienso en el vínculo con una madre o un padre, esposa o esposo. Difícilmente se podrá decir, aunque los hayamos acompañado hasta su última morada en la tierra, que “ya fueron” y sus recuerdos se borraron. Sus rostros, palabras y gestos, como  “ángeles” protectores siguen trabajando. Como me dice un hermano “haciendo horas extras”.

Los hilos de la memoria nos ayudan a tejer y dar significados al momento presente, a la página en blanco en la que hoy escribimos nuestra propia historia.
Emociona pisar la tierra que pisó Jesús de Nazaret y mirar el cielo estrellado, el mismo que contemplaban sus ojos. Para mí no fue una gira turística ni arqueológica. Y hasta me molestaban las cámaras de algunos turistas.

Los acontecimientos que recordamos en Semana Santa  están enclavados en una trama con espesor histórico. Acontecieron en un lugar geográfico, Palestina, y en un tiempodeterminado, “bajo Poncio Pilato”, procurador romano de Judea desde el año 26 al 36, según disposiciones del César romano.

Hay semejanzas y enormes diferencias con las fechas patrias que festejamos.Después del himno se hace una evocación de la fecha y se termina con ofrendas florales a los pies de monumento al Prócer.

Cuando los cristianos celebramos, abrimos las ventanas del presente y dejamos que la Palabra de Dios, proclamada, despierte nuestras fibras dormidas y que la ráfaga del Espíritu que sopló el mismo Cristo Resucitado continúe lavando culpas, sanando heridas y abriendo caminos.

No dudamos que la promesa de Jesús de estar con sus discípulos todos los días hasta el fin de los tiempos, tiene la misma realidad que la noticia que escuchamos por la mañana informando sobre un terremoto o fallecimiento. Además esa palabra tiene la garantía de ser la más fidedigna jamás pronunciada en el universo. Porque sin dejar de ser palabra de escritores humanos, es palabra inspirada, con garantía de veracidad.

Los días de la Semana Santa evocan los pasos de Jesús desde su entrada a Jerusalén, el Domingo de Ramos, hasta el gozoso Aleluya del sábado santo, en la noche de Pascua, cuando abrimos el corazón para que la luz de Jesucristo nos purifique y nos regale alas para levantar nuestra condición humana tantas veces cansada por las responsabilidades de la vida o por nuestros errores y miserias.
El futuro ya está aquí. Vean, toquen, confíen, abran el corazón y reciban el Soplo de mi Cuerpo Resucitado, que saliendo del sepulcro, es capaz de dar vida nueva a todos los sepulcros y absurdos de la humanidad.

¿Será posible que un hecho del pasado produzca efectos en el presente? ¿O tendrá sólo un efecto psicológico, estilo Maracaná?

La “realidad” de la Semana Santa y de la Resurrección de Jesucristo no la medimos con el termómetro de nuestras fluctuantes emociones.Esa realidad se nos impone como un torrente que no  podemos contener  en nuestras pequeñas manos. Pero estamos seguros que lo que “creemos”, “comemos” y “bebemos” es el mismísimo Cuerpo Glorioso del Hijo de Dios.El protagonista de la Semana Santa, Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, que asumió realmente nuestra condición humana. “El que me ve a mí, ve al  Padre” le respondió Jesús al discípulo Felipe. Preparémonos con los ojos de la Fe para “ver” grandes cosas.

lunes, 18 de febrero de 2013

MONSEÑOR PABLO GALIMBERTI: RESPETABLE DECISIÓN

Mons. Galimberti

No estábamos preparados para semejante noticia, aunque luego de algunos días la comprendemos mejor.

La legislación de la Iglesia, que regula los derechos y responsabilidades de todos los fieles bautizados en sus diferentes responsabilidades, incluye esta eventualidad. En su numeral 332, dice: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.” Es lo que ha ocurrido.

La noticia me sorprendió aunque no demasiado. Algunos pensamientos me vinieron la última vez que vi al Papa de cerca, a fines de noviembre del 2012, durante una audiencia a unas 300 personas en la Sala Clementina. Lo observé entrar lentamente y la claridad de sus ideas contrastaban con la fragilidad de su voz. Hasta llegué a preguntarme cómo con un cuerpo frágil podría manejar la enormidad de asuntos y especialmente los viajes que se anunciaban para el presente año, como la Jornada Mundial de Jóvenes, en Río, prevista para fines de Julio.

Vale la pena resaltar los pasos de esta decisión, tomando sus propias palabras. Estamos ante una decisión consciente, libre y manifestada formalmente, que tiene el grado de una certeza moral, contrariamente a lo que podría ser una opinión o un “me parece”. Tampoco es un acto repentino. Es una decisión ponderada, “después de haber reiteradamente examinado mi conciencia delante de Dios”. Estupendo ejemplo de cristiano, para el cual Dios está presente de modo especialísimo en la propia conciencia, como Presencia y Misterio ante quien vivimos, existimos y confrontamos las decisiones de la vida.

Menciona que en ese atento examen de conciencia, se ha hecho evidente que “sus fuerzas, por la edad avanzada, no son las más aptas para ejercitar, de modo adecuado” la responsabilidad inherente al pontificado.

Antes de su elección, el Cardenal Ratzinger supo poner todas sus energías intelectuales, espirituales y físicas secundando regularmente a Juan Pablo II en muchos asuntos y debates teológicos, como los relacionados con la teología de la liberación, cuyos ecos resonaron con especial énfasis en nuestro continente. Al frente del dicasterio (semejante a “ministerio” en nuestro país) para la doctrina, le tocó dirigir reuniones en varios continentes. Participé en uno de esos encuentros, en Guadalajara, en una reunión de presidentes de comisiones de doctrina del continente, donde hubo ponencias sobre teología india en nuestro continente.

Benedicto XVI, como padre, educador y gobernante, afirma que el oficio papal al cual renuncia tiene una doble dimensión: “debe ser cumplido no sólo con acciones y palabras sino también sufriendo y rezando”. Quien quiera ser buen padre sabrá de lo que habla.
Además de lo expresado, en la decisión de Benedicto XVI ha influido una situación histórica que podemos comprender: “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y agitado por cuestiones de enorme relevancia para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, también es necesario el vigor, tanto corporal como anímico”.

Este “vigor” es precisamente lo que el Papa comprueba que “en los últimos meses, en él, ha disminuido”. A tal punto que confiesa su “incapacidad para administrar bien el ministerio que le han confiado”.

Considero inútil exagerar el peso de los problemas como razones de su renuncia. Cualquier responsabilidad, bien asumida, implica esfuerzos y fatigas. Por tanto no hay por qué convertir a Benedicto XVI en un héroe trágico, víctima de una situación que lo desbordó. Prefiero verlo como un cristiano que ha hecho un hondo discernimiento de la voluntad de Dios en el aquí y ahora de su historia concreta.

El ministerio asumido por Benedicto XVI en abril del 2005 llega a su fin. El próximo 28 de febrero, cuando los fieles expectantes en Plaza San Pedro, vean que a las 20 horas, como de costumbre, se apaga la luz de su escritorio, saludarán agradecidos y emocionados al Papa saliente. Quizás compensen la nostalgia al pensar en la “fumata bianca” que anunciará “¡Habemus Papam”! Y la historia continúa.

Columna publicada en el diario “Cambio” del 15 de Febrero de 2013