
Qué celebra, pues, la Iglesia hoy? Que un simple cuerpo humano, unido inseparablemente con su alma, pudiera ofrecer la conformidad perfecta al requerimiento de Dios, la respuesta adecuada a su Palabra, el sí incondicional a su interpelación.
Es un cuerpo particular – todo en el cristianismo es siempre personal, concreto, determinado-; pero, al mismo tiempo, un cuerpo que es la síntesis de toda la fe y la esperanza de Israel y de todos los hombres de la tierra, y que, por tanto, si es incorporado a la salvación eterna, contiene en sí absolutamente la promesa de salvación para toda carne que desee la redención...
Pero todo su amor a su Madre terrena se resume en que le da y le muestra lo que ella desde siempre fue en los planes de Dios: el primer ser en el que se pensó en relación con la Encarnación de Dios y al que le corresponde la primera transfiguración perfecta al lado de Dios: como arquetipo para todos los hombres que se cobijan bajo su manto luminoso.